Retratos I
En su bolso cargaba sus muestrarios, algunos pedidos para entregar, sus frustraciones y los regalos para darle a Sebastiana. Se trataba de Cecilio Quintana, al que el orgullo de saberse un hombre con buen gusto, lo ensanchaba, a la vez que lo enaltecía tanto como que la joven reconociera los gestos que tenía para con ella...
-¡Pero es hermoso, no sé si puedo aceptarlo...! ¡Debe ser costosísimo...!
-¡Las dos cosas son ciertas: es caro, y es tuyo! –le aseguró Cecilio, complacido por aquella humildad.
-¿Querés que me lo pruebe?
-¡Claro!
Sebastiana se desnudó y se volvió a vestir. Lució el camisón para el hombre; una prenda fina, sensual, que le trasparentaba la figura.
-¿Cómo me queda?
-¡Precioso! ...Recién ahora, esta ropa está cobrando su verdadero valor... ¡No es más que tela, fuera de tu cuerpo!
De a poco, se fue aproximando a él para seducirlo y excitarlo. Se arrodilló ante él, se inclinó hacia su cuerpo.
-¡Quiero algo antes...! –la interrumpió.
-¡Basta con que lo pidas...!
Cecilio Quintana revolvió dentro del bolso buscando, temeroso de habérsela olvidado, hasta que palpó la cámara fotográfica.
-¿Posarías para mí?
-¿Cómo una modelo? –le preguntó entusiasmada con la idea.
-¡Por supuesto!
Y de repente, Sebastiana empezó a moverse apara atraer el contacto con la cámara. Un poco torpe pero bastante desinhibida, pretendió imitar a Cristal cuando daba sus primeros pasos gracias a los consejos de Victoria... Cecilio la felicitaba por lo bien que lo hacía, por su desenvolvimiento, y se mostraba fascinado con la comunicación que estaba entablando con la muchacha, mientras que ella sentía que era una estrella.
Al rato de probarse otros conjuntos, tuvieron sexo; pero eso fue lo de menos...
Hasta la mañana en que la encontró desamparada y despeinada, Marcial Padilla tenía locura por Eduviges. La veía, al mismo tiempo, un tanto feroz y desvalida; y eso lo excitaba, poder estimular en una mujer su furia y su abandono. Sin embargo, desde que apareció Sebastiana, la predilección varió, se sintió cautivado por las manos de la joven, igual con ellas lo acariciaba como si estuviera tocando el cielo, y a la vez, estaba convencido de que con esas mismas manos, la muchacha sería capaz de matar.
Eduviges no lamentó que ese hombre la cambiara por otra, no era ni generoso ni buen amante... A parte, los pocos obsequios que llevaba de su carnicería, eran repartidos equitativamente entre todas las de la casa. ¡¿Qué mejor que otra tuviera que soportarlo por ella?!
Por su parte, Sebastiana, tampoco se alegró con que Marcial Padilla eligiera sus favores, si bien declaraba que todos los hombres que entraban a su cama representaban lo mismo, íntimamente, reconocía que no era verdad. Si hubiera tenido que seleccionar a unos pocos entre sus clientes, se hubiese quedado con Justino, Elías, el propio Cecilio, tal vez hasta algún otro; jamás Marcial... Pero él, como el resto, pagaba y con eso bastaba para asegurarse el ingreso a su cuarto, y un segundo después de maldecir mentalmente, igual se desnudaba e igual fingía disfrutar al lado de ese hombre desagradable y malhablado.
¡El gozo más indiferente...!
Eduviges no era ni joven ni mayor, ni muy hermosa ni muy corriente; era una mujer más, como todas las que habitaban la casa de Selmira. No debía de tener muchos más de treinta y, tras aquellos años, cargaba un matrimonio dichoso, una viudez sorpresiva y prematura, y una hija abandonada en un pueblo bastante lejano.
Cuando su marido falleció, no encontró otra manera para subsistir... Al principio se prostituyó en su pueblo de origen, llevando a los hombres al lecho que había sido de su esposo...
Poco después, los rumores se tornaron imposibles de acallar y la cáscara de viuda tímida, retraída, se le empezó a caer.
Al final, y a duras penas, convenció a su hermana para que se hiciera cargo de la niña, con la condición de que todos los meses le mandara dinero, que en ese hogar no sobraba, para los gastos de la pequeña.
…Y se fue. ¡Y estaba convencida de que lo mejor sería que su hija creyera que su mamá biológica había muerto!
Su vida no podría ser como la de Victoria, y mucho menos la de Cristal, aunque su segundo nombre fuera el mismo: Cristina, porque Cristal era el nombre artístico que utilizaba en el mundo del modelaje, y ella figuraba en su documento como Eduviges Cristina Dominga López.
Efectivamente, a ella nunca le sucedería lo de Victoria, el rechazo y el desprecio de su hija al momento de enterarse de su verdadera identidad, el origen de su familia. ¡Su pequeña sólo lloraría con el recuerdo amado de su madre muerta y no al revés, llorando la vergüenza de haber descubierto la vida de su madre!
La cara amigable y ambigua de Elías, se asomó por la ventana, gesticulando para pedir que le abrieran...
En la casa de Selmira, más bien en todo el pueblo, se había cortado la corriente eléctrica. Así que, después de terminar su trabajo optó por pasar a ver Sebastiana... Haberse ido a visitar a Rosario hubiese significado una excursión con final escandaloso; y retornar a su casa, con su esposa, hubiera sido la elección más descabellada. Por eso, Sebastiana, la mujer que lo escuchaba y que no le exigía nada, era la opción correcta.
Desnudos en la cama, con el atardecer oscureciendo sus rostros, le reveló a su mejor confidente las angustias que le provocaban los reclamos de su amante y la culpa que padecía por hacerla infeliz, tanto a ella como a su señora.
-¡...Ninguna de las dos se lo merece! –dictaminó.
-¿Y vos? ¿Qué con vos...? ¿Vos sí te merecés sufrir? –pretendió hacerlo reflexionar.
-No, tampoco.
-Entonces no te dejes abatir y mandá las dudas a la mierda...
-No es tan fácil. ¡Ojalá pudiera! Yo soy el culpable... –susurró Elías Linares.
-¡Nada es simple en la vida! ¡Ninguna decisión es fácil de tomar en esta vida...!
-Ya sé... Pero me mata no responder con afecto a mi mujer ni con actos contundentes a las necesidades de Rosario...
-¡Tu mujer es Rosario y tu esposa eso, una socia ventajera en el peor negocio que hiciste en tu vida!
-...
-Por lo menos ahora estás sonriendo, y dejame que te diga que te queda muy lindo...
-¡Voy a dejar a Rosario! –largó en un arrebato, saltando al vacío frente a un acantilado de rocas infernales.
-Te estás a equivocando...
2 de septiembre de 1987
Hola Libertario, sé que tu mamá te avisó de la muerte de Adelina, lo que seguramente no te contó es lo mal que estamos todas acá. Selmira parece que hubiera envejecido de golpe, diez, veinte años de un plumazo, quizás más... Por su cara me doy cuenta de que se pasa el día llorando, aunque lo niegue, sé que es así. La mayoría del tiempo está encerrada en su habitación. Come poco y prácticamente no habla con nadie. La verdad es que estoy preocupada por ella. A las demás también les afectó, claro está. La casa no va a volver a ser lo que era. Ahora, todo es tristeza y desolación. Yo también, por supuesto, estoy muy mal... La extraño mucho, ahora no tengo a nadie con quien compartir mi vida. Perdí a mi amiga y lo que le pasó me hace pensar que todas podríamos terminar igual. ¡Tengo pesadillas casi todas las noches! Bueno, en fin, cuando nos veamos te voy a contar todo más detalladamente... Me parece que tendrías que venir lo más pronto posible; le va a hacer bien a Selmira poder verte, y a mí también...
Sebastiana
La realidad opaca de esos días se había infiltrado en la casa de Selmira.
Lágrimas y lluvia. ¡Una primavera mojada!
“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¿Por qué Adelina? ¡Desdichados sean los dioses que no ven ni escuchan...!”.
Minutos antes, Adelina lo había desnudado, al mismo tiempo en que lo besaba, dándole todo lo que era capaz de ofrecerle a un hombre.
Pero para Baltasar Mesa, nada resultaba suficiente. Perversamente trastornado, hacía un par de años, desde el primer momento en que la vio sin ropa, que empezó a vivir obsesionado con tener a Adelina incondicionalmente, sin limitaciones ni restricciones, sin otros hombres de por medio que compitieran con él; sin fantasmas que pudiesen amenazar su paz.
Ella, por su parte, varias veces trató de explicarle que no lo quería, e igual, Baltasar prefirió no entender. Cuando Adelina pronunciaba un “no”, él se engañaba pensando que pretendía decir “más delante”... Y así, su tormento se fue encarnizando con él día tras día.
La tarde en que la asesinó, Baltasar Mesa abandonó la habitación como si nada, como si en vez de yacer muerta, Adelina se hubiera quedado dormida, exhausta por el amor...
Adelina nunca llegó a comprender que estaba siendo asesinada en medio de la frescura del ocaso de otro invierno que agonizaba sobre su piel... Tan solo, en un momento sintió que Baltasar le iba acariciando el rostro, hasta que luego, sus dedos fueron bajando hasta su cuello.
Adelina se había entregado a la desmesura y al sofocamiento con la docilidad de un animal domesticado...
Baltasar Mesa la estranguló con sus propias manos; las mismas manos que poco antes la habían despeinado y suplicado que se fuera con él, jurándole que la amaba, arrodillado desde el pie de la cama, como si ella estuviera tendida en un altar.
A la hora de la novela, las mujeres la llamaron en voz alta para que bajara, gritando su nombre, hasta que, Pancracia, subió desganada para que Adelina no se perdiera el penúltimo capítulo de Cristal.
“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¡¿Por qué tuviste que morir vos, Adelina?! ¡Esto no tenía que terminar así...!”, se lamentaba Sebastiana, entre mocos y lágrimas, separada por todo un mundo de Libertario. “¡No se trataría de una tragedia si no nos influyera tanto...!”.
En ese contexto la asaltó la siniestra percepción de que aquello que podía resultar bueno para ella quedaba demasiado lejos.
Como un caballero de los de antes, de los que ya no quedaban, Narciso Bustamante había permanecido en el cementerio de pie, al lado de Selmira, ofreciéndole su brazo firme para que no se derrumbara. El hombre conocía de ese afecto, de la relación de casi madre e hija que había entre ellas, y no podía permitir que la mujer que amaba sufriera más de la cuenta por no sentirse acompañada.
Con su auto llevó a las mujeres de vuelta hasta la casa ni bien finalizó el entierro. Conducía por las calles despobladas en la hora de la siesta, mientras no podía creer la fiereza de los gestos de Selmira, el rictus de su rostro veterano, su resistencia para no quebrar su alma, para no llorar.
De a una se fueron a dormir, la anterior, se había tratado de una noche demasiado triste y larga, intentando que la policía les devolviera el cuerpo de la joven asesinada, exigiendo compasión; ¡¿pero a quién le interesaba lo que les pudiera pasar o lo que sintieran las putas?! Recién cuando Narciso se acercó a la comisaría e intercedió por ellas, pudieron volver a ver a Adelina.
Pancracia y Azucena lavaron el cuerpo y la vistieron con un vestido que eligió Sebastiana, uno azul con pequeñas florcitas blancas, el que más le gustaba a su amiga, un regalo que había sido el último grito de la moda en las revistas especializadas en costura, varios años atrás.
La desgracia estaba llegando, imponiéndose devastadora y selectiva, como un estilo de peinado moderno.
Ninguna de las mujeres que se había acostado consiguió dormir, al menos por un buen rato. Lloraban como a coro, a canon, ejecutando la ceremonia macabra de desamparo. Las lágrimas, sumadas al cansancio y a la indignación, las fue venciendo de a poco, con efecto encadenado, hasta que la casa quedó vacía de aquel chillido endemoniado.
En la cocina, Narciso Bustamante se preparaba café para despabilarse porque él tenía que volver a trabajar, después de media tarde.
Selmira permanecía en silencio, con la sensación de que si abría la boca para decir algo, cualquier pavada, lo único que conseguiría, sería arrancar con su lista de blasfemias contra la vida, los hombres, la muerte y el mismísimo Dios.
Narciso se sentó a su lado y le tomó la mano, a modo de ofrenda sublime, ella le besó la yema de los dedos, apoyó la cabeza en su hombro y se echó a llorar, con lágrimas espesas, como muestra de confianza; el mayor gesto de amor que ella era capaz de darle.
Adelina había muerto sin llegar a relatarle a Sebastiana la historia de Eulalia. Al descubrir aquel bache narrativo, Sebastiana, cayó en la cuenta de que si su amiga no lo hizo, había sido producto de las constantes postergaciones, significaba que, Adelina, como todos en realidad, no se imaginaba que su vida y sus cuentos podían quedar truncos.
¡Los finales más impensados!
Por otra parte, a Sebastiana, jamás se le ocurrió atreverse a pedirle a otra de las mujeres que le reseñara cómo había sucedido la famosa historia de Eulalia.
Argentino Salvatierra era un hombre viudo, con dos hijas gemelas, rico y preocupado por su estatus social, interesado en mantener o acrecentar su posición económica y en acallar al qué dirán...
Sus hijas se oponían a que el hombre rehiciera su vida y pusiera a otra mujer en el lugar que le correspondió y ocupó su madre en la cama matrimonial.
Argentino Salvatierra, siempre había consentido en todo a las caprichosas gemelas, hasta el día en que decidió contraer matrimonio con Eulalia.
Eulalia era una más de las prostitutas que trabajaba para Amílcar Taborda. Argentino solía frecuentarla a menudo, por lo menos cada vez que se alejaba de su estancia, que se extendía por las vastas hectáreas que lindaban con la frontera entre Arroyo Agrio y Monte Seco.
Aunque Argentino Salvatierra había dejado ya de ser un hombre joven, continuaba siendo apuesto y fuerte. Para Eulalia, aquel cliente asiduo a sus fuegos sexuales, no significaba nada más que eso, hasta que llegó el momento en que su vida cambió, cuando de pronto empezó a alegrarse cada vez que Argentino la buscaba... Necesitando prolongar los instantes de placer compartido... Extrañándolo durante los intervalos de sus visitas, cargados de ausencia... Se estaba enamorando, con locura e insensatez, como correspondía. Pero Eulalia era conciente de lo imposible de la historia, ningún hombre en sus cabales cambiaría una vida estable por el amor de una puta.
Sin embargo, una noche, tras discutir con sus hijas, invitándolas a marcharse de su hacienda si no les gustaban sus decisiones, Argentino Salvatierra, fue a buscarla...
Rastrilló las esquinas, los bares y pocilgas donde paraban las mujeres que estaban comandadas por Taborda, en alguno de esos sitios debía hallar a Eulalia...
¡Y la encontró!
…Y cuando la tuvo frente a él, sacó del bolsillo de su chaqueta el estuche de platería que resguardaba un anillo de oro con un pequeño diamante que había pertenecido a su madre, y anteriormente a su abuela, y le propuso matrimonio con voz de galán de cine.
…Y se casaron en la iglesia de Monte Seco, en medio de una gran celebración, y se la llevó a vivir a su estancia como reina y señora de lo que también era suyo.
Pero antes de que Argentino Salvatierra y Eulalia pudieran convertirse en marido y mujer, el hombre tuvo que mostrarse generoso con Amílcar Taborda, desembolsando una suma considerable. Taborda estaba convencido de que las mujeres que trabajaban para él formaban parte de su patrimonio…
Las hijas de Argentino nunca la aceptaron, aunque no llegaron a enterarse del pasado de Eulalia, jamás la miraron con buenos ojos. Igualmente, pocos años después de su boda, Argentino Salvatierra, las unió en matrimonio con dos muy buenos partidos.
En los primeros tiempos, coincidentes con la viudez de Selmira, Eulalia continuaba viajando a Arroyo Agrio para saludar a las muchachas; pero claro, con las nuevas obligaciones de señora, el mantenimiento de la hacienda y los niños que fue pariendo, las visitas a la casa de Selmira fueron mermando, haciéndose cada vez más espaciadas, diluyéndose en el tiempo, hasta que de pronto, Eulalia no volvió a aparecer.
De ella, solamente llegaban los rumores que daban cuenta de una vida plena y dichosa con sus hijos y su amado esposo, Argentino Salvatierra.
Azucena abrió la puerta y su cuerpo revivió los temores que había experimentado las veces que, desnuda, dispuesta a complacerlo, tuvo en frente al jefe Romualdo Montenegro.
-Selmira no puede atenderlo, está en cama, algo enferma –le explicó-. Pero igual, acá tiene su dinero –le entregó un sobre con la inscripción “contribución de noviembre”, que reposaba dentro de un cajón a la espera de que su dueño llegara para reclamarlo-. Ya usted sabe cómo sigue esto... ¡Elija, nomás! –exclamó, convencida de que, afortunadamente, sentía que no sería la señalada; ya se estaba acabando su tiempo de esplendor.
-¡Sebastiana, la última vez fue muy generosa!
-Muy bien, acá se hace lo que usted diga, señor... ¡Sebastiana, tenés trabajo! –le dijo Azucena, entrando a la cocina.
La muchacha era plenamente conciente de que el sujeto se cobraría con creces no haber profundizado la investigación sobre la muerte de Adelina, acto que hubiera significado, entre otros inconvenientes, la clausura de la casa de Selmira.
Dentro de su habitación, mientras se desvestía para él, rezaba por que ésa fuera la última vez que era elegida por Montenegro; no le gustaba trabajar gratis, y en todo caso, si lo hacía, prefería elegir ella misma al beneficiario.
De la cartuchera que pendía de su uniforme, Romualdo Montenegro tomó su revólver. Hizo malabares y morisquetas con él. Sebastiana pretendió no mostrar su temor.
Con la punta del arma recorrió su cuerpo. El paso por el largo de sus piernas. Sintió el frío del metal sobre sus pezones. Hasta que terminó por ponérsela en la boca.
¡Tal vez le había llegado su hora, como a Adelina!
Ése no era el final que Sebastiana deseaba para su vida, pero probablemente fuera el que se merecía... Después de todo, hacía muchos años que tenía comprado el pasaje hacia la muerte…
-¡No haga esas cosas, señor, como si necesitara esa pistola de juguete! –le dijo, pretendiendo halagarlo, para persuadirlo.
-Es verdad, esta otra que tengo funciona mejor –aseguró orgulloso de sí mismo el jefe Romualdo Montenegro, dejando a un lado de la cama el arma reglamentaria.
Selmira la llamó cuando se fue el carnicero.
-Marcial trajo esto... –le dijo la mujer y señaló la bolsa de carne que descansaba sobre la mesada.
-¡Qué rico...! ¡Yo la preparo para la noche!
-También vino Arnulfo... ¡Esto es para vos! ¿Preparo mate, querés...?
-Claro... –respondió con un hilo de voz.
Sebastiana se sentó a su lado y cebó. ¡Gracias a Dios Selmira no la había dejado sola! ...No lo hubiera resistido...
“¿Con quién comentar, si no, las cartas de Libertario?”.
-¿Qué cuenta? –le preguntó la mujer.
-Dice que está triste por todo lo que pasó, usted sabe –y se le cortó el aliento. Tomó un mate y siguió-: Tiene mucha bronca por no haber podido viajar...Pero que igual está bien... Cuenta que en el estudio de abogados donde trabaja, tienen cada vez más clientes y que las cosas no podrían salirle mejor... –inventó-. También dice que no va a venir para las fiestas, como había arreglado, porque su jefe lo invitó a pasar fin de año y me pide que la cuide hasta que él llegue...
-¡No lo hagas sufrir...! –le pidió Selmira-. Que no tenga que pagar él por lo que hicieron otros...
-Está bien, señora.
Siempre la llamaba por su nombre, solamente le decía señora cuando la retaba o ella misma se sentía en falta.
Sebastiana volvió a su habitación. Retiró las sábanas de su cama y se recostó. Sintió que su ánimo se desmoronaría y volvió a leer la carta...
Él le había escrito acerca de situación laboral, más bien, la no existencia de ningún trabajo tras renunciar a la carpintería meses atrás. Estaba desocupado y sin perspectivas de mejorar, y si no fuera por el dinero que todavía le mandaba Selmira, como si dentro de ella la verdad reluciera, se moriría de hambre.
Por otra parte, Libertario le relataba sobre una mujer “hermosa y deslumbrante” que estudiaba filosofía. Olga, se llamaba.
…La magnífica docilidad de su cuerpo puesta al servicio de mis sentidos.
Su entrega conmueve mis ansias…
Me resulta inconcebible apartarme de su piel…
Se convierte en un satélite de mi cuerpo.
Siento que sería capaz de morirse para que yo disfrutara más que cualquier otro hombre…
¡Me pierdo en las horas viéndola gozar!
Como pocas veces, Libertario no había sabido qué escribirle, así fuera verdad o inventado. Se encontraba atormentado por su realidad esquiva...
…No te olvides que al otro lado de este mundo, sigo estando yo, amándote como siempre.
Por favor, tomate un ratito para escribirme, así me contás cómo siguen las cosas, sobre todo tu ánimo y el de mi vieja.
¡Extrañame, que yo te voy a extrañar a vos!
...Sin porvenir, inseguro, creía que sólo había venido al mundo para defraudar a su mamá. Mitigaba la ausencia de Sebastiana con consuelos pasajeros, compensatorios, suficientes por lo menos, hasta volver a ver a la chica que amaba, en su siguiente encuentro.
Continúa el próximo mes…
domingo, 22 de agosto de 2010
jueves, 5 de agosto de 2010
Tras el Arroyo
Sabanas II
La inquietud se le notaba en su cara marchita. Siempre pensaba que ésa sería la última vez que se despediría de su hijo. A su vez, otro tipo de preocupación la invadía desde hacía unos días atrás. ¡Sebastiana no era adecuada para Libertario! Estaba segura de eso... Pero, por otra parte, sus divagues se compensaban cuando caía en la cuenta de que había sido ella misma quien metió a su hijo en la cama de la joven.
Estaba molesto, Sebastiana se había hecho la dormida para no tener que despedirse de él. ¡Una completa bancarrota emocional...! Lo asaltaron las dudas, ¿podría continuar por mucho tiempo con aquel amor, sabiendo que nunca la tendría plenamente? ¿Podría contener su furia ante una mujer que igual se daba a él como a los otros?
-¡Te dije que no te enamoraras de ella! –le recordó Selmira, conciente de que su hijo estaba sufriendo-... Ella es...
-¿Qué es? –le retrucó levantándole la voz a su madre por primera vez.
-¡Prostituta!
-¡Como vos, y te amo igual!
Después se subió al micro y Selmira se quedó rezongando sola.
Con su amor a cuestas, no podía aspirar a una salida más elegante...
En la parada del colectivo, Selmira lo volvía a ver partir. En la intimidad de su casa le había dado muchos besos, prefería evitar las demostraciones estruendosas en público, su vida ya era lo bastante escandalosa a la luz de los ojos de cualquiera que pisara Arroyo Agrio. Porque así era, los hombres habían pagado por entrar a su cama, ahora lo hacían para estar junto a las muchachas de su casa, pero la despreciaban con la misma intensidad con que la habían deseado.
Adelina entró a su cuarto convencida de que la encontraría llorisqueando por la partida de Libertario... Muy por el contrario, Sebastiana continuaba tendida en la cama, desperezándose, pretendiendo embeberse de la realidad para recomenzar un nuevo día.
-El pobrecito se fue muy desanimado... –atinó a revelarle a su amiga.
-No sé, no vino a saludarme así que no lo vi... –argumentó falsamente Sebastiana.
¡Desahucios y despedidas!
-¿Por qué fuiste tan dura con él...? Libertario no se lo merece... ¡Estaba tan desmoralizado...! –se animó a recriminarle.
-Porque cuando a un hombre lo tratás como a un dios, te paga siendo un hijo de puta, y si lo tratás mal, te venera como a una diosa...
-¡No seas tan mala, él te ama...!
-¡Sí, cómo no! –afirmó, burlándose.
-¡Y vos también lo amás...!
Enojada, la boca de Adelina se pobló de reclamos cuando notó que estaba pisando una pequeña hoja arrugada que Libertario había arrojado por debajo de la puerta de Sebastiana cuando la encontró cerrada con llave, en el momento en que pretendía saludarla antes de marcharse.
-¿Qué es esto? –preguntó en voz alta Adelina y postergó sus retos.
-Es una nota de Libertario, escuché cuando la tiraba...
-¿Te parece bonito? ¿Por qué no le abriste?
-Porque no tenía ganas... Y sí, Libertario es un hombre muy bonito –afirmó.
-¡No él, lo que vos le estás haciendo...! –destacó.
-¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? –repreguntó Sebastiana.
-¡Amarlo como corresponde y como él se merece!
-¿Para que se ilusione con que tenemos futuro…? ¿Para que sufra más todavía cuando se dé cuenta al fin, de que lo nuestro es imposible?
-¡No lo tendrías que haber peleado, es un pan de Dios...!
-No importa, después nos reconciliamos... ¿Qué dice la nota?
-¡Tomá, es para vos, leela vos! –aseguró, entregándosela y retomando los reproches.
Entonces, Sebastiana leyó lo que le transmitía aquella letra firme, breve, y escrita con una lapicera no andaba bien del todo:
Incluso el amor más ingrato,
sigue siendo amor…
-Suena a despecho... –afirmó Sebastiana.
-No, suena a hombre enamorado que sufre desesperadamente... –le retrucó su amiga.
Al retornar a la gran ciudad, Libertario durmió todo un día seguido.
¡Amarla o morir!
“¡Necesito que me ames, a cualquier precio...! Aunque no pueda pagarlo…”, su mente no podía apartarla.
Lejos de Sebastiana, su cuerpo se quedaba a la deriva... Sus ojos derrapaban por las calles repletas de mujeres extrañas... Sus manos anclaban en cuellos suaves y accesibles, pero que no se parecían en nada al cuello de ella. Entonces, era cuando más se esmeraba en la búsqueda del deseo, como recriminándole a su piel por no sentir lo mismo.
