lunes, 17 de mayo de 2010

Tras el Arroyo

Juegos II





Paulino era el elegido, el vencedor entre los machos del pueblo a este extremo del arroyo, el muchacho más afortunado del mundo...
-¡No me gusta como te miran! –le dijo su novio, en medio de la fiesta, cuando la tomó del brazo y la apartó de la muchedumbre.
Efectivamente, los hombres la vigilaban con codicia, evaluándola en todo momento, estableciendo mentalmente el precio que estarían dispuestos a pagar por ella.
-A mí tampoco, no te creas...
-¡Ay amor, ¿por qué es tan difícil todo?! ¿De qué te reís? –le preguntó haciéndose el ofendido...
-No sé, me causa gracia... –Sebastiana reconoció tontamente- Cuando me mirás así, siento como que me hacés cosquillas con tus pestañas...
-¡Estás hermosa, mi amor! ¿Me das un beso? –le pidió Paulino.
-Ahora no... ¡Vos también estás muy lindo!
Observándose incansablemente...
-...Mi mamá está muy preocupada –prosiguió-, se queja todo el tiempo, dice que en la casa la plata no alcanza para nada... Insiste con que ya se va haciendo hora de me case y me vaya...
-Si fuera por ella, te casa con cualquiera...
-¡No hables así de mi madre!
-¡Si es verdad!
-Ya sé, pero igual no me gusta que digas esas cosas... El otro día me amenazó con que si yo no me decidía, ella iba a elegir a mi esposo por mí...
-¡Todos esos tipos rondándoles...! ¡Es un asco! Y tu mamá feliz de lucirte como el objeto más preciado de la familia...
-¡No digas eso, por favor! Tengo miedo... –reconoció al fin Sebastiana, y la angustia se le notó en la voz-. No quiero a ninguno de ellos y el tiempo se va agotando...
-Ya lo sé –y Paulino hizo cuentas mentalmente-. ¡Vayámonos ahora!
-Todavía no tenemos el dinero suficiente –replicó como devolviéndolo al mundo real.
-¡Cuando lleguemos a ahorrar todo lo que necesitamos, ya vas a estar en la cama con otro!
-¡Callate, por el amor de Dios!
-¡Mirá, pobres ya somos, ¿qué nos puede importar si seguimos siéndolo?! ¡Vayámonos y que ese Dios nos ayude!
-¿Cuándo? –dudó.
-¡Lo más pronto posible...! ¡Mañana! ¡Una semana!
-Está bien, una semana... ¿Y a dónde nos vamos a ir?
-No sé, ya veremos... ¿Importa el lugar?
¡Un amor que les había nacido de lo imposible, de la rebeldía...!
-¡Siento que se me va a salir el corazón del pecho!
-¡A ver, dejame que vea...!
-¡¿Estás loco?! –lo retó.
-Era una broma... –reconoció Paulino.
-¡Olvidate de esas cosas, hasta que no estemos lejos y casados, no me vas a tocar ni un pelo, lo prometiste!
-Está bien... ¿Y un besito, no me vas a dar? –dijo, sacando trompa con sus labios...
-No quiero que nos vean, si se enteran de lo nuestro se arma, y chau a todos nuestros planes...
Paulino deseaba tener la capacidad de apagar las estrellas, para conseguir darle un beso libremente, sin que a ella le diera vergüenza... ¡Daría cualquier cosa, por llegar a lograr que el tiempo se detuviera, para poder tenerla frente a él toda la vida!
-Ya sé, es verdad, mejor esperemos –aceptó Paulino.


