acá comienza el tramo final de esta novela…
barcos que vagaron
Estimadísimo Dios Pasado.
Veneradísimo Dios Presente.
Honorabilísimo Dios Futuro.
Excelentísimos Dioses:
Me dirijo a Ustedes con la humilde finalidad de solicitarles Su parecer sobre una unión amorosa que a continuación pasaré a detallar...
Quien les escribe, el Señor Destino, un agradecido servidor de Sus órdenes, ha descubierto que se ha enamorado de una Señorita bella y con porvenir prometedor. Se trata de una de mis ahijadas, la encantadora Señorita Incertidumbre que, como yo, es una obediente cumplidora de Sus designios.
Sin más información que comunicarles de momento ni otras cuestiones que pudiesen ocupar Su Divino tiempo, les solicito Su anuencia para consumar la tan ansiada unión con la criatura que amo, prometiendo incondicionalidad tanto mía, como la de mi posible compañera y de los seres que de la futura unión devengan.
De esta manera, me despido de Ustedes, excelentísimos Dioses, deseándoles placer y bienestar.
Su humilde servido, el Señor Destino.
El Amor vigilaba desde lo lejos a un hombre y a una mujer que hablaban en las escaleras de una facultad. Se trataba de Francisca, una bioquímica de veinticinco años... El hombre de guardapolvo era Bernardo, el titular de una cátedra, y estaba a punto de cumplir cuarenta... Alguna vez, en un momento del pasado, habían tenido un expediente en común. El Viejo Amor había hecho un trabajo esmerado con ellos, tanto que aún permanecían ciertas fijaciones...
A Amor no le agradaba lo que veía... Era preciso y urgente que eliminara esos resabios, cualquiera de las antiguas obsesiones...
A Virgilio tampoco le gustó lo que observó... que su mujer estuviera hablando con ese hijo de puta...
Como el atardecer se insinuaba fresco y tormentoso, Virgilio, había abandonado antes de tiempo el estudio de radio donde se encargaba de la producción, a la vez que se decidía por ir a buscar a su esposa a la salida de su trabajo.
...El Capricho, indignado por el amor enfermizo que alguna vez había sentido Francisca por aquel hombre, salió corriendo a agarrar uno de sus papeles... En él escribió: “Francisca Vesto ama cada día más a Virgilio Rucci”.
...Pero el Amor era conciente de que con eso sólo no alcanzaba... Empezó a buscar a su colega, en el comedor no estaba, por los corredores nadie lo había visto... Golpeó la puerta de su cuarto, y un Olvido opacado le respondió el llamado.
Brevemente le relató lo que había sucedido, los temores que lo abrigaban, y enseguida, el Olvido, abandonó su silencio para decir:
-...Si me hicieran caso, mucha gente podría ser ciertamente feliz... ¡Olvidar, casi siempre resulta bien...! –y sus palabras sonaron como una especie de lamento.
...Las presencias de amores pasados. Las imágenes proyectadas y comparadas de la piel de cada uno. El sabor de las lágrimas... El olvido como anhelo. El recuerdo como tormento. El olvido como placebo. El recuerdo como anzuelo del dolor. El olvido como premio.
-Forjar la historia es una difícil responsabilidad... ¡Alguien tiene que hacerle un desagravio a la memoria inteligente...! –arremetió otra vez el más callado de los Caprichos...
Un Olvido piadoso con los enamorados, un producto autóctono de nuestra ciudad... Olvidar y consentir a la cordura; para no extrañar, amargamente, la felicidad pasada y traicionada, ni el tiempo transitado entre lágrimas... Al instante, sacó de su mesita de noche, una hoja y anotó lo que el Amor esperaba.
...Virgilio descendió del auto y se les acercó.
-Me parece que acá hay alguien que está de más... –les dijo.
-Es verdad –confirmó el hijo de puta de Bernardo-, ¿por qué no te vas...?
...Y él se fue, desmoralizado y defraudado, y Francisca corrió tras él... El trayecto que hicieron Virgilio y Francisca hasta su casa tuvo el carácter de cortejo fúnebre... Ambos permanecieron en silencio hasta que por fin él ya no se pudo aguantar más:
-¿Qué hacías con él? –le consultó, sin dejar de mirar para el frente...
-¿Qué querés? –replicó, soberbia, cargada de furia en reposo...
-Que me contestes lo que te pregunté.
-Hablábamos...
-¿Qué tienen que hablar ustedes?
-...Es el titular de la materia en la que yo trabajo... –remató, algo molesta por el interrogatorio…
-¡Algunas veces, como ahora, me dan ganas de matarte...!
-¡A mí eso, me pasa casi siempre! –esta vez lo atacó ella, para no dejarse lastimar.
El resto del viaje lo hicieron sin mirarse, callados, aislados, dudando sobre qué hacer o no, tratando de no pensar demasiado...
-...Medito mucho sobre ello, y no consigo explicármelo... –el Olvido retomó su discurso.
-¿A qué se refiere? –le preguntó el Amor, por compromiso, a pesar de su prisa.
-A veces me desconciertan los comentarios que escucho por ahí y me resultan tan dañinos... Lo que más me cuesta entender es: ¿por qué la gran parte de las personas inteligentes toman al acto de olvidar como un hecho negativo o nefasto...?
-¿Pretende que sea yo quién se lo explique...? ¿Yo, que cada vez entiendo menos a los humanos...?
-...Porque yo no soy necio, y acepto que recordar es bueno y necesario y, créame que hago mucho para que así sea, pero olvidar también es importante... ¡Si hasta se me congela el aliento ante esas graves confusiones mentales...!
-Probablemente usted tenga razón... –reconoció-. Si los amantes dolientes despejaran de sus cabezas las penas que los asedian, a mí se me facilitaría una enormidad el trabajo...
-¡Memorizan tantas pavadas inservibles a lo largo de su paso por la escuela...!
-Es cierto... ¡Qué absurdo, ¿no?!
-Sí... Y sin embargo, de adultos, no son capaces de mantener en mente ni una imagen especial de alguna de sus vivencias más destacadas... ¡La cuestión más importante, y que suele dejarse de lado, es acertar en discriminar aquello que vale la pena ser recordado! –explicó su concepto.
-Creo que empiezo a entender... Usted quiere decir que si, por ejemplo, se olvidaran ciertas reglas que atan, anulan y reprimen... todo resultaría más saludable...
-¡Exacto! ...Pero no lo hacen, y la memoria deja de ser lo que es para pasar a convertirse en obsesión. Y se sufre...
-¡Dígamelo a mí! –reconoció el Amor.
-Se sufre mucho, y a la hora de volver a elegir, esos recuerdos trastornan y siguen causando nuevos dolores... Y entonces, la vida empieza a girar siempre sobre un mismo punto; y gira, y gira, hasta que en determinado momento ese mecanismo mental se atrofia y de tanto forzar el sistema, resulta imposible abandonar ese estado de perturbación y es así como una vida cargada de futuro se transforma en una ruina... ¡Y yo no puedo permitirlo...! ¿Me entiende?
-Lo comprendo absolutamente! –le aseguró el Amor...
-¡Sin mí, no existirían las segundas oportunidades! ¡No se podrían enmendar los errores! ¡Si fuera así, la vida se acabaría con la primera desilusión! ...Y eso no sería correcto, ¿verdad...? ¡Nadie que recuerde vivazmente todo lo que le pasó consigue ser feliz! ...Si el olvido trae alivio, ¿por qué tanto desprecio? ...A veces se habla de mí como si fuera una ofensa... Y eso me hace mal... ¡Sufro mucho por esa causa, ¿sabe?! ...Porque mi finalidad no es hacer daño, sino todo lo contrario, pretendo llevar paz a los espíritus... Yo estoy acá para equiparar las conciencias, dar tranquilidad a los corazones martirizados...
-¡Eso es muy cierto! –afirmó el otro, olvidándose del apuro que tenía, encantado con la charla...
-...Porque el recuerdo es traicionero, ¿sabe? –prosiguió-. Por lo general, una imagen feliz, pero pasada, al ser evocada trae con ella la aparición de la pena de añorar esos buenos tiempos, de no poder capturarlos más allá de la visión... Y viceversa, como sucede en este caso que en el que está trabajando usted, estimado amigo, cuando se recuerda un pasado adverso, esa memoria se trastoca, porque los años y la lejanía modifican las sensaciones, y se termina creyendo que aquello en verdad no fue tan malo, y entonces, el recuerdo se mezcla con una tierna y equivocada nostalgia...
-¡Y todo se confunde...! ¡Lo bueno y lo malo se mezclan, ¿no?! ¡Las verdaderas impresiones se diluyen y pierden su peso original...!
-Así es... Porque olvidar no es anular, es apaciguar la intensidad del fuego de lo vivido... ¡Dígame, si no, ¿cómo haría un hombre para seguir amando, si no lograra olvidar a un antiguo amor?!
-No podría enamorarse de nuevo... –reconoció.
-...Si no disminuyera la potencia de la realidad pasada, viviría esclavizado a ese recuerdo y no aprovecharía la oportunidad de volver a enamorarse de una nueva mujer... Y sin embargo, yo soy el primero en reconocer que también hay amores que no deben echarse al olvido, porque quedaron inconclusos o simplemente porque sería una injusticia... ¡Y no se ofenda con esto, pero, yo soy quien escribe las historias de las buenas pasiones!
-¡No me ofendo, estimado amigo...!
-Y le digo más: ¿cómo sería la vida de un adulto, si no olvidase sus traumas de la infancia, a ver, dígame cómo sería?
-...
-¿…Qué pasaría si por un mal entendido, se enojaran dos hermanos y yo no les diera la claridad de sopesar su historia en común y no tuvieran la posibilidad de espantar de sus corazones algunas ofensas pasajeras? ...Yo le voy a decir lo que pasaría: no tomarían el coraje para perdonar... Y eso sería triste, ¿verdad? ¡...Yo pienso igual! –agregó, contestándose a sí mismo, a modo de descargo, sin darle al otro ni un segundo para hablar-... Otro ejemplo: ¿cómo sería el mundo, este mundo tan maltratado, si la gente olvidara indiscriminadamente?
-...
-...Todos pasarían por él sin aprender ni enseñar nada... ¡Un desastre! Pero no sucede porque estoy yo para equiparar fuerzas entre el olvido y la memoria, para alumbrar los corazones de las personas y, de esta manera, ayudarlos a que elijan lo más acertadamente posible... ¡El olvido ayuda al entendimiento...! ¡Por eso es imprescindible!
-¡Lo entiendo, amigo! ...Yo también cargo culpas que no me corresponden, que son ajenas a mí... ¡Pero trate de no mortificarse, eso no le hace bien! Fíjese, si no, ¿o no me responsabilizan a mí por cualquier fracaso afectivo...? Pero, ¿cuántos reconocen mis esfuerzos, mis méritos y mi constancia? ...Cuando una pareja funciona, es “gracias a dios” o “a la suerte”; pero nunca es un acierto mío... Y si la unión no prospera, se habla de “un maldito amor” o “un amor desgraciado”. ¡...Y si no, se me ve como una debilidad, pero jamás como una bendición! No se puede amar incondicionalmente; no se puede olvidar indiscriminadamente...
-Eso es lo que yo pienso –dijo, y reconoció para sí haber maldecido últimamente a su colega...-. ¡Todo es muy duro cuando se trata de las criaturas más prescindibles del sistema! ¡Esas injusticias se ven a diario! ...Pero los Señores y las Señoras arman terribles descalabros y quien paga los platos rotos es uno; y claro, porque ellos son Señores de la Vida, y si no, están los otros, los Señoritos de los Sueños pero, ¿qué somos nosotros?
-¡Mugrosos y desechables Caprichos! –le respondió.
-...Y asimismo, somos quienes hacemos el trabajo más duro, pero ellos se llevan los laureles, y nosotros, las reprimendas... Si me equivoco, yo soy el primero en reconocerlo y aceptar mi culpa... ¡Estoy cansado de agachar la cabeza y acatar castigos inmerecidos!
-¡Alguna vez, esto, algo o todo tendrá que cambiar! –adhirió el Amor.
-¡Y la presión con la que trabamos, ¿qué hacemos con eso?! ...Porque si erramos con un caso, no valen de nada los cientos de aciertos ya cosechados... Porque si fallamos, podemos llegar a estropear una vida... No podemos elegir entre calidad o cantidad; tenemos que ocuparnos de todos y hacerlo correctamente...
-¡Amar no es fácil, tampoco lo ha de ser olvidar o recordar...! –reflexionó el atento oyente.
-...Porque olvidar o recordar, así como amar, requiere de un gran compromiso y es una pesada responsabilidad...
-¡Pero es un riesgo que hay que correr! ¡¿No cree?! ...Y la gente se niega a estar dispuesta a equivocarse...
-Justamente por eso, nosotros estamos aquí para alivianar la carga... Yo sólo quiero facilitar el tránsito de los hombres por este mundo... Aspiro a lograr la perfección de la memoria que reflote, que lleve a aflorar lo sublime y reprima lo nocivo... Pero en estos tiempos, todo está tan trastocado que se dificulta distinguir entre lo correcto y lo incorrecto... ¡Qué triste tanta ingratitud! ¡Yo, que vivo para interponerme ante el daño que causa el Rencor, mi propio hermano! ¿Y quién me reconoce semejante sacrificio...? ¡Nadie, pienso yo...!
-En eso está equivocado, estimado amigo mío, somos muchos entre Caprichos y mortales los que apreciamos su papel...
-...Siempre encuentran algo para reprocharme –siguió con su letanía-. Si no me recriminan liviandad, me reclaman displicencia, o murmuran que prefiero dar un paso al costado, apartándome de la realidad...
-¡Pero eso no es cierto! –exclamó el Amor indignado con las habladurías sobre su amigo.
-¡Pero eso dicen...! Y esas palabras me producen mucha angustia en mi corazón... ¡Creo que me estoy cansando de todo esto...! ¡Discúlpeme que le haya dicho todo este discurso, amigo, pero ya no podía permanecer callado! ...Me parece que ya lo entretuve bastante con mi alegato y usted estaba ocupado...
-Estimado amigo –cayó en la cuenta de la hora que era-, demás está decirle que cuando necesite un favor mío, cuenta con mi ayuda... Le estoy muy agradecido y complacido con el diálogo... Y le aseguro que me va a encantar proseguir con este intercambio de ideas en otro momento... Es verdad que ahora debo apresurarme en sanear algunos errores del Viejo Amor...
Un poco menos alarmado, el Capricho abandonó la habitación y dejó meditando al Olvido.
...Finalmente, el matrimonio llegó a la casa y se encontraron con que Danilo, el hermano menor de ella, que había venido de Mar del Plata para estudiar, había encargado comida hecha.