Había sido la casualidad la que lo condujo a Arroyo Agrio. Cristaldo Samudio había equivocado el camino cuando se dirigía de la Gran Ciudad a Monte Seco. Un par de años atrás pensó que estaba tomando un atajo y el desvió lo mandó a parar al centro de Arroyo. La oscuridad lo había amedrentado de volver a adentrarse en la ruta, así que se decidió a pasar la noche en ese pueblucho y, por la mañana, dedicarse a buscar el mejor trayecto para llegar al lugar donde lo esperaban los compradores de seguros. Entonces, alguien le habló de la pensión de Isidro y hasta allá se fue.
Isidro y sus dos hermanos habían heredado el pequeño hotel de sus padres muertos en un accidente de tren, camino a la costa, donde después de treinta y cinco años pretendían revivir su luna de miel.
Cada uno de los hermanos tenía una personalidad determinada y, mientras compartieron el manejo del negocio familiar, jamás pudieron ponerse de acuerdo en nada.
Fausto Arriaga era el mayor, un hombre recio, fuerte, mandón y malhumorado, casado con una mujer intolerante. Le seguía Elizabeth, una muchacha recientemente viuda, inteligente y sagaz, pero demasiado mujer en esta tierra manejada por machos autoritarios. El menor era Isidro, el único tan inescrupuloso como para sacar el negocio adelante.
Con la muerte del padre, Fausto se hizo cargo de la familia, y las disputas de poder entre los hermanos transformaron a la pensión en un caos. Cuando uno se hacía cargo de la administración, celosos, los otros dos boicoteaban la cocina y demás...
Fausto Arriaga fue el que le puso fin a las ínfulas de su hermana que pretendía publicitar la pensión, llamándola hotel, buscando embellecer el lugar invirtiendo en pintar los cuartos. Pero el mayor no quería desprenderse ni de un centavo, sólo buscaba sacar ganancias. Finalmente, tras varias tratativas, sin dificultades, se sacó de encima a Elizabeth. La casó, por segunda vez con un hombre viejo y bastante rico, para evitarse reclamos monetarios de su cuñado.
Entonces, solamente quedaron dos rivales. Competían en todo: ¿cuál de los dos tenía una mejor familia? ¿Cuál esposa era más bella? ¿Quién producía más ingresos que el otro? El rubro de la fuerza no fue abordado, Isidro Arriaga era perfectamente conciente de que el mayor sería el triunfador.
Cada uno por su lado ideaba formas para saldar el estorbo que el otro representaba para sus ambiciones personales…
El primero en arremeter fue Isidro, y lo hizo tan magistralmente que Fausto no fue capaz de replicar.
La esposa de su hermano era celosa, e Isidro lo sabía; era también intolerante, y él se aprovecharía de eso. De a poco fue sembrando en su cuñada dudas sobre la estabilidad de su matrimonio, instaló la sombra de una segunda mujer... Y la señora de Fausto Arriaga lo decidió por él y por todos. Mudó su familia a un pueblo más al norte exigiéndole a su marido que la siguiera o que se preparara para las consecuencias. Fausto bajó la voz y la cabeza para obedecerla, como siempre.
Así fue como Isidro se consagró como el único dueño de la pensión en la que puso a trabajar a sus tres hijos: Eugenio, el más grande, quien se encargaba de negociar con los proveedores; Élmer, que sabía administrar las finanzas, ocupándose entre otras cosas de organizar al personal y evadir impuestos; y la menor, Florinda, la hermosa encargada de la cocina y de socializar con los clientes.
Esa noche, se trató de una de las más bonitas del siglo, y para Cristaldo, poder admirarla paseando por las calles vacías del pueblo, resultaba un milagro.
En la pensión le dieron un cuarto, y en el comedor cenó algo liviano; después, salió a pasear y a contemplar el cielo como si fuera un tapiz de estrellas.
En el umbral de la casa estaba ella tomando aire, refrescando su piel. Cristaldo la miró y, enseguida, comprendió qué significaba la figura esbelta de la joven que le sonreía.
Sebastiana no supo responderle cuando le preguntó sobre el precio, esas cosas las arreglaba Selmira.
-¡...Pero entre y averigüe todo! –remató.
Hacía casi dos años, más o menos, fue aquello lo que sucedió...
Ahora, sin errar la dirección, sin dudar acerca del camino que estaba tomando, cada vez que tenía que recorrer esa zona, se daba una vuelta por la casa de Selmira.
Cristaldo Samudio pedía exclusivamente por Sebastiana, pero como ella, todas las mujeres de allí, tenía un grupito de clientes que las prefería a cada una por sobre las demás.
Se dirigió al cuarto de la joven y antes de entrar golpeó la puerta. Su modo de saludarlo, fue amistoso, afectuoso y sereno.
-¡Hola, tanto tiempo, te hiciste extrañar...! –le dijo.
-¡Acá estoy! ¡Cuánta efusividad!
-Es que es bueno ver, al menos cada tanto, una cara amigable –le explicó.
-¿Todo bien? –preguntó él, en verdad Sebastiana se mostraba rara.
-Sí, ¿y los tuyos...?
-También bien.
-¿Por cuánto tiempo te quedás esta vez?
-Poco, mañana mismo tengo que estar en otro pueblo...
-¡Qué lástima! ¡Parece que hay mucha gente que necesita asegurarse la vida!
-En realidad, hay demasiados que tienen que pagar cuotas atrasadas...
-¡Vamos a lo nuestro, no perdamos más tiempo, entonces...!
Al retornar a la pensión, buscó el teléfono semipúblico y llamó a su mujer. Le avisó que había llegado bien y que tardaría en regresar algunos días más... Se alarmó un poco cuando Dolores le contó que el menor de los niños tenía un poco de temperatura, hasta que se fue a hacer una siesta para reponer energías antes de volver a tomar la carretera.
La señora Ofelia pidió hablar con su hija y Eduviges, que había sido la que atendió el llamado, le avisó a la muchacha.
La conversación fue breve, resultaba que a su mamá le habían surgido nuevos inconvenientes... Parecía que Ernesto tenía que tomar unos medicamentos costosísimos para el asma... También pasaba que Ceferina se estaba por casar y alguien debía comprarle el ajuar y algunas otras cositas...
Sebastiana asumió, por el tono de demanda que traía aquella voz, que debía ser ella la que se hiciera cargo de costear los gastos. Aceptó la responsabilidad y quedó en que le mandaría más dinero del acostumbrado.
Por otra parte, la charla fue breve porque Sebastiana prefirió no preguntarle ningún detalle acerca de la identidad de novio, ni la edad del futuro marido de su hermana, o la forma en que se arregló el compromiso; años más tarde lo sabrá todo, aunque no será por boca de su mamá.
Al colgar, armó el sobre con los billetes y llamó a la oficina de la sucursal del correo para pedir que mandaran a alguien para retirar el encargo.
…Al rato, el bueno de Arnulfo golpeaba la puerta.
-¡Siempre tan diligente, usted...! –lo saludó, y le entregó la carta.
-Dijo que era urgente, señorita...
¡Arnulfo era el único en este mundo que la llamaba “señorita”!
-Sí, digamos que hay cierto apuro...
-¿Algo más para que me lleve? –preguntó y, mientras lo hacía, se le iba sombreando en la cara una sonrisa...-. ¡Un día de estos, me voy a atrever a trasponer esta puerta...!
-¡Cuando usted guste! ¡Va a ser un placer recibirlo en esta casa...! –le aseguró Sebastiana.
A Selmira se le quebró la voz cuando tuvo que llamar a Adelina para que se ocupara de atender al jefe Romualdo Montenegro. Ambas recordaban lo que ese hombre le había hecho pasar a la muchacha, lo detestaban, pero a la vez le temían demasiado como para cerrarle la puerta en la cara.
Por la época en que Selmira enviudó, cuando comenzó a manejar, a modo de resarcimiento, a las chicas que su esposo había pervertido, un atardecer sombrío se encontró frente al jefe Montenegro que le pedía dinero a cuenta de nada.
-No señor, las cosas cambiaron en esta casa, ¡ya no hay más plata! –le había dicho.
...Selmira, aún paladeaba textualmente las palabras que había empleado.
-Selmira, Selmira... Acordate que Amílcar siempre me pagaba a término –insistió él-. Por algo sería, ¿no te parece?
-No me importa, acá se terminó lo que se daba y ahora la que manda soy yo...
-¡Mierda! –Gritó el jefe-. ¿Por qué me toca lidiar con mujeres? Selmira, quiero que me entiendas por las buenas... ¡Siempre es más fácil tratar con los hombres! –renegó al cielo-. ¡Con ustedes no se puede razonar, solamente entienden a palazos...!
-¡Yo entiendo claramente, y le digo que no! –soltó Selmira, a la vez que pensaba: “¿por qué no te vas a negociar con Amílcar al infierno?”.
-Muy bien, ¿estás segura de que ésa es tu última palabra?
-¡Sí!
-Veamos... –Romualdo Montenegro paneó con su cabeza por el living de la casa-. ¡Vos, ¿cómo te llamás?! –le preguntó a Adelina.
-Adelina, señor.
-¿Cuántos años tenés?
-Dieciocho.
-¡Mentís! –gritó, dándole una cachetada-. ¿Cuántos años tenés? –repitió.
-Dieciséis –reconoció, a pesar de que ella sabía que debía ocultar su edad.
-Estás detenida.
A partir de allí, todo fue revuelo y confusión. Adelina lloraba y le rogaba a Selmira que la ayudara, que no permitiera que se la llevara... El jefe Romualdo Montenegro explicaba las razones del arresto, por las que la joven quedaría demorada en la comisaría hasta que un juez de menores interviniera para mandarla a un reformatorio... Selmira procuraba hacer reflexionar al hombre, invitándolo a pensar mejor las cosas, asegurándole que ese problema se podía resolver de otra forma más civilizada...
-¡Es tarde para eso, mujer! –había sostenido Montenegro, saliendo de la casa y arrastrando consigo a Adelina que se resistía a irse.
Desesperada, Selmira pensaba en qué podía hacer... Por un segundo resolvió llamar a Narciso Bustamante para pedirle ayuda, pero ella jamás lo había molestado en su casa por no causarle problemas... Pero se decidió a hacerlo, éste era un asunto de fuerza mayor, y cuando por fin la atendieron, la voz de una empleada doméstica, le explicó que el señor estaba de viaje.
Pancracia y Azucena lloraban como niñas... Libertario volvía de la escuela, y Selmira sentía que no podía darse el lujo de quebrarse... ¡Debía actuar! “Ya es tarde”, fluían las palabras del jefe en su cabeza. ¡Nada quedaba por hacer! Había logrado enfurecer al hombre que le aseguró que ya era tarde para arreglar las cosas...
El anochecer se insinuaba, y Selmira no tuvo reparo en agarrar su cartera y caminar hasta la comisaría. Dio pasos firmes y veloces, sorteando el escollo que significaba andar con sus tacos sobre las baldosas desparejas de la vereda. Cinco cuadras, nada más... Al llegar, recuperó el aliento para no mostrarse tan vulnerable y, cuando se sintió en condiciones de volver a hablar, pidió ver al jefe.
-Acá está su dinero, y más todavía... –pronunció-. Ahora deme a la chica.
-No sé cómo pensarás que se manejas las cosas, Selmira, en tu casa mandarás vos, pero acá nadie me dice lo que tengo que hacer...
-¡Por favor! –soltó casi al borde del llanto.
-No te preocupes mujer, estamos en paz, un error lo tiene cualquiera, lo importante es aprender, escarmentar de nuestras equivocaciones... No pasa nada... ¡Andate tranquila, que mañana, a primera hora, la tenés en tu casa!
Selmira se marchó de la comisaría, pero en ella no había lugar para la tranquilidad. Fumó y esperó sentada en el sillón de la salita a que le devolvieran a Adelina. Pasó toda la noche en vela, y pareció a propósito, ningún cliente entró a la casa ni siquiera para distraer... El tiempo se detuvo, demorando el arribo del amanecer, incrementando la ansiedad...
Al rato de cansarse de maldecir, oyó el sonido de la puerta de un auto que se cerraba. Efectivamente, el único patrullero con el que contaba la policía del pueblo, llevó a Adelina hasta la casa.
El oficial abrió la puerta del coche y empujó a la muchacha para que se bajara. Selmira salió a la calle corriendo y se encontró con la joven que quería como a una hija medio muerta, o eso parecía, sobre el piso humedecido por el rocío de las primeras horas de la mañana.
-¡Cielo santo! ¡Válgame Dios! –exclamó Selmira al verla.
La habían arrojado del auto y dejado en la calle, como si no pudiera ser otra cosa más que una bolsa de basura.
Adelina había sido golpeada, violada, se encontraba débil y le sangraban las heridas. Fue atendida de urgencia por el doctor Corso Perrone que suturó un par de cortadas y alivió sus dolores con un potente analgésico. La muchacha necesitó de al menos dos semanas completas para recuperar cierta compostura.
...Después de darle unos cuantos billetes al jefe Romualdo Montenegro, Selmira llamó en voz alta a Adelina, para que lo atendiera a lo largo de las horas que el hombre creyese precisas. La chica acudió al grito de su nombre y subió a su cuarto junto a Montenegro, recordando que ella nunca quiso contarles a las otras mujeres, ni siquiera a Selmira, que consideraba una madre, lo que había sucedido aquella lejana noche en que estuvo demorada en la comisaría. Reconstruyó que a penas había dicho que el jefe Montenegro se la entregó a los guardias de turno para que se entretuvieran durante las horas de vigilia.
Elías Linares era el tipo más raro del mundo, al menos del mundo de Arroyo Agrio. Ni bien entró a lo de Selmira, le pagó por adelantado sólo para hacerse del derecho de hablar con Sebastiana como acostumbraba. Para arreglar cuentas con el hombre, Selmira tuvo que interrumpir una discusión que, otra vez, estaba teniendo con el insistente Baltasar Mesa que, de nuevo, se había puesto un tanto nervioso. Elías no hizo caso de la escena, ya tenía bastante con sus propios tormentos... Y fue en busca de la habitación correspondiente.
Él no lo sabía, pero era un hombre afortunado... ¡El amor podía hacer a una persona, la más dichosa o la más infeliz! ...Todo variaba si se trataba del amor correcto o no... ¡Y a Elías Linares, una buena mujer lo amaba sinceramente!
Se tendió sobre la cama, y Sebastiana, a su lado, se recostó inclinándose sobre su pecho, como siempre hacían. ¡Dinero fácil! Elías, solamente exigía que la joven lo escuchara, mientras que él le acariciaba el cabello...
¡Elías estaba de para bienes porque la mujer que lo amaba existía en este universo! ...Sabía expresarle su afecto y demostrárselo; y también en su realidad estaba su esposa.
-Pero Isabel nunca te va a dejar vivir en paz... –afirmó ella que estaba interiorizada de los pormenores del caso.
-¡No sé qué hacer...! ¡Nunca voy a poder dejarla...!
-¡Vas a tener que hacerlo si querés ser feliz! Ella va a apelar a todo lo que esté a su alcance para retenerte, pero no podés permitírselo... –le explicó Sebastiana.
-Rosario me dijo que no me puede esperar más, que ella quiere casarse, tener hijos... Que si no es conmigo va a tener que ser con otro... Que no se va a hacer vieja esperando que me decida... Pero yo no puedo darle todo lo que ella se merece.
-¡Sí que podés! ...Y es lógico que te exija, que te apure, te ama y quiere que seas para ella.
-¡Es que no sé qué hacer!
…Al rato de eternizarse en el silencio, Elías se levantó de la cama, la besó en la frente y se marchó.
Detrás del hombre que traspasó la puerta de entrada, se divisó la desgarbada figura de un niño, que lo seguía, arrastrando los pies.
-Este no es un lugar para traer a criaturas... –le recriminó Selmira al cliente.
La dueña de casa probablemente supuso que Próspero Ochoa había encontrado una buena excusa para alejarse de su señora, con el pretexto de sacar a dar una vuelta a su hijo...
-No, mujer, mi muchacho vino a hacerse hombre –le explicó enseguida.
Selmira no estaba dispuesta a preguntarle a Próspero cuántos años tenía el chico, o si había sido él mismo quien incentivó al padre para que lo llevara... Así que se limitó a tomar el dinero de Próspero Ochoa e invitó a Desiderio a permanecer sentado en la sala a la espera de que el hombre disfrutara de su media hora en la cama de Sebastiana.
Desiderio se quedó más que quieto, inmóvil sobre el sillón, sin emitir sonidos, hasta que fue el propio Próspero el que le indicó que había llegado su turno. Después, con una naturalidad y una sonrisa que su hijo no le conocía, le marcó la puerta en la que debía entrar.
Sebastiana lo recibió desnuda, y el pequeño que, ni siquiera había visto en ropa interior a su madre, se deslumbró al mismo tiempo que se sintió algo asustado. Por su parte, ella también se llevó una sorpresa, no esperaba encontrarse con un niño...
Le sugirió que se sentara; la cama, con excepción del piso, era el único lugar donde alguien se podía sentar en esa habitación. Desiderio la obedeció y, cuando Sebastiana pretendió desabrocharle el pantalón, se echó a llorar. Instantáneamente, ella se detuvo y no encontró en su garganta las palabras para calmarlo o conseguir, al menos, que el chico dejara de temblar.
-¿Cuántos años tenés?
-Doce.
-Bueno, te voy a decir algo: quedate tranquilo que no te voy a hacer nada –le dijo torpemente-. No me tengas miedo...
-Perdón –se disculpó Desiderio-, es que no sé qué es lo que tengo que hacer...
Sebastiana, que no estaba acostumbrada a ese tipo de diálogos, le dedicó una amable sonrisa. Se sentó a su lado, apartando el acolchado y se quedó callada.
-Me quiero ir a mi casa –pidió por fin Desiderio Ochoa.
-Está bien, como vos quieras... –lo consoló sintiendo pena por él.
-Pero mi papá se va a enojar...
-No, si no se entera –le explicó.
-¿Y cómo?
-...Que no tenemos que contarle la verdad... En unos minutos bajamos y le decimos que todo estuvo bien y punto.
Así lo resolvieron, así lo hicieron... Por eso, Desiderio se ganó unas palabras llenas orgullo de parte del padre y una efusiva palmada en el hombro.
-¿Qué tal estuvo? –le preguntó el hombre a Sebastiana.
-Bien, por ser su primera vez, bien...
Ella, sin dudas mentía muy convincentemente porque Próspero no dudó ni por un segundo.
-¡Qué grande mi muchacho!
El pequeño se dejó elogiar, evitando mirar de frente a su padre, cuando Sebastiana los despedía abriéndoles la puerta. De pie en el umbral, saludó a Próspero Ochoa sin efusividad y, antes de meterse a la casa, le guiñó un ojo a Desiderio.
Telmo Pallares la golpeó pero ella permaneció callada para no alarmar a las otras en la casa, erróneamente pensaba que podía controlarlo por sí sola...
-¡No me mires así que sé que te gusta...! –dijo el hombre.
-En todo caso, yo soy la que elige quién me pega, y usted no me vuelve a poner un dedo más...
-¡¿Tan segura estás?! –soltó, lleno de su omnipotencia.
-¡Váyase!
-¿Me estás echando?
-¿A usted qué le parece? –gruñó con la cara ensangrentada.
-Te voy a decir una cosa, mocosita... A todas mis amantes les pegué... Mi abuelo golpeó y violó a decenas de mujeres como vos, como cualquiera, al otro lado del arroyo... ¡Mi padre heredó y me transmitió ese carácter...! ¡Tengo sangre de Cruzados en estas venas! –se vanagloriaba-. ¡A la única que jamás le levanté la mano fue a mi legítima esposa, la madre de mis hijos! ...Mirá que no voy a hacer lo que quiera con una puta como vos...
-¡Yo nací en Arroyo Amargo! –le reveló poniéndose de pie, enfrentándolo.
-¡Más ganas me dan todavía!
Y, mientras hablaba, Telmo tomó y levantó su bastón, amagando con estrellárselo contra su cuerpo. Sebastiana frenó el impulso del viejo decrépito, deteniéndolo y empujándolo hacia atrás.
-¡Le dije que usted a mí ya no me pega, ¿oyó bien?! –le volvió a advertir.
-¡Eso sí que lo quiero ver!
Cuando no conseguía encontrar más que fraudes y desilusiones, imaginaba la boca de Libertario pronunciando hermosas mentiras exclusivas para ella... ¡El apóstol de sus carcajadas! ¡Grandes consuelos en su insignificante eternidad!
Telmo bajó la escalera para reclamarle a Selmira el comportamiento reacio de la muchacha.
-¡No voy a permitirte que lastimes a ninguna de estas mujeres!
-¡Yo estoy pagando, Selmira, y pago bien!
-¡No me importa...! ¡Guardate tu dinero, no lo quiero!
-¡Te estás poniendo vieja, mujer...!
-¡No tanto como vos! ¡Ahora andate, maldito...!
Pancracia se encargó de aliviar las marcas que le había dejado la paliza que Telmo le dio.
Sebastiana juró que ésa sería la última vez que el hombre le levantaba la mano, pero los juramentos, no serían tan importantes si no se quebraran con tanta facilidad... Jurar requería el sacrificio de sostener la promesa.
-Quedate tranquila, que esto no te va a doler más que cuando ese hijo de puta de golpeó –Pancracia le avisó a Sebastiana, con el alcohol en la mano...
En su juventud, Pancracia se había desempeñado como asistente de enfermería y ahora, en la casa de Selmira, estaba a cargo del botiquín de primeros auxilios.
Asimismo, ella sabía muy bien de golpizas... Hasta que se casó, su padre era el encargado de los malos tratos en su hogar de la infancia y, desde que empezó a compartir la cama con su marido, él tomó el lugar vacante.
Pancracia era conciente de que su vida había estado marcada por la figura de su esposo, culpa del cual aún cargaba sobre su espalda el peso de estúpidas taras.
Una de aquellas noches lejanas, todavía lo recordaba, la última en la que compartió las sábanas con ese hombre, ella había cocinado para él.
…Pasó también, que su marido se había demorado en el bar, a la salida del trabajo, con los amigos. Para cuando llegó a la casa, Pancracia estaba ofuscada, desplomada sobre la silla, ante la mesa preparada para la cena.
-¡Es tarde! –rezongó temeraria.
-Es que me distraje con una pavadita...
-Sentate y vamos a cenar que tengo hambre...
-Quedate que sirvo yo.
El hombre se acercó a la mesa con las porciones abundantes de guiso de arroz que Pancracia había cocinado con paciencia y esmero. Ambos vaciaron sus platos, en verdad la comida estaba sabrosa...
Su marido volvió a ponerse de pie y se dirigió a la cocina para servir más.
-¡Yo ya estoy llena! –le aseguró.
-¡Comé! –le ordenó él.
-Ya no quiero comer más... –le explicó.
-¡Comelo y todo, tanto hambre que tenías...!
Así, Pancracia vació, a duras penas, el segundo plato.
Esta vez, para evitar pararse de nuevo, el hombre llevó la olla a la mesa.
Volvió a servirle.
-¡No voy a comer más! –replicó-. Me va a hacer mal...
Él se acercó a ella, tomó sus cubiertos, le abrió la boca a la fuerza y la obligó a pasar un par de cucharadas, manchándole con azafrán su blusa rosa.
-¡Comé! –insistió-. ¡Masticá todo!
…Y Pancracia volvió a comer, tragando, a veces sin masticar, como podía, hasta que vació el tercer plato. Cuando notó que su marido vertía lo que quedaba en la olla frente a ella, llenando otra vez el plato, tuvo ganas de llorar. Continuó comiendo hasta que le advirtió:
-¡Voy a vomitar!
-¡Hacelo y te lo hago tragar!
Pero Pancracia contuvo la náusea, sabía que su esposo era capaz de eso y tantas otras aberraciones.
Finalmente, a la mañana siguiente se marchó de su casa, cargando una pequeña maleta, disimulando el dolor de tener el cuerpo molido a palos y con cierto malestar en sus entrañas...
Así, abandonó su pueblo natal buscando mejor suerte y agradeciendo no haber tenido hijos con ese hombre.
Desde entonces, Pancracia fue incapaz de volver a probar el arroz en ninguna de sus variantes.
Ahora, con casi treinta años, seguía evocando cada noche, la forma en que ese hombre solía despertarla...
La herida del ojo de Sebastiana no le permitió observar con claridad las imágenes del desfile de modas en el que Cristal deslumbraba a todos, incluida Victoria, su verdadera madre y madre adoptiva de Luis Alfredo...
-¡Parece mentira que alguien se ensañe tanto con una misma persona! –rezongó Pancracia.
Sebastiana vinculó la frase, instantáneamente, con la cara de Libertario, que siempre le recriminaba su comportamiento con afirmaciones similares. No obstante, ella aseguró:
-¡Es que es mentira, es una telenovela!
-¡Cuando se entere de que es su hija, se va a querer morir después de todas las maldades que le hizo a la pobre chica! –comentó, otra vez Pancracia.
-Pero es su madre, la va a terminar perdonando... –aseguró Sebastiana.
Esos últimos días, todas las mujeres de la casa se mostraban algo inquietas...
Cada una tenía sus motivos...
Adelina andaba cansada de los cargoseos y presiones de Baltasar Mesa...
Selmira estaba extrañando más que nunca a su hijo, y añoraba la presencia permanente de un hombre que la quisiera a su lado, aunque fuera suya la culpa de espantar a Narciso Bustamante...
Azucena caía en la cuenta de que ya ninguno quería pagar para estar con ella...
Sebastiana lamentaba no tener noticias de su mamá, contándole cómo había estado la boda de Ceferina...
Eduviges, a su vez, rememoraba la buena vida que supo tener junto a su esposo y su hijita...
Y, finalmente, Pancracia, estaba contrariada porque sí.