Barreiro era un explotador... En la jerga de cualquier oficio y lugar, se diría que era un hijo de puta. El campo era un monstruo productivo de ingresos para su propietario y heredero. Y al mismo tiempo, las condiciones de trabajo eran peores que malas, de lo más paupérrimas. Cada día, los hombres debían permanecer en sus puestos por más horas de las establecidas ocupándose de las cosechas. Sin el mínimo derecho a protestar, el salario disminuía inversamente proporcional a la extensión de las jornadas. No contaban con seguridad de ningún tipo, las maquinarias estaban obsoletas y siempre iban a ser reemplazadas “mañana”. A su vez, y al mismo tiempo, a Barreiro o al sátrapa de su hijo, se les solía írseles la mano rápidamente ante el menor reclamo.
¡Un día de estos, la historia, terminaría mal!
Barreiro heredó las tierras de su padre, que las trabajó después de que murió el suyo, quien a su vez las consiguió en la época de las batallas.
Cuando el nieto del primer Barreiro que pisó Arroyo Amargo cumplió los dieciocho años ya manejaba un inmenso caudal de dinero y tenía a cargo como empleados a todos los hombres pobres del pueblo. En ese momento se había decidido a casarse y a su esposa la eligió entre las jóvenes más bellas de Arroyo; aún todo el mundo recordaba la hermosura de Amalia.
Lejana a las ofrendas mundanas que le hacían los hombres, Amalia Fretes era la jovencita más fastuosa de toda esta región sur. ¡Y eso que, por aquellos años todavía no contaba con la distinción que la caracterizó en su etapa de adultez, y su pobreza nada significaba al lado de su preciosura!
A Barreiro le costó mucho llegar a casarse con ella, no por haber tenido que luchar para conquistar su amor con galanterías, no fue preciso, sino que le salió muy caro pagar por ella, billete tras billete, contados rigurosamente por el padre de la muchacha.
A la luz de las evidencias, a Amalia le daba lo mismo que la casaran con ése o con cualquier otro, como Carreño que también la pretendía fervientemente desde el día en que la vio en uno de los bailes que se armaban en la plaza para celebrar un nuevo aniversario de la refundación de Arroyo Amargo.
Lo único que Amalia Fretes había deseado en su vida con ardor y entrega, era convertirse en monja. En varias oportunidades, incluso, llegó a dialogar al respecto con el Padre Rodolfo, cuando el sacerdote había sido asignado a Monte Seco y se dedicaba a visitar los pueblos vecinos. El cura, falto de experiencia y recién consagrado, escuchaba las aspiraciones e inquietudes de la muchacha y la aconsejaba lo mejor que podía.
Devota, sumisa y llena de dedicación, Amalia hubiera sido una gran religiosa, si no se hubiese destacado por su belleza, ni hubiera nacido en una casa pobre, y ni tantos hombres hubiesen fijado sus ojos en ella.
Pero el dinero de los Barreiro pagaba todo tipo de cosa, voluntades, vidas, silencios, y era superior a cualquier vocación, por eso, el padre de la joven la llevó de su brazo hasta el altar, orgulloso y bastante más rico que antes.
Amalia complació a su marido sin dudarlo ni quejarse. Acostumbrada a fregar y a cocinar en su casa natal, de pronto se encontró con un batallón de sirvientas puestas a su disposición. Por ese motivo, su esposo la reprendía de tanto en tanto, cuando la encontraba lavando o planchando ropa.
Barreiro, pero especialmente su madre, se encargaron de instruirla, de “pulirla” como se solía decir, y ella se esforzó por cultivarse y agradarle a su nueva familia.
Después de la muerte de su suegra aprendió a dar órdenes, como lo que era, la señora de la casa.
Amalia nunca se quejaba o respondía de mala manera, no levantaba el tono de voz, a decir verdad, a penas hablaba cuando se le preguntaba algo.
Con los años ganó en distinción y refinamiento, en tanto que su hermosura no mermó ni el mismísimo día en que la encontraron muerta.
Su esposo jamás la maltrató pero tampoco nunca tuvo con ella un gesto de afecto, sencillamente no le prestaba atención. Él exigía y Amalia obedecía, le daba la razón y bajaba la cabeza cuando la desautorizaba sobre la manera en que se comportaba, amable, dulce y complaciente, con su hijo.
-¡Lo vas a hacer un maricón...! –gritaba el hombre embravecido.
La indiferencia signó el vínculo del matrimonio. En la privacidad del lecho ambos cumplían con sus obligaciones y frente a la gente, se mostraban satisfechos: ella, como una esposa dedicada, y él engalanado, como un hombre altivo que se había llevado el premio mayor.
Amalia tampoco rezongó o le reprochó algo a su esposo cuando, aun desde muy niño, se empeñó en llevar a su hijo al campo para que se familiarizara con sus futuros deberes y para que fuera aprendiendo el arte de mandar. La desdichada mujer, ni siquiera contó con el privilegio de educar a su bebé como le hubiera gustado, para que fuera un hombre de bien. En cambio, mansa y resignada, aceptó que a su pequeño lo criaran peones y capataces. Cuando tenía quince años, Robertito, el niño que había parido, estaba convertido, para ella, en un desconocido.
La suya, fue una muerte bastante dudosa y comentada por años, que se cristalizó en el centro de los murmullos y corrillos del pueblo entero.
Amalia falleció en medio de uno de sus largos baños que solía tomar después de la siesta, entre sales aromáticas y espumas humectantes traídas especialmente de la Gran Ciudad.
El doctor Saturno Lizarragona sostuvo la hipótesis de que el deceso se produjo cuando la mujer, tras sufrir un desmayo o un profundo desvanecimiento, se ahogó sin poder reaccionar. En su cuerpo no había heridas, ni huellas de golpes, ni nada que hubiera llamado la atención del facultativo.
Los pocos que contaron con el lujo de verla en su costoso ataúd, aseguraron que permanecía hermosa, intacta en su pulcritud.
Tras miles de especulaciones sobre el accidente, a nadie se le ocurrió imaginar que Amalia se entregó al vacío oscuro de la nada, del mismo modo que, obediente, aceptó el mandato paterno y se casó con el hombre que había sido elegido para ella.
Efectivamente, Amalia, se había dejado morir entre olores a lavanda y lágrimas.

