domingo, 13 de junio de 2010

Tras el Arroyo

Puertas I


Un par de días después de la muerte del padre, él no dudo en recibirla en su oficina.
Se ubicó en el mismo sillón donde unas semanas atrás se había instalado su madre, que se había sentado suavemente, fingiendo mostrar clase y distinción; con la diferencia de que Sebastiana no se molestó en disimular.
Si había algo que la joven no buscaba era precisamente hacer justicia por la muerte de su padre, pedía venganza y eso, Carreño, se lo podía dar.
Le habló clara y directa:
-¿Quiere que yo sea para usted? –le preguntó Sebastiana, evitando la formalidad de los saludos.
-No es un tema que tenga que tratar con vos... Sos una niña, no lo entenderías.
-¡Es usted el que se quiere acostar con una niña! ¡Y quédese tranquilo que entiendo perfectamente lo que sucede! –afirmó, desafiándolo con una mirada imprudente.
-Ya veo... ¿Qué opinás, entonces?
-Que si hace lo que le pido, seré para usted, señor.
-¿Y qué querés?
-Primero, que deje de negociar con mi madre, que no va a ser ella la que entre a su cama.
-¡Está bien! –pronunció Aristóbulo Carreño, extrañado con la determinación de esos ojos y de las palabras de la muchacha.
¡Solamente desquiciada podía estar haciendo lo que hacía, si era que realmente, Sebastiana, sabía lo que significaban e implicaban cada una de sus frases...! Efectivamente, ella era conciente de aquello, y no estaba loca; apenas, se sentía enojada, bastante enojada por la injusta muerte de su papá.
-¿Y segundo? –preguntó el hombre.
-¡Que mate al señor Barreiro! ¡Quiero que ese asesino se muera y que su muerte sea violenta y cruel! –y Sebastiana le sonrió ampliamente, sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo.

Históricamente, la familia Carreño odiaba a los Barreiro, resentimiento nacido de la época de las batallas. Además, el hacendado se había casado con la mujer que él había deseado, la más bonita de todas. Por eso mismo, Aristóbulo Carreño se tuvo que conformar con los desperdicios que el otro abandonaba tras de sí.
Por si aquello fuera poco, no era menor el detalle que resaltaba que Carreño era un apellido con mucho prestigio, pero que el caudal de dinero que movía a Arroyo Amargo lo manejaba la familia Barreiro.
Fue por esas razones y por sus ansias de satisfacer a Sebastiana que, cuando asesinó a Barreiro, lo hizo con bastante agrado.


¡El futuro se le acercaba...!
Como cada tardecita, su mamá le había pedido que fuera a hacer los mandados y la noticia le llegó como un rumor en el almacén de Robles, así que, cuando se enteró del crimen, dos días después de haber hablado con el Intendente, se escapó.
Al regresar con las compras, juntó algo de ropa y, tras esperar unas horas, las necesarias hasta que todo estuviera oscuro, se marchó. Pero antes, vigiló el andar de la respiración de sus hermanitos, y abandonó la habitación con sigilo. Inmediatamente, se acercó a su hermana y le dijo:
-Voy a volver, Cefe, pero ahora me tengo que ir, sabés.
La pequeña, en verdad no entendió mucho las explicaciones que le dio Sebastiana, solamente comprendió que se iba y eso la entristeció.

