sábado, 3 de julio de 2010

Tras el Arroyo

Puertas II






-¡Otra vez por acá, Marcial! ¡...El cuervo siempre anda rondando la carroña! –dijo Selmira, como bienvenida; a decir verdad, ese hombre no era muy querido en su casa.
-No me parece que esa pendeja que te mandé, para que te llenes los bolsillos de billetes, sea ninguna carroña...
-¡Caro que no lo es, carnicero, y vos me entendiste lo que quise decir!
-¿Cuál es su precio?
-¡Es el más caro!
-Sabés que igual lo voy a pagar...
Selmira se guardó el dinero y condujo a Marcial Padilla hasta el cuarto de Sebastiana.
¡Algunos hombres que conocerá en la casa de Selmira serán mejores que otros! ...Y el carnicero no formará parte de la clase de los que la tratarán bien.
Esa tarde, Sebastiana abrió sus piernas como si fueran el libro que Libertario le dejó antes de marcharse.
Marcial Padilla la recorrió con sus flemáticas manos secas...
¡Una hora de escándalo y sudor!
¡Cuando quedó nuevamente sola, sintió que se iba volviendo cada vez más pequeña, recostada y desnuda sobre esa cama amplia y deshecha! Se vistió cuando empezó a invadirla en la piel el frío de ese nuevo otoño prematuro.

Fue hasta la cocina y se encontró con todas las mujeres reunidas siguiendo el desarrollo de la historia de Topacio, que estaba a punto de recuperar la vista y por fin, poder admirar el rostro del hombre amado...
Azucena se rió al verla entrar bastante despeinada, y sumarse a la mesa.
La mujer no era mala en verdad, pero ver a una jovencita frente a ella, le producía los recelos aparejados a la diferencia de edad. ¡Sebastiana la delataba! Y, al mismo tiempo, le inspiraba la suficiente ternura como para despreciarla por encontrarla demasiado parecida a ella, con la misma mirada que llevaba, en su momento, después de dejar a uno de sus primeros clientes.
Azucena aprovechó la tanda comercial para burlarse de su inexperiencia. Las risas atrajeron a Selmira que no sentía afinidad por los teleteatros.
-Lo que ella dice es verdad, señora, yo no sé bien... –se justificó.

Selmira no recordaba a su primer cliente de modo traumático porque ella hubiera sido virgen e inocente, de hecho, ya había conocido a dos hombres y parido a un hijo, y de igual manera, aquella noche reaparecía en medio de sus sueños, en escenas entrecortadas: la cena que Amílcar le pidió que preparara, la visita de un compinche de su marido en sus años de juventud, un sujeto que solía piropearla con obscenidades vulgares, los billetes que quedaron sobre la mesa, el momento en que Telmo se tendía en su cama, cuando ese hombre repugnante mordía sus pechos cargados de leche para su niño...

