viernes, 24 de julio de 2009

sueños prestados

primera parte:
sueños fabricados





“Intentando recobrar la fragancia y
la atmósfera de aquellas tardes maravillosas...”
“justine”

Como ingeniero hidráulico sabía que tenía que diseñar y supervisar la construcción de una red subterránea. Lo que no se esperaba era que, como premio a su constancia y buena labor lo manden a esta ciudad mugrosa llena de estudiantes que se creen superiores porque llevan un libro en la mano.
Lo cierto es que está acá, por unos cuantos meses, rodeado de empleados públicos de los cientos de Ministerios que se encuentran a cada paso y de jóvenes universitarios venidos de diversos puntos del interior del país.
Su familia se quedó en su ciudad, el tiempo no será demasiado si la obra se resuelve según los cálculos previstos y además, la distancia no es tanta así que, el fin de semana puede agarrar el auto e ir a verlas: a su señora y su hija.
La compañía le alquila un departamento céntrico y bastante lindo, el balcón da a una plaza, una de las tantas réplicas que hay en el diseño urbano del lugar. Las facultades están cerca, apenas unas cuadras, por lo que resulta inevitable toparse con los jóvenes que hacen malabares con sus carpetas y fotocopias. Se ve que les gusta la plaza de enfrente porque siempre los ve reunidos para matar el tiempo.
Lógicamente él también fue universitario, pero las cosas eran distintas aunque hayan pasado poco más de diez años. “En mi tiempo, sabíamos y valorábamos la oportunidad que teníamos en nuestras manos, ahora...”. Pero deja de pensar en eso, así hubiera hablado su padre o un tío resentido.
Sin embargo, algo se asemeja a aquella época... Vuelve a vivir solo después de tanto tiempo; aunque la comida ya no es un problema, actualmente cualquier restaurante lo resuelve todo de inmediato, ¡impensado en otros momentos!
El celular suena, puede ser su esposa levantada desde temprano para llevar a la nena al colegio o algún colega impaciente porque por fin se ponga a trabajar. Atiende, es su señora.
La humedad se pega en la piel, el frío tardío amenaza con llegar junto con las lluvias. La oficina donde tiene que empezar a confeccionar los planos queda cerca de donde vive... Se decide ir caminando para tratar de ambientarse a la ciudad de los números y calles entrecruzadas.
Las mañanas por naturaleza transcurren rápido, y así es que se la pasa entre papeles, computadoras y cálculos. No tiene hambre pero decide tomar el tiempo del almuerzo para recorrer...
Termina yendo a la plaza de su casa pensando que ese sol es un engaño, que pronto vendrá una feroz tormenta. Pero la resolana sigue firme en el cielo... Entonces, una estúpida y altiva muchacha le pasa por encima, le parece absurdo decir que lo atropella, con una bicicleta desgastada. Esperando una disculpa se queda parado para oír cómo la chica lo empieza a insultar por haberse parado por donde ella tenía que cruzar... una locura. Le habla con una voz desafiante y... esos ojos, llenos de bronca. Decide no continuar con la tirantez de la situación, a nadie le gusta que lo puteen; sigue de largo y se sienta unos metros más allá a fumar. Ella se instala donde la dejó hablando sola, se ubica en el pasto húmedo sobre una manta que sacó de un bolso y deja reposar la trajinada bici a su lado.
No es uno sino varios los cigarrillos que fuma, no tiene apuro por regresar, es su propio jefe. Cruza hasta la estación de servicio de la esquina y se lleva un café para seguir aprovechando el último calor del otoño. Se vuelve a sentar en el mismo banco, desde donde puede seguir observando a aquella joven.
De su bolso, imitación Mary Poppins, saca un pequeño termo con su mate que toma uno tras otro. También fuma mientras lee un libro que, después sabrá su título. Está espléndida y frustrada.
No tiene ganas de retomar el trabajo, todavía se siente incómodo en este sitio, apaga el teléfono que suena, sabe que son de la oficina... Toma coraje para volver a caminar las tres cuadras, cuando la muchacha se le acerca. Ya no parece ofendida, ni está dispuesta a entablar una batalla. Le habla. Dice que se disculpa por haber sido tan maleducada, que había tenido un problema y que terminó por desquitarse con él; que la perdone, por favor... y le ofrece un mate que él toma, está amargo como esos días lejos de su familia.
Es hermoso cómo se ve todo de noche desde un balcón alto. Las luces de las calles y los autos que pasan apurados por llegar al refugio que suelen ser los hogares. La costumbre de tener la cena caliente, de compartirla con alguien querido, ver la televisión, dormir en una cama con las sábanas limpias. Decide llamar a su casa para ver cómo está todo y decirles que las extraña mucho, que el fin de semana las va a ver.
Pero hoy recién es miércoles y amanece con el mismo sol traicionero de ayer. La rutina no es más que lo que hay que vivir. Desayuna el café fuerte que expende la máquina de la estación de servicio, hoy también va caminando al trabajo.
