Sábanas I
Aquel mediodía, la encontró con que tenía que trabajar. Se contentó con que se tratara de Justino y no otro. Especialmente ese día se sentía irritable, contrariada y la condescendencia del hombre podría equilibrar su estado de ánimo.
-Hola, ¿cómo está? ¡Qué bueno verlo! ...Creo que hoy es mi día de suerte.
-¡Hola preciosa, parece que hoy estás más linda que nunca!
-¡Qué cosas dice, señor!
-¿Cuándo vas a empezar a llamarme Justino?
-No sé, algún día...
-Éstas son para vos, aunque no se asemejen a tu belleza... ¡Buscá algo para ponerlas en agua...!
-Sí, señor.
-¿Por qué esa cara? ¿Pasó algo?
-¡Lo de siempre...! ¡Acá nunca pasa nada bastante bueno ni algo demasiado malo!
Justino Balcarce era uno de los hombres más ricos de la región y, en la casa Selmira era tratado como se merecía: como un rey, y no tanto por su billetera sino más bien porque era bueno, amable y respetuoso con todas.
No frecuentaba a las mujeres muy a menudo, pero siempre que sus obligaciones y compromisos laborales se lo permitían, se daba una vuelta. Entonces, se aparecía con dos ramos de flores, uno, para la dueña de casa, y otro, para la acompañante de turno.
Desde que conoció a Sebastiana, mostraba tener por la muchacha cierta debilidad, sin embargo, y para que las demás no se pusieran celosas, antes de entrar a la habitación de la elegida, llenaba a las otras mujeres de obsequios y piropos...
-¡Mirá lo que te traje!
-¡El diario, como me prometió...! ¡Gracias, señor!
Apresaron al ex intendente Morales
A últimas horas de ayer, fue detenido e incomunicado el ex intendente de Monte Seco, el doctor Delfino Morales. Puesto a disposición del juez federal Víctor Maraño, el imputado se negó a declarar. Según dejaron trascender fuentes judiciales, el intendente relevado de su cargo, fue imputado por su secretario de “colaboracionista del servicio secreto manejado por el anterior gobierno militar”. En tanto, los fiscales a cargo de la investigación, destacaron que “contamos con pruebas más que suficientes para mantenerlo en prisión”...
El Austral es la nueva moneda
Sourrouille, dio a conocer su nuevo plan de ajuste fiscal y monetario. Tal como explicó el ministro, consiste en la edición de un nuevo signo monetario argentino, un congelamiento de precios, salarios y tarifas; disponiendo de un tipo de cambio fijo y controlado. Asimismo, Juan Vital Sourrouille, señaló que el nuevo valor del Austral equivaldrá a 1.000 pesos argentinos.
El responsable de la cartera económica del gobierno del doctor Raúl Alfonsín, brindó a la prensa ciertas precisiones del programa. Aseguró que se respetarán los ajustes salariales anunciados a principio de mes y explicó que el trabajador recibirá un alza de sus ingresos del 22,6%.
En otro plano, el tipo de cambio se mantendrá fijo en una paridad de ochenta centavos de austral por dólar. Por otra parte, se dispuso una tabla de conversión entre Australes y Pesos Argentino, válida por los próximos cuarenta y cinco días para la cancelación de contratos anteriores a la fecha. Al respecto, se destacó desde Hacienda, que estas escalas de conversión “irán disminuyendo con el tiempo”. Finalmente, se aclaró que todos los depósitos a plazo fijo o préstamos constituidos antes del nuevo plan económico, mantendrán sus condiciones tal como fueron establecidas inicialmente.
Continúa el juicio a los dictadores
El juicio a los ex comandantes de las tres primeras juntas del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, prosigue según lo establecido. El proceso oral comenzado el 22 de abril en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal, abrió grandes expectativas en la sociedad.
Esta instancia judicial fue precedida por un plan de determinaciones políticas que se iniciaron a poco establecido el gobierno democrático. Previamente, en el Senado Nacional, se excluyeron los beneficios de la obediencia debida a quienes hubieran cometido hechos atroces o aberrantes. Hasta ese momento, se creía que se tendría que limitar los juicios a los nueve comandantes y al ex jefe de la policía bonaerense Ramón Camps, pero a través de la reforma de la ley 23.049, se posibilita el enjuiciamiento a los oficiales superiores y de todos aquellos que hubiesen tenido responsabilidad operativa.
Arroyo Amargo mantiene a su Intendente
El doctor Aristóbulo Carreño fue reelecto por octavo período consecutivo como intendente del vecino pueblo. De esta manera, Carreño contará con otros cuatro años para comandar los designios del poblado próximo a Monte Seco, con: “autoridad, cordura, paciencia y sabiduría”, tal como declaró el mandatario en el acto de reasunción...
...Y Sebastiana no quiso leer más.
-¿No sos demasiado joven como para abrumarte con las noticias de este triste mundo? –le preguntó, al verla dejar a un lado el periódico...
-En esta casa, se deja de ser joven demasiado pronto, señor.
“La infancia es un instante”, definió.
-Pero algo tiene que atraerte de estas noticias... Porque leés y leés, pero me parece que no entendés mucho que digamos...
-Es verdad –le confirmó con su voz y su sonrisa-. No entiendo casi nada pero espero aprender... A parte, me gusta el diario, porque estas hojas de papel, quieren decir que pertenezco a un lugar de esta tierra... Representan algo que me ata a la realidad, a este mundo complicado y abrumador, como usted dice... ¡Este diario, al leerlo, me confirma que yo también soy real!
-¿Precisás algo que yo te pueda dar? –le preguntó, preparándose para partir.
-No, señor...
-¿Por qué nunca me pedís nada? –insistió Justino-. ¡Vivo ofreciéndote darte lo que quieras y vos siempre te quedás callada! –Y, cuando Sebastiana le iba a responder, la interrumpió-: Ya sé, no me digas nada, algún día...
-Así es...
-¡Voy a terminar pensando que me hacés un desprecio!
-¡No para nada! –le aseguró preocupada por la mala interpretación-. ¡Por favor no piense eso!
Justino estaba casado con una buena mujer que muchos años atrás, cuando todavía eran jóvenes, poco después de la boda, sufrió un terrible accidente automovilístico, producto del cual quedó paralítica. ¡Ni todo su dinero pudo revertir las secuelas de la tragedia en la pobre de Esther!
El accidente de su esposa también lo demolió a él. No pudieron tener hijos y ahora, treinta años después de aquel desastre, la única intimidad que tenía con su señora, consistía en compartir las sábanas.
...A lo mejor fue que Sebastiana lo devolvió a la vida con su sexo, en realidad otras ya habían hecho eso antes... ¡Ni él sabía con exactitud por qué, pero el hombre le estaba profundamente agradecido a la joven que prefería decirle no a sus generosos ofrecimientos!
Cuando Justino se aproximaba a Sebastiana, lo hacía cautelosamente. Cuando la tocaba, se trataban de caricias tibias, armoniosas. Más allá de la diferencia de edad que notablemente había entre ellos, a Sebastiana no le desagradaba cuando él la visitaba.
Escapando de los guardias de Arroyo Amargo primero, y luego de los de Arroyo Agrio, golpeó la puerta para suplicar ayuda. Cristóbal Ledesma era un adolescente pero su cara recia lo negaba... Si los policías lo encontraban, después de haber cruzado el arroyo ilegalmente, lo molerían a palos sin prestarle atención a sus veinti pico de años.
Fatigado, apretó con su mano su cintura para forzarla a recuperar el oxígeno y lograr a hablar... Cuando lo hizo, se explicó:
-Me persiguen, necesito esconderme acá durante unas horas, al menos, hasta que me pueda ir...
-Pasar un tiempo en esta casa cuesta dinero –le insinuó Selmira, para ver si el muchacho entendía adónde era que se había metido...
-No tengo plata, señora...
-Entonces, tenés que irte muchacho, lo siento...
-¿Podrían darme un vaso de agua? –pidió.
-Sí, yo le traigo –declaró Sebastiana.
-¿De quién escapás? –le preguntó Azucena, sin conmoverse pero llena de curiosidad.
-Cometí un delito en el pueblo del otro lado y escapé, pero tampoco podía cruzar el arroyo en las lanchas municipales porque me hubieran identificado, así que ahora me persiguen acá también...
-¿Qué cosa tan grave pudiste haber hecho? –insistió.
-Incendié la casa de mi patrón... No saben que fui yo, pero me asusté y huí, no debí hacerlo pero tuve miedo de la represalia...
-¿Y quién es tu patrón?
-Un hombre poderoso, se llama Roberto Barreiro –declaró para ganar tiempo.
-¡Selmira, yo me encargo de él, aunque no pague! –anunció Sebastiana, invitando al joven a guarecerse en su cuarto hasta que entrara la noche...
No fueron deseos de probar el sexo con él, los que la movilizaron... Se trató de un sentimiento superior, como una complicidad nacida entre malhechores de idéntica calaña, la comunión entre los que tienen un enemigo en común.
-Desde ya te advierto que no me vas a tocar ni un pelo... No, mientras no tengas dinero...
-De acuerdo... Entonces, ¿por qué dejaste que subiera?
-Porque no me gustaría que te atrapasen...
-¿Yo te conozco?
-¿Estuviste antes en esta casa? –le preguntó para marearlo.
-No.
-Entonces, no nos conocemos.
...Así le habló Sebastiana a uno de los muchachitos que trabajaban como peones en el campo de Barreiro junto a su padre... ¡Claro que se conocían! Si él había sido amigo de Paulino hasta que se marchó.
Pero así como ella lo sabía, él no la relacionaría nunca con el pasado... No aparentaba sus años, su rostro maquillado en exceso, negaba sus facciones infantiles... ¡No había nada en ella de la niña que había nacido, como él, en Arroyo Amargo!
-De acuerdo, quedamos en el barcito de la otra vez. ¡Pero mamá, mirá que yo no tengo mucho tiempo, voy a estar trabajando!
...Y madre e hija volvieron a encontrarse como lo habían hecho meses atrás, también después de otro llamado y una insistente demanda de plata.
¿Qué nueva necesidad tendría ahora? ¿Qué problema acosaría a su familia, tan grave que solamente se podía resolver con dinero?
Sebastiana era conciente de los excesos en los que incurría su madre con el fin de sacarle la mayor cantidad de efectivo posible; y a la vez, sopesaba su conciencia pensando que si en su casa se padecían necesidades, era por su culpa, por no haber elegido alguna entre todas las propuestas matrimoniales.
Ella conocía la rutina de reclamos y aun así aceptaba encontrarse con ella. ¡Era su madre y verla, era su obligación! No obstante, bastaba que la tuviera enfrente para que, al regresar a lo de Selmira, sintiese el estómago cerrado, la garganta anudada; la sensación más próxima a la congoja que solía asaltarla cuando era niña.
Ofelia había llegado al pueblo vecino cruzando el arroyo en las lanchas intermunicipales, procedimiento por el cual la embarcación de Arroyo Amargo debía trasponer las aguas hasta el punto medio del riachuelo para concretar el trasbordo a la nave perteneciente a Arroyo Agrio, que conducía a los pasajeros hasta la orilla contraria. El camino de vuelta era exactamente inverso, y obligatoriamente, los paseantes debían presentarse con documento en mano, dinero para el boleto, por supuesto, y en el horario de las nueve de la mañana a las siete de la tarde.
La primera vez que se reencontraron, Ofelia pretendió pasarle el parte de lo que estaba ocurriendo en Arroyo Amargo, pero su hija la obligó a hacer silencio y le advirtió que no volviera a mencionar a esa gente...
Como aquella vez, esta tarde, su madre le habló de las dificultades para mantener a sus otros tres hijos y enumeró unas cuantas penurias familiares, como si Sebastiana tuviese la responsabilidad de resolvérselas por haberse marchado, por no aceptar ninguna proposición de todas las ofertas que le habían hecho sus pretendientes.
Los problemas se terminaron cuando Sebastiana sacó de su cartera un monederito. Ofelia espiaba para ver cuántos billetes le iba a entregar y con cuántos se quedaría su hija.
Después, una, volvió a su pueblo traspasando el arroyo en las lanchas, y la otra, pagó los cafés y caminó hasta lo de Selmira, mirando al frente, como lo hubieran hecho las actrices de las películas que veía con Libertario, cuando se escapaban para ir al cine de Monte Seco.
En el pueblo, ya todos sabían quién era y a qué se dedicaba. ¡La existencia de la casa de Selmira no era un secreto para nadie! Varios hombres con lo que se cruzó en el trayecto de su caminata, eran clientes suyos; la mayoría de las mujeres eran esposas de clientes suyos...
Un perro criado en la calle, condescendiente, la miró pasar como si la entendiera...
A lo largo de esos escasos años, concluía, que las mujeres eran con ella más crueles que, aun el peor de sus amantes. ¡De alguna manera o de otra, ellas siempre se encargaban de humillarla! ...Salvo Selmira, ella se comportaba como una buena madre.
Atravesó la puerta. Las mujeres de la casa que estaban desocupadas, merendaban en la cocina. Selmira se encontraba sentada, en soledad, fumando sobre el sillón de la salita.
-¿Cómo te fue? –le preguntó al verla.
-¡Como siempre, el dinero la puso de buen humor...! –aseguró ella, insinuando cuáles eran las verdaderas intenciones de su mamá.
-¡Pero es tu madre!
-¡Ya lo sé!
-Extraño a la mía, sabés... Esto me pasa muy pocas veces, pero cada tanto vuelven los recuerdos... Probablemente ella esté muerta, no sé, las mujeres de mi familia solían ser muy longevas, a lo mejor esté viva todavía, eso espero...
-Nunca antes la había escuchado hablar así, de su vida anterior...
-¡Me debo estar poniendo vieja! –y le sonrió-. ¿A vos te gusta escarbar en tu pasado?
