Retratos I
En su bolso cargaba sus muestrarios, algunos pedidos para entregar, sus frustraciones y los regalos para darle a Sebastiana. Se trataba de Cecilio Quintana, al que el orgullo de saberse un hombre con buen gusto, lo ensanchaba, a la vez que lo enaltecía tanto como que la joven reconociera los gestos que tenía para con ella...
-¡Pero es hermoso, no sé si puedo aceptarlo...! ¡Debe ser costosísimo...!
-¡Las dos cosas son ciertas: es caro, y es tuyo! –le aseguró Cecilio, complacido por aquella humildad.
-¿Querés que me lo pruebe?
-¡Claro!
Sebastiana se desnudó y se volvió a vestir. Lució el camisón para el hombre; una prenda fina, sensual, que le trasparentaba la figura.
-¿Cómo me queda?
-¡Precioso! ...Recién ahora, esta ropa está cobrando su verdadero valor... ¡No es más que tela, fuera de tu cuerpo!
De a poco, se fue aproximando a él para seducirlo y excitarlo. Se arrodilló ante él, se inclinó hacia su cuerpo.
-¡Quiero algo antes...! –la interrumpió.
-¡Basta con que lo pidas...!
Cecilio Quintana revolvió dentro del bolso buscando, temeroso de habérsela olvidado, hasta que palpó la cámara fotográfica.
-¿Posarías para mí?
-¿Cómo una modelo? –le preguntó entusiasmada con la idea.
-¡Por supuesto!
Y de repente, Sebastiana empezó a moverse apara atraer el contacto con la cámara. Un poco torpe pero bastante desinhibida, pretendió imitar a Cristal cuando daba sus primeros pasos gracias a los consejos de Victoria... Cecilio la felicitaba por lo bien que lo hacía, por su desenvolvimiento, y se mostraba fascinado con la comunicación que estaba entablando con la muchacha, mientras que ella sentía que era una estrella.
Al rato de probarse otros conjuntos, tuvieron sexo; pero eso fue lo de menos...
Hasta la mañana en que la encontró desamparada y despeinada, Marcial Padilla tenía locura por Eduviges. La veía, al mismo tiempo, un tanto feroz y desvalida; y eso lo excitaba, poder estimular en una mujer su furia y su abandono. Sin embargo, desde que apareció Sebastiana, la predilección varió, se sintió cautivado por las manos de la joven, igual con ellas lo acariciaba como si estuviera tocando el cielo, y a la vez, estaba convencido de que con esas mismas manos, la muchacha sería capaz de matar.
Eduviges no lamentó que ese hombre la cambiara por otra, no era ni generoso ni buen amante... A parte, los pocos obsequios que llevaba de su carnicería, eran repartidos equitativamente entre todas las de la casa. ¡¿Qué mejor que otra tuviera que soportarlo por ella?!
Por su parte, Sebastiana, tampoco se alegró con que Marcial Padilla eligiera sus favores, si bien declaraba que todos los hombres que entraban a su cama representaban lo mismo, íntimamente, reconocía que no era verdad. Si hubiera tenido que seleccionar a unos pocos entre sus clientes, se hubiese quedado con Justino, Elías, el propio Cecilio, tal vez hasta algún otro; jamás Marcial... Pero él, como el resto, pagaba y con eso bastaba para asegurarse el ingreso a su cuarto, y un segundo después de maldecir mentalmente, igual se desnudaba e igual fingía disfrutar al lado de ese hombre desagradable y malhablado.
¡El gozo más indiferente...!
Eduviges no era ni joven ni mayor, ni muy hermosa ni muy corriente; era una mujer más, como todas las que habitaban la casa de Selmira. No debía de tener muchos más de treinta y, tras aquellos años, cargaba un matrimonio dichoso, una viudez sorpresiva y prematura, y una hija abandonada en un pueblo bastante lejano.
Cuando su marido falleció, no encontró otra manera para subsistir... Al principio se prostituyó en su pueblo de origen, llevando a los hombres al lecho que había sido de su esposo...
Poco después, los rumores se tornaron imposibles de acallar y la cáscara de viuda tímida, retraída, se le empezó a caer.
Al final, y a duras penas, convenció a su hermana para que se hiciera cargo de la niña, con la condición de que todos los meses le mandara dinero, que en ese hogar no sobraba, para los gastos de la pequeña.
…Y se fue. ¡Y estaba convencida de que lo mejor sería que su hija creyera que su mamá biológica había muerto!
Su vida no podría ser como la de Victoria, y mucho menos la de Cristal, aunque su segundo nombre fuera el mismo: Cristina, porque Cristal era el nombre artístico que utilizaba en el mundo del modelaje, y ella figuraba en su documento como Eduviges Cristina Dominga López.
Efectivamente, a ella nunca le sucedería lo de Victoria, el rechazo y el desprecio de su hija al momento de enterarse de su verdadera identidad, el origen de su familia. ¡Su pequeña sólo lloraría con el recuerdo amado de su madre muerta y no al revés, llorando la vergüenza de haber descubierto la vida de su madre!
La cara amigable y ambigua de Elías, se asomó por la ventana, gesticulando para pedir que le abrieran...
En la casa de Selmira, más bien en todo el pueblo, se había cortado la corriente eléctrica. Así que, después de terminar su trabajo optó por pasar a ver Sebastiana... Haberse ido a visitar a Rosario hubiese significado una excursión con final escandaloso; y retornar a su casa, con su esposa, hubiera sido la elección más descabellada. Por eso, Sebastiana, la mujer que lo escuchaba y que no le exigía nada, era la opción correcta.
Desnudos en la cama, con el atardecer oscureciendo sus rostros, le reveló a su mejor confidente las angustias que le provocaban los reclamos de su amante y la culpa que padecía por hacerla infeliz, tanto a ella como a su señora.
-¡...Ninguna de las dos se lo merece! –dictaminó.
-¿Y vos? ¿Qué con vos...? ¿Vos sí te merecés sufrir? –pretendió hacerlo reflexionar.
-No, tampoco.
-Entonces no te dejes abatir y mandá las dudas a la mierda...
-No es tan fácil. ¡Ojalá pudiera! Yo soy el culpable... –susurró Elías Linares.
-¡Nada es simple en la vida! ¡Ninguna decisión es fácil de tomar en esta vida...!
-Ya sé... Pero me mata no responder con afecto a mi mujer ni con actos contundentes a las necesidades de Rosario...
-¡Tu mujer es Rosario y tu esposa eso, una socia ventajera en el peor negocio que hiciste en tu vida!
-...
-Por lo menos ahora estás sonriendo, y dejame que te diga que te queda muy lindo...
-¡Voy a dejar a Rosario! –largó en un arrebato, saltando al vacío frente a un acantilado de rocas infernales.
-Te estás a equivocando...
2 de septiembre de 1987
Hola Libertario, sé que tu mamá te avisó de la muerte de Adelina, lo que seguramente no te contó es lo mal que estamos todas acá. Selmira parece que hubiera envejecido de golpe, diez, veinte años de un plumazo, quizás más... Por su cara me doy cuenta de que se pasa el día llorando, aunque lo niegue, sé que es así. La mayoría del tiempo está encerrada en su habitación. Come poco y prácticamente no habla con nadie. La verdad es que estoy preocupada por ella. A las demás también les afectó, claro está. La casa no va a volver a ser lo que era. Ahora, todo es tristeza y desolación. Yo también, por supuesto, estoy muy mal... La extraño mucho, ahora no tengo a nadie con quien compartir mi vida. Perdí a mi amiga y lo que le pasó me hace pensar que todas podríamos terminar igual. ¡Tengo pesadillas casi todas las noches! Bueno, en fin, cuando nos veamos te voy a contar todo más detalladamente... Me parece que tendrías que venir lo más pronto posible; le va a hacer bien a Selmira poder verte, y a mí también...
Sebastiana
La realidad opaca de esos días se había infiltrado en la casa de Selmira.
Lágrimas y lluvia. ¡Una primavera mojada!
“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¿Por qué Adelina? ¡Desdichados sean los dioses que no ven ni escuchan...!”.
Minutos antes, Adelina lo había desnudado, al mismo tiempo en que lo besaba, dándole todo lo que era capaz de ofrecerle a un hombre.
Pero para Baltasar Mesa, nada resultaba suficiente. Perversamente trastornado, hacía un par de años, desde el primer momento en que la vio sin ropa, que empezó a vivir obsesionado con tener a Adelina incondicionalmente, sin limitaciones ni restricciones, sin otros hombres de por medio que compitieran con él; sin fantasmas que pudiesen amenazar su paz.
Ella, por su parte, varias veces trató de explicarle que no lo quería, e igual, Baltasar prefirió no entender. Cuando Adelina pronunciaba un “no”, él se engañaba pensando que pretendía decir “más delante”... Y así, su tormento se fue encarnizando con él día tras día.
La tarde en que la asesinó, Baltasar Mesa abandonó la habitación como si nada, como si en vez de yacer muerta, Adelina se hubiera quedado dormida, exhausta por el amor...
Adelina nunca llegó a comprender que estaba siendo asesinada en medio de la frescura del ocaso de otro invierno que agonizaba sobre su piel... Tan solo, en un momento sintió que Baltasar le iba acariciando el rostro, hasta que luego, sus dedos fueron bajando hasta su cuello.
Adelina se había entregado a la desmesura y al sofocamiento con la docilidad de un animal domesticado...
Baltasar Mesa la estranguló con sus propias manos; las mismas manos que poco antes la habían despeinado y suplicado que se fuera con él, jurándole que la amaba, arrodillado desde el pie de la cama, como si ella estuviera tendida en un altar.
A la hora de la novela, las mujeres la llamaron en voz alta para que bajara, gritando su nombre, hasta que, Pancracia, subió desganada para que Adelina no se perdiera el penúltimo capítulo de Cristal.
“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¡¿Por qué tuviste que morir vos, Adelina?! ¡Esto no tenía que terminar así...!”, se lamentaba Sebastiana, entre mocos y lágrimas, separada por todo un mundo de Libertario. “¡No se trataría de una tragedia si no nos influyera tanto...!”.
En ese contexto la asaltó la siniestra percepción de que aquello que podía resultar bueno para ella quedaba demasiado lejos.
Como un caballero de los de antes, de los que ya no quedaban, Narciso Bustamante había permanecido en el cementerio de pie, al lado de Selmira, ofreciéndole su brazo firme para que no se derrumbara. El hombre conocía de ese afecto, de la relación de casi madre e hija que había entre ellas, y no podía permitir que la mujer que amaba sufriera más de la cuenta por no sentirse acompañada.
Con su auto llevó a las mujeres de vuelta hasta la casa ni bien finalizó el entierro. Conducía por las calles despobladas en la hora de la siesta, mientras no podía creer la fiereza de los gestos de Selmira, el rictus de su rostro veterano, su resistencia para no quebrar su alma, para no llorar.
De a una se fueron a dormir, la anterior, se había tratado de una noche demasiado triste y larga, intentando que la policía les devolviera el cuerpo de la joven asesinada, exigiendo compasión; ¡¿pero a quién le interesaba lo que les pudiera pasar o lo que sintieran las putas?! Recién cuando Narciso se acercó a la comisaría e intercedió por ellas, pudieron volver a ver a Adelina.
Pancracia y Azucena lavaron el cuerpo y la vistieron con un vestido que eligió Sebastiana, uno azul con pequeñas florcitas blancas, el que más le gustaba a su amiga, un regalo que había sido el último grito de la moda en las revistas especializadas en costura, varios años atrás.
La desgracia estaba llegando, imponiéndose devastadora y selectiva, como un estilo de peinado moderno.
Ninguna de las mujeres que se había acostado consiguió dormir, al menos por un buen rato. Lloraban como a coro, a canon, ejecutando la ceremonia macabra de desamparo. Las lágrimas, sumadas al cansancio y a la indignación, las fue venciendo de a poco, con efecto encadenado, hasta que la casa quedó vacía de aquel chillido endemoniado.
En la cocina, Narciso Bustamante se preparaba café para despabilarse porque él tenía que volver a trabajar, después de media tarde.
Selmira permanecía en silencio, con la sensación de que si abría la boca para decir algo, cualquier pavada, lo único que conseguiría, sería arrancar con su lista de blasfemias contra la vida, los hombres, la muerte y el mismísimo Dios.
Narciso se sentó a su lado y le tomó la mano, a modo de ofrenda sublime, ella le besó la yema de los dedos, apoyó la cabeza en su hombro y se echó a llorar, con lágrimas espesas, como muestra de confianza; el mayor gesto de amor que ella era capaz de darle.
Adelina había muerto sin llegar a relatarle a Sebastiana la historia de Eulalia. Al descubrir aquel bache narrativo, Sebastiana, cayó en la cuenta de que si su amiga no lo hizo, había sido producto de las constantes postergaciones, significaba que, Adelina, como todos en realidad, no se imaginaba que su vida y sus cuentos podían quedar truncos.
¡Los finales más impensados!
Por otra parte, a Sebastiana, jamás se le ocurrió atreverse a pedirle a otra de las mujeres que le reseñara cómo había sucedido la famosa historia de Eulalia.
Argentino Salvatierra era un hombre viudo, con dos hijas gemelas, rico y preocupado por su estatus social, interesado en mantener o acrecentar su posición económica y en acallar al qué dirán...
Sus hijas se oponían a que el hombre rehiciera su vida y pusiera a otra mujer en el lugar que le correspondió y ocupó su madre en la cama matrimonial.
Argentino Salvatierra, siempre había consentido en todo a las caprichosas gemelas, hasta el día en que decidió contraer matrimonio con Eulalia.
Eulalia era una más de las prostitutas que trabajaba para Amílcar Taborda. Argentino solía frecuentarla a menudo, por lo menos cada vez que se alejaba de su estancia, que se extendía por las vastas hectáreas que lindaban con la frontera entre Arroyo Agrio y Monte Seco.