La lluvia anunciada desde la radio para las próximas horas parece que se va a olvidar de venir, igualmente decide almorzar comida hecha en el departamento, ya no tiene ganas de fumar sentado en la plaza.
Sin embargo, se va al balcón que tanto le agrada, porque lo distancia de lo que ve, de la capital que sólo se detiene en verano, cuando la administración pública se toma un respiro y los estudiantes se van; tal como le explicaron. Y ahí está ella, de nuevo como ayer, con su pequeña ceremonia de sacar, esta vez un buzo y sentarse sobre él. El termo y el mate, los cigarrillos, el cuaderno y el libro; hoy son tres. En un instante se encuentra, como si fuera otro a quien observa desde lo alto, frente a la chica que sabe insultar. Le pide un mate, extraño, porque no le gusta. Amaga con sentarse en el pasto aún salpicado de rocío, pero no lo hace, el traje se le arruinaría. Ella le ofrece “su asiento”, pero le sugiere que mejor vayan a un banco. Y así lo hacen. Ella toma su bici y él la ayuda con sus libros y el termo. Dafne, se llama.
Le cuenta que está en esta ciudad por trabajo, que cuando termine va a volver a su casa con la familia. Ella no le cuenta nada acerca su vida, sólo le dice que está contenta porque evidentemente aceptó sus disculpas... Habla con una voz feliz, pero tiene ojos demasiado tristes.
No se puede decir que ella contagia juventud, vivacidad o alegría; él encuentra en ella un gran desánimo, cansancio, como si no pudiera parar de hacer las cosas mal.
El resto de la conversación continúa en su cama. Ahí es que le comenta que estudia literatura, que tiene que hacer un trabajo sobre algo complicadísimo como suena el análisis lingüístico-semiótico de los libros que horas antes leía. Y con la misma decepción con la que uno se despierta de un sueño agradable, le dice que debe volver a trabajar. Le ofrece llevarla a la casa, pero Dafne le explica que tiene que entrar a cursar, que va a la facultad desde media tarde hasta la noche.
Salen del edificio juntos, un nuevo mundo los está esperando. Las nubes habían ennegrecido el cielo y la lluvia se empezaba a insinuar feroz junto a un viento que llegaba rabioso desde las esquinas.
La radio del auto habla acerca del tiempo, anunciado y conocido para cualquiera que sabe lo que significa la palabra invierno. Maneja rápido pero seguro, no hay demasiados coches en la ruta que lo lleva a su lugar de origen, que transita los miles de kilómetros, la eternidad que lo separa de su familia.
Se siente extraño, como extranjero en su casa. De vuelta la hermosa cara, pero insostenida de su hija de diez años, caprichosa y consentida, única del matrimonio. Está incómodo compartiendo la cama con la mujer con la que se casó sin dudarlo cuando le dijo que estaba embarazada. La seguridad de un mundo cuyas fronteras estaban bien resguardadas, hasta entonces; ya no le alcanza. No le sirve la estabilidad de otros momentos, el bienestar, la belleza, trabajada día a día, sustentada con dinero que su señora sabe disfrutar; y él también... en otra época.
Nuevamente en la ciudad que se cruza, que se desviste en cada parque, la más ajena de todas, la que lo esperó ansiosa e impaciente por un fin semana; que lo recibe con los brazos abiertos, sin reproches para seguir pasando un tiempito juntos. Ese lapso que va desde la oficina hasta el emplazamiento de la construcción, de las plazas vacías de frustrados buscadores de sol, hasta la cama con Dafne.
Va a buscarla a la salida de la facultad. Reacia, acepta la invitación para cenar en un restaurante. Mientras comen le explica que está cansada, “mañana tengo que rendir un examen, uno bastante difícil y me falta estudiar algunas cosas”. Le promete que se van a ir temprano, “y no te preocupes, que después yo te ayudo con lo que te queda y te tomo para ver si sabés”. Y así hacen, cenan y van a su departamento a estudiar.
-¿Te puedo preguntar algo...? ¿Qué te había pasado esa mañana como para que reaccionaras de tan mala manera conmigo? –se sonríe.
-Me echaron del trabajo. Atendía un negocio de ropa y me cansé de la estúpida encargada que me mandoneaba y me maltrataba... Le agarré el cuello con las dos manos y la empuje contra la pared. La idiota apenas sabía leer y escribir pero me daba órdenes a mí... Me di por despedida.
De nuevo esa sonrisa, algo triste, medio desafiante. Agarra el programa de la materia que tiene que rendir y empieza a preguntarle sobre libros, autores y teorías que jamás pensó que existían; como sus ojos. “La verdad es que va a desaprobar con lo poco que sabe”; piensa pero no se lo dice.
Duermen igual que Noé vio descansar a la parejita que escapó del diluvio. La lluvia, con menor intensidad que aquella vez pero con constancia, cae en nuestra ciudad.
Desayuna preocupada, el examen supone él; “sí, el examen, la pensión, la familia que desde lejos se desloma para que yo esté bien, el trabajo que no tengo. En fin, me preocupo por mí”. Le ofrece algo de ayuda, es decir dinero, que Dafne rechaza con furia. Con el auto la deja en la puerta de la Facultad de Letras prometiéndole que la va a pasar a buscar; le desea suerte. La ve subir las escaleras de la entrada hasta que es engullida por la marea de jóvenes como ella, también intranquilos y desalentados.