-No, Selmira... –reconoció-. Ya sé. La entiendo... ¡El pasado está lleno de fantasmas!
-¡A mi, los fantasmas solamente me inquietan...! ¡¿A vos te asustan?!
-¡Algunos! ...Pero no estamos hablando de mí, Selmira –respondió irónicamente.
¡Siempre resultaban suculentos los secretos ajenos...!
-¡Sos rápida!
-¡Ya no soy una nena, no se olvide de eso...! –pronunció, como si haber dejado atrás la infancia lo explicara todo...
-¡Hagamos un trato: yo te cuento un secreto y vos me contás uno tuyo, ¿te parece?!
-¡Pero no vale inventar! –definió la regla principal del juego...
-¡Por supuesto! ¡Empezá vos! –le ordenó.
-Muy bien... Un hombre murió por mi culpa. Era alguien que no valía la pena, pero una muerte pesa sobre mí... ¡Hice que una persona matara a otra por mí! –reveló.
-¿Eso es todo?
-¡¿Le parece poco?!
-¡Te estoy cargando...!
-¡Ahora es su turno!
-¿Qué te podré contar...? –preguntó al aire-. ¡Dejame pensar!
-¡Sebastiana, vení a ver el último capítulo de la novela! –la llamó Adelina.
-Están como locas, gracias a Dios que mañana comienza otra porque sino, no hay quien las aguante...
-¡Selmira, no va a conseguir distraerme ni confundirme! ¡Cuénteme algo de su vida y algo que yo no sepa, claro...!
-A ver... ¡Soy de tu mismo pueblo! –escupió-. ¡Yo también nací y viví en Arroyo Amargo!
-¿Cuánto tiempo vivó allá?
-¿Para qué querés saber?
-Porque a lo mejor, de chiquita, alguna ves me crucé con usted...
-Cuando naciste, ya no estaba allá... ¡Me fui de pequeña, tenía casi la misma edad que vos cuanto escapaste...!
-¡Entonces el padre de Libertario es de allá! –dedujo rápidamente...-. Es probable, que a los hombres de los que le hablé, usted los hubiera conocido...
-¡No me des nombres...! –le pidió y así, Selmira, aplacó su curiosidad por no escarbar tanto en la memoria.
Cuando salía de la escuela, la jovencita se ganaba unos dineros extra ayudando en la limpieza en la casa de un señor importante que no tenía nombre con peso propio, aún, pero su apellido resultaba absolutamente rutilante.
Pocas veces el señor se encontraba en la casa, él solía pasar varias horas fuera, trabajando, continuando orgullosamente con los pasos de su distinguido padre.
-¿Cuál es tu nombre querida? –le preguntó el dueño casa, estudiando su figura.
-Selmira, señor –había respondido tímida pero obediente.
-Acompañame a mi escritorio que me gustaría mostrarte algo...
-Sí, señor –aseguró.
Empezaron a caminar, ella lo seguía, mirando el suelo que pisaba, sin quitarle la vista a las baldosas de la cocina, hasta llegar al parquet de la oficina del abogado y político.
En la privacidad de esa habitación, lejos de los ojos buscones de la cocinera o los de las niñeras, el hombre posó sus manos recias en la cintura de la jovencita. Le murmuró palabras empalagosas al oído... Selmira se fue dejando llevar, envuelta por el sonido de la voz de ese hombre apuesto.
Con el pasar de las tardes, se terminó por enamorar del señor que le decía cosas tan lindas, y se entregó al placer y a la pasión que él le ofrecía.
-Lo amo... –le reveló.
-¿Segura? ¿No lo decís por complacerme? –le preguntó él.
-No señor, lo amo de verdad...
Después, la mandó para su casa con un par de billetes ásperos para que ayudase a su madre.
Selmira lo amaba tanto que nunca llegó a notar que aquel hombre sólo le había jurado que la quería cuando aún ella no se decidía a aceptar sus propuestas.
Traspuso la puerta con su altanería de siempre y pidió hablar con Selmira...
-¡Quiero estar con Adelina y Sebastiana juntas! –exigió Telmo Pallares, para iniciar la negociación de la tarifa.
-¡Eso es muy costoso!
-¡Me da igual!
-¿Querés suicidarte? ¡Esas dos podrían producirte un ataque cardíaco!
-¡Hacé lo que te digo!
Finalmente, los tres terminaron juntos en la habitación de Sebastiana, que era la que estaba más ordenada; la otra, en vez de limpiar su cuarto y otras partes de la casa, prefería ver la televisión. ¡Si hasta más de una vez, Adelina, se ganó varios retos de Selmira por su dejadez!
Con las dos jóvenes desnudas, paradas frente a él, que ya se había recostado en la cama, les ordenó que se besaran, que se tocaran, mientras que el viejo se limitaba a fumar y observarlas.
¡Eduviges había ganado la apuesta! ...Ni con semejante espectáculo, Telmo Pallares consiguió que le funcionara... Lo bueno de aquello, lo mejor, fue que él, apenas las manoseó un poco porque no pudo hacer otra cosa... Después, el hombre se marchó algo ofuscado en busca de saldar deudas con Selmira.
-¿Están bien? –les preguntó la mujer asomándose al cuarto, temerosa de que las hubiese lastimado.
-Sí –le aseguró Sebastiana.
...De lo contrario, el precio hubiese subido considerablemente, así que le cobró lo que habían acordado previamente.
-¡No se le paró! –adelantó Adelina sonriendo, porque en la cena hablarían largo y tendido del tema.
Cuando volvieron a quedar a solas, las chicas se largaron a reír con carcajadas estruendosas y risas contagiosas... Ni bien recuperó el aliento, Adelina se puso su bata y dejó la pieza para irse a ver la nueva telenovela.
Como no había llamado para avisar a qué hora llegaba su micro, nadie lo fue a buscar. Libertario se había traído un bolso pequeño, señal de que sólo permanecería en la casa de su madre unos pocos días de esas vacaciones.
Casi todas las mujeres estaban dormidas, incluida su madre, por suerte para él, Azucena sí estaba levantada para abrirle la puerta; había tenido que madrugar para atender al banquero antes de que entrara a trabajar.
Con cuidado de no romper nada, preparó el desayuno que le llevó a Selmira a la cama, subiendo en silencio, para que nada pudiera adelantar su presencia... ¡Quería que su propia imagen fuera la noticia de su llegada! Adoraba a su madre, y como tal, la despertó con sus manos acariciando su cabello deslucido, con el afecto más sublime del cosmos. La quietud se desquebrajó cuando Selmira advirtió que su hijo había vuelto a ella y estaba a su lado para desayunar....
A los pocos minutos, los necesarios para que las muchachas se pusieran algo de ropa decente, se fueron acercando a la habitación de la dueña de casa para constatar por sí mismas a qué se debía semejante alboroto...
Adelina no fue la primera en llegar, adoraba dormir tanto como ver telenovelas, pero cuando por fin entró, corrió hasta donde estaba sentado Libertario y se le colgó del cuello para abrazarlo mejor. Antes que ella, Pancracia ya le había dado la bienvenida sin tanta efusividad, aunque con el mismo agrado de volver a verlo.
La habitación de Sebastiana era la más alejada a la de Selmira y no mostró ningún apuro en vestirse. Displicente, caminó con sus pies descalzos, ampollados con las últimas sandalias que se había comprado a precio de liquidación en plena temporada, hasta llegar a donde estaba el festejo. Ya frente a él, lo saludó y le dio un beso rápido en la mejilla. Al instante, fue Libertario el que la abrazó, casi como lo había hecho Adelina con él. La última en acudir a la celebración, fue Eduviges que era obsesivamente minuciosa en la tarea de lavarse los dientes y cepillar su pelo.
Poco después, las mujeres y Libertario dejaron a Selmira sola para que pudiera cambiarse. Casi todos fueron a la cocina a preparar mate y Sebastiana se fue a dar un baño para estar lista en el momento en que le tocara enfrentar al mundo real. Desde abajo brotaban risas que no había alcanzado a oír por el agua de la ducha, pero cuando cerró la canilla, aquellos ecos se convirtieron en la señalización perfecta que le marcaba hacia dónde tenía que ir.
Adelina preparó el almuerzo, feliz de agasajar a su amigo recién llegado. Comieron sentados a la mesa, bastante apretujados, hacía mucho que no eran tantos. Todas le pidieron que contara novedades de la Gran Ciudad, pero Libertario esquivó las preguntas desplegando sus mayores habilidades: echando mano a todo tipo de evasiva.
Estaba introvertido, a lo largo del viaje había ido pensando qué haría cuando volviera a tenerla frente a él...
“¡Cuando mis ojos lleguen a vos y aterricen en tu cuerpo...!”.
Y nada de lo que, medianamente tenía planeado resultaría, pues Sebastiana no era la misma que había visto el último invierno y el anterior verano.
...Pero al fin y al cabo, ella tampoco era tan diferente, al menos hacía todo lo posible para mantener ante Libertario la naturalidad de una típica joven de pueblo. Se cambiaba de piel especialmente para reencontrarse con él.
La observaba, admirando la concentración que ponía para pintarse las uñas.
Salvo ellos dos, las demás todavía se encontraban en la cocina, comiendo alguna que otra fruta.
“¡Vacaciones en tu piel!”, definió Libertario a su estadía en la casa de su madre.
-¿Cuánto cuesta acostarse con vos? –le preguntó en tono de broma.
-¿Cuánto pagarías? –le repreguntó.
-La verdad, y no es que no lo valgas, pero no tengo mucho dinero... –le explicó Libertario.
-¡Te puedo hacer precio, sólo por ser vos...! ¡No te preocupes, vas a tener un descuento! Pero hay que esperar a que se me seque el esmalte... –le advirtió, con una sonrisa cruzando su rostro.
En realidad, él sabía que no le cobraría nada, pero este tipo de interrogatorio, se convirtió con el tiempo, en una especie de “Ábrete sésamo”, una contraseña privada.
Otras veces, ya le había preguntado lo mismo de modo parecido:
-¿Cuánto cobras? –Libertario la había increpado, en otra visita anterior.
-Esas cosas las maneja Selmira, a lo mejor te conviene arreglarlo con ella antes de meterte en mi cama, antes de que te vuelvas loco y no quieras volver a salir...
-¡Me estás echando a perder...! –reconoció lleno de pasión.
Claramente, él no pagaba por tenerla, pero al mismo tiempo era conciente de que algo debía darle a cambio, por más mínimo que fuera, llevarla al cine o traerle algún regalo de la Gran Ciudad.
¡Modestas ofrendas a su diosa injusta e incomprensiva!
...Lo que Sebastiana prefería eran los libros, tal como él le contagió su entusiasmo. ¡Y Libertario lo sabía! ...Por eso, dentro de su bolso, tenía guardado y envuelto con esmero su recompensa.
Desmesurada, Sebastiana demostró haber adquirido una admirable destreza para desnudarlo, lamentablemente, Libertario sabía que, como lo hacía con él, también era así con aquellos otros hombres...
“¿Qué tenés que me volvés tan loco...? ¿Qué es lo que te hace tan especial?”, Libertario exploraba dentro de su mente para terminar hallando siempre la misma respuesta.
Mientras tanto, Sebastiana, sin notar que él estaba pensando en ella, iniciaba un tránsito indecoroso hacia su sexo.
-¡Te amo tanto! –reconoció ante Sebastiana por primera vez.
“Bebiéndote... ¡El vino de tu sangre!”.
...Después, acalló sus murmullos para seguir besándola.
“Y sin embargo, de mujeres como vos, está lleno el mundo”, se recriminó a sí mismo, dejándose hacer...
“Todos quisimos, al menos una vez, que el amor fuera algo más que un tormento”, analizó antes de hablar:
-¡Te amo! –le repitió al rato, por si ella no lo había escuchado...
-Shhh, no deberías...
-Pero me pasa que te amo sin hacer esfuerzos, sin buscarlo, aunque no quiera...
-¡No deberías! –sentenció de nuevo, con un poco más tajante.
“Genero amores frustrados”, Sebastiana, culposa, cayó en su propia trampa.
“¡Nuestra historia es una aberración de la suerte!”, se aseguró él a sí mismo...
-¡Que te quede claro que no te amo!
...Ella pronunció su frase, separando cada sílaba para que fuera más contundente y sonara más cruel aún; un disparo en cada pausa.
-Tengo la sensación de que me estás mintiendo, nena...
-Y a mí me parece que te está fallando la percepción, nene...
-¡Mis sentidos están en perfecto estado!
-¡Olvidate de eso, yo nunca te voy a amar!
Un cupido miope y con temblequeos los había unido...
-A la larga o la corta, te vas a arrepentir de este error... –le advirtió Libertario.
-¡No voy a perder mi tiempo en averiguar si sos o no el hombre de mi vida...!
Tal vez morir después del sexo fuese la respuesta, “para no desear matarte, para no volver a extrañar este sabor...”.
-¿También cobrás por sonreír?
-¿Por...?
-Porque me parece que no te costaría nada dedicarme una sonrisa... –le reclamó.
-¡Es que con tantas pavadas que decís me pongo mal!
Finalmente, le entregó una monería risueña y se apropió del libro que, con creces, ya se tenía ganado.
“Cuando me decidí a pensar en mí, en mi necesidad, mis intereses, mi conveniencia, mi cordura, ya fue tarde”, reconoció Libertario, amándola y sufriendo con la misma intensidad.
…Sebastiana leía sumida en el silencio, mientras que Libertario hacía cualquier cosa para desconcentrarla.
Leía y comparaba su vida con las de las heroínas de aquellas historias, y siempre salía perdiendo...
-¡¿Qué querés?, a ver, decime, así me dejás de molestar!
-Que leas en voz alta, para mí también...
Y, mágicamente, las cosquillas cesaron para escucharla pronunciar y darle sentido a esas palabras que otro pensó para ellos...