Aunque Argentino Salvatierra había dejado ya de ser un hombre joven, continuaba siendo apuesto y fuerte. Para Eulalia, aquel cliente asiduo a sus fuegos sexuales, no significaba nada más que eso, hasta que llegó el momento en que su vida cambió, cuando de pronto empezó a alegrarse cada vez que Argentino la buscaba... Necesitando prolongar los instantes de placer compartido... Extrañándolo durante los intervalos de sus visitas, cargados de ausencia... Se estaba enamorando, con locura e insensatez, como correspondía. Pero Eulalia era conciente de lo imposible de la historia, ningún hombre en sus cabales cambiaría una vida estable por el amor de una puta.
Sin embargo, una noche, tras discutir con sus hijas, invitándolas a marcharse de su hacienda si no les gustaban sus decisiones, Argentino Salvatierra, fue a buscarla...
Rastrilló las esquinas, los bares y pocilgas donde paraban las mujeres que estaban comandadas por Taborda, en alguno de esos sitios debía hallar a Eulalia...
¡Y la encontró!
…Y cuando la tuvo frente a él, sacó del bolsillo de su chaqueta el estuche de platería que resguardaba un anillo de oro con un pequeño diamante que había pertenecido a su madre, y anteriormente a su abuela, y le propuso matrimonio con voz de galán de cine.
…Y se casaron en la iglesia de Monte Seco, en medio de una gran celebración, y se la llevó a vivir a su estancia como reina y señora de lo que también era suyo.
Pero antes de que Argentino Salvatierra y Eulalia pudieran convertirse en marido y mujer, el hombre tuvo que mostrarse generoso con Amílcar Taborda, desembolsando una suma considerable. Taborda estaba convencido de que las mujeres que trabajaban para él formaban parte de su patrimonio…
Las hijas de Argentino nunca la aceptaron, aunque no llegaron a enterarse del pasado de Eulalia, jamás la miraron con buenos ojos. Igualmente, pocos años después de su boda, Argentino Salvatierra, las unió en matrimonio con dos muy buenos partidos.
En los primeros tiempos, coincidentes con la viudez de Selmira, Eulalia continuaba viajando a Arroyo Agrio para saludar a las muchachas; pero claro, con las nuevas obligaciones de señora, el mantenimiento de la hacienda y los niños que fue pariendo, las visitas a la casa de Selmira fueron mermando, haciéndose cada vez más espaciadas, diluyéndose en el tiempo, hasta que de pronto, Eulalia no volvió a aparecer.
De ella, solamente llegaban los rumores que daban cuenta de una vida plena y dichosa con sus hijos y su amado esposo, Argentino Salvatierra.
Azucena abrió la puerta y su cuerpo revivió los temores que había experimentado las veces que, desnuda, dispuesta a complacerlo, tuvo en frente al jefe Romualdo Montenegro.
-Selmira no puede atenderlo, está en cama, algo enferma –le explicó-. Pero igual, acá tiene su dinero –le entregó un sobre con la inscripción “contribución de noviembre”, que reposaba dentro de un cajón a la espera de que su dueño llegara para reclamarlo-. Ya usted sabe cómo sigue esto... ¡Elija, nomás! –exclamó, convencida de que, afortunadamente, sentía que no sería la señalada; ya se estaba acabando su tiempo de esplendor.
-¡Sebastiana, la última vez fue muy generosa!
-Muy bien, acá se hace lo que usted diga, señor... ¡Sebastiana, tenés trabajo! –le dijo Azucena, entrando a la cocina.
La muchacha era plenamente conciente de que el sujeto se cobraría con creces no haber profundizado la investigación sobre la muerte de Adelina, acto que hubiera significado, entre otros inconvenientes, la clausura de la casa de Selmira.
Dentro de su habitación, mientras se desvestía para él, rezaba por que ésa fuera la última vez que era elegida por Montenegro; no le gustaba trabajar gratis, y en todo caso, si lo hacía, prefería elegir ella misma al beneficiario.
De la cartuchera que pendía de su uniforme, Romualdo Montenegro tomó su revólver. Hizo malabares y morisquetas con él. Sebastiana pretendió no mostrar su temor.
Con la punta del arma recorrió su cuerpo. El paso por el largo de sus piernas. Sintió el frío del metal sobre sus pezones. Hasta que terminó por ponérsela en la boca.
¡Tal vez le había llegado su hora, como a Adelina!
Ése no era el final que Sebastiana deseaba para su vida, pero probablemente fuera el que se merecía... Después de todo, hacía muchos años que tenía comprado el pasaje hacia la muerte…
-¡No haga esas cosas, señor, como si necesitara esa pistola de juguete! –le dijo, pretendiendo halagarlo, para persuadirlo.
-Es verdad, esta otra que tengo funciona mejor –aseguró orgulloso de sí mismo el jefe Romualdo Montenegro, dejando a un lado de la cama el arma reglamentaria.
Selmira la llamó cuando se fue el carnicero.
-Marcial trajo esto... –le dijo la mujer y señaló la bolsa de carne que descansaba sobre la mesada.
-¡Qué rico...! ¡Yo la preparo para la noche!
-También vino Arnulfo... ¡Esto es para vos! ¿Preparo mate, querés...?
-Claro... –respondió con un hilo de voz.
Sebastiana se sentó a su lado y cebó. ¡Gracias a Dios Selmira no la había dejado sola! ...No lo hubiera resistido...
“¿Con quién comentar, si no, las cartas de Libertario?”.
-¿Qué cuenta? –le preguntó la mujer.
-Dice que está triste por todo lo que pasó, usted sabe –y se le cortó el aliento. Tomó un mate y siguió-: Tiene mucha bronca por no haber podido viajar...Pero que igual está bien... Cuenta que en el estudio de abogados donde trabaja, tienen cada vez más clientes y que las cosas no podrían salirle mejor... –inventó-. También dice que no va a venir para las fiestas, como había arreglado, porque su jefe lo invitó a pasar fin de año y me pide que la cuide hasta que él llegue...
-¡No lo hagas sufrir...! –le pidió Selmira-. Que no tenga que pagar él por lo que hicieron otros...
-Está bien, señora.
Siempre la llamaba por su nombre, solamente le decía señora cuando la retaba o ella misma se sentía en falta.
Sebastiana volvió a su habitación. Retiró las sábanas de su cama y se recostó. Sintió que su ánimo se desmoronaría y volvió a leer la carta...
Él le había escrito acerca de situación laboral, más bien, la no existencia de ningún trabajo tras renunciar a la carpintería meses atrás. Estaba desocupado y sin perspectivas de mejorar, y si no fuera por el dinero que todavía le mandaba Selmira, como si dentro de ella la verdad reluciera, se moriría de hambre.
Por otra parte, Libertario le relataba sobre una mujer “hermosa y deslumbrante” que estudiaba filosofía. Olga, se llamaba.
…La magnífica docilidad de su cuerpo puesta al servicio de mis sentidos.
Su entrega conmueve mis ansias…
Me resulta inconcebible apartarme de su piel…
Se convierte en un satélite de mi cuerpo.
Siento que sería capaz de morirse para que yo disfrutara más que cualquier otro hombre…
¡Me pierdo en las horas viéndola gozar!
Como pocas veces, Libertario no había sabido qué escribirle, así fuera verdad o inventado. Se encontraba atormentado por su realidad esquiva...
…No te olvides que al otro lado de este mundo, sigo estando yo, amándote como siempre.
Por favor, tomate un ratito para escribirme, así me contás cómo siguen las cosas, sobre todo tu ánimo y el de mi vieja.
¡Extrañame, que yo te voy a extrañar a vos!
...Sin porvenir, inseguro, creía que sólo había venido al mundo para defraudar a su mamá. Mitigaba la ausencia de Sebastiana con consuelos pasajeros, compensatorios, suficientes por lo menos, hasta volver a ver a la chica que amaba, en su siguiente encuentro.
Continúa el próximo mes…
domingo, 22 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
Tras el Arroyo
Sabanas II
La inquietud se le notaba en su cara marchita. Siempre pensaba que ésa sería la última vez que se despediría de su hijo. A su vez, otro tipo de preocupación la invadía desde hacía unos días atrás. ¡Sebastiana no era adecuada para Libertario! Estaba segura de eso... Pero, por otra parte, sus divagues se compensaban cuando caía en la cuenta de que había sido ella misma quien metió a su hijo en la cama de la joven.
Estaba molesto, Sebastiana se había hecho la dormida para no tener que despedirse de él. ¡Una completa bancarrota emocional...! Lo asaltaron las dudas, ¿podría continuar por mucho tiempo con aquel amor, sabiendo que nunca la tendría plenamente? ¿Podría contener su furia ante una mujer que igual se daba a él como a los otros?
-¡Te dije que no te enamoraras de ella! –le recordó Selmira, conciente de que su hijo estaba sufriendo-... Ella es...
-¿Qué es? –le retrucó levantándole la voz a su madre por primera vez.
-¡Prostituta!
-¡Como vos, y te amo igual!
Después se subió al micro y Selmira se quedó rezongando sola.
Con su amor a cuestas, no podía aspirar a una salida más elegante...
En la parada del colectivo, Selmira lo volvía a ver partir. En la intimidad de su casa le había dado muchos besos, prefería evitar las demostraciones estruendosas en público, su vida ya era lo bastante escandalosa a la luz de los ojos de cualquiera que pisara Arroyo Agrio. Porque así era, los hombres habían pagado por entrar a su cama, ahora lo hacían para estar junto a las muchachas de su casa, pero la despreciaban con la misma intensidad con que la habían deseado.
Adelina entró a su cuarto convencida de que la encontraría llorisqueando por la partida de Libertario... Muy por el contrario, Sebastiana continuaba tendida en la cama, desperezándose, pretendiendo embeberse de la realidad para recomenzar un nuevo día.
-El pobrecito se fue muy desanimado... –atinó a revelarle a su amiga.
-No sé, no vino a saludarme así que no lo vi... –argumentó falsamente Sebastiana.
¡Desahucios y despedidas!
-¿Por qué fuiste tan dura con él...? Libertario no se lo merece... ¡Estaba tan desmoralizado...! –se animó a recriminarle.
-Porque cuando a un hombre lo tratás como a un dios, te paga siendo un hijo de puta, y si lo tratás mal, te venera como a una diosa...
-¡No seas tan mala, él te ama...!
-¡Sí, cómo no! –afirmó, burlándose.
-¡Y vos también lo amás...!
Enojada, la boca de Adelina se pobló de reclamos cuando notó que estaba pisando una pequeña hoja arrugada que Libertario había arrojado por debajo de la puerta de Sebastiana cuando la encontró cerrada con llave, en el momento en que pretendía saludarla antes de marcharse.
-¿Qué es esto? –preguntó en voz alta Adelina y postergó sus retos.
-Es una nota de Libertario, escuché cuando la tiraba...
-¿Te parece bonito? ¿Por qué no le abriste?
-Porque no tenía ganas... Y sí, Libertario es un hombre muy bonito –afirmó.
-¡No él, lo que vos le estás haciendo...! –destacó.
-¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? –repreguntó Sebastiana.
-¡Amarlo como corresponde y como él se merece!
-¿Para que se ilusione con que tenemos futuro…? ¿Para que sufra más todavía cuando se dé cuenta al fin, de que lo nuestro es imposible?
-¡No lo tendrías que haber peleado, es un pan de Dios...!
-No importa, después nos reconciliamos... ¿Qué dice la nota?
-¡Tomá, es para vos, leela vos! –aseguró, entregándosela y retomando los reproches.
Entonces, Sebastiana leyó lo que le transmitía aquella letra firme, breve, y escrita con una lapicera no andaba bien del todo:
Incluso el amor más ingrato,
sigue siendo amor…
-Suena a despecho... –afirmó Sebastiana.
-No, suena a hombre enamorado que sufre desesperadamente... –le retrucó su amiga.
Al retornar a la gran ciudad, Libertario durmió todo un día seguido.
¡Amarla o morir!
“¡Necesito que me ames, a cualquier precio...! Aunque no pueda pagarlo…”, su mente no podía apartarla.
Lejos de Sebastiana, su cuerpo se quedaba a la deriva... Sus ojos derrapaban por las calles repletas de mujeres extrañas... Sus manos anclaban en cuellos suaves y accesibles, pero que no se parecían en nada al cuello de ella. Entonces, era cuando más se esmeraba en la búsqueda del deseo, como recriminándole a su piel por no sentir lo mismo.
Había sido la casualidad la que lo condujo a Arroyo Agrio. Cristaldo Samudio había equivocado el camino cuando se dirigía de la Gran Ciudad a Monte Seco. Un par de años atrás pensó que estaba tomando un atajo y el desvió lo mandó a parar al centro de Arroyo. La oscuridad lo había amedrentado de volver a adentrarse en la ruta, así que se decidió a pasar la noche en ese pueblucho y, por la mañana, dedicarse a buscar el mejor trayecto para llegar al lugar donde lo esperaban los compradores de seguros. Entonces, alguien le habló de la pensión de Isidro y hasta allá se fue.
Isidro y sus dos hermanos habían heredado el pequeño hotel de sus padres muertos en un accidente de tren, camino a la costa, donde después de treinta y cinco años pretendían revivir su luna de miel.
Cada uno de los hermanos tenía una personalidad determinada y, mientras compartieron el manejo del negocio familiar, jamás pudieron ponerse de acuerdo en nada.
Fausto Arriaga era el mayor, un hombre recio, fuerte, mandón y malhumorado, casado con una mujer intolerante. Le seguía Elizabeth, una muchacha recientemente viuda, inteligente y sagaz, pero demasiado mujer en esta tierra manejada por machos autoritarios. El menor era Isidro, el único tan inescrupuloso como para sacar el negocio adelante.
Con la muerte del padre, Fausto se hizo cargo de la familia, y las disputas de poder entre los hermanos transformaron a la pensión en un caos. Cuando uno se hacía cargo de la administración, celosos, los otros dos boicoteaban la cocina y demás...
Fausto Arriaga fue el que le puso fin a las ínfulas de su hermana que pretendía publicitar la pensión, llamándola hotel, buscando embellecer el lugar invirtiendo en pintar los cuartos. Pero el mayor no quería desprenderse ni de un centavo, sólo buscaba sacar ganancias. Finalmente, tras varias tratativas, sin dificultades, se sacó de encima a Elizabeth. La casó, por segunda vez con un hombre viejo y bastante rico, para evitarse reclamos monetarios de su cuñado.