El teléfono no para de sonar, la construcción marcha satisfactoriamente; la llamada es de su casa... Su esposa preocupada por su ausencia de los últimos fines de semana. La excusa memorable es el agotador trabajo; por el dinero no tiene que preocuparse, lo retira del banco cuando lo precisa.
-...Yo detesto estos telefonitos, bueno, los teléfonos en general no me gustan, pero esos, peor. No le permiten a la gente relacionarse, comunicarse. Miranos a nosotros, estamos cenando y vos con ese aparato sobre la mesa, como si fuera un comensal más, una parte de tu cuerpo...
-Pero pensá que útil es, si vos tuvieras uno, hablaríamos en todo momento.
-Yo no quiero que me llames, yo quiero que estés conmigo.
Esa noche, la lluvia se toma un respiro, pero el frío aparece más recio que nunca. Hablan poco durante la cena, está triste porque desaprobó el parcial que tanto esfuerzo en vano le había llevado.
Son increíbles las preguntas absurdas que hace esa chica. Tal vez sea porque le cuesta dormir y hace todo lo posible para que él tampoco lo consiga; quizás sólo es porque tiene veinte años. Lo cierto es que lo interroga acerca de que si ama a su esposa. Peor es su respuesta... Le dice que sí.
-Y cuando se casaron, ¿estabas enamorado de ella o el cariño vino después?
-No me acuerdo –le pone fin a la charla.
Lo maravilloso es que ella emplea el término cariño, más vinculado a una prima, amiga o compañera de trabajo. Él se obstina en enfatizar la palabra “amor”, como convenciéndose de que eso es lo que lo une a su mujer, de que el casamiento fue una consecuencia directa y lógica de lo que sentían y no la solución a un embarazo.
Los días transcurren como todos, rápido; pero cuando se es feliz, el tiempo pierde forma y no importa si es de noche o de tarde mientras haya dónde resguardarse del frío.
Así pasaron aquellos meses, ahora Dafne tiene un trabajo peor que el que tenía hasta el día en que la conoció; él no le dice lo que piensa. La obra progresa según los cálculos previos; por eso se ve obligado, por las circunstancias y empujado por esta chica a visitar a su familia.
Otra vez los millones de kilómetros, la distancia insalvable entre su esposa y él, la costumbre, el calor, la comodidad. Pocas veces en su vida la pasa peor que en estos días. Por la tarde se despide asegurándoles que más pronto de lo pensado va a regresar definitivamente, que “el lugar donde me toca vivir es espantoso en relación a éste; repleto de gente altanera y no veo la hora de volver a casa”. Les miente... Se ve que se acostumbró, porque mentir, se da cuenta, es muy fácil.
Definitivamente, la construcción es un éxito, se finaliza en tiempo y forma. Dafne lleva acuestas esos tres tomos gigantes que nunca le permitió leer en voz alta. Es domingo y de nuevo no fue con su familia. Es más, se da cuenta de que es domingo porque, tirados en la cama, escuchan que la radio anuncia como noticia sorprendente que Boca perdió. No se preocupa del todo, sabe que en seguida las cosas se van a acomodar, a ponerse en su lugar, como corresponde.
Los dos son conscientes de que el tiempo de estar juntos se va terminando, que es el final de la fiesta de la vida, que esta última semana después de finalizado el trabajo es un bonus track, una yapa, un... que cada uno le ponga el término que más le guste.
El hecho es que como habían acordado, esta noche la va a pasar a buscar por la facultad como de costumbre, para cenar en el lugar de siempre. El frío ya no es una amenaza, estamos en septiembre, y gracias a dios, la primavera suele caer cuando más se la necesita...
Son habituales ciertas demoras, lógicas para armar planes de trabajo, para preguntar algo extra a un profesor, por eso la espera... No es cierto, lo hace porque necesita que vaya aunque sabe que no se trata de un retraso. Una noche le dijo que no soportaba las despedidas, que no le gustaban. Sabe que no va a ir, igual se queda en el auto esperándola por más de veinte minutos.
Como es de imaginar nunca llegó y al día siguiente emprende el regreso a su casa, a su ciudad, con su gente. Deja atrás seis meses de felicidad en un lugar lleno de estudiantes que sueñan, que siguen adelante más allá del desánimo. Una zona sucia, de calles con números, plazas y parques a cada paso. Se aleja de una chica que sabe insultar, de ojos tristes y soberbios. Alguien que quiere. Un tiempo que nunca va a poder volver a vivir con tanta intensidad. Se queda con su mundo, saludable, hípertranquilo. Seis meses que fueron un paréntesis en su vida con su familia, acostumbrado a tenerla, en su realidad segura, hasta entonces. Porque resultan extraordinarios esos momentos resguardados, porque se tratan de días felices, en medio de tanta comodidad... Tendrá que aprender a reconciliarse con la vida y consigo mismo, por lo que acaba de despreciar.