Estando recostado y meciéndose sobre su voz, se sintió absurdamente dichoso, y pensó: “soy el bastardo más afortunado del mundo”.
Ella despegó su figura un poco de aquellos brazos, pero sólo para poder volver a enredarse...
-Te amo –Libertario, le susurró de nuevo.
-Yo no sé amar... –le aseguró, imitando un susurro-. Ya te lo expliqué...
-Es muy fácil, yo te enseño: amar es jugar sin reglas... –le advirtió vagamente...
-Por eso debe ser que me cuesta... Yo no juego desde antes de dejar de ser una niña...
En cambio, él la amaba sin esfuerzos...
El efecto del amor en su cuerpo era notablemente evidente...
Aceleraba su corazón...
Afilaba su lengua...
-Amar –continuó con su definición-, es jugar sin miedo a perder... Sin tener en cuenta las consecuencias, porque amar así, como los dioses, siempre acarrea riesgos...
“Clausuré mi corazón por hombres embaucadores como vos”, reconoció íntimamente. “¡Príncipes desteñidos!”.
-¡Lo que decís es imposible de hacer: no se puede no tener en cuenta lo que va a pasar...! –replicó.
“Amarte es lo más fácil del mundo”, Libertario se aseguraba para sí.
-¡Es más sencillo si no pensás! Tendrías que probarlo... –le dijo tratando de convencerla.
Un amor supeditado a los sentidos.
-Lo que no se puede, es amar previendo todo el tiempo riesgos y peligros –Libertario retomó la palabra para advertirle.
-Definitivamente, por todo eso es que amar me resulta inconcebible...
Pero lo dicho, él la amaba sin proponérselo, sin el menor esfuerzo.
-Te amo –le repitió, y refrendó su frase con un par de besos...
Ese fuego que Libertario experimentaba, que ella provocaba en él, hacía que sus ojos no pudieran ver con claridad...
Las manos le temblaban...
Lograba que sus piernas se abrieran y su boca dijera estupideces...
Y así fue que le dijo:
-...Tengo miedo de perderte... –y, ante la intención de ella de interrumpirlo, volvió a hablar-: Está bien, ya sé lo que me vas a decir: que nunca te tuve...
Y, ante la corrección, Sebastiana se libró de obligarlo a rectificarse...
¡Incautas ilusiones!
Inequidades; vínculos imperfectos...
-A vos no te cuesta enamorarte, lo que tenés es miedo de enamorarte, que es distinto –sentenció.
“Temerle al amor es igual que asustarse de los fantasmas; ambos absurdos: ni el amor ni los fantasmas existen”, calculó al escucharlo.
…Otra cosa eran el cuco o el viejo de la bolsa.
-No creo que sea así, aunque reconozco que le tengo miedo a varias cosas... –le contestó.
Efectivamente, a lo largo de sus años, se convertirá en una presa fácil del terror de sus tormentos privados, todos ellos incoherentes, entregándose dócil e indefensa a los miedos más insensatos, en especial, durante las madrugadas de invierno.
-¡Nenita, volvé acá! –le dijo, como retándola por ponerse a buscar algo en el aparador.
…Y ella acudió a su ferviente llamado, complaciéndolo, al menos en eso.
La piel era un estuche, y el de él, era el mejor...
-¿Sabés una cosa…? ¡Me encanta cuando me decís así: nenita! –reconoció Sebastiana.
No se podía decir que a Selmira le desagradara o la entusiasmara la escena que se sucedía en uno de los cuartos de arriba; tal vez, lo más acertado fuera definir la situación como inquietante para la mujer.
Por eso, ratos más tarde, pretendió hablar con su hijo, en el momento en que Sebastiana debió dedicarse a sus obligaciones amatorias.
Pero cuando lo iba a reprender, lo noto con la guardia baja, aplastado por saber que nunca podría tener como él deseaba a esa chica que tanto quería. Entonces, al verlo así, Selmira prefirió hacerlo hablar de otros temas, como la marcha de la facultad o los amigos...
-...Todo muy bien, má.
-¿Hay alguna perspectiva de que consigas algún puesto, aunque más no sea como aprendiz?
-En ésa estoy... –le contestó.
Al instante pensó, convenciéndose: “si le pude mentir una vez, voy a poder seguir mintiéndole siempre”.
Por su parte, a Selmira, la respuesta la dejó satisfecha, ella se aferraba desesperadamente a los engaños de su hijo. Así, recobró el impulso que le faltaba para continuar tratando con los hombres que pretendían regatearle el precio de las muchachas.
Los días que fueron viniendo se parecieron a los anteriores, entremezclando la rutina de placer con las responsabilidades. No obstante, se acercaba la fecha del regreso de Libertario a la Gran Ciudad.
Postergando la trama del teleteatro, Sebastiana, prefirió dedicarse a leer, recostada junto a Libertario, el libro que él mismo le había llevado de regalo.
-¿Me amás? –quiso saber él.
-¡No seas ridículo!
-¡Y vos no seas necia, no te niegues al amor, escuchá tu corazón...! –exclamó Libertario, a modo de súplica.
-Mi corazón no habla –le explicó-, gracias, que a penas late...
-¡¿Nunca lo vas a reconocer, no?!
-¿Qué? –repreguntó.
-¡Sos capaz de cualquier cosa con tal de no aceptar que me querés...!
-¡Basta de pavadas y leé vos que ya me cansé!
-¡Ya te voy avisando que no me voy a dar por vencido...!
Asimismo, se mostró molesto una vez más cuando debieron interrumpir el argumento, escapando de prisa, para que ella se avocara a deleitar a otro hombre.
La cara se le transfiguró cuando Libertario le abrió la puerta. Cecilio Quintana estaba cansado del viaje que hizo manejando desde Monte Seco a Arroyo Agrio, cargado de pedidos para sus clientes. Se trataban en su mayoría de mujeres, o de lo contrario, hombres que pretendían agasajarlas. Sus mercancías resultaban costosas, por eso todos ellos eran personajes distinguidos e importantes de la región. Su ropa era lucida en bodas y comuniones, aunque también contara con una línea informal de ropa de calle. Vestidos, lencería, alhajas y calzado; mujer que él adornaba, mujer que no pasaba desapercibida.
Pero en la casa de Selmira no llevaba nada para vender...
Libertario no lo había visto nunca, pero tampoco permanecía tanto tiempo en casa de su madre como para conocer a todos los hombres que entraban allí.
-¡Hacía mucho que no te veíamos por acá! –lo saludó la mujer.
Cecilio Quintana sudaba y Selmira, que se había acercado alertada por los golpes a la puerta, le ofreció algo fresco para tomar. Él se lo agradeció mientras se sentaba junto a ella. Libertario fue hasta la cocina y les trajo bebida nadando en hielo, y al juntarse otra vez con ellos, los encontró riéndose.
“¡Tal vez están recordando viejos tiempos!”, especuló y maldijo a ese hombre.
Selmira mandó a llamar a las muchachas por medio de Pancracia que estaba ahí abajo por casualidad, renovando el agua de los jarrones de las flores.
En un segundo, observándolo todo desde la cocina, vio que las mujeres se paraban frente al cliente. Eduviges, Adelina, Pancracia, Sebastiana y Azucena... Como en una película muda, notaba que gesticulaban; parecían felices, como en medio de una fiesta. Libertario miró hacia arriba, para reclamarle al cielo, ansioso y apurado, que trajera el final de la tarde...
Días corroídos por el paso de manos extrañas...
¡Horas ajenas!
La casa comenzaba a suspirar...
A lo mejor, la noche lo rescataría...
¡Los peores infortunios para el corazón...!
Desde ese escarmiento que le profirió la realidad, al menos mientras estaba en la casa de su madre, Libertario dedicaba las horas de las tardes, a gozar de siestas infinitas...
“¡Maldita mujer desalmada!”, repetía su conciencia. “¡El estúpido amante celoso de la prostituta!”, se catalogó el mismo...
Después, Cecilio se puso de pie y subió la escalera cargando un bolso, al lado de la más joven de todas. Las otras no supieron si alegrarse o no; de igual manera, aprovecharon para hacer distintas cosas, por ejemplo, ver la televisión.
-¿Conocés Monte Seco? –le preguntó él.
-Fui un par de veces, al cine... No pude ver mucho como era bien, porque todas las veces que fui era de noche, durante el día acá siempre hay mucho trabajo... –le explicó Sebastiana.
-Entiendo. ¿Sabés que tengo acá adentro? –pronunció, señalando su bolso.
-¡La verdad es que no tengo idea!
-¡Regalos, para vos!
-¿Sí, en serio? –repreguntó desconfiada, sin atreverse a acercarse y abrir las bolsas.
-¡Toma, esto es tuyo! –le aseguró, alentándola a que los tomara.
Observó los paquetes. En uno había un vestido delicado y llamativo, precioso, tanto, que nunca había visto uno parecido, fuera de las revistas o las películas del cine. En otro, había un conjunto de bombacha, corpiño y portaligas de encaje color negro, con las medias haciendo juego.
Sebastiana pensó que eso sería justo lo que usaría una actriz de Hollywood en su intimidad...
Adentro de la tercera bolsa, había una cajita. La abrió, era un collarcito de oro, e instantáneamente, se alegró de haber sido ella la elegida por Cecilio Quintana.
-Dejame que te ayude a cerrar la traba... –le sugirió acercándosele al cuello.
-¿Siempre es así de generoso? –le preguntó.
-Me gusta ver a una mujer bien vestida, arreglada, sofisticada... ¡Probátelo, quiero ver cómo te queda...! Espero no haberme equivocado con el talle, no sé si lo habrás notado, pero todas ustedes tienen una complexión física similar...
-¿De verdad? ¿Cómo se dio cuenta de eso?
-¡Tengo ojo para las mujeres! –se vanaglorió.
Sebastiana obedeció en todo. Mientras cambiaba su ropa por la nueva, Cecilio hablaba, sin importarle demasiado si ella lo escuchaba...
Efectivamente, no le prestaba mucha atención, oía el murmullo de su voz, pero no retenía las palabras. Estaba concentrada en no romper las delicadas medias.
-...Leonor jamás se pondría esta ropa, ni siquiera si yo se lo pidiera... –confesó.
-¿Quién es Leonor? –preguntó, porque la parte en que le contaba de su señora, fue justo cuando trataba de enganchar las medias en el liguero.
-Mi esposa.
-¡Ah, claro! –reafirmó, como si fuese un mandato infranqueable el hecho de que las esposas no hacían esas cosas.
A continuación, Cecilio se desnudó. Era relativamente joven, no se sabía su edad exacta, pero se le notaba en el cuerpo.
Era la primera vez que Sebastiana tenía frente a ella a ese hombre, que deliraba acerca de la religiosidad de su mujer y de sus costumbres puritanas. Se acercó a ella que, cuando pretendió volver a sacarse la ropa, la detuvo.
Aquellos hombres como Cecilio, respondían con generosidad a su profunda entrega...
Antes de que él se fuera, Sebastiana llegó a imaginarse entrando al bar de Arroyo Agrio luciendo aquel vestido para encontrarse con su madre. Perfectamente podría ser confundida con una mujer distinguida, de clase y categoría...
Finalmente, Cecilio se despidió de ella, estaba apurado porque tenía que continuar con su recorrida por otros pueblos vecinos para difundir su mercadería.
-En unos meses voy a volver... –le aseguró-. ¡Y con más regalos...!
-¡Qué bueno, te vamos a estar esperando!
El hombre salió de la habitación cargando su bolso ya más liviano, y ella se quedó parada frente al espejo, estudiándose en diversas poses.
-¡Das vergüenza! –le dijo Libertario, pocos minutos después, cerrando con violencia la puerta.
-¿Perdón? –hizo como que no había entendido.
-¡Sacate esa ropa espantosa!
-Sí, me la voy a sacar, no quiero que se estropee. ¡Salí de mi cuarto, ya! –le ordenó enojada con el planteo.
-¡Sebastiana, bajá rápido que está empezando Cristal! –la llamaron las muchachas desde la cocina.
... Cristal, era una de las novelas que más le apasionaba, por eso, agradeció íntimamente que Cecilio se tuviera que ir tan pronto. Bajó justo para la presentación. Rudy La Escala cantaba y con él, las muchachas desentonaban a coro: “mi vida eres tú, y solamente tú, tratando explicar, su le tomé y la intenté besar...”.
-¡Carlos Matta es tan buen mozo...! –aseguró Eduviges.
…De pronto, todas en las casa se sobresaltaron con el portazo que dio Libertario, que parecía que había decidido ir a pasear.
-¡Y ella, es tan dulce...! –Adelina completó la idea que había tenido que interrumpir con el estruendo.
-¡Pero que mala es esta Lupita...! –rezongó Pancracia ante una nueva crueldad de la villana.
-Shh, que no dejan escuchar –Sebastiana las hizo callar.
Azucena no estaba con ellas en la cocina a pesar de que también le gustaba la novela, pero esa tarde prefirió sentarse a fumar al lado de su amiga. Con Selmira se conocían de toda la vida, desde hacía poco más veinte años. Juntas aprendieron a sobrevivir. Padecieron la brutalidad de Amílcar Taborda, permaneciendo una cerca de la otra como una especie de puntal. Probaron a la par los sabores de la vida y de la muerte.
Azucena era una de las pocas habitantes de la casa que había nacido en Arroyo Agrio, era la segunda de cuatro hijos de un matrimonio pobre. De pronto, un día, se encontró frente a una asistente social que les explicaba que los llevarían a la Gran Ciudad, la niña por un lado y los varoncitos por otro, a dos instituciones de Servicios Infantiles. Con sus once años, lo entendió todo: sus padres habían muerto e iban a separarla de sus hermanos para mandarlos a orfanatos.
La mañana en que partirían del pueblo, ella no estaba en su cama, ni siquiera había pasado la noche allí... A Azucena le hubiera gustado escaparse con sus hermanos, pero el mayor insistió en que no debían hacerlo y, como los otros le hicieron caso a él, ella se fue sola.
