domingo, 18 de abril de 2010

Tras el Arroyo

“Él y yo, al parecer, lo habíamos hecho
todo juntos, excepto conocernos”

Lawrence Durrell
Carrusel Siciliano



Juegos I




La precaria situación del trabajo en el campo Barreiro, se ganó la mayor parte de los comentarios de los hombres en el bar. El segundo tema: las jovencitas; charlaron sobre lo bonitas que estaban, pero principalmente, sobre el problema de su escasez.
El doctor Saturno Lizarragona no opinó acerca de las adolescentes, tenía al rededor de setenta años y se sentía fuera de carrera. Asimismo, tampoco lo hubiese hecho cuando tuvo la edad adecuada, sólo su familia ocupaba su atención.
Cuando llegó a Arroyo Amargo, lo hizo con su esposa y su hija, más allá del apuro que tuvo por escapar de la Gran Ciudad, no se olvidó de llevárselas consigo. La denuncia por mala praxis cegó al doctor Lizarragona y, de la noche a la mañana, lo llevó a cambiar su vida obtusa, por otra no mejor, en esta zona polvorienta y aguerrida.
Por su parte, el doctor no le consultó a su joven hija si ella quería irse a envejecer abruptamente a un pueblucho de mala muerte. En aquel tiempo, Ariadna no había cumplido los veinte y no le costó hallar un buen partido para casarse; ya en ese entonces, se empezaba a notar la brecha generacional.

Abelardo Mariño se acercó a los hombres con unas pavaditas para que picaran antes de que se decidiesen a volver a sus hogares.
El dueño de la taberna creía saber todo lo que sucedía en este lado del arroyo, pero se equivocaba...
De igual modo, los hombres interrumpieron su charla cuando él se les acercó a la mesa entorno a la cual estaban reunidos. Filomeno fue el primero en bajar la voz, no tenía dudas de que Abelardo era un soplón del jefe de policía y éste, de los poderosos del pueblo y, aunque no les temía, él también era un esclavo de Barreiro.

Abelardo Mariño había estado casado con Camelia Sosa y juntos mantuvieron a flote la cantina.
En la época en que Camelia vivía, solía cocinar unas comidas exquisitas, y su negocio se llenaba al mediodía y a la hora de la cena.
Pero un día ocurrió la tragedia.
Como correspondía, Camelia se casó con Abelardo Mariño como lo determinaron sus padres, lo que ellos no pudieron impedir, ni siquiera lo consiguió su propio esposo, fue la muchacha sintiera atracción por otro hombre. Se trataba de Zacarías Almada, un peón del campo de Barreiro, un joven varonil, fuerte y de estado atlético, que diseminaba su hombría a cada paso.
El tabernero le llevaba algo más de diez años a su mujer, y ella se dejó deslumbrar por el cuerpo del muchachote que, cada atardecer, al salir del trabajo, se tomaba una copa en su boliche.
De pronto, un día, cedió a la tentación del placer prohibido, y se entregó al goce en una cama ajena a la de su marido.
Arroyo Amargo era un pueblo de mil ojos, y cada boca siempre tenía algo interesante que contar del otro.
El desastre se desató con las risas, todavía se recordaba con espanto aquella historia...
En una de las mesas estaban los obreros de Barreiro. Camelia Sosa cocinaba y preparaba los platos para servir. Entonces, uno de los hombres pronunció algo bastante inentendible, pero no para Abelardo Mariño que tenía el oído híper desarrollado. En ese momento, la figura del dueño se perdió de vista...
Porque fue hasta su mostrador a buscar donde guardaba, detrás de la caja registradora, su escopeta.
En la cocina, Camelia se encontraba con mucho trabajo, absorta a cualquier risa o comentario del salón. Vio acercarse a su esposo, y antes de que le disparara dos veces al corazón, llegó a preguntarle si hacía falta algo más en las mesas.
Azorado, pero conciente de sus pasos, Abelardo volvió al comedor donde los clientes ya se mostraban aturdidos e inquietos por los estruendos. Caminó hasta donde estaban los peones y volvió a jalar del gatillo cuando quedó frente al hombre que más se había reído mientras relataba la manera en que su Camelia solía besarlo en la oscuridad.
Zacarías Almada recibió el escopetazo de pie, y la bala entró por su abdomen, atravesándolo, y yendo a depositarse en el centro de su espina.
Rápidamente, Abelardo Mariño fue detenido por el jefe Rosauro Acuña que se aproximó a la taberna producto de las corridas causadas por las habladurías. Ya en la seccional policial, Abelardo confesó todos los detalles y se adjudicó la autoría de los crímenes.
Otro que se hizo presente en la comisaría fue el señor Barreiro que, desbordando omnipotencia, le explicó a Acuña que el delincuente había herido, dejando inválido, a uno de sus trabajadores, y estaba dispuesto a reclamarle a Abelardo Mariño los costos médicos y la pérdida que le significaba que uno de sus mejores peones quedara paralítico.
Así se inició la gran desventura social de Arroyo Amargo porque, unos meses después del ataque, el jefe Rosauro Acuña liberó a Abelardo, encontrando en él un estupendo soplón, mientras que para Barreiro, aquello significó una renta mensual y un detallado parte semanal destinado a rendirle cuentas de los comentarios que sus empleados hacían entre copa y copa.

