domingo, 22 de agosto de 2010

Tras el Arroyo

Retratos I



En su bolso cargaba sus muestrarios, algunos pedidos para entregar, sus frustraciones y los regalos para darle a Sebastiana. Se trataba de Cecilio Quintana, al que el orgullo de saberse un hombre con buen gusto, lo ensanchaba, a la vez que lo enaltecía tanto como que la joven reconociera los gestos que tenía para con ella...
-¡Pero es hermoso, no sé si puedo aceptarlo...! ¡Debe ser costosísimo...!
-¡Las dos cosas son ciertas: es caro, y es tuyo! –le aseguró Cecilio, complacido por aquella humildad.
-¿Querés que me lo pruebe?
-¡Claro!
Sebastiana se desnudó y se volvió a vestir. Lució el camisón para el hombre; una prenda fina, sensual, que le trasparentaba la figura.
-¿Cómo me queda?
-¡Precioso! ...Recién ahora, esta ropa está cobrando su verdadero valor... ¡No es más que tela, fuera de tu cuerpo!
De a poco, se fue aproximando a él para seducirlo y excitarlo. Se arrodilló ante él, se inclinó hacia su cuerpo.
-¡Quiero algo antes...! –la interrumpió.
-¡Basta con que lo pidas...!
Cecilio Quintana revolvió dentro del bolso buscando, temeroso de habérsela olvidado, hasta que palpó la cámara fotográfica.
-¿Posarías para mí?
-¿Cómo una modelo? –le preguntó entusiasmada con la idea.
-¡Por supuesto!
Y de repente, Sebastiana empezó a moverse apara atraer el contacto con la cámara. Un poco torpe pero bastante desinhibida, pretendió imitar a Cristal cuando daba sus primeros pasos gracias a los consejos de Victoria... Cecilio la felicitaba por lo bien que lo hacía, por su desenvolvimiento, y se mostraba fascinado con la comunicación que estaba entablando con la muchacha, mientras que ella sentía que era una estrella.
Al rato de probarse otros conjuntos, tuvieron sexo; pero eso fue lo de menos...


Hasta la mañana en que la encontró desamparada y despeinada, Marcial Padilla tenía locura por Eduviges. La veía, al mismo tiempo, un tanto feroz y desvalida; y eso lo excitaba, poder estimular en una mujer su furia y su abandono. Sin embargo, desde que apareció Sebastiana, la predilección varió, se sintió cautivado por las manos de la joven, igual con ellas lo acariciaba como si estuviera tocando el cielo, y a la vez, estaba convencido de que con esas mismas manos, la muchacha sería capaz de matar.
Eduviges no lamentó que ese hombre la cambiara por otra, no era ni generoso ni buen amante... A parte, los pocos obsequios que llevaba de su carnicería, eran repartidos equitativamente entre todas las de la casa. ¡¿Qué mejor que otra tuviera que soportarlo por ella?!
Por su parte, Sebastiana, tampoco se alegró con que Marcial Padilla eligiera sus favores, si bien declaraba que todos los hombres que entraban a su cama representaban lo mismo, íntimamente, reconocía que no era verdad. Si hubiera tenido que seleccionar a unos pocos entre sus clientes, se hubiese quedado con Justino, Elías, el propio Cecilio, tal vez hasta algún otro; jamás Marcial... Pero él, como el resto, pagaba y con eso bastaba para asegurarse el ingreso a su cuarto, y un segundo después de maldecir mentalmente, igual se desnudaba e igual fingía disfrutar al lado de ese hombre desagradable y malhablado.
¡El gozo más indiferente...!

Eduviges no era ni joven ni mayor, ni muy hermosa ni muy corriente; era una mujer más, como todas las que habitaban la casa de Selmira. No debía de tener muchos más de treinta y, tras aquellos años, cargaba un matrimonio dichoso, una viudez sorpresiva y prematura, y una hija abandonada en un pueblo bastante lejano.
Cuando su marido falleció, no encontró otra manera para subsistir... Al principio se prostituyó en su pueblo de origen, llevando a los hombres al lecho que había sido de su esposo...
Poco después, los rumores se tornaron imposibles de acallar y la cáscara de viuda tímida, retraída, se le empezó a caer.
Al final, y a duras penas, convenció a su hermana para que se hiciera cargo de la niña, con la condición de que todos los meses le mandara dinero, que en ese hogar no sobraba, para los gastos de la pequeña.
…Y se fue. ¡Y estaba convencida de que lo mejor sería que su hija creyera que su mamá biológica había muerto!
Su vida no podría ser como la de Victoria, y mucho menos la de Cristal, aunque su segundo nombre fuera el mismo: Cristina, porque Cristal era el nombre artístico que utilizaba en el mundo del modelaje, y ella figuraba en su documento como Eduviges Cristina Dominga López.
Efectivamente, a ella nunca le sucedería lo de Victoria, el rechazo y el desprecio de su hija al momento de enterarse de su verdadera identidad, el origen de su familia. ¡Su pequeña sólo lloraría con el recuerdo amado de su madre muerta y no al revés, llorando la vergüenza de haber descubierto la vida de su madre!