-¡Ya te vas a acostumbrar! –le aseguró entonces Selmira.
-¡Si yo tuviera los conocimientos de todas ustedes...! –volvió a avergonzarse Sebastiana.
-¡Si yo tuviera tu edad, querida! ¡No te lamentes que ya vas a aprender y cuando lo hagas, vas a empezar a querer volver el tiempo atrás, como esta vieja que está resentida porque tuvo que aprender a los golpes...! Y no le creas nada de lo que ella te diga, que cuando empezó en esto, ella tampoco sabía ni cómo abrir las piernas. ¡Y vos, Azucena, ya no molestes a la niña! –le exigió.
-¡Ah, claro, la protegés porque es tu nueva mina de oro! ¡Mirá Selmira, no me tires de la lengua que te conozco, y te lo advierto, no me hagas hablar!
…Y, como Azucena la dejó rezongando sola, Selmira la persiguió por toda la casa para seguir discutiendo.
Adelina miró a Sebastiana cuando las otras se fueron y con sus ojos pretendió explicarle algo así como que no les hiciera caso, que ellas eran como hermanas, que se querían aunque siempre se estuvieran peleando, que cuando no era una, era la otra la que buscaba roña.
...Y Sebastiana recordó a Ceferina, como si la enfrentaran a una fotografía de su antigua vida.
-¿Querés un mate? –le ofreció la joven-. La novela ya terminó, eso quiere decir que nadie va a volver a entrar a esta cocina hasta la hora de la cena.
-Bueno, dame uno. No tengo ganas de volver a mi habitación.
-A todas nos pasó eso o algo parecido... No sé si es bueno, pero vas a ver que te terminás acostumbrando...
-¡Eso espero!
-¡Creéme, yo te lo digo! Además, alguien que yo conozco muy bien, algún día te va a venir a buscar y se va a casar con vos... –anunció con voz socarrona, tras un breve suspiro.
-¡Esto no es una telenovela! ¿Estás hablando de Libertario...?
-¡Claro!
-¿Qué tan bien lo conocés? –preguntó como si estuviera celosa.
-Olvidate, Libertario y yo somos como hermanos...
-Pero no lo son...
-Nos criamos juntos, y a parte, él no se acostó nunca con ninguna de nosotras y con vos sí. ¡Qué romántico! ¡Igual que como le pasó a Eulalia...!
-¿Quién es Eulalia? –preguntó Sebastiana.
-Otro día te cuento su historia... ¡Es de lo más dulce y romántica, te va a encantar...!
-Me voy a prepara un té, ¿querés uno? –volvió a hablar Sebastiana, para sentirse de nuevo en medio de esta realidad.
-No, sigo con el mate... ¿Ese Marcial te trató mal?
-No sé.
-Y claro, cómo vas a saber si solamente conociste a Libertario que es un sol... ¡Si lo comparás con él, cualquiera es un salvaje!
-Supongo...
-Pero igual, tuviste suerte, el carnicero es una joyita al lado de lo que era Amílcar –y bajó el tono de voz. Otra regla de la casa era no nombrar a ese hombre-. El que fue el marido de Selmira... –le explicó-. ¡Un hijo de puta! ¡Gracias a Dios ya está muerto! ¡Un demonio, nos libramos de un demonio!
-Entiendo...
-¡Cuidado, tomá despacio que está re caliente!
-No quiero más mate, me estoy preparando un té...
-¡Ah sí, me había olvidado...! Es que me pongo tonta de sólo imaginar cómo va a terminar tu historia con mi querido Libertario...
-¡No digas pavadas!
-A vos te espera otra vida, vas a tener suerte... –le vaticinó-. ¡Un día Libertario te va a venir a buscar y te va a llevar con él! ¡Ay, ya lo estoy viendo, Dios mío...!
Antes de que sorbiera el té, vio a Adelina ir hasta su cuarto y volver hasta la cocina; le trajo una cajita de pastillas.
Ella a penas le llevaba unos cinco o como muchos seis años, pero estando sentadas una junto a la otra, se distinguía una distancia abismal entre las dos habitantes más jóvenes de la casa.
-...Me las dio un cliente de la Gran Ciudad –le explicó sobre las pastillas-. El tipo es médico y desde que lo conozco, no dejo de tomarlas ni un solo día, son para que no nos embaracemos... Él me trae varias cajas cada vez que viene. ¡Ésta te la regalo!

Adelina era la hija de una amiga de la infancia de Selmira... ¡Otra que estando soltera quedó embarazada! No fue su responsabilidad dado que la muchachita fue violada por un tío o un pariente cercano... Tal vez por eso, a Selmira no le gustaba ver novelas en la tele, ¿total, para qué...?
La cuestión fue que la mujer ocultó su embarazo hospedándose en lo de su amiga. Cuando la bebé nació, Selmira se hizo cargo de la niña y la crió como si se tratara de su propia hija.
…Pero a Amílcar Taborda no le gustaba que en su casa hubiera otra boca que alimentar y a los once años la violó para que pagara con creces los gastos invertidos en ella. Luego, Adelina tuvo que trabajar para él; acostarse con hombres era lo único que sabía hacer.
Finalmente, su madre conoció a un señor de digna posición de un pueblo de más al norte. Se casaron hasta por la iglesia y tuvieron tres hijos socialmente aceptados. Y así, la mujer terminó de olvidarse de los errores del pasado, incluyendo en estos a su amistad con Selmira y cierto traspié llamado Adelina.