-¿Cómo está, querido Filomeno?, lamenté mucho no haber podido asistir al cumpleaños de su hija –le comentó Barreiro.
-No hay problema patrón, seguramente tuvo cosas más urgentes que resolver... –dijo el hombre, y para sí pensaba que “afortunadamente no estuvo en la fiesta”.
-Todos andan comentando que Sebastiana estaba muy bonita esa noche...
-Sí, señor.
-En mi despacho tengo un regalo para que le dé de mi parte...
-¡No tendría que haberse molestado! ¡No hacía falta que se pusiera en gastos...!
-Descuide Filomeno... Estaba pensando que ahora que Sebastiana ya está crecidita, debe tener muchas proposiciones...
-¿Cómo se le ocurre, patrón?
-¿Por qué no?, si su hija es una de las muchachas más lindas de este condenado pueblo...
-Sí, eso sí –reconoció, por no saber de qué manera poder ponerle distancia.
-Pues ahora tiene una propuesta más... Yo mismo ando con ganas de volver a tener una mujer, me siento muy solo desde que Amalia murió, y mire que pasaron tantísimos años... Entonces me dije: ¿qué tal Sebastiana? ...Es una chica hermosa, sana, de una familia conocida, su madre es muy educada y su padre trabaja para mí... Primero pensé en pedírsela para mi hijo y después me dije: ¿porqué no yo...? ¿Qué le parece, Filomeno?
-Patrón, yo creo que...
-No me responda de inmediato, no tiene por qué ser a los apurones. ¡Piénselo bien! Consúltelo con doña Ofelia... Vea lo conveniente de mi propuesta y luego me comenta.
-Señor Barreiro, no hay demasiado que pensar, ya mismo le voy diciendo que mi hija no se va a casar con usted, por nada del mundo.
-¡Hágame caso, medítelo mejor! –soltó con tono imperante.


Históricamente, Arroyo Amargo había sido un suelo poblado por muchas personas... Pero un día todo cambió, inclusive la mentalidad de algunos de sus habitantes.
Posiblemente haya sido a causa de las pocas proyecciones de desarrollo, tal vez por las despreciables condiciones de trabajo que ofrecía la única ocupación para aquéllos que no eran cuentapropistas.
Si bien, en Arroyo las perspectivas de vida eran extensas, pocos se morían antes de cumplir los ochenta, la calidad era desastrosa...
La educación resultaba mínima y escasa, y si no se formaba parte de la elite de familias potentadas, el futuro era menos que incierto.
Por eso y por varias causas más, Arroyo Amargo se fue transformando en un pueblo polarizado, no sólo por la división entre los muy ricos y los demasiado pobres, sino también por la brecha generacional: estaban los mayores y, por el otro lado, los niños. En medio de ellos, un escaso margen de jóvenes, y dentro de este conjunto, aún menor era la proporción del género femenino.
¡Crecer al amparo de las sombras de un pueblo desahuciado!
La mayoría de los grupos de adolescentes emigraban buscando un porvenir más prometedor. Se desplazaban, dejando sus casas atrás, alejándose, con los pies descalzos... Si no, varios padres se marchaban llevándose a sus hijos a otras latitudes... O los hijos se escapaban solos... Hasta que de pronto, un día raro y algo nublado, todos lo notaron: quedaban pocos jóvenes... ¡Cada vez menos! Hasta que casi no hubo ninguno que refrescara sus pies en las aguas del arroyo.
Por otra parte, los adultos del pueblo, los que insistieron en quedarse, arraigados a sus costumbres, muchos, se negaron a buscar pareja en otros sitios... Quedaron solteros a la espera de que los pequeños crecieran, sin percatarse que, a medida que fueron crecieron, la mayoría optaba por continuar con la corriente migratoria.
Arroyo Amargo era el lugar ideal para criar niños, pero era el infierno para los adolescentes.