Con miradas fugaces, los hombres se pusieron de acuerdo y al ver que el tabernero se alejaba del grupo, forzaron un diálogo en el que daban cuenta de novedades ficticias.
Sucedía, que no era un secreto para nadie que Abelardo tenía la lengua floja, entonces, una vez más, contaron mentiras para que el sujeto les fuera con el cuento a las autoridades y quedara mal parado con la farsa. Era su humilde manera de vengar las delaciones.
Los mismos clientes se preguntaban por momentos, ¿por qué no cambiaban la taberna por otro sitio más a su agrado donde reunirse a charlar mientras bebían algo...? Sencillamente, porque no existía ese otro lugar en este lado del arroyo.

El señor Rosauro Acuña era el mejor oyente de Abelardo.
Le gustaba presentarse como el jefe de la policía local, aunque en realidad, no tuviese más que un par de subalternos. Pero en fin, esos oficiales eran, ciertamente, sus subordinados.
Rosauro Acuña era, como la mayoría de las personalidades distinguidas del pueblo, descendiente directo de uno de los refundadores del nuevo Arroyo Amargo. Fue uno de los pocos que se atrevió a cruzar la frontera para buscar esposa, prosiguiendo con la tradición de su familia, iniciada por su abuelo que raptó, para hacer de su propiedad, a una joven hermosa, en los tiempos de las contiendas.
El jefe Rosauro Acuña era un patán inescrupuloso y servil, lo cual lo transformaba en una bomba de tiempo. Estaba casado con Flora Aristizábal, una mujer que, si bien no era joven, aún a sus años, conservaba rastros de la belleza de su juventud. Era un matrimonio perfecto: no tenían intimidad, lo cual Flora agradecía, en verdad despreciaba a su esposo; y Rosauro no se quejaba, pues ella consentía que su marido hiciera ciertas fechorías con los ladronzuelos que apresaba en sus noches de cacería.
Estaba claro que en Arroyo Amargo todo se sabía extensamente, con el lujo de disputarse los detalles más suculentos y obscenos de cada historia. Sin embargo, aun conocidas las andanzas de Acuña, al resguardo de las paredes de la comisaría, todos en el pueblo callaban ante la autoridad de un rufián capaz de pegarle un tiro entre los ojos a aquél que mirara demás y no supiera guardar silencio.
El oficial Teodoro Ortega, aborrecía los crímenes y perversiones del jefe Acuña, pero nada podría conseguir oponiéndose al protegido del Intendente.
Solamente aguardaba el momento oportuno... Esperaba, callado y alerta; aspiraba un día, llegar a ocupar ese cargo, dado que Acuña no tenía hijos que lo heredaran directamente.
Él sí tenía la continuidad asegurada de su apellido. Era el padre de un niño precioso llamado Malvino, nacido del fruto del amor apasionado con su esposa Asunción Márquez.
…Ésa era la historia que todo el pueblo repetía, incluido el oficial Ortega.
La madre del pequeño guardaba recelosa la identidad del padre y callaba la verdad. El hombre que la embarazó ni siquiera recordaba haber conocido a la joven Asunción.
Desde que quedó huérfana, Asunción Márquez tuvo que salir a ganarse el pan. Providencialmente consiguió un buen empleo en la Municipalidad, en el sector de mecanografía. Sin darse cuenta, mientras tipiaba comunicados y petitorios, se encontró envuelta entre dulces palabras que le murmuraba al oído el señor Intendente. Y así, tras ciertos temores y su desnudez, descubrió que estaba embarazada.
Teodoro Ortega, por su parte, jamás tuvo motivos para poner en dudas su paternidad. De conducta intachable, Asunción, siempre se mostró como una esposa fiel y dedicada, desde el día en que ella se le apareció por la comisaría y le dijo:
-¡Casémonos!
-¿Cuándo?
-¡Ya!