La cara amigable y ambigua de Elías, se asomó por la ventana, gesticulando para pedir que le abrieran...
En la casa de Selmira, más bien en todo el pueblo, se había cortado la corriente eléctrica. Así que, después de terminar su trabajo optó por pasar a ver Sebastiana... Haberse ido a visitar a Rosario hubiese significado una excursión con final escandaloso; y retornar a su casa, con su esposa, hubiera sido la elección más descabellada. Por eso, Sebastiana, la mujer que lo escuchaba y que no le exigía nada, era la opción correcta.
Desnudos en la cama, con el atardecer oscureciendo sus rostros, le reveló a su mejor confidente las angustias que le provocaban los reclamos de su amante y la culpa que padecía por hacerla infeliz, tanto a ella como a su señora.
-¡...Ninguna de las dos se lo merece! –dictaminó.
-¿Y vos? ¿Qué con vos...? ¿Vos sí te merecés sufrir? –pretendió hacerlo reflexionar.
-No, tampoco.
-Entonces no te dejes abatir y mandá las dudas a la mierda...
-No es tan fácil. ¡Ojalá pudiera! Yo soy el culpable... –susurró Elías Linares.
-¡Nada es simple en la vida! ¡Ninguna decisión es fácil de tomar en esta vida...!
-Ya sé... Pero me mata no responder con afecto a mi mujer ni con actos contundentes a las necesidades de Rosario...
-¡Tu mujer es Rosario y tu esposa eso, una socia ventajera en el peor negocio que hiciste en tu vida!
-...
-Por lo menos ahora estás sonriendo, y dejame que te diga que te queda muy lindo...
-¡Voy a dejar a Rosario! –largó en un arrebato, saltando al vacío frente a un acantilado de rocas infernales.
-Te estás a equivocando...


2 de septiembre de 1987

Hola Libertario, sé que tu mamá te avisó de la muerte de Adelina, lo que seguramente no te contó es lo mal que estamos todas acá. Selmira parece que hubiera envejecido de golpe, diez, veinte años de un plumazo, quizás más... Por su cara me doy cuenta de que se pasa el día llorando, aunque lo niegue, sé que es así. La mayoría del tiempo está encerrada en su habitación. Come poco y prácticamente no habla con nadie. La verdad es que estoy preocupada por ella. A las demás también les afectó, claro está. La casa no va a volver a ser lo que era. Ahora, todo es tristeza y desolación. Yo también, por supuesto, estoy muy mal... La extraño mucho, ahora no tengo a nadie con quien compartir mi vida. Perdí a mi amiga y lo que le pasó me hace pensar que todas podríamos terminar igual. ¡Tengo pesadillas casi todas las noches! Bueno, en fin, cuando nos veamos te voy a contar todo más detalladamente... Me parece que tendrías que venir lo más pronto posible; le va a hacer bien a Selmira poder verte, y a mí también...
Sebastiana


La realidad opaca de esos días se había infiltrado en la casa de Selmira.
Lágrimas y lluvia. ¡Una primavera mojada!
“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¿Por qué Adelina? ¡Desdichados sean los dioses que no ven ni escuchan...!”.