“La realidad de su vida presente
coincidía en apariencia con los sueños
que yo había creado para ella”.
“clea”

Mientras se aman, tiemblan las escuelas alrededor del mundo. Toda la lluvia espera para invadirlos...
-...Ludmila, entonces mejor no salgamos –sugiere, también piensa que el clima está enrarecido en todas partes, salvo en su habitación.
Escucha que él le dice las palabras indicadas, siempre las más precisas. Se burla de sus disparates; él se queja de sus olvidos... Un tiempo demasiado fugaz...
-...Apuro la siesta soñando con que me voy a despertar y... –pero la interrumpe...
-Mi amor, yo sé perfectamente qué pasa por tu cabeza...
-¡Eso me asusta, sabés! –piensa y lo desafía-. A ver, decime qué quiero ahora... –y la besa porque eso es exactamente lo que desea.
Constantemente se esfuerzan por rejuvenecer sus pasiones entre muecas y risas. Él es su tesoro. Le da sus manos cargadas de impaciencia; Maximiliano sabe que está tensa y llena de contracturas. Siempre se anticipa a sus pretensiones.
-Sabés, Ludmila, creo que me están empezando a gustar las canciones espantosas que cantás a los gritos –le jura, aunque esto no tenga que ver con nada. La engaña, porque le fascinan los silencios-. Contame algo, necesito escucharte... Me apasiona tu boca que sólo dice cosas interesantes –y vuelve a mentirle.
...Pero lo deja delirar, adora que la adule, aunque hagan falta los fragmentos de su sensatez frente a sus berrinches infantiles; que se banca como un duque.
-¿Maximiliano, es normal que alguien ame tanto a otra persona? –le pregunta a él, que es mucho más inteligente que ella.
-No sé, pero me encanta ser yo el centro de tus afectos.
-¿...Y cómo no te voy a amar?...Si no sé cómo hacés, pero continuamente te metés sin permiso en mis sueños y...
-...Los tomo prestados, los examino y te los cumplo –le dice y cae rendida.
-Me estás mal acostumbrando, mi vida –y no para de besarlo-. ¡Hoy voy a soñar con vos, para que te sientas consentido!
La noche empieza a nacer, se abre sobre la ciudad, dejando paso a todas las delicias.
-¿Cómo lo hacés, mi amor...? –murmura.
-¿Qué...?
-¡¿Cómo qué...?! Adivinar mis necesidades, leer mis pensamientos y cumplir todos mis deseos... ¿cómo lo hacés?
-No sé, te amo, nada más... Tanto que, vas a ver que en tus sueños –le asegura- estoy yo y también te juro que te amo.
-...Me encantaría que eso fuera lo último que escuche antes de despertarme –fantasea-, para finales tristes, está la realidad... Igual, no dejes de acariciarme, ¿sí?, aunque ya me haya dormido...

“...Desmañado intento de inseminación
artificial de las musas”
“justine”

En plena mañana lo llama, ¡es ella! y la nota de lo más ansiosa, es de esperar: empieza la facultad. Eligió estudiar profesorado de matemática. Su voz suena linda y entusiasmada. Su padre también tiene muchas expectativas, se lo dijo la otra noche que cenaron juntos. Por su parte, Ricardo sólo espera que sus ocupaciones le dejen algo de tiempo para dedicarle a él... Por lo que le cuenta, entiende que va a tener las tardes libres. Entonces se va a ir a su departamento y la van a pasar juntos hasta que se haga la hora de regresar a su casa, para evitar sospechas...
Después de cortar el teléfono, se va a dar clases. Es algo que detesta, la literatura no le interesa a los chicos de secundario. Y a él, lo que lo apasiona es escribir, aunque nunca logra hacerlo bien.