Sebastiana los oía discutir y meditaba que, tal vez, debería convertirse en religiosa, ésa sí que sería una solución drástica al problema; el más crudo escarmiento.
Las voces eran claras y las palabras expresaban conceptos precisos e irreconciliables.
La mujer gritaba:
-...Hay que dársela a ese tipo, Filomeno... Es la mejor propuesta que tuvimos hasta este momento... ¡Mucho mejor todavía que la de Robles!
Pero el hombre no quería saber nada con esa idea. Sus hijos, para él, no eran prendas comerciables, y más aún si se trataba de meter a su Sebastiana entre los brazos del maldito explotador de Barreiro.

Ofelia y Filomeno se habían conocido en un baile, en la época en que el pueblo, se estaba acostumbrando a los festejos, recién retomados una década después de las batallas. Ambos pertenecían a familias de posición relativamente cómoda que, si bien no eran ricos ni mucho menos, podían vivir holgadamente.
En el pueblo de Arroyo Amargo, los hombres y mujeres como sus padres, eran los hijos producto del recelo venido de una guerra salvaje. Formaban parte de una generación temerosa, criada a los golpes, ignorante, básica y lineal, huérfana de la opulencia de antaño.
Filomeno y Ofelia se casaron siendo muy chicos los dos, tal vez fue por eso...
En concreto, resultó que Filomeno falló en un par de cuestiones. El hombre tenía visión de futuro, pero era una visión equivocada. Así, tras varias inversiones infructuosas, terminó por dilapidar los bienes de ambas familias.
Para cuando nació la mayor de sus hijos, su estado monetario rondaba en la miseria. Ofelia se encargó de criar a Sebastiana como pudo, con sus dieciséis años, no tenía oficio de madre, mientras que empezaba a distanciarse un poco cada noche de su marido. Filomeno, por su parte, cargó con sus culpas a cuestas y desde entonces, y hasta el final de su vida, se avocó a trabajar duramente para mantener a su familia en el peor de los trabajos que alguien podía aspirar.
A los cuatro años del nacimiento de Sebastiana, nació su segunda hija: Ceferina, diferencia de edad que le valió a la madre para contar con la colaboración de la mayor en la crianza de su hermana, primero, y de los varoncitos, después. A Ceferina la siguieron: Anselmo, llamado como el padre de Filomeno, y Ernesto, bautizado así en honor a don Ernesto Argañarás, su abuelo materno.

Su padre calló sus palabras para prepararse un vaso de granadina...
Sebastiana aprovechó el silencio para pensar...
Cuando todavía era más pequeña, solía jugar a crecer, a que era grande... Ahora, sin haber pasado tanto tiempo de aquello, debía decidir... Analizó y optó...
Se acercó a sus padres.
-Mamá, no voy a casarme con ninguno de esos hombres, y no pueden obligarme si no quiero... –afirmó con la determinación de una mujer adulta.
-¡Eso sí que lo quiero ver! –aseguró amenazante.
-Es verdad, mi amor, nadie te va a obligar... –le confirmó su padre, tratando de conciliar...
-Hija, es que no entendés... –volvió a hablar Ofelia, pero pretendiendo persuadirla-. Esto es lo mejor que te puede pasar, querida, creeme... Son dos buenos partidos, hombres capaces de brindarte seguridad, lujos y comodidades... ¡Es lo que te conviene!
-¡Pero no quiero...! ¡Es mi vida, mamá, y yo tengo derecho a decidir!
-¡Vas a hacer lo que te digamos, ¿me oíste?! –bramó Ofelia-. ¡Filomeno, dejá de apañarla en sus caprichos, y vos, ya no me contestes más, mocosa irreverente...!
-¡Basta con los gritos, Ofelia, es sólo una niña! –intercedió el hombre.
-¡Una niña que no respeta a su madre...! ¡Es mi hija, y yo sé qué es lo que le conviene!
-¡Y mía también! –él, alzó el tono.
-No voy a permitir que estropee su vida, aunque sea suya... ¡Alguien tiene que velar por sus intereses!
-¡Pero mamá! –habló entre pucheros y lágrimas, recuperó su voz de pequeña.
-Bueno, se acabó, no se habla más del tema, no voy a seguir discutiendo con un irresponsable, ni con una estúpida insolente y malagradecida... Hija –suavizó sus palabras-, cuando seas madre me vas a entender...
-Creo que prefiero no entenderte nunca...