Ninguno de los dos volvió a decir nada al respecto hasta unas horas más tarde... Tragaban mecánicamente para mantenerse ocupados, tan compulsivos que podrían haberse atragantado... Virgilio se enojó en mitad de la cena porque le molestó que ella comiera de la ensaladera en vez de servirse un poco en su plato... Francisca apiló las cosas, vasos y cubiertos sucios, en la mesada, y se fue a dormir...
¡Les resultaba inconcebible arreglar las cosas como gente adulta que se amaba...!
Al rato, Virgilio también entró en su habitación y notó que ella seguía despierta...
...Tampoco él podía perder tiempo.
“La Fuente” estaba desierta, sin testigos ni soplones... Así fue que pudo hundir el barco que el Amor había echado a andar, escasas horas atrás, con los nombres de “Gaetana Alfís y Alfonso Barrera...”. A continuación, zarpó otro barco rubricado por el propio Amor pero escrito por el Sufrimiento que, en su interior, llevaba el mensaje: “Gaetana Alfís e Hilario Trelles se enamoran...”.
Y lo que vino después, fue predecible... Gaetana despreció una vez más a Alfonso... Lo descartó como si el pasado fuera un invento. O peor aún, una factura adeudada que se pagaba y listo y volvía a quedar atrás. O sencillamente, como si fuese obra directa de un Capricho... Y, Alfonso, por su parte, mutó el amor que sentía, por resentimiento...
En la radio, todo marchaba bien, el informativo iba tomando forma, los periodistas se adaptaban a las exigencias de la coordinadora, e Hilario se mostraba satisfecho con los resultados...
El Sufrimiento también se encontraba conforme con el distanciamiento que el Rencor produjo entre los antiguos amantes... Poco después de que él intercambiara los barcos, este otro Capricho lanzó uno suyo con la consigna: “Galeana Alfís y Alfonso Barrera padecen un rencor mutuo e interminable...”. Entonces, la crisis, fue imposible de frenar.
-¿Por qué usarán tantas muletillas? –preguntó ella como implorando al cielo que se acabase la maldición de los ehhh, hmmm, esteee...
-Porque así ganan tiempo para pensar en lo que van a decir... –sugirió Alfonso como explicación.
-Bueno, eso está bien, pensar suele dar resultado, pero que piensen en silencio...
-Por lo menos piensan...
-¿Es mucho pedirles que hablen con la boca abierta? ¿Soy demasiado ambiciosa al pretender que no hablen todos a la vez y que pronuncien todas las letras...? –reflexionó, pero sin notar que Alfonso ya no le prestaba atención...
Gaetana necesitaba imperiosamente que la quisieran, como todo el mundo, sólo eso pedía en esta vida... Hilario nunca, hasta ese momento, la había visto como posible menú... Y Alfonso se merecía lo que tenía junto a Ivana.
-...Tenés un gran trabajo, podés darme órdenes, ¿por qué no sonreís, entonces? –le preguntó Alfonso, furioso, con el mismo tono de voz que tenía en los peores días de su historia juntos, demonizándola para tapiar el pasado...
-También es mucha responsabilidad –le afirmó seca.
-¿Con quién te acostaste para estar acá?
-Sabés que con varios, pero ninguno de esta radio, salvo vos, hace siglos, claro... Pero me parece que voy a probar con algún otro para sacarme el sabor amargo de tu recuerdo...
-¡Entonces, debe haber sido muy importante, para que todavía te acuerdes, después de tantos años...!
-¡Es verdad, nunca volví a conocer a un tipo tan hijo de puta como vos!
La primera vez que Rencor se encargó de ellos, había persuadido a su amante Pasión de que sería divertido que se entrometiera entre la pareja; así apareció Ivana en la vida de Alfonso... Y como en aquel tiempo, la volvió a convencer para que reforzara sus efectos con el matrimonio.
¡El Rencor y sus secuaces...!
Fuego y delirio; sin consideraciones...
Cuando la reestructuración del informativo fue un hecho consolidado, Gaetana se acercó a la oficina del director de la radio y entró sin anunciarse. Charlaron por un rato de cosas sin interés, luego, Hilario se llenó la boca de elogios sobre ella...
-¡Hiciste un trabajo estupendo! Elegirte fue la mejor decisión que tomé hasta ahora...
-Nada del otro mundo... Cualquiera que sabe escuchar puede hacer radio –afirmó, pero le mintió, Gaetana era conciente de la excelencia de su trabajo-. Porque hacer radio no es una ciencia... Tampoco me convence mucho la idea de que se vincule con un arte...
-Es verdad, estoy seguro de que hacer radio es hacer magia, pero no estoy de acuerdo con que cualquiera lo podría hacer, al menos, si se busca un producto de calidad...
Y fue allí que ella le explicó que su tarea ya estaba terminada, y que era el momento ideal para dar un paso al costado...
-...Pero alguien tiene que controlar su funcionamiento... –expresó Hilario, acorralado-. ¿Hay algo que te pueda decir que te convenza de lo contrario...? ¿No hay algo que pueda hacer para que te quedes...? ¿No te tienta quedarte acá...? ¿No hay nada que te atraiga en esta ciudad...? –le preguntó, saltando al vacío, lleno de amor y cierta idolatría.
-Sí, vos... –le respondió contundente, con una sonrisa impúdica-. Parece una propuesta interesante...
Era que estaban en medio de una ciudad que se alimentaba de nuevos romances...
-Soy un hombre muy exigente, sabés...
-Bueno, y yo una mujer generosa...
-¡Todo indica que nos vamos a llevar bien!
Bastante visionario, las maniobras del Sufrimiento, no salieron tan mal...
-¿Se puede saber por qué te volvés a poner esa ropa?
-¡Me gusta que me desvistan...! –le explicó Gaetana.
-¡Vení! ¡Dame! ¡Sacate esto...!
¡El frenético tránsito hacia su piel...!
Aunque, más allá de todos sus vigores, no consiguieron que la noche no se apagase...
Gaetana se las ingenió para envolverse entre sus brazos... ¡Se ató a Hilario con sus piernas!
...Fueron quedándose dormidos, él, acariciándole el pelo y ella, jugando con aquellos dedos fuertes.
¡Después de esa madrugada de desvelos, se consolidó una historia claramente fortuita! La mañana en que comenzó el mundo, por lo menos el de ellos... ¡Cualquier mañana de las que irán a compartir, podrá servir de ejemplo de eso!
Un hombre de manos grandes y firmes; tan fuertes, que lo hacían capaz de matar con ellas... Pero también, sus manos, eran ideales para despabilar hasta al cuerpo más perezoso...
-¡Ey, ésa es mi remera, devolvémela! –se le oyó decir, le exigió Hilario aquel mediodía...
-¡Sacámela!
...Y nada resultó como él esperaba, Hilario y Galeana hicieron una pareja estupenda, tanto a nivel profesional como personal. ¡Fueron afortunados de que Sufrimiento travestido en amor se fijara en ellos...!
Se dejaron arrastrar como quien se abandonaba a una muerte segura...
Ambos contaban con garras tan hábiles como para hacerle cosquillas al cielo...
-¡¿Qué loco, no?!
-¿Qué no es loco en este mundo? –le respondió Hilario, filosofando un poco-. Igual, ¿a qué te referís...?
-¡A nosotros! Antes éramos buenos amigos... ¿O no?
-Sí, y ahora somos buenos amantes, ¿o no?
-¡Sí! –le confirmó ella con otra sonrisa, riendo con toda la cara.
Gaetana besaba aquel cuerpo completamente, en toda su extensión... Cuando se fue terminando su piel y llegó a la frontera con el mundo real, tomó conciencia del transcurso del tiempo y supuso que era lo suficientemente tarde...
¡La esclavitud de los sentidos!
-Tengo que irme...
-¿Tan pronto...? –le preguntó desilusionado...
-Sí, es tardísimo... ¿No pensás levantarte, vos?
-¡Solamente para prepararte mate...!
-¡No, no puedo tomar nada, ya estoy llegando tarde...!
-Bueno, entonces, más a mi favor, no va a pasar nada si vas un rato después... ¡Y, respondeme: ¿Preparo unos matecitos rico...?! ¿Qué dice la mujer más hermosa de esta cama...?
-¡Ah, qué vivo, así cualquiera...! Está bien, me quedo un poco más... ¡Ah, otra cosa, más te va a valer que siga sin tener competencia en esta cama...!
-¿Y el mate, querés o no querés probar el mejor mate de la ciudad...?
-Ya te dije que sí, probemos... ¡Pero amargos, eh...!
-¡Muy bien, como usted diga, Licenciada...!
-...Hoy me voy a dedicar a ver cómo se puede solucionar el tema de los móviles y la falta de presupuesto... –le anunció con su boca desconocida, ignorada hasta entonces, venida de otra dimensión...
-Me parece que tanto machacar con el trabajo, y darle, y darle e insistir y volver siempre con lo mismo... Me parece que eso termina siendo contraproducente...
-¡Vos decís eso porque no te gusta trabajar...!
-¿Cómo te diste cuenta? –preguntó, ingenuo.
-Porque todo tu trabajo lo estoy haciendo yo... –le confirmó, aún pegada a su piel, como una ampolla.
-¡Vos lo hacés mejor....! Tu inteligencia me expone, sabés...
-¿En qué? No entiendo...
-Que tu inteligencia me hace quedar como un idiota...
-No es cierto, no sos idiota...
-Ya sé, yo no digo que lo sea, pero hablás y me siento un tarado... ¡Me dejás sin palabras!
-¿Tarado o idiota? –siguió bromeando-. Si te quedás sin palabras es porque me amás...
-También es cierto...
-Y no me amás por mi inteligencia...
-¡Es verdad, tu inteligencia no es lo único!
-¡Mi secreto es el esfuerzo, ¿sabés?! ...Yo siento admiración por vos... –le aseguró Gaetana.
-¿En qué momento, por ejemplo, creés que soy un hombre admirable?
-Cuando... me elegiste para trabajar a tu lado, te admiré... Cuando me pediste que me quede, te admiré... Cuando me invitaste a coger con vos, también te admiré...
-¡Ves que sí sos inteligente: aceptaste y te quedaste conmigo!
Después, la acarició con su racimo de dedos, hasta que ella se apartó para peinarse... Y él la dejó alejarse por no levantarse, en cambio, se desparramó en su cama producto del más tierno cansancio...
-...Tengo que ir a trabajar, me vas a hacer llegar tarde y no quiero que mi jefe me rete... –exclamó Gaetana, alejándose de él para vestirse apurada.
-¡Vení, dame, dejá que yo te lo abrocho!
-¿Qué cosa?
-¡El corpiño, pero cuando quieras que abrochemos otra cosa, me avisás y lo arreglamos...!
...Ningún gesto de los protagonistas, discretos y ajenos a las habladurías, llamó la atención del Amor, así que no se dio cuenta de sus planes fallidos... Él tenía mucho trabajo como para hacer un seguimiento exhaustivo en cada caso... A decir verdad, Amor se había olvidado por completo de Galeana y Alfonso.
-¿Qué voy a hacer con vos, amor?
-¡Amarme, como corresponde, ¿qué más?! ¡Dame otro mate antes de irme...!
¡Amarse, como si no tuviesen otra alternativa para elegir...! Amándola, como si jamás pudiera volver a amar... Gaetana, por su parte, lo iba a amar y venerar, como si no hubiese más hombres en esta tierra.
...Virgilio amaba con devoción a esa mujer pero no podía entender que hubiera permanecido tanto tiempo junto a aquel tipo... Él sabía que Francisca lo amaba a él, pero tampoco conseguía perdonarle que alguna vez también hubiera amado a aquel hijo de puta.
Se acostó a su lado y la acarició. Francisca se apartó desganada, recordando que aún persistía su enojo... Él le propuso que hicieran el amor y ella le respondió que no... Enfurecido, producto de un impulso absolutamente ajeno a él, le preguntó:
-¿Querés que te coja a la fuerza como hacía él? ¡Eso te gustaba, ¿no?!
Ella saltó de la cama, prendió la luz, necesitaba confirmar que era su marido el que hablaba...
Era él, Virgilio el que había dicho eso, pero fue otro quien había hablado través de su boca... Rencor también se había interesado en “el caso: Francisca Vesto/ Virgilio Rucci...”.
¡Desalmados recuerdos...!
...Después recomenzaron a discutir, a despreciarse, a maltratarse, a recriminarse... Se olvidaron de las palabras que solían utilizarse para dialogar y se quedaron exclusivamente con los insultos.
-¡Vos no tenés idea de cuánto te amo...! –largó resignada...
-No sé, pero siempre va a ser menos de lo que lo quisiste a él...
-¡Eso es mentira!
-...Yo te amaría, sabés, si no fuera que no te lo merecés...
-Me parece que vos estás esperando demasiado de mí... ¡Mucho más de lo que cualquier persona podría darle a otra...! Te ofrecí mi presente y mi futuro, pero no puedo hacer nada con lo que viví antes de conocerte... ¡No tengo cómo corregir o remediar los errores que ya cometí...!
¡Equivocarse y aprender...! ¡¿Hacían falta tantas equivocaciones...?!
¡No sabían cómo llegar hasta el otro...! ¡Caminos obstruidos, como arterias enfermas!
…Alarmado por los gritos, Danilo se acercó al cuarto, golpeó la puerta:
-¿Francisca, está todo bien? –habló.
Ella le abrió y, con los ojos cansados, le hizo un gesto poco convincente de sí con la cabeza...
-¿Qué te pasa? –le preguntó su hermano al verla a punto de llorar-. ¿Qué le hiciste...? –se dirigió a Virgilio...
-¡Nada! ¡Preguntame a mí qué me hizo ella...!
-¡Ella es mi hermana, no vos...! –Le contestó a su cuñado-. ¿De verdad está todo bien? –volvió a decir.
-Sí –le respondió Virgilio-, todo bien nene... –le confirmó para que se fuera y poder seguir descargando su ira en su mujer...
-Fran, ¿seguro?
-¿No me creés pendejo? –Virgilio se enfureció más.
-...Es que los gritos se escuchan hasta en el living... –explicó Danilo, y vio cómo su cuñado se levantaba de la cama y se le acercaba...
-...Cuando el hijo de puta de Bernardo se cagaba violando a tu hermana y la molía a palos, ¿también escuchabas o te hacías el sordito como el resto de tu familia...?
-Yo no vivía acá en esa época... –consiguió responderle avergonzado por las omisiones ajenas...
De hecho, era cierto eso de que muchos hacían la vista gorda, Bernardo era muy generoso con sus padres...
Danilo se sintió ridículo y agregó:
-Pero si hubiera estado, le hubiese partido la jeta... Como lo haría con vos si se te ocurre pegarle o la tocás con un dedo sin que ella quiera... ¿Está claro? Te aseguro que cuando termine con vos, tu mamá no te reconoce.
...Todos se habían sacado las ganas de decir y gritar la bronca que, sin saber, tenían guardada.