-¿Y, Bárbara, cómo te fue en tu primer día de universitaria? –le pregunta mientras va dejando su bolso por ahí...
-Muy bien, me gustó... –le contesta y empieza a besarlo-. Sabés, ya tengo los horarios confirmados de las cursadas: la mañana la tengo a full, hasta las dos. Después me vengo acá a cursar “sexo avanzado” con vos.
-Pero mirá que yo soy profesor de literatura, eh... –para esto, ya estaban desnudos sobre el sillón a medio ocupar por sus cosas y algunos papeles de él.
Al rato, decide desperezarse para llevarla hasta la esquina de su casa...
-Creo que voy a tener que dejarte más lejos, Bárbara, la próxima vez que te traiga... Mirá, ¿ése no es Luciano, tu hermano...?
Las tardes siguientes continuaron con su ritual. Ella llega, lo encuentra tratando de escribir, charlan, hacen el amor, a veces duermen un rato y finalmente se va.

-¡Ricardo, podés cambiar de canal...! Estoy podrida de escuchar malas noticias... El mundo me aburre –dice y le recuerda a sus imbéciles alumnos.
-Pero no se puede vivir aislado, nena, es importante implicarse con la realidad que nos toca.
-Sí, lo que quieras, pero no necesito hablar del gobierno para no sentirme idiota... El amor es política, compromiso... Y yo no puedo dejar de pensar en vos. Esta es mi responsabilidad: estar acá, acompañándote. Es lo único que puedo hacer... –le explica, y él se queda pensando.
Le encantaría poder ayudarla con sus exámenes. Durante este lapso la nota distante, preocupada, ocupadísima. “Si te molesta que estudie acá me voy a lo de unos compañeros”, le dice como angustiada. “No, prefiero verte aunque tu cabeza esté el universo de los números”. Y así es hasta que rinde los primeros parciales.
-Esta noche voy cenar con tu viejo, ¿vos vas a estar allá...? –le pregunta esa tarde, antes de que se baje del auto.
-Voy a tratar de irme, Ricky... Cada vez me cuesta más disimular que te quiero.
Sin dudas, su relación de amistad de toda la vida con su padre es un pequeño detalle en este entramado. De tanto en tanto se juntan, pero últimamente esas reuniones son cada vez más espaciadas. Fuera de eso, no hay demasiados inconvenientes para lo suyo. Él se divorció hace una eternidad...

La pasa a buscar por la facultad, está tan ansioso que no puede esperar a que tome el micro y llegue. Excepcionalmente van a un bar al que nunca había ido. Por lo general no se muestran mucho en público...
Luego, en su casa la sorprende hojeando sus papeles del sillón. Apenas lo ve aparecer los suelta, asustada.
-Mirá que no te voy a comer...
-Un día de estos me vas a tener que mostrar lo que escribís...
-Sí, otro día.
Al rato se queda dormida. Aprovecha para ponerse a corregir pruebas de los alumnos. Es más generoso de lo habitual, a varios que deben desaprobar les pone siete. No es para menos, esa tarde, una chica de dieciocho años que lo quiere, duerme abrazada a él. Se siente feliz...
Lógicamente, no todos los momentos son perfectos. Ella es joven pero tiene personalidad. Está acostumbrada a demandar y él nunca cumplió con todas las expectativas de nadie.
Con el tiempo adopta la costumbre de esperarla con el mate preparado, mientras va tachando lo que hacía un instante había redactado. Pensó que estar con ella le daría la inspiración que le faltaba, la que necesitaba para arrancar con su novela. Por eso es que suele encontrarlo escribiendo cuando llega a su puerta. Pero ya lo dije: él no tiene el talento suficiente y ella es de carácter fuerte...
-¡Me hacés el favor de dejar de escribir! –le pide enojadísima-. ¿Para qué me hacés venir si te vas a poner a garabatear esa porquería? Estoy acá para que me des bola.
Le arranca los papeles de la mano y empieza a transitar el camino hacia su boca. Le parece fantástica...
Sólo unas horas después, enfurecida, le grita: “me voy a buscar un chico de mi edad, uno que no me haga sufrir tanto como vos”. Pero enseguida se calma y la tarde cálida toma la forma de la siesta.
En realidad él no la desprecia, más bien hace todo lo posible para que se sienta cómoda en su casa; el sillón ya tiene su forma. Desea que sea feliz en su cama y en su vida... Ella, en cambio, a veces, tiene ciertos arranques...
-¡...Mirá cómo te ponés, Bárbara...! No puede ser que porque Gimnasia perdió estés así... –de hecho, este domingo, el clásico de la ciudad es para los del Pincha... Motivo más que suficiente para que esté intratable-. ¡Podés dejar de llorar por esa taradez y salir del baño! ¡Dale, vení acá que te llevo a tu casa que ya es tarde!