Cuando no mintieron los hombres reunidos en el bar de Abelardo, fue cuando Sebastiana se asomó en sus palabras. Acordaron en definirla como una chica con futuro... A Filomeno no le agradó que su hija mayor estuviese en boca de ellos, pero tampoco podía evitarlo, era conciente de que se trataba de machos necesitados que buscaban una mujer, y Sebastiana formaba parte del selecto grupo de muchachas adolescentes disponibles.
Ellos también mencionaron y alabaron a otras chicas que pronto estarían en edad de casarse, eran pocas, era verdad, y si no tenían suerte con esta tanda de muchachas tendrían que esperar a la siguiente generación de pueblerinas que, actualmente, rondaban los nueve o diez años...


Sebastiana cumpliría quince en unos pocos días y ya contaba con una extensa lista de pretendientes que la deseaban. Esos hombres eran de todas las edades y llegaban a ella con las más variadas proposiciones.
-¡Qué bonita que estás hoy, Sebastiana! –la saludó el señor Lázaro Robles, y le preguntó-: ¿Qué vas a llevar, hija?
-¡Varias cosas! ...Acá tiene el pedido que preparó mi mamá. Dijo, si por favor puede armarle el paquete y, si no es mucha molestia, si puede alcanzarlo hasta mi casa... Dijo también que se lo va a agradecer. Ahora me llevo un kilo de pan.
Doña Ofelia solía enviar a su hija a hacer los mandados con la evidente intención de conseguir que los comerciantes hambrientos de este pueblo, le dieran fiado o, en el mejor de los casos, le hicieran un descuento.
El despensero tomó el papel, le echó una ojeada y pesó el pan que le dio de regalo.
“¡Mamá se va a poner contenta que no tuve que pagar el pan, si es que se entera!”, especuló, y en una fracción de segundo, decidió que por esta vez se guardaría el dinero en vez de devolvérselo.
-Decile a tu mamá que no se preocupe que yo le hago mandar el pedido por Carmelo...
-¡Muchas gracias, señor Robles!
-¿Cómo van los preparativos para la fiesta? –preguntó después.
-Bien. La verdad es que no estoy muy entusiasmada...
-¡¿Pero por qué, hija?! ...Ahora que cumplas años, te va a cambiar la vida...
-Sí, supongo –Sebastiana reconoció a su pesar.
-Haceme el favor de decirle a mamá que lo que necesite, me lo puede pedir con toda confianza, que va a ser un placer ayudarlos... ¡Cuenten conmigo y con mi hijo, claro!
-Gracias, señor Robles.