Danilo dejó al matrimonio... Francisca se secó las lágrimas y volvió a acostarse, y Virgilio se fue al baño y se vistió... Después, salió a dar una vuelta para tranquilizarse y ordenar sus ideas. Era preciso que espantara a los fantasmas y los dolores, aunque más no fuera, pisando algunas calles heridas...
El Amor no dejaba de indignarse, ¿cómo podía ser que con todo lo que ellos se amaban, se dijeran cosas tan feas...? ¿Sería tal vez, por no haber hablado a tiempo, en el momento antes de la furia, cuando verdaderamente las palabras tenían sentido…?
...Ella estaba convencida de que perdía eficacia, aunque tal vez fuera sólo una sensación... El hecho era que Tristeza empezó a ver cómo todos sus trabajos se echaban a perder. Primero culpó a la guerra, en ese contexto, cada Capricho causaba estragos en los propósitos de los demás... Finalmente, fue comprendiendo que era ella la que sin dudas fallaba... ¡Poderes marchitos! ¿Y si realmente no quería seguir propagándose...? Sin embargo, su mejor socio no aflojaba con sus cometidos... Y lo hacía con éxitos, al menos, todo marchaba según sus planes en “el caso: Constantina Leontini/ Gervasio Alcorta” que, a pesar de su profundo amor, preferían dedicarse a sufrir.
...Así pasó la noche en que Constantina decidió ir a lo de él para hablarle y... Y lo que fuera preciso.
¡Sensaciones calcadas!
...Como otras veces parecidas en las que también terminaba llorando sin consuelo.
…Horas antes había entregado el último cheque que era capaz de emitir con respaldo y al día siguiente tenía que pagar el alquiler de su departamento. El acondicionamiento del local de modas donde pretendía vender su colección de ropa y accesorios diseñados y confeccionados por ella, la había exprimido.
...Todo aquello había comenzado como un pasatiempo, aunque más bien lo hiciera por necesidad... Constantina estudiaba mientras se cocía su propia ropa... Acostumbraba salir de la facultad de Periodismo y caminaba por el centro... Observaba las vidrieras y entraba a los negocios más caros... Tanteaba los modelos que le gustaban, los analizaba y cuando dejaba el probador, se escuchaba:
-¿Te lo vas a llevar...?
-No, me parece que voy a seguir viendo, cualquier cosa vuelvo... –le explicaba a la empleada.
…Después, se iba volando a su casa y copiaba los diseños.
Constantina terminó la facultad pero nunca ejerció porque se negaba a participar del juego de hacerle “el caldo gordo a los poderosos...”. ¡Ella no había nacido para eso...! Fundamentaba su decisión alegando que la propaganda la aburría.
Definitivamente, se dedicó al diseño de ropa y accesorios... Pero jamás se arrepintió de haber estudiado, ni consideró como una pérdida de tiempo aquellos años... En la facultad descubrió la política, tuvo amores, sexo, hizo amigos, entre otras cosas... ¡Aprendió de todo!
“¡Las mejores vidas las tuve con él...!”.
…Retumbaba la frase que Gervasio le había pronunciado la segunda noche que se vieron:
-...Yo sé perfectamente que no me voy a casar con vos, pero ahora te quiero cerca de mí... –le había asegurado con su tradicional y distante sonrisa.
¡Mitos devorados por su ausencia!
¡Horas frágiles sin su olor ni su voz...!
La pena que la agobiaba era tan profunda que la iba ahogando... ¡Gervasio le quitaba todo, inclusive el aire!
...Añoraba sus caricias, su abrazo, su lengua, su humor, sus mentiras... ¡Extrañaba su cuerpo...! ¡La tibieza de ese cuerpo amado!
“¡Hubo detalles que no variaron con los años...!”.
Necesitaba su esquivo cobijo...
“A las mujeres nos encantan los tipos malos, pero no nos tendríamos que enamorar de ellos...”, analizaba, para despejar su cabeza de su actual y desastroso estado financiero...
La preparación del negocio le demandó a Constantina más trabajo y dinero del que esperaba, y a su vez la mantuvo tan ocupada que le sirvió para distraerse de la lejanía de Gervasio...
¡Estaba pobre, pero con un libro en la mano!
“...Cuando Emilia le preguntó por qué había vuelto, Daniel le dijo que extrañaba los lunares del hombro izquierdo. No hablaron de Zabala. Daniel sabía que si le daba permiso a su lengua de correr por ese tema, terminarían gritando insultos. Prefirió tocarla de nuevo, indagar si le tenía secretos, mientras allanaba en el último doblez que ella quiso guardarse en el cuerpo, reconocerla y sembrar en el centro de todos sus deseos el gozo extenuante que otra vez supo nada más suyo...”.
Y en seguida cerró el libro sin marcar por dónde iba, fue a su cuarto a cambiarse la ropa y salió a la calle, se mandó para lo de Gervasio, se arriesgó...
¡Caminos y desenlaces...!
-¿Puedo ayudarte, linda? –le preguntó Virgilio a una nena que encontró caminando como él y creyó que estaba perdida.
-No lo creo, señor... ¿Puede ayudarse a sí mismo? –le replicó la pequeña.
…Más bien se trataba de la Señora Suerte. Efectivamente, ella tenía la potestad de adoptar la forma de una persona u objeto o simplemente desintegrarse para el ojo humano.
-¿Qué hacés a esta hora en la calle? ¿Te dejaron sola? ¿Te escapaste? ¿Estás perdida?
-Creo que no conozco tantas palabras como para poder contestarle, señor...
-Es muy peligroso que te quedes acá –insistió Virgilio-. Es una suerte que te haya encontrado...
-Creo que es verdad que es una suerte... ¿Y usted, qué hace caminando solo? ¿No tiene familia?
-Sí, tengo...
-¿Y por qué no está con ellos? ...También podría perderse...
-Yo ya estoy perdido, linda... ¡Y no te preocupes si no me entendés, que ni yo puedo...!
-Entonces, es usted el que necesita que alguien lo guíe por el camino correcto...
-¿Dónde vivís? –Virgilio, prefirió ignorar aquella última frase-... Yo puedo acompañarte hasta tu casa...
-Creo que no me acuerdo...
-Parece que creés en muchas cosas...
-Creo que creo que creer es bueno y da confianza... A parte, ya le dije que no conozco muchas palabras... ¿Usted no cree?
-Creo que creo bastante menos que vos... –siguió con el juego de la niña-. ¿No te acordás de tu número de teléfono?
-¿Y en qué cree, entonces...? ¿Cree en los Dioses?
-¿En dios? –como corrigiendo la pregunta-. No.
-Yo tampoco...
-¿Sabés tu apellido?
-Creo que es González... ¿Y en el Destino, cree? ...Me parece que creo con más fuerzas que mi apellido es Martínez...
-Sos rara vos, eh...
-No me contestó lo del Destino, ¿cree en él?
-No, para nada...
-Creo que usted parece un buen hombre... Creo que el apellido de mi papá es Rodríguez...
-Sí, ya veo... y el de tu mamá es García... –largó, ya algo molesto con la situación...
-¿Cómo lo sabe...? ¿En qué cree, exactamente?
-No sé... Acá cerca hay una comisaría, vamos que te llevo...
En verdad no creía que lo de la comisaría fuera una buena opción pero ya se estaba cansando y como no podría dejar a la niña así, que siguiera sola en la calle, de alguna manera debía sacársela de encima...
-¿Está enamorado?
-Sí.
-¿Y ella lo ama a usted?
-Supongo que sí...
-¿Y a la mujer que ama, le cree?
-A veces...
-Creo que hace mal en no creerle... El que ama no necesita mentir...
-No te creas...
-Sí, eso creo... ¿Y en la Suerte, cree?
-¿En la suerte...?
-Sí, eso, claro, en la Suerte... ¿Nunca se puso a pensar en la suerte que tuvo, de que entre tanta gente que nace, vive y muere a destiempo, a lo largo de todo el mundo, usted tuvo la buena suerte de cruzarse con una mujer que lo ama y que usted la ama a ella...?
-¡Me parece que vos sí conocés varias palabras! Nunca lo había pensado de esa forma...
-¡Piense, si no, en tanta gente que jamás va a coincidir para conocerse en esta tierra...!
-Sí, creo que creo en la suerte...
-Mire que así como existe la buena suerte, puede transformarse en mala suerte... Creo que lo mejor es no tentar a la desgracia...
-...Una desgracia va a pasar si vos te quedás acá, en la calle, sola...
-Ahí está mi hermana... ¡Ésa es! –dijo la Señora Suerte al descubrir a una mujer que pasaba frente a ella.
...Se trataba de Constantina que caminaba a paso ligero hacia lo de Gervasio.
-Bueno, me alegro, cuidate, la próxima vez no te alejes tanto de ella...
-Está bien señor...
-Aunque seas tan crédula, cuando crezcas, tendrías que ser periodista, por lo de las preguntas, lo digo...
-Gracias señor, adiós, que tenga suerte.
…Y, rápidamente, la imagen de la pequeña desapareció de la vista de Virgilio que dio vuelta hacia su casa. Empezó a caminar apurado como si se abriera la calle atrás de él... Volvió sobre sus pasos, hacia su vida con Francisca pretendiendo secarle las lágrimas que, por su culpa, derramaba la ciudad.
Por su parte, la Suerte, desmaterializada, convertida en Mala Suerte, acompañó la sombra de Constantina que andaba como nadando en medio de la humedad del aire...
...El contacto con aquel Capricho fue modificando su realidad. Una mañana salió de su cuarto entusiasmada en busca de un viejo libro que alguien había mencionado por la radio... En la biblioteca, la empleada le explicó a Justiniana que “justo” ese libro no se prestaba...
-Si querés podés leerlo en la sala de lecturas pero no te lo podés llevar... –le dijo por fin.
Y cada tarde, cuando se insinuaba cierto tímido sol, ella tomaba aire para cruzar la plaza que la separaba de la biblioteca... El Valor se sentaba a su lado y perseguía con sus ojos las letras que ella iba dejando atrás... ¡Esa chica leía realmente rápido...!
A Alegría le preocupaba Justiniana... El día que se decidió a intervenir, lo descubrió... “¡Una mujer hablando con un Capricho!”, pensó, y la idea le fascinó.
Por la noche, después de la cena, se le acercó a Valor para compartir la sobremesa...
-Conmigo, su secreto está bien guardado... –le dijo ella.
Nunca se sabía qué Capricho podía ser delator, así que el Valor la escuchó con desconfianza.
-¿De qué me está hablando? –haciéndose el distraído, le preguntó aterrado y prevenido...
-De la jovencita Justiniana... A mí no me engaña, estimado amigo, la causa de su sonrisa es el amor que le profesa a esa muchacha... ¡Y ella, está aprendiendo a reír a su lado...! ¡Es genial! ...Nunca me había pasado de presenciar semejante milagro... Pero hay un problema... –anunció por fin...
-Me lo imaginaba, tiene que denunciarlo...
-¡No! Jamás lo haría, ya se lo dije, yo no soy una amenaza... Pero tenga cuidado porque así como yo me enteré, podría ser otro Capricho el que lo supiera... –le aseguró.
-Gracias... ¿En verdad puedo confiar en usted?
-Claro... El inconveniente al que me refiero, radica en que a mí me encantaría ayudarla, poder aplacar un poco su angustia, pero si yo abro un caso con ella, el Destino... –y bajó la voz-, se enteraría de todo... Aunque ahora que lo pienso mejor, creo que va a alcanzar con que usted le dé ganas y le devuelva el valor por la vida.
...Poco después, Valor echó a andar su barco con los nombres de Cándida y Venancio... Luego aceptó la invitación para celebrar con Pasión y Amor y, cuando éstos estaban muy distraídos, el Sufrimiento se acercó a la fuente... Vigiló el andar de la nave, la salpicó con agua, jugó a hundirla con su dedo firme e impiadoso... Hasta que al fin se hartó de estudiar posibilidades y consecuencias, sacó el barco de “La Fuente”, lo estrujó en su mano y destruyó, así, cualquier anhelo de los otros Caprichos...
...Tocó el timbre y, por el portero eléctrico, Gervasio le dijo que lo esperara en el bar de la esquina. Así, ganó el tiempo necesario para vestirse, despertar a la chica que dormía en su cama y despedirla con alguna excusa estúpida.
Un asfalto tapizado de llanto o de lluvia; Constantina prefería no saber... Sonidos confusos, gritos lejanos... Las voces de la calle hablaban de catástrofes. Pero gracias a una autosuficiencia absurda, pocos eran los que alcanzaban a asumir que semejantes desastres llegarían a tocarles el hombro a ellos...
¡El azul de aquella áspera noche...!
Entró al bar con cara de dormido y ella se sintió con suerte porque fue él quien pagó su café y, finalmente, al salir, Constantina notó que una luna diferente abrazaba el cielo...
Habían abandonado la neutralidad del negocio, para adentrarse en la trinchera del living comedor...
-¡Espero que tengas un buen motivo para haber venido, porque acabo de echar a una muñeca hermosa y complaciente!
-¡Como yo! –le dijo irónica.
-¡Esa chica vale la pena...! –aseguró para herirla.
-¿Y qué, yo no...?
-¡Mejor, no me hagas hablar...!
...Gervasio la recibió con la hospitalidad de un criminal.
¿Con qué mentiras lo trataría de convencer? ¿Cómo haría para conmoverlo...?
-Vine a pedirte que me prestes plata... –volvió a ponerse seria.
-¿Cuánto?
-¡Para el alquiler de mi departamento!
-¡Eso es bastante! –expresó, como podrían hacerlo los banqueros-. ¿Cómo y cuándo pensás devolvérmelo?
-No sé...
-Esa respuesta no me alcanza, no me sirve, no me da seguridad... –le explicó despiadado, como el asesor financiero que era cuando de dinero se trataba.
“¡El dinero no tiene más valor que el de un número...!”, reflexionaba Gervasio, pero al mismo tiempo la miraba con una crueldad malintencionada... Ni siquiera se inmutó al ver que ella pretendía acercarse a su cuerpo... ¡Antes, eso siempre le había dado resultado!
-¡Esperá, dejame pensar! ¿Cómo...? ¡Como vos quieras! Y, ¿cuándo...? ¡Podría ser ahora mismo...! –insinuó.
Gervasio se levantó del sillón donde estaba muy cómo viendo a Constantina humillarse... Talentoso y desapegado... “Tengo que pensar para no perderme...”. Fue a su habitación y volvió con varios billetes. Entonces, ella empezó a desabrocharse la camisa. Él no la interrumpió...
De pronto, con toda su omnipotencia, disparó al aire, como un asesino aficionado:
-Ahorrame el mal momento, querés... –hasta que al fin le dijo-: ¡Guardate la guita y andate! ¡Y no hace falta que me devuelvas ni un peso...! ¡No quiero volver a verte...!
Y la desechó como nunca... ¡La hostilidad de esa piel! ¡Las rarezas de los afectos...!