El mundo le temblaba a sus pies cuando vio entrar a la casa a Justino Balcarce que tuvo que apurarse cuando notó que una lluvia inclemente lo perseguía. Sebastiana abandonó el sillón de la salita para colgarle en el perchero el piloto empapado que traía puesto, a la vez que el resto de las mujeres corría de un lado a otro para cerrar puertas y ventanas.
-¡Ah, muy bien! –la felicitó Justino, cuando la vio aparecer con el florero listo con agua limpia.
-¡Qué ramo más hermoso...! –aclamó Sebastiana, conmovida por semejante belleza.
El diario que le trajo especialmente para ella, había escapado del aguacero, saliendo ileso, así que diligente, la muchacha agradeció el gesto y le quitó la ropa mojada. Desnuda ella también, fueron recobrando los sentidos con el sexo, al tiempo que perdían en el camino lo que les quedaba de aliento.
Ajustes en el plan austral
El conjunto de medidas llamado australito, contempla el aumento salarial para paliar el deterioro que sufrieron los sueldos de bolsillo. También, supone un ajuste en los gastos públicos, con la creación de un impuesto y un nuevo intento de reforma del Estado.
Cabe destacar que el proyecto fue diseñado por el flamante ministro de trabajo Carlos Alderete, de clara extracción sindical. Recordemos que Alderete fue nombrado por Alfonsín con intención de limar asperezas con el sector gremial, especialmente con el llamado “grupo de los 15”...
Fin de la rebelión de Semana Santa
“Compatriotas, felices pascuas”. De esta manera, el presidente Raúl Alfonsín, anunció el final del levantamiento militar. El primer mandatario se dirigió ante una multitud agolpada en Plaza de Mayo, luego de entrevistarse con el líder rebelde, Aldo Rico.
Cuando las negociaciones, a cargo del ministro de defensa se habían estancado, el presidente se condujo a Campo de Mayo, dejando trascender la decisión de relevar de su puesto al general Ríos Ereñú del mando del Ejército. En tanto, se anunció la instrumentación y encuadre de la obediencia debida, según lo establecía un inminente fallo de la Corte Suprema de Justicia en la llamada Causa Camps. Dicho reclamo, conformaba una de las principales peticiones de los insurrectos.
En su discurso, el presidente, comunicó que los militares alzados, habían depuesto su actitud frente a la respuesta popular de respaldo a la democracia.
Monte Seco abre su mercado
El intendente Damiano Suárez, inauguró el mercado de hacienda local destinado a manejar el comercio rural de la región. Tras un largo discurso inaugural, Suárez destacó que nuestro pueblo “es un ejemplo de progreso y bienaventuranza”...
Arroyo Agrio abre sus puertas a las inversiones
Nuevas inversiones privadas arribaron al vecino pueblo para radicarse con el afán de impulsar la creación de nuevos puestos de trabajos, a través de una fábrica de calzado. Asimismo, los responsables del proyecto, explicaron que la construcción de la empresa, demorará alrededor de seis meses...
-¿Entendiste algo de lo que leíste?
-¡Ni media palabra, soy un poco bruta yo! ¿Pero no es cierto que algún día usted me va a explicar?
-¡Cómo no, cuando quieras! ¡Ahora mismo, si tenés ganas...!
-No, mejor ahora no, ya me aburrieron las noticias...
-¿No hay nada que pueda hacer por vos?
-No necesito nada, gracias Justino...
-¿Siempre vas a ser tan reticente a dejarte ayudar?
-¡No me rete, que por lo menos ya lo llamo por su nombre...! Tal vez algún día precise algo... Entonces, y se lo prometo, usted va a ser la primera persona a la que recurra.
-¡Así me gusta! ...Pero apurate, no sea cosa que me muera antes...
-¡Ni en broma diga esas cosa! –lo retó.
-¡Contame ya qué dice la carta! –le pidió Adelina.
-¡Tomá, leela vos misma!
-Prefiero que me la leas vos, en voz alta... –insistió la otra.
-“Hola Sebastiana...” bla, bla, bla, bla, bla, nada de esto te interesa... En realidad, me pregunto ¿qué es lo que esperás que él escriba...?
-¡Que te ama, que quiere que te vayas con él, ¿qué otra cosa?! –aseguró con toda su naturalidad.
-Ya te adelanto que no dice nada de eso...
La correspondencia era una metodología anticuada y anacrónica, bastante obsoleta, un elemento más de la marea que distanciaba a éste y otros pueblos de los avances contemporáneos y renovaciones culturales.
¡Pueblos suspendidos en el tiempo!
¡Habitantes sumergidos en un adormecimiento generalizado!
…Como te decía, la carpintería no está del todo mal, pagan bastante, pero no me gusta porque me duelen los dedos lastimados como para dedicarme a escribir la noche entera como pretendo.
-¡Ah, de eso, ni una palabra a Selmira! –le advirtió a su amiga-. ¡Vos, que sos tan bocona...!
-¿Cómo puede ser que con todo lo que hace esta mujer por él, este canalla la engañe...?
-Sus motivos tendrá... A parte, ése no es asunto nuestro...
A pedido de Sebastiana, le contaba lo más fielmente posible todo lo que vivía... Era, que ella quería enterarse de sus historias y, aunque sabía que a veces le mentía un poco, no le importaba... Porque cuando Libertario no tenía qué escribirle, le inventaba algo entretenido para deleitarla.
¡Los mil lugares que no conocerá y que solamente podrá admirar a través de las palabras de Libertario! Sebatiana imaginaba, y entonces, sin el menor esfuerzo, su cuerpo salía a volar... Experimentaba en carne propia lo mejor de otras vidas... ¡El universo terminaba quedándole pequeño si las historias de Libertario habían sido escritas con inspiración!
Por su parte, cuando le escribía, él, trataba de ser lo más dedicado posible... Libertario era conciente de que con sus relatos, la rescataba de la mediocridad de su realidad...
“Las buenas historias no se escriben con lapiceras que funcionan a medias”, analizaba Libertario, mareado por la lejanía...
¡Días amargos...!
Después, en la carta, Libertario le narraba sus aventuras amorosas con jóvenes ávidas de experiencias... Estudiantes universitarias, vecinas, vendedoras; en todas ellas buscaba hallar el más sublime placer entre sus sábanas...
Detallaba sus conquistas amorosas, sus proezas sexuales... Así se lo había exigido Sebastiana: “quiero saber cómo amás cuando no hay amor de por medio”.
-¡Este sinvergüenza me va a escuchar! –dijo Adelina como anuncio de una futura reprimenda-. ¡Si quiere putas, ¿para qué las busca tan lejos...?!
Al instante, las dos empezaron a reír, cada vez con más ganas, descargando vaya a saber qué angustia.
-¿Y esta hoja, por qué me la estás ocultando? –Adelina se puso seria al ver el papel asomándose por el bolsillo la Sebastiana-. ¡Dámela! –le ordenó con la autoridad que le otorgaba la amistad.
Le echó un vistazo general, reconoció la continuidad de la letra de Libertario como dibujos indescifrables.
Se trataba de una segunda parte de la carta, donde prácticamente, se retractaba de lo que antes le había escrito...
-Leeme esto también, no te pienses que no te descubrí que me estás ocultando algo...
La vida me queda grande si no estás a mi lado…
Porque todo lo que antes me servía, ya no existe…
¡Porque la vida se me cambió con una mirada tuya!
-¡Pero te dice cosas muy bonitas...! –afirmó Adelina.
-Sí, por eso –reconoció Sebastiana-. ¿Sigo?
-¡Te mato si no lo hacés!
Sueño con tu voz diciéndome: ¡amor, levantate que es tarde y el desayuno ya está preparado!
Extraviado, me alcanzaría, acaso, con tenerte el resto de mi pobre vida.
¡Sería feliz mientras durmieras al otro lado de mi cama!
Hipnotizado por una rutina que hacés que se convierta en imposible…. Porque la realidad me cachetea por iluso.
¡La escenografía del desamor!
Me cortás las alas a cada momento fruto de tu desaliento, así que me va a costar mucho volar, pero todo me costó en esta vida…
Si me dieras la chance de demostrarte que estás equivocada…
-...Si no te la leí fue porque no quería que te entusiasmaras... –dejó de lado la carta para explicarle a Adelina sus razones...
-¡Tonta, vos sos la que se tiene que entusiasmar!
¡Míseros placebos!
Ninguna se parece a vos, aunque tampoco me quieran…
-¿Fuiste capaz de decirle a Libertario que no lo querés?
Pero Sebastiana no le respondió más que con su silencio, como casi siempre hacía con Libertario.
Igualmente, Adelina no esperaba ninguna excusa, no le importaba...
Es tan duro vivir así, sabiendo que la mujer que amo no está entre las que veo en un bar o con las que me cruzo en la calle…
¡El yugo de la soledad!
Mi fracaso, tu antipatía; mi dolorosa inspiración.
-¡Pero qué cosas más románticas que te escribió, por Dios! –exclamó.
…A priori, te amo.
A posteriori, no te lo merecés…
-¿Qué habrá querido decir con eso? –preguntó Sebastiana.
-No tengo ni la menor idea... ¡Seguí leyendo!
Pero como no puedo hacer nada al respecto, ni existe factor que modifique mis sentimientos, comprendo que mis razonamientos y conclusiones lógicas, literalmente, se me van al carajo.
-Por lo que entiendo –soltó Adelina-, está enojado y dolido...
-Yo diría que está más enojado que dolido...
A lo mejor, algo se me ocurrirá para distraer mi cabeza de vos. Y si no, me voy a morir pronunciando tu nombre y clamando venganza.
¡Para morir sólo hace falta estar enamorado!
-¡El pobre está diciendo que se va a morir de amor...!
-¿Escuchaste la parte de la venganza? –le preguntó Sebastiana, como pidiéndole que también la defendiera un poco a ella.
Pero morir no sería tan grave si no fuera porque te perdería…
¿Seremos capaces de aprender, a pesar de mi desilusión y tus resquemores?
¡Ensañamiento de tu lado, e incosciencia de mi parte!
Me debato en cómo definirte: no sé si sos injusta, insensible o te regocija hacerme sufrir…
Entonces, cualquiera sea la visión correcta, ambos deberíamos rever nuestros comportamientos: vos, sacándote de la cabeza que yo soy tu contrincante, para dejar de lado tu crueldad, y yo, por mi parte, tendría que desenamorarme un poco, o nos iremos convirtiendo en enemigos.
¿Llegaremos a ser, algún día, ángeles que se repongan a la caída estruendosa y sobrevuelen el vacío que deja el desamor? Porque el amor nos devuelve las alas que fuimos perdiendo al crecer…
Estoy esperando a que te decidas, ahora todo depende de vos… Porque de los dioses no se puede esperar nada… Porque si los dioses fuesen capaces de enamorarse, me entendería y me ayudarían…
¡Dioses que sólo saben de prohibir y castigar!
¡En cambio yo sí soy un verdaero dios, yo sí puedo amar!
“Un dios disfrazado de persona”, interpretó Sebastiana...
-¡Dios mío, este hombre es un poeta! –exclamó Adelina emocionada...
¡Un dios terrenal! Uno, cargado de vicios y caprichos…
Un dios al que dejás desarmado… Sos la única mujer que me corta el aliento cuando me mira…
-¡Ves, que él te ama de verdad...! Con un amor sincero y perdurable, no como el que nos jura la mayoría de los borrachos que vienen acá, y nos suavizan el oído para que les hagamos un descuento... –ratificó Adelina.
Cuando quiero tenerte para amarte…
Cuando quiero matarte…
¡Cuánto más te busco en otras, me pierdo con mayor facilidad!
Como sé que le vas a leer esto a Adelina, aprovecho para mandarte besos y a pedirte que me ayudes a convencer a esta insensible, porque tengo razón, porque sé que vos me entendés, Ade, porque sabés que la amo.
Volviendo a vos, me pierdo en tus ojazos… Acaricio el aire evocando tu piel… Extraño tu lengua… Necesito tu sexo… Y el resto de cuánto te deseo, prefiero guardármelo para decírtelo para cuando nos encontremos y pueda verte de frente.
Probablemente me muera sin escuchar que me amás; aunque ahora, te extraño tanto que no me interesa el futuro… Me encantaría estar viéndote la cara mientras leés esto…
“Pero si te morís, ¿quién quedaría para amarme?”, pensó ella, al escuchar el párrafo releído para Adelina.
¡Me quitaría la vida para que veas lo que hiciste de mí!
…Pero no soy tan tonto, a parte, sé que no te importaría.
A lo mejor, un día, te atrevés vos misma a matarme de verdad y no solamente con tus palabras, ¡esto sería lo más justo!
Sin embargo, si me conocieras un poquito, más allá de este desaliento temporario, ya tendrías que saber que no voy a bajar los brazos hasta conquistarte.
A tu cuerpo accede cualquiera, por eso, lo que busco es otra cosa, y con un poco de eso distinto, un poquito más de esa otra cosa, me alcanzaría… Así se espantarían los fantasmas y demonios y, entre tus manos, ya no habría lugar para los trozos de las pieles de los otros.
No se puede rehuir de la responsabilidad de sentirse amado…
¡Cuando se nos venga abajo este cielo, te quiero conmigo!
Tal vez debería raptarte, ¿por qué no? ¡¿Cómo no se me ocurrió esto antes, secuestrarte y llevarte a vivir a otro mundo?! …Entonces, huiríamos juntos para dormir muchas horas seguidas uno pegado al otro… Pasar de largo con la noche y, al día siguiente, cuando me sintiese satisfecho, me dedicaría a despertarte con caricias. ¡Necesito tanto esto! …Porque en esa casa es imposible si todo el tiempo golpean a tu puerta buscándote, diciendo tu nombre.
¡Alguna de estas cosas podrían convencerte, ¿o no?!
-Y vos, ¿qué tipo de cosas le contás en tus cartas? –le preguntó Adelina.
-Ninguna... Yo no le respondo –aseguró-. No me gusta escribir y las cartas me parecen una pérdida de tiempo... –dijo, sin saber que un día tendría que escribirle una carta a Libertario.
-¡Las cartas son románticas!
-¡Por eso! Además, si tengo algo para decirle a alguien, se lo digo de frente, personalmente, o a lo sumo, por teléfono...
-¡Bien que te ponés contenta cada vez que recibís una carta de Libertario! –afirmó Adelina, para darle un reto-. Sos una malagradecida...
-¿Sigo?, ya termina...
-No, me enojé, no quiero escuchar más...
Pero Sebastiana releyó, aunque en silencio, el último párrafo de la carta que decía así:
¡El amor se adhiere a uno!
El amor es una responsabilidad, el mayor acto de compromiso que se le puede ofrecer a una persona este mundo… Pero tal vez, vos todavía no te diste cuenta…
Continúa en la próxima entrega…
La inquietud se le notaba en su cara marchita. Siempre pensaba que ésa sería la última vez que se despediría de su hijo. A su vez, otro tipo de preocupación la invadía desde hacía unos días atrás. ¡Sebastiana no era adecuada para Libertario! Estaba segura de eso... Pero, por otra parte, sus divagues se compensaban cuando caía en la cuenta de que había sido ella misma quien metió a su hijo en la cama de la joven.
Estaba molesto, Sebastiana se había hecho la dormida para no tener que despedirse de él. ¡Una completa bancarrota emocional...! Lo asaltaron las dudas, ¿podría continuar por mucho tiempo con aquel amor, sabiendo que nunca la tendría plenamente? ¿Podría contener su furia ante una mujer que igual se daba a él como a los otros?
-¡Te dije que no te enamoraras de ella! –le recordó Selmira, conciente de que su hijo estaba sufriendo-... Ella es...
-¿Qué es? –le retrucó levantándole la voz a su madre por primera vez.
-¡Prostituta!
-¡Como vos, y te amo igual!
Después se subió al micro y Selmira se quedó rezongando sola.
Con su amor a cuestas, no podía aspirar a una salida más elegante...
En la parada del colectivo, Selmira lo volvía a ver partir. En la intimidad de su casa le había dado muchos besos, prefería evitar las demostraciones estruendosas en público, su vida ya era lo bastante escandalosa a la luz de los ojos de cualquiera que pisara Arroyo Agrio. Porque así era, los hombres habían pagado por entrar a su cama, ahora lo hacían para estar junto a las muchachas de su casa, pero la despreciaban con la misma intensidad con que la habían deseado.
Adelina entró a su cuarto convencida de que la encontraría llorisqueando por la partida de Libertario... Muy por el contrario, Sebastiana continuaba tendida en la cama, desperezándose, pretendiendo embeberse de la realidad para recomenzar un nuevo día.
-El pobrecito se fue muy desanimado... –atinó a revelarle a su amiga.
-No sé, no vino a saludarme así que no lo vi... –argumentó falsamente Sebastiana.
¡Desahucios y despedidas!
-¿Por qué fuiste tan dura con él...? Libertario no se lo merece... ¡Estaba tan desmoralizado...! –se animó a recriminarle.
-Porque cuando a un hombre lo tratás como a un dios, te paga siendo un hijo de puta, y si lo tratás mal, te venera como a una diosa...
-¡No seas tan mala, él te ama...!
-¡Sí, cómo no! –afirmó, burlándose.
-¡Y vos también lo amás...!
Enojada, la boca de Adelina se pobló de reclamos cuando notó que estaba pisando una pequeña hoja arrugada que Libertario había arrojado por debajo de la puerta de Sebastiana cuando la encontró cerrada con llave, en el momento en que pretendía saludarla antes de marcharse.
-¿Qué es esto? –preguntó en voz alta Adelina y postergó sus retos.
-Es una nota de Libertario, escuché cuando la tiraba...
-¿Te parece bonito? ¿Por qué no le abriste?
-Porque no tenía ganas... Y sí, Libertario es un hombre muy bonito –afirmó.
-¡No él, lo que vos le estás haciendo...! –destacó.
-¿Y qué se supone que tengo que hacer yo? –repreguntó Sebastiana.
-¡Amarlo como corresponde y como él se merece!
-¿Para que se ilusione con que tenemos futuro…? ¿Para que sufra más todavía cuando se dé cuenta al fin, de que lo nuestro es imposible?
-¡No lo tendrías que haber peleado, es un pan de Dios...!
-No importa, después nos reconciliamos... ¿Qué dice la nota?
-¡Tomá, es para vos, leela vos! –aseguró, entregándosela y retomando los reproches.
Entonces, Sebastiana leyó lo que le transmitía aquella letra firme, breve, y escrita con una lapicera no andaba bien del todo:
Incluso el amor más ingrato,
sigue siendo amor…
-Suena a despecho... –afirmó Sebastiana.
-No, suena a hombre enamorado que sufre desesperadamente... –le retrucó su amiga.
Al retornar a la gran ciudad, Libertario durmió todo un día seguido.
¡Amarla o morir!
“¡Necesito que me ames, a cualquier precio...! Aunque no pueda pagarlo…”, su mente no podía apartarla.
Lejos de Sebastiana, su cuerpo se quedaba a la deriva... Sus ojos derrapaban por las calles repletas de mujeres extrañas... Sus manos anclaban en cuellos suaves y accesibles, pero que no se parecían en nada al cuello de ella. Entonces, era cuando más se esmeraba en la búsqueda del deseo, como recriminándole a su piel por no sentir lo mismo.
Había sido la casualidad la que lo condujo a Arroyo Agrio. Cristaldo Samudio había equivocado el camino cuando se dirigía de la Gran Ciudad a Monte Seco. Un par de años atrás pensó que estaba tomando un atajo y el desvió lo mandó a parar al centro de Arroyo. La oscuridad lo había amedrentado de volver a adentrarse en la ruta, así que se decidió a pasar la noche en ese pueblucho y, por la mañana, dedicarse a buscar el mejor trayecto para llegar al lugar donde lo esperaban los compradores de seguros. Entonces, alguien le habló de la pensión de Isidro y hasta allá se fue.
Isidro y sus dos hermanos habían heredado el pequeño hotel de sus padres muertos en un accidente de tren, camino a la costa, donde después de treinta y cinco años pretendían revivir su luna de miel.
Cada uno de los hermanos tenía una personalidad determinada y, mientras compartieron el manejo del negocio familiar, jamás pudieron ponerse de acuerdo en nada.
Fausto Arriaga era el mayor, un hombre recio, fuerte, mandón y malhumorado, casado con una mujer intolerante. Le seguía Elizabeth, una muchacha recientemente viuda, inteligente y sagaz, pero demasiado mujer en esta tierra manejada por machos autoritarios. El menor era Isidro, el único tan inescrupuloso como para sacar el negocio adelante.
Con la muerte del padre, Fausto se hizo cargo de la familia, y las disputas de poder entre los hermanos transformaron a la pensión en un caos. Cuando uno se hacía cargo de la administración, celosos, los otros dos boicoteaban la cocina y demás...
Fausto Arriaga fue el que le puso fin a las ínfulas de su hermana que pretendía publicitar la pensión, llamándola hotel, buscando embellecer el lugar invirtiendo en pintar los cuartos. Pero el mayor no quería desprenderse ni de un centavo, sólo buscaba sacar ganancias. Finalmente, tras varias tratativas, sin dificultades, se sacó de encima a Elizabeth. La casó, por segunda vez con un hombre viejo y bastante rico, para evitarse reclamos monetarios de su cuñado.
Entonces, solamente quedaron dos rivales. Competían en todo: ¿cuál de los dos tenía una mejor familia? ¿Cuál esposa era más bella? ¿Quién producía más ingresos que el otro? El rubro de la fuerza no fue abordado, Isidro Arriaga era perfectamente conciente de que el mayor sería el triunfador.
Cada uno por su lado ideaba formas para saldar el estorbo que el otro representaba para sus ambiciones personales…
El primero en arremeter fue Isidro, y lo hizo tan magistralmente que Fausto no fue capaz de replicar.
La esposa de su hermano era celosa, e Isidro lo sabía; era también intolerante, y él se aprovecharía de eso. De a poco fue sembrando en su cuñada dudas sobre la estabilidad de su matrimonio, instaló la sombra de una segunda mujer... Y la señora de Fausto Arriaga lo decidió por él y por todos. Mudó su familia a un pueblo más al norte exigiéndole a su marido que la siguiera o que se preparara para las consecuencias. Fausto bajó la voz y la cabeza para obedecerla, como siempre.
Así fue como Isidro se consagró como el único dueño de la pensión en la que puso a trabajar a sus tres hijos: Eugenio, el más grande, quien se encargaba de negociar con los proveedores; Élmer, que sabía administrar las finanzas, ocupándose entre otras cosas de organizar al personal y evadir impuestos; y la menor, Florinda, la hermosa encargada de la cocina y de socializar con los clientes.
Esa noche, se trató de una de las más bonitas del siglo, y para Cristaldo, poder admirarla paseando por las calles vacías del pueblo, resultaba un milagro.
En la pensión le dieron un cuarto, y en el comedor cenó algo liviano; después, salió a pasear y a contemplar el cielo como si fuera un tapiz de estrellas.
En el umbral de la casa estaba ella tomando aire, refrescando su piel. Cristaldo la miró y, enseguida, comprendió qué significaba la figura esbelta de la joven que le sonreía.
Sebastiana no supo responderle cuando le preguntó sobre el precio, esas cosas las arreglaba Selmira.
-¡...Pero entre y averigüe todo! –remató.
Hacía casi dos años, más o menos, fue aquello lo que sucedió...
Ahora, sin errar la dirección, sin dudar acerca del camino que estaba tomando, cada vez que tenía que recorrer esa zona, se daba una vuelta por la casa de Selmira.
Cristaldo Samudio pedía exclusivamente por Sebastiana, pero como ella, todas las mujeres de allí, tenía un grupito de clientes que las prefería a cada una por sobre las demás.
Se dirigió al cuarto de la joven y antes de entrar golpeó la puerta. Su modo de saludarlo, fue amistoso, afectuoso y sereno.
-¡Hola, tanto tiempo, te hiciste extrañar...! –le dijo.
-¡Acá estoy! ¡Cuánta efusividad!
-Es que es bueno ver, al menos cada tanto, una cara amigable –le explicó.
-¿Todo bien? –preguntó él, en verdad Sebastiana se mostraba rara.
-Sí, ¿y los tuyos...?
-También bien.
-¿Por cuánto tiempo te quedás esta vez?
-Poco, mañana mismo tengo que estar en otro pueblo...
-¡Qué lástima! ¡Parece que hay mucha gente que necesita asegurarse la vida!
-En realidad, hay demasiados que tienen que pagar cuotas atrasadas...
-¡Vamos a lo nuestro, no perdamos más tiempo, entonces...!
Al retornar a la pensión, buscó el teléfono semipúblico y llamó a su mujer. Le avisó que había llegado bien y que tardaría en regresar algunos días más... Se alarmó un poco cuando Dolores le contó que el menor de los niños tenía un poco de temperatura, hasta que se fue a hacer una siesta para reponer energías antes de volver a tomar la carretera.
La señora Ofelia pidió hablar con su hija y Eduviges, que había sido la que atendió el llamado, le avisó a la muchacha.
La conversación fue breve, resultaba que a su mamá le habían surgido nuevos inconvenientes... Parecía que Ernesto tenía que tomar unos medicamentos costosísimos para el asma... También pasaba que Ceferina se estaba por casar y alguien debía comprarle el ajuar y algunas otras cositas...
Sebastiana asumió, por el tono de demanda que traía aquella voz, que debía ser ella la que se hiciera cargo de costear los gastos. Aceptó la responsabilidad y quedó en que le mandaría más dinero del acostumbrado.
Por otra parte, la charla fue breve porque Sebastiana prefirió no preguntarle ningún detalle acerca de la identidad de novio, ni la edad del futuro marido de su hermana, o la forma en que se arregló el compromiso; años más tarde lo sabrá todo, aunque no será por boca de su mamá.
Al colgar, armó el sobre con los billetes y llamó a la oficina de la sucursal del correo para pedir que mandaran a alguien para retirar el encargo.
…Al rato, el bueno de Arnulfo golpeaba la puerta.
-¡Siempre tan diligente, usted...! –lo saludó, y le entregó la carta.
-Dijo que era urgente, señorita...