Sin embargo son más los momentos de dulzura. De pronto un día se aparece con flores, las primeras de esta primavera. Está contenta, radiante; hablan mucho y de todo. Le parece un poco aburrida, sus expectativas de la vida son aprobar el año, comprarse un vestido y esas cosas... También charlan sobre él. Le ofrece mostrarle algo de lo poco que había escrito; no quiere. “Hace demasiado calor para leer. Además, mi cabeza sólo registra números...”, le dice.
-¿Para qué escribís, si no tenés la certeza de que eso le va a gustar a alguien? –le pregunta y lo desanima.
-Porque crear es vivir más de una vida...
-¿Qué, no te alcanza conmigo? –y se ríe obscenamente.
-Sabés que pasa, un día de estos vas a venir con la noticia de que tenés un novio de tu edad y que te vas a casar con él...
...Entonces, lo besa, lo muerde y le asegura que es un tonto.
Las estaciones van pasando y al otoño siguiente se encuentro solo. Cada vez escribe menos. Le cuesta mucho hacerlo sin aquella presencia buscando distinguir algo entre los tachones de los papeles. Fue la inspiración de lo que nunca pudo llevar a cabo. Jamás bosquejó nada que valiera la pena. Extraña su compañía.
No hubo pelea, insultos ni su amigo supo de la historia. Simplemente sucedió lo lógico... supongo que se aburrió de él. Ahora pasa demasiado tiempo añorando las tardecitas cuando la pasaba a buscar por la facultad o cuando ella entraba por su puerta con flores en la mano. Igualmente, mil años pasaron desde entonces...

“El tiempo parecía transcurrir en una
especie de limbo plantado entre el
mundo del deseo y el mundo del adiós”.
“clea ”

-¿Sabés qué, Emma?... ¡Me estoy aburriendo de vos! –anuncia todavía palpitante.
-¿Y qué querés que haga, Ariel... morisquetas para divertirte o preferís dejarme...?
-No hay nada que puedas hacer que cambie mi opinión sobre lo nuestro, así que no te gastes, eh...
-¡No, si no pienso mover un pelo por vos, conchudo!
Emma no consigue distinguir si se trata de una disputa de poder más, de ésas a las que están tan acostumbrados y que resuelven con caricias; o es el verdadero final... De todos modos, por más que quiera hacerse la distraída, sabe perfectamente qué significan esas miradas.
Cada uno, en diagonal al otro, en los extremos opuestos de la cama, despliegan columnas de humo. En el medio, el cachorrito de Ariel que ella tanto consiente.
El mundo que compartieron va quedando hueco... El frío le azota los pies de Emma que empieza a acomodar por debajo del cuerpo de Galateo... El perrito, levanta sus ojos y la mira tierno, autorizándola.
-¿Ya no me amás más, Ariel?
-Así es, dejé de quererte... Te amé mucho pero ya no me importás...
-¿Tenés otra?
-No le des más vueltas, Emma, es entre nosotros el tema, llegamos al punto en que no me interesa nada de tu vida... Estos últimos días fueron un calvario para mí... Tengo que reconocer que mis mejores ideas y proyectos los tuve mientras todo andaba bien entre nosotros, pero ahora vamos a los tumbos...
A ella no le salen las palabras de la boca. Mientras que apenas le presta atención a aquella voz, llueve tan torrencialmente que se lamenta por los animales que no tienen dueño.
Contra todos los vaticinios, Ariel, está confiado en que no pueden seguir funcionando... Sueños maltrechos flotan en medio de la noche demasiado invernal.
-¡Nuestros buenos tiempos son pasado, Emma! –sentencia-. ¡Te ponés tan linda cuando te enfurecés...! Igual, estoy seguro de lo que hago...
-Andate a la puta que te parió... –Emma lo conduce, a la vez que devora cigarrillos.
-Ya ni siquiera disfruto con vos...
-Hace un rato no se notaba... ¡Mirame a la cara, hijo de puta! –lo califica y hace que Galateo se sobresalte... Lo siente como un hombre ajeno.
-No da para más... –sumamente distante.
El resto de los desprecios, ya no la dañan. Decide no perder tiempo insultándolo, sería como un desperdicio de energía...
-...Sos una chiquilina...
-Y vos estás hecho un viejo choto...
Arruinando los vestigios de lo que alguna vez fueron... Esperanzas hechas pelota, ilusiones disueltas en ceniza.
-Te escondés de las responsabilidades –diagnostica sombría.
Estancados en mitad de la noche... Un futuro en común trunco. Por esas horas donde ya no queda ni un alma en las calles...
-...No se te cae una puta idea y sos capaz de pasarte horas frente a esa máquina; ¡Me ponés loco...! O si no, estamos hablando y salís corriendo a buscar un papel para escribir, seguro, alguna pelotudez...
-¡Callate, estúpido, qué hablás, si no podés diseñar una casa habitable...!
-¡No tiene nada que ver lo que decís!
-¡Vos fuiste el primero en meterte con mi trabajo!
Injusto. Ingenioso para herir... mira por la ventana y se da cuenta de que el cielo refusila. Por su parte, Emma, piensa estrategias que la ayuden a rebuscársela para sobrevivir sin él...
-No voy a seguir perdiendo el tiempo con vos, no valés la pena.
-¡Tené cuidado, Ariel, no sea cosa de que te arrepientas...!
-Sabés que eso no va a pasar... ¿Por qué no te vestís de una vez? ¿Qué estás esperando? –dice avasallante.
Galateo la mira, para luego seguir durmiendo, presenciando ajeno la derrota. En ese instante, Emma, necesitaría un escuadrón de salvataje que se ocupe exclusivamente de ella... Tan irreal le parece todo, que se siente como en medio de una ciudad de juguete.
-¡No quiero verte más... Así que no me busques ni me llames...! ¿Oíste? –pronuncia despiadado.
-¡Quedate tranquilo que ése no es mi estilo...! Bueno, ¿entonces, me voy? –y guarda los despojos de la historia en su mochila.
-Sí, andate... –más desalmado que nunca.
Emma patea una pila de planos que encuentra en su camino y cierra la puerta, suave, sin hacer ruido, para que Ariel no note demasiado su furia.