¡Y otra vez la asaltó el desamparo! ¡La pesadilla de no conseguir despertar...! Igualmente, Constantina permaneció distante y soberbia, a pesar de semejante desplante. “¡Las obsesiones se pagan caro...!”, pensó. ¡Y encima, su psicólogo seguía en París...! Ciertos temores la rodearon... ¡Su angustia provenía de las derrotas perpetuas, siempre que Gervasio era su contrincante...!
-¿Me tratás así por todas las veces que yo te traté mal, no? ¿Estás haciendo justicia por mano propia, despreciándome así? –volvió a hablarle con sus palabras abrumadas y cargadas de congoja.
-Si es por mano propia, será venganza o revancha, pero jamás justicia... –la corrigió aun en el fragor de la disputa.
-Entonces, ¿es una venganza? –su voz amplia largaba frases apagadas por el despecho. Ante silencio de Gervasio, soltó-: ¡Tené cuidado, no sea cosa de que te arrepientas!
...Y dolido, la despidió de su casa.
...Ella, se marchó con la frente en alto, manteniendo sus ojos fijos en él, solamente, cuando presintió que se iba a largar a llorar, desvió su mirada.
A lo mejor, Gervasio, ya empezaba a lamentarse... Sin embargo, después, se quedó distendido y liviano, como si tuviera menos años, pero pensando sólo en aquella boca...
En la calle, Constantina tomó un taxi. Y al volver a su casa, no pudo dormirse hasta bien entrada la mañana...
¡Definitivamente, había elegido la noche más equivocada para aproximarse a Gervasio!
...Más sereno y arrepentido, Virgilio volvió al departamento. En el sillón lo esperaba Danilo...
-Me extralimité, ya lo sé pibe, perdoná... –empezó Virgilio-. Es que me pone loco ver a tu hermana cerca de ese hijo de puta...
-¿Te da celos? –le preguntó.
-¡Muchísimos, aunque no tenga motivos...!
-Sos un tarado... –le aseguró, pero esta vez, con tono amigable-. ¡Ella te ama...!
-Sí, ya sé... Soy un tarado con suerte.
Dejó a Danilo y fue para su habitación. Encendió el velador y la observó con sus ojos elocuentes... Notó que Francisca se movía en la cama, dando vuelta para un lado, para el otro...
-¿Qué querés? –le preguntó cuando se puso boca arriba y, encandilada, lo vio parado frente a ella.
-...Por lo menos dejame que te pida perdón... –le dijo sincero y enamorado; diluyendo la firmeza habitual de su mirada...
-...También duelen tus insultos...
-...Ya sé, soy un tarado...
-Yo te amo a vos... –le confirmó, sin mentirle y sin recordar que alguna vez quiso a otro.
-...Siempre te cuesta dormir si estamos peleados...
-Es verdad, no puedo dormir si no te tengo cerca, si no te acaricio... Lo que más necesito en la vida es tu abrazo... –le aseguró.
¡Manejando los hilos de la noche...!
Finalmente, Francisca sonrió cuando Virgilio se tendió a su lado, debajo de las frazadas.
...Como Valor no podía dormir y ella lo estaba esperando, él se fue con la excusa de pasear.
Cuando se encontraban, Justiniana solía hablarle de los libros que había leído, y él la invitaba a salir de su habitación... ¡No podía dudarlo, con la osadía más inconmensurable a su lado, lejos, tenían que quedar los antiguos miedos y recelos...!
A veces recorrían los parques recién sembrados o entraban a un cine... Justiniana elegía libros para comprarse, cuando de pronto, ella dejó de representar una obligación para el Valor...
Dado que él era un Capricho y ella tenía la facilidad de ser ignorada por los demás, una chica transparente, les resultó sencillo pasar desapercibidos en medio del aturdimiento de nuestra ciudad... Su piel blanca, casi que rozaba con lo cristalino, reflejaba un brillo inigualable por las noches...
Así fue que llegó el día en que la vida dejó de atormentarla... El resto de la gente, el futuro, su familia, ya no la inquietaban... Dejó de preocuparse por ciertas cuestiones...
Justiniana soñaba que era feliz y cuando despertaba, hacía todo lo que había visto en sus sueños... Ella hablaba e iluminaba paisajes desconocidos en el fondo de sus ojos... Él, se desvivía por una sonrisa de ella...
¡También a vivir se aprendía...!
¡Aunque el mundo los ignorara...! Valor nunca la abandonaría... Pero también era un hecho que su amor no tenía cabida en este mundo, pero tampoco eso les importaba... Sonreían al mismo tiempo y siempre salían a pasear... Básicos y primitivos, se comunicaban a través de sus sentidos...
Nadie extrañó por “El Muelle” la presencia del Capricho que no sabía de cobardías...
¡Sonrisas archivadas en las diapositivas de esta ciudad! ¿A dónde irán cuando no les quede lugar al que escapar, donde esconderse...? ¡Adónde fuera que vayan a parar, estarán juntos, eso era seguro...! ¡Siempre estarían donde nadie los encontrase...!
Descubrían, cada anochecer una nueva plaza... ¡Se tendían sobre el pasto y abrían bien grande los ojos para vigilar las estrellas!
...Como aquel día en que ella salió a la calle pero después de asomarse a la puerta, volvió apurada a abrigarse. ¡El viento la había hecho retroceder...! Tomó su saco y se colgó su bolso con el libro que esa tarde iba a seguir leyéndole al Valor... ¿A dónde irían, si esta primavera se olvidase de venir...?
Recostados sobre el césped, ella leyó en voz alta, confiada y segura; soberbia cuando espantaba la luz del sol con sus párpados:
“...Ven Wilkilén, siéntate a mi lado –le había dicho Vieja Kush-. Voy a contarte de una que, a partir de esta noche, será mi hermana y compañera eterna. No te asustes cuando escuches su nombre; ni la culpes por hacer lo necesario. ¿Conoces a alguien a quien le agrade comer manzanas que pendan años y años de los árboles? Tampoco lo conozco yo. Y dime, ¿cómo nacerían manzanas nuevas si las que ya cumplieron con lo suyo no dejaran sitio en las ramas? ¿Podríamos tú y yo ser viejas al mismo tiempo? ¿Quién le enseñaría a quien? La hermana muerte carga con una tarea que todos comprenden pero pocos perdonan. Sin ella, los hombres no mirarían el cielo en las noches claras. Tampoco cantarían. Sin ella, no existirían ni el suspiro ni el deseo. Sin ella nadie en este mundo se ocuparía de ser feliz”.
...Y Justiniana dejó de leer al verlo que lloraba. Y no pudo consolarlo... Valor caía en la cuenta de que amaba a una mujer que iba a morir... ¿Se olvidaría completamente de él después de morirse? Y él... ¡Él siempre estaría para extrañarla...!
“¡Morir podría convertirse en un alivio...!”, deseó con todo su vigor. ¡La vida que los separaba! “La vida y la muerte comparten la misma cama... ¡A lo mejor, una podría interceder por mí para convencer a la otra...”.
“Las únicas diferencias entre los vivos y los muertos, son que los muertos no respiran y tampoco tienen recuerdos...”, reflexionaba el Valor. “Después de todo, tal vez, a lo mejor, con un poco de suerte, nada varíe demasiado... Pero si ella no se acuerda de mí, ¿cómo me buscará? ...Y entonces, no volveremos a vernos... ¡O peor, si yo la encuentro, no me reconocerá...!”.
¡Tal vez se reúnan en sueños...!
Por adelantado, se cargó del vacío de los que se quedarían para lamentarse, de los que no podrían partir, sólo para notar el hueco dejado por los que no estarán... ¡El escarmiento de los sobrevivientes!
Aunque quisiera, él nunca podría dejar de existir... Seguramente, encontraría mil cosas de ella para recordarla... ¡Tal vez ésa fuera su condena! El destino no tendría clemencia con él.
“¡Nadie me hablará de nosotros...! ¡Nadie nos recordará...! ¡Nadie contará nuestra historia...!”, especulaba el Valor, equivocadamente....
Amar era su recompensa... La magia de Justiniana lo alumbraba todo... Su frescura lo encandilaba.
“¡El amor te despierta a la vida a cachetazos limpios...!”, se repetía mentalmente el Capricho.
¡Recreando ternuras...! ¡Capaz que en otra vida podrían retomar la continuación de su romance...! ¡La fidelidad de los muertos...!
Decidió no pensar más en el devenir para derrotar a los infortunios que se verían obligados a enfrentar, como lo haría cualquiera en este mundo...
“...Acostúmbrate a las carcajadas, pequeña...”, murmuró la Alegría que los observaba a la distancia, para no entrometerse demasiado, para no molestar.
El amor igualaba a las personas haciéndolas más endebles y mortales que nunca; aunque aun de eso, el Capricho estaba exento. Así, tendría todo su tiempo indefinido para disfrutarla sin culpa, a lo mejor sí con un poco de angustia o temor, pero viviendo a su lado hasta el momento en que el final fuera inevitable...
“Cuando llegue tu hora de morir, estaré allí, acariciándole el pelo, para susurrarte alguna mentira que te alivie... Podría decirte que nada malo sucederá... que está todo bien... O que todo pasará pronto...”. ¡Acompañándola para verla partir...! De todos modos eso sucederá tras mucho tiempo.
...De algo estaba seguro el Valor, antes del olvido, recordaría la voz pausada y las carcajadas de esa jovencita que ya no volverían a ser tímidas, como atragantadas.
Entonces, Justiniana lo besó con cariño, con todas sus fuerzas... Y después, con su mano, le secó las lágrimas y le sonrió... Valor dejó de pensar en el futuro y le aseguró que la pena ya había pasado.
...Alegría cumplió con su palabra y conservó aquel secreto con la ilusión de que esa historia terminase bien.
¡Era lo único que faltaba en verdad, que una mujer viera y hablara y paseara y... y todo eso con un Capricho! ¡¿Y qué decir sobre que un Capricho se enamorara de una mortal...?! ¡Era algo inimaginable...! Pero como ningún Dios se enteró, ni los demás Caprichos se fijaron en Justiniana, y dado que Alegría no habló, ningún rumor llegó a los oídos del Señor Destino.
Le llamó la atención que ella entrara a su oficina, raras veces lo hacía, en alguna oportunidad, recordó en ese instante, la Señora Suerte se le acercó para pedirle que amparase a unos sujetos que ella envolvía en su lado negativo... Pero tampoco la asustó verla sentarse frente a ella con su aire altivo y provocador...
-...Yo la aprecio tanto, querida mía... –le aseguró con tono maternal...
-¿Qué necesita, Señora? ¿En qué puedo serle útil? –le ahorró camino...
-...Ningún asunto particular me trae a usted... Pienso que así, como es pura ternura, se ve tan crédula e ingenua...
-¿Tiene alguna objeción para hacerme sobre mi trabajo?
-No sobre su trabajo... Creo que... Usted sabe...
-No, no sé –y endureció su voz. Ya varias veces, el Señor Destino le había advertido que no confiara en ella...
-...Creo que mi hermanastro no es el ser indicado para usted, querida... ¡Dudo que él la pueda hacer feliz!
-Yo no lo dudo, ni él lo duda, Señora. Así que no veo por qué usted tendría que hacerlo... De todos modos serán los Dioses quienes evaluarán el porvenir de esta relación...
-Ah, sí los Dioses... Uno, fue el que hizo todo mal... Otro, quiso modificarlo... Y el que faltaba, terminó por arruinar lo que quedaba... ¡Ésos, son los Dioses que venera su Señor “Crápula”...! ¡Dioses ignorantes e inservibles...!
-Por favor, por lo que más quiera, baje la voz y no hable así de Ellos en esta oficina... –suplicó la nerviosa Señorita.
-¿Aún no han recibido la respuesta al telegrama, verdad?
-No, todavía... Señora, aprecio su interés por mi devenir, igualmente, yo preferiría que usted no interviniera...
-Sin embargo, si me entrometo es porque yo lo conozco al Destino y no quiero que la lastime, querida, eso es todo...
-¡Quien me lastima es usted con esas palabras corrompidas, estimada Señora...! ¡Yo lo amo y él a mí!
-Ah, sí, el amor... Es la excusa perfecta, ¿no?
-No entiendo adónde quiere llegar con todo esto... No sé por qué quiere envenenar nuestro amor sano y profundo...
-¡El amor siempre justifica todo...! ¿Sabe usted que las mujeres hacen lo mismo? ...Sí, se valen del amor para avalar todo tipo de conductas, desde las más frívolas hasta las peores atrocidades... Varias veces, en algunas de mis incursiones por la tierra, he oído frases idénticas a la suya: “pero yo lo amo”. Siempre dicen lo mismo... Y así, se convencen y compensan las lágrimas que sus hombres les causan... Una vez, yo estaba frente a una mujer que juraba que con su marido se amaban, igual como dijo usted, se amaban, ella y su esposo golpeador...
-No es mi caso, Señora Suerte –quiso ponerle fin a la charla-. Debería saberlo, usted que tanto dice conocer al Destino... ¿Usted se enamoró alguna vez?
-Parece que el canalla otra vez tiene suerte, usted lo ama demasiado... –dijo y esquivó la pregunta, no quería revelarle que en su primera juventud amó a un Dios.
-...Hola, buenas tardes, ¿abonás en efectivo? –preguntó Cándida.
-Sí, gracias a dios, desde que me separé de mi esposa, me sobra la plata... –le contestó un muchacho muy atractivo.
-...Hola, buenas tardes señora, ¿abona en efectivo? –preguntó Cándida.
-Sí.
Empezó a pasar productos por la cinta y finalmente le dijo el total de la compra. Cándida estiró la mano para que la mujer le diera el dinero, pero la otra lo arrojó con desprecio al lado de las bolsas. La cajera tomó los billetes enojada y otra vez no pudo mantener la boca cerrada:
-¡Las cosas se dan en la mano, señora! –destacó, aguerrida y soberbia...
-Yo te lo di en la mano... –le retrucó.
-No, lo tiró, ¿se da cuenta de que es una maleducada?
...Entonces, Cándida preparó el vuelto de la señora compuesto exclusivamente por monedas que apiló todas sobre el ticket. Lo desplazó levemente sobre la cinta, lo cual produjo que la torre se desplomara, desparramando las monedas que la señora tuvo que juntar una por una.
-...Hola, buenas tardes... –dijo Cándida-. ¿Abona en...
-¡No se puede creer –la interrumpió-, tras que hay pocas cajas, cierran otra más...! –dijo una mujer.
-Sabe qué pasa, señora, que nosotros también somos personas y cada tanto tenemos que ir al baño o al descanso que nos corresponde... Después, gente como usted es la primera en horrorizarse cuando escuchan por la televisión que les ponen pañales a las cajeras y ahora se queja porque se demora diez minutos más... ¡Esto es lo que no se puede creer...! ¿Abona en efectivo?