¡Arnulfo era el único en este mundo que la llamaba “señorita”!
-Sí, digamos que hay cierto apuro...
-¿Algo más para que me lleve? –preguntó y, mientras lo hacía, se le iba sombreando en la cara una sonrisa...-. ¡Un día de estos, me voy a atrever a trasponer esta puerta...!
-¡Cuando usted guste! ¡Va a ser un placer recibirlo en esta casa...! –le aseguró Sebastiana.
A Selmira se le quebró la voz cuando tuvo que llamar a Adelina para que se ocupara de atender al jefe Romualdo Montenegro. Ambas recordaban lo que ese hombre le había hecho pasar a la muchacha, lo detestaban, pero a la vez le temían demasiado como para cerrarle la puerta en la cara.
Por la época en que Selmira enviudó, cuando comenzó a manejar, a modo de resarcimiento, a las chicas que su esposo había pervertido, un atardecer sombrío se encontró frente al jefe Montenegro que le pedía dinero a cuenta de nada.
-No señor, las cosas cambiaron en esta casa, ¡ya no hay más plata! –le había dicho.
...Selmira, aún paladeaba textualmente las palabras que había empleado.
-Selmira, Selmira... Acordate que Amílcar siempre me pagaba a término –insistió él-. Por algo sería, ¿no te parece?
-No me importa, acá se terminó lo que se daba y ahora la que manda soy yo...
-¡Mierda! –Gritó el jefe-. ¿Por qué me toca lidiar con mujeres? Selmira, quiero que me entiendas por las buenas... ¡Siempre es más fácil tratar con los hombres! –renegó al cielo-. ¡Con ustedes no se puede razonar, solamente entienden a palazos...!
-¡Yo entiendo claramente, y le digo que no! –soltó Selmira, a la vez que pensaba: “¿por qué no te vas a negociar con Amílcar al infierno?”.
-Muy bien, ¿estás segura de que ésa es tu última palabra?
-¡Sí!
-Veamos... –Romualdo Montenegro paneó con su cabeza por el living de la casa-. ¡Vos, ¿cómo te llamás?! –le preguntó a Adelina.
-Adelina, señor.
-¿Cuántos años tenés?
-Dieciocho.
-¡Mentís! –gritó, dándole una cachetada-. ¿Cuántos años tenés? –repitió.
-Dieciséis –reconoció, a pesar de que ella sabía que debía ocultar su edad.
-Estás detenida.
A partir de allí, todo fue revuelo y confusión. Adelina lloraba y le rogaba a Selmira que la ayudara, que no permitiera que se la llevara... El jefe Romualdo Montenegro explicaba las razones del arresto, por las que la joven quedaría demorada en la comisaría hasta que un juez de menores interviniera para mandarla a un reformatorio... Selmira procuraba hacer reflexionar al hombre, invitándolo a pensar mejor las cosas, asegurándole que ese problema se podía resolver de otra forma más civilizada...
-¡Es tarde para eso, mujer! –había sostenido Montenegro, saliendo de la casa y arrastrando consigo a Adelina que se resistía a irse.
Desesperada, Selmira pensaba en qué podía hacer... Por un segundo resolvió llamar a Narciso Bustamante para pedirle ayuda, pero ella jamás lo había molestado en su casa por no causarle problemas... Pero se decidió a hacerlo, éste era un asunto de fuerza mayor, y cuando por fin la atendieron, la voz de una empleada doméstica, le explicó que el señor estaba de viaje.
Pancracia y Azucena lloraban como niñas... Libertario volvía de la escuela, y Selmira sentía que no podía darse el lujo de quebrarse... ¡Debía actuar! “Ya es tarde”, fluían las palabras del jefe en su cabeza. ¡Nada quedaba por hacer! Había logrado enfurecer al hombre que le aseguró que ya era tarde para arreglar las cosas...
El anochecer se insinuaba, y Selmira no tuvo reparo en agarrar su cartera y caminar hasta la comisaría. Dio pasos firmes y veloces, sorteando el escollo que significaba andar con sus tacos sobre las baldosas desparejas de la vereda. Cinco cuadras, nada más... Al llegar, recuperó el aliento para no mostrarse tan vulnerable y, cuando se sintió en condiciones de volver a hablar, pidió ver al jefe.
-Acá está su dinero, y más todavía... –pronunció-. Ahora deme a la chica.
-No sé cómo pensarás que se manejas las cosas, Selmira, en tu casa mandarás vos, pero acá nadie me dice lo que tengo que hacer...
-¡Por favor! –soltó casi al borde del llanto.
-No te preocupes mujer, estamos en paz, un error lo tiene cualquiera, lo importante es aprender, escarmentar de nuestras equivocaciones... No pasa nada... ¡Andate tranquila, que mañana, a primera hora, la tenés en tu casa!
Selmira se marchó de la comisaría, pero en ella no había lugar para la tranquilidad. Fumó y esperó sentada en el sillón de la salita a que le devolvieran a Adelina. Pasó toda la noche en vela, y pareció a propósito, ningún cliente entró a la casa ni siquiera para distraer... El tiempo se detuvo, demorando el arribo del amanecer, incrementando la ansiedad...
Al rato de cansarse de maldecir, oyó el sonido de la puerta de un auto que se cerraba. Efectivamente, el único patrullero con el que contaba la policía del pueblo, llevó a Adelina hasta la casa.
El oficial abrió la puerta del coche y empujó a la muchacha para que se bajara. Selmira salió a la calle corriendo y se encontró con la joven que quería como a una hija medio muerta, o eso parecía, sobre el piso humedecido por el rocío de las primeras horas de la mañana.
-¡Cielo santo! ¡Válgame Dios! –exclamó Selmira al verla.
La habían arrojado del auto y dejado en la calle, como si no pudiera ser otra cosa más que una bolsa de basura.
Adelina había sido golpeada, violada, se encontraba débil y le sangraban las heridas. Fue atendida de urgencia por el doctor Corso Perrone que suturó un par de cortadas y alivió sus dolores con un potente analgésico. La muchacha necesitó de al menos dos semanas completas para recuperar cierta compostura.
...Después de darle unos cuantos billetes al jefe Romualdo Montenegro, Selmira llamó en voz alta a Adelina, para que lo atendiera a lo largo de las horas que el hombre creyese precisas. La chica acudió al grito de su nombre y subió a su cuarto junto a Montenegro, recordando que ella nunca quiso contarles a las otras mujeres, ni siquiera a Selmira, que consideraba una madre, lo que había sucedido aquella lejana noche en que estuvo demorada en la comisaría. Reconstruyó que a penas había dicho que el jefe Montenegro se la entregó a los guardias de turno para que se entretuvieran durante las horas de vigilia.
Elías Linares era el tipo más raro del mundo, al menos del mundo de Arroyo Agrio. Ni bien entró a lo de Selmira, le pagó por adelantado sólo para hacerse del derecho de hablar con Sebastiana como acostumbraba. Para arreglar cuentas con el hombre, Selmira tuvo que interrumpir una discusión que, otra vez, estaba teniendo con el insistente Baltasar Mesa que, de nuevo, se había puesto un tanto nervioso. Elías no hizo caso de la escena, ya tenía bastante con sus propios tormentos... Y fue en busca de la habitación correspondiente.
Él no lo sabía, pero era un hombre afortunado... ¡El amor podía hacer a una persona, la más dichosa o la más infeliz! ...Todo variaba si se trataba del amor correcto o no... ¡Y a Elías Linares, una buena mujer lo amaba sinceramente!
Se tendió sobre la cama, y Sebastiana, a su lado, se recostó inclinándose sobre su pecho, como siempre hacían. ¡Dinero fácil! Elías, solamente exigía que la joven lo escuchara, mientras que él le acariciaba el cabello...
¡Elías estaba de para bienes porque la mujer que lo amaba existía en este universo! ...Sabía expresarle su afecto y demostrárselo; y también en su realidad estaba su esposa.
-Pero Isabel nunca te va a dejar vivir en paz... –afirmó ella que estaba interiorizada de los pormenores del caso.
-¡No sé qué hacer...! ¡Nunca voy a poder dejarla...!
-¡Vas a tener que hacerlo si querés ser feliz! Ella va a apelar a todo lo que esté a su alcance para retenerte, pero no podés permitírselo... –le explicó Sebastiana.
-Rosario me dijo que no me puede esperar más, que ella quiere casarse, tener hijos... Que si no es conmigo va a tener que ser con otro... Que no se va a hacer vieja esperando que me decida... Pero yo no puedo darle todo lo que ella se merece.
-¡Sí que podés! ...Y es lógico que te exija, que te apure, te ama y quiere que seas para ella.
-¡Es que no sé qué hacer!
…Al rato de eternizarse en el silencio, Elías se levantó de la cama, la besó en la frente y se marchó.
Detrás del hombre que traspasó la puerta de entrada, se divisó la desgarbada figura de un niño, que lo seguía, arrastrando los pies.
-Este no es un lugar para traer a criaturas... –le recriminó Selmira al cliente.
La dueña de casa probablemente supuso que Próspero Ochoa había encontrado una buena excusa para alejarse de su señora, con el pretexto de sacar a dar una vuelta a su hijo...
-No, mujer, mi muchacho vino a hacerse hombre –le explicó enseguida.
Selmira no estaba dispuesta a preguntarle a Próspero cuántos años tenía el chico, o si había sido él mismo quien incentivó al padre para que lo llevara... Así que se limitó a tomar el dinero de Próspero Ochoa e invitó a Desiderio a permanecer sentado en la sala a la espera de que el hombre disfrutara de su media hora en la cama de Sebastiana.
Desiderio se quedó más que quieto, inmóvil sobre el sillón, sin emitir sonidos, hasta que fue el propio Próspero el que le indicó que había llegado su turno. Después, con una naturalidad y una sonrisa que su hijo no le conocía, le marcó la puerta en la que debía entrar.
Sebastiana lo recibió desnuda, y el pequeño que, ni siquiera había visto en ropa interior a su madre, se deslumbró al mismo tiempo que se sintió algo asustado. Por su parte, ella también se llevó una sorpresa, no esperaba encontrarse con un niño...
Le sugirió que se sentara; la cama, con excepción del piso, era el único lugar donde alguien se podía sentar en esa habitación. Desiderio la obedeció y, cuando Sebastiana pretendió desabrocharle el pantalón, se echó a llorar. Instantáneamente, ella se detuvo y no encontró en su garganta las palabras para calmarlo o conseguir, al menos, que el chico dejara de temblar.
-¿Cuántos años tenés?
-Doce.
-Bueno, te voy a decir algo: quedate tranquilo que no te voy a hacer nada –le dijo torpemente-. No me tengas miedo...
-Perdón –se disculpó Desiderio-, es que no sé qué es lo que tengo que hacer...
Sebastiana, que no estaba acostumbrada a ese tipo de diálogos, le dedicó una amable sonrisa. Se sentó a su lado, apartando el acolchado y se quedó callada.
-Me quiero ir a mi casa –pidió por fin Desiderio Ochoa.
-Está bien, como vos quieras... –lo consoló sintiendo pena por él.
-Pero mi papá se va a enojar...
-No, si no se entera –le explicó.
-¿Y cómo?
-...Que no tenemos que contarle la verdad... En unos minutos bajamos y le decimos que todo estuvo bien y punto.
Así lo resolvieron, así lo hicieron... Por eso, Desiderio se ganó unas palabras llenas orgullo de parte del padre y una efusiva palmada en el hombro.
-¿Qué tal estuvo? –le preguntó el hombre a Sebastiana.
-Bien, por ser su primera vez, bien...
Ella, sin dudas mentía muy convincentemente porque Próspero no dudó ni por un segundo.
-¡Qué grande mi muchacho!
El pequeño se dejó elogiar, evitando mirar de frente a su padre, cuando Sebastiana los despedía abriéndoles la puerta. De pie en el umbral, saludó a Próspero Ochoa sin efusividad y, antes de meterse a la casa, le guiñó un ojo a Desiderio.
Telmo Pallares la golpeó pero ella permaneció callada para no alarmar a las otras en la casa, erróneamente pensaba que podía controlarlo por sí sola...
-¡No me mires así que sé que te gusta...! –dijo el hombre.
-En todo caso, yo soy la que elige quién me pega, y usted no me vuelve a poner un dedo más...
-¡¿Tan segura estás?! –soltó, lleno de su omnipotencia.
-¡Váyase!
-¿Me estás echando?
-¿A usted qué le parece? –gruñó con la cara ensangrentada.
-Te voy a decir una cosa, mocosita... A todas mis amantes les pegué... Mi abuelo golpeó y violó a decenas de mujeres como vos, como cualquiera, al otro lado del arroyo... ¡Mi padre heredó y me transmitió ese carácter...! ¡Tengo sangre de Cruzados en estas venas! –se vanagloriaba-. ¡A la única que jamás le levanté la mano fue a mi legítima esposa, la madre de mis hijos! ...Mirá que no voy a hacer lo que quiera con una puta como vos...
-¡Yo nací en Arroyo Amargo! –le reveló poniéndose de pie, enfrentándolo.
-¡Más ganas me dan todavía!
Y, mientras hablaba, Telmo tomó y levantó su bastón, amagando con estrellárselo contra su cuerpo. Sebastiana frenó el impulso del viejo decrépito, deteniéndolo y empujándolo hacia atrás.
-¡Le dije que usted a mí ya no me pega, ¿oyó bien?! –le volvió a advertir.
-¡Eso sí que lo quiero ver!
Cuando no conseguía encontrar más que fraudes y desilusiones, imaginaba la boca de Libertario pronunciando hermosas mentiras exclusivas para ella... ¡El apóstol de sus carcajadas! ¡Grandes consuelos en su insignificante eternidad!
Telmo bajó la escalera para reclamarle a Selmira el comportamiento reacio de la muchacha.
-¡No voy a permitirte que lastimes a ninguna de estas mujeres!
-¡Yo estoy pagando, Selmira, y pago bien!
-¡No me importa...! ¡Guardate tu dinero, no lo quiero!
-¡Te estás poniendo vieja, mujer...!
-¡No tanto como vos! ¡Ahora andate, maldito...!
Pancracia se encargó de aliviar las marcas que le había dejado la paliza que Telmo le dio.
Sebastiana juró que ésa sería la última vez que el hombre le levantaba la mano, pero los juramentos, no serían tan importantes si no se quebraran con tanta facilidad... Jurar requería el sacrificio de sostener la promesa.
-Quedate tranquila, que esto no te va a doler más que cuando ese hijo de puta de golpeó –Pancracia le avisó a Sebastiana, con el alcohol en la mano...
En su juventud, Pancracia se había desempeñado como asistente de enfermería y ahora, en la casa de Selmira, estaba a cargo del botiquín de primeros auxilios.
Asimismo, ella sabía muy bien de golpizas... Hasta que se casó, su padre era el encargado de los malos tratos en su hogar de la infancia y, desde que empezó a compartir la cama con su marido, él tomó el lugar vacante.
Pancracia era conciente de que su vida había estado marcada por la figura de su esposo, culpa del cual aún cargaba sobre su espalda el peso de estúpidas taras.
Una de aquellas noches lejanas, todavía lo recordaba, la última en la que compartió las sábanas con ese hombre, ella había cocinado para él.
…Pasó también, que su marido se había demorado en el bar, a la salida del trabajo, con los amigos. Para cuando llegó a la casa, Pancracia estaba ofuscada, desplomada sobre la silla, ante la mesa preparada para la cena.
-¡Es tarde! –rezongó temeraria.
-Es que me distraje con una pavadita...
-Sentate y vamos a cenar que tengo hambre...
-Quedate que sirvo yo.
El hombre se acercó a la mesa con las porciones abundantes de guiso de arroz que Pancracia había cocinado con paciencia y esmero. Ambos vaciaron sus platos, en verdad la comida estaba sabrosa...
Su marido volvió a ponerse de pie y se dirigió a la cocina para servir más.
-¡Yo ya estoy llena! –le aseguró.
-¡Comé! –le ordenó él.
-Ya no quiero comer más... –le explicó.
-¡Comelo y todo, tanto hambre que tenías...!
Así, Pancracia vació, a duras penas, el segundo plato.
Esta vez, para evitar pararse de nuevo, el hombre llevó la olla a la mesa.
Volvió a servirle.
-¡No voy a comer más! –replicó-. Me va a hacer mal...
Él se acercó a ella, tomó sus cubiertos, le abrió la boca a la fuerza y la obligó a pasar un par de cucharadas, manchándole con azafrán su blusa rosa.
-¡Comé! –insistió-. ¡Masticá todo!
…Y Pancracia volvió a comer, tragando, a veces sin masticar, como podía, hasta que vació el tercer plato. Cuando notó que su marido vertía lo que quedaba en la olla frente a ella, llenando otra vez el plato, tuvo ganas de llorar. Continuó comiendo hasta que le advirtió:
-¡Voy a vomitar!
-¡Hacelo y te lo hago tragar!
Pero Pancracia contuvo la náusea, sabía que su esposo era capaz de eso y tantas otras aberraciones.
Finalmente, a la mañana siguiente se marchó de su casa, cargando una pequeña maleta, disimulando el dolor de tener el cuerpo molido a palos y con cierto malestar en sus entrañas...
Así, abandonó su pueblo natal buscando mejor suerte y agradeciendo no haber tenido hijos con ese hombre.
Desde entonces, Pancracia fue incapaz de volver a probar el arroz en ninguna de sus variantes.
Ahora, con casi treinta años, seguía evocando cada noche, la forma en que ese hombre solía despertarla...
La herida del ojo de Sebastiana no le permitió observar con claridad las imágenes del desfile de modas en el que Cristal deslumbraba a todos, incluida Victoria, su verdadera madre y madre adoptiva de Luis Alfredo...
-¡Parece mentira que alguien se ensañe tanto con una misma persona! –rezongó Pancracia.
Sebastiana vinculó la frase, instantáneamente, con la cara de Libertario, que siempre le recriminaba su comportamiento con afirmaciones similares. No obstante, ella aseguró:
-¡Es que es mentira, es una telenovela!
-¡Cuando se entere de que es su hija, se va a querer morir después de todas las maldades que le hizo a la pobre chica! –comentó, otra vez Pancracia.
-Pero es su madre, la va a terminar perdonando... –aseguró Sebastiana.
Esos últimos días, todas las mujeres de la casa se mostraban algo inquietas...
Cada una tenía sus motivos...
Adelina andaba cansada de los cargoseos y presiones de Baltasar Mesa...
Selmira estaba extrañando más que nunca a su hijo, y añoraba la presencia permanente de un hombre que la quisiera a su lado, aunque fuera suya la culpa de espantar a Narciso Bustamante...
Azucena caía en la cuenta de que ya ninguno quería pagar para estar con ella...
Sebastiana lamentaba no tener noticias de su mamá, contándole cómo había estado la boda de Ceferina...
Eduviges, a su vez, rememoraba la buena vida que supo tener junto a su esposo y su hijita...
Y, finalmente, Pancracia, estaba contrariada porque sí.
El mundo le temblaba a sus pies cuando vio entrar a la casa a Justino Balcarce que tuvo que apurarse cuando notó que una lluvia inclemente lo perseguía. Sebastiana abandonó el sillón de la salita para colgarle en el perchero el piloto empapado que traía puesto, a la vez que el resto de las mujeres corría de un lado a otro para cerrar puertas y ventanas.
-¡Ah, muy bien! –la felicitó Justino, cuando la vio aparecer con el florero listo con agua limpia.
-¡Qué ramo más hermoso...! –aclamó Sebastiana, conmovida por semejante belleza.
El diario que le trajo especialmente para ella, había escapado del aguacero, saliendo ileso, así que diligente, la muchacha agradeció el gesto y le quitó la ropa mojada. Desnuda ella también, fueron recobrando los sentidos con el sexo, al tiempo que perdían en el camino lo que les quedaba de aliento.
Ajustes en el plan austral
El conjunto de medidas llamado australito, contempla el aumento salarial para paliar el deterioro que sufrieron los sueldos de bolsillo. También, supone un ajuste en los gastos públicos, con la creación de un impuesto y un nuevo intento de reforma del Estado.
Cabe destacar que el proyecto fue diseñado por el flamante ministro de trabajo Carlos Alderete, de clara extracción sindical. Recordemos que Alderete fue nombrado por Alfonsín con intención de limar asperezas con el sector gremial, especialmente con el llamado “grupo de los 15”...
Fin de la rebelión de Semana Santa
“Compatriotas, felices pascuas”. De esta manera, el presidente Raúl Alfonsín, anunció el final del levantamiento militar. El primer mandatario se dirigió ante una multitud agolpada en Plaza de Mayo, luego de entrevistarse con el líder rebelde, Aldo Rico.
Cuando las negociaciones, a cargo del ministro de defensa se habían estancado, el presidente se condujo a Campo de Mayo, dejando trascender la decisión de relevar de su puesto al general Ríos Ereñú del mando del Ejército. En tanto, se anunció la instrumentación y encuadre de la obediencia debida, según lo establecía un inminente fallo de la Corte Suprema de Justicia en la llamada Causa Camps. Dicho reclamo, conformaba una de las principales peticiones de los insurrectos.
En su discurso, el presidente, comunicó que los militares alzados, habían depuesto su actitud frente a la respuesta popular de respaldo a la democracia.
Monte Seco abre su mercado
El intendente Damiano Suárez, inauguró el mercado de hacienda local destinado a manejar el comercio rural de la región. Tras un largo discurso inaugural, Suárez destacó que nuestro pueblo “es un ejemplo de progreso y bienaventuranza”...
Arroyo Agrio abre sus puertas a las inversiones
Nuevas inversiones privadas arribaron al vecino pueblo para radicarse con el afán de impulsar la creación de nuevos puestos de trabajos, a través de una fábrica de calzado. Asimismo, los responsables del proyecto, explicaron que la construcción de la empresa, demorará alrededor de seis meses...
-¿Entendiste algo de lo que leíste?
-¡Ni media palabra, soy un poco bruta yo! ¿Pero no es cierto que algún día usted me va a explicar?
-¡Cómo no, cuando quieras! ¡Ahora mismo, si tenés ganas...!
-No, mejor ahora no, ya me aburrieron las noticias...
-¿No hay nada que pueda hacer por vos?
-No necesito nada, gracias Justino...
-¿Siempre vas a ser tan reticente a dejarte ayudar?
-¡No me rete, que por lo menos ya lo llamo por su nombre...! Tal vez algún día precise algo... Entonces, y se lo prometo, usted va a ser la primera persona a la que recurra.
-¡Así me gusta! ...Pero apurate, no sea cosa que me muera antes...
-¡Ni en broma diga esas cosa! –lo retó.
-¡Contame ya qué dice la carta! –le pidió Adelina.
-¡Tomá, leela vos misma!
-Prefiero que me la leas vos, en voz alta... –insistió la otra.
-“Hola Sebastiana...” bla, bla, bla, bla, bla, nada de esto te interesa... En realidad, me pregunto ¿qué es lo que esperás que él escriba...?
-¡Que te ama, que quiere que te vayas con él, ¿qué otra cosa?! –aseguró con toda su naturalidad.
-Ya te adelanto que no dice nada de eso...
La correspondencia era una metodología anticuada y anacrónica, bastante obsoleta, un elemento más de la marea que distanciaba a éste y otros pueblos de los avances contemporáneos y renovaciones culturales.
¡Pueblos suspendidos en el tiempo!
¡Habitantes sumergidos en un adormecimiento generalizado!
…Como te decía, la carpintería no está del todo mal, pagan bastante, pero no me gusta porque me duelen los dedos lastimados como para dedicarme a escribir la noche entera como pretendo.
-¡Ah, de eso, ni una palabra a Selmira! –le advirtió a su amiga-. ¡Vos, que sos tan bocona...!
-¿Cómo puede ser que con todo lo que hace esta mujer por él, este canalla la engañe...?
-Sus motivos tendrá... A parte, ése no es asunto nuestro...
A pedido de Sebastiana, le contaba lo más fielmente posible todo lo que vivía... Era, que ella quería enterarse de sus historias y, aunque sabía que a veces le mentía un poco, no le importaba... Porque cuando Libertario no tenía qué escribirle, le inventaba algo entretenido para deleitarla.
¡Los mil lugares que no conocerá y que solamente podrá admirar a través de las palabras de Libertario! Sebatiana imaginaba, y entonces, sin el menor esfuerzo, su cuerpo salía a volar... Experimentaba en carne propia lo mejor de otras vidas... ¡El universo terminaba quedándole pequeño si las historias de Libertario habían sido escritas con inspiración!
Por su parte, cuando le escribía, él, trataba de ser lo más dedicado posible... Libertario era conciente de que con sus relatos, la rescataba de la mediocridad de su realidad...
“Las buenas historias no se escriben con lapiceras que funcionan a medias”, analizaba Libertario, mareado por la lejanía...
¡Días amargos...!
Después, en la carta, Libertario le narraba sus aventuras amorosas con jóvenes ávidas de experiencias... Estudiantes universitarias, vecinas, vendedoras; en todas ellas buscaba hallar el más sublime placer entre sus sábanas...
Detallaba sus conquistas amorosas, sus proezas sexuales... Así se lo había exigido Sebastiana: “quiero saber cómo amás cuando no hay amor de por medio”.
-¡Este sinvergüenza me va a escuchar! –dijo Adelina como anuncio de una futura reprimenda-. ¡Si quiere putas, ¿para qué las busca tan lejos...?!
Al instante, las dos empezaron a reír, cada vez con más ganas, descargando vaya a saber qué angustia.
-¿Y esta hoja, por qué me la estás ocultando? –Adelina se puso seria al ver el papel asomándose por el bolsillo la Sebastiana-. ¡Dámela! –le ordenó con la autoridad que le otorgaba la amistad.
Le echó un vistazo general, reconoció la continuidad de la letra de Libertario como dibujos indescifrables.
Se trataba de una segunda parte de la carta, donde prácticamente, se retractaba de lo que antes le había escrito...
-Leeme esto también, no te pienses que no te descubrí que me estás ocultando algo...