Aquel mediodía, el señor Barreiro llamó a Filomeno a su despacho. ¡Era hora de que el hombre le diera una respuesta con conciencia a su generosa proposición!
Claramente, Filomeno le volvió a decir que no, que no le iba a entregar a su hija en bandeja.
-¿Lo consultó con doña Ofelia?
-Hice lo que usted me recomendó, patrón, hablé con mi esposa y ésta es la respuesta: no.
-¿Su mujer opina lo mismo que usted? –le preguntó inmediatamente.
-No, patrón, ella no tiene mis mismas convicciones... –reconoció, dolido.
-¿No, es su última palabra?
-Así es, señor.
-Muy bien, vuelva al trabajo.
Pero nadie le decía que no a Barreiro.
...Y Filomeno lo hizo y después de hacerlo, regresó a sus obligaciones, sin saber que el señor Barreiro ultimaba los detalles con su hombre de confianza, para que lo ayudara a sortear el escollo de aquella negativa... Planeaba las futuras negociaciones con doña Ofelia, seguramente, la mujer le resultaría más fácil de convencer.


Paulino la esperó hasta más tarde lo previsto, pero como ese día él no fue a trabajar al campo y como al momento de abandonar su casa no había nadie, no llegó a enterarse del accidente que sufrió el padre de Sebastiana.
Se fue sin ella.
¡Qué frágiles resultaron las promesas de amor!
Mil veces, Paulino le había hablado del futuro sin llegar a comprender que el amor de ellos no tenía porvenir...
-¿Cuántos hijos querés que tengamos? –le había preguntado unos meses atrás.
-Dos... No sé, no estoy segura, nunca me puse a pensarlo... –le respondió Sebastiana.
-¡La parejita! –exclamó feliz.
-Preferiría que fueran dos nenes, dicen que los varones son más cariñosos con las mamás...
-¡Para darle cariño a la mamá está el papá, ¿no sabías?! –pronunció, deshaciéndose en piropos.
-¡Te amo! –juró Sebastiana.
-Yo también te amo... Prontito nos vamos a ir, y cuando seamos viejitos vamos a volver de aquel lejano lugar al que fuimos a parar...
-Sí, vamos a tener nuestra casita, y van a venir a visitarnos nuestros hijos y nietos...
-¡Ojalá que sean muchos y que vivan felices! –volvió a desear Paulino.
-¿Me vas a querer siempre?
-¡Siempre, toda la vida!
-¡Qué lindo va a ser nuestro mundo, cuando podamos ser libres y felices! –exclamó Sebastiana.
-¡Y así va a ser, mientras estemos juntos! –le aseguró.
-¡Tengo tanto miedo...! –reconoció ella.
-Yo estoy acá para cuidarte, no te preocupes de nada...
-¡Abrazame fuerte! –le pidió Sebastiana.
-¿Te puedo dar un beso?
-No, alguien podría vernos... –lo interrumpió.
Esa tarde, en la que diseñaron un porvenir que no llegaría nunca, Sebastiana había salido sin avisarle a su madre, que la buscó por la casa para que le fuera a hacer las compras. Paulino, por su parte, faltó al trabajo para poder encontrarse, sin los apuros del horario reglamentario, con la chica que amaba, frente al arroyo, en la rivera más al norte, antes de llegar al extremo de agua que marcaba la división con el otro pueblo, bastante cerca de donde la esperó para escapar unidos, para empezar una nueva vida.
¡Todos los caminos que jamás recorrerán juntos, más allá de que la vida los volverá a juntar...!
Aguardando por Sebastiana en la oscuridad, no sabía contra qué fuerza del universo arremeter, así que Paulino se marchó, solo y con una maldición sin destinatario entre los dientes.
La realidad supo cómo oponerse a los sueños y aspiraciones de todos...