Y se fue, primero, escapando de la suerte que ella misma había establecido para sí. Después, pensando que podría conseguir un empleo, a lo mejor limpiando, para eso ella era buena y nunca le había tenido miedo al esfuerzo.
Ahora sí estaba obligada a marcharse, si era que no cumpliría con su parte del trato, como tenía planeado...
¡La gente no se salvaba de un incendio haciendo las cosas de manera prolija!
Atrapada entre lo que había hecho y lo que tendría que hacer, no le quedaba otra posibilidad más que resolver lo que hacía: cerrar los ojos, apretar los párpados con fuerza por unos segundos, y avanzar.
Escapar era la única opción, y como Carreño no reconocería su crimen ni se autoimputaría, no la mandaría a cazar; también de esto estaba convencida.
Inocentemente huía de su castigo: una muerte probable e innecesaria, o en el mejor de los casos, una vida esclavizada a la sombra de un hombre despótico... ¡Y ni esa vida, ni esa muerte la convencían!
Nunca había imaginado cómo podía ser el mundo exterior. Sólo había oído hablar, a lo largo de toda su infancia, de Arroyo Amargo y del pueblo al otro lado del arroyo, el pueblo vecino, pueblos perdidos en medio de la nada; así que solamente se le ocurrió dirigirse allá.
Sentía que debía desdoblarse, aunque en verdad no conociera esa palabra, deshacerse de sus afectos... En medio de su fuga, se estaba desprendiendo de su corazón para viajar más liviana.
A Sebastiana, su vida le resultaba insuficiente, pero tampoco sabía cómo proyectarse otra... Más adelante, como se verá, ella irá aprendiendo a imaginar... Aprenderá y lo disfrutará a tal medida que, al momento de morir, lo hará imaginando días mejores, evocando a su madre y pronunciando el nombre del hombre que amaba, mezclando recuerdos con proyectos que, a los quince años, no consiguió concebir como propios.
A la gente le gustaba albergar la tibia idea de que se podía cambiar la realidad y escapar de lo que había sido la historia de sus antecesores. ¡Pero todo eso era un engaño! Y la mayoría terminaba cayendo, envueltos, en el destino despreciable que los había estado aguardando desde un comienzo.
Con una decisión...
Con una palabra pronunciada...
Con una promesa...
¡Con eso le alcanzó para cambiar su futuro!
Estaba creciendo, poniendo entre sus manos el peso de la carga de la responsabilidad que acarreaba decidir... ¡Todo era tan diferente...!
En el momento de partir, escabulléndose de la casa de su infancia, no se le ocurrió, dada la prisa que tenía, llevarse con ella una o dos fotografías de las que había en los portarretratos o en algún álbum familiar... Muchos años después, lo sabrá: doña Ofelia se encargará de quemar la mayoría de las fotos en las que, la pequeña Sebastiana, aparecía sonriente y ajena a las dificultades que le deparará su devenir...
¡La flor de Arroyo Amargo sin imágenes para recordar...!
Poco y nada atestiguará su paso por esta vida, hasta los quince años, en Arroyo Amargo.
Sin coordenadas a las que aferrarse... Optó por fragmentar su memoria para no extrañar demasiado aquello que pertenecía al pasado...
Preservarse. Subsistir, era la más precaria y, a la vez, válida alternativa.
Reparó en lo que la esperaba al otro extremo del agua. Alzó la vista y distinguió que el cielo, al norte, estaba poblado de nubes cortajeadas, como malheridas. Se quitó los zapatos y atravesó el arroyo, luego de haberse cerciorado de que nadie la estuviera viendo...
Todavía, con los pies humedecidos, llegó hasta la plaza de Arroyo Agrio. Allí descansó, tendida sobre un banco del rincón más apartado, por unas horas, las que quedaban antes de amanecer. Sus trenzas se veían desaliñadas, casi deshechas. Entonces confirmó que seguía viva, y eso le pareció suficiente motivación para continuar.
Ya, cuando despuntaba la mañana, preguntó a la primera persona que se cruzó con ella, si sabía dónde podrían estar necesitando una empleada para la limpieza o para cuidar niños. El carnicero del pueblo, le dijo que fuera de su parte a lo de Selmira.