Al otro lado de la puerta se divisó la presencia del jefe de policía de Arroyo Agrio, Romualdo Montenegro, un rufián que se valía de extorsionar a los centros de juego clandestino, a las putas y a los sospechosos del pueblo, para garantizarse un buen pasar.
Selmira acudió prontamente, sumisa y servicial, para entregarle al hombre “la contribución” mensual y evitarse así, problemas y disgustos.
Una vez se había opuesto a los caprichos de Romualdo Montenegro, y el episodio casi terminó en tragedia. Aquello había sucedido hacía bastante tiempo, cuando recién empezaba a hacerse cargo de la agenda de su marido muerto.
“La contribución”, como el propio Montenegro la llamaba, consistía en un pago en billetes contantes y sonantes, y unas horas, las que él considerase precisas, junto a alguna de las mujeres de la casa.
Este día, Eduviges le había abierto la puerta al jefe, y ella había sido escogida para encargarse de saciar el ardor y los antojos del hombre que todas odiaban.


La puerta la abrió Pancracia, una mujer de poco más de treinta que todavía conservaba cierta frescura. De la calle, se asomó la fea cara de Telmo Pallares, un viejo decrépito que pisaba los setenta años.
Para vengarse íntimamente de las maldades que les hacía, entre ellas, apostaban sobre en qué momento el crápula quedaría impotente. A decir verdad, hasta ahora todas habían errado, a sus años, continuaba viril muy a su pesar.
-¡Vos otra vez!
-¡Desaparecé de mi vista que no vine por vos! ¡Llamá a Selmira, no voy a hablar con un payaso del circo!
Y la mujer apareció por el pasillo, caminando tambaleantemente sobre sus botas de taco infinito. Selmira se inquietó, siempre que Telmo se aparecía por su casa, había problemas.
-¡Quiero ver a la nueva! –ordenó-. Marcial dice que es una maravilla.
-No está disponible.
Selmira pretendía preservar a Sebastiana el mayor tiempo posible de ese hombre, un antiguo camarada de su marido, alguien que ella conocía muy bien.
-¡Echá al que esté con ella que yo pago por los dos!
-Sabés que no lo voy a hacer...
-¡Entonces lo hago yo!
Telmo subió por la escalera tan aprisa como su cuerpo se lo permitía. Sabía qué puerta correspondía a cada mujer y entró en la que, hasta en ese momento, no le pertenecía a ninguna de las otras.
Encontró a Sebastiana parada frente al espejo, semidesnuda, vigilándose, como buscando encontrar todavía en ella, algún rastro de lo que había sido en su vida anterior.
El hombre se presentó a la vez que apoyaba su bastón contra la pared y se sentaba en la cama.
Telmo heredó aquel bastón, entre otros bienes, de su padre que a su vez lo recibió del suyo: Fulgencio Pallares, una de las primeras víctimas fatales de las guerras. El hombre falleció en un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, como reprimenda tras atacar a traición, por la espalda, a un muchacho que no llegaba a los dieciséis años, menor aún que su hijo que lo miraba desangrarse tendido en la rivera del arroyo. El joven que en el futuro engendraría a Telmo, consiguió escapar ileso y rescatar de las aguas el bastón de madera de roble pulida que ostentaba en su mango una costosísima empuñadura de plata; herramienta con la que Fulgencio supo mortificar en sus años mozos a sirvientes y prostitutas.
Luego de acomodarse, Telmo le dijo que se quitara la poca ropa que llevaba puesta. Ella se acercó a él y le hizo caso. Telmo Pallares le dio un cachetazo que la tiró al piso. La penetró, tendidos sobre el suelo.
Sebastiana estaba aprendiendo a ofrecer su sexo, entregándose cada vez, acumulando la experiencia de toda una vida aceleradamente.
Pretendió impermeabilizarse contra sus manoseos...
¡Buscaba convertirse en una impostora de su propio cuerpo!
Escasos minutos que le parecieron interminables. ¡Al viejo no le daba para más! Su sexo flácido se debilitó pronto y Sebastiana suspiró imperceptiblemente cuando dejó de sentir el peso de ese hombre corpulento sobre el de ella.
Creyó que la tibieza del piso la devolvería a la realidad. Permaneció inmóvil por un rato recostada a un lado, dándole la espalda a la puerta por donde Telmo salió para arreglar cuentas con Selmira.
La joven había pensado que pretendiendo amar a los sujetos que entraran a su cama, las cosas le resultarían bastante más cómodas y sencillas... Pero al cabo de unos pocos meses de intentarlo, se fue dando cuenta de que el amor no era la respuesta...
¡Al menos, no ese amor...!
¡Sonrisas malgastadas en aquellos hombres!