“La universalidad de un código de enamorados”.
“balthazar”

-Y este festín, ¿a qué se debe? –le pregunta.
-Son unas facturitas, nada más –responde y miente-. Es para aprovechar el último rato de esta mañana de sol –le oculta lo más importante-. ¿Vas a ir a la cancha?
-No, Wanda, tengo cero de ganas.
-¿Gustavo, si te digo algo lindo, me das un beso?
-¡Probá!
-¡Vas a ser papá...! –y no le da uno, le da millones.
Con la noticia, el desayuno queda de lado, igual que el resto del mundo...
-Vos te vas a enamorar de mí... Me dijiste aquella mañana... –le recuerda-. ¿O no fue así?
-Es verdad... –lo mira y disfruta con su cara de felicidad-. Me imagino un bebé inteligente como vos...
-Mientras que sea lindo como la mamá... ¡Porque si no, vamos muertos! –y ríen con gestos de vacaciones eternas-. Tu vos me hipnotiza la cabeza... y ni hablar el corazón...
Ella, por su parte, arma un nido entre sus brazos, se acurruca; le repite, siempre que puede, que lo ama.
-Adoro tus manos suaves...
-¡Casate conmigo! –le dice.
-Gustavo, si ya estamos casados...
-¡Ah, sí, tenés razón! ¡Es que soy tan feliz que a veces no me acuerdo!
-Tengo la impresión de que es peligrosa tanta alegría junta... –no sabe si la escucha, está tan encerrado en su cuerpo...
-Tus ojos me hechizan, sabés... ¿De qué te reís, Wanda?
Piensa en los recuerdos que trajo a su mente, cuando se conocieron... La bruja a la que fue a consultar para que hiciera algún trabajo y consiguiera que él se enamorara de ella... La mujer, muy seria y concentrada, le explicó una tarde: “es inútil, ese hombre ya te ama sinceramente...”. Resuena esa frase, se ríe y se avergüenza de lo que estaba dispuesta a hacer por ese entonces...
-¿... de qué te reís, Wanda?
-De tu cara de embobado –le dice y no le miente, pero se guarda algo de la verdad...

“Y además, enamorarse de alguien más
ignorante que uno mismo añade el delicioso
estremecimiento que produce la conciencia
de pervertirlo, de sumirlo en el barro
de que nacen las pasiones”.
“balthazar ”