...La costumbre del placer siguió desplegándose en la cama con Venancio con la misma intensidad que sus otras rutinas la aplastaban. Deprimida, llegaba al supermercado... Débil y gastada dormía sin tocarse al lado de Agustino.
Y los Caprichos no podían entender qué era lo que estaba sucediendo, ¿por qué Cándida no se decidía de una vez por todas a dejarlo? ¿Por qué demoraba tanto tiempo en actuar? ...Si la Pasión con su esposo estaba caduca... Si el Valor ya había lanzado su orden... ¿Por qué no obedecía...?
-Hola, buenas tardes, señora... –saludó Cándida-. Esta es una caja para diez unidades...
-¿Dónde dice eso?
-Ahí, en el cartel...
-¡Qué chiquito que es, ese cartel no se lee...!
-Señora, todo el mundo lo lee... No puedo pasarle más de diez productos.
-No hay nadie querida, atendeme igual...
-No, no puedo... Si quiere deje algunos productos...
-Pero yo no sé qué cosas quiero dejar... ¡Me quiero llevar todo!
-¡Entonces, vaya a otra caja, señora!
-Están todos ahí sin hacer nada... ¡Después se quejan de que no hay trabajo...!
...Los Caprichos nunca lo supieron, no se enteraron de que el Sufrimiento anduvo diseminando su ponzoña. Por un lado, él destruyó los designios del Valor y, por otro, reforzó su cometido cuando escribió en su hoja gruesa y áspera, la frase: “Cándida Montes va a sufrir cuando deje a Venancio Silvero y tendrá una vida amarga con su marido, Agustino Leguizamón...”.
-...Hola, buenas tardes, ¿abona en efectivo, señora? –le preguntó y empujó el canasto suavemente-. ¿Me vaciás la canastita en la cinta, por favor?
-¿Y vos?
-No, yo no, es tu compra... –dejando el usted de lado, ¿de qué le servía hablarles con respeto?-. Cuando venís con el chango, no me doy la vuelta para bajarte las cosas...
-Pero a vos te pagan... –retrucó, pero empezó a sacar sus productos...
-Sí, pero me pagan por cobrarte, no para ser tu sirvienta... –Cándida la ayudó a guardar...
-Uff, uff –rezongó-, dejá, dejá, embolso yo, gracias...
-Bueno, cómo no.
...Y los Caprichos fueron testigos de la separación... Cándida renunció a esa piel novedosa, descubierta sin recelo, recién nacida... Ella volvió a elegir a Agustino y su retorno a la realidad mansa y conocida; sin riesgos ni improvisaciones.
-¡Estamos perdiendo el buen ojo! –insinuó el Amor...
-Y estos malditos mortales están aprendiendo a vivir sin nosotros... –sentenció la Pasión, minimizando la derrota.
…A penas, atinaron a revolver entre los archivos buscando toda prueba que pudiera comprometerlos... Tomaron los restos del expediente y lo hicieron desaparecer para que el Señor Destino no llegara a descubrir sus fracasos, equivocaciones e inoperancias en “el caso: Cándida Montes/ Venancio Silvero”.
Sufrimiento disfrutaba su victoria en solitario, aunque no pudiera hacer alarde de su mérito y mucho menos de sus métodos, se deleitaba con toda su fuerza...
Cándida, demasiado cobarde como para animarse a ser feliz, viviría para llorar un siglo...
Por su parte, el Consuelo, se apiadó de esos seres, víctimas de las disputas entre Caprichos, pero sobre todo de sus propias decisiones; condenados a la desdicha... “Ojalá que la resignación les llegue rápido”, pensaba el Capricho, y buscó la mejor forma de condonarle la deuda a su memoria... No encontró más que alivios pasajeros que les sirvieran para ayudar a que se conformasen con no extrañar, con no notar semejantes vacíos en el tiempo...
La mujer empezó a notarse algo avejentada y poco a poco fue olvidándose de sonreír... ¡El recuento, la suma final de las pérdidas! Tal vez, algún día, no se lamente al mirar hacia atrás... Una historia de desaciertos; a lo mejor, se enmienden los errores cometidos con todos ellos en las siguientes vidas.
…La Señorita Esperanza recordó que tenía trabajo pendiente, cada vez más cantidad... Los cobijó, conciente de que ese sueño de amor era imposible y equilibró la falta de pasión y afecto de Cándida con su marido, introduciendo en ellos ilusiones bastante dignas... Esperanza continuó compensando las realidades con pensamientos inalcanzables, albergados en las mentes de los hombres y mujeres más desdichados de la ciudad.
Por su parte, el Señor Destino se vio obligado a despejar de su cabeza a Incertidumbre. Una situación atípica se vivía en la sucursal más caótica de los últimos tiempos...
“¡¿Cómo puede ser que dos Amores anden trabajando en la misma ciudad?!”, bufaba por los pasillos de “El Ministerio”.
...Era algo que a él nunca le había tocado presenciar... Sin embargo, no era exactamente así... Si bien era cierto que ambos se encontraban físicamente en “El Muelle” platense, el Viejo Amor realmente se mantuvo al margen de toda confrontación y sobre todo, supo alejarse de las obligaciones. ¡Si hasta todos se habían olvidado de él...! Al pobre, nadie le consultaba sobre algún procedimiento, era el único al que la Señorita Esperanza no reprendía, ni sus colegas le pedían consejos... ¡A él... tan lleno de experiencia!
Por otra parte, oficialmente, el Amor extranjero, por llamarlo de algún modo, estaba de licencia en su sucursal y él tenía derecho a ir a donde quisiera, a parte, técnicamente podía disfrutar del pasatiempo que prefiriese...
Recordemos, que el Destino se había desligado bastante de su función de control y manejo, y ni aun así, fue tomado por sorpresa... Pero su mente estaba más allá de las preocupaciones banales... ¡El mundo se le estaba cayendo a pedazos...! Y él, ¿qué hacía mientras tanto? ¿A qué se dedicaba...? ¿Con qué se distraía? ¿Qué lo preocupaba...? ¡Incertidumbre! Todo se resumía en ella... “Su Incertidumbre”. El amor era el nuevo dios y él amaba a Incertidumbre...
Con poco entusiasmo había tenido que escuchar al Viejo Amor que le explicaba, oxidado y en desuso, sobre su profundo cansancio... Por eso le terminó solicitando que intercediera por él ante Los superiores para que no lo castigasen por el recreo que se había tomado y le suplicó que iniciara los trámites de su retiro voluntario... Los superiores, los Dioses, miraban poco y nada hacia acá, más nada que poco; y escuchar, ellos tampoco oían nada.
¡Para colmo de males la respuesta de los Dioses a su telegrama, se hacía rogar...! Pero, en medio del descontrol estaban ellos que se amaban; el Destino y la Incertidumbre... Se pasaron el resto de la noche en la cama, hablando; les resultaba grato dialogar en los intermedios del placer...
-¡Está muy pensativo amor mío! ¿Qué es lo que le preocupa?
-¡Los Caprichos y su caos! ¡Los Dioses y su caos! Lo que va a pasarme cuando los Dioses descubran lo que están haciendo estos Caprichos…
-Entonces, lo que a usted le inquieta es su imagen, su propia reputación... –lo corrigió, porque ya empezaba a conocerlo-. A mí me preocupa lo que está pasando con los hombres, aunque no me caigan en gracia, me da pena que se vean envueltos en todos esos conflictos...
-Esos seres humanos no se merecen ni un minuto de su angustia, mejor piense en mí...
-¡También hago eso!
-Le voy a decir algo, amada mía, para que quite a esos seres de su mente... Los humanos desean sin sentir los menores pudores... Y con respecto a sus sueños, no les temen, y eso es muy peligroso, y usted lo sabe... Si todo dependiera de sus exigencias, el universo sería un desastre...
-Por eso, para poner equilibrio, estamos nosotros... –repitió las palabras que alguna vez leyó del manual de estudio de la Academia.
-...No se guíe por lo que los hombres piden en sus ruegos, no les crea, porque por lo general lo que piden no es lo mejor, ni siquiera es lo que necesitan...
-Ellos sólo quieren ser felices, eso puedo verlo... –replicó Incertidumbre.
-El problema de la felicidad no es que les toca a unos pocos, sino más bien, es el concepto erróneo de felicidad que el resto concibió...
-No entiendo... –reconoció su ahijada...
-Quiero decir, que la mayoría de la gente no puede darse cuenta que lo que precisan para ser feliz ya lo tienen... Pero como no pueden verlo, piensan que la felicidad es otra cosa, quieren lo de los otros y viven envidiando y deseando lo ajeno, sin darse tiempo para valorar y disfrutar lo que son, lo que tienen al alcance de la mano; entonces se quejan porque piensan que son infelices…
Incertidumbre guardó silencio, no tanto por no saber qué decirle, sino para poder continuar escuchándolo un poco más...
-...Es patrimonio de la Señora Suerte elegir a las personas que podrán ver la vida con esa claridad, porque ésa es la mayor gracia a la que puede aspirar un ser humano... –siguió explicándole-. Pero esa Señora es muy selectiva, y está bien que así sea, porque si todos los hombres se supieran felices, ninguno ansiaría el bienestar, no temerían, no se esforzarían por llegar a ser dichosos, no valorarían nada, ni lo bueno ni lo malo... ¡Todo el sistema universal se pondría patas para arriba!
-Igual, ya todo es un desastre y ninguna criatura aprecia nada... Pero no puedo negar que me dan lástima... ¡Todas esas vidas infructuosas...!
-Si por lo menos esos seres consiguieran aprender algo de sus padecimientos... Pero ni eso...
-Creo que usted es muy riguroso... Me parece que no debería hacer su trabajo de este modo tan cruel, pensando únicamente en el reconocimiento que podrían darle los Dioses... Esa forma tan inclemente que tiene para halagarlos y quedar bien con Ellos; tendría que decidir un poco más en función de los seres humanos... –le recriminó.
-¡Igual, esa gente va a sobrevivir, siempre lo hicieron, mi amada…! ¡Todavía tiene mucho que aprender, y a mi lado aprenderá...!
-¿Aún no ha tenido respuesta de Ellos sobre lo nuestro?
-No, deben estar muy ocupados...
-¡Qué mentira! Esos malditos sólo saben de gozar y sancionar...
-¡No hable así, Incertidumbre! –la reprendió, como cuando solamente era su empleada.
-La demora lo preocupa, ¿no es cierto? ¡A mí esto me tiene intranquila...!
-Mantenga la calma, amor mío...
-¿Qué pasaría si nos denegasen la autorización?
-Eso no sucederá.
-¡Pero tranquilamente podría pasar! Y si fuera así, ¿qué haríamos? ¡Esta espera me hace tanto daño...! ¿Y si su respuesta es una negación...?
-¡Basta ya! Prefiero no pensar en eso.
…Pero el Señor Destino pensó en las diversas formas que habría para castigarlo.
Por otra semana, Esperanza postergó su regreso a “El Ministerio”... Ya no tenía sentido tratar de ocultar sus sentimientos... De nada podía valerle hacerse la distraída a esa altura de los acontecimientos... Aunque aquello de mirar para el otro lado siempre le había dado buenos resultados... Pero en este entonces, enamorada como estaba, no le servía de nada si se trataba de su cálido Olvido...
Fue una historia de amor envuelta en palabras que los anestesiaba. Muchas veces, lograban alejarse de la vorágine de la lucha entre Caprichos... Hacían que ignoraban la penosa realidad de los hombres...
Un vínculo inesperado...
“¡Una Señorita que se fija en un simple y mugroso Capricho!”, murmuraban los malintencionados... Otros, los más sensibles, les sonreían si los veían pasar, o cuando se los cruzaban en el comedor de “El Muelle”.
De todas formas, ya nada volvió a se igual... Por más que Pasión hubiera continuado deleitándose con las ofrendas que le hacían sus dos amantes para instarla a elegirlos... Los conflictos personales siguieron minando los esfuerzos de los otros... Fue una época en que se podían ver en todos los basureros, bollitos de papeles de colores que alguna vez habían tenido forma de barcos.
...Después de haberse reencontrado en la fiesta de Román, cruzarse en aquella librería y volver a distanciarse, la Señorita Casualidad se encargó de ellos otra vez.
Seguramente, si la familia de Beltrán no se hubiese mudado del barrio... Pero lo hicieron, y alguien tenía que recomponer el orden. Era preciso restaurar los viejos afectos que disfrutaron de niños, la tarea inconclusa...
Volvieron a juntarse, encerrados en un bar, y de nuevo, se reconocieron a simple vista…
Amor, súper envalentonado por sus últimas hazañas, había decidido salir a pasear para poder espiar de cerca de los humanos... Tal vez así, conseguiría aprender algo de ellos, estudiarlos para copiar ciertos gestos e imitarlos...Y se los encontró, como venidos de otro mundo, rodeados por gente que no les prestaba atención, ellos hablaban haciendo esfuerzos por escucharse...
El Amor acarició el cabello largo y cada vez más rubio de Paulina, como mostrándole a él el camino que debía seguir.
-...Me niego a creer que esto sea pura coincidencia... –empezó a decir Beltrán...-. ¿Qué querés tomar...? ¡Te invito algo...!
-¿Tenés plata...? ¡Mirá que tengo gustos caros...! –le explicó Paulina y exageró, para asustarlo un poco...
-Supongo que para pagarte un vaso de algo para tomar, me alcanza... ¿Qué te traigo?
-Mirá, estaba tomando vino y como no me gusta mezclar, traeme un Margarita...
-¡Parece que estás chistosa, hoy...!
-¡Agradecele a las bodegas Frizzé!
-Bueno, ahora vuelvo... ¡Esperame, eh! Te pido un Margarita, entonces, ¿estás segura, no? –reiteró la pregunta por si se había arrepentido.
-Si en cinco minutos no volvés, me voy... –lo amenazó.
-¡Sabés que en cinco minutos no alcanzo ni a llegar a la barra...!
-Bueno, te espero.
Persistir era un lujo caro; lograr su objetivo, un milagro...
¡Lindaban en la progresión del deseo...! ¡En el año de las noches oscuras, volvían a verse con claridad...!
-¿Fumás? –le preguntó él, cuando sacó sus cigarrillos para acompañar la bebida.
-¿Qué...? ¡No!
-¿Qué respondés, si no escuchaste lo que te dije?
-¡Si te escuché...! –replicó Paulina.
-¿Qué te pregunté? –la desafió.
-...Si fumaba...
-¡Acertaste, era eso...! ¿Y fumás?
-¡No!
-¡Y lo bien que hacés!
Entonces, guardó el atado en su bolsillo y encendió su cigarrillo...
El Amor andaba desparramando su fuego, su brillo por ahí, con el fin de arengar a los enamorados torpes o cobardes...
-¿Qué, me vas a decir que no soy tu tipo?
-¡Todos los hombres son mi tipo...!