La joven Sebastiana abrió la puerta, y del otro lado se asomó la cara de un hombre mayor, en buen estado, prolijo y esbelto. Ella nunca lo había visto, de modo que desconocía que se trataba de Narciso Bustamante.
-Adelante señor, ¿puedo ayudarlo en algo? –le preguntó Sebastiana con su voz de niña bien educada-. ¿Está buscando a alguien en especial?
-¿Está la señora Selmira?
-Claro, ya se la llamo...
-Yo me encargo, querida, anda... –le indicó la dueña de casa, que bajaba las escaleras como una estrella de cine.
Narciso Bustamante era el único capaz de pagar por ella. Aunque más bien fuera al revés, se trataba del hombre que contaba con la exclusividad de usufructuar el derecho que Selmira le daba para entrar a su alcoba.
Ellos se habían conocido en el tiempo en que Selmira arribó a Arroyo Agrio y, como Amílcar Taborda, él estaba dispuesto a casarse con ella y a hacerse cargo del hijo de otro. Pero la suerte le dio la espalda y quiso que Selmira se encontrara primero con Amílcar que con él.
Luego del matrimonio, Narciso Bustamante se entristeció y pensó seriamente en dejarse morir. ¡En los adolescentes, el amor, siempre fue cuestión de vida o muere!
Cuando se enteró de que Selmira se prostituía, tuvo un fuerte e inconsciente impulso de raptarla y huir lejos del marido para recomenzar una nueva vida con la mujer que amaba y su pequeño hijo.
No eran un secreto en Arroyo Agrio los sentimientos de Narciso, tampoco lo fue su sufrimiento, al menos desde la noche en que pretendió batirse a duelo con Amílcar Taborda... Aquel episodio terminó en la casa del doctor Corso Perrone, con Narciso, borracho y desaliñado, y su cabeza cortada con un tajo de quince centímetros, y Amílcar, demorado por unas horas en la comisaría.
Cuando Selmira ingresó en la etapa de viudez, poco cambió, ella se negaba a aceptar sus románticas proposiciones. Narciso optó por conformarse con migajas, mientras buscaba la manera de ganarle tiempo al futuro para revivir... Al pobre hombre no le quedó otra que convertirse en un cliente más. Sin embargo, lo dicho, los años demostraron lo contrario, pues aun tras su retiro del trabajo, la mujer que amaba continuó recibiéndolo en su cama.