La vida me queda grande si no estás a mi lado…
Porque todo lo que antes me servía, ya no existe…
¡Porque la vida se me cambió con una mirada tuya!
-¡Pero te dice cosas muy bonitas...! –afirmó Adelina.
-Sí, por eso –reconoció Sebastiana-. ¿Sigo?
-¡Te mato si no lo hacés!
Sueño con tu voz diciéndome: ¡amor, levantate que es tarde y el desayuno ya está preparado!
Extraviado, me alcanzaría, acaso, con tenerte el resto de mi pobre vida.
¡Sería feliz mientras durmieras al otro lado de mi cama!
Hipnotizado por una rutina que hacés que se convierta en imposible…. Porque la realidad me cachetea por iluso.
¡La escenografía del desamor!
Me cortás las alas a cada momento fruto de tu desaliento, así que me va a costar mucho volar, pero todo me costó en esta vida…
Si me dieras la chance de demostrarte que estás equivocada…
-...Si no te la leí fue porque no quería que te entusiasmaras... –dejó de lado la carta para explicarle a Adelina sus razones...
-¡Tonta, vos sos la que se tiene que entusiasmar!
¡Míseros placebos!
Ninguna se parece a vos, aunque tampoco me quieran…
-¿Fuiste capaz de decirle a Libertario que no lo querés?
Pero Sebastiana no le respondió más que con su silencio, como casi siempre hacía con Libertario.
Igualmente, Adelina no esperaba ninguna excusa, no le importaba...
Es tan duro vivir así, sabiendo que la mujer que amo no está entre las que veo en un bar o con las que me cruzo en la calle…
¡El yugo de la soledad!
Mi fracaso, tu antipatía; mi dolorosa inspiración.
-¡Pero qué cosas más románticas que te escribió, por Dios! –exclamó.
…A priori, te amo.
A posteriori, no te lo merecés…
-¿Qué habrá querido decir con eso? –preguntó Sebastiana.
-No tengo ni la menor idea... ¡Seguí leyendo!
Pero como no puedo hacer nada al respecto, ni existe factor que modifique mis sentimientos, comprendo que mis razonamientos y conclusiones lógicas, literalmente, se me van al carajo.
-Por lo que entiendo –soltó Adelina-, está enojado y dolido...
-Yo diría que está más enojado que dolido...
A lo mejor, algo se me ocurrirá para distraer mi cabeza de vos. Y si no, me voy a morir pronunciando tu nombre y clamando venganza.
¡Para morir sólo hace falta estar enamorado!
-¡El pobre está diciendo que se va a morir de amor...!
-¿Escuchaste la parte de la venganza? –le preguntó Sebastiana, como pidiéndole que también la defendiera un poco a ella.
Pero morir no sería tan grave si no fuera porque te perdería…
¿Seremos capaces de aprender, a pesar de mi desilusión y tus resquemores?
¡Ensañamiento de tu lado, e incosciencia de mi parte!
Me debato en cómo definirte: no sé si sos injusta, insensible o te regocija hacerme sufrir…
Entonces, cualquiera sea la visión correcta, ambos deberíamos rever nuestros comportamientos: vos, sacándote de la cabeza que yo soy tu contrincante, para dejar de lado tu crueldad, y yo, por mi parte, tendría que desenamorarme un poco, o nos iremos convirtiendo en enemigos.
¿Llegaremos a ser, algún día, ángeles que se repongan a la caída estruendosa y sobrevuelen el vacío que deja el desamor? Porque el amor nos devuelve las alas que fuimos perdiendo al crecer…
Estoy esperando a que te decidas, ahora todo depende de vos… Porque de los dioses no se puede esperar nada… Porque si los dioses fuesen capaces de enamorarse, me entendería y me ayudarían…
¡Dioses que sólo saben de prohibir y castigar!
¡En cambio yo sí soy un verdaero dios, yo sí puedo amar!
“Un dios disfrazado de persona”, interpretó Sebastiana...
-¡Dios mío, este hombre es un poeta! –exclamó Adelina emocionada...
¡Un dios terrenal! Uno, cargado de vicios y caprichos…
Un dios al que dejás desarmado… Sos la única mujer que me corta el aliento cuando me mira…
-¡Ves, que él te ama de verdad...! Con un amor sincero y perdurable, no como el que nos jura la mayoría de los borrachos que vienen acá, y nos suavizan el oído para que les hagamos un descuento... –ratificó Adelina.
Cuando quiero tenerte para amarte…
Cuando quiero matarte…
¡Cuánto más te busco en otras, me pierdo con mayor facilidad!
Como sé que le vas a leer esto a Adelina, aprovecho para mandarte besos y a pedirte que me ayudes a convencer a esta insensible, porque tengo razón, porque sé que vos me entendés, Ade, porque sabés que la amo.
Volviendo a vos, me pierdo en tus ojazos… Acaricio el aire evocando tu piel… Extraño tu lengua… Necesito tu sexo… Y el resto de cuánto te deseo, prefiero guardármelo para decírtelo para cuando nos encontremos y pueda verte de frente.
Probablemente me muera sin escuchar que me amás; aunque ahora, te extraño tanto que no me interesa el futuro… Me encantaría estar viéndote la cara mientras leés esto…
“Pero si te morís, ¿quién quedaría para amarme?”, pensó ella, al escuchar el párrafo releído para Adelina.
¡Me quitaría la vida para que veas lo que hiciste de mí!
…Pero no soy tan tonto, a parte, sé que no te importaría.
A lo mejor, un día, te atrevés vos misma a matarme de verdad y no solamente con tus palabras, ¡esto sería lo más justo!
Sin embargo, si me conocieras un poquito, más allá de este desaliento temporario, ya tendrías que saber que no voy a bajar los brazos hasta conquistarte.
A tu cuerpo accede cualquiera, por eso, lo que busco es otra cosa, y con un poco de eso distinto, un poquito más de esa otra cosa, me alcanzaría… Así se espantarían los fantasmas y demonios y, entre tus manos, ya no habría lugar para los trozos de las pieles de los otros.
No se puede rehuir de la responsabilidad de sentirse amado…
¡Cuando se nos venga abajo este cielo, te quiero conmigo!
Tal vez debería raptarte, ¿por qué no? ¡¿Cómo no se me ocurrió esto antes, secuestrarte y llevarte a vivir a otro mundo?! …Entonces, huiríamos juntos para dormir muchas horas seguidas uno pegado al otro… Pasar de largo con la noche y, al día siguiente, cuando me sintiese satisfecho, me dedicaría a despertarte con caricias. ¡Necesito tanto esto! …Porque en esa casa es imposible si todo el tiempo golpean a tu puerta buscándote, diciendo tu nombre.
¡Alguna de estas cosas podrían convencerte, ¿o no?!
-Y vos, ¿qué tipo de cosas le contás en tus cartas? –le preguntó Adelina.
-Ninguna... Yo no le respondo –aseguró-. No me gusta escribir y las cartas me parecen una pérdida de tiempo... –dijo, sin saber que un día tendría que escribirle una carta a Libertario.
-¡Las cartas son románticas!
-¡Por eso! Además, si tengo algo para decirle a alguien, se lo digo de frente, personalmente, o a lo sumo, por teléfono...
-¡Bien que te ponés contenta cada vez que recibís una carta de Libertario! –afirmó Adelina, para darle un reto-. Sos una malagradecida...
-¿Sigo?, ya termina...
-No, me enojé, no quiero escuchar más...
Pero Sebastiana releyó, aunque en silencio, el último párrafo de la carta que decía así:
¡El amor se adhiere a uno!
El amor es una responsabilidad, el mayor acto de compromiso que se le puede ofrecer a una persona este mundo… Pero tal vez, vos todavía no te diste cuenta…
Continúa en la próxima entrega…
domingo, 18 de julio de 2010
Tras el Arroyo
Sábanas I
Aquel mediodía, la encontró con que tenía que trabajar. Se contentó con que se tratara de Justino y no otro. Especialmente ese día se sentía irritable, contrariada y la condescendencia del hombre podría equilibrar su estado de ánimo.
-Hola, ¿cómo está? ¡Qué bueno verlo! ...Creo que hoy es mi día de suerte.
-¡Hola preciosa, parece que hoy estás más linda que nunca!
-¡Qué cosas dice, señor!
-¿Cuándo vas a empezar a llamarme Justino?
-No sé, algún día...
-Éstas son para vos, aunque no se asemejen a tu belleza... ¡Buscá algo para ponerlas en agua...!
-Sí, señor.
-¿Por qué esa cara? ¿Pasó algo?
-¡Lo de siempre...! ¡Acá nunca pasa nada bastante bueno ni algo demasiado malo!
Justino Balcarce era uno de los hombres más ricos de la región y, en la casa Selmira era tratado como se merecía: como un rey, y no tanto por su billetera sino más bien porque era bueno, amable y respetuoso con todas.
No frecuentaba a las mujeres muy a menudo, pero siempre que sus obligaciones y compromisos laborales se lo permitían, se daba una vuelta. Entonces, se aparecía con dos ramos de flores, uno, para la dueña de casa, y otro, para la acompañante de turno.
Desde que conoció a Sebastiana, mostraba tener por la muchacha cierta debilidad, sin embargo, y para que las demás no se pusieran celosas, antes de entrar a la habitación de la elegida, llenaba a las otras mujeres de obsequios y piropos...
-¡Mirá lo que te traje!
-¡El diario, como me prometió...! ¡Gracias, señor!
Apresaron al ex intendente Morales
A últimas horas de ayer, fue detenido e incomunicado el ex intendente de Monte Seco, el doctor Delfino Morales. Puesto a disposición del juez federal Víctor Maraño, el imputado se negó a declarar. Según dejaron trascender fuentes judiciales, el intendente relevado de su cargo, fue imputado por su secretario de “colaboracionista del servicio secreto manejado por el anterior gobierno militar”. En tanto, los fiscales a cargo de la investigación, destacaron que “contamos con pruebas más que suficientes para mantenerlo en prisión”...
El Austral es la nueva moneda
Sourrouille, dio a conocer su nuevo plan de ajuste fiscal y monetario. Tal como explicó el ministro, consiste en la edición de un nuevo signo monetario argentino, un congelamiento de precios, salarios y tarifas; disponiendo de un tipo de cambio fijo y controlado. Asimismo, Juan Vital Sourrouille, señaló que el nuevo valor del Austral equivaldrá a 1.000 pesos argentinos.
El responsable de la cartera económica del gobierno del doctor Raúl Alfonsín, brindó a la prensa ciertas precisiones del programa. Aseguró que se respetarán los ajustes salariales anunciados a principio de mes y explicó que el trabajador recibirá un alza de sus ingresos del 22,6%.
En otro plano, el tipo de cambio se mantendrá fijo en una paridad de ochenta centavos de austral por dólar. Por otra parte, se dispuso una tabla de conversión entre Australes y Pesos Argentino, válida por los próximos cuarenta y cinco días para la cancelación de contratos anteriores a la fecha. Al respecto, se destacó desde Hacienda, que estas escalas de conversión “irán disminuyendo con el tiempo”. Finalmente, se aclaró que todos los depósitos a plazo fijo o préstamos constituidos antes del nuevo plan económico, mantendrán sus condiciones tal como fueron establecidas inicialmente.
Continúa el juicio a los dictadores
El juicio a los ex comandantes de las tres primeras juntas del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, prosigue según lo establecido. El proceso oral comenzado el 22 de abril en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal, abrió grandes expectativas en la sociedad.
Esta instancia judicial fue precedida por un plan de determinaciones políticas que se iniciaron a poco establecido el gobierno democrático. Previamente, en el Senado Nacional, se excluyeron los beneficios de la obediencia debida a quienes hubieran cometido hechos atroces o aberrantes. Hasta ese momento, se creía que se tendría que limitar los juicios a los nueve comandantes y al ex jefe de la policía bonaerense Ramón Camps, pero a través de la reforma de la ley 23.049, se posibilita el enjuiciamiento a los oficiales superiores y de todos aquellos que hubiesen tenido responsabilidad operativa.
Arroyo Amargo mantiene a su Intendente
El doctor Aristóbulo Carreño fue reelecto por octavo período consecutivo como intendente del vecino pueblo. De esta manera, Carreño contará con otros cuatro años para comandar los designios del poblado próximo a Monte Seco, con: “autoridad, cordura, paciencia y sabiduría”, tal como declaró el mandatario en el acto de reasunción...
...Y Sebastiana no quiso leer más.
-¿No sos demasiado joven como para abrumarte con las noticias de este triste mundo? –le preguntó, al verla dejar a un lado el periódico...
-En esta casa, se deja de ser joven demasiado pronto, señor.
“La infancia es un instante”, definió.
-Pero algo tiene que atraerte de estas noticias... Porque leés y leés, pero me parece que no entendés mucho que digamos...
-Es verdad –le confirmó con su voz y su sonrisa-. No entiendo casi nada pero espero aprender... A parte, me gusta el diario, porque estas hojas de papel, quieren decir que pertenezco a un lugar de esta tierra... Representan algo que me ata a la realidad, a este mundo complicado y abrumador, como usted dice... ¡Este diario, al leerlo, me confirma que yo también soy real!
-¿Precisás algo que yo te pueda dar? –le preguntó, preparándose para partir.
-No, señor...
-¿Por qué nunca me pedís nada? –insistió Justino-. ¡Vivo ofreciéndote darte lo que quieras y vos siempre te quedás callada! –Y, cuando Sebastiana le iba a responder, la interrumpió-: Ya sé, no me digas nada, algún día...
-Así es...
-¡Voy a terminar pensando que me hacés un desprecio!
-¡No para nada! –le aseguró preocupada por la mala interpretación-. ¡Por favor no piense eso!
Justino estaba casado con una buena mujer que muchos años atrás, cuando todavía eran jóvenes, poco después de la boda, sufrió un terrible accidente automovilístico, producto del cual quedó paralítica. ¡Ni todo su dinero pudo revertir las secuelas de la tragedia en la pobre de Esther!
El accidente de su esposa también lo demolió a él. No pudieron tener hijos y ahora, treinta años después de aquel desastre, la única intimidad que tenía con su señora, consistía en compartir las sábanas.
...A lo mejor fue que Sebastiana lo devolvió a la vida con su sexo, en realidad otras ya habían hecho eso antes... ¡Ni él sabía con exactitud por qué, pero el hombre le estaba profundamente agradecido a la joven que prefería decirle no a sus generosos ofrecimientos!
Cuando Justino se aproximaba a Sebastiana, lo hacía cautelosamente. Cuando la tocaba, se trataban de caricias tibias, armoniosas. Más allá de la diferencia de edad que notablemente había entre ellos, a Sebastiana no le desagradaba cuando él la visitaba.
Escapando de los guardias de Arroyo Amargo primero, y luego de los de Arroyo Agrio, golpeó la puerta para suplicar ayuda. Cristóbal Ledesma era un adolescente pero su cara recia lo negaba... Si los policías lo encontraban, después de haber cruzado el arroyo ilegalmente, lo molerían a palos sin prestarle atención a sus veinti pico de años.
Fatigado, apretó con su mano su cintura para forzarla a recuperar el oxígeno y lograr a hablar... Cuando lo hizo, se explicó:
-Me persiguen, necesito esconderme acá durante unas horas, al menos, hasta que me pueda ir...
-Pasar un tiempo en esta casa cuesta dinero –le insinuó Selmira, para ver si el muchacho entendía adónde era que se había metido...
-No tengo plata, señora...
-Entonces, tenés que irte muchacho, lo siento...
-¿Podrían darme un vaso de agua? –pidió.
-Sí, yo le traigo –declaró Sebastiana.
-¿De quién escapás? –le preguntó Azucena, sin conmoverse pero llena de curiosidad.
-Cometí un delito en el pueblo del otro lado y escapé, pero tampoco podía cruzar el arroyo en las lanchas municipales porque me hubieran identificado, así que ahora me persiguen acá también...
-¿Qué cosa tan grave pudiste haber hecho? –insistió.
-Incendié la casa de mi patrón... No saben que fui yo, pero me asusté y huí, no debí hacerlo pero tuve miedo de la represalia...
-¿Y quién es tu patrón?
-Un hombre poderoso, se llama Roberto Barreiro –declaró para ganar tiempo.
-¡Selmira, yo me encargo de él, aunque no pague! –anunció Sebastiana, invitando al joven a guarecerse en su cuarto hasta que entrara la noche...
No fueron deseos de probar el sexo con él, los que la movilizaron... Se trató de un sentimiento superior, como una complicidad nacida entre malhechores de idéntica calaña, la comunión entre los que tienen un enemigo en común.
-Desde ya te advierto que no me vas a tocar ni un pelo... No, mientras no tengas dinero...
-De acuerdo... Entonces, ¿por qué dejaste que subiera?
-Porque no me gustaría que te atrapasen...
-¿Yo te conozco?
-¿Estuviste antes en esta casa? –le preguntó para marearlo.
-No.
-Entonces, no nos conocemos.
...Así le habló Sebastiana a uno de los muchachitos que trabajaban como peones en el campo de Barreiro junto a su padre... ¡Claro que se conocían! Si él había sido amigo de Paulino hasta que se marchó.
Pero así como ella lo sabía, él no la relacionaría nunca con el pasado... No aparentaba sus años, su rostro maquillado en exceso, negaba sus facciones infantiles... ¡No había nada en ella de la niña que había nacido, como él, en Arroyo Amargo!
-De acuerdo, quedamos en el barcito de la otra vez. ¡Pero mamá, mirá que yo no tengo mucho tiempo, voy a estar trabajando!
...Y madre e hija volvieron a encontrarse como lo habían hecho meses atrás, también después de otro llamado y una insistente demanda de plata.
¿Qué nueva necesidad tendría ahora? ¿Qué problema acosaría a su familia, tan grave que solamente se podía resolver con dinero?
Sebastiana era conciente de los excesos en los que incurría su madre con el fin de sacarle la mayor cantidad de efectivo posible; y a la vez, sopesaba su conciencia pensando que si en su casa se padecían necesidades, era por su culpa, por no haber elegido alguna entre todas las propuestas matrimoniales.
Ella conocía la rutina de reclamos y aun así aceptaba encontrarse con ella. ¡Era su madre y verla, era su obligación! No obstante, bastaba que la tuviera enfrente para que, al regresar a lo de Selmira, sintiese el estómago cerrado, la garganta anudada; la sensación más próxima a la congoja que solía asaltarla cuando era niña.
Ofelia había llegado al pueblo vecino cruzando el arroyo en las lanchas intermunicipales, procedimiento por el cual la embarcación de Arroyo Amargo debía trasponer las aguas hasta el punto medio del riachuelo para concretar el trasbordo a la nave perteneciente a Arroyo Agrio, que conducía a los pasajeros hasta la orilla contraria. El camino de vuelta era exactamente inverso, y obligatoriamente, los paseantes debían presentarse con documento en mano, dinero para el boleto, por supuesto, y en el horario de las nueve de la mañana a las siete de la tarde.
La primera vez que se reencontraron, Ofelia pretendió pasarle el parte de lo que estaba ocurriendo en Arroyo Amargo, pero su hija la obligó a hacer silencio y le advirtió que no volviera a mencionar a esa gente...
Como aquella vez, esta tarde, su madre le habló de las dificultades para mantener a sus otros tres hijos y enumeró unas cuantas penurias familiares, como si Sebastiana tuviese la responsabilidad de resolvérselas por haberse marchado, por no aceptar ninguna proposición de todas las ofertas que le habían hecho sus pretendientes.
Los problemas se terminaron cuando Sebastiana sacó de su cartera un monederito. Ofelia espiaba para ver cuántos billetes le iba a entregar y con cuántos se quedaría su hija.
Después, una, volvió a su pueblo traspasando el arroyo en las lanchas, y la otra, pagó los cafés y caminó hasta lo de Selmira, mirando al frente, como lo hubieran hecho las actrices de las películas que veía con Libertario, cuando se escapaban para ir al cine de Monte Seco.
En el pueblo, ya todos sabían quién era y a qué se dedicaba. ¡La existencia de la casa de Selmira no era un secreto para nadie! Varios hombres con lo que se cruzó en el trayecto de su caminata, eran clientes suyos; la mayoría de las mujeres eran esposas de clientes suyos...
Un perro criado en la calle, condescendiente, la miró pasar como si la entendiera...
A lo largo de esos escasos años, concluía, que las mujeres eran con ella más crueles que, aun el peor de sus amantes. ¡De alguna manera o de otra, ellas siempre se encargaban de humillarla! ...Salvo Selmira, ella se comportaba como una buena madre.
Atravesó la puerta. Las mujeres de la casa que estaban desocupadas, merendaban en la cocina. Selmira se encontraba sentada, en soledad, fumando sobre el sillón de la salita.
-¿Cómo te fue? –le preguntó al verla.
-¡Como siempre, el dinero la puso de buen humor...! –aseguró ella, insinuando cuáles eran las verdaderas intenciones de su mamá.
-¡Pero es tu madre!
-¡Ya lo sé!
-Extraño a la mía, sabés... Esto me pasa muy pocas veces, pero cada tanto vuelven los recuerdos... Probablemente ella esté muerta, no sé, las mujeres de mi familia solían ser muy longevas, a lo mejor esté viva todavía, eso espero...
-Nunca antes la había escuchado hablar así, de su vida anterior...
-¡Me debo estar poniendo vieja! –y le sonrió-. ¿A vos te gusta escarbar en tu pasado?
-No, Selmira... –reconoció-. Ya sé. La entiendo... ¡El pasado está lleno de fantasmas!
-¡A mi, los fantasmas solamente me inquietan...! ¡¿A vos te asustan?!
-¡Algunos! ...Pero no estamos hablando de mí, Selmira –respondió irónicamente.
¡Siempre resultaban suculentos los secretos ajenos...!
-¡Sos rápida!
-¡Ya no soy una nena, no se olvide de eso...! –pronunció, como si haber dejado atrás la infancia lo explicara todo...
-¡Hagamos un trato: yo te cuento un secreto y vos me contás uno tuyo, ¿te parece?!
-¡Pero no vale inventar! –definió la regla principal del juego...
-¡Por supuesto! ¡Empezá vos! –le ordenó.
-Muy bien... Un hombre murió por mi culpa. Era alguien que no valía la pena, pero una muerte pesa sobre mí... ¡Hice que una persona matara a otra por mí! –reveló.
-¿Eso es todo?
-¡¿Le parece poco?!
-¡Te estoy cargando...!
-¡Ahora es su turno!
-¿Qué te podré contar...? –preguntó al aire-. ¡Dejame pensar!
-¡Sebastiana, vení a ver el último capítulo de la novela! –la llamó Adelina.
-Están como locas, gracias a Dios que mañana comienza otra porque sino, no hay quien las aguante...
-¡Selmira, no va a conseguir distraerme ni confundirme! ¡Cuénteme algo de su vida y algo que yo no sepa, claro...!
-A ver... ¡Soy de tu mismo pueblo! –escupió-. ¡Yo también nací y viví en Arroyo Amargo!
-¿Cuánto tiempo vivó allá?
-¿Para qué querés saber?
-Porque a lo mejor, de chiquita, alguna ves me crucé con usted...
-Cuando naciste, ya no estaba allá... ¡Me fui de pequeña, tenía casi la misma edad que vos cuanto escapaste...!
-¡Entonces el padre de Libertario es de allá! –dedujo rápidamente...-. Es probable, que a los hombres de los que le hablé, usted los hubiera conocido...
-¡No me des nombres...! –le pidió y así, Selmira, aplacó su curiosidad por no escarbar tanto en la memoria.
Cuando salía de la escuela, la jovencita se ganaba unos dineros extra ayudando en la limpieza en la casa de un señor importante que no tenía nombre con peso propio, aún, pero su apellido resultaba absolutamente rutilante.
Pocas veces el señor se encontraba en la casa, él solía pasar varias horas fuera, trabajando, continuando orgullosamente con los pasos de su distinguido padre.
-¿Cuál es tu nombre querida? –le preguntó el dueño casa, estudiando su figura.
-Selmira, señor –había respondido tímida pero obediente.
-Acompañame a mi escritorio que me gustaría mostrarte algo...
-Sí, señor –aseguró.
Empezaron a caminar, ella lo seguía, mirando el suelo que pisaba, sin quitarle la vista a las baldosas de la cocina, hasta llegar al parquet de la oficina del abogado y político.
En la privacidad de esa habitación, lejos de los ojos buscones de la cocinera o los de las niñeras, el hombre posó sus manos recias en la cintura de la jovencita. Le murmuró palabras empalagosas al oído... Selmira se fue dejando llevar, envuelta por el sonido de la voz de ese hombre apuesto.
Con el pasar de las tardes, se terminó por enamorar del señor que le decía cosas tan lindas, y se entregó al placer y a la pasión que él le ofrecía.
-Lo amo... –le reveló.
-¿Segura? ¿No lo decís por complacerme? –le preguntó él.
-No señor, lo amo de verdad...
Después, la mandó para su casa con un par de billetes ásperos para que ayudase a su madre.
Selmira lo amaba tanto que nunca llegó a notar que aquel hombre sólo le había jurado que la quería cuando aún ella no se decidía a aceptar sus propuestas.
Traspuso la puerta con su altanería de siempre y pidió hablar con Selmira...
-¡Quiero estar con Adelina y Sebastiana juntas! –exigió Telmo Pallares, para iniciar la negociación de la tarifa.
-¡Eso es muy costoso!
-¡Me da igual!
-¿Querés suicidarte? ¡Esas dos podrían producirte un ataque cardíaco!
-¡Hacé lo que te digo!
Finalmente, los tres terminaron juntos en la habitación de Sebastiana, que era la que estaba más ordenada; la otra, en vez de limpiar su cuarto y otras partes de la casa, prefería ver la televisión. ¡Si hasta más de una vez, Adelina, se ganó varios retos de Selmira por su dejadez!
Con las dos jóvenes desnudas, paradas frente a él, que ya se había recostado en la cama, les ordenó que se besaran, que se tocaran, mientras que el viejo se limitaba a fumar y observarlas.