Lázaro Robles era un hombre grande y su interés por la muchacha no radicaba para sí mismo, sino más bien para acercarla a su hijo.
Carmelo tenía veinticinco años, o algo así, y había quedado soltero cuando no encontró novia a tiempo, antes de que se desatara una de las peores oleadas de fugas masivas.
Ahora, su padre presentía que la hermosa y callada Sebastiana parecía ser la candidata ideal. El problema era Hermenegilda Cevallos, su mujer, que no veía con buenos ojos a una joven de familia humilde... Pero por otra parte, ellos sabían que las familias acomodadas no tenían candidatas que ofrecer, más bien todo lo contrario, dado que sólo parían varones, constituyéndose en posibles contrincantes de Carmelo.
Hermenegilda Cevallos haría aquello que estuviese a su alcance para impedir semejante unión, ella era una mujer especial, muy diferente a cualquier otra del pueblo.
Hermenegilda conoció a Lázaro cuando él apenas comenzaba con el negocio. En uno de sus viajes a las localidades aledañas para abastecer el almacén, fue a parar a Monte Seco... Ahí, la descubrió. “¡Es la chica más bella que he visto en este mundo!”, les narraba a sus conocidos.
Tras varios encuentros, sintieron que estaban enamorados y Hermenegilda accedió a acompañar a su marido a Arroyo Amargo. Una vez acá, ella entendió que no había ido a vivir con su esposo; sino más bien, había venido a morirse a un pueblo que se empeñaba en copiar al infierno...
No obstante, ella, tan acostumbrada a los lujos que sus padres sabían darle, no se privó de nada, pero vivir en este pueblucho, fue su castigo.
Enseguida nació Carmelo y en el matrimonio nada pudo volver a ser plácido, el centro del universo de Robles lo ocupó su hijo, y Hermenegilda no consiguió perdonarle a su hombre la afrenta de haberla confinado en semejante lugar.
¡El mejor postor se quedaría con la niña Sebastiana!
…Pero Lázaro Robles se les había adelantado a todos, ya había apalabrado a la señora Ofelia a la que le simpatizó la propuesta de casar a su hija mayor con el heredero de un comercio estable.
Finalmente, la jovencita dejó el almacén con su pan y caminó una cuadra hasta llegar a su casa. Su papá ya había regresado del trabajo y lo encontró discutiendo por algo con su madre.


La fiesta fue en conjunto con el objeto de ahorrar dinero. Ofelia y otras tres madres se pusieron de acuerdo rápidamente y organizaron un gran cumpleaños. Las cuatro niñas habían nacido en noviembre y eligieron un día neutral para el festejo. De otra forma, si cada una hubiera tenido que celebrar por separado, individualmente, hubiese sido imposible... En Arroyo Amargo, se acostumbraba invitar para los grandes acontecimientos a todos los habitantes, desde el más insignificante hasta al Intendente. ¡Con decir que incluso hicieron traer al Padre Rodolfo desde Monte Seco! El pueblo no tenía un cura propio, la diócesis no lo consideraba lo suficientemente importante como para asignar un párroco, pero el Padre Rodolfo sabía repartirse entre toda la zona de influencia de su iglesia.
Las de las chicas, eran familias de trabajadores, humildes, que contaban con la bendición de que uno de sus miembros era una adolescente. En ese caso, hasta la pobreza se perdonaba a este lado del arroyo...
Sebastiana, Hilda, Cayetana y Berta, saludaban a los invitados del festín y bailaban con ellos. Las cuatro tenían para elegir, eran bonitas, pero sobre todo, eran jóvenes saludables.
Bramantes, los hombres las estudiaban; ávidos de sangre fresca, las observaban fijamente con notable impudicia. Solamente unos pocos estaban exentos de la carrera. Por empezar, el Padre Rodolfo. El doctor Saturno Lizarragona, era otro, así como también el señor Reyes. Él estaba felizmente casado con la señorita Celia que, si bien ella era la esposa del sepulturero del pueblo, todos la seguían llamando “señorita”, porque era la maestra más querida de Arroyo. A parte de ser el dueño de la única casa funeraria, Reyes administraba el cementerio municipal.