La dueña de casa llamó a Sebastiana a los gritos. Tenía novedades para ella.
Al mismo tiempo que Topacio descubría que su enamorado no era el verdadero heredero de una gran fortuna, sin importarle para nada porque ella lo amaba de verdad, y Eduviges cortaba flores del jardín y las acomodaba en todos los floreros que encontraba; mientras tanto, Selmira llamaba cargada de euforia a Sebastiana.
En la salita le dijo que había recibido una carta. Arnulfo la había traído. Sebastiana recordaba ese nombre...
¡El señor Arnulfo Sandoval también era el cartero de Arroyo Amargo! Efectivamente, él era uno de los pocos personajes que ambos pueblos compartían.
La idea le rondó la cabeza a lo largo de esa noche de noviembre...
A la mañana siguiente, cuando desayunaba mate lavado y callaba que pronto cumpliría años, se aisló de las otras para escribirle una breve carta a su madre. Curiosamente, algo en ella había negado la posibilidad de comunicarse vía telefónica. En el sobre, introdujo la nota y algunos pocos billetes.
Su mamá no seguía los teleteatros, ni siquiera los miraba esporádicamente, no tenía un galán preferido, ni quería parecerse a ninguna actriz...
En la nota evitó entrar en detalles sobre su presente. Le contaba, sí, que estaba bien, que los extrañaba a todos, le mandaba el número de teléfono de la casa donde estaba viviendo para que, si un día quería, poder encontrarse. También le aclaraba que, si bien era conciente de que el dinero era escaso, para algo tendría que servir.

-¡Estaría que te prepares unos mates! –le había sugerido Evelio a su amigo y vecino.
-¡¿No ves que estoy ocupado?! –le replicó Libertario.
-¿Qué es eso? ¡Qué misterioso que andás...!
-Le estoy escribiendo a mi mamá...
Evelio tomó de la mesa uno de los papeles escritos. Leyó en voz alta:

Otra vez estoy acá, en la Gran Ciudad, estoy seguro de que
a vos también te gustaría…
¡Es deslumbrante como vos!

-Sabés que yo te creo todo lo que digas, pero este tipo de frases no se le escriben a una madre...
-¡Ésa, justo, no es para mi mamá!

No podrías imaginarte qué grande que es…
¡Hay tantas calles que todavía sigo perdiéndome cuando voy camino a la facultad! En realidad, a vos no te voy a mentir, dejé la facultad. Tal vez el próximo año, si me lo permite la billetera, me inscriba en letras, pero leyes, nunca más. (Ah, de esto, por favor no le comentes ni una palabra a mi mamá).
Volviendo al tema de la ciudad, hay luces en cada esquina. ¡Es tan hermosa! Y te juro que un día te voy a traer para que la conozcas…

-¿Esta ciudad es hermosa? –le preguntó su amigo cargado de cinismo.
-¿Qué querías que pusiera?
-¡La verdad: que es mugrienta y caótica!
-Hay mentiras que resultan más bellas que la realidad...
-¡Ése es tu estilo!
Reticente a reconocerlo, su mano también se plegó a la negación. En ninguna parte de la carta Libertario le escribió que la quería.
“¡Quererte es tan insensato que, cuando dejo de razonarlo, ya te estoy extrañando! De repente, me doy cuenta de que todo me lleva a pensar en vos...”, analizaba con desgano.
Como si viviera en un mundo irreal, lejos de su pueblo natal, fuera de esa ciudad, él imaginaba otra cosa: un lugar donde los cocodrilos se comían relojes, los banqueros bailaban y echaban a volar, alegremente, sus barriletes, y donde cualquier niño podía cantar y jugar colgado de las ramas de algún frondoso árbol... ¡En ese mundo vivía Libertario para aguardar el amor de Sebastiana!
-Dejame ver la carta que es para tu mamá –le había pedido Evelio.
-¿Para qué?
-Quiero ver qué sarta de bolazos le escribiste esta vez... ¿Qué nota te sacaste en tu último examen, a ver...? ¿Qué le inventaste a tu pobre madre?
-¡No te burles de mí...! ¡No sé qué decirle...!
-¡Que la abogacía no te gusta y que dejaste la carrera hace un montón de meses!
-¡No sabés las veces que intenté decirle la verdad...! –expresó, lamentándose.
-¡Pobre tu madre, qué hijo fabulador que le tocó...!
-¡Sí, la pobre es una santa...!