¡Eduviges había ganado la apuesta! ...Ni con semejante espectáculo, Telmo Pallares consiguió que le funcionara... Lo bueno de aquello, lo mejor, fue que él, apenas las manoseó un poco porque no pudo hacer otra cosa... Después, el hombre se marchó algo ofuscado en busca de saldar deudas con Selmira.
-¿Están bien? –les preguntó la mujer asomándose al cuarto, temerosa de que las hubiese lastimado.
-Sí –le aseguró Sebastiana.
...De lo contrario, el precio hubiese subido considerablemente, así que le cobró lo que habían acordado previamente.
-¡No se le paró! –adelantó Adelina sonriendo, porque en la cena hablarían largo y tendido del tema.
Cuando volvieron a quedar a solas, las chicas se largaron a reír con carcajadas estruendosas y risas contagiosas... Ni bien recuperó el aliento, Adelina se puso su bata y dejó la pieza para irse a ver la nueva telenovela.
Como no había llamado para avisar a qué hora llegaba su micro, nadie lo fue a buscar. Libertario se había traído un bolso pequeño, señal de que sólo permanecería en la casa de su madre unos pocos días de esas vacaciones.
Casi todas las mujeres estaban dormidas, incluida su madre, por suerte para él, Azucena sí estaba levantada para abrirle la puerta; había tenido que madrugar para atender al banquero antes de que entrara a trabajar.
Con cuidado de no romper nada, preparó el desayuno que le llevó a Selmira a la cama, subiendo en silencio, para que nada pudiera adelantar su presencia... ¡Quería que su propia imagen fuera la noticia de su llegada! Adoraba a su madre, y como tal, la despertó con sus manos acariciando su cabello deslucido, con el afecto más sublime del cosmos. La quietud se desquebrajó cuando Selmira advirtió que su hijo había vuelto a ella y estaba a su lado para desayunar....
A los pocos minutos, los necesarios para que las muchachas se pusieran algo de ropa decente, se fueron acercando a la habitación de la dueña de casa para constatar por sí mismas a qué se debía semejante alboroto...
Adelina no fue la primera en llegar, adoraba dormir tanto como ver telenovelas, pero cuando por fin entró, corrió hasta donde estaba sentado Libertario y se le colgó del cuello para abrazarlo mejor. Antes que ella, Pancracia ya le había dado la bienvenida sin tanta efusividad, aunque con el mismo agrado de volver a verlo.
La habitación de Sebastiana era la más alejada a la de Selmira y no mostró ningún apuro en vestirse. Displicente, caminó con sus pies descalzos, ampollados con las últimas sandalias que se había comprado a precio de liquidación en plena temporada, hasta llegar a donde estaba el festejo. Ya frente a él, lo saludó y le dio un beso rápido en la mejilla. Al instante, fue Libertario el que la abrazó, casi como lo había hecho Adelina con él. La última en acudir a la celebración, fue Eduviges que era obsesivamente minuciosa en la tarea de lavarse los dientes y cepillar su pelo.
Poco después, las mujeres y Libertario dejaron a Selmira sola para que pudiera cambiarse. Casi todos fueron a la cocina a preparar mate y Sebastiana se fue a dar un baño para estar lista en el momento en que le tocara enfrentar al mundo real. Desde abajo brotaban risas que no había alcanzado a oír por el agua de la ducha, pero cuando cerró la canilla, aquellos ecos se convirtieron en la señalización perfecta que le marcaba hacia dónde tenía que ir.
Adelina preparó el almuerzo, feliz de agasajar a su amigo recién llegado. Comieron sentados a la mesa, bastante apretujados, hacía mucho que no eran tantos. Todas le pidieron que contara novedades de la Gran Ciudad, pero Libertario esquivó las preguntas desplegando sus mayores habilidades: echando mano a todo tipo de evasiva.
Estaba introvertido, a lo largo del viaje había ido pensando qué haría cuando volviera a tenerla frente a él...
“¡Cuando mis ojos lleguen a vos y aterricen en tu cuerpo...!”.
Y nada de lo que, medianamente tenía planeado resultaría, pues Sebastiana no era la misma que había visto el último invierno y el anterior verano.
...Pero al fin y al cabo, ella tampoco era tan diferente, al menos hacía todo lo posible para mantener ante Libertario la naturalidad de una típica joven de pueblo. Se cambiaba de piel especialmente para reencontrarse con él.
La observaba, admirando la concentración que ponía para pintarse las uñas.
Salvo ellos dos, las demás todavía se encontraban en la cocina, comiendo alguna que otra fruta.
“¡Vacaciones en tu piel!”, definió Libertario a su estadía en la casa de su madre.
-¿Cuánto cuesta acostarse con vos? –le preguntó en tono de broma.
-¿Cuánto pagarías? –le repreguntó.
-La verdad, y no es que no lo valgas, pero no tengo mucho dinero... –le explicó Libertario.
-¡Te puedo hacer precio, sólo por ser vos...! ¡No te preocupes, vas a tener un descuento! Pero hay que esperar a que se me seque el esmalte... –le advirtió, con una sonrisa cruzando su rostro.
En realidad, él sabía que no le cobraría nada, pero este tipo de interrogatorio, se convirtió con el tiempo, en una especie de “Ábrete sésamo”, una contraseña privada.
Otras veces, ya le había preguntado lo mismo de modo parecido:
-¿Cuánto cobras? –Libertario la había increpado, en otra visita anterior.
-Esas cosas las maneja Selmira, a lo mejor te conviene arreglarlo con ella antes de meterte en mi cama, antes de que te vuelvas loco y no quieras volver a salir...
-¡Me estás echando a perder...! –reconoció lleno de pasión.
Claramente, él no pagaba por tenerla, pero al mismo tiempo era conciente de que algo debía darle a cambio, por más mínimo que fuera, llevarla al cine o traerle algún regalo de la Gran Ciudad.
¡Modestas ofrendas a su diosa injusta e incomprensiva!
...Lo que Sebastiana prefería eran los libros, tal como él le contagió su entusiasmo. ¡Y Libertario lo sabía! ...Por eso, dentro de su bolso, tenía guardado y envuelto con esmero su recompensa.
Desmesurada, Sebastiana demostró haber adquirido una admirable destreza para desnudarlo, lamentablemente, Libertario sabía que, como lo hacía con él, también era así con aquellos otros hombres...
“¿Qué tenés que me volvés tan loco...? ¿Qué es lo que te hace tan especial?”, Libertario exploraba dentro de su mente para terminar hallando siempre la misma respuesta.
Mientras tanto, Sebastiana, sin notar que él estaba pensando en ella, iniciaba un tránsito indecoroso hacia su sexo.
-¡Te amo tanto! –reconoció ante Sebastiana por primera vez.
“Bebiéndote... ¡El vino de tu sangre!”.
...Después, acalló sus murmullos para seguir besándola.
“Y sin embargo, de mujeres como vos, está lleno el mundo”, se recriminó a sí mismo, dejándose hacer...
“Todos quisimos, al menos una vez, que el amor fuera algo más que un tormento”, analizó antes de hablar:
-¡Te amo! –le repitió al rato, por si ella no lo había escuchado...
-Shhh, no deberías...
-Pero me pasa que te amo sin hacer esfuerzos, sin buscarlo, aunque no quiera...
-¡No deberías! –sentenció de nuevo, con un poco más tajante.
“Genero amores frustrados”, Sebastiana, culposa, cayó en su propia trampa.
“¡Nuestra historia es una aberración de la suerte!”, se aseguró él a sí mismo...
-¡Que te quede claro que no te amo!
...Ella pronunció su frase, separando cada sílaba para que fuera más contundente y sonara más cruel aún; un disparo en cada pausa.
-Tengo la sensación de que me estás mintiendo, nena...
-Y a mí me parece que te está fallando la percepción, nene...
-¡Mis sentidos están en perfecto estado!
-¡Olvidate de eso, yo nunca te voy a amar!
Un cupido miope y con temblequeos los había unido...
-A la larga o la corta, te vas a arrepentir de este error... –le advirtió Libertario.
-¡No voy a perder mi tiempo en averiguar si sos o no el hombre de mi vida...!
Tal vez morir después del sexo fuese la respuesta, “para no desear matarte, para no volver a extrañar este sabor...”.
-¿También cobrás por sonreír?
-¿Por...?
-Porque me parece que no te costaría nada dedicarme una sonrisa... –le reclamó.
-¡Es que con tantas pavadas que decís me pongo mal!
Finalmente, le entregó una monería risueña y se apropió del libro que, con creces, ya se tenía ganado.
“Cuando me decidí a pensar en mí, en mi necesidad, mis intereses, mi conveniencia, mi cordura, ya fue tarde”, reconoció Libertario, amándola y sufriendo con la misma intensidad.
…Sebastiana leía sumida en el silencio, mientras que Libertario hacía cualquier cosa para desconcentrarla.
Leía y comparaba su vida con las de las heroínas de aquellas historias, y siempre salía perdiendo...
-¡¿Qué querés?, a ver, decime, así me dejás de molestar!
-Que leas en voz alta, para mí también...
Y, mágicamente, las cosquillas cesaron para escucharla pronunciar y darle sentido a esas palabras que otro pensó para ellos...
Estando recostado y meciéndose sobre su voz, se sintió absurdamente dichoso, y pensó: “soy el bastardo más afortunado del mundo”.
Ella despegó su figura un poco de aquellos brazos, pero sólo para poder volver a enredarse...
-Te amo –Libertario, le susurró de nuevo.
-Yo no sé amar... –le aseguró, imitando un susurro-. Ya te lo expliqué...
-Es muy fácil, yo te enseño: amar es jugar sin reglas... –le advirtió vagamente...
-Por eso debe ser que me cuesta... Yo no juego desde antes de dejar de ser una niña...
En cambio, él la amaba sin esfuerzos...
El efecto del amor en su cuerpo era notablemente evidente...
Aceleraba su corazón...
Afilaba su lengua...
-Amar –continuó con su definición-, es jugar sin miedo a perder... Sin tener en cuenta las consecuencias, porque amar así, como los dioses, siempre acarrea riesgos...
“Clausuré mi corazón por hombres embaucadores como vos”, reconoció íntimamente. “¡Príncipes desteñidos!”.
-¡Lo que decís es imposible de hacer: no se puede no tener en cuenta lo que va a pasar...! –replicó.
“Amarte es lo más fácil del mundo”, Libertario se aseguraba para sí.
-¡Es más sencillo si no pensás! Tendrías que probarlo... –le dijo tratando de convencerla.
Un amor supeditado a los sentidos.
-Lo que no se puede, es amar previendo todo el tiempo riesgos y peligros –Libertario retomó la palabra para advertirle.
-Definitivamente, por todo eso es que amar me resulta inconcebible...
Pero lo dicho, él la amaba sin proponérselo, sin el menor esfuerzo.
-Te amo –le repitió, y refrendó su frase con un par de besos...
Ese fuego que Libertario experimentaba, que ella provocaba en él, hacía que sus ojos no pudieran ver con claridad...
Las manos le temblaban...
Lograba que sus piernas se abrieran y su boca dijera estupideces...
Y así fue que le dijo:
-...Tengo miedo de perderte... –y, ante la intención de ella de interrumpirlo, volvió a hablar-: Está bien, ya sé lo que me vas a decir: que nunca te tuve...
Y, ante la corrección, Sebastiana se libró de obligarlo a rectificarse...
¡Incautas ilusiones!
Inequidades; vínculos imperfectos...
-A vos no te cuesta enamorarte, lo que tenés es miedo de enamorarte, que es distinto –sentenció.
“Temerle al amor es igual que asustarse de los fantasmas; ambos absurdos: ni el amor ni los fantasmas existen”, calculó al escucharlo.
…Otra cosa eran el cuco o el viejo de la bolsa.
-No creo que sea así, aunque reconozco que le tengo miedo a varias cosas... –le contestó.
Efectivamente, a lo largo de sus años, se convertirá en una presa fácil del terror de sus tormentos privados, todos ellos incoherentes, entregándose dócil e indefensa a los miedos más insensatos, en especial, durante las madrugadas de invierno.
-¡Nenita, volvé acá! –le dijo, como retándola por ponerse a buscar algo en el aparador.
…Y ella acudió a su ferviente llamado, complaciéndolo, al menos en eso.
La piel era un estuche, y el de él, era el mejor...
-¿Sabés una cosa…? ¡Me encanta cuando me decís así: nenita! –reconoció Sebastiana.
No se podía decir que a Selmira le desagradara o la entusiasmara la escena que se sucedía en uno de los cuartos de arriba; tal vez, lo más acertado fuera definir la situación como inquietante para la mujer.
Por eso, ratos más tarde, pretendió hablar con su hijo, en el momento en que Sebastiana debió dedicarse a sus obligaciones amatorias.
Pero cuando lo iba a reprender, lo noto con la guardia baja, aplastado por saber que nunca podría tener como él deseaba a esa chica que tanto quería. Entonces, al verlo así, Selmira prefirió hacerlo hablar de otros temas, como la marcha de la facultad o los amigos...
-...Todo muy bien, má.
-¿Hay alguna perspectiva de que consigas algún puesto, aunque más no sea como aprendiz?
-En ésa estoy... –le contestó.
Al instante pensó, convenciéndose: “si le pude mentir una vez, voy a poder seguir mintiéndole siempre”.
Por su parte, a Selmira, la respuesta la dejó satisfecha, ella se aferraba desesperadamente a los engaños de su hijo. Así, recobró el impulso que le faltaba para continuar tratando con los hombres que pretendían regatearle el precio de las muchachas.
Los días que fueron viniendo se parecieron a los anteriores, entremezclando la rutina de placer con las responsabilidades. No obstante, se acercaba la fecha del regreso de Libertario a la Gran Ciudad.
Postergando la trama del teleteatro, Sebastiana, prefirió dedicarse a leer, recostada junto a Libertario, el libro que él mismo le había llevado de regalo.
-¿Me amás? –quiso saber él.
-¡No seas ridículo!
-¡Y vos no seas necia, no te niegues al amor, escuchá tu corazón...! –exclamó Libertario, a modo de súplica.
-Mi corazón no habla –le explicó-, gracias, que a penas late...
-¡¿Nunca lo vas a reconocer, no?!
-¿Qué? –repreguntó.
-¡Sos capaz de cualquier cosa con tal de no aceptar que me querés...!
-¡Basta de pavadas y leé vos que ya me cansé!
-¡Ya te voy avisando que no me voy a dar por vencido...!
Asimismo, se mostró molesto una vez más cuando debieron interrumpir el argumento, escapando de prisa, para que ella se avocara a deleitar a otro hombre.
La cara se le transfiguró cuando Libertario le abrió la puerta. Cecilio Quintana estaba cansado del viaje que hizo manejando desde Monte Seco a Arroyo Agrio, cargado de pedidos para sus clientes. Se trataban en su mayoría de mujeres, o de lo contrario, hombres que pretendían agasajarlas. Sus mercancías resultaban costosas, por eso todos ellos eran personajes distinguidos e importantes de la región. Su ropa era lucida en bodas y comuniones, aunque también contara con una línea informal de ropa de calle. Vestidos, lencería, alhajas y calzado; mujer que él adornaba, mujer que no pasaba desapercibida.
Pero en la casa de Selmira no llevaba nada para vender...
Libertario no lo había visto nunca, pero tampoco permanecía tanto tiempo en casa de su madre como para conocer a todos los hombres que entraban allí.
-¡Hacía mucho que no te veíamos por acá! –lo saludó la mujer.
Cecilio Quintana sudaba y Selmira, que se había acercado alertada por los golpes a la puerta, le ofreció algo fresco para tomar. Él se lo agradeció mientras se sentaba junto a ella. Libertario fue hasta la cocina y les trajo bebida nadando en hielo, y al juntarse otra vez con ellos, los encontró riéndose.
“¡Tal vez están recordando viejos tiempos!”, especuló y maldijo a ese hombre.
Selmira mandó a llamar a las muchachas por medio de Pancracia que estaba ahí abajo por casualidad, renovando el agua de los jarrones de las flores.
En un segundo, observándolo todo desde la cocina, vio que las mujeres se paraban frente al cliente. Eduviges, Adelina, Pancracia, Sebastiana y Azucena... Como en una película muda, notaba que gesticulaban; parecían felices, como en medio de una fiesta. Libertario miró hacia arriba, para reclamarle al cielo, ansioso y apurado, que trajera el final de la tarde...
Días corroídos por el paso de manos extrañas...
¡Horas ajenas!
La casa comenzaba a suspirar...
A lo mejor, la noche lo rescataría...
¡Los peores infortunios para el corazón...!
Desde ese escarmiento que le profirió la realidad, al menos mientras estaba en la casa de su madre, Libertario dedicaba las horas de las tardes, a gozar de siestas infinitas...
“¡Maldita mujer desalmada!”, repetía su conciencia. “¡El estúpido amante celoso de la prostituta!”, se catalogó el mismo...
Después, Cecilio se puso de pie y subió la escalera cargando un bolso, al lado de la más joven de todas. Las otras no supieron si alegrarse o no; de igual manera, aprovecharon para hacer distintas cosas, por ejemplo, ver la televisión.
-¿Conocés Monte Seco? –le preguntó él.
-Fui un par de veces, al cine... No pude ver mucho como era bien, porque todas las veces que fui era de noche, durante el día acá siempre hay mucho trabajo... –le explicó Sebastiana.
-Entiendo. ¿Sabés que tengo acá adentro? –pronunció, señalando su bolso.
-¡La verdad es que no tengo idea!
-¡Regalos, para vos!
-¿Sí, en serio? –repreguntó desconfiada, sin atreverse a acercarse y abrir las bolsas.
-¡Toma, esto es tuyo! –le aseguró, alentándola a que los tomara.
Observó los paquetes. En uno había un vestido delicado y llamativo, precioso, tanto, que nunca había visto uno parecido, fuera de las revistas o las películas del cine. En otro, había un conjunto de bombacha, corpiño y portaligas de encaje color negro, con las medias haciendo juego.
Sebastiana pensó que eso sería justo lo que usaría una actriz de Hollywood en su intimidad...
Adentro de la tercera bolsa, había una cajita. La abrió, era un collarcito de oro, e instantáneamente, se alegró de haber sido ella la elegida por Cecilio Quintana.
-Dejame que te ayude a cerrar la traba... –le sugirió acercándosele al cuello.
-¿Siempre es así de generoso? –le preguntó.
-Me gusta ver a una mujer bien vestida, arreglada, sofisticada... ¡Probátelo, quiero ver cómo te queda...! Espero no haberme equivocado con el talle, no sé si lo habrás notado, pero todas ustedes tienen una complexión física similar...
-¿De verdad? ¿Cómo se dio cuenta de eso?
-¡Tengo ojo para las mujeres! –se vanaglorió.
Sebastiana obedeció en todo. Mientras cambiaba su ropa por la nueva, Cecilio hablaba, sin importarle demasiado si ella lo escuchaba...
Efectivamente, no le prestaba mucha atención, oía el murmullo de su voz, pero no retenía las palabras. Estaba concentrada en no romper las delicadas medias.
-...Leonor jamás se pondría esta ropa, ni siquiera si yo se lo pidiera... –confesó.
-¿Quién es Leonor? –preguntó, porque la parte en que le contaba de su señora, fue justo cuando trataba de enganchar las medias en el liguero.
-Mi esposa.
-¡Ah, claro! –reafirmó, como si fuese un mandato infranqueable el hecho de que las esposas no hacían esas cosas.
A continuación, Cecilio se desnudó. Era relativamente joven, no se sabía su edad exacta, pero se le notaba en el cuerpo.
Era la primera vez que Sebastiana tenía frente a ella a ese hombre, que deliraba acerca de la religiosidad de su mujer y de sus costumbres puritanas. Se acercó a ella que, cuando pretendió volver a sacarse la ropa, la detuvo.
Aquellos hombres como Cecilio, respondían con generosidad a su profunda entrega...
Antes de que él se fuera, Sebastiana llegó a imaginarse entrando al bar de Arroyo Agrio luciendo aquel vestido para encontrarse con su madre. Perfectamente podría ser confundida con una mujer distinguida, de clase y categoría...
Finalmente, Cecilio se despidió de ella, estaba apurado porque tenía que continuar con su recorrida por otros pueblos vecinos para difundir su mercadería.
-En unos meses voy a volver... –le aseguró-. ¡Y con más regalos...!
-¡Qué bueno, te vamos a estar esperando!
El hombre salió de la habitación cargando su bolso ya más liviano, y ella se quedó parada frente al espejo, estudiándose en diversas poses.
-¡Das vergüenza! –le dijo Libertario, pocos minutos después, cerrando con violencia la puerta.
-¿Perdón? –hizo como que no había entendido.
-¡Sacate esa ropa espantosa!
-Sí, me la voy a sacar, no quiero que se estropee. ¡Salí de mi cuarto, ya! –le ordenó enojada con el planteo.
-¡Sebastiana, bajá rápido que está empezando Cristal! –la llamaron las muchachas desde la cocina.
... Cristal, era una de las novelas que más le apasionaba, por eso, agradeció íntimamente que Cecilio se tuviera que ir tan pronto. Bajó justo para la presentación. Rudy La Escala cantaba y con él, las muchachas desentonaban a coro: “mi vida eres tú, y solamente tú, tratando explicar, su le tomé y la intenté besar...”.
-¡Carlos Matta es tan buen mozo...! –aseguró Eduviges.
…De pronto, todas en las casa se sobresaltaron con el portazo que dio Libertario, que parecía que había decidido ir a pasear.
-¡Y ella, es tan dulce...! –Adelina completó la idea que había tenido que interrumpir con el estruendo.
-¡Pero que mala es esta Lupita...! –rezongó Pancracia ante una nueva crueldad de la villana.
-Shh, que no dejan escuchar –Sebastiana las hizo callar.
Azucena no estaba con ellas en la cocina a pesar de que también le gustaba la novela, pero esa tarde prefirió sentarse a fumar al lado de su amiga. Con Selmira se conocían de toda la vida, desde hacía poco más veinte años. Juntas aprendieron a sobrevivir. Padecieron la brutalidad de Amílcar Taborda, permaneciendo una cerca de la otra como una especie de puntal. Probaron a la par los sabores de la vida y de la muerte.
Azucena era una de las pocas habitantes de la casa que había nacido en Arroyo Agrio, era la segunda de cuatro hijos de un matrimonio pobre. De pronto, un día, se encontró frente a una asistente social que les explicaba que los llevarían a la Gran Ciudad, la niña por un lado y los varoncitos por otro, a dos instituciones de Servicios Infantiles. Con sus once años, lo entendió todo: sus padres habían muerto e iban a separarla de sus hermanos para mandarlos a orfanatos.
La mañana en que partirían del pueblo, ella no estaba en su cama, ni siquiera había pasado la noche allí... A Azucena le hubiera gustado escaparse con sus hermanos, pero el mayor insistió en que no debían hacerlo y, como los otros le hicieron caso a él, ella se fue sola.
...Y vagó durante gran parte de la madrugada buscando algún lugar seguro donde descansar. Fue entonces cuando se topó con Amílcar que rondaba la noche para recaudar el dinero de sus mujeres.
-¿Estás perdida? –le preguntó el hombre.
-No tengo adónde ir... –le explicó la niña.
-¿Tenés hambre? –quiso saber Amílcar, afilando sus cubiertos.
-Sí, señor –le respondió tímida.
…La llevó a su casa y le ordenó a Selmira, después de despertarla bruscamente, que le diera algo de comer. El bebé lloraba asustado por los gritos del hombre, y la mamá, terminó tranquilizando a ambos: a la criatura y la pequeña extraña.
-¿Hace falta que lo hagas? ¿No te alcanza conmigo? –le preguntó Selmira antes de que su marido entrara a la habitación donde dormía Azucena-. ¡Es tan chiquita!
-¡Callate, mujer! ¡Ésta es una mina de oro! –le retrucó.
Al día siguiente de encontrarla vagando por las calles de su pueblo, Amílcar violó a Azucena y dos noches más tarde, empezó a hacerla trabajar para él.
-¿Viste qué enojado que se fue? –le insinuó Azucena.
-Tendría ganas de pasear... No veo nada de raro... –Selmira trató de justificar a su hijo.
-¡La vigila! ¡Si hasta se pone celoso cuando los clientes la buscan a ella...!
-¡¿Qué pretendés, que mi hijo se moleste cuando los hombres, que cada vez son menos, te buscan a vos?!
-No me hiere lo que puedas decir Selmira, soy conciente de que mi tiempo se está agotando... ¡Es lógico que las prefieran a ellas: a Adelina y a Sebastiana...! ¡Son jóvenes y bonitas, todavía...! ¡Lo que también es lógico, es que Libertario se enamore de ella!
-¿Enamorado...? –repreguntó con tono de burla-. ¡No sabés lo que decís!
-Sí, sí lo sé y está a la vista... –reafirmó la otra-. La forma en que la mira... Las cartas que le manda... La ronda constantemente... ¡La complicidad que tiene con ella! ¡Está claro que la ama...!
-¡Callate! ¡...Y ya no me relates más lo que también veo! –reconoció Selmira.
Azucena le hizo gestos para que Selmira volviera a prestar atención...
...Libertario entraba a la cocina donde la muchacha tomaba mate aislada del trajín de la tarde. El capítulo de Cristal había terminado y las otras mujeres se habían dispersado por toda la casa.
-¿Qué te pasa? –le preguntó él-. ¿Me convidás uno?
-¡Tomá! Y no sé qué me pasa...
-¿Estás enojada conmigo?
-No es con vos, estoy algo molesta, pero no sé por qué.
-¡Dame otro! Yo también estoy mal, celoso, te amo y aunque trato de ignorar lo que pasa, no puedo...
-Yo no quiero lastimarte... No sé, pero tendrías que hacer algo para sacarme de tu cabeza...
-No quiero sacarte...
-Hoy fue un día muy raro, para vos y para mí, todo me salió bien, desde que me levanté hasta ahora, pero hay algo que me hace sentir angustiada... –le explicó Sebastiana.