Arroyo Amargo y Arroyo Agrio, en sus inicios, eran un solo pueblo, llamado Arroyo Manso, una tierra vasta y acogedora a penas cruzada por un arroyuelo. Pero con el tiempo, la parte del norte se empezó a enriquecer. Por consiguiente, a los habitantes de la zona sur, les entró la envidia...
Una noche, algunos jóvenes temerarios franquearon el arroyo en busca de aventuras y hazañas que contar. Antes de que terminara la madrugada, volvieron al sur con su botín de reservas ajenas...
A los robos esporádicos, le continuaron saqueos organizados, por medio de los cuales tomaban por asalto todo aquello que encontraban a su paso.
...Durante el día, se fueron armando grupitos en los que no faltaron los hijos de las principales familias del sur. Entonces, amparados por la oscuridad, unos trasponían a los saltos el puente que atravesaba el arroyo; otros, simplemente, surcaban la corta distancia a nado, con el fin de llevarse cualquier cosa que fuera de su agrado.
Luego, llegaron los desmanes...
¡Y las respuestas de los del norte del poblado...!
Ellos se atrevieron a ir todavía más lejos en su osadía... Una de las primeras noches, se aventuraron a incendiar gran parte de las cosechas que había producido el campo de la zona sur, en el que trabajaban prácticamente todas las familias pobres.
La madrugada siguiente, los sureños se organizaron en una brigada con el fin de defender los cultivos y los pocos animales que les quedaban. De esta manera, el área céntrica, por así llamarla, donde se emplazaban las viviendas, permaneció más desprotegida que nunca. Los invasores del norte, autodenominados “Cruzados”, animados por el alcohol y otras sustancias, entraron en los hogares más humildes. Violaron a las mujeres que encontraron, las golpearon, a ellas tanto como a sus hijos... La sed de venganza jamás llegó a saciarse desde el momento en que, a penas se insinuó la luz del día, luego de la vigilia fría del descampado, los hombres regresaron a sus casas destruidas.
A la noche siguiente, los del sur, conocidos como los “Centinelas”, armados y llenos de violencia, volvieron a trasponer el arroyuelo y redoblaron la apuesta…
Los del norte llegaban hasta el sur, y los del sur se las arreglaban para infiltrarse en el norte... Desde entonces, y por muchos años más, los cuerpos de las víctimas de las confrontaciones, eran arrojados al arroyo durante el día y retirados del agua por sus deudos antes del anochecer, cuando se iniciaba una nueva refriega.
A partir de allí, no sólo quedaron cargados de resabios y resentimientos, sino que la historia que no se contaba en las escuelas, señalaba que un joven fuerte y violento del norte, usurpó las posesiones de las únicas tierras productivas del sur. El joven tomó por la fuerza a una chiquilina y la hizo su esposa. Era la muchacha más bella del sur y la unión significó el inicio de la familia más rica del pueblo a ese lado del arroyo.
…Así, el pueblo Arroyo Manso quedó dividido con las batallas que recién acabaron catorce años después de los primeros robos.
Los del sur se abastecieron con botines capturados y pasaron a llamarse Arroyo Amargo... Los otros, supieron reponerse de la tragedia, tras quedar en la ruina, resurgieron fieles su tradición de abundancia. Los habitantes del refundado Arroyo Agrio, se enorgullecieron de su historia combativa.
El símbolo material del cisma, fue la demolición conjunta y comunitaria del puente que unía ambos extremos del originario pueblo. Los del norte destruyeron la porción más cercana a su orilla, valiéndose de palos, mazas y hachas; y, para no ser menos, los del sur hicieron lo propio con la parte de la estructura del puente que aún se mantenía en pie, suspendida y desafiante, como si pendiera de hilos, tensados y sujetados, desde el aire y desde lo profundo del agua.
Como era de suponer, desde entonces, surgieron las familias más renombradas e importantes. Barreiro fue el nieto de aquél venido del norte que usurpara el campo del sur. El líder del escuadrón de los “Centinelas”, fue un tal Carlos Carreño, miembro de un linaje notable. Como si se tratara de un bien personal, los puestos y empleos se fueron heredando. También eso sucedió con el segundo de Carreño, Matildo Acuña, quien de ahí en más, se encargó de administrar la seguridad al lado sur del arroyo.
Místicamente, las aguas del arroyo fueron consideradas como muy traicioneras, siempre se comentaba que era demasiado peligroso bañarse en ellas, más bien por temor a que los espíritus de los caídos tomaran venganza, que por pudor a sumergirse más allá de sus orillas.
A su vez, por numerosas décadas, el sabor del agua de ambos pueblos, fue terriblemente espantosa. No era fácil determinar a qué sabía, así como nadie quería ponerse a pensar en el origen de la causa de semejante pestilencia; entonces, los lugareños se limitaban a beber y hacían como que se trataba de la frescura más deliciosa.
La amenaza de aplicar reprimendas entre el norte y el sur, siempre permaneció tan latente, aun por estos día tan lejanos de aquellos, que solamente, los que tenían graves problemas personales eran capaces de arriesgarse a cruzar las aguas fronterizas para llegar al pueblo enemigo.
La historia de ambos pueblos se arraigó sobre una tregua teñida de desconfianza...
¡Pero Sebastiana estaba en problemas...! Y al mismo tiempo, encontrarse en Arroyo Agrio le daba la seguridad que buscaba, primero por lo dicho, Carreño era un apellido todavía recordado y sólo trastornado podría ir hasta el otro lado a buscarla. Segundo, porque estaba convencida de que el Intendente no reclamaría el cumplimiento de su deuda con tal de no delatarse como autor del asesinato de su público rival.