Entonces, solamente quedaron dos rivales. Competían en todo: ¿cuál de los dos tenía una mejor familia? ¿Cuál esposa era más bella? ¿Quién producía más ingresos que el otro? El rubro de la fuerza no fue abordado, Isidro Arriaga era perfectamente conciente de que el mayor sería el triunfador.
Cada uno por su lado ideaba formas para saldar el estorbo que el otro representaba para sus ambiciones personales…
El primero en arremeter fue Isidro, y lo hizo tan magistralmente que Fausto no fue capaz de replicar.
La esposa de su hermano era celosa, e Isidro lo sabía; era también intolerante, y él se aprovecharía de eso. De a poco fue sembrando en su cuñada dudas sobre la estabilidad de su matrimonio, instaló la sombra de una segunda mujer... Y la señora de Fausto Arriaga lo decidió por él y por todos. Mudó su familia a un pueblo más al norte exigiéndole a su marido que la siguiera o que se preparara para las consecuencias. Fausto bajó la voz y la cabeza para obedecerla, como siempre.
Así fue como Isidro se consagró como el único dueño de la pensión en la que puso a trabajar a sus tres hijos: Eugenio, el más grande, quien se encargaba de negociar con los proveedores; Élmer, que sabía administrar las finanzas, ocupándose entre otras cosas de organizar al personal y evadir impuestos; y la menor, Florinda, la hermosa encargada de la cocina y de socializar con los clientes.
Esa noche, se trató de una de las más bonitas del siglo, y para Cristaldo, poder admirarla paseando por las calles vacías del pueblo, resultaba un milagro.
En la pensión le dieron un cuarto, y en el comedor cenó algo liviano; después, salió a pasear y a contemplar el cielo como si fuera un tapiz de estrellas.
En el umbral de la casa estaba ella tomando aire, refrescando su piel. Cristaldo la miró y, enseguida, comprendió qué significaba la figura esbelta de la joven que le sonreía.
Sebastiana no supo responderle cuando le preguntó sobre el precio, esas cosas las arreglaba Selmira.
-¡...Pero entre y averigüe todo! –remató.
Hacía casi dos años, más o menos, fue aquello lo que sucedió...
Ahora, sin errar la dirección, sin dudar acerca del camino que estaba tomando, cada vez que tenía que recorrer esa zona, se daba una vuelta por la casa de Selmira.
Cristaldo Samudio pedía exclusivamente por Sebastiana, pero como ella, todas las mujeres de allí, tenía un grupito de clientes que las prefería a cada una por sobre las demás.
Se dirigió al cuarto de la joven y antes de entrar golpeó la puerta. Su modo de saludarlo, fue amistoso, afectuoso y sereno.
-¡Hola, tanto tiempo, te hiciste extrañar...! –le dijo.
-¡Acá estoy! ¡Cuánta efusividad!
-Es que es bueno ver, al menos cada tanto, una cara amigable –le explicó.
-¿Todo bien? –preguntó él, en verdad Sebastiana se mostraba rara.
-Sí, ¿y los tuyos...?
-También bien.
-¿Por cuánto tiempo te quedás esta vez?
-Poco, mañana mismo tengo que estar en otro pueblo...
-¡Qué lástima! ¡Parece que hay mucha gente que necesita asegurarse la vida!
-En realidad, hay demasiados que tienen que pagar cuotas atrasadas...
-¡Vamos a lo nuestro, no perdamos más tiempo, entonces...!
Al retornar a la pensión, buscó el teléfono semipúblico y llamó a su mujer. Le avisó que había llegado bien y que tardaría en regresar algunos días más... Se alarmó un poco cuando Dolores le contó que el menor de los niños tenía un poco de temperatura, hasta que se fue a hacer una siesta para reponer energías antes de volver a tomar la carretera.
La señora Ofelia pidió hablar con su hija y Eduviges, que había sido la que atendió el llamado, le avisó a la muchacha.
La conversación fue breve, resultaba que a su mamá le habían surgido nuevos inconvenientes... Parecía que Ernesto tenía que tomar unos medicamentos costosísimos para el asma... También pasaba que Ceferina se estaba por casar y alguien debía comprarle el ajuar y algunas otras cositas...
Sebastiana asumió, por el tono de demanda que traía aquella voz, que debía ser ella la que se hiciera cargo de costear los gastos. Aceptó la responsabilidad y quedó en que le mandaría más dinero del acostumbrado.
Por otra parte, la charla fue breve porque Sebastiana prefirió no preguntarle ningún detalle acerca de la identidad de novio, ni la edad del futuro marido de su hermana, o la forma en que se arregló el compromiso; años más tarde lo sabrá todo, aunque no será por boca de su mamá.
Al colgar, armó el sobre con los billetes y llamó a la oficina de la sucursal del correo para pedir que mandaran a alguien para retirar el encargo.
…Al rato, el bueno de Arnulfo golpeaba la puerta.
-¡Siempre tan diligente, usted...! –lo saludó, y le entregó la carta.
-Dijo que era urgente, señorita...
¡Arnulfo era el único en este mundo que la llamaba “señorita”!
-Sí, digamos que hay cierto apuro...
-¿Algo más para que me lleve? –preguntó y, mientras lo hacía, se le iba sombreando en la cara una sonrisa...-. ¡Un día de estos, me voy a atrever a trasponer esta puerta...!
-¡Cuando usted guste! ¡Va a ser un placer recibirlo en esta casa...! –le aseguró Sebastiana.
A Selmira se le quebró la voz cuando tuvo que llamar a Adelina para que se ocupara de atender al jefe Romualdo Montenegro. Ambas recordaban lo que ese hombre le había hecho pasar a la muchacha, lo detestaban, pero a la vez le temían demasiado como para cerrarle la puerta en la cara.
Por la época en que Selmira enviudó, cuando comenzó a manejar, a modo de resarcimiento, a las chicas que su esposo había pervertido, un atardecer sombrío se encontró frente al jefe Montenegro que le pedía dinero a cuenta de nada.
-No señor, las cosas cambiaron en esta casa, ¡ya no hay más plata! –le había dicho.
...Selmira, aún paladeaba textualmente las palabras que había empleado.
-Selmira, Selmira... Acordate que Amílcar siempre me pagaba a término –insistió él-. Por algo sería, ¿no te parece?
-No me importa, acá se terminó lo que se daba y ahora la que manda soy yo...
-¡Mierda! –Gritó el jefe-. ¿Por qué me toca lidiar con mujeres? Selmira, quiero que me entiendas por las buenas... ¡Siempre es más fácil tratar con los hombres! –renegó al cielo-. ¡Con ustedes no se puede razonar, solamente entienden a palazos...!
-¡Yo entiendo claramente, y le digo que no! –soltó Selmira, a la vez que pensaba: “¿por qué no te vas a negociar con Amílcar al infierno?”.
-Muy bien, ¿estás segura de que ésa es tu última palabra?
-¡Sí!
-Veamos... –Romualdo Montenegro paneó con su cabeza por el living de la casa-. ¡Vos, ¿cómo te llamás?! –le preguntó a Adelina.
-Adelina, señor.
-¿Cuántos años tenés?
-Dieciocho.
-¡Mentís! –gritó, dándole una cachetada-. ¿Cuántos años tenés? –repitió.
-Dieciséis –reconoció, a pesar de que ella sabía que debía ocultar su edad.
-Estás detenida.
A partir de allí, todo fue revuelo y confusión. Adelina lloraba y le rogaba a Selmira que la ayudara, que no permitiera que se la llevara... El jefe Romualdo Montenegro explicaba las razones del arresto, por las que la joven quedaría demorada en la comisaría hasta que un juez de menores interviniera para mandarla a un reformatorio... Selmira procuraba hacer reflexionar al hombre, invitándolo a pensar mejor las cosas, asegurándole que ese problema se podía resolver de otra forma más civilizada...
-¡Es tarde para eso, mujer! –había sostenido Montenegro, saliendo de la casa y arrastrando consigo a Adelina que se resistía a irse.
Desesperada, Selmira pensaba en qué podía hacer... Por un segundo resolvió llamar a Narciso Bustamante para pedirle ayuda, pero ella jamás lo había molestado en su casa por no causarle problemas... Pero se decidió a hacerlo, éste era un asunto de fuerza mayor, y cuando por fin la atendieron, la voz de una empleada doméstica, le explicó que el señor estaba de viaje.
Pancracia y Azucena lloraban como niñas... Libertario volvía de la escuela, y Selmira sentía que no podía darse el lujo de quebrarse... ¡Debía actuar! “Ya es tarde”, fluían las palabras del jefe en su cabeza. ¡Nada quedaba por hacer! Había logrado enfurecer al hombre que le aseguró que ya era tarde para arreglar las cosas...
El anochecer se insinuaba, y Selmira no tuvo reparo en agarrar su cartera y caminar hasta la comisaría. Dio pasos firmes y veloces, sorteando el escollo que significaba andar con sus tacos sobre las baldosas desparejas de la vereda. Cinco cuadras, nada más... Al llegar, recuperó el aliento para no mostrarse tan vulnerable y, cuando se sintió en condiciones de volver a hablar, pidió ver al jefe.
-Acá está su dinero, y más todavía... –pronunció-. Ahora deme a la chica.
-No sé cómo pensarás que se manejas las cosas, Selmira, en tu casa mandarás vos, pero acá nadie me dice lo que tengo que hacer...
-¡Por favor! –soltó casi al borde del llanto.
-No te preocupes mujer, estamos en paz, un error lo tiene cualquiera, lo importante es aprender, escarmentar de nuestras equivocaciones... No pasa nada... ¡Andate tranquila, que mañana, a primera hora, la tenés en tu casa!
Selmira se marchó de la comisaría, pero en ella no había lugar para la tranquilidad. Fumó y esperó sentada en el sillón de la salita a que le devolvieran a Adelina. Pasó toda la noche en vela, y pareció a propósito, ningún cliente entró a la casa ni siquiera para distraer... El tiempo se detuvo, demorando el arribo del amanecer, incrementando la ansiedad...
Al rato de cansarse de maldecir, oyó el sonido de la puerta de un auto que se cerraba. Efectivamente, el único patrullero con el que contaba la policía del pueblo, llevó a Adelina hasta la casa.
El oficial abrió la puerta del coche y empujó a la muchacha para que se bajara. Selmira salió a la calle corriendo y se encontró con la joven que quería como a una hija medio muerta, o eso parecía, sobre el piso humedecido por el rocío de las primeras horas de la mañana.
-¡Cielo santo! ¡Válgame Dios! –exclamó Selmira al verla.
La habían arrojado del auto y dejado en la calle, como si no pudiera ser otra cosa más que una bolsa de basura.
Adelina había sido golpeada, violada, se encontraba débil y le sangraban las heridas. Fue atendida de urgencia por el doctor Corso Perrone que suturó un par de cortadas y alivió sus dolores con un potente analgésico. La muchacha necesitó de al menos dos semanas completas para recuperar cierta compostura.
...Después de darle unos cuantos billetes al jefe Romualdo Montenegro, Selmira llamó en voz alta a Adelina, para que lo atendiera a lo largo de las horas que el hombre creyese precisas. La chica acudió al grito de su nombre y subió a su cuarto junto a Montenegro, recordando que ella nunca quiso contarles a las otras mujeres, ni siquiera a Selmira, que consideraba una madre, lo que había sucedido aquella lejana noche en que estuvo demorada en la comisaría. Reconstruyó que a penas había dicho que el jefe Montenegro se la entregó a los guardias de turno para que se entretuvieran durante las horas de vigilia.
Elías Linares era el tipo más raro del mundo, al menos del mundo de Arroyo Agrio. Ni bien entró a lo de Selmira, le pagó por adelantado sólo para hacerse del derecho de hablar con Sebastiana como acostumbraba. Para arreglar cuentas con el hombre, Selmira tuvo que interrumpir una discusión que, otra vez, estaba teniendo con el insistente Baltasar Mesa que, de nuevo, se había puesto un tanto nervioso. Elías no hizo caso de la escena, ya tenía bastante con sus propios tormentos... Y fue en busca de la habitación correspondiente.
Él no lo sabía, pero era un hombre afortunado... ¡El amor podía hacer a una persona, la más dichosa o la más infeliz! ...Todo variaba si se trataba del amor correcto o no... ¡Y a Elías Linares, una buena mujer lo amaba sinceramente!
Se tendió sobre la cama, y Sebastiana, a su lado, se recostó inclinándose sobre su pecho, como siempre hacían. ¡Dinero fácil! Elías, solamente exigía que la joven lo escuchara, mientras que él le acariciaba el cabello...
¡Elías estaba de para bienes porque la mujer que lo amaba existía en este universo! ...Sabía expresarle su afecto y demostrárselo; y también en su realidad estaba su esposa.
-Pero Isabel nunca te va a dejar vivir en paz... –afirmó ella que estaba interiorizada de los pormenores del caso.
-¡No sé qué hacer...! ¡Nunca voy a poder dejarla...!
-¡Vas a tener que hacerlo si querés ser feliz! Ella va a apelar a todo lo que esté a su alcance para retenerte, pero no podés permitírselo... –le explicó Sebastiana.
-Rosario me dijo que no me puede esperar más, que ella quiere casarse, tener hijos... Que si no es conmigo va a tener que ser con otro... Que no se va a hacer vieja esperando que me decida... Pero yo no puedo darle todo lo que ella se merece.
-¡Sí que podés! ...Y es lógico que te exija, que te apure, te ama y quiere que seas para ella.
-¡Es que no sé qué hacer!
…Al rato de eternizarse en el silencio, Elías se levantó de la cama, la besó en la frente y se marchó.
Detrás del hombre que traspasó la puerta de entrada, se divisó la desgarbada figura de un niño, que lo seguía, arrastrando los pies.
-Este no es un lugar para traer a criaturas... –le recriminó Selmira al cliente.