...Y vagó durante gran parte de la madrugada buscando algún lugar seguro donde descansar. Fue entonces cuando se topó con Amílcar que rondaba la noche para recaudar el dinero de sus mujeres.
-¿Estás perdida? –le preguntó el hombre.
-No tengo adónde ir... –le explicó la niña.
-¿Tenés hambre? –quiso saber Amílcar, afilando sus cubiertos.
-Sí, señor –le respondió tímida.
…La llevó a su casa y le ordenó a Selmira, después de despertarla bruscamente, que le diera algo de comer. El bebé lloraba asustado por los gritos del hombre, y la mamá, terminó tranquilizando a ambos: a la criatura y la pequeña extraña.
-¿Hace falta que lo hagas? ¿No te alcanza conmigo? –le preguntó Selmira antes de que su marido entrara a la habitación donde dormía Azucena-. ¡Es tan chiquita!
-¡Callate, mujer! ¡Ésta es una mina de oro! –le retrucó.
Al día siguiente de encontrarla vagando por las calles de su pueblo, Amílcar violó a Azucena y dos noches más tarde, empezó a hacerla trabajar para él.
-¿Viste qué enojado que se fue? –le insinuó Azucena.
-Tendría ganas de pasear... No veo nada de raro... –Selmira trató de justificar a su hijo.
-¡La vigila! ¡Si hasta se pone celoso cuando los clientes la buscan a ella...!
-¡¿Qué pretendés, que mi hijo se moleste cuando los hombres, que cada vez son menos, te buscan a vos?!
-No me hiere lo que puedas decir Selmira, soy conciente de que mi tiempo se está agotando... ¡Es lógico que las prefieran a ellas: a Adelina y a Sebastiana...! ¡Son jóvenes y bonitas, todavía...! ¡Lo que también es lógico, es que Libertario se enamore de ella!
-¿Enamorado...? –repreguntó con tono de burla-. ¡No sabés lo que decís!
-Sí, sí lo sé y está a la vista... –reafirmó la otra-. La forma en que la mira... Las cartas que le manda... La ronda constantemente... ¡La complicidad que tiene con ella! ¡Está claro que la ama...!
-¡Callate! ¡...Y ya no me relates más lo que también veo! –reconoció Selmira.
Azucena le hizo gestos para que Selmira volviera a prestar atención...
...Libertario entraba a la cocina donde la muchacha tomaba mate aislada del trajín de la tarde. El capítulo de Cristal había terminado y las otras mujeres se habían dispersado por toda la casa.
-¿Qué te pasa? –le preguntó él-. ¿Me convidás uno?
-¡Tomá! Y no sé qué me pasa...
-¿Estás enojada conmigo?
-No es con vos, estoy algo molesta, pero no sé por qué.
-¡Dame otro! Yo también estoy mal, celoso, te amo y aunque trato de ignorar lo que pasa, no puedo...
-Yo no quiero lastimarte... No sé, pero tendrías que hacer algo para sacarme de tu cabeza...
-No quiero sacarte...
-Hoy fue un día muy raro, para vos y para mí, todo me salió bien, desde que me levanté hasta ahora, pero hay algo que me hace sentir angustiada... –le explicó Sebastiana.
-Mirame, porque yo estoy acá, frente a vos, hablándote sinceramente y sosteniéndote la mirada, ¿esto también te pone mal?
-Supongo que mi ánimo va a ir cambiando... –y le sonrió.
-Te amo...
-No insistas con eso, por favor...
-Te amo, y no hay nada que no haría por vos.
-¿Nada? ¿Tan seguro estás de que serías capaz de cualquier cosa por mí?
-¡Todo, ya te dije! –reafirmó Libertario.
-¿Matarías por mí, si yo te lo pidiera?
-Creo que no estoy preparado para matar... –reflexionó.
-¿Y si el crimen estuviera justificado? –insistió Sebastiana.
-Por lo general, me pasa que siento que la mayoría de los motivos que llevan a la gente a matar, me resultan insuficientes... Lo que querés es imposible –reaccionó por fin tan determinante como era preciso-. Me parece que en vez de un hombre, estás buscando a un dios...
-En realidad no voy a pedirte nada, no espero tanto de vos...
Selmira entró a la cocina con la excusa de prepararse granadina, se acercó a los jóvenes y los vigiló, en su paneo, le dedicó a Sebastiana una mirada incriminadora.
-¿Por qué no vas a baldear un poco la entrada? –le pidió.
-Sí, señora.
Definitivamente ése no podía ser su mejor día.
Cuando la tarde agonizaba, Libertario solamente avisó, pero sin esperar la autorización de su madre:
-¡Nosotros vamos a salir! ¡Vos, vení conmigo! –dirigiéndose exclusivamente a Sebastiana.
Y así, tan sencillamente, se la llevó a pasear...
La tarde se agotaba y la oscuridad los asimilaba al paisaje, confundiéndolos con cualquier hombre y con la mujer más normal de Monte Seco.
En el cine vieron una película linda, entretenida, aunque Sebastiana fuera quedándose dormida sobre el hombro de Libertario, y él estuviera muy ocupado en acariciarla.
Al salir, cayeron en la cuenta de que la noche se estaba apagando, olvidándose, por no prestarles atención, que ellos seguían caminando por esas calles, demorando su andar, imaginando que no tenían que regresar a sus realidades contrapuestas y disímiles.
Cruzaban las esquinas susurrándose, intercambiando palabras que debían decirse en voz bajita, para no escandalizar...
Buscando un atajo que lo condujera directo a ablandar sus sentimientos, Libertario notaba algo raro en el cielo: era como si la noche los estuviera observando y por eso, retrasaba sus pasos, especialmente, para acompañarlos a ellos.
¡Una noche encantada...!
La madrugada los invitaba a no volver, a quedarse o marcharse lejos, finalmente regresaron a la casa, acalorados y muertos de hambre.
Al día siguiente, Selmira se mostró nerviosa, tanto, que su mano le temblaba cuando tomaba su vaso de granadina. Volvió a dirigirle una mirada reprobatoria a Sebastiana que ella supo interpretar, por la que quedó algo intimidada el resto de la estadía de Libertario.
-¿Puedo dormir esta noche en tu cama, con vos? –le preguntó, prácticamente bajo las sábanas-... Para que tengamos una despedida como corresponde...
-No creo que a tu mamá le agrade la idea...
-¡De Selmira me encargo yo!
-No es así, y lo sabés, porque después vos te vas y yo me quedo con los reproches y los retos...
Sebastiana había ido aprendiendo a no desear nada de aquello que le resultara inalcanzable...
-¡Si sabés que a vos nunca te va a decir nada! –completó su idea.
-¡Más de una vez me ha dicho varias cosas!
-¡No me quieras confundir...! ¡Estoy tan cansada...!
-¿Querés masajes? –le ofreció.
-¡No!
-¡Sos inconmovible!
-¡Sí! –le aseguró.
Buscó sus caricias...
¡Sus manos, como dormidas!
Finalmente, Libertario desistió de sus intentos de conmoverla y abandonó la habitación.
Esto no termina acá; continuará…
domingo, 18 de julio de 2010
sábado, 3 de julio de 2010
Tras el Arroyo
Puertas II
-¡Otra vez por acá, Marcial! ¡...El cuervo siempre anda rondando la carroña! –dijo Selmira, como bienvenida; a decir verdad, ese hombre no era muy querido en su casa.
-No me parece que esa pendeja que te mandé, para que te llenes los bolsillos de billetes, sea ninguna carroña...
-¡Caro que no lo es, carnicero, y vos me entendiste lo que quise decir!
-¿Cuál es su precio?
-¡Es el más caro!
-Sabés que igual lo voy a pagar...
Selmira se guardó el dinero y condujo a Marcial Padilla hasta el cuarto de Sebastiana.
¡Algunos hombres que conocerá en la casa de Selmira serán mejores que otros! ...Y el carnicero no formará parte de la clase de los que la tratarán bien.
Esa tarde, Sebastiana abrió sus piernas como si fueran el libro que Libertario le dejó antes de marcharse.
Marcial Padilla la recorrió con sus flemáticas manos secas...
¡Una hora de escándalo y sudor!
¡Cuando quedó nuevamente sola, sintió que se iba volviendo cada vez más pequeña, recostada y desnuda sobre esa cama amplia y deshecha! Se vistió cuando empezó a invadirla en la piel el frío de ese nuevo otoño prematuro.
Fue hasta la cocina y se encontró con todas las mujeres reunidas siguiendo el desarrollo de la historia de Topacio, que estaba a punto de recuperar la vista y por fin, poder admirar el rostro del hombre amado...
Azucena se rió al verla entrar bastante despeinada, y sumarse a la mesa.
La mujer no era mala en verdad, pero ver a una jovencita frente a ella, le producía los recelos aparejados a la diferencia de edad. ¡Sebastiana la delataba! Y, al mismo tiempo, le inspiraba la suficiente ternura como para despreciarla por encontrarla demasiado parecida a ella, con la misma mirada que llevaba, en su momento, después de dejar a uno de sus primeros clientes.
Azucena aprovechó la tanda comercial para burlarse de su inexperiencia. Las risas atrajeron a Selmira que no sentía afinidad por los teleteatros.
-Lo que ella dice es verdad, señora, yo no sé bien... –se justificó.
Selmira no recordaba a su primer cliente de modo traumático porque ella hubiera sido virgen e inocente, de hecho, ya había conocido a dos hombres y parido a un hijo, y de igual manera, aquella noche reaparecía en medio de sus sueños, en escenas entrecortadas: la cena que Amílcar le pidió que preparara, la visita de un compinche de su marido en sus años de juventud, un sujeto que solía piropearla con obscenidades vulgares, los billetes que quedaron sobre la mesa, el momento en que Telmo se tendía en su cama, cuando ese hombre repugnante mordía sus pechos cargados de leche para su niño...
-¡Ya te vas a acostumbrar! –le aseguró entonces Selmira.
-¡Si yo tuviera los conocimientos de todas ustedes...! –volvió a avergonzarse Sebastiana.
-¡Si yo tuviera tu edad, querida! ¡No te lamentes que ya vas a aprender y cuando lo hagas, vas a empezar a querer volver el tiempo atrás, como esta vieja que está resentida porque tuvo que aprender a los golpes...! Y no le creas nada de lo que ella te diga, que cuando empezó en esto, ella tampoco sabía ni cómo abrir las piernas. ¡Y vos, Azucena, ya no molestes a la niña! –le exigió.
-¡Ah, claro, la protegés porque es tu nueva mina de oro! ¡Mirá Selmira, no me tires de la lengua que te conozco, y te lo advierto, no me hagas hablar!
…Y, como Azucena la dejó rezongando sola, Selmira la persiguió por toda la casa para seguir discutiendo.
Adelina miró a Sebastiana cuando las otras se fueron y con sus ojos pretendió explicarle algo así como que no les hiciera caso, que ellas eran como hermanas, que se querían aunque siempre se estuvieran peleando, que cuando no era una, era la otra la que buscaba roña.
...Y Sebastiana recordó a Ceferina, como si la enfrentaran a una fotografía de su antigua vida.
-¿Querés un mate? –le ofreció la joven-. La novela ya terminó, eso quiere decir que nadie va a volver a entrar a esta cocina hasta la hora de la cena.
-Bueno, dame uno. No tengo ganas de volver a mi habitación.
-A todas nos pasó eso o algo parecido... No sé si es bueno, pero vas a ver que te terminás acostumbrando...
-¡Eso espero!
-¡Creéme, yo te lo digo! Además, alguien que yo conozco muy bien, algún día te va a venir a buscar y se va a casar con vos... –anunció con voz socarrona, tras un breve suspiro.
-¡Esto no es una telenovela! ¿Estás hablando de Libertario...?
-¡Claro!
-¿Qué tan bien lo conocés? –preguntó como si estuviera celosa.
-Olvidate, Libertario y yo somos como hermanos...
-Pero no lo son...
-Nos criamos juntos, y a parte, él no se acostó nunca con ninguna de nosotras y con vos sí. ¡Qué romántico! ¡Igual que como le pasó a Eulalia...!
-¿Quién es Eulalia? –preguntó Sebastiana.
-Otro día te cuento su historia... ¡Es de lo más dulce y romántica, te va a encantar...!
-Me voy a prepara un té, ¿querés uno? –volvió a hablar Sebastiana, para sentirse de nuevo en medio de esta realidad.
-No, sigo con el mate... ¿Ese Marcial te trató mal?
-No sé.
-Y claro, cómo vas a saber si solamente conociste a Libertario que es un sol... ¡Si lo comparás con él, cualquiera es un salvaje!
-Supongo...
-Pero igual, tuviste suerte, el carnicero es una joyita al lado de lo que era Amílcar –y bajó el tono de voz. Otra regla de la casa era no nombrar a ese hombre-. El que fue el marido de Selmira... –le explicó-. ¡Un hijo de puta! ¡Gracias a Dios ya está muerto! ¡Un demonio, nos libramos de un demonio!
-Entiendo...
-¡Cuidado, tomá despacio que está re caliente!
-No quiero más mate, me estoy preparando un té...
-¡Ah sí, me había olvidado...! Es que me pongo tonta de sólo imaginar cómo va a terminar tu historia con mi querido Libertario...
-¡No digas pavadas!
-A vos te espera otra vida, vas a tener suerte... –le vaticinó-. ¡Un día Libertario te va a venir a buscar y te va a llevar con él! ¡Ay, ya lo estoy viendo, Dios mío...!
Antes de que sorbiera el té, vio a Adelina ir hasta su cuarto y volver hasta la cocina; le trajo una cajita de pastillas.
Ella a penas le llevaba unos cinco o como muchos seis años, pero estando sentadas una junto a la otra, se distinguía una distancia abismal entre las dos habitantes más jóvenes de la casa.