La propia Selmira abrió la puerta de su casa.
-Me manda el carnicero, el señor Padilla –le explicó Sebastiana-. Estoy buscando trabajo, señora, soy buena limpiando y sé tratar con los bebés, si es que usted los tiene.
La mujer sonrió, Libertario era su hijo, pero de bebé ya no le quedaba nada.
-Acá, cada cual se limpia lo suyo... –dijo, y trató de darle a entender otras cosas.
...Y al rato, Sebastiana lo entendió, nunca había visto a ese tipo de mujeres pero había oído varias historias acerca de ellas.
Se resquebrajaba su frágil ingenuidad...
-Deme comida y un lugar donde dormir y trabajaré para usted –llegó a pronunciar al fin con su voz de niña.
-Tranquila, querida, que vas a recibir más que eso.
Selmira era una mujer maltrecha, de edad incierta, aunque mucho menor de lo que aparentaba en realidad.
-¿Aún sos virgen, verdad?
-Sí, señora.
-Tendremos que resolver este problemita cuanto antes, no podés hacer este trabajo siendo virgen... ¡Y llamame Selmira, porque yo no te voy a decir señorita! ¿De dónde venís?
-¿Cómo? –replicó, esquivando la pregunta para evitar mentirle, no sabía si revelarle o no, tan pronto, uno de sus secretos.
-¡Todos venimos de algún lado, querida! ¿De qué lugar te estás escapando vos?
-Soy de Arroyo Amargo –afirmó por fin.

Cuando Selmira huyó de Arroyo Amargo, estaba embarazada. Aquello había sucedido hacía bastante, dado que Libertario tenía veinte años y, a pesar de los almanaques, no le era fácil olvidarlo... Todo volvió cuando escuchó que la joven mencionaba a su pueblo natal.
La mujer rompió el silencio con el chorro de soda chocando contra el vaso, luego echó una porción de granadina, y lo revolvió...
-¿Querés un poco? –le preguntó.
-No señora, preferiría solamente agua...
A su padre también le encantaba esa bebida... Siempre le ponía al agua o a la soda ese líquido concentrado, colorado, de textura espesa y pegajosa... Filomeno la asustaba y la peleaba, diciéndole en tono de broma, pero con cara de malo, que era un vampiro y que bebía sangre...
En la cocina de la casa, estaban otras mujeres animadísimas viendo un nuevo capítulo de su novela preferida. En el corte, todas la saludaron y le convidaron mate.
...De una en una fueron encontrando tareas que hacer o fueron requeridas por los hombres. El hecho fue que Selmira y Sebastiana volvieron a quedarse a solas. Hablaron otro buen rato, nada de importancia... Cuando estaba por empezar el noticiero en el canal que había quedado después de Topacio, apareció Libertario, interrumpiéndolas en su conversación. Por la forma en que miró a la jovencita, su madre creyó que había llegado el momento de que quebrara la ley que ella misma había impuesto en su casa; ésa que le prohibía a Libertario acostarse con las muchachas que trabajaban ahí.