-¿Sabés qué quiero? –le preguntó Beltrán, al rato de pasarla bien juntos...
-No, pero me imagino...
-¡Quiero pasar toda la noche cogiendo con vos...! –afirmó, brutalmente literal para que no quedara ninguna duda.
-¡Ay, Beltrán, Beltrán...! ¡¿Qué voy a hacer con vos...?!
-¡No sé como tratarte!
-¡No hace falta que seas tan explícito...!
A Beltrán no se le ocurría otra forma de expresar lo que sentía...
-Así no se hacen las cosas, bebé... Si cualquier tipo que está acá adentro, me dijera esa ordinariez, se la podría tolerar... ¡Pero de vos espero otra cosa! ¡Vamos de nuevo...! ¡Esforzate, Beltrán! Hagamos como que no dijiste nada... ¡Probá otra vez!
...El Capricho le dictó un poco de letra al oído de Beltrán que, como un tartamudo debería “decir” cantando.
-No seas mala y no me chumbes, que me lo debés... –concluyó-. No me rechaces esta vez; me estoy esmerando... –le suplicó después-. ¿No creés que a esta altura de la noche, ya me tengo merecido un beso?
-No sé, todavía no estoy muy convencida...
-¡Me muero por probar esa boca!
…Instintivamente, Paulina alejó su cara de la de él.
¡Le costaba soltar sus palabras...!
-No te hagas la vergonzosa. ¡Bien que para insultarme o despreciarme o para retarme, sí abrís la boca!
-¡Siempre me gustó insultar! ¡Y a retar, lo aprendí trabajando! ¡Y a despreciar, me enseñaron los hombres!
Volvió a acercarse. Y lo beso, muy, pero muy suavemente; fue breve, sólo para darle una muestra o una lección...
-¡Y también me gusta besar! –agregó inmediatamente.
-¡Pero ése fue un beso de broma!
A él, lo que sí se le daba bien era eso de acariciar... Entonces, prefirió volver a besarla... Le tomó la cara con sus manos, como envolviéndola.
-¡Ay, qué lindo!
-¿Qué cosa?
-Que sepas besar... Me encantan los hombres que saben besar...
¡Besos y desahogos!
...A lo lejos, la Señorita Incertidumbre se alejaba del cuarto de su padrino en puntas de pie. ¡Un paraíso de cartón hecho a su medida...! Ciertas cuestiones privadas la habían mantenido alejada de sus obligaciones.
“¡...Cómo puede ser que Esperanza haga méritos tratando de devolver el orden en aquella sucursal y que Casualidad sume puntos resolviendo casos importantes!”, pensaba por el tiempo que estuvo tan distraída...
¿Y ella, en qué andaba ocupada mientras las otras dos quedaban como reinas ante los ojos de los Dioses? ...Ella, se enamoraba...
“A penas me dediqué a jugar con aquellos tres delirantes...”. Especuló sobre los motivos de su dispersión... Y decidió no inquietarse y seguir gozando... “¡Y encima, Ésos malditos sin corazón que no dan respuestas...!”.
Pero precisamente, no sería ella, sino la Señorita Casualidad, quien se encargaría de que los sueños del caso de Paulina Breglia y Beltrán Peralta, siempre resultasen reales...
-¡Me parece que estoy borracha...! –anunció.
-¡También, con lo que tomaste...! ¿Querés que te acompañe a tu casa? –le preguntó, muy a su pesar, como un caballero...
Paulina lo escuchaba dispuesta a reanudar el camino hacia la felicidad.
-¿Mi casa? –repreguntó algo horrorizada...
-Sí, tu casa, la vivienda que habitás... ¡También conocido como hogar...! –se burló.
-Yo no tengo casa, donde yo vivo es la casa de mis padres...
-¿Qué hacés? –quiso saber Beltrán, al verla guardarse algo que no era de ella.
-Ah, yo colecciono vasos robados... ¿Vos no coleccionás nada? –siguió hablando con una naturalidad sincera.
-¡Recuerdos tuyos!
-¡Qué poeta! Me convenciste. Vamos
...Del boliche acordaron, sin decirlo, irse otra vez a lo de Beltrán. Y al salir, la luna trepaba a un cielo indolente... De pronto se encontraron con algunas estrellas, que no alumbraban pero que quedaban bien en ese decorado.
¡Planeando cometer locuras! ...Comportándose como los niños que fueron y habían dejado atrás. ¡Reflejos insensatos de lo que alguna vez habían vivido en su infancia y fueron olvidando...! Como si se tratase de pequeños exploradores, aunque con unos cuantos años más...
La luna se derretía como un trozo de hielo...
Caminaron por la calle confundiéndose con seres ignorados...
Desde su mundo, la Señorita Casualidad los cobijó y con su anuencia archivó el caso bajo su tutela, para poder continuar guiándolos en el porvenir...
-¡Tengo que decirte algo!
-¿Justo ahora? ¿Qué? ¿Qué puede ser tan importante?
-No puedo callarme más, sabés, no voy a conseguir ocultártelo por mucho más tiempo...
-¡Hablá, que me estás asustando...! ¡Confiá en mí...! ¡Hablá de una vez...!
-Es que... yo no soy rubia natural... –alcanzó a decir antes de echarse a reír como una borracha o como una nena, o como ambas.
-Eso ya lo sabía, cuando eras chica, eras morocha... Además, eso es bueno porque las rubias naturales no me calientan, son muy insulsas...
-Y las teñidas, ¿sí?
-Sí, me encantan mucho...
-¿Por qué? ¿Cómo somos? ¿Qué tenemos de especial?
-¡Son las más aguerridas...!
-¡Ya veo...! Yo que vos, empiezo por bajar un poco las expectativas –y adornó su cara con una sonrisa instantánea.
...Respiró cuando terminó la frase y siguieron con lo que estaban antes de que Paulina lo interrumpiera para bromear.
-¡Llevame a la cama! –le ordenó ella...
¡Demostraron tener una destreza inigualable para desvestirse! Se adueñaron de la noche y sus promesas, recobrando la memoria de las sensaciones más imperdibles... ¡La generosidad de sus piernas! ¡La emoción de hacer revivir a otra piel!
¡Mantuvieron la noche viva, casi intacta, la mayor cantidad de minutos posibles...! Lo que quedaba de la madrugada pretendía colgarse de sus párpados; pero ambos la desautorizaron, luchando contra la gravedad con curiosidad y esmero... Porque en esta vida existían las noches creadas para dormir y otras noches para... ¡Para no dormir! ¡...Y ellos no eran quienes para desobedecer a la vida...! ¡Se comportaron como disciplinados hijos de la naturaleza...!
…A la mañana siguiente, ella seguía negándose a alejarse de ese colchón. Se pasó todo el domingo desnuda pero con aros.
Recién, cuando el sol se asomó a su cabello, Beltrán notó que realmente el platinado resultaba completo...
-¡Me encanta el color de tu pelo! –le reveló.
-¡Qué bueno, a mí también...!
-¿Qué me decís si te invito a vivir conmigo? –y le habló bajito para no llamar la atención y que la desdicha no se tentara con ellos...
-...Que si estás seguro...
-Cogés como una puta y dormís como una nena –le dijo Beltrán.
…Ésta, también era una guarangada, pero a ella no le desagradó.
-¿Y qué te gusta más...? –quiso saber Paulina.
-Sabés que todavía no me decido... –le respondió sincero.
-¡Qué bolacero! ¡No mientas que se te nota y te queda feo!
...Pero Beltrán decía la pura verdad... Algún día, Paulina llegará a creer en lo que él le jure.
-¿Sabés dónde está el último tipo que me dijo puta? –le habló con tono de ofendida-. ¡Contestame...! ¿Sabés dónde está?
-No tengo ni la menor idea... –reconoció todo modosito, algo asustado.
-No te preocupes que yo tampoco.
…Y volvieron a largarse a reír, a penas se detuvieron cuando empezó a dolerles las panzas. Primero lo atribuyeron a las carcajadas, después, Beltrán cayó en la cuenta de que tenía hambre.
El mediodía los encontró igual que el resto de la noche anterior, pero con otras ganas de comer... Los pies desguarnecidos de Paulina se ensuciaban con cada paso que daba por el galpón...
-¡...Aunque no quieras, algo tenemos que comer...! Unas facturas, por lo menos... –le dijo, ante su insistencia de no abandonar el departamento. Beltrán no tenía ni siquiera arroz...
-No te vayas, sigamos durmiendo... –dijo, atrincherada a esa piel dócil.
-¿Todavía tenés sueño?
-Sí... Y friíto también...
-¿Sí? Abrigate entonces, no quiero que te engripes y después me eches la culpa a mí...
-¿Y por qué mejor no me calentás vos?
-Cuando vuelvo me encargo de eso...
-¡Eh, para, para, vení, volvé...! –le gritó desde la cama mientras él salía...
-¿Qué?
-¿A dónde vas? –le preguntó por fin Paulina.
-Al kiosco, ¿por...?
-¡No tardes!
-¿Para eso me hacés volver...? –le recriminó emocionado, pero tratando de mostrarse molesto...
-Sí –le respondió contundente-. ¡Traeme chicles! –y otra vez le sonrió.
-¿Cómo vas a hacer...?
-¿Qué cosa?
-No ser feliz estando a mi lado... –le sugirió, parado con la puerta entre abierta, a mitad de camino entre la calle y el paraíso.
-¡Espero no saberlo nunca!
...Como nunca le tuvo miedo a sus ideas, se puso a pensar... Tampoco la espantaba tener que cambiar o verse obligada a decidir, así que fácilmente, Constanza, eligió la vida junto al hombre que más amaba en esta tierra.
Amor respiró aliviado, seguro de que se trataba de lo mejor que la chica podía hacer. A su vez, confiaba en que con Leopoldo no habría inconvenientes porque él seguía sintiendo por ella lo mismo que experimentó cuando la conoció, en medio de una discusión de una clase en la facultad... Pasión le guiñó un ojo, dándole a entender que le debía un favor por su destacada intervención en el caso... No obstante, algo en él no le permitía relajarse, aún no tenía reales motivos para festejar... Todavía podían actuar otros Caprichos que revirtiesen el camino de estos enamorados y... Hasta podía suceder el improbable hecho, pero matemáticamente posible, de que Leopoldo se tornara inflexible o que ella diera marcha atrás...
Pero Constanza nunca se arrepintió de nada, ni siquiera de sus malas decisiones. Así que por consiguiente, ella lo busco primero en la facultad y al no verlo, se fue para su departamento de la calle 10...
-Ya nadie se hace responsable de lo que se piensa... Pero yo, me hago cargo de todo lo que digo... Y lo que yo pienso es que te amo, por eso estoy acá diciéndotelo... Más allá de aquello que pude sentir o no en otro momento... ¡Te amo! ¡Vivamos juntos!
…Constanza dijo aquellas palabras como si fuera la primera vez, como si estuviera aprendiendo a hablar... Así, le expuso, directa, sus sentimientos, lo atropelló con sus frases sencillas.
-Vivamos acá o busquemos un lugar que no tenga pasado y que nos guste a los dos... ¡Quiero ser tu mujer! –exclamó.
Ella era conciente de que hacía bastante que no le pertenecía a Adrián que, desde que se apagó su pasión, se había mudado a su casa paterna, sin culpas ni grandes penas.
-¿Y qué más? –le preguntó firme, como con una personalidad ajena...
Al instante, la miró desdiciéndose...
Constanza, ni nadie, pero mucho menos ella, le conocía esa voz de asesino. Se sintió desdibujada, compungida... En todo caso, hubiera preferido que la matara en lugar de rechazarla... El desamor y la muerte tenían la misma definición.
-¿Cómo que más? –repreguntó, empezando a inquietarse.
…Escuchó estallar fuegos artificiales, en realidad, se trataba de relámpagos.
-¿Eso es suficiente para vos? –y le explicó-: ya fuiste la mujer de otro y por lo que yo sé, eso no te alcanzó...
-¡Porque ese hombre no eras vos, mi amor! –y Constanza le sonrió humilde y sincera para que el mundo de Leopoldo volviera a cobrar sentido.
Afligida, advertía esas dudas, el peligro... Decepcionada, ella estaba poniendo su vida entre aquellas manos y él le respondía con evasivas... ¿Acaso, Leopoldo la estaba castigando por tanto amor maltrecho? ¿Ése era su resarcimiento frente a todos los años de penas coleccionadas en la memoria?
-Si me darías una oportunidad... –expresó muy sería, demasiado seria...
-¿Cómo? ¿...me darías? –replicó.
-¡Caíste...! ¡Caíste! –anunció, aplaudiendo nerviosa.
-¿Lo hiciste a propósito?
-Sí, más vale, para distender.
...Un rayo se asomó a lo lejos y sus ojos se iluminaron por un segundo. Leopoldo añoró aquellos otros días de tormenta que pasaba abrigado en ella... Y Constanza, llamaba mentalmente a la primavera, con sus soles que hicieran proliferar las tardes nuevas de gozo y reposo.
...La lluvia ya se escuchaba cercana y ella temió que sus ojos empezaran a lagrimear... La vida no estaba siendo justa, ¿o sí? ...Era, que la vida no tenía porqué ser justa, y eso lo había aprendido hacía mucho. ¿Sería, tal vez, que la felicidad le era esquiva después de despreciar mil veces lo que ahora quería?
...Pero Leopoldo la amaba y los dos eran concientes de ello. Leopoldo... El amante de su piel. El hombre de sus horas más feroces. El dueño de sus risas y su afecto. El provocador de sus dudas. La fuente de su seguridad. Su abrigo y el caudal de cosquillas.
¡Y ahora todo se le negaba...! Entonces, ¿qué tenía que hacer? ¿A qué debía apelar? ...Luchó contra sus palabras... Las desechó a todas y lo besó con una saliva espesada por su amor. Se apresuró para que ni siquiera tuviera tiempo de intentar replicarle o detenerla... Luego, como por un efecto en cadena, cada uno de sus músculos empezó a relajarse... Alcanzó a respirar y lo desnudó... Se detuvo, reparó en aquel cuerpo y continuó, pero esta vez, sin tanta prisa...
Con las manos siempre en el lugar justo, estremecido, Leopoldo la dejó hacer; ella sabía lo que hacía...
Constanza le daba su vida, ofreciéndole su piel como si se tratara de la mayor ofrenda que le pudiera hacer... Él no era un dios, pero tampoco conocía otro...
¡La amaba, la adoraba...! No obstante, así como sentía que se trataba de un amor descomunal, irremediable, al mismo tiempo, estaba ya lejano del servilismo emocional que siempre había padecido... Un amor digno y saludable; equitativo y mutuo... ¡La reciprocidad del afecto! ¡La ecuación perfecta y más placentera del universo!
A decir verdad, Constanza no contaba con recursos eficaces para aplacar la adversidad y adaptar o modelar la vida a la medida de Leopoldo, y aun así, podía volverla bastante más cómoda...