Evelio Moncada era el hijo menor de una familia que no era rica, pero que podía darse el lujo de alquilarle, a su pequeño con ínfulas independentistas, un departamento chico.
Evelio estudiaba medicina y ocupaba el monoambiente pegado al de Libertario. La necesidad mutua los acercó, si uno tenía café, se había olvidado de comprar azúcar. Si el otro había cocinado fideos, no le quedaba queso de rallar... Así comenzó su amistad, compartiendo desayunos y cenas.
Por ese entonces, Libertario pretendía adentrarse en el universo de las leyes y aún no había conocido a Sebastiana.
Margarita Rosadas estudiaba medicina junto a Evelio. Deseaba ser pediatra y sus padres jamás le hubieran permitido que abandonara su casa si no era de la mano de su marido. Pero ella no amaba a ningún hombre, hasta que conoció, de casualidad, al vecino de su compañero de la facultad.
¡Otra vez Libertario no había recordado que las galletitas se humedecieron en el tarro!
…Esa misma tarde, Margarita había ido a reclamarle a Evelio la devolución de ciertos apuntes que le había prestado hacía un tiempo. El muchacho se los entregó y le propuso que los compartieran cuando Libertario tocó el timbre del departamento de su amigo para pedir una colaboración para su merienda.
Ahí, Margarita Rosadas, sintió enamorarse de aquel joven y aceptó inmediatamente estudiar cada tarde junto a Evelio con la esperanza de volver a ver al vecino. Pensaba que acercándose a su compañero, tendría más chances para cautivar y seducir al otro...
Pero el amor tenía esas cosas raras y, de tanto compartir mates y lecciones, de intercalar lecturas y cubrirse las espaldas con los profesores; al cabo de dos años de cursadas y trabajos, Margarita terminó por olvidarse de Libertario, cayendo rendida a los pies de Evelio.
¡En verdad, Margarita y Evelio hacían una pareja estupenda!

Pasaba las hojas con adoración, con la misma emoción con que acariciaba el cabello de su hijo antes de disponerse a trabajar. Veneraba la culpa de mantenerlo alejado de ella.
-¡Sebastiana! ¡Pequeña, vení! –la llamó Selmira a los gritos, para competir con el volumen de la televisión.
-¿Necesita algo Selmira?
-Tengo algo para vos... ¡Te mandaron esto! ¡Mi hijo te mandó esto! –especificó.
...Y le entregó un sobrecito que venía dentro de la carta de ella.
-Te dejo para que puedas leer tranquila –anunció al levantarse y abandonar la salita.
Selmira fue a la cocina y el capítulo de Topacio estaba terminando. Adelina preguntó si había pasado algo con Sebastiana, por lo de los gritos...
-Tanta preocupación, pero no moviste el culo del televisor... –dijo la mujer-. Está en la sala, leyendo una carta.
La joven salió corriendo hasta donde estaba su amiga, no le importó perderse el desenlace del episodio del viernes, siempre el más suculento.
…Estaba siguiendo el andar de las frases en silencio. Acariciaba cada palabra con sus ojos generosos. Cierta ternura se le asentó en sus mejillas que crepitaban al ritmo del recorrido por las letras...
-¿Todo bien?
-¡Sí, ¿por...?!
-Por nada... ¿Preparo mate y leemos la carta de nuestro Libertario?
-Bueno –le contestó.
...Adelina se hubiese muerto si le hubiera dicho que no.
-¡Esperame acá!
Resignada, Sebastiana apartó las hojas que ya había leído a la espera de que su amiga volviera con el equipo del mate.
-Y, ¿qué cuenta el galán...? –quiso saber, ansiosa, absurdamente tentada de agarrar el papel-. ¡Tomá el mate que se te va a enfriar...!
-¡Dame que sigo cebando yo!
-¿Y, no me vas a contar lo que te escribió? ¿Te voy a tener que robar la carta para enterarme...? –le preguntó, omitiendo que semejante acto hubiese sido inútil...
Adelina no sabía leer ni escribir....
-No hace falta. ¡Acá la tenés, leela! –dijo Sebastiana, y le sonrió.
-Preferiría que me cuentes lo que dice, con eso me alcanza... –insistió.