-...Me las dio un cliente de la Gran Ciudad –le explicó sobre las pastillas-. El tipo es médico y desde que lo conozco, no dejo de tomarlas ni un solo día, son para que no nos embaracemos... Él me trae varias cajas cada vez que viene. ¡Ésta te la regalo!
Adelina era la hija de una amiga de la infancia de Selmira... ¡Otra que estando soltera quedó embarazada! No fue su responsabilidad dado que la muchachita fue violada por un tío o un pariente cercano... Tal vez por eso, a Selmira no le gustaba ver novelas en la tele, ¿total, para qué...?
La cuestión fue que la mujer ocultó su embarazo hospedándose en lo de su amiga. Cuando la bebé nació, Selmira se hizo cargo de la niña y la crió como si se tratara de su propia hija.
…Pero a Amílcar Taborda no le gustaba que en su casa hubiera otra boca que alimentar y a los once años la violó para que pagara con creces los gastos invertidos en ella. Luego, Adelina tuvo que trabajar para él; acostarse con hombres era lo único que sabía hacer.
Finalmente, su madre conoció a un señor de digna posición de un pueblo de más al norte. Se casaron hasta por la iglesia y tuvieron tres hijos socialmente aceptados. Y así, la mujer terminó de olvidarse de los errores del pasado, incluyendo en estos a su amistad con Selmira y cierto traspié llamado Adelina.
Al otro lado de la puerta se divisó la presencia del jefe de policía de Arroyo Agrio, Romualdo Montenegro, un rufián que se valía de extorsionar a los centros de juego clandestino, a las putas y a los sospechosos del pueblo, para garantizarse un buen pasar.
Selmira acudió prontamente, sumisa y servicial, para entregarle al hombre “la contribución” mensual y evitarse así, problemas y disgustos.
Una vez se había opuesto a los caprichos de Romualdo Montenegro, y el episodio casi terminó en tragedia. Aquello había sucedido hacía bastante tiempo, cuando recién empezaba a hacerse cargo de la agenda de su marido muerto.
“La contribución”, como el propio Montenegro la llamaba, consistía en un pago en billetes contantes y sonantes, y unas horas, las que él considerase precisas, junto a alguna de las mujeres de la casa.
Este día, Eduviges le había abierto la puerta al jefe, y ella había sido escogida para encargarse de saciar el ardor y los antojos del hombre que todas odiaban.
La puerta la abrió Pancracia, una mujer de poco más de treinta que todavía conservaba cierta frescura. De la calle, se asomó la fea cara de Telmo Pallares, un viejo decrépito que pisaba los setenta años.
Para vengarse íntimamente de las maldades que les hacía, entre ellas, apostaban sobre en qué momento el crápula quedaría impotente. A decir verdad, hasta ahora todas habían errado, a sus años, continuaba viril muy a su pesar.
-¡Vos otra vez!
-¡Desaparecé de mi vista que no vine por vos! ¡Llamá a Selmira, no voy a hablar con un payaso del circo!
Y la mujer apareció por el pasillo, caminando tambaleantemente sobre sus botas de taco infinito. Selmira se inquietó, siempre que Telmo se aparecía por su casa, había problemas.
-¡Quiero ver a la nueva! –ordenó-. Marcial dice que es una maravilla.
-No está disponible.
Selmira pretendía preservar a Sebastiana el mayor tiempo posible de ese hombre, un antiguo camarada de su marido, alguien que ella conocía muy bien.
-¡Echá al que esté con ella que yo pago por los dos!
-Sabés que no lo voy a hacer...
-¡Entonces lo hago yo!
Telmo subió por la escalera tan aprisa como su cuerpo se lo permitía. Sabía qué puerta correspondía a cada mujer y entró en la que, hasta en ese momento, no le pertenecía a ninguna de las otras.
Encontró a Sebastiana parada frente al espejo, semidesnuda, vigilándose, como buscando encontrar todavía en ella, algún rastro de lo que había sido en su vida anterior.
El hombre se presentó a la vez que apoyaba su bastón contra la pared y se sentaba en la cama.
Telmo heredó aquel bastón, entre otros bienes, de su padre que a su vez lo recibió del suyo: Fulgencio Pallares, una de las primeras víctimas fatales de las guerras. El hombre falleció en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, como reprimenda tras atacar a traición, por la espalda, a un muchacho que no llegaba a los dieciséis años, menor aún que su hijo que lo miraba desangrarse tendido en la rivera del arroyo. El joven que en el futuro engendraría a Telmo, consiguió escapar ileso y rescatar de las aguas el bastón de madera de roble pulida que ostentaba en su mango una costosísima empuñadura de plata; herramienta con la que Fulgencio supo mortificar en sus años mozos a sirvientes y prostitutas.
Luego de acomodarse, Telmo le dijo que se quitara la poca ropa que llevaba puesta. Ella se acercó a él y le hizo caso. Telmo Pallares le dio un cachetazo que la tiró al piso. La penetró, tendidos sobre el suelo.
Sebastiana estaba aprendiendo a ofrecer su sexo, entregándose cada vez, acumulando la experiencia de toda una vida aceleradamente.
Pretendió impermeabilizarse contra sus manoseos...
¡Buscaba convertirse en una impostora de su propio cuerpo!
Escasos minutos que le parecieron interminables. ¡Al viejo no le daba para más! Su sexo flácido se debilitó pronto y Sebastiana suspiró imperceptiblemente cuando dejó de sentir el peso de ese hombre corpulento sobre el de ella.
Creyó que la tibieza del piso la devolvería a la realidad. Permaneció inmóvil por un rato recostada a un lado, dándole la espalda a la puerta por donde Telmo salió para arreglar cuentas con Selmira.
La joven había pensado que pretendiendo amar a los sujetos que entraran a su cama, las cosas le resultarían bastante más cómodas y sencillas... Pero al cabo de unos pocos meses de intentarlo, se fue dando cuenta de que el amor no era la respuesta...
¡Al menos, no ese amor...!
¡Sonrisas malgastadas en aquellos hombres!
La joven Sebastiana abrió la puerta, y del otro lado se asomó la cara de un hombre mayor, en buen estado, prolijo y esbelto. Ella nunca lo había visto, de modo que desconocía que se trataba de Narciso Bustamante.
-Adelante señor, ¿puedo ayudarlo en algo? –le preguntó Sebastiana con su voz de niña bien educada-. ¿Está buscando a alguien en especial?
-¿Está la señora Selmira?
-Claro, ya se la llamo...
-Yo me encargo, querida, anda... –le indicó la dueña de casa, que bajaba las escaleras como una estrella de cine.
Narciso Bustamante era el único capaz de pagar por ella. Aunque más bien fuera al revés, se trataba del hombre que contaba con la exclusividad de usufructuar el derecho que Selmira le daba para entrar a su alcoba.
Ellos se habían conocido en el tiempo en que Selmira arribó a Arroyo Agrio y, como Amílcar Taborda, él estaba dispuesto a casarse con ella y a hacerse cargo del hijo de otro. Pero la suerte le dio la espalda y quiso que Selmira se encontrara primero con Amílcar que con él.
Luego del matrimonio, Narciso Bustamante se entristeció y pensó seriamente en dejarse morir. ¡En los adolescentes, el amor, siempre fue cuestión de vida o muere!
Cuando se enteró de que Selmira se prostituía, tuvo un fuerte e inconsciente impulso de raptarla y huir lejos del marido para recomenzar una nueva vida con la mujer que amaba y su pequeño hijo.
No eran un secreto en Arroyo Agrio los sentimientos de Narciso, tampoco lo fue su sufrimiento, al menos desde la noche en que pretendió batirse a duelo con Amílcar Taborda... Aquel episodio terminó en la casa del doctor Corso Perrone, con Narciso, borracho y desaliñado, y su cabeza cortada con un tajo de quince centímetros, y Amílcar, demorado por unas horas en la comisaría.
Cuando Selmira ingresó en la etapa de viudez, poco cambió, ella se negaba a aceptar sus románticas proposiciones. Narciso optó por conformarse con migajas, mientras buscaba la manera de ganarle tiempo al futuro para revivir... Al pobre hombre no le quedó otra que convertirse en un cliente más. Sin embargo, lo dicho, los años demostraron lo contrario, pues aun tras su retiro del trabajo, la mujer que amaba continuó recibiéndolo en su cama.
La dueña de casa llamó a Sebastiana a los gritos. Tenía novedades para ella.
Al mismo tiempo que Topacio descubría que su enamorado no era el verdadero heredero de una gran fortuna, sin importarle para nada porque ella lo amaba de verdad, y Eduviges cortaba flores del jardín y las acomodaba en todos los floreros que encontraba; mientras tanto, Selmira llamaba cargada de euforia a Sebastiana.
En la salita le dijo que había recibido una carta. Arnulfo la había traído. Sebastiana recordaba ese nombre...
¡El señor Arnulfo Sandoval también era el cartero de Arroyo Amargo! Efectivamente, él era uno de los pocos personajes que ambos pueblos compartían.
La idea le rondó la cabeza a lo largo de esa noche de noviembre...
A la mañana siguiente, cuando desayunaba mate lavado y callaba que pronto cumpliría años, se aisló de las otras para escribirle una breve carta a su madre. Curiosamente, algo en ella había negado la posibilidad de comunicarse vía telefónica. En el sobre, introdujo la nota y algunos pocos billetes.
Su mamá no seguía los teleteatros, ni siquiera los miraba esporádicamente, no tenía un galán preferido, ni quería parecerse a ninguna actriz...
En la nota evitó entrar en detalles sobre su presente. Le contaba, sí, que estaba bien, que los extrañaba a todos, le mandaba el número de teléfono de la casa donde estaba viviendo para que, si un día quería, poder encontrarse. También le aclaraba que, si bien era conciente de que el dinero era escaso, para algo tendría que servir.
-¡Estaría que te prepares unos mates! –le había sugerido Evelio a su amigo y vecino.
-¡¿No ves que estoy ocupado?! –le replicó Libertario.
-¿Qué es eso? ¡Qué misterioso que andás...!
-Le estoy escribiendo a mi mamá...
Evelio tomó de la mesa uno de los papeles escritos. Leyó en voz alta:
Otra vez estoy acá, en la Gran Ciudad, estoy seguro de que
a vos también te gustaría…
¡Es deslumbrante como vos!
-Sabés que yo te creo todo lo que digas, pero este tipo de frases no se le escriben a una madre...
-¡Ésa, justo, no es para mi mamá!
No podrías imaginarte qué grande que es…
¡Hay tantas calles que todavía sigo perdiéndome cuando voy camino a la facultad! En realidad, a vos no te voy a mentir, dejé la facultad. Tal vez el próximo año, si me lo permite la billetera, me inscriba en letras, pero leyes, nunca más. (Ah, de esto, por favor no le comentes ni una palabra a mi mamá).
Volviendo al tema de la ciudad, hay luces en cada esquina. ¡Es tan hermosa! Y te juro que un día te voy a traer para que la conozcas…
-¿Esta ciudad es hermosa? –le preguntó su amigo cargado de cinismo.
-¿Qué querías que pusiera?
-¡La verdad: que es mugrienta y caótica!
-Hay mentiras que resultan más bellas que la realidad...
-¡Ése es tu estilo!
Reticente a reconocerlo, su mano también se plegó a la negación. En ninguna parte de la carta Libertario le escribió que la quería.
“¡Quererte es tan insensato que, cuando dejo de razonarlo, ya te estoy extrañando! De repente, me doy cuenta de que todo me lleva a pensar en vos...”, analizaba con desgano.
Como si viviera en un mundo irreal, lejos de su pueblo natal, fuera de esa ciudad, él imaginaba otra cosa: un lugar donde los cocodrilos se comían relojes, los banqueros bailaban y echaban a volar, alegremente, sus barriletes, y donde cualquier niño podía cantar y jugar colgado de las ramas de algún frondoso árbol... ¡En ese mundo vivía Libertario para aguardar el amor de Sebastiana!
-Dejame ver la carta que es para tu mamá –le había pedido Evelio.
-¿Para qué?
-Quiero ver qué sarta de bolazos le escribiste esta vez... ¿Qué nota te sacaste en tu último examen, a ver...? ¿Qué le inventaste a tu pobre madre?
-¡No te burles de mí...! ¡No sé qué decirle...!
-¡Que la abogacía no te gusta y que dejaste la carrera hace un montón de meses!
-¡No sabés las veces que intenté decirle la verdad...! –expresó, lamentándose.
-¡Pobre tu madre, qué hijo fabulador que le tocó...!
-¡Sí, la pobre es una santa...!
Evelio Moncada era el hijo menor de una familia que no era rica, pero que podía darse el lujo de alquilarle, a su pequeño con ínfulas independentistas, un departamento chico.
Evelio estudiaba medicina y ocupaba el monoambiente pegado al de Libertario. La necesidad mutua los acercó, si uno tenía café, se había olvidado de comprar azúcar. Si el otro había cocinado fideos, no le quedaba queso de rallar... Así comenzó su amistad, compartiendo desayunos y cenas.
Por ese entonces, Libertario pretendía adentrarse en el universo de las leyes y aún no había conocido a Sebastiana.
Margarita Rosadas estudiaba medicina junto a Evelio. Deseaba ser pediatra y sus padres jamás le hubieran permitido que abandonara su casa si no era de la mano de su marido. Pero ella no amaba a ningún hombre, hasta que conoció, de casualidad, al vecino de su compañero de la facultad.
¡Otra vez Libertario no había recordado que las galletitas se humedecieron en el tarro!
…Esa misma tarde, Margarita había ido a reclamarle a Evelio la devolución de ciertos apuntes que le había prestado hacía un tiempo. El muchacho se los entregó y le propuso que los compartieran cuando Libertario tocó el timbre del departamento de su amigo para pedir una colaboración para su merienda.