La dueña de casa probablemente supuso que Próspero Ochoa había encontrado una buena excusa para alejarse de su señora, con el pretexto de sacar a dar una vuelta a su hijo...
-No, mujer, mi muchacho vino a hacerse hombre –le explicó enseguida.
Selmira no estaba dispuesta a preguntarle a Próspero cuántos años tenía el chico, o si había sido él mismo quien incentivó al padre para que lo llevara... Así que se limitó a tomar el dinero de Próspero Ochoa e invitó a Desiderio a permanecer sentado en la sala a la espera de que el hombre disfrutara de su media hora en la cama de Sebastiana.
Desiderio se quedó más que quieto, inmóvil sobre el sillón, sin emitir sonidos, hasta que fue el propio Próspero el que le indicó que había llegado su turno. Después, con una naturalidad y una sonrisa que su hijo no le conocía, le marcó la puerta en la que debía entrar.
Sebastiana lo recibió desnuda, y el pequeño que, ni siquiera había visto en ropa interior a su madre, se deslumbró al mismo tiempo que se sintió algo asustado. Por su parte, ella también se llevó una sorpresa, no esperaba encontrarse con un niño...
Le sugirió que se sentara; la cama, con excepción del piso, era el único lugar donde alguien se podía sentar en esa habitación. Desiderio la obedeció y, cuando Sebastiana pretendió desabrocharle el pantalón, se echó a llorar. Instantáneamente, ella se detuvo y no encontró en su garganta las palabras para calmarlo o conseguir, al menos, que el chico dejara de temblar.
-¿Cuántos años tenés?
-Doce.
-Bueno, te voy a decir algo: quedate tranquilo que no te voy a hacer nada –le dijo torpemente-. No me tengas miedo...
-Perdón –se disculpó Desiderio-, es que no sé qué es lo que tengo que hacer...
Sebastiana, que no estaba acostumbrada a ese tipo de diálogos, le dedicó una amable sonrisa. Se sentó a su lado, apartando el acolchado y se quedó callada.
-Me quiero ir a mi casa –pidió por fin Desiderio Ochoa.
-Está bien, como vos quieras... –lo consoló sintiendo pena por él.
-Pero mi papá se va a enojar...
-No, si no se entera –le explicó.
-¿Y cómo?
-...Que no tenemos que contarle la verdad... En unos minutos bajamos y le decimos que todo estuvo bien y punto.
Así lo resolvieron, así lo hicieron... Por eso, Desiderio se ganó unas palabras llenas orgullo de parte del padre y una efusiva palmada en el hombro.
-¿Qué tal estuvo? –le preguntó el hombre a Sebastiana.
-Bien, por ser su primera vez, bien...
Ella, sin dudas mentía muy convincentemente porque Próspero no dudó ni por un segundo.
-¡Qué grande mi muchacho!
El pequeño se dejó elogiar, evitando mirar de frente a su padre, cuando Sebastiana los despedía abriéndoles la puerta. De pie en el umbral, saludó a Próspero Ochoa sin efusividad y, antes de meterse a la casa, le guiñó un ojo a Desiderio.
Telmo Pallares la golpeó pero ella permaneció callada para no alarmar a las otras en la casa, erróneamente pensaba que podía controlarlo por sí sola...
-¡No me mires así que sé que te gusta...! –dijo el hombre.
-En todo caso, yo soy la que elige quién me pega, y usted no me vuelve a poner un dedo más...
-¡¿Tan segura estás?! –soltó, lleno de su omnipotencia.
-¡Váyase!
-¿Me estás echando?
-¿A usted qué le parece? –gruñó con la cara ensangrentada.
-Te voy a decir una cosa, mocosita... A todas mis amantes les pegué... Mi abuelo golpeó y violó a decenas de mujeres como vos, como cualquiera, al otro lado del arroyo... ¡Mi padre heredó y me transmitió ese carácter...! ¡Tengo sangre de Cruzados en estas venas! –se vanagloriaba-. ¡A la única que jamás le levanté la mano fue a mi legítima esposa, la madre de mis hijos! ...Mirá que no voy a hacer lo que quiera con una puta como vos...
-¡Yo nací en Arroyo Amargo! –le reveló poniéndose de pie, enfrentándolo.
-¡Más ganas me dan todavía!
Y, mientras hablaba, Telmo tomó y levantó su bastón, amagando con estrellárselo contra su cuerpo. Sebastiana frenó el impulso del viejo decrépito, deteniéndolo y empujándolo hacia atrás.
-¡Le dije que usted a mí ya no me pega, ¿oyó bien?! –le volvió a advertir.
-¡Eso sí que lo quiero ver!
Cuando no conseguía encontrar más que fraudes y desilusiones, imaginaba la boca de Libertario pronunciando hermosas mentiras exclusivas para ella... ¡El apóstol de sus carcajadas! ¡Grandes consuelos en su insignificante eternidad!
Telmo bajó la escalera para reclamarle a Selmira el comportamiento reacio de la muchacha.
-¡No voy a permitirte que lastimes a ninguna de estas mujeres!
-¡Yo estoy pagando, Selmira, y pago bien!
-¡No me importa...! ¡Guardate tu dinero, no lo quiero!
-¡Te estás poniendo vieja, mujer...!
-¡No tanto como vos! ¡Ahora andate, maldito...!
Pancracia se encargó de aliviar las marcas que le había dejado la paliza que Telmo le dio.
Sebastiana juró que ésa sería la última vez que el hombre le levantaba la mano, pero los juramentos, no serían tan importantes si no se quebraran con tanta facilidad... Jurar requería el sacrificio de sostener la promesa.
-Quedate tranquila, que esto no te va a doler más que cuando ese hijo de puta de golpeó –Pancracia le avisó a Sebastiana, con el alcohol en la mano...
En su juventud, Pancracia se había desempeñado como asistente de enfermería y ahora, en la casa de Selmira, estaba a cargo del botiquín de primeros auxilios.
Asimismo, ella sabía muy bien de golpizas... Hasta que se casó, su padre era el encargado de los malos tratos en su hogar de la infancia y, desde que empezó a compartir la cama con su marido, él tomó el lugar vacante.
Pancracia era conciente de que su vida había estado marcada por la figura de su esposo, culpa del cual aún cargaba sobre su espalda el peso de estúpidas taras.
Una de aquellas noches lejanas, todavía lo recordaba, la última en la que compartió las sábanas con ese hombre, ella había cocinado para él.
…Pasó también, que su marido se había demorado en el bar, a la salida del trabajo, con los amigos. Para cuando llegó a la casa, Pancracia estaba ofuscada, desplomada sobre la silla, ante la mesa preparada para la cena.
-¡Es tarde! –rezongó temeraria.
-Es que me distraje con una pavadita...
-Sentate y vamos a cenar que tengo hambre...
-Quedate que sirvo yo.
El hombre se acercó a la mesa con las porciones abundantes de guiso de arroz que Pancracia había cocinado con paciencia y esmero. Ambos vaciaron sus platos, en verdad la comida estaba sabrosa...
Su marido volvió a ponerse de pie y se dirigió a la cocina para servir más.
-¡Yo ya estoy llena! –le aseguró.
-¡Comé! –le ordenó él.
-Ya no quiero comer más... –le explicó.
-¡Comelo y todo, tanto hambre que tenías...!
Así, Pancracia vació, a duras penas, el segundo plato.
Esta vez, para evitar pararse de nuevo, el hombre llevó la olla a la mesa.
Volvió a servirle.
-¡No voy a comer más! –replicó-. Me va a hacer mal...
Él se acercó a ella, tomó sus cubiertos, le abrió la boca a la fuerza y la obligó a pasar un par de cucharadas, manchándole con azafrán su blusa rosa.
-¡Comé! –insistió-. ¡Masticá todo!
…Y Pancracia volvió a comer, tragando, a veces sin masticar, como podía, hasta que vació el tercer plato. Cuando notó que su marido vertía lo que quedaba en la olla frente a ella, llenando otra vez el plato, tuvo ganas de llorar. Continuó comiendo hasta que le advirtió:
-¡Voy a vomitar!
-¡Hacelo y te lo hago tragar!
Pero Pancracia contuvo la náusea, sabía que su esposo era capaz de eso y tantas otras aberraciones.
Finalmente, a la mañana siguiente se marchó de su casa, cargando una pequeña maleta, disimulando el dolor de tener el cuerpo molido a palos y con cierto malestar en sus entrañas...
Así, abandonó su pueblo natal buscando mejor suerte y agradeciendo no haber tenido hijos con ese hombre.
Desde entonces, Pancracia fue incapaz de volver a probar el arroz en ninguna de sus variantes.
Ahora, con casi treinta años, seguía evocando cada noche, la forma en que ese hombre solía despertarla...
La herida del ojo de Sebastiana no le permitió observar con claridad las imágenes del desfile de modas en el que Cristal deslumbraba a todos, incluida Victoria, su verdadera madre y madre adoptiva de Luis Alfredo...
-¡Parece mentira que alguien se ensañe tanto con una misma persona! –rezongó Pancracia.
Sebastiana vinculó la frase, instantáneamente, con la cara de Libertario, que siempre le recriminaba su comportamiento con afirmaciones similares. No obstante, ella aseguró:
-¡Es que es mentira, es una telenovela!
-¡Cuando se entere de que es su hija, se va a querer morir después de todas las maldades que le hizo a la pobre chica! –comentó, otra vez Pancracia.
-Pero es su madre, la va a terminar perdonando... –aseguró Sebastiana.
Esos últimos días, todas las mujeres de la casa se mostraban algo inquietas...
Cada una tenía sus motivos...
Adelina andaba cansada de los cargoseos y presiones de Baltasar Mesa...
Selmira estaba extrañando más que nunca a su hijo, y añoraba la presencia permanente de un hombre que la quisiera a su lado, aunque fuera suya la culpa de espantar a Narciso Bustamante...
Azucena caía en la cuenta de que ya ninguno quería pagar para estar con ella...
Sebastiana lamentaba no tener noticias de su mamá, contándole cómo había estado la boda de Ceferina...
Eduviges, a su vez, rememoraba la buena vida que supo tener junto a su esposo y su hijita...
Y, finalmente, Pancracia, estaba contrariada porque sí.
El mundo le temblaba a sus pies cuando vio entrar a la casa a Justino Balcarce que tuvo que apurarse cuando notó que una lluvia inclemente lo perseguía. Sebastiana abandonó el sillón de la salita para colgarle en el perchero el piloto empapado que traía puesto, a la vez que el resto de las mujeres corría de un lado a otro para cerrar puertas y ventanas.
-¡Ah, muy bien! –la felicitó Justino, cuando la vio aparecer con el florero listo con agua limpia.
-¡Qué ramo más hermoso...! –aclamó Sebastiana, conmovida por semejante belleza.
El diario que le trajo especialmente para ella, había escapado del aguacero, saliendo ileso, así que diligente, la muchacha agradeció el gesto y le quitó la ropa mojada. Desnuda ella también, fueron recobrando los sentidos con el sexo, al tiempo que perdían en el camino lo que les quedaba de aliento.
Ajustes en el plan austral
El conjunto de medidas llamado australito, contempla el aumento salarial para paliar el deterioro que sufrieron los sueldos de bolsillo. También, supone un ajuste en los gastos públicos, con la creación de un impuesto y un nuevo intento de reforma del Estado.
Cabe destacar que el proyecto fue diseñado por el flamante ministro de trabajo Carlos Alderete, de clara extracción sindical. Recordemos que Alderete fue nombrado por Alfonsín con intención de limar asperezas con el sector gremial, especialmente con el llamado “grupo de los 15”...
Fin de la rebelión de Semana Santa
“Compatriotas, felices pascuas”. De esta manera, el presidente Raúl Alfonsín, anunció el final del levantamiento militar. El primer mandatario se dirigió ante una multitud agolpada en Plaza de Mayo, luego de entrevistarse con el líder rebelde, Aldo Rico.
Cuando las negociaciones, a cargo del ministro de defensa se habían estancado, el presidente se condujo a Campo de Mayo, dejando trascender la decisión de relevar de su puesto al general Ríos Ereñú del mando del Ejército. En tanto, se anunció la instrumentación y encuadre de la obediencia debida, según lo establecía un inminente fallo de la Corte Suprema de Justicia en la llamada Causa Camps. Dicho reclamo, conformaba una de las principales peticiones de los insurrectos.
En su discurso, el presidente, comunicó que los militares alzados, habían depuesto su actitud frente a la respuesta popular de respaldo a la democracia.
Monte Seco abre su mercado
El intendente Damiano Suárez, inauguró el mercado de hacienda local destinado a manejar el comercio rural de la región. Tras un largo discurso inaugural, Suárez destacó que nuestro pueblo “es un ejemplo de progreso y bienaventuranza”...
Arroyo Agrio abre sus puertas a las inversiones
Nuevas inversiones privadas arribaron al vecino pueblo para radicarse con el afán de impulsar la creación de nuevos puestos de trabajos, a través de una fábrica de calzado. Asimismo, los responsables del proyecto, explicaron que la construcción de la empresa, demorará alrededor de seis meses...
-¿Entendiste algo de lo que leíste?
-¡Ni media palabra, soy un poco bruta yo! ¿Pero no es cierto que algún día usted me va a explicar?
-¡Cómo no, cuando quieras! ¡Ahora mismo, si tenés ganas...!
-No, mejor ahora no, ya me aburrieron las noticias...
-¿No hay nada que pueda hacer por vos?
-No necesito nada, gracias Justino...
-¿Siempre vas a ser tan reticente a dejarte ayudar?
-¡No me rete, que por lo menos ya lo llamo por su nombre...! Tal vez algún día precise algo... Entonces, y se lo prometo, usted va a ser la primera persona a la que recurra.
-¡Así me gusta! ...Pero apurate, no sea cosa que me muera antes...
-¡Ni en broma diga esas cosa! –lo retó.
-¡Contame ya qué dice la carta! –le pidió Adelina.
-¡Tomá, leela vos misma!
-Prefiero que me la leas vos, en voz alta... –insistió la otra.