-Mirame, porque yo estoy acá, frente a vos, hablándote sinceramente y sosteniéndote la mirada, ¿esto también te pone mal?
-Supongo que mi ánimo va a ir cambiando... –y le sonrió.
-Te amo...
-No insistas con eso, por favor...
-Te amo, y no hay nada que no haría por vos.
-¿Nada? ¿Tan seguro estás de que serías capaz de cualquier cosa por mí?
-¡Todo, ya te dije! –reafirmó Libertario.
-¿Matarías por mí, si yo te lo pidiera?
-Creo que no estoy preparado para matar... –reflexionó.
-¿Y si el crimen estuviera justificado? –insistió Sebastiana.
-Por lo general, me pasa que siento que la mayoría de los motivos que llevan a la gente a matar, me resultan insuficientes... Lo que querés es imposible –reaccionó por fin tan determinante como era preciso-. Me parece que en vez de un hombre, estás buscando a un dios...
-En realidad no voy a pedirte nada, no espero tanto de vos...
Selmira entró a la cocina con la excusa de prepararse granadina, se acercó a los jóvenes y los vigiló, en su paneo, le dedicó a Sebastiana una mirada incriminadora.
-¿Por qué no vas a baldear un poco la entrada? –le pidió.
-Sí, señora.
Definitivamente ése no podía ser su mejor día.
Cuando la tarde agonizaba, Libertario solamente avisó, pero sin esperar la autorización de su madre:
-¡Nosotros vamos a salir! ¡Vos, vení conmigo! –dirigiéndose exclusivamente a Sebastiana.
Y así, tan sencillamente, se la llevó a pasear...
La tarde se agotaba y la oscuridad los asimilaba al paisaje, confundiéndolos con cualquier hombre y con la mujer más normal de Monte Seco.
En el cine vieron una película linda, entretenida, aunque Sebastiana fuera quedándose dormida sobre el hombro de Libertario, y él estuviera muy ocupado en acariciarla.
Al salir, cayeron en la cuenta de que la noche se estaba apagando, olvidándose, por no prestarles atención, que ellos seguían caminando por esas calles, demorando su andar, imaginando que no tenían que regresar a sus realidades contrapuestas y disímiles.
Cruzaban las esquinas susurrándose, intercambiando palabras que debían decirse en voz bajita, para no escandalizar...
Buscando un atajo que lo condujera directo a ablandar sus sentimientos, Libertario notaba algo raro en el cielo: era como si la noche los estuviera observando y por eso, retrasaba sus pasos, especialmente, para acompañarlos a ellos.
¡Una noche encantada...!
La madrugada los invitaba a no volver, a quedarse o marcharse lejos, finalmente regresaron a la casa, acalorados y muertos de hambre.
Al día siguiente, Selmira se mostró nerviosa, tanto, que su mano le temblaba cuando tomaba su vaso de granadina. Volvió a dirigirle una mirada reprobatoria a Sebastiana que ella supo interpretar, por la que quedó algo intimidada el resto de la estadía de Libertario.
-¿Puedo dormir esta noche en tu cama, con vos? –le preguntó, prácticamente bajo las sábanas-... Para que tengamos una despedida como corresponde...
-No creo que a tu mamá le agrade la idea...
-¡De Selmira me encargo yo!
-No es así, y lo sabés, porque después vos te vas y yo me quedo con los reproches y los retos...
Sebastiana había ido aprendiendo a no desear nada de aquello que le resultara inalcanzable...
-¡Si sabés que a vos nunca te va a decir nada! –completó su idea.
-¡Más de una vez me ha dicho varias cosas!
-¡No me quieras confundir...! ¡Estoy tan cansada...!
-¿Querés masajes? –le ofreció.
-¡No!
-¡Sos inconmovible!
-¡Sí! –le aseguró.
Buscó sus caricias...
¡Sus manos, como dormidas!
Finalmente, Libertario desistió de sus intentos de conmoverla y abandonó la habitación.
Esto no termina acá; continuará…
Aquel mediodía, la encontró con que tenía que trabajar. Se contentó con que se tratara de Justino y no otro. Especialmente ese día se sentía irritable, contrariada y la condescendencia del hombre podría equilibrar su estado de ánimo.
-Hola, ¿cómo está? ¡Qué bueno verlo! ...Creo que hoy es mi día de suerte.
-¡Hola preciosa, parece que hoy estás más linda que nunca!
-¡Qué cosas dice, señor!
-¿Cuándo vas a empezar a llamarme Justino?
-No sé, algún día...
-Éstas son para vos, aunque no se asemejen a tu belleza... ¡Buscá algo para ponerlas en agua...!
-Sí, señor.
-¿Por qué esa cara? ¿Pasó algo?
-¡Lo de siempre...! ¡Acá nunca pasa nada bastante bueno ni algo demasiado malo!
Justino Balcarce era uno de los hombres más ricos de la región y, en la casa Selmira era tratado como se merecía: como un rey, y no tanto por su billetera sino más bien porque era bueno, amable y respetuoso con todas.
No frecuentaba a las mujeres muy a menudo, pero siempre que sus obligaciones y compromisos laborales se lo permitían, se daba una vuelta. Entonces, se aparecía con dos ramos de flores, uno, para la dueña de casa, y otro, para la acompañante de turno.
Desde que conoció a Sebastiana, mostraba tener por la muchacha cierta debilidad, sin embargo, y para que las demás no se pusieran celosas, antes de entrar a la habitación de la elegida, llenaba a las otras mujeres de obsequios y piropos...
-¡Mirá lo que te traje!
-¡El diario, como me prometió...! ¡Gracias, señor!
Apresaron al ex intendente Morales
A últimas horas de ayer, fue detenido e incomunicado el ex intendente de Monte Seco, el doctor Delfino Morales. Puesto a disposición del juez federal Víctor Maraño, el imputado se negó a declarar. Según dejaron trascender fuentes judiciales, el intendente relevado de su cargo, fue imputado por su secretario de “colaboracionista del servicio secreto manejado por el anterior gobierno militar”. En tanto, los fiscales a cargo de la investigación, destacaron que “contamos con pruebas más que suficientes para mantenerlo en prisión”...
El Austral es la nueva moneda
Sourrouille, dio a conocer su nuevo plan de ajuste fiscal y monetario. Tal como explicó el ministro, consiste en la edición de un nuevo signo monetario argentino, un congelamiento de precios, salarios y tarifas; disponiendo de un tipo de cambio fijo y controlado. Asimismo, Juan Vital Sourrouille, señaló que el nuevo valor del Austral equivaldrá a 1.000 pesos argentinos.
El responsable de la cartera económica del gobierno del doctor Raúl Alfonsín, brindó a la prensa ciertas precisiones del programa. Aseguró que se respetarán los ajustes salariales anunciados a principio de mes y explicó que el trabajador recibirá un alza de sus ingresos del 22,6%.
En otro plano, el tipo de cambio se mantendrá fijo en una paridad de ochenta centavos de austral por dólar. Por otra parte, se dispuso una tabla de conversión entre Australes y Pesos Argentino, válida por los próximos cuarenta y cinco días para la cancelación de contratos anteriores a la fecha. Al respecto, se destacó desde Hacienda, que estas escalas de conversión “irán disminuyendo con el tiempo”. Finalmente, se aclaró que todos los depósitos a plazo fijo o préstamos constituidos antes del nuevo plan económico, mantendrán sus condiciones tal como fueron establecidas inicialmente.
Continúa el juicio a los dictadores
El juicio a los ex comandantes de las tres primeras juntas del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, prosigue según lo establecido. El proceso oral comenzado el 22 de abril en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal, abrió grandes expectativas en la sociedad.
Esta instancia judicial fue precedida por un plan de determinaciones políticas que se iniciaron a poco establecido el gobierno democrático. Previamente, en el Senado Nacional, se excluyeron los beneficios de la obediencia debida a quienes hubieran cometido hechos atroces o aberrantes. Hasta ese momento, se creía que se tendría que limitar los juicios a los nueve comandantes y al ex jefe de la policía bonaerense Ramón Camps, pero a través de la reforma de la ley 23.049, se posibilita el enjuiciamiento a los oficiales superiores y de todos aquellos que hubiesen tenido responsabilidad operativa.
Arroyo Amargo mantiene a su Intendente
El doctor Aristóbulo Carreño fue reelecto por octavo período consecutivo como intendente del vecino pueblo. De esta manera, Carreño contará con otros cuatro años para comandar los designios del poblado próximo a Monte Seco, con: “autoridad, cordura, paciencia y sabiduría”, tal como declaró el mandatario en el acto de reasunción...
...Y Sebastiana no quiso leer más.
-¿No sos demasiado joven como para abrumarte con las noticias de este triste mundo? –le preguntó, al verla dejar a un lado el periódico...
-En esta casa, se deja de ser joven demasiado pronto, señor.
“La infancia es un instante”, definió.
-Pero algo tiene que atraerte de estas noticias... Porque leés y leés, pero me parece que no entendés mucho que digamos...
-Es verdad –le confirmó con su voz y su sonrisa-. No entiendo casi nada pero espero aprender... A parte, me gusta el diario, porque estas hojas de papel, quieren decir que pertenezco a un lugar de esta tierra... Representan algo que me ata a la realidad, a este mundo complicado y abrumador, como usted dice... ¡Este diario, al leerlo, me confirma que yo también soy real!
-¿Precisás algo que yo te pueda dar? –le preguntó, preparándose para partir.
-No, señor...
-¿Por qué nunca me pedís nada? –insistió Justino-. ¡Vivo ofreciéndote darte lo que quieras y vos siempre te quedás callada! –Y, cuando Sebastiana le iba a responder, la interrumpió-: Ya sé, no me digas nada, algún día...
-Así es...
-¡Voy a terminar pensando que me hacés un desprecio!
-¡No para nada! –le aseguró preocupada por la mala interpretación-. ¡Por favor no piense eso!
Justino estaba casado con una buena mujer que muchos años atrás, cuando todavía eran jóvenes, poco después de la boda, sufrió un terrible accidente automovilístico, producto del cual quedó paralítica. ¡Ni todo su dinero pudo revertir las secuelas de la tragedia en la pobre de Esther!
El accidente de su esposa también lo demolió a él. No pudieron tener hijos y ahora, treinta años después de aquel desastre, la única intimidad que tenía con su señora, consistía en compartir las sábanas.
...A lo mejor fue que Sebastiana lo devolvió a la vida con su sexo, en realidad otras ya habían hecho eso antes... ¡Ni él sabía con exactitud por qué, pero el hombre le estaba profundamente agradecido a la joven que prefería decirle no a sus generosos ofrecimientos!
Cuando Justino se aproximaba a Sebastiana, lo hacía cautelosamente. Cuando la tocaba, se trataban de caricias tibias, armoniosas. Más allá de la diferencia de edad que notablemente había entre ellos, a Sebastiana no le desagradaba cuando él la visitaba.
Escapando de los guardias de Arroyo Amargo primero, y luego de los de Arroyo Agrio, golpeó la puerta para suplicar ayuda. Cristóbal Ledesma era un adolescente pero su cara recia lo negaba... Si los policías lo encontraban, después de haber cruzado el arroyo ilegalmente, lo molerían a palos sin prestarle atención a sus veinti pico de años.
Fatigado, apretó con su mano su cintura para forzarla a recuperar el oxígeno y lograr a hablar... Cuando lo hizo, se explicó:
-Me persiguen, necesito esconderme acá durante unas horas, al menos, hasta que me pueda ir...
-Pasar un tiempo en esta casa cuesta dinero –le insinuó Selmira, para ver si el muchacho entendía adónde era que se había metido...
-No tengo plata, señora...
-Entonces, tenés que irte muchacho, lo siento...
-¿Podrían darme un vaso de agua? –pidió.
-Sí, yo le traigo –declaró Sebastiana.
-¿De quién escapás? –le preguntó Azucena, sin conmoverse pero llena de curiosidad.
-Cometí un delito en el pueblo del otro lado y escapé, pero tampoco podía cruzar el arroyo en las lanchas municipales porque me hubieran identificado, así que ahora me persiguen acá también...
-¿Qué cosa tan grave pudiste haber hecho? –insistió.
-Incendié la casa de mi patrón... No saben que fui yo, pero me asusté y huí, no debí hacerlo pero tuve miedo de la represalia...
-¿Y quién es tu patrón?
-Un hombre poderoso, se llama Roberto Barreiro –declaró para ganar tiempo.
-¡Selmira, yo me encargo de él, aunque no pague! –anunció Sebastiana, invitando al joven a guarecerse en su cuarto hasta que entrara la noche...
No fueron deseos de probar el sexo con él, los que la movilizaron... Se trató de un sentimiento superior, como una complicidad nacida entre malhechores de idéntica calaña, la comunión entre los que tienen un enemigo en común.
-Desde ya te advierto que no me vas a tocar ni un pelo... No, mientras no tengas dinero...
-De acuerdo... Entonces, ¿por qué dejaste que subiera?
-Porque no me gustaría que te atrapasen...
-¿Yo te conozco?
-¿Estuviste antes en esta casa? –le preguntó para marearlo.
-No.
-Entonces, no nos conocemos.
...Así le habló Sebastiana a uno de los muchachitos que trabajaban como peones en el campo de Barreiro junto a su padre... ¡Claro que se conocían! Si él había sido amigo de Paulino hasta que se marchó.
Pero así como ella lo sabía, él no la relacionaría nunca con el pasado... No aparentaba sus años, su rostro maquillado en exceso, negaba sus facciones infantiles... ¡No había nada en ella de la niña que había nacido, como él, en Arroyo Amargo!
-De acuerdo, quedamos en el barcito de la otra vez. ¡Pero mamá, mirá que yo no tengo mucho tiempo, voy a estar trabajando!
...Y madre e hija volvieron a encontrarse como lo habían hecho meses atrás, también después de otro llamado y una insistente demanda de plata.
¿Qué nueva necesidad tendría ahora? ¿Qué problema acosaría a su familia, tan grave que solamente se podía resolver con dinero?
Sebastiana era conciente de los excesos en los que incurría su madre con el fin de sacarle la mayor cantidad de efectivo posible; y a la vez, sopesaba su conciencia pensando que si en su casa se padecían necesidades, era por su culpa, por no haber elegido alguna entre todas las propuestas matrimoniales.
Ella conocía la rutina de reclamos y aun así aceptaba encontrarse con ella. ¡Era su madre y verla, era su obligación! No obstante, bastaba que la tuviera enfrente para que, al regresar a lo de Selmira, sintiese el estómago cerrado, la garganta anudada; la sensación más próxima a la congoja que solía asaltarla cuando era niña.
Ofelia había llegado al pueblo vecino cruzando el arroyo en las lanchas intermunicipales, procedimiento por el cual la embarcación de Arroyo Amargo debía trasponer las aguas hasta el punto medio del riachuelo para concretar el trasbordo a la nave perteneciente a Arroyo Agrio, que conducía a los pasajeros hasta la orilla contraria. El camino de vuelta era exactamente inverso, y obligatoriamente, los paseantes debían presentarse con documento en mano, dinero para el boleto, por supuesto, y en el horario de las nueve de la mañana a las siete de la tarde.
La primera vez que se reencontraron, Ofelia pretendió pasarle el parte de lo que estaba ocurriendo en Arroyo Amargo, pero su hija la obligó a hacer silencio y le advirtió que no volviera a mencionar a esa gente...
Como aquella vez, esta tarde, su madre le habló de las dificultades para mantener a sus otros tres hijos y enumeró unas cuantas penurias familiares, como si Sebastiana tuviese la responsabilidad de resolvérselas por haberse marchado, por no aceptar ninguna proposición de todas las ofertas que le habían hecho sus pretendientes.
Los problemas se terminaron cuando Sebastiana sacó de su cartera un monederito. Ofelia espiaba para ver cuántos billetes le iba a entregar y con cuántos se quedaría su hija.
Después, una, volvió a su pueblo traspasando el arroyo en las lanchas, y la otra, pagó los cafés y caminó hasta lo de Selmira, mirando al frente, como lo hubieran hecho las actrices de las películas que veía con Libertario, cuando se escapaban para ir al cine de Monte Seco.
En el pueblo, ya todos sabían quién era y a qué se dedicaba. ¡La existencia de la casa de Selmira no era un secreto para nadie! Varios hombres con lo que se cruzó en el trayecto de su caminata, eran clientes suyos; la mayoría de las mujeres eran esposas de clientes suyos...
Un perro criado en la calle, condescendiente, la miró pasar como si la entendiera...
A lo largo de esos escasos años, concluía, que las mujeres eran con ella más crueles que, aun el peor de sus amantes. ¡De alguna manera o de otra, ellas siempre se encargaban de humillarla! ...Salvo Selmira, ella se comportaba como una buena madre.
Atravesó la puerta. Las mujeres de la casa que estaban desocupadas, merendaban en la cocina. Selmira se encontraba sentada, en soledad, fumando sobre el sillón de la salita.
-¿Cómo te fue? –le preguntó al verla.
-¡Como siempre, el dinero la puso de buen humor...! –aseguró ella, insinuando cuáles eran las verdaderas intenciones de su mamá.
-¡Pero es tu madre!
-¡Ya lo sé!
-Extraño a la mía, sabés... Esto me pasa muy pocas veces, pero cada tanto vuelven los recuerdos... Probablemente ella esté muerta, no sé, las mujeres de mi familia solían ser muy longevas, a lo mejor esté viva todavía, eso espero...
-Nunca antes la había escuchado hablar así, de su vida anterior...
-¡Me debo estar poniendo vieja! –y le sonrió-. ¿A vos te gusta escarbar en tu pasado?
-No, Selmira... –reconoció-. Ya sé. La entiendo... ¡El pasado está lleno de fantasmas!
-¡A mi, los fantasmas solamente me inquietan...! ¡¿A vos te asustan?!
-¡Algunos! ...Pero no estamos hablando de mí, Selmira –respondió irónicamente.
¡Siempre resultaban suculentos los secretos ajenos...!
-¡Sos rápida!
-¡Ya no soy una nena, no se olvide de eso...! –pronunció, como si haber dejado atrás la infancia lo explicara todo...
-¡Hagamos un trato: yo te cuento un secreto y vos me contás uno tuyo, ¿te parece?!
-¡Pero no vale inventar! –definió la regla principal del juego...
-¡Por supuesto! ¡Empezá vos! –le ordenó.
-Muy bien... Un hombre murió por mi culpa. Era alguien que no valía la pena, pero una muerte pesa sobre mí... ¡Hice que una persona matara a otra por mí! –reveló.
-¿Eso es todo?
-¡¿Le parece poco?!
-¡Te estoy cargando...!
-¡Ahora es su turno!
-¿Qué te podré contar...? –preguntó al aire-. ¡Dejame pensar!
-¡Sebastiana, vení a ver el último capítulo de la novela! –la llamó Adelina.
-Están como locas, gracias a Dios que mañana comienza otra porque sino, no hay quien las aguante...
-¡Selmira, no va a conseguir distraerme ni confundirme! ¡Cuénteme algo de su vida y algo que yo no sepa, claro...!
-A ver... ¡Soy de tu mismo pueblo! –escupió-. ¡Yo también nací y viví en Arroyo Amargo!
-¿Cuánto tiempo vivó allá?
-¿Para qué querés saber?
-Porque a lo mejor, de chiquita, alguna ves me crucé con usted...
-Cuando naciste, ya no estaba allá... ¡Me fui de pequeña, tenía casi la misma edad que vos cuanto escapaste...!
-¡Entonces el padre de Libertario es de allá! –dedujo rápidamente...-. Es probable, que a los hombres de los que le hablé, usted los hubiera conocido...
-¡No me des nombres...! –le pidió y así, Selmira, aplacó su curiosidad por no escarbar tanto en la memoria.
Cuando salía de la escuela, la jovencita se ganaba unos dineros extra ayudando en la limpieza en la casa de un señor importante que no tenía nombre con peso propio, aún, pero su apellido resultaba absolutamente rutilante.
Pocas veces el señor se encontraba en la casa, él solía pasar varias horas fuera, trabajando, continuando orgullosamente con los pasos de su distinguido padre.
-¿Cuál es tu nombre querida? –le preguntó el dueño casa, estudiando su figura.
-Selmira, señor –había respondido tímida pero obediente.
-Acompañame a mi escritorio que me gustaría mostrarte algo...
-Sí, señor –aseguró.
Empezaron a caminar, ella lo seguía, mirando el suelo que pisaba, sin quitarle la vista a las baldosas de la cocina, hasta llegar al parquet de la oficina del abogado y político.
En la privacidad de esa habitación, lejos de los ojos buscones de la cocinera o los de las niñeras, el hombre posó sus manos recias en la cintura de la jovencita. Le murmuró palabras empalagosas al oído... Selmira se fue dejando llevar, envuelta por el sonido de la voz de ese hombre apuesto.
Con el pasar de las tardes, se terminó por enamorar del señor que le decía cosas tan lindas, y se entregó al placer y a la pasión que él le ofrecía.
-Lo amo... –le reveló.
-¿Segura? ¿No lo decís por complacerme? –le preguntó él.
-No señor, lo amo de verdad...
Después, la mandó para su casa con un par de billetes ásperos para que ayudase a su madre.
Selmira lo amaba tanto que nunca llegó a notar que aquel hombre sólo le había jurado que la quería cuando aún ella no se decidía a aceptar sus propuestas.
Traspuso la puerta con su altanería de siempre y pidió hablar con Selmira...
-¡Quiero estar con Adelina y Sebastiana juntas! –exigió Telmo Pallares, para iniciar la negociación de la tarifa.
-¡Eso es muy costoso!
-¡Me da igual!
-¿Querés suicidarte? ¡Esas dos podrían producirte un ataque cardíaco!
-¡Hacé lo que te digo!
Finalmente, los tres terminaron juntos en la habitación de Sebastiana, que era la que estaba más ordenada; la otra, en vez de limpiar su cuarto y otras partes de la casa, prefería ver la televisión. ¡Si hasta más de una vez, Adelina, se ganó varios retos de Selmira por su dejadez!
Con las dos jóvenes desnudas, paradas frente a él, que ya se había recostado en la cama, les ordenó que se besaran, que se tocaran, mientras que el viejo se limitaba a fumar y observarlas.
¡Eduviges había ganado la apuesta! ...Ni con semejante espectáculo, Telmo Pallares consiguió que le funcionara... Lo bueno de aquello, lo mejor, fue que él, apenas las manoseó un poco porque no pudo hacer otra cosa... Después, el hombre se marchó algo ofuscado en busca de saldar deudas con Selmira.
-¿Están bien? –les preguntó la mujer asomándose al cuarto, temerosa de que las hubiese lastimado.
-Sí –le aseguró Sebastiana.
...De lo contrario, el precio hubiese subido considerablemente, así que le cobró lo que habían acordado previamente.
-¡No se le paró! –adelantó Adelina sonriendo, porque en la cena hablarían largo y tendido del tema.
Cuando volvieron a quedar a solas, las chicas se largaron a reír con carcajadas estruendosas y risas contagiosas... Ni bien recuperó el aliento, Adelina se puso su bata y dejó la pieza para irse a ver la nueva telenovela.
Como no había llamado para avisar a qué hora llegaba su micro, nadie lo fue a buscar. Libertario se había traído un bolso pequeño, señal de que sólo permanecería en la casa de su madre unos pocos días de esas vacaciones.
Casi todas las mujeres estaban dormidas, incluida su madre, por suerte para él, Azucena sí estaba levantada para abrirle la puerta; había tenido que madrugar para atender al banquero antes de que entrara a trabajar.
Con cuidado de no romper nada, preparó el desayuno que le llevó a Selmira a la cama, subiendo en silencio, para que nada pudiera adelantar su presencia... ¡Quería que su propia imagen fuera la noticia de su llegada! Adoraba a su madre, y como tal, la despertó con sus manos acariciando su cabello deslucido, con el afecto más sublime del cosmos. La quietud se desquebrajó cuando Selmira advirtió que su hijo había vuelto a ella y estaba a su lado para desayunar....
A los pocos minutos, los necesarios para que las muchachas se pusieran algo de ropa decente, se fueron acercando a la habitación de la dueña de casa para constatar por sí mismas a qué se debía semejante alboroto...
Adelina no fue la primera en llegar, adoraba dormir tanto como ver telenovelas, pero cuando por fin entró, corrió hasta donde estaba sentado Libertario y se le colgó del cuello para abrazarlo mejor. Antes que ella, Pancracia ya le había dado la bienvenida sin tanta efusividad, aunque con el mismo agrado de volver a verlo.
La habitación de Sebastiana era la más alejada a la de Selmira y no mostró ningún apuro en vestirse. Displicente, caminó con sus pies descalzos, ampollados con las últimas sandalias que se había comprado a precio de liquidación en plena temporada, hasta llegar a donde estaba el festejo. Ya frente a él, lo saludó y le dio un beso rápido en la mejilla. Al instante, fue Libertario el que la abrazó, casi como lo había hecho Adelina con él. La última en acudir a la celebración, fue Eduviges que era obsesivamente minuciosa en la tarea de lavarse los dientes y cepillar su pelo.
Poco después, las mujeres y Libertario dejaron a Selmira sola para que pudiera cambiarse. Casi todos fueron a la cocina a preparar mate y Sebastiana se fue a dar un baño para estar lista en el momento en que le tocara enfrentar al mundo real. Desde abajo brotaban risas que no había alcanzado a oír por el agua de la ducha, pero cuando cerró la canilla, aquellos ecos se convirtieron en la señalización perfecta que le marcaba hacia dónde tenía que ir.
Adelina preparó el almuerzo, feliz de agasajar a su amigo recién llegado. Comieron sentados a la mesa, bastante apretujados, hacía mucho que no eran tantos. Todas le pidieron que contara novedades de la Gran Ciudad, pero Libertario esquivó las preguntas desplegando sus mayores habilidades: echando mano a todo tipo de evasiva.
Estaba introvertido, a lo largo del viaje había ido pensando qué haría cuando volviera a tenerla frente a él...
“¡Cuando mis ojos lleguen a vos y aterricen en tu cuerpo...!”.