Ahí, Margarita Rosadas, sintió enamorarse de aquel joven y aceptó inmediatamente estudiar cada tarde junto a Evelio con la esperanza de volver a ver al vecino. Pensaba que acercándose a su compañero, tendría más chances para cautivar y seducir al otro...
Pero el amor tenía esas cosas raras y, de tanto compartir mates y lecciones, de intercalar lecturas y cubrirse las espaldas con los profesores; al cabo de dos años de cursadas y trabajos, Margarita terminó por olvidarse de Libertario, cayendo rendida a los pies de Evelio.
¡En verdad, Margarita y Evelio hacían una pareja estupenda!
Pasaba las hojas con adoración, con la misma emoción con que acariciaba el cabello de su hijo antes de disponerse a trabajar. Veneraba la culpa de mantenerlo alejado de ella.
-¡Sebastiana! ¡Pequeña, vení! –la llamó Selmira a los gritos, para competir con el volumen de la televisión.
-¿Necesita algo Selmira?
-Tengo algo para vos... ¡Te mandaron esto! ¡Mi hijo te mandó esto! –especificó.
...Y le entregó un sobrecito que venía dentro de la carta de ella.
-Te dejo para que puedas leer tranquila –anunció al levantarse y abandonar la salita.
Selmira fue a la cocina y el capítulo de Topacio estaba terminando. Adelina preguntó si había pasado algo con Sebastiana, por lo de los gritos...
-Tanta preocupación, pero no moviste el culo del televisor... –dijo la mujer-. Está en la sala, leyendo una carta.
La joven salió corriendo hasta donde estaba su amiga, no le importó perderse el desenlace del episodio del viernes, siempre el más suculento.
…Estaba siguiendo el andar de las frases en silencio. Acariciaba cada palabra con sus ojos generosos. Cierta ternura se le asentó en sus mejillas que crepitaban al ritmo del recorrido por las letras...
-¿Todo bien?
-¡Sí, ¿por...?!
-Por nada... ¿Preparo mate y leemos la carta de nuestro Libertario?
-Bueno –le contestó.
...Adelina se hubiese muerto si le hubiera dicho que no.
-¡Esperame acá!
Resignada, Sebastiana apartó las hojas que ya había leído a la espera de que su amiga volviera con el equipo del mate.
-Y, ¿qué cuenta el galán...? –quiso saber, ansiosa, absurdamente tentada de agarrar el papel-. ¡Tomá el mate que se te va a enfriar...!
-¡Dame que sigo cebando yo!
-¿Y, no me vas a contar lo que te escribió? ¿Te voy a tener que robar la carta para enterarme...? –le preguntó, omitiendo que semejante acto hubiese sido inútil...
Adelina no sabía leer ni escribir....
-No hace falta. ¡Acá la tenés, leela! –dijo Sebastiana, y le sonrió.
-Preferiría que me cuentes lo que dice, con eso me alcanza... –insistió.
Todavía había ciertos aspectos de su vida que la avergonzaban. Jamás tuvo la posibilidad de pisar un aula... Amílcar Taborda se negaba a “gastar pólvora en chimangos”, como solía decir...
La escuela de Adelina fue un colchón y su aprendizaje, a través palos... “La letra con sangre entra”, repetía Amílcar; en verdad, al hombre le gustaba caer en el lugar común de los dichos populares...
¡¿Quién no hubiera deseado crecer entre sonrisas?!
…Adelina, sin dudas, hubiese preferido hacerlo entre sonrisas, caricias y frases románticas. ¡Crecer y aprender jugando! ...Pero no fue así, le tocó crecer de golpe y a los golpes.
Incluso una tarde, Selmira había pretendido, a duras penas, instruirla en lo básico de la escritura. Cuando su marido lo descubrió, ambas se ligaron una paliza soberbia, la menor “por ignorante”, y la mayor, “por estúpida”, que le daba “margaritas a los chanchos”. Desobedecerlo era lo peor que podían hacerle a Amílcar Taborda... “¡Ustedes, las hembras, son hijas del rigor...!”, aseguraba mientras las fajaba.
-...Dice que está bien –Sebastiana tomó la palabra-, sigue viviendo en el departamento de siempre, dice que su amigo se va a casar cuando se reciba, y que van a seguir viviendo en el edificio, y que eso lo alegra porque la chica, la novia del otro, cocina muy rico...
-¿Eso sólo...? ¡No te creo, mi amigo no es tan tonto como para callarse lo que siente...! –pronunció como defraudada.
-Eso y algunas otras pavadas...
-Parece que con los años mi querido Libertario se fue poniendo un poco zopenco...
-Cuenta que la ciudad crece cada día más, que constantemente llega gente buscando trabajo... Que es una ciudad muy luminosa, con muchos autos, que está llena de plazas, que todas las tardes, al salir de la facultad, se sienta en el pasto a estudiar con sus compañeros... –mintió por él-. Dice que ayer fue al cine, que no es como en Monte Seco, que allá hay muchos cines...
-¿No te dice que te extraña?
-Lo otro que dice es que en las vacaciones va a venir... Y que te manda besos. ¡Eso es todo!
-¡No importa que no te haya escrito palabras románticas...! ¡Acordate de lo que te digo: un día, Libertario, que está muerto de amor por vos, te va a pedir que te cases con él...!
-No creo, los finales de telenovela no tiene mucho que ver conmigo...
-¡No me mires así, no estoy loca! –exclamó Adelina...
-Disculpame que no te haga mucho caso, creo que alguien todavía tiene que mantener la cordura en esta casa...
-¡¿Para qué?, si no sirve para nada...! –sentenció la otra, y se echó a reír como una verdadera desquiciada.
-Entonces, si no estás loca, te estás burlando de mí –por el tono de voz de Sebastiana claramente se notaba su irritación.
-Ninguna de esas cosas... Es en serio, tonta, yo sé lo que te digo... Él te ama y se le nota, pero vos que todavía no lo conocés tanto como yo, no te das cuenta... Un día, Libertario va a venir y te va a llevar con él a recorrer esas calles y te va a hacer conocer el Italpark...
-¿Qué es eso?
-¡El Italpark! ...No sé bien lo que es, pero Libertario siempre dice que es un lugar hermoso, fabuloso, y vos, vas a entrar ahí, de su mano... –le aseguró.
-¡No delires más! ¡Vos ves muchas novelas! –le soltó como crítica.
Adelina conocía demasiado bien a Libertario, descubría lo que pensaba con sólo mirarlo fijo, se proferían un afecto tan sublime, tan irreal...
-Selmira, ¿Libertario y yo somos hermanos? –Adelina le preguntó una vez.
...Al fin y al cabo, se habían criado juntos.
-No, no lo son –le había confirmado la mujer.
Al rato, una Adelina de no más de siete años, se le acercó a Libertario para asegurarle que estaba equivocado:
-¡Podemos, sí podemos ser novios –le indicó, con esa voz de romántica que conservaría hasta el último día de su vida-, no somos hermanos como vos me dijiste...!
-Yo te quiero como a una hermana –repuso aquel niño que fue Libertario.
Así, le pusieron fin al romance antes de empezarlo para convertirse en amigos... ¡Hermanos por elección!
-¡A parte, a la vista está que yo no soy Grecia Colmenares...! –Sebastiana compuso la realidad...
-¡Más vale que no, vos sos mucho más linda!
-¡Qué tonta sos!
-¡Va a ser como lo que le pasó a Eulalia! –insistió Adelina.
-¿Y qué fue lo que pasó con Eulalia?
-¿Nunca te conté la historia de Eulalia? –preguntó extrañada por semejante omisión.
-No todavía, no...
-Bueno, pero va a tener que ser en otro momento, porque ya empieza la novela...
Amo y señor se trataba de las desventuras de Alonso Miranda y Victoria Escalante. Ellos, en una ciudad del Paraná atravesaban una gran y desenfrenada pasión. Arnaldo André interpretaba a un hombre rico y poderoso que pretendía cautivar el amor de una bella y joven aristócrata. La familia de Luisa Kuliok cumplía con esas características, sumado a ello, una paupérrima situación económica… Así, entre los dos, se desató un amor despiadado.
A la mañana siguiente, Sebastiana continuaba repasando mentalmente las palabras escritas por Libertario, entremezclándolas con sus propios pensamientos que vislumbraban su cercano cumpleaños... Al rato, optó por escribir una pequeña carta para ponerse en contacto con su madre...
Cuando llegó Rigoberto, para bien de casi todas las mujeres de la casa, estaban desocupadas. Algunas descansaban en sus cuartos, como Sebastiana, que leía tendida en su cama. Adelina se duchaba mansamente, Pancracia se desenredaba el cabello. Selmira se servía un nuevo vaso de granadina, y Eduviges dormía como una bestia.
Azucena, por su parte, fue la que le abrió la puerta al hombre, y la que regó la noticia por las habitaciones. Ni bien Sebastiana fue puesta al tanto de la presencia, corrió hasta el baño y le gritó a Adelina:
-El rengo Rigoberto está acá, aputare que dice que no tiene mucho tiempo...
El rengo Rigoberto, así lo conocía la gente en cada pueblo en el que trabajaba... Así le decían las mujeres de la casa.
Rigoberto no era un cliente, tampoco representaba una amenaza, muy por el contrario, el hombre petizo y bastante regordete, con un defecto notorio en su pierna derecha, era el más completo traficante de la región.
Casi todas las mujeres que vivían en lo de Selmira lo adoraban, podía conseguirles cualquier cosa que le encargaran a muy bajo precio. Sin la necesidad de un catálogo, Rigoberto, el rengo, tomaba nota de los pedidos en una libreta pequeña y eterna, tanto, que siempre parecía ser la misma, aunque cada mes la renovara ante la gran cantidad de demandas. Con una semana, a lo sumo quince días de demora, si acaso se trataba de un producto de difícil acceso, o en escasez, volvía con los encargues.
Rigoberto solía aparecerse por Arroyo Agrio con su camioneta cada tres o cuatro meses para recolectar los pedidos y a la semana entrante volvía él, o mandaba a alguno de sus empleados, para hacer el reparto.
“Nada es imposible de conseguir”, ése era su lema, y sus clientes, que lo sabían, tenían cada vez exigencias más extravagantes.
Pero en la casa de Selmira era diferente. Así, los pedidos tenían que ver con anticonceptivos, licores finos, preservativos, cigarrillos, dulces, lencería erótica, bebidas importadas, medicamentos y hasta algunos gramos cierta sustancia ilegal.
Las mujeres le dictaban lo que querían y pagaban por adelantado, salvo Azucena, que sólo pedía.
Continuará…
-¡Otra vez por acá, Marcial! ¡...El cuervo siempre anda rondando la carroña! –dijo Selmira, como bienvenida; a decir verdad, ese hombre no era muy querido en su casa.
-No me parece que esa pendeja que te mandé, para que te llenes los bolsillos de billetes, sea ninguna carroña...
-¡Caro que no lo es, carnicero, y vos me entendiste lo que quise decir!
-¿Cuál es su precio?
-¡Es el más caro!
-Sabés que igual lo voy a pagar...
Selmira se guardó el dinero y condujo a Marcial Padilla hasta el cuarto de Sebastiana.
¡Algunos hombres que conocerá en la casa de Selmira serán mejores que otros! ...Y el carnicero no formará parte de la clase de los que la tratarán bien.
Esa tarde, Sebastiana abrió sus piernas como si fueran el libro que Libertario le dejó antes de marcharse.
Marcial Padilla la recorrió con sus flemáticas manos secas...
¡Una hora de escándalo y sudor!
¡Cuando quedó nuevamente sola, sintió que se iba volviendo cada vez más pequeña, recostada y desnuda sobre esa cama amplia y deshecha! Se vistió cuando empezó a invadirla en la piel el frío de ese nuevo otoño prematuro.
Fue hasta la cocina y se encontró con todas las mujeres reunidas siguiendo el desarrollo de la historia de Topacio, que estaba a punto de recuperar la vista y por fin, poder admirar el rostro del hombre amado...
Azucena se rió al verla entrar bastante despeinada, y sumarse a la mesa.
La mujer no era mala en verdad, pero ver a una jovencita frente a ella, le producía los recelos aparejados a la diferencia de edad. ¡Sebastiana la delataba! Y, al mismo tiempo, le inspiraba la suficiente ternura como para despreciarla por encontrarla demasiado parecida a ella, con la misma mirada que llevaba, en su momento, después de dejar a uno de sus primeros clientes.
Azucena aprovechó la tanda comercial para burlarse de su inexperiencia. Las risas atrajeron a Selmira que no sentía afinidad por los teleteatros.
-Lo que ella dice es verdad, señora, yo no sé bien... –se justificó.
Selmira no recordaba a su primer cliente de modo traumático porque ella hubiera sido virgen e inocente, de hecho, ya había conocido a dos hombres y parido a un hijo, y de igual manera, aquella noche reaparecía en medio de sus sueños, en escenas entrecortadas: la cena que Amílcar le pidió que preparara, la visita de un compinche de su marido en sus años de juventud, un sujeto que solía piropearla con obscenidades vulgares, los billetes que quedaron sobre la mesa, el momento en que Telmo se tendía en su cama, cuando ese hombre repugnante mordía sus pechos cargados de leche para su niño...
-¡Ya te vas a acostumbrar! –le aseguró entonces Selmira.
-¡Si yo tuviera los conocimientos de todas ustedes...! –volvió a avergonzarse Sebastiana.
-¡Si yo tuviera tu edad, querida! ¡No te lamentes que ya vas a aprender y cuando lo hagas, vas a empezar a querer volver el tiempo atrás, como esta vieja que está resentida porque tuvo que aprender a los golpes...! Y no le creas nada de lo que ella te diga, que cuando empezó en esto, ella tampoco sabía ni cómo abrir las piernas. ¡Y vos, Azucena, ya no molestes a la niña! –le exigió.