Todavía había ciertos aspectos de su vida que la avergonzaban. Jamás tuvo la posibilidad de pisar un aula... Amílcar Taborda se negaba a “gastar pólvora en chimangos”, como solía decir...
La escuela de Adelina fue un colchón y su aprendizaje, a través palos... “La letra con sangre entra”, repetía Amílcar; en verdad, al hombre le gustaba caer en el lugar común de los dichos populares...
¡¿Quién no hubiera deseado crecer entre sonrisas?!
…Adelina, sin dudas, hubiese preferido hacerlo entre sonrisas, caricias y frases románticas. ¡Crecer y aprender jugando! ...Pero no fue así, le tocó crecer de golpe y a los golpes.
Incluso una tarde, Selmira había pretendido, a duras penas, instruirla en lo básico de la escritura. Cuando su marido lo descubrió, ambas se ligaron una paliza soberbia, la menor “por ignorante”, y la mayor, “por estúpida”, que le daba “margaritas a los chanchos”. Desobedecerlo era lo peor que podían hacerle a Amílcar Taborda... “¡Ustedes, las hembras, son hijas del rigor...!”, aseguraba mientras las fajaba.

-...Dice que está bien –Sebastiana tomó la palabra-, sigue viviendo en el departamento de siempre, dice que su amigo se va a casar cuando se reciba, y que van a seguir viviendo en el edificio, y que eso lo alegra porque la chica, la novia del otro, cocina muy rico...
-¿Eso sólo...? ¡No te creo, mi amigo no es tan tonto como para callarse lo que siente...! –pronunció como defraudada.
-Eso y algunas otras pavadas...
-Parece que con los años mi querido Libertario se fue poniendo un poco zopenco...
-Cuenta que la ciudad crece cada día más, que constantemente llega gente buscando trabajo... Que es una ciudad muy luminosa, con muchos autos, que está llena de plazas, que todas las tardes, al salir de la facultad, se sienta en el pasto a estudiar con sus compañeros... –mintió por él-. Dice que ayer fue al cine, que no es como en Monte Seco, que allá hay muchos cines...
-¿No te dice que te extraña?
-Lo otro que dice es que en las vacaciones va a venir... Y que te manda besos. ¡Eso es todo!
-¡No importa que no te haya escrito palabras románticas...! ¡Acordate de lo que te digo: un día, Libertario, que está muerto de amor por vos, te va a pedir que te cases con él...!
-No creo, los finales de telenovela no tiene mucho que ver conmigo...
-¡No me mires así, no estoy loca! –exclamó Adelina...
-Disculpame que no te haga mucho caso, creo que alguien todavía tiene que mantener la cordura en esta casa...
-¡¿Para qué?, si no sirve para nada...! –sentenció la otra, y se echó a reír como una verdadera desquiciada.
-Entonces, si no estás loca, te estás burlando de mí –por el tono de voz de Sebastiana claramente se notaba su irritación.
-Ninguna de esas cosas... Es en serio, tonta, yo sé lo que te digo... Él te ama y se le nota, pero vos que todavía no lo conocés tanto como yo, no te das cuenta... Un día, Libertario va a venir y te va a llevar con él a recorrer esas calles y te va a hacer conocer el Italpark...
-¿Qué es eso?
-¡El Italpark! ...No sé bien lo que es, pero Libertario siempre dice que es un lugar hermoso, fabuloso, y vos, vas a entrar ahí, de su mano... –le aseguró.
-¡No delires más! ¡Vos ves muchas novelas! –le soltó como crítica.