Libertario vivía en la Gran Ciudad, gracias a los esfuerzos de su mamá por mantenerlo, con el fin de que él pudiese recibirse de abogado, tal como era su anhelo.
Aquél fue otro verano en que pasó las vacaciones en el pueblo y, como veremos, desde que conoció a Sebastiana, visitará a su madre mucho más a menudo y eso, a Selmira, la pondrá contenta aunque al mismo tiempo le producirá cierta inquietud.
Él, había entrado a la cocina decidido a revelarle a su madre sus deseos de cambiar de carrera, pero al toparse con la presencia de la desconocida, volvió a intimidarse y reprimió cobardemente sus impulsos. Que él quisiera ser escritor no le agradaría a Selmira...
La mujer los presentó, al rato, le dijo a su hijo, cuando sólo él estuvo frente a ella:
-Que aprenda rápido, que en dos semanas tenés que irte...
Luego, se quedó sola y otra vez, fue ella la que abrió la puerta de su casa. Era el carnicero que, probablemente, había ido a reclamar cierta recompensa.
-...Me mandaste a una niña, Marcial, sos un descarado.
-Ellas son las mejores, están frescas y yo quiero ser el primer cliente de la muchacha. ¡Me lo merezco!
-Eso lo voy a pensar, igualmente, no va a ser ahora, así que elegí a otra o andate –determinó Selmira.

Finalmente, antes de la cena, llamó a Sebastiana a parte para asegurarle:
-Confiá en él que te va a enseñar cómo tenés que tratar a un hombre, y lo va a hacer tierna y dulcemente, no como lo haría la mayoría de los borrachos de este pueblo.
Comieron todos juntos como una gran familia.
Esa primera que noche que durmió en Arroyo Agrio, lo hizo al lado de Libertario.
En ese momento, Sebastiana podía elegir entre aprender del sufrimiento o del placer. Pero a ella nunca le había gustado el sabor de sus lágrimas, le resultaba ácido al igual que el agua del arroyo. Así que se decidió por dedicarse a hacer de su cuerpo un mapa que la guiara hacia el conocimiento.
-¡Ey, nenita...! ¡Vení para acá...! –la llamó Libertario.
La noche se opacó cuando Sebastiana abrió grandes sus ojos...
Libertario la besó y ella se lo permitió, Sebastiana había sido obediente desde muy pequeña, y Selmira le había dicho que le hiciera caso a su hijo. No tuvo miedo, apenas la recorrió una leve corriente de nerviosismo. Nunca había dejado a Paulino que la besara de esa forma, en realidad, una vez lo hizo, pero sólo fue un beso muy breve, frente al arroyo.
-¡Desnudate! –le indicó él-. Yo también me voy a sacar toda la ropa...
-¿Ahora? –soltó tímida, pero a la vez con un tono altanero, como buscando desafiarlo.
-Sí, ahora...
Por unos minutos, ella se mantuvo inmóvil como un maniquí de tienda, pero claro, Sebastiana no llevaba la cuenta del tiempo.
-¿Tenés miedo?
-Miedo no...
-¿Qué, entonces?
-Vergüenza...
-En una hora no vas a recordar ni qué significa esa estúpida palabra... Yo puedo ayudarte, si querés –le sugirió, acercándose a ella para dejar la ropa a un lado de una vez por todas.
-¡No hace falta! –le aseguró dando un paso hacia atrás-. Sé hacerlo sola. ¿Dónde puedo poner la ropa? –le preguntó al fin.
-¡Donde quieras...! ¡Tirala en el piso que está limpio! –exclamó ansioso.
De ahí en adelante, y una vez desnudos, las cosas entre ellos, fluyeron naturalmente, de un modo muy sencillo.
¡Dulces paisajes!
-Necesito que me enseñes todo... Quiero saber amar a los hombres como a ustedes les gusta –rumió ella.
-A todos no nos gusta lo mismo –le explicó.
-No importa, si sé todo, voy a poder darle a cada uno lo que más quiere.
¡Un cuerpo que se deshacía por saber...!
¡Todo lo que se podía aprender en una noche...!
¡Habitar y sentir!
Ahora, Libertario la tocaba, y a medida que sus manos la acariciaban, iban dándole forma a su cuerpo, le daba vida, la moldeaba según su parecer.
...Y ella respondió a sus caricias con sus manos de nena, en la noche en que se olvidó del diccionario.
¡Cariños a estrenar!
Pedagógico, conducía desbordado de talento el recorrido de aquella lengua extraña...
¡Descubriendo cada parte de sus cuerpos...!
-¿Sabés en la que te estás metiendo, no? –le preguntó Libertario, antes de que ambos se quedaran dormidos.