Minutos antes, Adelina lo había desnudado, al mismo tiempo en que lo besaba, dándole todo lo que era capaz de ofrecerle a un hombre.
Pero para Baltasar Mesa, nada resultaba suficiente. Perversamente trastornado, hacía un par de años, desde el primer momento en que la vio sin ropa, que empezó a vivir obsesionado con tener a Adelina incondicionalmente, sin limitaciones ni restricciones, sin otros hombres de por medio que compitieran con él; sin fantasmas que pudiesen amenazar su paz.
Ella, por su parte, varias veces trató de explicarle que no lo quería, e igual, Baltasar prefirió no entender. Cuando Adelina pronunciaba un “no”, él se engañaba pensando que pretendía decir “más delante”... Y así, su tormento se fue encarnizando con él día tras día.
La tarde en que la asesinó, Baltasar Mesa abandonó la habitación como si nada, como si en vez de yacer muerta, Adelina se hubiera quedado dormida, exhausta por el amor...
Adelina nunca llegó a comprender que estaba siendo asesinada en medio de la frescura del ocaso de otro invierno que agonizaba sobre su piel... Tan solo, en un momento sintió que Baltasar le iba acariciando el rostro, hasta que luego, sus dedos fueron bajando hasta su cuello.
Adelina se había entregado a la desmesura y al sofocamiento con la docilidad de un animal domesticado...
Baltasar Mesa la estranguló con sus propias manos; las mismas manos que poco antes la habían despeinado y suplicado que se fuera con él, jurándole que la amaba, arrodillado desde el pie de la cama, como si ella estuviera tendida en un altar.
A la hora de la novela, las mujeres la llamaron en voz alta para que bajara, gritando su nombre, hasta que, Pancracia, subió desganada para que Adelina no se perdiera el penúltimo capítulo de Cristal.

“¿Por qué siempre alguien tiene que morir...? ¡¿Por qué tuviste que morir vos, Adelina?! ¡Esto no tenía que terminar así...!”, se lamentaba Sebastiana, entre mocos y lágrimas, separada por todo un mundo de Libertario. “¡No se trataría de una tragedia si no nos influyera tanto...!”.
En ese contexto la asaltó la siniestra percepción de que aquello que podía resultar bueno para ella quedaba demasiado lejos.

Como un caballero de los de antes, de los que ya no quedaban, Narciso Bustamante había permanecido en el cementerio de pie, al lado de Selmira, ofreciéndole su brazo firme para que no se derrumbara. El hombre conocía de ese afecto, de la relación de casi madre e hija que había entre ellas, y no podía permitir que la mujer que amaba sufriera más de la cuenta por no sentirse acompañada.
Con su auto llevó a las mujeres de vuelta hasta la casa ni bien finalizó el entierro. Conducía por las calles despobladas en la hora de la siesta, mientras no podía creer la fiereza de los gestos de Selmira, el rictus de su rostro veterano, su resistencia para no quebrar su alma, para no llorar.
De a una se fueron a dormir, la anterior, se había tratado de una noche demasiado triste y larga, intentando que la policía les devolviera el cuerpo de la joven asesinada, exigiendo compasión; ¡¿pero a quién le interesaba lo que les pudiera pasar o lo que sintieran las putas?! Recién cuando Narciso se acercó a la comisaría e intercedió por ellas, pudieron volver a ver a Adelina.
Pancracia y Azucena lavaron el cuerpo y la vistieron con un vestido que eligió Sebastiana, uno azul con pequeñas florcitas blancas, el que más le gustaba a su amiga, un regalo que había sido el último grito de la moda en las revistas especializadas en costura, varios años atrás.
La desgracia estaba llegando, imponiéndose devastadora y selectiva, como un estilo de peinado moderno.
Ninguna de las mujeres que se había acostado consiguió dormir, al menos por un buen rato. Lloraban como a coro, a canon, ejecutando la ceremonia macabra de desamparo. Las lágrimas, sumadas al cansancio y a la indignación, las fue venciendo de a poco, con efecto encadenado, hasta que la casa quedó vacía de aquel chillido endemoniado.
En la cocina, Narciso Bustamante se preparaba café para despabilarse porque él tenía que volver a trabajar, después de media tarde.
Selmira permanecía en silencio, con la sensación de que si abría la boca para decir algo, cualquier pavada, lo único que conseguiría, sería arrancar con su lista de blasfemias contra la vida, los hombres, la muerte y el mismísimo Dios.
Narciso se sentó a su lado y le tomó la mano, a modo de ofrenda sublime, ella le besó la yema de los dedos, apoyó la cabeza en su hombro y se echó a llorar, con lágrimas espesas, como muestra de confianza; el mayor gesto de amor que ella era capaz de darle.


Adelina había muerto sin llegar a relatarle a Sebastiana la historia de Eulalia. Al descubrir aquel bache narrativo, Sebastiana, cayó en la cuenta de que si su amiga no lo hizo, había sido producto de las constantes postergaciones, significaba que, Adelina, como todos en realidad, no se imaginaba que su vida y sus cuentos podían quedar truncos.
¡Los finales más impensados!
Por otra parte, a Sebastiana, jamás se le ocurrió atreverse a pedirle a otra de las mujeres que le reseñara cómo había sucedido la famosa historia de Eulalia.