-“Hola Sebastiana...” bla, bla, bla, bla, bla, nada de esto te interesa... En realidad, me pregunto ¿qué es lo que esperás que él escriba...?
-¡Que te ama, que quiere que te vayas con él, ¿qué otra cosa?! –aseguró con toda su naturalidad.
-Ya te adelanto que no dice nada de eso...
La correspondencia era una metodología anticuada y anacrónica, bastante obsoleta, un elemento más de la marea que distanciaba a éste y otros pueblos de los avances contemporáneos y renovaciones culturales.
¡Pueblos suspendidos en el tiempo!
¡Habitantes sumergidos en un adormecimiento generalizado!
…Como te decía, la carpintería no está del todo mal, pagan bastante, pero no me gusta porque me duelen los dedos lastimados como para dedicarme a escribir la noche entera como pretendo.
-¡Ah, de eso, ni una palabra a Selmira! –le advirtió a su amiga-. ¡Vos, que sos tan bocona...!
-¿Cómo puede ser que con todo lo que hace esta mujer por él, este canalla la engañe...?
-Sus motivos tendrá... A parte, ése no es asunto nuestro...
A pedido de Sebastiana, le contaba lo más fielmente posible todo lo que vivía... Era, que ella quería enterarse de sus historias y, aunque sabía que a veces le mentía un poco, no le importaba... Porque cuando Libertario no tenía qué escribirle, le inventaba algo entretenido para deleitarla.
¡Los mil lugares que no conocerá y que solamente podrá admirar a través de las palabras de Libertario! Sebatiana imaginaba, y entonces, sin el menor esfuerzo, su cuerpo salía a volar... Experimentaba en carne propia lo mejor de otras vidas... ¡El universo terminaba quedándole pequeño si las historias de Libertario habían sido escritas con inspiración!
Por su parte, cuando le escribía, él, trataba de ser lo más dedicado posible... Libertario era conciente de que con sus relatos, la rescataba de la mediocridad de su realidad...
“Las buenas historias no se escriben con lapiceras que funcionan a medias”, analizaba Libertario, mareado por la lejanía...
¡Días amargos...!
Después, en la carta, Libertario le narraba sus aventuras amorosas con jóvenes ávidas de experiencias... Estudiantes universitarias, vecinas, vendedoras; en todas ellas buscaba hallar el más sublime placer entre sus sábanas...
Detallaba sus conquistas amorosas, sus proezas sexuales... Así se lo había exigido Sebastiana: “quiero saber cómo amás cuando no hay amor de por medio”.
-¡Este sinvergüenza me va a escuchar! –dijo Adelina como anuncio de una futura reprimenda-. ¡Si quiere putas, ¿para qué las busca tan lejos...?!
Al instante, las dos empezaron a reír, cada vez con más ganas, descargando vaya a saber qué angustia.
-¿Y esta hoja, por qué me la estás ocultando? –Adelina se puso seria al ver el papel asomándose por el bolsillo la Sebastiana-. ¡Dámela! –le ordenó con la autoridad que le otorgaba la amistad.
Le echó un vistazo general, reconoció la continuidad de la letra de Libertario como dibujos indescifrables.
Se trataba de una segunda parte de la carta, donde prácticamente, se retractaba de lo que antes le había escrito...
-Leeme esto también, no te pienses que no te descubrí que me estás ocultando algo...
La vida me queda grande si no estás a mi lado…
Porque todo lo que antes me servía, ya no existe…
¡Porque la vida se me cambió con una mirada tuya!
-¡Pero te dice cosas muy bonitas...! –afirmó Adelina.
-Sí, por eso –reconoció Sebastiana-. ¿Sigo?
-¡Te mato si no lo hacés!
Sueño con tu voz diciéndome: ¡amor, levantate que es tarde y el desayuno ya está preparado!
Extraviado, me alcanzaría, acaso, con tenerte el resto de mi pobre vida.
¡Sería feliz mientras durmieras al otro lado de mi cama!
Hipnotizado por una rutina que hacés que se convierta en imposible…. Porque la realidad me cachetea por iluso.
¡La escenografía del desamor!
Me cortás las alas a cada momento fruto de tu desaliento, así que me va a costar mucho volar, pero todo me costó en esta vida…
Si me dieras la chance de demostrarte que estás equivocada…
-...Si no te la leí fue porque no quería que te entusiasmaras... –dejó de lado la carta para explicarle a Adelina sus razones...
-¡Tonta, vos sos la que se tiene que entusiasmar!
¡Míseros placebos!
Ninguna se parece a vos, aunque tampoco me quieran…
-¿Fuiste capaz de decirle a Libertario que no lo querés?
Pero Sebastiana no le respondió más que con su silencio, como casi siempre hacía con Libertario.
Igualmente, Adelina no esperaba ninguna excusa, no le importaba...
Es tan duro vivir así, sabiendo que la mujer que amo no está entre las que veo en un bar o con las que me cruzo en la calle…
¡El yugo de la soledad!
Mi fracaso, tu antipatía; mi dolorosa inspiración.
-¡Pero qué cosas más románticas que te escribió, por Dios! –exclamó.
…A priori, te amo.
A posteriori, no te lo merecés…
-¿Qué habrá querido decir con eso? –preguntó Sebastiana.
-No tengo ni la menor idea... ¡Seguí leyendo!
Pero como no puedo hacer nada al respecto, ni existe factor que modifique mis sentimientos, comprendo que mis razonamientos y conclusiones lógicas, literalmente, se me van al carajo.
-Por lo que entiendo –soltó Adelina-, está enojado y dolido...
-Yo diría que está más enojado que dolido...
A lo mejor, algo se me ocurrirá para distraer mi cabeza de vos. Y si no, me voy a morir pronunciando tu nombre y clamando venganza.
¡Para morir sólo hace falta estar enamorado!
-¡El pobre está diciendo que se va a morir de amor...!
-¿Escuchaste la parte de la venganza? –le preguntó Sebastiana, como pidiéndole que también la defendiera un poco a ella.
Pero morir no sería tan grave si no fuera porque te perdería…
¿Seremos capaces de aprender, a pesar de mi desilusión y tus resquemores?
¡Ensañamiento de tu lado, e incosciencia de mi parte!
Me debato en cómo definirte: no sé si sos injusta, insensible o te regocija hacerme sufrir…
Entonces, cualquiera sea la visión correcta, ambos deberíamos rever nuestros comportamientos: vos, sacándote de la cabeza que yo soy tu contrincante, para dejar de lado tu crueldad, y yo, por mi parte, tendría que desenamorarme un poco, o nos iremos convirtiendo en enemigos.
¿Llegaremos a ser, algún día, ángeles que se repongan a la caída estruendosa y sobrevuelen el vacío que deja el desamor? Porque el amor nos devuelve las alas que fuimos perdiendo al crecer…
Estoy esperando a que te decidas, ahora todo depende de vos… Porque de los dioses no se puede esperar nada… Porque si los dioses fuesen capaces de enamorarse, me entendería y me ayudarían…
¡Dioses que sólo saben de prohibir y castigar!
¡En cambio yo sí soy un verdaero dios, yo sí puedo amar!
“Un dios disfrazado de persona”, interpretó Sebastiana...
-¡Dios mío, este hombre es un poeta! –exclamó Adelina emocionada...
¡Un dios terrenal! Uno, cargado de vicios y caprichos…
Un dios al que dejás desarmado… Sos la única mujer que me corta el aliento cuando me mira…
-¡Ves, que él te ama de verdad...! Con un amor sincero y perdurable, no como el que nos jura la mayoría de los borrachos que vienen acá, y nos suavizan el oído para que les hagamos un descuento... –ratificó Adelina.
Cuando quiero tenerte para amarte…
Cuando quiero matarte…
¡Cuánto más te busco en otras, me pierdo con mayor facilidad!
Como sé que le vas a leer esto a Adelina, aprovecho para mandarte besos y a pedirte que me ayudes a convencer a esta insensible, porque tengo razón, porque sé que vos me entendés, Ade, porque sabés que la amo.
Volviendo a vos, me pierdo en tus ojazos… Acaricio el aire evocando tu piel… Extraño tu lengua… Necesito tu sexo… Y el resto de cuánto te deseo, prefiero guardármelo para decírtelo para cuando nos encontremos y pueda verte de frente.
Probablemente me muera sin escuchar que me amás; aunque ahora, te extraño tanto que no me interesa el futuro… Me encantaría estar viéndote la cara mientras leés esto…
“Pero si te morís, ¿quién quedaría para amarme?”, pensó ella, al escuchar el párrafo releído para Adelina.
¡Me quitaría la vida para que veas lo que hiciste de mí!
…Pero no soy tan tonto, a parte, sé que no te importaría.
A lo mejor, un día, te atrevés vos misma a matarme de verdad y no solamente con tus palabras, ¡esto sería lo más justo!
Sin embargo, si me conocieras un poquito, más allá de este desaliento temporario, ya tendrías que saber que no voy a bajar los brazos hasta conquistarte.
A tu cuerpo accede cualquiera, por eso, lo que busco es otra cosa, y con un poco de eso distinto, un poquito más de esa otra cosa, me alcanzaría… Así se espantarían los fantasmas y demonios y, entre tus manos, ya no habría lugar para los trozos de las pieles de los otros.
No se puede rehuir de la responsabilidad de sentirse amado…
¡Cuando se nos venga abajo este cielo, te quiero conmigo!
Tal vez debería raptarte, ¿por qué no? ¡¿Cómo no se me ocurrió esto antes, secuestrarte y llevarte a vivir a otro mundo?! …Entonces, huiríamos juntos para dormir muchas horas seguidas uno pegado al otro… Pasar de largo con la noche y, al día siguiente, cuando me sintiese satisfecho, me dedicaría a despertarte con caricias. ¡Necesito tanto esto! …Porque en esa casa es imposible si todo el tiempo golpean a tu puerta buscándote, diciendo tu nombre.
¡Alguna de estas cosas podrían convencerte, ¿o no?!
-Y vos, ¿qué tipo de cosas le contás en tus cartas? –le preguntó Adelina.
-Ninguna... Yo no le respondo –aseguró-. No me gusta escribir y las cartas me parecen una pérdida de tiempo... –dijo, sin saber que un día tendría que escribirle una carta a Libertario.
-¡Las cartas son románticas!
-¡Por eso! Además, si tengo algo para decirle a alguien, se lo digo de frente, personalmente, o a lo sumo, por teléfono...
-¡Bien que te ponés contenta cada vez que recibís una carta de Libertario! –afirmó Adelina, para darle un reto-. Sos una malagradecida...
-¿Sigo?, ya termina...
-No, me enojé, no quiero escuchar más...
Pero Sebastiana releyó, aunque en silencio, el último párrafo de la carta que decía así:
¡El amor se adhiere a uno!
El amor es una responsabilidad, el mayor acto de compromiso que se le puede ofrecer a una persona este mundo… Pero tal vez, vos todavía no te diste cuenta…
Continúa en la próxima entrega…
La inquietud se le notaba en su cara marchita. Siempre pensaba que ésa sería la última vez que se despediría de su hijo. A su vez, otro tipo de preocupación la invadía desde hacía unos días atrás. ¡Sebastiana no era adecuada para Libertario! Estaba segura de eso... Pero, por otra parte, sus divagues se compensaban cuando caía en la cuenta de que había sido ella misma quien metió a su hijo en la cama de la joven.
Estaba molesto, Sebastiana se había hecho la dormida para no tener que despedirse de él. ¡Una completa bancarrota emocional...! Lo asaltaron las dudas, ¿podría continuar por mucho tiempo con aquel amor, sabiendo que nunca la tendría plenamente? ¿Podría contener su furia ante una mujer que igual se daba a él como a los otros?
-¡Te dije que no te enamoraras de ella! –le recordó Selmira, conciente de que su hijo estaba sufriendo-... Ella es...
-¿Qué es? –le retrucó levantándole la voz a su madre por primera vez.
-¡Prostituta!
-¡Como vos, y te amo igual!
Después se subió al micro y Selmira se quedó rezongando sola.
Con su amor a cuestas, no podía aspirar a una salida más elegante...
En la parada del colectivo, Selmira lo volvía a ver partir. En la intimidad de su casa le había dado muchos besos, prefería evitar las demostraciones estruendosas en público, su vida ya era lo bastante escandalosa a la luz de los ojos de cualquiera que pisara Arroyo Agrio. Porque así era, los hombres habían pagado por entrar a su cama, ahora lo hacían para estar junto a las muchachas de su casa, pero la despreciaban con la misma intensidad con que la habían deseado.
Adelina entró a su cuarto convencida de que la encontraría llorisqueando por la partida de Libertario... Muy por el contrario, Sebastiana continuaba tendida en la cama, desperezándose, pretendiendo embeberse de la realidad para recomenzar un nuevo día.
-El pobrecito se fue muy desanimado... –atinó a revelarle a su amiga.
-No sé, no vino a saludarme así que no lo vi... –argumentó falsamente Sebastiana.
¡Desahucios y despedidas!
-¿Por qué fuiste tan dura con él...? Libertario no se lo merece... ¡Estaba tan desmoralizado...! –se animó a recriminarle.
-Porque cuando a un hombre lo tratás como a un dios, te paga siendo un hijo de puta, y si lo tratás mal, te venera como a una diosa...
-¡No seas tan mala, él te ama...!
-¡Sí, cómo no! –afirmó, burlándose.
-¡Y vos también lo amás...!
Enojada, la boca de Adelina se pobló de reclamos cuando notó que estaba pisando una pequeña hoja arrugada que Libertario había arrojado por debajo de la puerta de Sebastiana cuando la encontró cerrada con llave, en el momento en que pretendía saludarla antes de marcharse.
-¿Qué es esto? –preguntó en voz alta Adelina y postergó sus retos.
-Es una nota de Libertario, escuché cuando la tiraba...
-¿Te parece bonito? ¿Por qué no le abriste?
-Porque no tenía ganas... Y sí, Libertario es un hombre muy bonito –afirmó.
-¡No él, lo que vos le estás haciendo...! –destacó.
-¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? –repreguntó Sebastiana.