-Señor Intendente, aquí me tiene, ¿para qué puedo serle útil?
-¡Pero siéntese, Ofelia, por favor! –dijo el Intendente.
-La mandé a llamar, primero, para interiorizarme acerca de la salud de su marido... Me cuentan que está delicado...
-Lamentablemente es cierto, señor Carreño.
-¡Llámeme Aristóbulo, con confianza que nos conocemos de toda la vida, mujer!
-Gracias. Como le decía, realmente Filomeno está muy desmejorado... Mi habitación es una farmacia, con todos los medicamentos que tiene que tomar, y aparte, ahora que no está trabajando, no entra dinero a la casa...
-Ofelia, escuche muy bien lo que le voy a decir, su esposo podría recibir la mejor atención médica, y no es por criticar al doctor Saturno, porque todos saben que lo aprecio mucho, pero el pobre poco puede hacer acá... ¡¿Y qué decir sobre sus hijos?! ¿...Usted quiere que terminen trabajando en lo de Barreiro?
-¡No, señor Aristóbulo!
-¡A ellos los puede estar esperando un futuro mejor! ¡Y está en sus manos dárselo!
-¿En las mías, señor? –repreguntó perspicaz.
-Déjeme explicarle. En la fiesta, estuve observando a su hija, y vi que se ha convertido en una señorita preciosa...
-¿Quiere casarse con ella? –le preguntó directamente.
-¡No exactamente! Yo ya me case una vez, con mi difunta Leticia...

Lo que Carreño jamás se pudo perdonar fue no haber peleado por la mujer que verdaderamente amaba, que apenas había visto en algunos bailes o paseando por la callejuela del arroyo. Al contrario, se resignó a perderla sin haber luchado por su amor y se conformó con casarse con la candidata que su madre había pensado para él cuando aún ellos eran unos niños.
Las madres de Aristóbulo y Leticia eran primas en grado lejano y, juntas, habían criado a sus hijos y proyectado sus vidas como si les pertenecieran a ellas.
Ahora todas estaba muertas: su mamá, su esposa y su tía también.

-¡Que en paz descanse, la señora Leticia era una buena mujer, y tan generosa...! –acotó Ofelia.
-...Por eso, preferiría entablar una relación bastante más distendida...
-Entiendo, señor.
-No tiene que decirme nada ahora. Piense bien la respuesta e imagine la casa en la que quisiera vivir en los próximos años...
-¡Lo voy a pensar, Aristóbulo!
-¡Así me gusta, mujer, con confianza!

Todos en Arroyo conocían la fama de Aristóbulo Carreño, ésa que daba cuenta de su preferencia por las pequeñas...
La historia con su esposa Leticia Zubizarreta había sido breve, ella falleció en el complicado parto de Aristóbulo hijo. En el pueblo no se contaba con elementos sofisticados de atención médica, a penas si tenían los más básicos.
Después de que ella murió, contrató a un par de niñeras de la ciudad para que se hicieran cargo del cuidado y la crianza de su heredero, el futuro Intendente, mientras que él se entretenía en sus andanzas con jovencitas que, una vez envueltas en sus redes, eran echadas al olvido.


Efectivamente, el ataque sufrido por Filomeno, le dejó secuelas irreversibles. Postrado en una cama, sumado al desgaste de la edad, al profundo estado de deterioro de su salud en general, y de su corazón, específicamente; la muerte del padre de Sebastiana fue inevitable.
Barreiro mandó al entierro a su hombre de confianza en su representación. También concurrieron la mayoría de los trabajadores del campo que, culposos, miraban siempre al suelo, por callar la verdad sobre el accidente.
En ese momento, la pequeña Sebastiana recordó lo que su padre solía musitar entre dientes...
“La mano del traidor es la primera que te consuela...”.
Y Filomeno no se equivocaba ni estando muerto, pues el hombre de confianza de Barrero estaba apresurado en abrazar a doña Ofelia.
En el cementerio lo entendió todo, lo vio mejor que nadie... Su madre, llorisqueando, conversando con el doctor Carreño...
¡Estaba todo claro para Sebastiana!




El mes que viene habrá más…