-¡Ah, claro, la protegés porque es tu nueva mina de oro! ¡Mirá Selmira, no me tires de la lengua que te conozco, y te lo advierto, no me hagas hablar!
…Y, como Azucena la dejó rezongando sola, Selmira la persiguió por toda la casa para seguir discutiendo.
Adelina miró a Sebastiana cuando las otras se fueron y con sus ojos pretendió explicarle algo así como que no les hiciera caso, que ellas eran como hermanas, que se querían aunque siempre se estuvieran peleando, que cuando no era una, era la otra la que buscaba roña.
...Y Sebastiana recordó a Ceferina, como si la enfrentaran a una fotografía de su antigua vida.
-¿Querés un mate? –le ofreció la joven-. La novela ya terminó, eso quiere decir que nadie va a volver a entrar a esta cocina hasta la hora de la cena.
-Bueno, dame uno. No tengo ganas de volver a mi habitación.
-A todas nos pasó eso o algo parecido... No sé si es bueno, pero vas a ver que te terminás acostumbrando...
-¡Eso espero!
-¡Creéme, yo te lo digo! Además, alguien que yo conozco muy bien, algún día te va a venir a buscar y se va a casar con vos... –anunció con voz socarrona, tras un breve suspiro.
-¡Esto no es una telenovela! ¿Estás hablando de Libertario...?
-¡Claro!
-¿Qué tan bien lo conocés? –preguntó como si estuviera celosa.
-Olvidate, Libertario y yo somos como hermanos...
-Pero no lo son...
-Nos criamos juntos, y a parte, él no se acostó nunca con ninguna de nosotras y con vos sí. ¡Qué romántico! ¡Igual que como le pasó a Eulalia...!
-¿Quién es Eulalia? –preguntó Sebastiana.
-Otro día te cuento su historia... ¡Es de lo más dulce y romántica, te va a encantar...!
-Me voy a prepara un té, ¿querés uno? –volvió a hablar Sebastiana, para sentirse de nuevo en medio de esta realidad.
-No, sigo con el mate... ¿Ese Marcial te trató mal?
-No sé.
-Y claro, cómo vas a saber si solamente conociste a Libertario que es un sol... ¡Si lo comparás con él, cualquiera es un salvaje!
-Supongo...
-Pero igual, tuviste suerte, el carnicero es una joyita al lado de lo que era Amílcar –y bajó el tono de voz. Otra regla de la casa era no nombrar a ese hombre-. El que fue el marido de Selmira... –le explicó-. ¡Un hijo de puta! ¡Gracias a Dios ya está muerto! ¡Un demonio, nos libramos de un demonio!
-Entiendo...
-¡Cuidado, tomá despacio que está re caliente!
-No quiero más mate, me estoy preparando un té...
-¡Ah sí, me había olvidado...! Es que me pongo tonta de sólo imaginar cómo va a terminar tu historia con mi querido Libertario...
-¡No digas pavadas!
-A vos te espera otra vida, vas a tener suerte... –le vaticinó-. ¡Un día Libertario te va a venir a buscar y te va a llevar con él! ¡Ay, ya lo estoy viendo, Dios mío...!
Antes de que sorbiera el té, vio a Adelina ir hasta su cuarto y volver hasta la cocina; le trajo una cajita de pastillas.
Ella a penas le llevaba unos cinco o como muchos seis años, pero estando sentadas una junto a la otra, se distinguía una distancia abismal entre las dos habitantes más jóvenes de la casa.
-...Me las dio un cliente de la Gran Ciudad –le explicó sobre las pastillas-. El tipo es médico y desde que lo conozco, no dejo de tomarlas ni un solo día, son para que no nos embaracemos... Él me trae varias cajas cada vez que viene. ¡Ésta te la regalo!
Adelina era la hija de una amiga de la infancia de Selmira... ¡Otra que estando soltera quedó embarazada! No fue su responsabilidad dado que la muchachita fue violada por un tío o un pariente cercano... Tal vez por eso, a Selmira no le gustaba ver novelas en la tele, ¿total, para qué...?
La cuestión fue que la mujer ocultó su embarazo hospedándose en lo de su amiga. Cuando la bebé nació, Selmira se hizo cargo de la niña y la crió como si se tratara de su propia hija.
…Pero a Amílcar Taborda no le gustaba que en su casa hubiera otra boca que alimentar y a los once años la violó para que pagara con creces los gastos invertidos en ella. Luego, Adelina tuvo que trabajar para él; acostarse con hombres era lo único que sabía hacer.
Finalmente, su madre conoció a un señor de digna posición de un pueblo de más al norte. Se casaron hasta por la iglesia y tuvieron tres hijos socialmente aceptados. Y así, la mujer terminó de olvidarse de los errores del pasado, incluyendo en estos a su amistad con Selmira y cierto traspié llamado Adelina.
Al otro lado de la puerta se divisó la presencia del jefe de policía de Arroyo Agrio, Romualdo Montenegro, un rufián que se valía de extorsionar a los centros de juego clandestino, a las putas y a los sospechosos del pueblo, para garantizarse un buen pasar.
Selmira acudió prontamente, sumisa y servicial, para entregarle al hombre “la contribución” mensual y evitarse así, problemas y disgustos.
Una vez se había opuesto a los caprichos de Romualdo Montenegro, y el episodio casi terminó en tragedia. Aquello había sucedido hacía bastante tiempo, cuando recién empezaba a hacerse cargo de la agenda de su marido muerto.
“La contribución”, como el propio Montenegro la llamaba, consistía en un pago en billetes contantes y sonantes, y unas horas, las que él considerase precisas, junto a alguna de las mujeres de la casa.
Este día, Eduviges le había abierto la puerta al jefe, y ella había sido escogida para encargarse de saciar el ardor y los antojos del hombre que todas odiaban.
La puerta la abrió Pancracia, una mujer de poco más de treinta que todavía conservaba cierta frescura. De la calle, se asomó la fea cara de Telmo Pallares, un viejo decrépito que pisaba los setenta años.
Para vengarse íntimamente de las maldades que les hacía, entre ellas, apostaban sobre en qué momento el crápula quedaría impotente. A decir verdad, hasta ahora todas habían errado, a sus años, continuaba viril muy a su pesar.
-¡Vos otra vez!
-¡Desaparecé de mi vista que no vine por vos! ¡Llamá a Selmira, no voy a hablar con un payaso del circo!
Y la mujer apareció por el pasillo, caminando tambaleantemente sobre sus botas de taco infinito. Selmira se inquietó, siempre que Telmo se aparecía por su casa, había problemas.
-¡Quiero ver a la nueva! –ordenó-. Marcial dice que es una maravilla.
-No está disponible.
Selmira pretendía preservar a Sebastiana el mayor tiempo posible de ese hombre, un antiguo camarada de su marido, alguien que ella conocía muy bien.
-¡Echá al que esté con ella que yo pago por los dos!
-Sabés que no lo voy a hacer...
-¡Entonces lo hago yo!
Telmo subió por la escalera tan aprisa como su cuerpo se lo permitía. Sabía qué puerta correspondía a cada mujer y entró en la que, hasta en ese momento, no le pertenecía a ninguna de las otras.
Encontró a Sebastiana parada frente al espejo, semidesnuda, vigilándose, como buscando encontrar todavía en ella, algún rastro de lo que había sido en su vida anterior.
El hombre se presentó a la vez que apoyaba su bastón contra la pared y se sentaba en la cama.
Telmo heredó aquel bastón, entre otros bienes, de su padre que a su vez lo recibió del suyo: Fulgencio Pallares, una de las primeras víctimas fatales de las guerras. El hombre falleció en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, como reprimenda tras atacar a traición, por la espalda, a un muchacho que no llegaba a los dieciséis años, menor aún que su hijo que lo miraba desangrarse tendido en la rivera del arroyo. El joven que en el futuro engendraría a Telmo, consiguió escapar ileso y rescatar de las aguas el bastón de madera de roble pulida que ostentaba en su mango una costosísima empuñadura de plata; herramienta con la que Fulgencio supo mortificar en sus años mozos a sirvientes y prostitutas.
Luego de acomodarse, Telmo le dijo que se quitara la poca ropa que llevaba puesta. Ella se acercó a él y le hizo caso. Telmo Pallares le dio un cachetazo que la tiró al piso. La penetró, tendidos sobre el suelo.
Sebastiana estaba aprendiendo a ofrecer su sexo, entregándose cada vez, acumulando la experiencia de toda una vida aceleradamente.
Pretendió impermeabilizarse contra sus manoseos...
¡Buscaba convertirse en una impostora de su propio cuerpo!
Escasos minutos que le parecieron interminables. ¡Al viejo no le daba para más! Su sexo flácido se debilitó pronto y Sebastiana suspiró imperceptiblemente cuando dejó de sentir el peso de ese hombre corpulento sobre el de ella.
Creyó que la tibieza del piso la devolvería a la realidad. Permaneció inmóvil por un rato recostada a un lado, dándole la espalda a la puerta por donde Telmo salió para arreglar cuentas con Selmira.
La joven había pensado que pretendiendo amar a los sujetos que entraran a su cama, las cosas le resultarían bastante más cómodas y sencillas... Pero al cabo de unos pocos meses de intentarlo, se fue dando cuenta de que el amor no era la respuesta...
¡Al menos, no ese amor...!
¡Sonrisas malgastadas en aquellos hombres!
La joven Sebastiana abrió la puerta, y del otro lado se asomó la cara de un hombre mayor, en buen estado, prolijo y esbelto. Ella nunca lo había visto, de modo que desconocía que se trataba de Narciso Bustamante.
-Adelante señor, ¿puedo ayudarlo en algo? –le preguntó Sebastiana con su voz de niña bien educada-. ¿Está buscando a alguien en especial?
-¿Está la señora Selmira?
-Claro, ya se la llamo...
-Yo me encargo, querida, anda... –le indicó la dueña de casa, que bajaba las escaleras como una estrella de cine.
Narciso Bustamante era el único capaz de pagar por ella. Aunque más bien fuera al revés, se trataba del hombre que contaba con la exclusividad de usufructuar el derecho que Selmira le daba para entrar a su alcoba.
Ellos se habían conocido en el tiempo en que Selmira arribó a Arroyo Agrio y, como Amílcar Taborda, él estaba dispuesto a casarse con ella y a hacerse cargo del hijo de otro. Pero la suerte le dio la espalda y quiso que Selmira se encontrara primero con Amílcar que con él.
Luego del matrimonio, Narciso Bustamante se entristeció y pensó seriamente en dejarse morir. ¡En los adolescentes, el amor, siempre fue cuestión de vida o muere!
Cuando se enteró de que Selmira se prostituía, tuvo un fuerte e inconsciente impulso de raptarla y huir lejos del marido para recomenzar una nueva vida con la mujer que amaba y su pequeño hijo.
No eran un secreto en Arroyo Agrio los sentimientos de Narciso, tampoco lo fue su sufrimiento, al menos desde la noche en que pretendió batirse a duelo con Amílcar Taborda... Aquel episodio terminó en la casa del doctor Corso Perrone, con Narciso, borracho y desaliñado, y su cabeza cortada con un tajo de quince centímetros, y Amílcar, demorado por unas horas en la comisaría.
Cuando Selmira ingresó en la etapa de viudez, poco cambió, ella se negaba a aceptar sus románticas proposiciones. Narciso optó por conformarse con migajas, mientras buscaba la manera de ganarle tiempo al futuro para revivir... Al pobre hombre no le quedó otra que convertirse en un cliente más. Sin embargo, lo dicho, los años demostraron lo contrario, pues aun tras su retiro del trabajo, la mujer que amaba continuó recibiéndolo en su cama.
La dueña de casa llamó a Sebastiana a los gritos. Tenía novedades para ella.
Al mismo tiempo que Topacio descubría que su enamorado no era el verdadero heredero de una gran fortuna, sin importarle para nada porque ella lo amaba de verdad, y Eduviges cortaba flores del jardín y las acomodaba en todos los floreros que encontraba; mientras tanto, Selmira llamaba cargada de euforia a Sebastiana.
En la salita le dijo que había recibido una carta. Arnulfo la había traído. Sebastiana recordaba ese nombre...
¡El señor Arnulfo Sandoval también era el cartero de Arroyo Amargo! Efectivamente, él era uno de los pocos personajes que ambos pueblos compartían.
La idea le rondó la cabeza a lo largo de esa noche de noviembre...
A la mañana siguiente, cuando desayunaba mate lavado y callaba que pronto cumpliría años, se aisló de las otras para escribirle una breve carta a su madre. Curiosamente, algo en ella había negado la posibilidad de comunicarse vía telefónica. En el sobre, introdujo la nota y algunos pocos billetes.
Su mamá no seguía los teleteatros, ni siquiera los miraba esporádicamente, no tenía un galán preferido, ni quería parecerse a ninguna actriz...
En la nota evitó entrar en detalles sobre su presente. Le contaba, sí, que estaba bien, que los extrañaba a todos, le mandaba el número de teléfono de la casa donde estaba viviendo para que, si un día quería, poder encontrarse. También le aclaraba que, si bien era conciente de que el dinero era escaso, para algo tendría que servir.
-¡Estaría que te prepares unos mates! –le había sugerido Evelio a su amigo y vecino.
-¡¿No ves que estoy ocupado?! –le replicó Libertario.
-¿Qué es eso? ¡Qué misterioso que andás...!
-Le estoy escribiendo a mi mamá...
Evelio tomó de la mesa uno de los papeles escritos. Leyó en voz alta:
Otra vez estoy acá, en la Gran Ciudad, estoy seguro de que
a vos también te gustaría…
¡Es deslumbrante como vos!
-Sabés que yo te creo todo lo que digas, pero este tipo de frases no se le escriben a una madre...
-¡Ésa, justo, no es para mi mamá!