-¡Amarlo como corresponde y como él se merece!
-¿Para que se ilusione con que tenemos futuro…? ¿Para que sufra más todavía cuando se dé cuenta al fin, de que lo nuestro es imposible?
-¡No lo tendrías que haber peleado, es un pan de Dios...!
-No importa, después nos reconciliamos... ¿Qué dice la nota?
-¡Tomá, es para vos, leela vos! –aseguró, entregándosela y retomando los reproches.
Entonces, Sebastiana leyó lo que le transmitía aquella letra firme, breve, y escrita con una lapicera no andaba bien del todo:
Incluso el amor más ingrato,
sigue siendo amor…
-Suena a despecho... –afirmó Sebastiana.
-No, suena a hombre enamorado que sufre desesperadamente... –le retrucó su amiga.
Al retornar a la gran ciudad, Libertario durmió todo un día seguido.
¡Amarla o morir!
“¡Necesito que me ames, a cualquier precio...! Aunque no pueda pagarlo…”, su mente no podía apartarla.
Lejos de Sebastiana, su cuerpo se quedaba a la deriva... Sus ojos derrapaban por las calles repletas de mujeres extrañas... Sus manos anclaban en cuellos suaves y accesibles, pero que no se parecían en nada al cuello de ella. Entonces, era cuando más se esmeraba en la búsqueda del deseo, como recriminándole a su piel por no sentir lo mismo.
Había sido la casualidad la que lo condujo a Arroyo Agrio. Cristaldo Samudio había equivocado el camino cuando se dirigía de la Gran Ciudad a Monte Seco. Un par de años atrás pensó que estaba tomando un atajo y el desvió lo mandó a parar al centro de Arroyo. La oscuridad lo había amedrentado de volver a adentrarse en la ruta, así que se decidió a pasar la noche en ese pueblucho y, por la mañana, dedicarse a buscar el mejor trayecto para llegar al lugar donde lo esperaban los compradores de seguros. Entonces, alguien le habló de la pensión de Isidro y hasta allá se fue.
Isidro y sus dos hermanos habían heredado el pequeño hotel de sus padres muertos en un accidente de tren, camino a la costa, donde después de treinta y cinco años pretendían revivir su luna de miel.
Cada uno de los hermanos tenía una personalidad determinada y, mientras compartieron el manejo del negocio familiar, jamás pudieron ponerse de acuerdo en nada.
Fausto Arriaga era el mayor, un hombre recio, fuerte, mandón y malhumorado, casado con una mujer intolerante. Le seguía Elizabeth, una muchacha recientemente viuda, inteligente y sagaz, pero demasiado mujer en esta tierra manejada por machos autoritarios. El menor era Isidro, el único tan inescrupuloso como para sacar el negocio adelante.
Con la muerte del padre, Fausto se hizo cargo de la familia, y las disputas de poder entre los hermanos transformaron a la pensión en un caos. Cuando uno se hacía cargo de la administración, celosos, los otros dos boicoteaban la cocina y demás...
Fausto Arriaga fue el que le puso fin a las ínfulas de su hermana que pretendía publicitar la pensión, llamándola hotel, buscando embellecer el lugar invirtiendo en pintar los cuartos. Pero el mayor no quería desprenderse ni de un centavo, sólo buscaba sacar ganancias. Finalmente, tras varias tratativas, sin dificultades, se sacó de encima a Elizabeth. La casó, por segunda vez con un hombre viejo y bastante rico, para evitarse reclamos monetarios de su cuñado.
Entonces, solamente quedaron dos rivales. Competían en todo: ¿cuál de los dos tenía una mejor familia? ¿Cuál esposa era más bella? ¿Quién producía más ingresos que el otro? El rubro de la fuerza no fue abordado, Isidro Arriaga era perfectamente conciente de que el mayor sería el triunfador.
Cada uno por su lado ideaba formas para saldar el estorbo que el otro representaba para sus ambiciones personales…
El primero en arremeter fue Isidro, y lo hizo tan magistralmente que Fausto no fue capaz de replicar.
La esposa de su hermano era celosa, e Isidro lo sabía; era también intolerante, y él se aprovecharía de eso. De a poco fue sembrando en su cuñada dudas sobre la estabilidad de su matrimonio, instaló la sombra de una segunda mujer... Y la señora de Fausto Arriaga lo decidió por él y por todos. Mudó su familia a un pueblo más al norte exigiéndole a su marido que la siguiera o que se preparara para las consecuencias. Fausto bajó la voz y la cabeza para obedecerla, como siempre.
Así fue como Isidro se consagró como el único dueño de la pensión en la que puso a trabajar a sus tres hijos: Eugenio, el más grande, quien se encargaba de negociar con los proveedores; Élmer, que sabía administrar las finanzas, ocupándose entre otras cosas de organizar al personal y evadir impuestos; y la menor, Florinda, la hermosa encargada de la cocina y de socializar con los clientes.
Esa noche, se trató de una de las más bonitas del siglo, y para Cristaldo, poder admirarla paseando por las calles vacías del pueblo, resultaba un milagro.
En la pensión le dieron un cuarto, y en el comedor cenó algo liviano; después, salió a pasear y a contemplar el cielo como si fuera un tapiz de estrellas.
En el umbral de la casa estaba ella tomando aire, refrescando su piel. Cristaldo la miró y, enseguida, comprendió qué significaba la figura esbelta de la joven que le sonreía.
Sebastiana no supo responderle cuando le preguntó sobre el precio, esas cosas las arreglaba Selmira.
-¡...Pero entre y averigüe todo! –remató.
Hacía casi dos años, más o menos, fue aquello lo que sucedió...
Ahora, sin errar la dirección, sin dudar acerca del camino que estaba tomando, cada vez que tenía que recorrer esa zona, se daba una vuelta por la casa de Selmira.
Cristaldo Samudio pedía exclusivamente por Sebastiana, pero como ella, todas las mujeres de allí, tenía un grupito de clientes que las prefería a cada una por sobre las demás.
Se dirigió al cuarto de la joven y antes de entrar golpeó la puerta. Su modo de saludarlo, fue amistoso, afectuoso y sereno.
-¡Hola, tanto tiempo, te hiciste extrañar...! –le dijo.
-¡Acá estoy! ¡Cuánta efusividad!
-Es que es bueno ver, al menos cada tanto, una cara amigable –le explicó.
-¿Todo bien? –preguntó él, en verdad Sebastiana se mostraba rara.
-Sí, ¿y los tuyos...?
-También bien.
-¿Por cuánto tiempo te quedás esta vez?
-Poco, mañana mismo tengo que estar en otro pueblo...
-¡Qué lástima! ¡Parece que hay mucha gente que necesita asegurarse la vida!
-En realidad, hay demasiados que tienen que pagar cuotas atrasadas...
-¡Vamos a lo nuestro, no perdamos más tiempo, entonces...!
Al retornar a la pensión, buscó el teléfono semipúblico y llamó a su mujer. Le avisó que había llegado bien y que tardaría en regresar algunos días más... Se alarmó un poco cuando Dolores le contó que el menor de los niños tenía un poco de temperatura, hasta que se fue a hacer una siesta para reponer energías antes de volver a tomar la carretera.
La señora Ofelia pidió hablar con su hija y Eduviges, que había sido la que atendió el llamado, le avisó a la muchacha.
La conversación fue breve, resultaba que a su mamá le habían surgido nuevos inconvenientes... Parecía que Ernesto tenía que tomar unos medicamentos costosísimos para el asma... También pasaba que Ceferina se estaba por casar y alguien debía comprarle el ajuar y algunas otras cositas...
Sebastiana asumió, por el tono de demanda que traía aquella voz, que debía ser ella la que se hiciera cargo de costear los gastos. Aceptó la responsabilidad y quedó en que le mandaría más dinero del acostumbrado.
Por otra parte, la charla fue breve porque Sebastiana prefirió no preguntarle ningún detalle acerca de la identidad de novio, ni la edad del futuro marido de su hermana, o la forma en que se arregló el compromiso; años más tarde lo sabrá todo, aunque no será por boca de su mamá.
Al colgar, armó el sobre con los billetes y llamó a la oficina de la sucursal del correo para pedir que mandaran a alguien para retirar el encargo.
…Al rato, el bueno de Arnulfo golpeaba la puerta.
-¡Siempre tan diligente, usted...! –lo saludó, y le entregó la carta.
-Dijo que era urgente, señorita...
¡Arnulfo era el único en este mundo que la llamaba “señorita”!
-Sí, digamos que hay cierto apuro...
-¿Algo más para que me lleve? –preguntó y, mientras lo hacía, se le iba sombreando en la cara una sonrisa...-. ¡Un día de estos, me voy a atrever a trasponer esta puerta...!
-¡Cuando usted guste! ¡Va a ser un placer recibirlo en esta casa...! –le aseguró Sebastiana.
A Selmira se le quebró la voz cuando tuvo que llamar a Adelina para que se ocupara de atender al jefe Romualdo Montenegro. Ambas recordaban lo que ese hombre le había hecho pasar a la muchacha, lo detestaban, pero a la vez le temían demasiado como para cerrarle la puerta en la cara.
Por la época en que Selmira enviudó, cuando comenzó a manejar, a modo de resarcimiento, a las chicas que su esposo había pervertido, un atardecer sombrío se encontró frente al jefe Montenegro que le pedía dinero a cuenta de nada.
-No señor, las cosas cambiaron en esta casa, ¡ya no hay más plata! –le había dicho.
...Selmira, aún paladeaba textualmente las palabras que había empleado.
-Selmira, Selmira... Acordate que Amílcar siempre me pagaba a término –insistió él-. Por algo sería, ¿no te parece?
-No me importa, acá se terminó lo que se daba y ahora la que manda soy yo...
-¡Mierda! –Gritó el jefe-. ¿Por qué me toca lidiar con mujeres? Selmira, quiero que me entiendas por las buenas... ¡Siempre es más fácil tratar con los hombres! –renegó al cielo-. ¡Con ustedes no se puede razonar, solamente entienden a palazos...!
-¡Yo entiendo claramente, y le digo que no! –soltó Selmira, a la vez que pensaba: “¿por qué no te vas a negociar con Amílcar al infierno?”.
-Muy bien, ¿estás segura de que ésa es tu última palabra?
-¡Sí!
-Veamos... –Romualdo Montenegro paneó con su cabeza por el living de la casa-. ¡Vos, ¿cómo te llamás?! –le preguntó a Adelina.
-Adelina, señor.
-¿Cuántos años tenés?
-Dieciocho.
-¡Mentís! –gritó, dándole una cachetada-. ¿Cuántos años tenés? –repitió.
-Dieciséis –reconoció, a pesar de que ella sabía que debía ocultar su edad.
-Estás detenida.
A partir de allí, todo fue revuelo y confusión. Adelina lloraba y le rogaba a Selmira que la ayudara, que no permitiera que se la llevara... El jefe Romualdo Montenegro explicaba las razones del arresto, por las que la joven quedaría demorada en la comisaría hasta que un juez de menores interviniera para mandarla a un reformatorio... Selmira procuraba hacer reflexionar al hombre, invitándolo a pensar mejor las cosas, asegurándole que ese problema se podía resolver de otra forma más civilizada...
-¡Es tarde para eso, mujer! –había sostenido Montenegro, saliendo de la casa y arrastrando consigo a Adelina que se resistía a irse.
Desesperada, Selmira pensaba en qué podía hacer... Por un segundo resolvió llamar a Narciso Bustamante para pedirle ayuda, pero ella jamás lo había molestado en su casa por no causarle problemas... Pero se decidió a hacerlo, éste era un asunto de fuerza mayor, y cuando por fin la atendieron, la voz de una empleada doméstica, le explicó que el señor estaba de viaje.
Pancracia y Azucena lloraban como niñas... Libertario volvía de la escuela, y Selmira sentía que no podía darse el lujo de quebrarse... ¡Debía actuar! “Ya es tarde”, fluían las palabras del jefe en su cabeza. ¡Nada quedaba por hacer! Había logrado enfurecer al hombre que le aseguró que ya era tarde para arreglar las cosas...
El anochecer se insinuaba, y Selmira no tuvo reparo en agarrar su cartera y caminar hasta la comisaría. Dio pasos firmes y veloces, sorteando el escollo que significaba andar con sus tacos sobre las baldosas desparejas de la vereda. Cinco cuadras, nada más... Al llegar, recuperó el aliento para no mostrarse tan vulnerable y, cuando se sintió en condiciones de volver a hablar, pidió ver al jefe.
-Acá está su dinero, y más todavía... –pronunció-. Ahora deme a la chica.
-No sé cómo pensarás que se manejas las cosas, Selmira, en tu casa mandarás vos, pero acá nadie me dice lo que tengo que hacer...
-¡Por favor! –soltó casi al borde del llanto.
-No te preocupes mujer, estamos en paz, un error lo tiene cualquiera, lo importante es aprender, escarmentar de nuestras equivocaciones... No pasa nada... ¡Andate tranquila, que mañana, a primera hora, la tenés en tu casa!
Selmira se marchó de la comisaría, pero en ella no había lugar para la tranquilidad. Fumó y esperó sentada en el sillón de la salita a que le devolvieran a Adelina. Pasó toda la noche en vela, y pareció a propósito, ningún cliente entró a la casa ni siquiera para distraer... El tiempo se detuvo, demorando el arribo del amanecer, incrementando la ansiedad...
Al rato de cansarse de maldecir, oyó el sonido de la puerta de un auto que se cerraba. Efectivamente, el único patrullero con el que contaba la policía del pueblo, llevó a Adelina hasta la casa.
El oficial abrió la puerta del coche y empujó a la muchacha para que se bajara. Selmira salió a la calle corriendo y se encontró con la joven que quería como a una hija medio muerta, o eso parecía, sobre el piso humedecido por el rocío de las primeras horas de la mañana.
-¡Cielo santo! ¡Válgame Dios! –exclamó Selmira al verla.
La habían arrojado del auto y dejado en la calle, como si no pudiera ser otra cosa más que una bolsa de basura.