Argentino Salvatierra era un hombre viudo, con dos hijas gemelas, rico y preocupado por su estatus social, interesado en mantener o acrecentar su posición económica y en acallar al qué dirán...
Sus hijas se oponían a que el hombre rehiciera su vida y pusiera a otra mujer en el lugar que le correspondió y ocupó su madre en la cama matrimonial.
Argentino Salvatierra, siempre había consentido en todo a las caprichosas gemelas, hasta el día en que decidió contraer matrimonio con Eulalia.
Eulalia era una más de las prostitutas que trabajaba para Amílcar Taborda. Argentino solía frecuentarla a menudo, por lo menos cada vez que se alejaba de su estancia, que se extendía por las vastas hectáreas que lindaban con la frontera entre Arroyo Agrio y Monte Seco.
Aunque Argentino Salvatierra había dejado ya de ser un hombre joven, continuaba siendo apuesto y fuerte. Para Eulalia, aquel cliente asiduo a sus fuegos sexuales, no significaba nada más que eso, hasta que llegó el momento en que su vida cambió, cuando de pronto empezó a alegrarse cada vez que Argentino la buscaba... Necesitando prolongar los instantes de placer compartido... Extrañándolo durante los intervalos de sus visitas, cargados de ausencia... Se estaba enamorando, con locura e insensatez, como correspondía. Pero Eulalia era conciente de lo imposible de la historia, ningún hombre en sus cabales cambiaría una vida estable por el amor de una puta.
Sin embargo, una noche, tras discutir con sus hijas, invitándolas a marcharse de su hacienda si no les gustaban sus decisiones, Argentino Salvatierra, fue a buscarla...
Rastrilló las esquinas, los bares y pocilgas donde paraban las mujeres que estaban comandadas por Taborda, en alguno de esos sitios debía hallar a Eulalia...
¡Y la encontró!
…Y cuando la tuvo frente a él, sacó del bolsillo de su chaqueta el estuche de platería que resguardaba un anillo de oro con un pequeño diamante que había pertenecido a su madre, y anteriormente a su abuela, y le propuso matrimonio con voz de galán de cine.
…Y se casaron en la iglesia de Monte Seco, en medio de una gran celebración, y se la llevó a vivir a su estancia como reina y señora de lo que también era suyo.
Pero antes de que Argentino Salvatierra y Eulalia pudieran convertirse en marido y mujer, el hombre tuvo que mostrarse generoso con Amílcar Taborda, desembolsando una suma considerable. Taborda estaba convencido de que las mujeres que trabajaban para él formaban parte de su patrimonio…
Las hijas de Argentino nunca la aceptaron, aunque no llegaron a enterarse del pasado de Eulalia, jamás la miraron con buenos ojos. Igualmente, pocos años después de su boda, Argentino Salvatierra, las unió en matrimonio con dos muy buenos partidos.
En los primeros tiempos, coincidentes con la viudez de Selmira, Eulalia continuaba viajando a Arroyo Agrio para saludar a las muchachas; pero claro, con las nuevas obligaciones de señora, el mantenimiento de la hacienda y los niños que fue pariendo, las visitas a la casa de Selmira fueron mermando, haciéndose cada vez más espaciadas, diluyéndose en el tiempo, hasta que de pronto, Eulalia no volvió a aparecer.
De ella, solamente llegaban los rumores que daban cuenta de una vida plena y dichosa con sus hijos y su amado esposo, Argentino Salvatierra.