Y nada de lo que, medianamente tenía planeado resultaría, pues Sebastiana no era la misma que había visto el último invierno y el anterior verano.
...Pero al fin y al cabo, ella tampoco era tan diferente, al menos hacía todo lo posible para mantener ante Libertario la naturalidad de una típica joven de pueblo. Se cambiaba de piel especialmente para reencontrarse con él.
La observaba, admirando la concentración que ponía para pintarse las uñas.
Salvo ellos dos, las demás todavía se encontraban en la cocina, comiendo alguna que otra fruta.
“¡Vacaciones en tu piel!”, definió Libertario a su estadía en la casa de su madre.
-¿Cuánto cuesta acostarse con vos? –le preguntó en tono de broma.
-¿Cuánto pagarías? –le repreguntó.
-La verdad, y no es que no lo valgas, pero no tengo mucho dinero... –le explicó Libertario.
-¡Te puedo hacer precio, sólo por ser vos...! ¡No te preocupes, vas a tener un descuento! Pero hay que esperar a que se me seque el esmalte... –le advirtió, con una sonrisa cruzando su rostro.
En realidad, él sabía que no le cobraría nada, pero este tipo de interrogatorio, se convirtió con el tiempo, en una especie de “Ábrete sésamo”, una contraseña privada.
Otras veces, ya le había preguntado lo mismo de modo parecido:
-¿Cuánto cobras? –Libertario la había increpado, en otra visita anterior.
-Esas cosas las maneja Selmira, a lo mejor te conviene arreglarlo con ella antes de meterte en mi cama, antes de que te vuelvas loco y no quieras volver a salir...
-¡Me estás echando a perder...! –reconoció lleno de pasión.
Claramente, él no pagaba por tenerla, pero al mismo tiempo era conciente de que algo debía darle a cambio, por más mínimo que fuera, llevarla al cine o traerle algún regalo de la Gran Ciudad.
¡Modestas ofrendas a su diosa injusta e incomprensiva!
...Lo que Sebastiana prefería eran los libros, tal como él le contagió su entusiasmo. ¡Y Libertario lo sabía! ...Por eso, dentro de su bolso, tenía guardado y envuelto con esmero su recompensa.
Desmesurada, Sebastiana demostró haber adquirido una admirable destreza para desnudarlo, lamentablemente, Libertario sabía que, como lo hacía con él, también era así con aquellos otros hombres...
“¿Qué tenés que me volvés tan loco...? ¿Qué es lo que te hace tan especial?”, Libertario exploraba dentro de su mente para terminar hallando siempre la misma respuesta.
Mientras tanto, Sebastiana, sin notar que él estaba pensando en ella, iniciaba un tránsito indecoroso hacia su sexo.
-¡Te amo tanto! –reconoció ante Sebastiana por primera vez.
“Bebiéndote... ¡El vino de tu sangre!”.
...Después, acalló sus murmullos para seguir besándola.
“Y sin embargo, de mujeres como vos, está lleno el mundo”, se recriminó a sí mismo, dejándose hacer...
“Todos quisimos, al menos una vez, que el amor fuera algo más que un tormento”, analizó antes de hablar:
-¡Te amo! –le repitió al rato, por si ella no lo había escuchado...
-Shhh, no deberías...
-Pero me pasa que te amo sin hacer esfuerzos, sin buscarlo, aunque no quiera...
-¡No deberías! –sentenció de nuevo, con un poco más tajante.
“Genero amores frustrados”, Sebastiana, culposa, cayó en su propia trampa.
“¡Nuestra historia es una aberración de la suerte!”, se aseguró él a sí mismo...
-¡Que te quede claro que no te amo!
...Ella pronunció su frase, separando cada sílaba para que fuera más contundente y sonara más cruel aún; un disparo en cada pausa.
-Tengo la sensación de que me estás mintiendo, nena...
-Y a mí me parece que te está fallando la percepción, nene...
-¡Mis sentidos están en perfecto estado!
-¡Olvidate de eso, yo nunca te voy a amar!
Un cupido miope y con temblequeos los había unido...
-A la larga o la corta, te vas a arrepentir de este error... –le advirtió Libertario.
-¡No voy a perder mi tiempo en averiguar si sos o no el hombre de mi vida...!
Tal vez morir después del sexo fuese la respuesta, “para no desear matarte, para no volver a extrañar este sabor...”.
-¿También cobrás por sonreír?
-¿Por...?
-Porque me parece que no te costaría nada dedicarme una sonrisa... –le reclamó.
-¡Es que con tantas pavadas que decís me pongo mal!
Finalmente, le entregó una monería risueña y se apropió del libro que, con creces, ya se tenía ganado.
“Cuando me decidí a pensar en mí, en mi necesidad, mis intereses, mi conveniencia, mi cordura, ya fue tarde”, reconoció Libertario, amándola y sufriendo con la misma intensidad.
…Sebastiana leía sumida en el silencio, mientras que Libertario hacía cualquier cosa para desconcentrarla.
Leía y comparaba su vida con las de las heroínas de aquellas historias, y siempre salía perdiendo...
-¡¿Qué querés?, a ver, decime, así me dejás de molestar!
-Que leas en voz alta, para mí también...
Y, mágicamente, las cosquillas cesaron para escucharla pronunciar y darle sentido a esas palabras que otro pensó para ellos...
Estando recostado y meciéndose sobre su voz, se sintió absurdamente dichoso, y pensó: “soy el bastardo más afortunado del mundo”.
Ella despegó su figura un poco de aquellos brazos, pero sólo para poder volver a enredarse...
-Te amo –Libertario, le susurró de nuevo.
-Yo no sé amar... –le aseguró, imitando un susurro-. Ya te lo expliqué...
-Es muy fácil, yo te enseño: amar es jugar sin reglas... –le advirtió vagamente...
-Por eso debe ser que me cuesta... Yo no juego desde antes de dejar de ser una niña...
En cambio, él la amaba sin esfuerzos...
El efecto del amor en su cuerpo era notablemente evidente...
Aceleraba su corazón...
Afilaba su lengua...
-Amar –continuó con su definición-, es jugar sin miedo a perder... Sin tener en cuenta las consecuencias, porque amar así, como los dioses, siempre acarrea riesgos...
“Clausuré mi corazón por hombres embaucadores como vos”, reconoció íntimamente. “¡Príncipes desteñidos!”.
-¡Lo que decís es imposible de hacer: no se puede no tener en cuenta lo que va a pasar...! –replicó.
“Amarte es lo más fácil del mundo”, Libertario se aseguraba para sí.
-¡Es más sencillo si no pensás! Tendrías que probarlo... –le dijo tratando de convencerla.
Un amor supeditado a los sentidos.
-Lo que no se puede, es amar previendo todo el tiempo riesgos y peligros –Libertario retomó la palabra para advertirle.
-Definitivamente, por todo eso es que amar me resulta inconcebible...
Pero lo dicho, él la amaba sin proponérselo, sin el menor esfuerzo.
-Te amo –le repitió, y refrendó su frase con un par de besos...
Ese fuego que Libertario experimentaba, que ella provocaba en él, hacía que sus ojos no pudieran ver con claridad...
Las manos le temblaban...
Lograba que sus piernas se abrieran y su boca dijera estupideces...
Y así fue que le dijo:
-...Tengo miedo de perderte... –y, ante la intención de ella de interrumpirlo, volvió a hablar-: Está bien, ya sé lo que me vas a decir: que nunca te tuve...
Y, ante la corrección, Sebastiana se libró de obligarlo a rectificarse...
¡Incautas ilusiones!
Inequidades; vínculos imperfectos...
-A vos no te cuesta enamorarte, lo que tenés es miedo de enamorarte, que es distinto –sentenció.
“Temerle al amor es igual que asustarse de los fantasmas; ambos absurdos: ni el amor ni los fantasmas existen”, calculó al escucharlo.
…Otra cosa eran el cuco o el viejo de la bolsa.
-No creo que sea así, aunque reconozco que le tengo miedo a varias cosas... –le contestó.
Efectivamente, a lo largo de sus años, se convertirá en una presa fácil del terror de sus tormentos privados, todos ellos incoherentes, entregándose dócil e indefensa a los miedos más insensatos, en especial, durante las madrugadas de invierno.
-¡Nenita, volvé acá! –le dijo, como retándola por ponerse a buscar algo en el aparador.
…Y ella acudió a su ferviente llamado, complaciéndolo, al menos en eso.
La piel era un estuche, y el de él, era el mejor...
-¿Sabés una cosa…? ¡Me encanta cuando me decís así: nenita! –reconoció Sebastiana.
No se podía decir que a Selmira le desagradara o la entusiasmara la escena que se sucedía en uno de los cuartos de arriba; tal vez, lo más acertado fuera definir la situación como inquietante para la mujer.
Por eso, ratos más tarde, pretendió hablar con su hijo, en el momento en que Sebastiana debió dedicarse a sus obligaciones amatorias.
Pero cuando lo iba a reprender, lo noto con la guardia baja, aplastado por saber que nunca podría tener como él deseaba a esa chica que tanto quería. Entonces, al verlo así, Selmira prefirió hacerlo hablar de otros temas, como la marcha de la facultad o los amigos...
-...Todo muy bien, má.
-¿Hay alguna perspectiva de que consigas algún puesto, aunque más no sea como aprendiz?
-En ésa estoy... –le contestó.
Al instante pensó, convenciéndose: “si le pude mentir una vez, voy a poder seguir mintiéndole siempre”.
Por su parte, a Selmira, la respuesta la dejó satisfecha, ella se aferraba desesperadamente a los engaños de su hijo. Así, recobró el impulso que le faltaba para continuar tratando con los hombres que pretendían regatearle el precio de las muchachas.
Los días que fueron viniendo se parecieron a los anteriores, entremezclando la rutina de placer con las responsabilidades. No obstante, se acercaba la fecha del regreso de Libertario a la Gran Ciudad.
Postergando la trama del teleteatro, Sebastiana, prefirió dedicarse a leer, recostada junto a Libertario, el libro que él mismo le había llevado de regalo.
-¿Me amás? –quiso saber él.
-¡No seas ridículo!
-¡Y vos no seas necia, no te niegues al amor, escuchá tu corazón...! –exclamó Libertario, a modo de súplica.
-Mi corazón no habla –le explicó-, gracias, que a penas late...
-¡¿Nunca lo vas a reconocer, no?!
-¿Qué? –repreguntó.
-¡Sos capaz de cualquier cosa con tal de no aceptar que me querés...!
-¡Basta de pavadas y leé vos que ya me cansé!
-¡Ya te voy avisando que no me voy a dar por vencido...!
Asimismo, se mostró molesto una vez más cuando debieron interrumpir el argumento, escapando de prisa, para que ella se avocara a deleitar a otro hombre.
La cara se le transfiguró cuando Libertario le abrió la puerta. Cecilio Quintana estaba cansado del viaje que hizo manejando desde Monte Seco a Arroyo Agrio, cargado de pedidos para sus clientes. Se trataban en su mayoría de mujeres, o de lo contrario, hombres que pretendían agasajarlas. Sus mercancías resultaban costosas, por eso todos ellos eran personajes distinguidos e importantes de la región. Su ropa era lucida en bodas y comuniones, aunque también contara con una línea informal de ropa de calle. Vestidos, lencería, alhajas y calzado; mujer que él adornaba, mujer que no pasaba desapercibida.
Pero en la casa de Selmira no llevaba nada para vender...
Libertario no lo había visto nunca, pero tampoco permanecía tanto tiempo en casa de su madre como para conocer a todos los hombres que entraban allí.
-¡Hacía mucho que no te veíamos por acá! –lo saludó la mujer.
Cecilio Quintana sudaba y Selmira, que se había acercado alertada por los golpes a la puerta, le ofreció algo fresco para tomar. Él se lo agradeció mientras se sentaba junto a ella. Libertario fue hasta la cocina y les trajo bebida nadando en hielo, y al juntarse otra vez con ellos, los encontró riéndose.
“¡Tal vez están recordando viejos tiempos!”, especuló y maldijo a ese hombre.
Selmira mandó a llamar a las muchachas por medio de Pancracia que estaba ahí abajo por casualidad, renovando el agua de los jarrones de las flores.
En un segundo, observándolo todo desde la cocina, vio que las mujeres se paraban frente al cliente. Eduviges, Adelina, Pancracia, Sebastiana y Azucena... Como en una película muda, notaba que gesticulaban; parecían felices, como en medio de una fiesta. Libertario miró hacia arriba, para reclamarle al cielo, ansioso y apurado, que trajera el final de la tarde...
Días corroídos por el paso de manos extrañas...
¡Horas ajenas!
La casa comenzaba a suspirar...
A lo mejor, la noche lo rescataría...
¡Los peores infortunios para el corazón...!
Desde ese escarmiento que le profirió la realidad, al menos mientras estaba en la casa de su madre, Libertario dedicaba las horas de las tardes, a gozar de siestas infinitas...
“¡Maldita mujer desalmada!”, repetía su conciencia. “¡El estúpido amante celoso de la prostituta!”, se catalogó el mismo...
Después, Cecilio se puso de pie y subió la escalera cargando un bolso, al lado de la más joven de todas. Las otras no supieron si alegrarse o no; de igual manera, aprovecharon para hacer distintas cosas, por ejemplo, ver la televisión.
-¿Conocés Monte Seco? –le preguntó él.
-Fui un par de veces, al cine... No pude ver mucho como era bien, porque todas las veces que fui era de noche, durante el día acá siempre hay mucho trabajo... –le explicó Sebastiana.
-Entiendo. ¿Sabés que tengo acá adentro? –pronunció, señalando su bolso.
-¡La verdad es que no tengo idea!
-¡Regalos, para vos!
-¿Sí, en serio? –repreguntó desconfiada, sin atreverse a acercarse y abrir las bolsas.
-¡Toma, esto es tuyo! –le aseguró, alentándola a que los tomara.
Observó los paquetes. En uno había un vestido delicado y llamativo, precioso, tanto, que nunca había visto uno parecido, fuera de las revistas o las películas del cine. En otro, había un conjunto de bombacha, corpiño y portaligas de encaje color negro, con las medias haciendo juego.
Sebastiana pensó que eso sería justo lo que usaría una actriz de Hollywood en su intimidad...
Adentro de la tercera bolsa, había una cajita. La abrió, era un collarcito de oro, e instantáneamente, se alegró de haber sido ella la elegida por Cecilio Quintana.
-Dejame que te ayude a cerrar la traba... –le sugirió acercándosele al cuello.
-¿Siempre es así de generoso? –le preguntó.
-Me gusta ver a una mujer bien vestida, arreglada, sofisticada... ¡Probátelo, quiero ver cómo te queda...! Espero no haberme equivocado con el talle, no sé si lo habrás notado, pero todas ustedes tienen una complexión física similar...
-¿De verdad? ¿Cómo se dio cuenta de eso?
-¡Tengo ojo para las mujeres! –se vanaglorió.
Sebastiana obedeció en todo. Mientras cambiaba su ropa por la nueva, Cecilio hablaba, sin importarle demasiado si ella lo escuchaba...
Efectivamente, no le prestaba mucha atención, oía el murmullo de su voz, pero no retenía las palabras. Estaba concentrada en no romper las delicadas medias.
-...Leonor jamás se pondría esta ropa, ni siquiera si yo se lo pidiera... –confesó.
-¿Quién es Leonor? –preguntó, porque la parte en que le contaba de su señora, fue justo cuando trataba de enganchar las medias en el liguero.
-Mi esposa.
-¡Ah, claro! –reafirmó, como si fuese un mandato infranqueable el hecho de que las esposas no hacían esas cosas.
A continuación, Cecilio se desnudó. Era relativamente joven, no se sabía su edad exacta, pero se le notaba en el cuerpo.
Era la primera vez que Sebastiana tenía frente a ella a ese hombre, que deliraba acerca de la religiosidad de su mujer y de sus costumbres puritanas. Se acercó a ella que, cuando pretendió volver a sacarse la ropa, la detuvo.
Aquellos hombres como Cecilio, respondían con generosidad a su profunda entrega...
Antes de que él se fuera, Sebastiana llegó a imaginarse entrando al bar de Arroyo Agrio luciendo aquel vestido para encontrarse con su madre. Perfectamente podría ser confundida con una mujer distinguida, de clase y categoría...
Finalmente, Cecilio se despidió de ella, estaba apurado porque tenía que continuar con su recorrida por otros pueblos vecinos para difundir su mercadería.
-En unos meses voy a volver... –le aseguró-. ¡Y con más regalos...!
-¡Qué bueno, te vamos a estar esperando!
El hombre salió de la habitación cargando su bolso ya más liviano, y ella se quedó parada frente al espejo, estudiándose en diversas poses.
-¡Das vergüenza! –le dijo Libertario, pocos minutos después, cerrando con violencia la puerta.
-¿Perdón? –hizo como que no había entendido.
-¡Sacate esa ropa espantosa!
-Sí, me la voy a sacar, no quiero que se estropee. ¡Salí de mi cuarto, ya! –le ordenó enojada con el planteo.
-¡Sebastiana, bajá rápido que está empezando Cristal! –la llamaron las muchachas desde la cocina.
... Cristal, era una de las novelas que más le apasionaba, por eso, agradeció íntimamente que Cecilio se tuviera que ir tan pronto. Bajó justo para la presentación. Rudy La Escala cantaba y con él, las muchachas desentonaban a coro: “mi vida eres tú, y solamente tú, tratando explicar, su le tomé y la intenté besar...”.
-¡Carlos Matta es tan buen mozo...! –aseguró Eduviges.
…De pronto, todas en las casa se sobresaltaron con el portazo que dio Libertario, que parecía que había decidido ir a pasear.
-¡Y ella, es tan dulce...! –Adelina completó la idea que había tenido que interrumpir con el estruendo.
-¡Pero que mala es esta Lupita...! –rezongó Pancracia ante una nueva crueldad de la villana.
-Shh, que no dejan escuchar –Sebastiana las hizo callar.
Azucena no estaba con ellas en la cocina a pesar de que también le gustaba la novela, pero esa tarde prefirió sentarse a fumar al lado de su amiga. Con Selmira se conocían de toda la vida, desde hacía poco más veinte años. Juntas aprendieron a sobrevivir. Padecieron la brutalidad de Amílcar Taborda, permaneciendo una cerca de la otra como una especie de puntal. Probaron a la par los sabores de la vida y de la muerte.
Azucena era una de las pocas habitantes de la casa que había nacido en Arroyo Agrio, era la segunda de cuatro hijos de un matrimonio pobre. De pronto, un día, se encontró frente a una asistente social que les explicaba que los llevarían a la Gran Ciudad, la niña por un lado y los varoncitos por otro, a dos instituciones de Servicios Infantiles. Con sus once años, lo entendió todo: sus padres habían muerto e iban a separarla de sus hermanos para mandarlos a orfanatos.
La mañana en que partirían del pueblo, ella no estaba en su cama, ni siquiera había pasado la noche allí... A Azucena le hubiera gustado escaparse con sus hermanos, pero el mayor insistió en que no debían hacerlo y, como los otros le hicieron caso a él, ella se fue sola.
...Y vagó durante gran parte de la madrugada buscando algún lugar seguro donde descansar. Fue entonces cuando se topó con Amílcar que rondaba la noche para recaudar el dinero de sus mujeres.
-¿Estás perdida? –le preguntó el hombre.
-No tengo adónde ir... –le explicó la niña.
-¿Tenés hambre? –quiso saber Amílcar, afilando sus cubiertos.
-Sí, señor –le respondió tímida.
…La llevó a su casa y le ordenó a Selmira, después de despertarla bruscamente, que le diera algo de comer. El bebé lloraba asustado por los gritos del hombre, y la mamá, terminó tranquilizando a ambos: a la criatura y la pequeña extraña.
-¿Hace falta que lo hagas? ¿No te alcanza conmigo? –le preguntó Selmira antes de que su marido entrara a la habitación donde dormía Azucena-. ¡Es tan chiquita!
-¡Callate, mujer! ¡Ésta es una mina de oro! –le retrucó.
Al día siguiente de encontrarla vagando por las calles de su pueblo, Amílcar violó a Azucena y dos noches más tarde, empezó a hacerla trabajar para él.
-¿Viste qué enojado que se fue? –le insinuó Azucena.
-Tendría ganas de pasear... No veo nada de raro... –Selmira trató de justificar a su hijo.
-¡La vigila! ¡Si hasta se pone celoso cuando los clientes la buscan a ella...!
-¡¿Qué pretendés, que mi hijo se moleste cuando los hombres, que cada vez son menos, te buscan a vos?!
-No me hiere lo que puedas decir Selmira, soy conciente de que mi tiempo se está agotando... ¡Es lógico que las prefieran a ellas: a Adelina y a Sebastiana...! ¡Son jóvenes y bonitas, todavía...! ¡Lo que también es lógico, es que Libertario se enamore de ella!
-¿Enamorado...? –repreguntó con tono de burla-. ¡No sabés lo que decís!
-Sí, sí lo sé y está a la vista... –reafirmó la otra-. La forma en que la mira... Las cartas que le manda... La ronda constantemente... ¡La complicidad que tiene con ella! ¡Está claro que la ama...!
-¡Callate! ¡...Y ya no me relates más lo que también veo! –reconoció Selmira.
Azucena le hizo gestos para que Selmira volviera a prestar atención...
...Libertario entraba a la cocina donde la muchacha tomaba mate aislada del trajín de la tarde. El capítulo de Cristal había terminado y las otras mujeres se habían dispersado por toda la casa.
-¿Qué te pasa? –le preguntó él-. ¿Me convidás uno?
-¡Tomá! Y no sé qué me pasa...
-¿Estás enojada conmigo?
-No es con vos, estoy algo molesta, pero no sé por qué.
-¡Dame otro! Yo también estoy mal, celoso, te amo y aunque trato de ignorar lo que pasa, no puedo...
-Yo no quiero lastimarte... No sé, pero tendrías que hacer algo para sacarme de tu cabeza...
-No quiero sacarte...
-Hoy fue un día muy raro, para vos y para mí, todo me salió bien, desde que me levanté hasta ahora, pero hay algo que me hace sentir angustiada... –le explicó Sebastiana.
-Mirame, porque yo estoy acá, frente a vos, hablándote sinceramente y sosteniéndote la mirada, ¿esto también te pone mal?
-Supongo que mi ánimo va a ir cambiando... –y le sonrió.
-Te amo...
-No insistas con eso, por favor...
-Te amo, y no hay nada que no haría por vos.
-¿Nada? ¿Tan seguro estás de que serías capaz de cualquier cosa por mí?
-¡Todo, ya te dije! –reafirmó Libertario.
-¿Matarías por mí, si yo te lo pidiera?
-Creo que no estoy preparado para matar... –reflexionó.
-¿Y si el crimen estuviera justificado? –insistió Sebastiana.
-Por lo general, me pasa que siento que la mayoría de los motivos que llevan a la gente a matar, me resultan insuficientes... Lo que querés es imposible –reaccionó por fin tan determinante como era preciso-. Me parece que en vez de un hombre, estás buscando a un dios...
-En realidad no voy a pedirte nada, no espero tanto de vos...
Selmira entró a la cocina con la excusa de prepararse granadina, se acercó a los jóvenes y los vigiló, en su paneo, le dedicó a Sebastiana una mirada incriminadora.
-¿Por qué no vas a baldear un poco la entrada? –le pidió.
-Sí, señora.
Definitivamente ése no podía ser su mejor día.
Cuando la tarde agonizaba, Libertario solamente avisó, pero sin esperar la autorización de su madre:
-¡Nosotros vamos a salir! ¡Vos, vení conmigo! –dirigiéndose exclusivamente a Sebastiana.
Y así, tan sencillamente, se la llevó a pasear...
La tarde se agotaba y la oscuridad los asimilaba al paisaje, confundiéndolos con cualquier hombre y con la mujer más normal de Monte Seco.
En el cine vieron una película linda, entretenida, aunque Sebastiana fuera quedándose dormida sobre el hombro de Libertario, y él estuviera muy ocupado en acariciarla.
Al salir, cayeron en la cuenta de que la noche se estaba apagando, olvidándose, por no prestarles atención, que ellos seguían caminando por esas calles, demorando su andar, imaginando que no tenían que regresar a sus realidades contrapuestas y disímiles.
Cruzaban las esquinas susurrándose, intercambiando palabras que debían decirse en voz bajita, para no escandalizar...
Buscando un atajo que lo condujera directo a ablandar sus sentimientos, Libertario notaba algo raro en el cielo: era como si la noche los estuviera observando y por eso, retrasaba sus pasos, especialmente, para acompañarlos a ellos.
¡Una noche encantada...!
La madrugada los invitaba a no volver, a quedarse o marcharse lejos, finalmente regresaron a la casa, acalorados y muertos de hambre.
Al día siguiente, Selmira se mostró nerviosa, tanto, que su mano le temblaba cuando tomaba su vaso de granadina. Volvió a dirigirle una mirada reprobatoria a Sebastiana que ella supo interpretar, por la que quedó algo intimidada el resto de la estadía de Libertario.
-¿Puedo dormir esta noche en tu cama, con vos? –le preguntó, prácticamente bajo las sábanas-... Para que tengamos una despedida como corresponde...
-No creo que a tu mamá le agrade la idea...
-¡De Selmira me encargo yo!
-No es así, y lo sabés, porque después vos te vas y yo me quedo con los reproches y los retos...
Sebastiana había ido aprendiendo a no desear nada de aquello que le resultara inalcanzable...
-¡Si sabés que a vos nunca te va a decir nada! –completó su idea.
-¡Más de una vez me ha dicho varias cosas!
-¡No me quieras confundir...! ¡Estoy tan cansada...!
-¿Querés masajes? –le ofreció.
-¡No!
-¡Sos inconmovible!
-¡Sí! –le aseguró.
Buscó sus caricias...
¡Sus manos, como dormidas!
Finalmente, Libertario desistió de sus intentos de conmoverla y abandonó la habitación.
Esto no termina acá; continuará…
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