Adelina había sido golpeada, violada, se encontraba débil y le sangraban las heridas. Fue atendida de urgencia por el doctor Corso Perrone que suturó un par de cortadas y alivió sus dolores con un potente analgésico. La muchacha necesitó de al menos dos semanas completas para recuperar cierta compostura.
...Después de darle unos cuantos billetes al jefe Romualdo Montenegro, Selmira llamó en voz alta a Adelina, para que lo atendiera a lo largo de las horas que el hombre creyese precisas. La chica acudió al grito de su nombre y subió a su cuarto junto a Montenegro, recordando que ella nunca quiso contarles a las otras mujeres, ni siquiera a Selmira, que consideraba una madre, lo que había sucedido aquella lejana noche en que estuvo demorada en la comisaría. Reconstruyó que a penas había dicho que el jefe Montenegro se la entregó a los guardias de turno para que se entretuvieran durante las horas de vigilia.
Elías Linares era el tipo más raro del mundo, al menos del mundo de Arroyo Agrio. Ni bien entró a lo de Selmira, le pagó por adelantado sólo para hacerse del derecho de hablar con Sebastiana como acostumbraba. Para arreglar cuentas con el hombre, Selmira tuvo que interrumpir una discusión que, otra vez, estaba teniendo con el insistente Baltasar Mesa que, de nuevo, se había puesto un tanto nervioso. Elías no hizo caso de la escena, ya tenía bastante con sus propios tormentos... Y fue en busca de la habitación correspondiente.
Él no lo sabía, pero era un hombre afortunado... ¡El amor podía hacer a una persona, la más dichosa o la más infeliz! ...Todo variaba si se trataba del amor correcto o no... ¡Y a Elías Linares, una buena mujer lo amaba sinceramente!
Se tendió sobre la cama, y Sebastiana, a su lado, se recostó inclinándose sobre su pecho, como siempre hacían. ¡Dinero fácil! Elías, solamente exigía que la joven lo escuchara, mientras que él le acariciaba el cabello...
¡Elías estaba de para bienes porque la mujer que lo amaba existía en este universo! ...Sabía expresarle su afecto y demostrárselo; y también en su realidad estaba su esposa.
-Pero Isabel nunca te va a dejar vivir en paz... –afirmó ella que estaba interiorizada de los pormenores del caso.
-¡No sé qué hacer...! ¡Nunca voy a poder dejarla...!
-¡Vas a tener que hacerlo si querés ser feliz! Ella va a apelar a todo lo que esté a su alcance para retenerte, pero no podés permitírselo... –le explicó Sebastiana.
-Rosario me dijo que no me puede esperar más, que ella quiere casarse, tener hijos... Que si no es conmigo va a tener que ser con otro... Que no se va a hacer vieja esperando que me decida... Pero yo no puedo darle todo lo que ella se merece.
-¡Sí que podés! ...Y es lógico que te exija, que te apure, te ama y quiere que seas para ella.
-¡Es que no sé qué hacer!
…Al rato de eternizarse en el silencio, Elías se levantó de la cama, la besó en la frente y se marchó.
Detrás del hombre que traspasó la puerta de entrada, se divisó la desgarbada figura de un niño, que lo seguía, arrastrando los pies.
-Este no es un lugar para traer a criaturas... –le recriminó Selmira al cliente.
La dueña de casa probablemente supuso que Próspero Ochoa había encontrado una buena excusa para alejarse de su señora, con el pretexto de sacar a dar una vuelta a su hijo...
-No, mujer, mi muchacho vino a hacerse hombre –le explicó enseguida.
Selmira no estaba dispuesta a preguntarle a Próspero cuántos años tenía el chico, o si había sido él mismo quien incentivó al padre para que lo llevara... Así que se limitó a tomar el dinero de Próspero Ochoa e invitó a Desiderio a permanecer sentado en la sala a la espera de que el hombre disfrutara de su media hora en la cama de Sebastiana.
Desiderio se quedó más que quieto, inmóvil sobre el sillón, sin emitir sonidos, hasta que fue el propio Próspero el que le indicó que había llegado su turno. Después, con una naturalidad y una sonrisa que su hijo no le conocía, le marcó la puerta en la que debía entrar.
Sebastiana lo recibió desnuda, y el pequeño que, ni siquiera había visto en ropa interior a su madre, se deslumbró al mismo tiempo que se sintió algo asustado. Por su parte, ella también se llevó una sorpresa, no esperaba encontrarse con un niño...
Le sugirió que se sentara; la cama, con excepción del piso, era el único lugar donde alguien se podía sentar en esa habitación. Desiderio la obedeció y, cuando Sebastiana pretendió desabrocharle el pantalón, se echó a llorar. Instantáneamente, ella se detuvo y no encontró en su garganta las palabras para calmarlo o conseguir, al menos, que el chico dejara de temblar.
-¿Cuántos años tenés?
-Doce.
-Bueno, te voy a decir algo: quedate tranquilo que no te voy a hacer nada –le dijo torpemente-. No me tengas miedo...
-Perdón –se disculpó Desiderio-, es que no sé qué es lo que tengo que hacer...
Sebastiana, que no estaba acostumbrada a ese tipo de diálogos, le dedicó una amable sonrisa. Se sentó a su lado, apartando el acolchado y se quedó callada.
-Me quiero ir a mi casa –pidió por fin Desiderio Ochoa.
-Está bien, como vos quieras... –lo consoló sintiendo pena por él.
-Pero mi papá se va a enojar...
-No, si no se entera –le explicó.
-¿Y cómo?
-...Que no tenemos que contarle la verdad... En unos minutos bajamos y le decimos que todo estuvo bien y punto.
Así lo resolvieron, así lo hicieron... Por eso, Desiderio se ganó unas palabras llenas orgullo de parte del padre y una efusiva palmada en el hombro.
-¿Qué tal estuvo? –le preguntó el hombre a Sebastiana.
-Bien, por ser su primera vez, bien...
Ella, sin dudas mentía muy convincentemente porque Próspero no dudó ni por un segundo.
-¡Qué grande mi muchacho!
El pequeño se dejó elogiar, evitando mirar de frente a su padre, cuando Sebastiana los despedía abriéndoles la puerta. De pie en el umbral, saludó a Próspero Ochoa sin efusividad y, antes de meterse a la casa, le guiñó un ojo a Desiderio.
Telmo Pallares la golpeó pero ella permaneció callada para no alarmar a las otras en la casa, erróneamente pensaba que podía controlarlo por sí sola...
-¡No me mires así que sé que te gusta...! –dijo el hombre.
-En todo caso, yo soy la que elige quién me pega, y usted no me vuelve a poner un dedo más...
-¡¿Tan segura estás?! –soltó, lleno de su omnipotencia.
-¡Váyase!
-¿Me estás echando?
-¿A usted qué le parece? –gruñó con la cara ensangrentada.
-Te voy a decir una cosa, mocosita... A todas mis amantes les pegué... Mi abuelo golpeó y violó a decenas de mujeres como vos, como cualquiera, al otro lado del arroyo... ¡Mi padre heredó y me transmitió ese carácter...! ¡Tengo sangre de Cruzados en estas venas! –se vanagloriaba-. ¡A la única que jamás le levanté la mano fue a mi legítima esposa, la madre de mis hijos! ...Mirá que no voy a hacer lo que quiera con una puta como vos...
-¡Yo nací en Arroyo Amargo! –le reveló poniéndose de pie, enfrentándolo.
-¡Más ganas me dan todavía!
Y, mientras hablaba, Telmo tomó y levantó su bastón, amagando con estrellárselo contra su cuerpo. Sebastiana frenó el impulso del viejo decrépito, deteniéndolo y empujándolo hacia atrás.
-¡Le dije que usted a mí ya no me pega, ¿oyó bien?! –le volvió a advertir.
-¡Eso sí que lo quiero ver!
Cuando no conseguía encontrar más que fraudes y desilusiones, imaginaba la boca de Libertario pronunciando hermosas mentiras exclusivas para ella... ¡El apóstol de sus carcajadas! ¡Grandes consuelos en su insignificante eternidad!
Telmo bajó la escalera para reclamarle a Selmira el comportamiento reacio de la muchacha.
-¡No voy a permitirte que lastimes a ninguna de estas mujeres!
-¡Yo estoy pagando, Selmira, y pago bien!
-¡No me importa...! ¡Guardate tu dinero, no lo quiero!
-¡Te estás poniendo vieja, mujer...!
-¡No tanto como vos! ¡Ahora andate, maldito...!
Pancracia se encargó de aliviar las marcas que le había dejado la paliza que Telmo le dio.
Sebastiana juró que ésa sería la última vez que el hombre le levantaba la mano, pero los juramentos, no serían tan importantes si no se quebraran con tanta facilidad... Jurar requería el sacrificio de sostener la promesa.
-Quedate tranquila, que esto no te va a doler más que cuando ese hijo de puta de golpeó –Pancracia le avisó a Sebastiana, con el alcohol en la mano...
En su juventud, Pancracia se había desempeñado como asistente de enfermería y ahora, en la casa de Selmira, estaba a cargo del botiquín de primeros auxilios.
Asimismo, ella sabía muy bien de golpizas... Hasta que se casó, su padre era el encargado de los malos tratos en su hogar de la infancia y, desde que empezó a compartir la cama con su marido, él tomó el lugar vacante.
Pancracia era conciente de que su vida había estado marcada por la figura de su esposo, culpa del cual aún cargaba sobre su espalda el peso de estúpidas taras.
Una de aquellas noches lejanas, todavía lo recordaba, la última en la que compartió las sábanas con ese hombre, ella había cocinado para él.
…Pasó también, que su marido se había demorado en el bar, a la salida del trabajo, con los amigos. Para cuando llegó a la casa, Pancracia estaba ofuscada, desplomada sobre la silla, ante la mesa preparada para la cena.
-¡Es tarde! –rezongó temeraria.
-Es que me distraje con una pavadita...
-Sentate y vamos a cenar que tengo hambre...
-Quedate que sirvo yo.
El hombre se acercó a la mesa con las porciones abundantes de guiso de arroz que Pancracia había cocinado con paciencia y esmero. Ambos vaciaron sus platos, en verdad la comida estaba sabrosa...
Su marido volvió a ponerse de pie y se dirigió a la cocina para servir más.
-¡Yo ya estoy llena! –le aseguró.
-¡Comé! –le ordenó él.
-Ya no quiero comer más... –le explicó.
-¡Comelo y todo, tanto hambre que tenías...!
Así, Pancracia vació, a duras penas, el segundo plato.
Esta vez, para evitar pararse de nuevo, el hombre llevó la olla a la mesa.
Volvió a servirle.
-¡No voy a comer más! –replicó-. Me va a hacer mal...
Él se acercó a ella, tomó sus cubiertos, le abrió la boca a la fuerza y la obligó a pasar un par de cucharadas, manchándole con azafrán su blusa rosa.
-¡Comé! –insistió-. ¡Masticá todo!
…Y Pancracia volvió a comer, tragando, a veces sin masticar, como podía, hasta que vació el tercer plato. Cuando notó que su marido vertía lo que quedaba en la olla frente a ella, llenando otra vez el plato, tuvo ganas de llorar. Continuó comiendo hasta que le advirtió:
-¡Voy a vomitar!
-¡Hacelo y te lo hago tragar!
Pero Pancracia contuvo la náusea, sabía que su esposo era capaz de eso y tantas otras aberraciones.
Finalmente, a la mañana siguiente se marchó de su casa, cargando una pequeña maleta, disimulando el dolor de tener el cuerpo molido a palos y con cierto malestar en sus entrañas...
Así, abandonó su pueblo natal buscando mejor suerte y agradeciendo no haber tenido hijos con ese hombre.
Desde entonces, Pancracia fue incapaz de volver a probar el arroz en ninguna de sus variantes.
Ahora, con casi treinta años, seguía evocando cada noche, la forma en que ese hombre solía despertarla...
La herida del ojo de Sebastiana no le permitió observar con claridad las imágenes del desfile de modas en el que Cristal deslumbraba a todos, incluida Victoria, su verdadera madre y madre adoptiva de Luis Alfredo...
-¡Parece mentira que alguien se ensañe tanto con una misma persona! –rezongó Pancracia.
Sebastiana vinculó la frase, instantáneamente, con la cara de Libertario, que siempre le recriminaba su comportamiento con afirmaciones similares. No obstante, ella aseguró:
-¡Es que es mentira, es una telenovela!
-¡Cuando se entere de que es su hija, se va a querer morir después de todas las maldades que le hizo a la pobre chica! –comentó, otra vez Pancracia.
-Pero es su madre, la va a terminar perdonando... –aseguró Sebastiana.
Esos últimos días, todas las mujeres de la casa se mostraban algo inquietas...
Cada una tenía sus motivos...
Adelina andaba cansada de los cargoseos y presiones de Baltasar Mesa...
Selmira estaba extrañando más que nunca a su hijo, y añoraba la presencia permanente de un hombre que la quisiera a su lado, aunque fuera suya la culpa de espantar a Narciso Bustamante...
Azucena caía en la cuenta de que ya ninguno quería pagar para estar con ella...
Sebastiana lamentaba no tener noticias de su mamá, contándole cómo había estado la boda de Ceferina...
Eduviges, a su vez, rememoraba la buena vida que supo tener junto a su esposo y su hijita...
Y, finalmente, Pancracia, estaba contrariada porque sí.
El mundo le temblaba a sus pies cuando vio entrar a la casa a Justino Balcarce que tuvo que apurarse cuando notó que una lluvia inclemente lo perseguía. Sebastiana abandonó el sillón de la salita para colgarle en el perchero el piloto empapado que traía puesto, a la vez que el resto de las mujeres corría de un lado a otro para cerrar puertas y ventanas.
-¡Ah, muy bien! –la felicitó Justino, cuando la vio aparecer con el florero listo con agua limpia.
-¡Qué ramo más hermoso...! –aclamó Sebastiana, conmovida por semejante belleza.
El diario que le trajo especialmente para ella, había escapado del aguacero, saliendo ileso, así que diligente, la muchacha agradeció el gesto y le quitó la ropa mojada. Desnuda ella también, fueron recobrando los sentidos con el sexo, al tiempo que perdían en el camino lo que les quedaba de aliento.