¡Con su transpiración fueron lavando sus propias dudas y pecados...! ¡Siempre habían sido expertos en eso...!
Eran felices. Por esa noche, apenas esa sola noche, toda su vida cobraba razón de ser, por más que la noche estuviera condenada a terminar...
Ella fue quemándole el cuerpo con sus labios... Sólo pensaba en no morir jamás, aunque, si eso era pedir demasiado, al menos le alcanzaría con no despegarse de él. Leopoldo era un artesano con sus dientes...
-¡Contame algo! –le pidió ella.
-¿Qué querés saber?
-Nada en especial... Algo, cualquier cosa...
Entre el ruido y el silencio, Constanza se quedaba con aquella voz...
¡Noches de furia y de sed! El viento y el aroma de ese hombre se le daban como recompensa a sus sagradas plegarias... Y, ella, más allá de la lluvia, descansaba al reparo de ese cuerpo amado.
-¿Vamos al cine? –propuso ella.
-¿Cuándo, ahora?
-No, prefiero el domingo...
Manos arrolladoras, como alas o como cadenas; ellos deberían elegir cómo usarlas...
-¿Y qué querés ver?
-No sé, alguna de ciencia ficción...
-¿Y si no pasan ninguna de ésas...?
-¡No vamos nada! –respondió resolutiva.
-¡Podríamos alquilar...!
-También, ésa es otra opción... ¡Pero si alquilamos, que sea una porno...!
A lo largo del fin de semana que empezaron a inaugurar, esos días fueron así, fríos y tormentosos; y los pasaron juntos, abrazados y cobijándose...
¡Tardes nubladas y noches lluviosas: las mejores en este invierno...!
Esa mujer era de la clase de gente que se sentía feliz con poco y nada... ¡Placeres ridículos! Anhelos ínfimos... Aunque su mayor obsesión era encontrar y poder comprarse uno de los cuadros que Dick Van Dyke le pintó a Mary Poppins...
Compartiendo el desayuno, ella se tomaba el café de Leopoldo, se aprovechaba porque él no atinaba a reaccionar ni viéndola vaciar su tasa como si fuese la primera vez. ¡En verdad la amaba!
...Asimismo, Constanza, con apenas una sonrisa, tenía para toda la vida... Y como con eso le alcanzaba, abrió bien su boca para seguir riendo.
...Rencor no volvió a confiar en nadie, mucho menos en sus hermanos.
Celos aparecía por todos lados, como si se multiplicara... Almorzaba con el Sufrimiento, caminaba por los pasillos con Tristeza... A ella siempre tenía algo que contarle. Últimamente se refería a la manera en que Alegría reía con el Amor... A su vez, también se sentaba a vigilar el turbio curso de “La Fuente” al lado de Amor al que ya no podía envenenar más de lo que estaba...
-Parece que la estimada Tristeza ya eligió... -le dijo nuevamente...
A veces, después de todo, Celos se hacía de tiempo para pasar la siesta con Pasión, con la que su oficio no tenía chance... ¡Ella era inconmovible!
...Al amor había algo que lo atormentaba más allá de sus infortunios personales... En esta oportunidad, el pobre se preocupaba porque no podía revertir el rumbo que iba adoptando “el caso: Constantina Leontini/ Gervasio Alcorta”.
...Olvido, acudió enseguida para sanear las penas archivadas de la pareja maltrecha... Consuelo ya había fracasado en sus reiterados intentos de distraer aquellas angustias, ofreciéndoles placeres breves y superficiales... ¡Gervasio y Constantina fueron incapaces de amenizar sus sufrimientos! La situación entre ellos resultaba cada vez más tirante e irreversible.
...A pesar del amor que se profesaban, no había forma de hacerlos aplacar sus odios. Ofensas y violencia; besos y sexo, habían constituido la rutina de la pareja... Acercamientos y separaciones; cenas, despedidas... Había sido un ir y venir permanente que los fue aturdiendo y, a su vez, les fue inventando la mejor excusa para proseguir con sus vidas... Se lastimaban, pero ninguno hubiera catalogado su historia en común como un error... ¡Cada uno era una extensión del otro!
Probablemente la guerra particular que se libraba entre Celos y Rencor ayudara...
“Si Rencor se distrae, tal vez no tenga la suficiente fuerza para continuar manteniéndolos alejados...”, especulaba Amor.
En esas andaba cuando ella se sentó junto a él en la mesa del comedor... Ella, “su” Tristeza, por supuesto. Hablaron un poco de todo... Nada importante hasta ese momento... Que si Esperanza esto... Que si Pasión estaba causando estragos entre algunos Caprichos... ¡Que para dónde estarán mirando los Dioses...! Que...
-¿...Usted tiene un romance con Alegría? –finalmente, expresó lo que le interesaba saber.
-No –le reconoció rotundo y hasta con un tono ofendido por la pregunta-. De ninguna manera, ella me hace acordar a mi hermanita... Tan natural, fresca, feliz... Usted la conoció, ¿no la recuerda, mi estimada y dulce Tristeza?
…Así le habló, y ella recordó lo dichosa e infantil que era Ternura, la hermana menor del Amor, que todavía debía encontrarse en aquella inmunda y feroz ciudad... Le creyó su respuesta, Amor no era talentoso en el arte de mentir, esa característica no encajaba con sus instintos genuinamente primitivos.
…Y él también se acordó de todo... De que Tristeza se acercaba cada vez más a Sufrimiento... De la adoración sublime que sentía por ella, y que siempre terminaba esquivando... Y que ella, “su” Tristeza, hacía un tiempo que había anotado los nombres: “Constantina Leontini y Gervasio Alcorta” en uno de sus papeles.
-¿...Para qué quiere que se reconcilien, si no consiguen estar juntos sin pelearse...? –le preguntó ella.
-Si es así, que se peleen, pero ellos no pueden dejar de estar juntos...
¡Gervasio y Constantina eran tal para cual!, y el Amor lo sabía mejor que ninguno...
-Mi Tristeza, no se puede entender semejante historia si se la racionaliza... –le explicó “su” Amor.
...Por otra parte, esa dupla humana, siempre se había ofrendado pequeños desprecios, tan ínfimos que podían llegar a pasar desapercibidos para el ojo mortal... ¡Pero los ojos de los Caprichos eran muy sagaces y lo notaban casi todo!
-¡Tal vez el problema no está en los hombres...! –analizó el Amor.
-¿Cómo?
-...Que probablemente seamos nosotros los que nos estamos equivocando... –insinuó.
-Dicen que la noche nos imita... ¡A nosotros, a los Caprichos y no a otros seres...! ¡No creo que nosotros seamos el problema!
…Finalmente, ella se dejó convencer, como una excepción en ese caso, para contrarrestar los efectos de su poder.
...Y llegó el día de la inauguración del local de modas de Constantina.
Él no tenía planeado acudir, hasta que, en un segundo, la idea se instaló en su mente y en su corazón como un fuego imperativo...
Ella, un poco más aliviada en su dolor entrañable, le sonreía a todos los que la felicitaban... Estaba linda y elegante estrenando ropa de su colección.
...Entonces, Gervasio entró y se enamoró como el día en que la conoció... Porque el amor entre ellos nunca estuvo en dudas.
Entró y la observó. La vio fresca y bien vestida... La encontró alegre, haciendo alarde de su espontaneidad... La notó bella y contenta, brindando con todos...
Sacándole minuciosas radiografías con sus ojos oscuros, Gervasio, se reveló incapaz de permanecer más tiempo sin su boca roja, como cuando, por primera vez, descubrió que ella existía en este mundo... La misma boca con la que besó a otros, a todos los demás... Recorrió su figura... Se topó con su mano, y vio el anillo que alguna vez le regaló... Y aquel tiempo volvió a su mente...
-¡Dale, llevame...! ¡Por favor, por lo que más quieras...! ¡Sueño con conocer Nueva York!
-Pero yo voy a estudiar, no a pelotudear... –le explicó Gervasio-. ¡Además, no voy a Nueva York!
-Bueno, entonces estudiás y después nos vamos unos días a pasear a Nueva York... –insistía Constantina mientras que él la dejaba delirar...
-Parece, por lo que veo, que ya lo pensaste todo... ¡No sé para qué te conté!
-¡No digas eso, mi amor...! Es así de fácil como te digo...
-¡Peléense tranquilos, hagan de cuenta que yo no estoy acá! –dijo, irónico, Leonardo, el socio de Gervasio porque en verdad, los otros se encontraban tan compenetrados en la discusión que lo ignoraban completamente.
-Pero no tengo guita para tanto...
-Eso después se ve... ¡Alguien nos va a poder prestar algo...! ¡Pero dale, llevame, no me digas que no...!
-¿Te vas a poner a llorar otra vez? –le preguntó, retándola.
-¡No, hijo de puta, nunca más voy a llorar por vos...! –le respondió, equivocadamente y soltando su llanto...
-¡No llores, que no te va a servir de nada...!
-Me muero por ir... –enjuagó sus lagrimones-. Pensá en lo mal que te pondrías si algo que querés, algo por lo cual morirías y que podrías tener, pero que te niegan por pura maldad...
-Yo no me muero por nada... –dijo, el fundamentalista del lenguaje-. Si no, ya estaría muerto.
...En verdad, Gervasio representaba la sofisticación del idioma.
-¡Con vos no se puede hablar!
…Así recordaba Gervasio, en plena fiesta, cómo se había ido desarrollando, frase tras frase, la discusión primero y la posterior negociación.
-¡Dale, papuchi, llevame con vos! ¡Decime que me vas a llevar...! –reclamaba Constantina-. ¡Te juro que no te vas a arrepentir...! ¡Dale mi amor, llevame! –exigía...
-No, basta... –le respondió contundente.
-No le hagas caso... –intervino Leonardo, que lo conocía demasiado bien, y que hasta ahí, se mantenía callado y atento a la conversación-. ¡Vas a ver que no sólo te va a llevar sino que además te va a comprar todo lo que quieras...! –y le recomendó-: ¡Pero no le insistas más...! Va a ser mejor que no lo cargosees...
-¡Dale mi amor...! –volvió a embestir, haciendo oídos sordos a las sugerencias.
-Mejor me voy, yo los dejo... Traten de no matarse, ¿sí? –les anunció Leonardo.
-No me dejes solo con esta loca, por favor –le pidió su amigo.
-¡No me digas loca! ¡Yo te amo! –gritó ella.
-Muy bien, se terminó la conversación, entonces...
-No, no, mi amor... ¡Llevame...! Te prometo que... –y analizó las consecuencias de cada una de sus palabras; Gervasio iba a tomarlas al pie de la letra-. ¡...Te juro que voy a hacer todo lo que vos digas, sólo tenés que pedírmelo! ¡De veras que me voy a portar bien...! ¡Voy a ser muy obediente...!
¿Podrán aplacar sus rencores? ¿Querrán olvidar sus ofensas? ¿Llegarán a ser capaces de dejar de hacerse sufrir? Si así era su amor... Acostumbrados a ir de un extremo a otro, entre el papelón y el escándalo, Gervasio se creyó apto para raptarla en mitad de la fiesta, y ella pensaba que no estaría nada mal encajarle un sopapo en público... Nada de eso sucedió y se trataron amigablemente.
-¡Lindo anillo! –recordando su precio, le comentó a Constantina cuando la saludaba, ante aquellos ojos, y un par de testigos más...
-¡Viste qué buen gusto que tengo...! –le respondió y pensó: “gustos buenos y caros...”.
-...Vine a cobrarme lo que me debés –le dijo Gervasio con besos en sus labios y una segunda copa entre los dedos.
¡Abstraerse al menos de su sombra; imposible! ...Gervasio no podía dejar de mirarla, admirarla... La noche se les deshacía en sus bocas que se empecinaban en no besarse...
Durante todas esas horas, efectivamente, Constantina se sintió perseguida por aquellos ojos. En todo caso, no estaba desacertada con su impresión.
...Alegría colaboró con el Amor que, de tanto multiplicarse, estaba perdiendo efecto... E intentaron compensar dolores y cariños anulados.
...Otra que no se quedó con los brazos cruzados fue la Señorita Esperanza que había recuperado el gustito a interceder en un plano más directo en la realidad de las personas, como cuando aún era Capricho... Ella los rejuveneció para darles la fuerza suficiente para afrontar lo que la Suerte les pudiera deparar.
Los focos del centro empezaron a apagarse anunciando el final de una nueva noche... Al salir, se dio cuenta de que Gervasio la estaba esperando al final de la calle. ¡La madrugada fabricaba excusas! Fue hacia él...
El cielo se fue tornando cada vez más claro y a sus ojos les costó acostumbrarse a tanta luminosidad... ¡Hacía mucho tiempo que no se veían en pleno día!
-Ey, ¿para dónde vas? –le preguntó Constantina al verlo subirse a su auto.
-Para mi casa... –le respondió, y notó que ella no podía con sus pies...
-Podrías llevarme hasta mi departamento...
-Subí.
-¡No, pará, pará! ...Ahora que me acuerdo, yo estaba enojada con vos... –y otra vez reforzó sus palabras con una sonrisa sádica y feroz.
…Le mintió: hacía varias horas, al menos desde que lo había visto entrar al local, que se le había esfumado el disgusto... Pero cuando Constantina mentía, era porque la verdad le ofrecía finales mucho menos felices... “Tal vez una cachetada te refresque la memoria...”. Igualmente, de momento, decidió aquietar sus manos.
-¡Sacate la bronca y dale...! ¡Vamos que te alcanzo!
-No es necesario...
-¡No seas chiquilina, y vamos! ¡Subí, te lo ordeno...! –Volvió a hablar Gervasio ante su indecisión-. ¿Querés que te meta en el auto de prepo? –insistió.
-A mí no me manda nadie. A mí, no me ordena nada nadie y mucho menos vos, nene... ¡Por eso soy la dueña de mi negocio! ¡Por eso soy mi propia jefa!
Voces magnificadas por el vacío que dejaba la oscuridad mientras se escabullía del amanecer...
Se hablaban casi a los gritos, como si la ciudad fuera exclusivamente de ellos o, tal vez, se sintiesen solos en este lado del mundo... ¡Y de alguna manera, así era!
-Vamos, subí... –repitió, cansándose del jueguito...
-Solamente si me dejás manejar a mí...
-¡Estás borracha, dejate de joder!
-¡Vos también tomaste demasiado...!
Entonces, Constantina amagó con caminar hacia la otra esquina, él, la corrió...
-¡Es tarde, vamos...!
...En ese instante, la Pasión aprovechó para inmiscuirse en el cómodo asiento de atrás del coche de Gervasio.
-¡Ya te dije cuál es la condición que pongo para disculparte...!
-¿Pero qué hice yo?
-Me maltrataste... Me rechazaste... Me despreciaste... ¿Te parece poco? Yo fui a tu casa con la mejor y me echaste, ¿creés que no es suficiente razón para estar molesta...?