Azucena abrió la puerta y su cuerpo revivió los temores que había experimentado las veces que, desnuda, dispuesta a complacerlo, tuvo en frente al jefe Romualdo Montenegro.
-Selmira no puede atenderlo, está en cama, algo enferma –le explicó-. Pero igual, acá tiene su dinero –le entregó un sobre con la inscripción “contribución de noviembre”, que reposaba dentro de un cajón a la espera de que su dueño llegara para reclamarlo-. Ya usted sabe cómo sigue esto... ¡Elija, nomás! –exclamó, convencida de que, afortunadamente, sentía que no sería la señalada; ya se estaba acabando su tiempo de esplendor.
-¡Sebastiana, la última vez fue muy generosa!
-Muy bien, acá se hace lo que usted diga, señor... ¡Sebastiana, tenés trabajo! –le dijo Azucena, entrando a la cocina.
La muchacha era plenamente conciente de que el sujeto se cobraría con creces no haber profundizado la investigación sobre la muerte de Adelina, acto que hubiera significado, entre otros inconvenientes, la clausura de la casa de Selmira.
Dentro de su habitación, mientras se desvestía para él, rezaba por que ésa fuera la última vez que era elegida por Montenegro; no le gustaba trabajar gratis, y en todo caso, si lo hacía, prefería elegir ella misma al beneficiario.
De la cartuchera que pendía de su uniforme, Romualdo Montenegro tomó su revólver. Hizo malabares y morisquetas con él. Sebastiana pretendió no mostrar su temor.
Con la punta del arma recorrió su cuerpo. El paso por el largo de sus piernas. Sintió el frío del metal sobre sus pezones. Hasta que terminó por ponérsela en la boca.
¡Tal vez le había llegado su hora, como a Adelina!
Ése no era el final que Sebastiana deseaba para su vida, pero probablemente fuera el que se merecía... Después de todo, hacía muchos años que tenía comprado el pasaje hacia la muerte…
-¡No haga esas cosas, señor, como si necesitara esa pistola de juguete! –le dijo, pretendiendo halagarlo, para persuadirlo.
-Es verdad, esta otra que tengo funciona mejor –aseguró orgulloso de sí mismo el jefe Romualdo Montenegro, dejando a un lado de la cama el arma reglamentaria.


Selmira la llamó cuando se fue el carnicero.
-Marcial trajo esto... –le dijo la mujer y señaló la bolsa de carne que descansaba sobre la mesada.
-¡Qué rico...! ¡Yo la preparo para la noche!
-También vino Arnulfo... ¡Esto es para vos! ¿Preparo mate, querés...?
-Claro... –respondió con un hilo de voz.
Sebastiana se sentó a su lado y cebó. ¡Gracias a Dios Selmira no la había dejado sola! ...No lo hubiera resistido...
“¿Con quién comentar, si no, las cartas de Libertario?”.
-¿Qué cuenta? –le preguntó la mujer.
-Dice que está triste por todo lo que pasó, usted sabe –y se le cortó el aliento. Tomó un mate y siguió-: Tiene mucha bronca por no haber podido viajar...Pero que igual está bien... Cuenta que en el estudio de abogados donde trabaja, tienen cada vez más clientes y que las cosas no podrían salirle mejor... –inventó-. También dice que no va a venir para las fiestas, como había arreglado, porque su jefe lo invitó a pasar fin de año y me pide que la cuide hasta que él llegue...
-¡No lo hagas sufrir...! –le pidió Selmira-. Que no tenga que pagar él por lo que hicieron otros...
-Está bien, señora.
Siempre la llamaba por su nombre, solamente le decía señora cuando la retaba o ella misma se sentía en falta.

Sebastiana volvió a su habitación. Retiró las sábanas de su cama y se recostó. Sintió que su ánimo se desmoronaría y volvió a leer la carta...
Él le había escrito acerca de situación laboral, más bien, la no existencia de ningún trabajo tras renunciar a la carpintería meses atrás. Estaba desocupado y sin perspectivas de mejorar, y si no fuera por el dinero que todavía le mandaba Selmira, como si dentro de ella la verdad reluciera, se moriría de hambre.
Por otra parte, Libertario le relataba sobre una mujer “hermosa y deslumbrante” que estudiaba filosofía. Olga, se llamaba.

…La magnífica docilidad de su cuerpo puesta al servicio de mis sentidos.
Su entrega conmueve mis ansias…
Me resulta inconcebible apartarme de su piel…
Se convierte en un satélite de mi cuerpo.
Siento que sería capaz de morirse para que yo disfrutara más que cualquier otro hombre…
¡Me pierdo en las horas viéndola gozar!

Como pocas veces, Libertario no había sabido qué escribirle, así fuera verdad o inventado. Se encontraba atormentado por su realidad esquiva...

…No te olvides que al otro lado de este mundo, sigo estando yo, amándote como siempre.
Por favor, tomate un ratito para escribirme, así me contás cómo siguen las cosas, sobre todo tu ánimo y el de mi vieja.
¡Extrañame, que yo te voy a extrañar a vos!

...Sin porvenir, inseguro, creía que sólo había venido al mundo para defraudar a su mamá. Mitigaba la ausencia de Sebastiana con consuelos pasajeros, compensatorios, suficientes por lo menos, hasta volver a ver a la chica que amaba, en su siguiente encuentro.

Continúa el próximo mes…

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