El día anterior a que Libertario regresara a la Gran Ciudad, tomaron un colectivo que los acercó a Monte Seco, un pueblo bastante próximo a la modernidad de aquellos tiempos.
Allí, conoció el cine. Estaban proyectando una película de ciencia ficción, género que con los años, se convertirá en su preferido.
¡Y Sebastiana descubrió que, a parte de éste, existía otro mundo más fascinante que el de la realidad! Quedó deslumbrada... Se enteró de una historia que no trataba de ella ni de ningún conocido suyo. Hasta entonces, lo más cercano a aquello lo protagonizaba Topacio. Y de todos modos, esa película significaba otra cosa... ¡Hablaba de gente extraña, lejana...! ¡Y le encantó! Libertario le explicó el significado de palabras como “personaje”, “ficción” y “argumento”, y desde entonces, no pudo evitar su adoración por las historias de seres en lugares que jamás llegaría a conocer.
-Como los libros que leés... –dedujo ella.
-Sí, igual.
Compartieron los encuentros casuales de sus manos acaloradas en la sala oscura...
-¿De qué mundo saliste? –él, quiso saber.
Sebastiana elucubró: “el infierno es igual en todas partes”, y sin embargo le contestó otra cosa:
-¡Del peor! –le sugirió lo que por el momento quería revelar.
-Me estoy enamorando de vos... –le dijo por decir, al igual que les juraba a las otras, haciendo gala de su apasionada forma de mentir.
-¡Si no me conocés! –rezongó ella, para contrarrestar semejante absurdo.
-Yo sé que cuando te conozca, ya va a ser tarde, voy a estar perdido... –soltó, sujeto al encanto de la farsa, recayendo en otro engaño.
“Un cuerpo accesible”, la definió. “Jamás podría conmoverme con una mujer que lo único que representa es placer”.

Cuando retornaron a la casa de Selmira, bien entrada la madrugada, la mujer los estaba esperando con gestos de disgusto. A Libertario lo retó con la mirada, como probablemente hiciera cuando era pequeño, y lo mandó a descansar antes de su viaje.
-Se terminó el entrenamiento –le dijo a Sebastiana cuando quedaron solas-. ¡Esto ya fue suficiente! ¡Mañana empezás a trabajar! ...Pero no esperes que los demás sean como mi hijo, él es único y no es para vos.

-Voy a estar acá, para cuando quieras volver... –le aseguró ella, a modo de despedida.
“¡La pasión que cura y enseña...!”, asumió Sebastiana.
-Te dejo este libro, para que me tengas presente mientras no estoy...
“Tu piel se va a acordar de mí”, algo dentro de él sentenció ese pensamiento...
-Para eso no necesito nada –afirmó Sebastiana.
-La literatura no enseña a vivir, pero ayuda a que la vida sea más llevadera...
-¿Más placentera, como las películas?
-¡Exacto! ¡Vos y yo sí que nos entendemos!
-Lo que no sé si voy a poder entender es lo que dice el libro que querés que lea –sugirió.
-¡Vas a aprender como todos!
-¿Te parece?
-Sí, aprender lo puede hacer cualquiera, renegar o por lo menos cuestionar lo aprendido, es el desafío –le dijo, como explicación autorreferencial.
Ese mismo mediodía, Libertario se trepó a un colectivo rumbo a la Gran Ciudad.