-Si fuiste a verme con buena onda, fue porque necesitabas guita, no porque buscaras que nos reconciliemos...
-...Me quisiste humillar tratándome como a una puta...
-Por lo que recuerdo, la que se humilló fuiste vos comportándote como una prostituta...
-¡Creo que prefiero caminar! ¡Para variar, esto va a terminar mal...! –reconoció Constantina en otro tono.
-Todavía no nos amigamos y ya estamos discutiendo de nuevo... –largó como un lamento, mientras todavía seguían de pie frente a su autazo-. ¡Dale! ¡Vamos...!
-¡Ya dije mi última palabra!
-¡Dejate de joder y subí...! ¡Ves cómo sos, ¿no?! ¡Estás contraindicada para mi auto...! ¡Se tienen antipatía mutua!
-¡Mirá que lo de manejar no era broma! –le advirtió, por si no le había quedado claro.
¡La ciudad estaba doblegada a sus pies, insinuándose, lujuriosa, toda para ellos...!
-¡Está bien, ganaste! ¡Tomá! –le entregó el llavero-. ¡Maneja, pero despacito si no querés que me infarte...!
Constantina se acomodó satisfecha en el lado del conductor y, después de ponerse el cinturón, arrancó...
Él, empezó a transpirar, más allá del frío que hacía en esa mañana que empezaba a despabilarse, ni bien vio que la mujer que, a pesar de sí mismo amaba, encendía el motor.
-¡Dios, esto sí que es placentero! –exclamó, acelerando...
-¡Es que es un gran auto!
-No me refería a este auto de mierda... Lo que me da placer es verte sufrir como un mariconazo... ¡Quedate tranquilo, no me voy a arriesgar a chocar...!
-¡No fumes acá adentro! Te dije mil veces que no me gusta...
-¡Pedímelo bien! –le exigió-. ¡Decime por favor…!
-¡Por favor, apagá ese cigarrillo! –cambió su voz de siempre por un tono más amable...
-No voy a desperdiciar un pucho solamente porque no te gusta el olor... Mañana llevás el auto a lavar, y se acabó... –le contestó-. ¡Tomá, fumate uno vos también, así no lo olés!
…Gervasio giró su cabeza y la miró mal, cargado de disgusto.
-¡Sos el fumador más rompe pelotas que existe! –volvió a afirmar e ignoró su fastidio...
-¡No fumo porque me gusta, sabés! ¡Es un vicio...! ¡Es más, y un vicio de mierda...!
-¡Te merecés no serlo...! –afirmó Constantina.
-¿Qué cosa?
-¡Fumador!
-¡Andá más despacio! –le indicó.
-Bueno... –y giró su cabeza, miró hacia atrás, como buscando algo…
-¿Qué te pasa?
-No sé, estoy rara... Siento como si alguien me vigilara... Tengo la sensación de que hay ojos que me observan constantemente...
-¡Yo te estoy observando y veo que estás manejando bastante rápido y mal!
-No me refería a vos, boludo...
-¡El boludo está de más!
-...No sé cómo explicarlo, es muy raro...
-Cuando veas a tu psicólogo, no te olvides de comentarle esa ideíta paranoica que tenés...
-¡Es muy fea la sensación, no te burles de mí, porque te hago bajar en la próxima esquina...!
-¡Qué graciosa!
Calles adormecidas, mecidas entre abrazos y murmullos...
-¡Ah, eso sí, estaciono yo! –le advirtió Gervasio, recordando los antecedentes...-. ¡Convidame un pucho!
-Tomá, prendelo vos... ¿Estacionar, dónde? ¡Me parece que estás confundido...! Voy hasta mi casa, me bajo, vos te sentás de este lado, subo hasta mi departamento a buscar parte de la guita que te debo, porque no la tengo toda, te la doy, y te vas derechito a tu casa, buá, en realidad, podés irte a donde quieras...
-¿Es una joda?
...Pero no le contestó, a penas lo miró segura de lo que pensaba hacer.
...La Pasión permanecía absolutamente cerca de ellos cuando les sopló un viento de fuego en el rostro de ambos que, a Constantina llegó a moverle el flequillo.
Los Caprichos ya habían hecho todo aquello que estaba a su alcance. No se supo si Sufrimiento o Rencor anularon sus efectos sobre la pareja, pero a esa altura, ya poco importaba.
-¿No vas a subir? –volvió a hablar Constantina, cuando llegaron al edificio de la calle 10.
-¿Querés que suba?
-¡Vos querés subir...! Además, tengo algo que te pertenece y querés que te devuelva, ¿o no...? Siempre y cuando aceptes mi cuerpo como parte de pago, porque ya te dije no llegué a juntar toda la plata –su voz volvía sobre sus propios pasos...
-¡Vamos, subamos...!
Tenerlo para ella, era un privilegio; el mayor lujo que podía darse en esta vida... ¡Era su castigo, también!
¡Amarse, como si no tuvieran otro remedio! ...Entre conveniencias y desmedros, él se inclinaba por cumplir el mandato de tenerla a su lado.
Constantina y Gervasio tendrían que batallar para sacar su amor a flote sin hacerse daño ni doblegar sus ímpetus personales...
-Siempre hacés lo que querés... ¡Conmigo, al menos...! –habló Constantina.
-¿Te gustó?
-¡Muchísimo! ...Nadie me coge como vos...
-Eso significa que tenés otro que también te coge...
-¡Caíste, maldito!
-¿Dijiste eso en broma? –le preguntó, algo ingenuo, haciéndose la víctima...
-Sí, solamente una idiota sería capaz de estar con otro hombre después de haberte conocido a vos... ¡Sería el consuelo más estúpido, porque lo único que conseguiría, sería recordar lo bueno que fuiste y lo malo que es el otro...!
-Me gusta que lo reconozcas...
-Sólo vos conseguís tenerme como a vos te gusta... Lográs hacer conmigo todo lo que más deseás... ¡Siempre ganás, nene...!
-¡Ganamos los dos...!
-¡Me tiemblan las piernas...!
-A mí, siempre me tiemblan cuando estoy con vos... –aceptó Gervasio, medianamente humilde.
¡Verdaderamente, tenía la necesidad de perder la cordura para llegar a estar al lado de esa mujer desquiciada! Gervasio se mostraba dispuesto a entregar su vida con tal de no morir sin ella... ¡Ése, era su mayor sacrifico por amarla!
Volvían para arrinconarse en su paraíso confuso y bastante caótico; pero finalmente, un paraíso que podían compartir... Quizás, en el futuro volvieran a caer en sus antiguos vicios, eso, como veremos, no dependerá de estos Caprichos... Porque los humanos tenían esa tonta característica de reincidir...
-¿Por qué te dejaste el corpiño? –le preguntó Gervasio, tras días de celebraciones por el redescubrimiento de la pasión y la ternura recobrada...
-Porque no me voy a sacar toda la ropa para acostarme por un ratito –le respondió para justificar una breve siesta.
-¡Sacate algo!
-Tengo frío, ¿qué querés que haga? –le replicó.
-¡Y yo –le dijo ofendido-, ¿qué hago ahora?!
-Abrazame y tocame debajo de la ropa.
…Y se sonrieron obscenos y felices, sencillamente ilusionados.
¡Tenían talento para reordenar la realidad con caricias y algunas palabras...!
-...Yo no puedo pedirte que me quieras, Constantina... Me conocés con lo bueno y todo lo malo... Vos ya sabés...
-¡Te amo igual, sin que me lo pidas!
-¿A dónde tenés ganas de ir a la noche? –le preguntó Gervasio, para empezar a darle todos los gustos...
-No sé, así estoy tan bien... La verdad, es que me quedaría toda la vida acá, así.
…Y reforzó su abrazo como un homenaje a la perpetuidad... Su piel, su coartada.
-¡Mirá que yo mañana tengo que trabajar...! –le advirtió-. ¡Y vos también, aunque seas la dueña del negocio...! ¿O te querés fundir...?
-¡Ya tenías que cagar el momento hablando de trabajo...! –lo retó-. ¡Rompiste el hechizo, mi amor!
...La Señorita Esperanza... Siempre la Esperanza, ajena y distraída, como imprecisa... La Esperanza que despreció los cargos y títulos que poseía para poder amar. ¡Un amor vedado por la historia...! Hasta entonces no sabía lo dulce que podía resultar el Olvido... Por eso, muchos que precisaron de su alivio, se vieron obligados a recordar, a aprender con las evocaciones más presentes que nunca, en carne viva... Esto pasó desde que Olvido se fugó con su Esperanza, sólo Esperanza, para recobrar la memoria de todas las sensaciones.
...El Señor Destino puso el grito en el cielo cuando lo supo; fue verdaderamente el último en enterarse de la huida. Despecho quiso advertírselo, pero su orgullo “de patrón autosuficiente” no le permitió dejarlo hablar... Cuando su enamorada le daba algo de tiempo, lo dedicaba a poner al día el trabajo acumulado por todas las postergaciones.
¡...Menos mal que el Destino jamás llegó a saber lo que andaba haciendo el Valor platense! ...La que sí se enteró de aquellas andanzas fue la Señorita Incertidumbre; las mejores historias envueltas por los mayores dilemas, por lo general, de una manera u otra, llegaban a sus oídos... Pero se mantuvo callada ante “su” Señor, le gustaba saber que había algo que él ignoraba, y ella podía ocultarle muy pocas cosas...
Hasta que no se lo contó su padrino y amante, la Señorita Incertidumbre, nunca sospechó del romance entre Esperanza y Olvido; y era claro, ella no era una diosa y no tenía porqué saberlo... Aparte, se encontraba absorbida por realmente muchas responsabilidades, las ocupaciones de su oficina de Sueños, las esperas, sus silencios.
“Los Dioses siempre andan tan entretenidos mirándose sus ombligos y los de las Risueñas... ¡Dioses absorbentes...! ¡Dioses que son un estorbo...! ¡Dioses impotentes...!”, rumiaban los pensamientos del jefe, cuando atravesaba los pasadizos... A la espera de recibir el telegrama de los Creadores anunciando su fallo sobre su romance, el Destino, finalmente, le concedió el retiro al Viejo Amor que, desde ese momento, empezó a disfrutar de unas magníficas vacaciones en alguna playa del Caribe.
...También llamó a la realización de un concurso para cubrir el puesto que la Señorita Esperanza había dejado vacante... Consuelo, el Capricho más piadoso, se moría de ganas por ser llamado “Señorito”, así que se presentó para pelear el cargo... Por los pasillos de “El Ministerio de los Sueños”, corría el fuerte rumor de que él había sido considerado como el candidato ideal.
...La Señorita Casualidad se alegró de las novedades en la oficina contigua a la suya. “¿Tal vez entre él y yo...?”. Y prosiguió con su trabajo con dedicación y placer. También dijeron, los chismes claro, que nunca faltaron en ningún ámbito, pero mucho menos en ése, que ella no volvió a tener tiempo para aburrirse.
...Pasión no pudo escapar de lo que ella significaba intrínsecamente... Así que prosiguió con la mayor naturalidad, con sus encuentros alternados entre Rencor y Celos. Por su parte, ellos, de a poco, fueron aprendiendo a no cuestionarla o a quejarse demasiado.
...Alegría se fue de paseo una tarde híper primaveral para reír y aprender cosas nuevas... Probablemente, se haya ido a recorrer el mundo, dada su demora... ¡Aún seguía sin retornar a nuestra ciudad!
...Inspiración que no tenía ojos para fijarse en otros Caprichos, nunca se pudo enamorar... Sólo conseguía deleitarse con la mente humana... Le solicitó formalmente su traslado al Destino, y se lo concedió harto de esos malditos Caprichos que no dejaban de traerle problemas... Y ella se marchó con todo gusto a un lugar donde solían dedicarse a hacer el mejor cine del mundo.
...Por todo esto, ya nada pudo volver a ser igual.
Cuando el Señor Destino descubrió el engaño pergeñado por el Sufrimiento para llegar a La Plata, lo despidió... Pero no era para hacerse ilusiones, que todavía quedaban muchos sufrimientos al servicio de los Dioses.
...La sucursal de La Plata, problemática e improductiva, se clausuró, y los Dioses terminaron de olvidarse por completo de nuestra ciudad.
...Amor tuvo que trabajar demasiado hasta que convenció a “su” Tristeza de maquillarse un poco la cara, insistiéndole lo necesario, para que se pusiera ropa bonita y decidiera salir junto a él a la calle a disfrutar de la vida, de su amor, sin pensar en cómo o cuándo morirían aquéllos que los rodeaban... Se contentaron mezclándose, camuflándose entre hombres y mujeres, seres amables y dichosos de no conocer nada acerca de su porvenir... Para otorgarle sentido a sus eternidades, solamente podían hacer una cosa: arriesgarse a sufrir, a reír y a amar, como lo haría cualquier mortal.
La Plata, 2006
...Por Lati y Ame, que les
encantaba verme leer...
Augusta siempre cargaba con ella un libro. Últimamente, andaba con uno titulado: “En el Tiempo de las Mariposas”, de julia Álvarez...
Isolina resolvió ejercicios de francés del “Cahier Panorama II”...
Gabino recordaba que leyó en su pasado el poema “La Ciudad”, de Konstantinos Kavafis. A la vez que releyó uno de los libros que había leído acostado junto a Lisandra: “Balthazar”, de Lawrence Durrel...
Rufina leía entre abandonos, “El Pasado”, de Alan Pauls...
Gaetana releyó en su viaje de Bahía Blanca a La Plata, “La Insoportable Levedad del Ser”, Milan Kundera...
Rosel, cuando se peleó con Isaías, estaba leyendo el libro: “La Traición de Rita Hayworth”, de Manuel Puig...
Lorenza leía para matizar el viaje a Capital “El Perfume”, de Patrick Süskind...
Paulina estuvo leyendo “El Siglo de las Luces”, de Alejo Carpentier...
Isolina le pidió prestado a Remigio, tras hojear unas páginas, el libro: “Las Tumbas de Atuan”, de Úrsula K. Le Guin...
Constanza, cuando no podía dormir, leía. Su último tiempo de casada, se lo dedicó a un libro llamado “Historia del Rey Transparente”, de Rosa Montero...
Lisandra y Gabino memorizaron cierto fragmento de “Justine”, de Lawrence Durrell, para recitarse y bromear...
Lisandra, para armar uno de sus artículos, volvió a recurrir a su autor preferido, Lawrence Durrel, esa vez, eligió: “Limones Amargos”...
Jacinta tuvo que dejar de leer “La Voz Dormida”, de Dulce Chacón, porque le pareció muy triste...
Facundo le leyó a su mamá, Cándida, párrafos de “El Primer Guerrero. Libro Uno”, de Orlando Paez Filho...
Constantina se deleitó por un tiempo con el libro: “Mal de Amores”, de Ángeles Mastreta...
viernes, 12 de marzo de 2010
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