Celia había venido a pasar los años que le quedaban antes de jubilarse y, en lugar de hallar la paz y tranquilidad pueblerina que tanto ansiaba, encontró el amor.
Ella había nacido aquí, pero de muy jovencita se había marchado para estudiar magisterio. Cuando regresó, tenía poco más de cuarenta...
El señor Reyes era bastante mayor que ella pero la edad no impidió que se convirtieran en un matrimonio modelo.
César Reyes se sintió un verdadero caballero cuando se vio parado, impecable con su mejor traje casi sin estrenar, ése que no usaba para el trabajo porque lo reservaba para las ocasiones especiales, con un ramo de claveles entre las manos, erguido frente a la escuela, a la salida de clases. Esperó hasta que el último niño se despidiera de su maestra favorita y se le acercó.
-Señorita Celia Uribe, estoy profundamente enamorado de usted, ¿me haría el honor de casarse conmigo?
-Sí, señor Reyes, acepto ser su esposa.
...Así le respondió la mujer que, a lo largo de su vida en Arroyo Amargo, había visto al señor César Reyes no más de tres veces: en los velatorios de su abuela, su padre y posteriormente, el de su mamá.
-Por favor, querida Celia, llámeme César.
Para Celia Uribe de Reyes, Arroyo no se podía comparar con ningún otro lugar que hubiera visto o imaginado... Y en el ejercicio de su profesión experimentó la misma extrañeza. Por un insólito motivo no conseguía comprender por qué los niños no eran obligados por sus familias a asistir a la escuela...
¡La explicación era más que sencilla...!
Al principio, ella intentó hablar con los padres para persuadirlos de la importancia de la educación, pretendía hacerlos tomar conciencia, hasta que ella misma aprendió a convencerse de que la vida que había conocido hasta ese entonces, nada tenía que ver con la realidad de Arroyo Amargo.
Con el tiempo se adaptó al ritmo de trabajo, y la pronunciada deserción a sus aulas se fue volviendo cada vez más prematura. Las pequeñas que se quedaban en el pueblo, solían abandonar sus estudios aproximadamente a los trece años, para iniciarse en la preparación del matrimonio y poder colaborar, mientras tanto, en las tareas de la casa. Por su parte, los niños, dejaban la escuela al cumplir los once, cuando empezaban a trabajar, en su mayoría, en el campo de Barreiro.

-¡Doña Ofelia, su hija está hecha una preciosura...! –dijo uno medio borracho, que transpiraba como un animal.
-Gracias –la mujer contestó secamente, descartándolo como futuro yerno.
-¡El blanco es un color que le sienta muy bien a su muchacha, Ofelia...! –anunció Abelardo.
-¡Pronto se va a tener que poner a pensar en otro tipo de vestido, Ofelia...! –aseguró el señor Robles, orgulloso y desenvuelto-. De un estilo parecido a éste y blanco también; pero más costoso porque lo va a pagar la familia del novio...
-Así es, pero aún mi hija no tiene novio ni vestido... Y yo estoy analizando las posibilidades muy exigentemente... –remató la madre de Sebastiana.
-¡Y eso está muy bien, no es cuestión de entregar semejante joya así como así a cualquiera...!

Entre las amigas solían hablar sobre las perspectivas de vida que se desplegaban frente a sus ojos. Debatían sobre las desventajas de cada uno de los candidatos, enumeraban sus defectos notables y más visibles...
Si a Hilda Guerrero le daban a elegir, se quedaba con uno bien adinerado. Cayetana Ferriño, aún no tenía resueltas sus preferencias, y Berta Hermida optaba por el hombre más joven posible.
¡Y Sebastiana, ella ya lo había decidido!



Recién este es el comienzo, continuará…

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