Adelina conocía demasiado bien a Libertario, descubría lo que pensaba con sólo mirarlo fijo, se proferían un afecto tan sublime, tan irreal...
-Selmira, ¿Libertario y yo somos hermanos? –Adelina le preguntó una vez.
...Al fin y al cabo, se habían criado juntos.
-No, no lo son –le había confirmado la mujer.
Al rato, una Adelina de no más de siete años, se le acercó a Libertario para asegurarle que estaba equivocado:
-¡Podemos, sí podemos ser novios –le indicó, con esa voz de romántica que conservaría hasta el último día de su vida-, no somos hermanos como vos me dijiste...!
-Yo te quiero como a una hermana –repuso aquel niño que fue Libertario.
Así, le pusieron fin al romance antes de empezarlo para convertirse en amigos... ¡Hermanos por elección!

-¡A parte, a la vista está que yo no soy Grecia Colmenares...! –Sebastiana compuso la realidad...
-¡Más vale que no, vos sos mucho más linda!
-¡Qué tonta sos!
-¡Va a ser como lo que le pasó a Eulalia! –insistió Adelina.
-¿Y qué fue lo que pasó con Eulalia?
-¿Nunca te conté la historia de Eulalia? –preguntó extrañada por semejante omisión.
-No todavía, no...
-Bueno, pero va a tener que ser en otro momento, porque ya empieza la novela...
Amo y señor se trataba de las desventuras de Alonso Miranda y Victoria Escalante. Ellos, en una ciudad del Paraná atravesaban una gran y desenfrenada pasión. Arnaldo André interpretaba a un hombre rico y poderoso que pretendía cautivar el amor de una bella y joven aristócrata. La familia de Luisa Kuliok cumplía con esas características, sumado a ello, una paupérrima situación económica… Así, entre los dos, se desató un amor despiadado.

A la mañana siguiente, Sebastiana continuaba repasando mentalmente las palabras escritas por Libertario, entremezclándolas con sus propios pensamientos que vislumbraban su cercano cumpleaños... Al rato, optó por escribir una pequeña carta para ponerse en contacto con su madre...


Cuando llegó Rigoberto, para bien de casi todas las mujeres de la casa, estaban desocupadas. Algunas descansaban en sus cuartos, como Sebastiana, que leía tendida en su cama. Adelina se duchaba mansamente, Pancracia se desenredaba el cabello. Selmira se servía un nuevo vaso de granadina, y Eduviges dormía como una bestia.
Azucena, por su parte, fue la que le abrió la puerta al hombre, y la que regó la noticia por las habitaciones. Ni bien Sebastiana fue puesta al tanto de la presencia, corrió hasta el baño y le gritó a Adelina:
-El rengo Rigoberto está acá, aputare que dice que no tiene mucho tiempo...
El rengo Rigoberto, así lo conocía la gente en cada pueblo en el que trabajaba... Así le decían las mujeres de la casa.
Rigoberto no era un cliente, tampoco representaba una amenaza, muy por el contrario, el hombre petizo y bastante regordete, con un defecto notorio en su pierna derecha, era el más completo traficante de la región.
Casi todas las mujeres que vivían en lo de Selmira lo adoraban, podía conseguirles cualquier cosa que le encargaran a muy bajo precio. Sin la necesidad de un catálogo, Rigoberto, el rengo, tomaba nota de los pedidos en una libreta pequeña y eterna, tanto, que siempre parecía ser la misma, aunque cada mes la renovara ante la gran cantidad de demandas. Con una semana, a lo sumo quince días de demora, si acaso se trataba de un producto de difícil acceso, o en escasez, volvía con los encargues.
Rigoberto solía aparecerse por Arroyo Agrio con su camioneta cada tres o cuatro meses para recolectar los pedidos y a la semana entrante volvía él, o mandaba a alguno de sus empleados, para hacer el reparto.
“Nada es imposible de conseguir”, ése era su lema, y sus clientes, que lo sabían, tenían cada vez exigencias más extravagantes.
Pero en la casa de Selmira era diferente. Así, los pedidos tenían que ver con anticonceptivos, licores finos, preservativos, cigarrillos, dulces, lencería erótica, bebidas importadas, medicamentos y hasta algunos gramos cierta sustancia ilegal.
Las mujeres le dictaban lo que querían y pagaban por adelantado, salvo Azucena, que sólo pedía.


Continuará…

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