Ajustes en el plan austral
El conjunto de medidas llamado australito, contempla el aumento salarial para paliar el deterioro que sufrieron los sueldos de bolsillo. También, supone un ajuste en los gastos públicos, con la creación de un impuesto y un nuevo intento de reforma del Estado.
Cabe destacar que el proyecto fue diseñado por el flamante ministro de trabajo Carlos Alderete, de clara extracción sindical. Recordemos que Alderete fue nombrado por Alfonsín con intención de limar asperezas con el sector gremial, especialmente con el llamado “grupo de los 15”...
Fin de la rebelión de Semana Santa
“Compatriotas, felices pascuas”. De esta manera, el presidente Raúl Alfonsín, anunció el final del levantamiento militar. El primer mandatario se dirigió ante una multitud agolpada en Plaza de Mayo, luego de entrevistarse con el líder rebelde, Aldo Rico.
Cuando las negociaciones, a cargo del ministro de defensa se habían estancado, el presidente se condujo a Campo de Mayo, dejando trascender la decisión de relevar de su puesto al general Ríos Ereñú del mando del Ejército. En tanto, se anunció la instrumentación y encuadre de la obediencia debida, según lo establecía un inminente fallo de la Corte Suprema de Justicia en la llamada Causa Camps. Dicho reclamo, conformaba una de las principales peticiones de los insurrectos.
En su discurso, el presidente, comunicó que los militares alzados, habían depuesto su actitud frente a la respuesta popular de respaldo a la democracia.
Monte Seco abre su mercado
El intendente Damiano Suárez, inauguró el mercado de hacienda local destinado a manejar el comercio rural de la región. Tras un largo discurso inaugural, Suárez destacó que nuestro pueblo “es un ejemplo de progreso y bienaventuranza”...
Arroyo Agrio abre sus puertas a las inversiones
Nuevas inversiones privadas arribaron al vecino pueblo para radicarse con el afán de impulsar la creación de nuevos puestos de trabajos, a través de una fábrica de calzado. Asimismo, los responsables del proyecto, explicaron que la construcción de la empresa, demorará alrededor de seis meses...
-¿Entendiste algo de lo que leíste?
-¡Ni media palabra, soy un poco bruta yo! ¿Pero no es cierto que algún día usted me va a explicar?
-¡Cómo no, cuando quieras! ¡Ahora mismo, si tenés ganas...!
-No, mejor ahora no, ya me aburrieron las noticias...
-¿No hay nada que pueda hacer por vos?
-No necesito nada, gracias Justino...
-¿Siempre vas a ser tan reticente a dejarte ayudar?
-¡No me rete, que por lo menos ya lo llamo por su nombre...! Tal vez algún día precise algo... Entonces, y se lo prometo, usted va a ser la primera persona a la que recurra.
-¡Así me gusta! ...Pero apurate, no sea cosa que me muera antes...
-¡Ni en broma diga esas cosa! –lo retó.
-¡Contame ya qué dice la carta! –le pidió Adelina.
-¡Tomá, leela vos misma!
-Prefiero que me la leas vos, en voz alta... –insistió la otra.
-“Hola Sebastiana...” bla, bla, bla, bla, bla, nada de esto te interesa... En realidad, me pregunto ¿qué es lo que esperás que él escriba...?
-¡Que te ama, que quiere que te vayas con él, ¿qué otra cosa?! –aseguró con toda su naturalidad.
-Ya te adelanto que no dice nada de eso...
La correspondencia era una metodología anticuada y anacrónica, bastante obsoleta, un elemento más de la marea que distanciaba a éste y otros pueblos de los avances contemporáneos y renovaciones culturales.
¡Pueblos suspendidos en el tiempo!
¡Habitantes sumergidos en un adormecimiento generalizado!
…Como te decía, la carpintería no está del todo mal, pagan bastante, pero no me gusta porque me duelen los dedos lastimados como para dedicarme a escribir la noche entera como pretendo.
-¡Ah, de eso, ni una palabra a Selmira! –le advirtió a su amiga-. ¡Vos, que sos tan bocona...!
-¿Cómo puede ser que con todo lo que hace esta mujer por él, este canalla la engañe...?
-Sus motivos tendrá... A parte, ése no es asunto nuestro...
A pedido de Sebastiana, le contaba lo más fielmente posible todo lo que vivía... Era, que ella quería enterarse de sus historias y, aunque sabía que a veces le mentía un poco, no le importaba... Porque cuando Libertario no tenía qué escribirle, le inventaba algo entretenido para deleitarla.
¡Los mil lugares que no conocerá y que solamente podrá admirar a través de las palabras de Libertario! Sebatiana imaginaba, y entonces, sin el menor esfuerzo, su cuerpo salía a volar... Experimentaba en carne propia lo mejor de otras vidas... ¡El universo terminaba quedándole pequeño si las historias de Libertario habían sido escritas con inspiración!
Por su parte, cuando le escribía, él, trataba de ser lo más dedicado posible... Libertario era conciente de que con sus relatos, la rescataba de la mediocridad de su realidad...
“Las buenas historias no se escriben con lapiceras que funcionan a medias”, analizaba Libertario, mareado por la lejanía...
¡Días amargos...!
Después, en la carta, Libertario le narraba sus aventuras amorosas con jóvenes ávidas de experiencias... Estudiantes universitarias, vecinas, vendedoras; en todas ellas buscaba hallar el más sublime placer entre sus sábanas...
Detallaba sus conquistas amorosas, sus proezas sexuales... Así se lo había exigido Sebastiana: “quiero saber cómo amás cuando no hay amor de por medio”.
-¡Este sinvergüenza me va a escuchar! –dijo Adelina como anuncio de una futura reprimenda-. ¡Si quiere putas, ¿para qué las busca tan lejos...?!
Al instante, las dos empezaron a reír, cada vez con más ganas, descargando vaya a saber qué angustia.
-¿Y esta hoja, por qué me la estás ocultando? –Adelina se puso seria al ver el papel asomándose por el bolsillo la Sebastiana-. ¡Dámela! –le ordenó con la autoridad que le otorgaba la amistad.
Le echó un vistazo general, reconoció la continuidad de la letra de Libertario como dibujos indescifrables.
Se trataba de una segunda parte de la carta, donde prácticamente, se retractaba de lo que antes le había escrito...
-Leeme esto también, no te pienses que no te descubrí que me estás ocultando algo...
La vida me queda grande si no estás a mi lado…
Porque todo lo que antes me servía, ya no existe…
¡Porque la vida se me cambió con una mirada tuya!
-¡Pero te dice cosas muy bonitas...! –afirmó Adelina.
-Sí, por eso –reconoció Sebastiana-. ¿Sigo?
-¡Te mato si no lo hacés!
Sueño con tu voz diciéndome: ¡amor, levantate que es tarde y el desayuno ya está preparado!
Extraviado, me alcanzaría, acaso, con tenerte el resto de mi pobre vida.
¡Sería feliz mientras durmieras al otro lado de mi cama!
Hipnotizado por una rutina que hacés que se convierta en imposible…. Porque la realidad me cachetea por iluso.
¡La escenografía del desamor!
Me cortás las alas a cada momento fruto de tu desaliento, así que me va a costar mucho volar, pero todo me costó en esta vida…
Si me dieras la chance de demostrarte que estás equivocada…
-...Si no te la leí fue porque no quería que te entusiasmaras... –dejó de lado la carta para explicarle a Adelina sus razones...
-¡Tonta, vos sos la que se tiene que entusiasmar!
¡Míseros placebos!
Ninguna se parece a vos, aunque tampoco me quieran…
-¿Fuiste capaz de decirle a Libertario que no lo querés?
Pero Sebastiana no le respondió más que con su silencio, como casi siempre hacía con Libertario.
Igualmente, Adelina no esperaba ninguna excusa, no le importaba...
Es tan duro vivir así, sabiendo que la mujer que amo no está entre las que veo en un bar o con las que me cruzo en la calle…
¡El yugo de la soledad!
Mi fracaso, tu antipatía; mi dolorosa inspiración.
-¡Pero qué cosas más románticas que te escribió, por Dios! –exclamó.
…A priori, te amo.
A posteriori, no te lo merecés…
-¿Qué habrá querido decir con eso? –preguntó Sebastiana.
-No tengo ni la menor idea... ¡Seguí leyendo!
Pero como no puedo hacer nada al respecto, ni existe factor que modifique mis sentimientos, comprendo que mis razonamientos y conclusiones lógicas, literalmente, se me van al carajo.
-Por lo que entiendo –soltó Adelina-, está enojado y dolido...
-Yo diría que está más enojado que dolido...
A lo mejor, algo se me ocurrirá para distraer mi cabeza de vos. Y si no, me voy a morir pronunciando tu nombre y clamando venganza.
¡Para morir sólo hace falta estar enamorado!
-¡El pobre está diciendo que se va a morir de amor...!
-¿Escuchaste la parte de la venganza? –le preguntó Sebastiana, como pidiéndole que también la defendiera un poco a ella.
Pero morir no sería tan grave si no fuera porque te perdería…
¿Seremos capaces de aprender, a pesar de mi desilusión y tus resquemores?
¡Ensañamiento de tu lado, e incosciencia de mi parte!
Me debato en cómo definirte: no sé si sos injusta, insensible o te regocija hacerme sufrir…
Entonces, cualquiera sea la visión correcta, ambos deberíamos rever nuestros comportamientos: vos, sacándote de la cabeza que yo soy tu contrincante, para dejar de lado tu crueldad, y yo, por mi parte, tendría que desenamorarme un poco, o nos iremos convirtiendo en enemigos.
¿Llegaremos a ser, algún día, ángeles que se repongan a la caída estruendosa y sobrevuelen el vacío que deja el desamor? Porque el amor nos devuelve las alas que fuimos perdiendo al crecer…
Estoy esperando a que te decidas, ahora todo depende de vos… Porque de los dioses no se puede esperar nada… Porque si los dioses fuesen capaces de enamorarse, me entendería y me ayudarían…
¡Dioses que sólo saben de prohibir y castigar!
¡En cambio yo sí soy un verdaero dios, yo sí puedo amar!
“Un dios disfrazado de persona”, interpretó Sebastiana...
-¡Dios mío, este hombre es un poeta! –exclamó Adelina emocionada...
¡Un dios terrenal! Uno, cargado de vicios y caprichos…
Un dios al que dejás desarmado… Sos la única mujer que me corta el aliento cuando me mira…
-¡Ves, que él te ama de verdad...! Con un amor sincero y perdurable, no como el que nos jura la mayoría de los borrachos que vienen acá, y nos suavizan el oído para que les hagamos un descuento... –ratificó Adelina.
Cuando quiero tenerte para amarte…
Cuando quiero matarte…
¡Cuánto más te busco en otras, me pierdo con mayor facilidad!
Como sé que le vas a leer esto a Adelina, aprovecho para mandarte besos y a pedirte que me ayudes a convencer a esta insensible, porque tengo razón, porque sé que vos me entendés, Ade, porque sabés que la amo.
Volviendo a vos, me pierdo en tus ojazos… Acaricio el aire evocando tu piel… Extraño tu lengua… Necesito tu sexo… Y el resto de cuánto te deseo, prefiero guardármelo para decírtelo para cuando nos encontremos y pueda verte de frente.
Probablemente me muera sin escuchar que me amás; aunque ahora, te extraño tanto que no me interesa el futuro… Me encantaría estar viéndote la cara mientras leés esto…
“Pero si te morís, ¿quién quedaría para amarme?”, pensó ella, al escuchar el párrafo releído para Adelina.
¡Me quitaría la vida para que veas lo que hiciste de mí!
…Pero no soy tan tonto, a parte, sé que no te importaría.
A lo mejor, un día, te atrevés vos misma a matarme de verdad y no solamente con tus palabras, ¡esto sería lo más justo!
Sin embargo, si me conocieras un poquito, más allá de este desaliento temporario, ya tendrías que saber que no voy a bajar los brazos hasta conquistarte.
A tu cuerpo accede cualquiera, por eso, lo que busco es otra cosa, y con un poco de eso distinto, un poquito más de esa otra cosa, me alcanzaría… Así se espantarían los fantasmas y demonios y, entre tus manos, ya no habría lugar para los trozos de las pieles de los otros.
No se puede rehuir de la responsabilidad de sentirse amado…
¡Cuando se nos venga abajo este cielo, te quiero conmigo!
Tal vez debería raptarte, ¿por qué no? ¡¿Cómo no se me ocurrió esto antes, secuestrarte y llevarte a vivir a otro mundo?! …Entonces, huiríamos juntos para dormir muchas horas seguidas uno pegado al otro… Pasar de largo con la noche y, al día siguiente, cuando me sintiese satisfecho, me dedicaría a despertarte con caricias. ¡Necesito tanto esto! …Porque en esa casa es imposible si todo el tiempo golpean a tu puerta buscándote, diciendo tu nombre.
¡Alguna de estas cosas podrían convencerte, ¿o no?!
-Y vos, ¿qué tipo de cosas le contás en tus cartas? –le preguntó Adelina.
-Ninguna... Yo no le respondo –aseguró-. No me gusta escribir y las cartas me parecen una pérdida de tiempo... –dijo, sin saber que un día tendría que escribirle una carta a Libertario.
-¡Las cartas son románticas!
-¡Por eso! Además, si tengo algo para decirle a alguien, se lo digo de frente, personalmente, o a lo sumo, por teléfono...
-¡Bien que te ponés contenta cada vez que recibís una carta de Libertario! –afirmó Adelina, para darle un reto-. Sos una malagradecida...
-¿Sigo?, ya termina...
-No, me enojé, no quiero escuchar más...
Pero Sebastiana releyó, aunque en silencio, el último párrafo de la carta que decía así:
¡El amor se adhiere a uno!
El amor es una responsabilidad, el mayor acto de compromiso que se le puede ofrecer a una persona este mundo… Pero tal vez, vos todavía no te diste cuenta…
Continúa en la próxima entrega…
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