No podrías imaginarte qué grande que es…
¡Hay tantas calles que todavía sigo perdiéndome cuando voy camino a la facultad! En realidad, a vos no te voy a mentir, dejé la facultad. Tal vez el próximo año, si me lo permite la billetera, me inscriba en letras, pero leyes, nunca más. (Ah, de esto, por favor no le comentes ni una palabra a mi mamá).
Volviendo al tema de la ciudad, hay luces en cada esquina. ¡Es tan hermosa! Y te juro que un día te voy a traer para que la conozcas…
-¿Esta ciudad es hermosa? –le preguntó su amigo cargado de cinismo.
-¿Qué querías que pusiera?
-¡La verdad: que es mugrienta y caótica!
-Hay mentiras que resultan más bellas que la realidad...
-¡Ése es tu estilo!
Reticente a reconocerlo, su mano también se plegó a la negación. En ninguna parte de la carta Libertario le escribió que la quería.
“¡Quererte es tan insensato que, cuando dejo de razonarlo, ya te estoy extrañando! De repente, me doy cuenta de que todo me lleva a pensar en vos...”, analizaba con desgano.
Como si viviera en un mundo irreal, lejos de su pueblo natal, fuera de esa ciudad, él imaginaba otra cosa: un lugar donde los cocodrilos se comían relojes, los banqueros bailaban y echaban a volar, alegremente, sus barriletes, y donde cualquier niño podía cantar y jugar colgado de las ramas de algún frondoso árbol... ¡En ese mundo vivía Libertario para aguardar el amor de Sebastiana!
-Dejame ver la carta que es para tu mamá –le había pedido Evelio.
-¿Para qué?
-Quiero ver qué sarta de bolazos le escribiste esta vez... ¿Qué nota te sacaste en tu último examen, a ver...? ¿Qué le inventaste a tu pobre madre?
-¡No te burles de mí...! ¡No sé qué decirle...!
-¡Que la abogacía no te gusta y que dejaste la carrera hace un montón de meses!
-¡No sabés las veces que intenté decirle la verdad...! –expresó, lamentándose.
-¡Pobre tu madre, qué hijo fabulador que le tocó...!
-¡Sí, la pobre es una santa...!
Evelio Moncada era el hijo menor de una familia que no era rica, pero que podía darse el lujo de alquilarle, a su pequeño con ínfulas independentistas, un departamento chico.
Evelio estudiaba medicina y ocupaba el monoambiente pegado al de Libertario. La necesidad mutua los acercó, si uno tenía café, se había olvidado de comprar azúcar. Si el otro había cocinado fideos, no le quedaba queso de rallar... Así comenzó su amistad, compartiendo desayunos y cenas.
Por ese entonces, Libertario pretendía adentrarse en el universo de las leyes y aún no había conocido a Sebastiana.
Margarita Rosadas estudiaba medicina junto a Evelio. Deseaba ser pediatra y sus padres jamás le hubieran permitido que abandonara su casa si no era de la mano de su marido. Pero ella no amaba a ningún hombre, hasta que conoció, de casualidad, al vecino de su compañero de la facultad.
¡Otra vez Libertario no había recordado que las galletitas se humedecieron en el tarro!
…Esa misma tarde, Margarita había ido a reclamarle a Evelio la devolución de ciertos apuntes que le había prestado hacía un tiempo. El muchacho se los entregó y le propuso que los compartieran cuando Libertario tocó el timbre del departamento de su amigo para pedir una colaboración para su merienda.
Ahí, Margarita Rosadas, sintió enamorarse de aquel joven y aceptó inmediatamente estudiar cada tarde junto a Evelio con la esperanza de volver a ver al vecino. Pensaba que acercándose a su compañero, tendría más chances para cautivar y seducir al otro...
Pero el amor tenía esas cosas raras y, de tanto compartir mates y lecciones, de intercalar lecturas y cubrirse las espaldas con los profesores; al cabo de dos años de cursadas y trabajos, Margarita terminó por olvidarse de Libertario, cayendo rendida a los pies de Evelio.
¡En verdad, Margarita y Evelio hacían una pareja estupenda!
Pasaba las hojas con adoración, con la misma emoción con que acariciaba el cabello de su hijo antes de disponerse a trabajar. Veneraba la culpa de mantenerlo alejado de ella.
-¡Sebastiana! ¡Pequeña, vení! –la llamó Selmira a los gritos, para competir con el volumen de la televisión.
-¿Necesita algo Selmira?
-Tengo algo para vos... ¡Te mandaron esto! ¡Mi hijo te mandó esto! –especificó.
...Y le entregó un sobrecito que venía dentro de la carta de ella.
-Te dejo para que puedas leer tranquila –anunció al levantarse y abandonar la salita.
Selmira fue a la cocina y el capítulo de Topacio estaba terminando. Adelina preguntó si había pasado algo con Sebastiana, por lo de los gritos...
-Tanta preocupación, pero no moviste el culo del televisor... –dijo la mujer-. Está en la sala, leyendo una carta.
La joven salió corriendo hasta donde estaba su amiga, no le importó perderse el desenlace del episodio del viernes, siempre el más suculento.
…Estaba siguiendo el andar de las frases en silencio. Acariciaba cada palabra con sus ojos generosos. Cierta ternura se le asentó en sus mejillas que crepitaban al ritmo del recorrido por las letras...
-¿Todo bien?
-¡Sí, ¿por...?!
-Por nada... ¿Preparo mate y leemos la carta de nuestro Libertario?
-Bueno –le contestó.
...Adelina se hubiese muerto si le hubiera dicho que no.
-¡Esperame acá!
Resignada, Sebastiana apartó las hojas que ya había leído a la espera de que su amiga volviera con el equipo del mate.
-Y, ¿qué cuenta el galán...? –quiso saber, ansiosa, absurdamente tentada de agarrar el papel-. ¡Tomá el mate que se te va a enfriar...!
-¡Dame que sigo cebando yo!
-¿Y, no me vas a contar lo que te escribió? ¿Te voy a tener que robar la carta para enterarme...? –le preguntó, omitiendo que semejante acto hubiese sido inútil...
Adelina no sabía leer ni escribir....
-No hace falta. ¡Acá la tenés, leela! –dijo Sebastiana, y le sonrió.
-Preferiría que me cuentes lo que dice, con eso me alcanza... –insistió.
Todavía había ciertos aspectos de su vida que la avergonzaban. Jamás tuvo la posibilidad de pisar un aula... Amílcar Taborda se negaba a “gastar pólvora en chimangos”, como solía decir...
La escuela de Adelina fue un colchón y su aprendizaje, a través palos... “La letra con sangre entra”, repetía Amílcar; en verdad, al hombre le gustaba caer en el lugar común de los dichos populares...
¡¿Quién no hubiera deseado crecer entre sonrisas?!
…Adelina, sin dudas, hubiese preferido hacerlo entre sonrisas, caricias y frases románticas. ¡Crecer y aprender jugando! ...Pero no fue así, le tocó crecer de golpe y a los golpes.
Incluso una tarde, Selmira había pretendido, a duras penas, instruirla en lo básico de la escritura. Cuando su marido lo descubrió, ambas se ligaron una paliza soberbia, la menor “por ignorante”, y la mayor, “por estúpida”, que le daba “margaritas a los chanchos”. Desobedecerlo era lo peor que podían hacerle a Amílcar Taborda... “¡Ustedes, las hembras, son hijas del rigor...!”, aseguraba mientras las fajaba.
-...Dice que está bien –Sebastiana tomó la palabra-, sigue viviendo en el departamento de siempre, dice que su amigo se va a casar cuando se reciba, y que van a seguir viviendo en el edificio, y que eso lo alegra porque la chica, la novia del otro, cocina muy rico...
-¿Eso sólo...? ¡No te creo, mi amigo no es tan tonto como para callarse lo que siente...! –pronunció como defraudada.
-Eso y algunas otras pavadas...
-Parece que con los años mi querido Libertario se fue poniendo un poco zopenco...
-Cuenta que la ciudad crece cada día más, que constantemente llega gente buscando trabajo... Que es una ciudad muy luminosa, con muchos autos, que está llena de plazas, que todas las tardes, al salir de la facultad, se sienta en el pasto a estudiar con sus compañeros... –mintió por él-. Dice que ayer fue al cine, que no es como en Monte Seco, que allá hay muchos cines...
-¿No te dice que te extraña?
-Lo otro que dice es que en las vacaciones va a venir... Y que te manda besos. ¡Eso es todo!
-¡No importa que no te haya escrito palabras románticas...! ¡Acordate de lo que te digo: un día, Libertario, que está muerto de amor por vos, te va a pedir que te cases con él...!
-No creo, los finales de telenovela no tiene mucho que ver conmigo...
-¡No me mires así, no estoy loca! –exclamó Adelina...
-Disculpame que no te haga mucho caso, creo que alguien todavía tiene que mantener la cordura en esta casa...
-¡¿Para qué?, si no sirve para nada...! –sentenció la otra, y se echó a reír como una verdadera desquiciada.
-Entonces, si no estás loca, te estás burlando de mí –por el tono de voz de Sebastiana claramente se notaba su irritación.
-Ninguna de esas cosas... Es en serio, tonta, yo sé lo que te digo... Él te ama y se le nota, pero vos que todavía no lo conocés tanto como yo, no te das cuenta... Un día, Libertario va a venir y te va a llevar con él a recorrer esas calles y te va a hacer conocer el Italpark...
-¿Qué es eso?
-¡El Italpark! ...No sé bien lo que es, pero Libertario siempre dice que es un lugar hermoso, fabuloso, y vos, vas a entrar ahí, de su mano... –le aseguró.
-¡No delires más! ¡Vos ves muchas novelas! –le soltó como crítica.
Adelina conocía demasiado bien a Libertario, descubría lo que pensaba con sólo mirarlo fijo, se proferían un afecto tan sublime, tan irreal...
-Selmira, ¿Libertario y yo somos hermanos? –Adelina le preguntó una vez.
...Al fin y al cabo, se habían criado juntos.
-No, no lo son –le había confirmado la mujer.
Al rato, una Adelina de no más de siete años, se le acercó a Libertario para asegurarle que estaba equivocado:
-¡Podemos, sí podemos ser novios –le indicó, con esa voz de romántica que conservaría hasta el último día de su vida-, no somos hermanos como vos me dijiste...!
-Yo te quiero como a una hermana –repuso aquel niño que fue Libertario.
Así, le pusieron fin al romance antes de empezarlo para convertirse en amigos... ¡Hermanos por elección!
-¡A parte, a la vista está que yo no soy Grecia Colmenares...! –Sebastiana compuso la realidad...
-¡Más vale que no, vos sos mucho más linda!
-¡Qué tonta sos!
-¡Va a ser como lo que le pasó a Eulalia! –insistió Adelina.
-¿Y qué fue lo que pasó con Eulalia?
-¿Nunca te conté la historia de Eulalia? –preguntó extrañada por semejante omisión.
-No todavía, no...
-Bueno, pero va a tener que ser en otro momento, porque ya empieza la novela...
Amo y señor se trataba de las desventuras de Alonso Miranda y Victoria Escalante. Ellos, en una ciudad del Paraná atravesaban una gran y desenfrenada pasión. Arnaldo André interpretaba a un hombre rico y poderoso que pretendía cautivar el amor de una bella y joven aristócrata. La familia de Luisa Kuliok cumplía con esas características, sumado a ello, una paupérrima situación económica… Así, entre los dos, se desató un amor despiadado.
A la mañana siguiente, Sebastiana continuaba repasando mentalmente las palabras escritas por Libertario, entremezclándolas con sus propios pensamientos que vislumbraban su cercano cumpleaños... Al rato, optó por escribir una pequeña carta para ponerse en contacto con su madre...
Cuando llegó Rigoberto, para bien de casi todas las mujeres de la casa, estaban desocupadas. Algunas descansaban en sus cuartos, como Sebastiana, que leía tendida en su cama. Adelina se duchaba mansamente, Pancracia se desenredaba el cabello. Selmira se servía un nuevo vaso de granadina, y Eduviges dormía como una bestia.
Azucena, por su parte, fue la que le abrió la puerta al hombre, y la que regó la noticia por las habitaciones. Ni bien Sebastiana fue puesta al tanto de la presencia, corrió hasta el baño y le gritó a Adelina:
-El rengo Rigoberto está acá, aputare que dice que no tiene mucho tiempo...
El rengo Rigoberto, así lo conocía la gente en cada pueblo en el que trabajaba... Así le decían las mujeres de la casa.
Rigoberto no era un cliente, tampoco representaba una amenaza, muy por el contrario, el hombre petizo y bastante regordete, con un defecto notorio en su pierna derecha, era el más completo traficante de la región.
Casi todas las mujeres que vivían en lo de Selmira lo adoraban, podía conseguirles cualquier cosa que le encargaran a muy bajo precio. Sin la necesidad de un catálogo, Rigoberto, el rengo, tomaba nota de los pedidos en una libreta pequeña y eterna, tanto, que siempre parecía ser la misma, aunque cada mes la renovara ante la gran cantidad de demandas. Con una semana, a lo sumo quince días de demora, si acaso se trataba de un producto de difícil acceso, o en escasez, volvía con los encargues.
Rigoberto solía aparecerse por Arroyo Agrio con su camioneta cada tres o cuatro meses para recolectar los pedidos y a la semana entrante volvía él, o mandaba a alguno de sus empleados, para hacer el reparto.
“Nada es imposible de conseguir”, ése era su lema, y sus clientes, que lo sabían, tenían cada vez exigencias más extravagantes.
Pero en la casa de Selmira era diferente. Así, los pedidos tenían que ver con anticonceptivos, licores finos, preservativos, cigarrillos, dulces, lencería erótica, bebidas importadas, medicamentos y hasta algunos gramos cierta sustancia ilegal.
Las mujeres le dictaban lo que querían y pagaban por adelantado, salvo Azucena, que sólo pedía.
Continuará…
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