-Si pensás que evitando enamorarte, vas a sufrir menos, intentalo –le aconsejó Pancracia, viendo cómo se marchaba Libertario de la casa de Selmira-. Pero a veces, el amor ayuda a aferrarse a la vida... Cuando se termina todo, el amor suele persistir... Nunca llegué a enamorarme, mucho menos de mi esposo y, ahora que lo pienso, me hubiera gustado conocer a alguien...
¡El peligro que acarreaba sentir...!
-¡Estás viva, todavía estás a tiempo...! –afirmó Sebastiana.
-¡Qué ingenua sos, tesoro...!

-¡Andate y sé feliz! ...Y en lo posible no vuelvas... –pronunció Selmira a su hijo, a modo de súplica u orden.
-Sabés que no va a ser así, sabés que voy a venir a visitar a mi mami...
Luego, al regresar de la estación, Selmira, se topó brevemente con el rostro de Sebastiana, y pensó: “¡¿Qué culpas y secretos tan graves esconderás, pequeña?! ¿Qué guardarás detrás de esa carita tierna e inocente...? ¿...Qué te habrá traído hasta aquí?”, pero la cara de Sebastiana no le devolvía ninguna respuesta. “¡Algún día lo voy a saber...!”.
¡Si Selmira supiera...! ¡Efectivamente, llegará a conocer la historia, de principio a fin, y no en fragmentos como las otras personas...! Aunque faltaba para eso, Sebastiana misma le contará todo, gracias al afecto y la confianza que irán ganando a través de sus charlas en la sala, antes del anochecer, compartiendo el humo de sus cigarrillos.


Selmira, se había equivocado dos veces: una fue por amor, y la segunda, por la necesidad de darle un techo a su hijo.
¡Una mujer malquerida!
Cuando a los quince años descubrió que estaba esperando un bebé, después del shock y de desoír los consejos de su mente, se lo comunicó al hombre que la había embarazado.
Se trataba de un tipo poderoso de Arroyo Amargo, viudo y con un nombre y un cargo que prestigiar... Ella era conciente de que los habitantes del pueblo no le perdonarían que hubiera dejado preñada a una jovencita. ¡Una cosa era que todos hicieran la vista gorda con respecto al tema de las amantes que tenía, hasta ahí se lo toleraban...!
Luego, sucedió lo lógico, guardó silencio ante sus padres y preservó al hombre que amaba del castigo y el escarnio público.
...Una noche se fugó con un poco de ropa, con el dinero que el padre del niño le había dado y con una criatura en su vientre.
Ya, tras el arroyo, conoció a Amílcar Taborda, y se entregó a él, cometiendo su segundo error.
Se trataba un matón de mala muerte, pero igualmente temido por varios, grupo en el que se encontraban mujeres como Pancracia y Eulalia, que trabajaban para él. Amílcar era un cretino, se mostraba cruel a la vista de cualquiera y lo demostraba en la privacidad.
Después de que el bebé nació, el hombre sumó otra prostituta a su lista de empleadas. Así, a los dos meses de haber parido a Libertario, su hombre le explicó que hacía falta dinero, y que ella debía empezar a aportar. Esa misma noche, también la forzó a tener un sexo violento, y ella, se dejó herir y golpear mientras pensaba qué le estaría sucediendo, que su niño no paraba de llorar.
Selmira lo soportó todo por Libertario, con tal de que no le faltara nada, ni techo ni comida. ¡Los golpes se los llevó únicamente ella!
Al tiempo, Dios, con un poco de su ayudita, mandó a su marido a mejor vida.
¡La valentía de los desesperados...!
Entonces, se apropió de la agenda de trabajo y convirtió su casa en el prostíbulo de Arroyo Agrio; así fue cómo ella se hizo cargo del negocio.
Libertario creció, y ni bien pudo, lo mandó a vivir a la Gran Ciudad para que estudiara y se hiciera alguien. Y Selmira se dedicó a recomponer su vida con Adelina y las otras muchachas, y se quedó rezándole al Santo de los Espejos, aunque a la vista estaba que ninguno de sus sacrificios ni ofrendas realizadas le dieron resultado.


Continúa en la próxima entrega…