-Hola... ¿Cómo andás, nene? –dice.
-¡Como loco, Verónica! Mañana rindo el final de historia –le recuerda.
-Ah, sí, me habías dicho... ¿y, todo bien?
-Sí... ¿Por qué no te venís esta noche a mi departamento? –sugiere.
-¿Qué andás necesitando, Alejo: una mujer o una profesora particular?
-Dale, profe, no seas mala... –le suplica.
Se conocieron en la facultad y no eran, precisamente, compañeros de estudios. Ese chico se convirtió, exactamente, en lo que el médico le había recetado...
Cuando termina de dar la última clase del día se va para la casa de Alejo, pensando en que tiene hambre y lamentándose por tener que seguir escuchando de historia en sus horas libres.
Él también toma en cuenta el factor comida y prepara unos fideos pasados sin salsa ni queso. Cuando entra, se topa con una verdadera barricada de libros, apuntes y resúmenes que hablan de algo que ella conoce más que bien.
-¿Pudiste estudiar algo?
-Bastante, ya tengo la cabeza arruinada... Tengo que advertirte que esta noche no sirvo para nada... –le asegura.
-Igual me quedo... A lo mejor puedo ayudarte en algo. No sé, tomarte, sugerirte algunas cositas...
-Gracias, no esperaba otra cosa de vos...
Comen poco, las pastas no podrían estar más asquerosas. Lo que sí hacen mucho es fumar y tomar los mates que Verónica va preparando.
-¿Te puedo decir algo...? –lo sondea.
-Sí, más vale –le contesta.
-Si no sabés todos los temas, mejor no te presentes...
-Todo, lo que se dice de punta a punta, no lo sé...
-Mirá que el titular es bravo y te pasea por el programa entero...
-Me imagino, igual voy a ir...
No es su intención asustarlo, pasa, que sabe de lo que habla: es la jefa de trabajos prácticos de esa materia tan extensa como fascinante.
-¿Cómo es que se llama el tipo?
-¿Quién? –repregunta.
-El titular, Vero...
-No lo puedo creer, sos un caso, eh... –se sorprende por la situación-. Mauro Riera, se llama.
-¿Es tu amigo, no?
-Algo así, trabajamos juntos hace mucho tiempo... –se queda pensando-. Ahora, decime vos, cómo se te ocurre ir a rendir un final sin saber, por lo menos, el nombre del titular...
-¿Toma él solo? –la interroga.
-No, son tantos los que se presentan que también va el adjunto; éste, se llama Rodríguez.
-Espero que sea rápido...
-No te ilusiones mucho... La última mesa duró dos días –sigue dándole ánimo-. ¿A qué hora es?
-A las 11 –expresa resignado.
En seguida se arrepiente de tirarle todos palos, no es lo más recomendable antes de dar un examen.
-Dejame que te ayude, ¿sí...? –le dice. No le contesta, así que da por supuesta la afirmativa-. Decime, ¿preparaste un tema especial...? Porque a Mauro le gusta todo lo que tenga que ver con industrialización, capitalismo, algo de economía...
-¿Mauro? ¡Qué confianza que le tenés...!
-Dale, no seas boludo. No pierdas tiempo... –habla como la profesora particular que no tenía ganas de ser.
-Ok, eso lo tengo claro.
-¡A ver... hablá!
-Cómo no, profesora...
Y empieza a relatar acerca de los avances tecnológicos... “¡Me estoy durmiendo!”, y no puede ocultarlo por culpa de los bostezos que la delatan.
-Es aburrido, pero te me vas a quedar dormida antes de que llegue a la Primera Guerra Mundial...
Se sonríe, y para despejarse empieza a hacerle preguntas que va respondiendo, en su mayoría, correctamente.
-Y... ¿qué tal?
-Muy bien –asegura.
-Hice un buen trabajo, entonces...
-Sí, vos siempre hacés bien los deberes –indica, insinuante.
-¿Cómo creés que me va a ir...? ¿Bien?
-Supongo que sí. Yo te aprobaría... Pero Riera, para que no te ofendas, es más exigente que yo...
Siguen así por un buen rato. Entre preguntas y respuestas; aclaraciones y bostezos; consultas y mates. Y le habla mientras se le van cerrando los ojos.
-Vero, por qué no te vas a la cama... Yo sigo leyendo un ratito más y después voy también –le dice y agradece la propuesta.
No logra dormirse totalmente, al rato, nota que Alejo deja los libros y apuntes para acostarse junto a ella. Entonces, su gato se acomoda en el lugar del sillón que deja desocupado.
Se va temprano, antes de que él se despierte... No quiere ponerlo más nervioso. Le deja una nota deseándole suerte.
“Hola, ¿quién es?”, pregunta, al atender este maldito teléfono, tan arruinada como la noche anterior... “¿Y qué le pasó...?”, no podía creer la mala suerte que tenía. ¡Qué castigo tan cruel caía sobre ella! ¡Ella, que se moría por seguir durmiendo en su cama!. “Bueno”, responde de mala gana. “Me doy una ducha y voy para allá”.
El aula es de las más chicas y menos ventiladas de la facultad y la cantidad de alumnos para rendir, fenomenal... Por eso, le parece lógico que Mauro la llamase para que lo ayudara. Él se encarga de pasar lista, mientras, adentro del salón, ella se instala en un escritorio...
-...Bueno, ahora háblame de La Revolución Rusa –le indica al joven que en seguida empieza a relatar...-. Bien, ¿tenés la libreta? Me hacés el favor de llamar al próximo, decile que pase.
Dentro del salón sólo están Mauro con su alumno y ella con el suyo. El griterío y la muchedumbre, están afuera, esperando.

-Che, ¿qué te tomaron? –debe de haber preguntado alguien al compañero que acababa de rendir.
-De todo. Pero la mina piola, tiene buena onda... Dijo que pase próximo...

-¡Epa, qué sorpresa! De todo el mundo que podía encontrarme acá, a vos era quien menos esperaba.
-Sentate, Alejo –le indica.
-¿Qué hacés acá? –le pregunta.
-Tomando examen, ¿no se nota...? Rodríguez está enfermo y Mauro solo no podía.
-Bueno, profe...
-¿Profe...? –repite, pero no puede ponerse seria-. ¿Descansaste algo anoche?
-Poco... Cuando me desperté esperaba encontrarte, me llamó la atención que te hubieras ido...
-Es que quería seguir durmiendo en mi cama... y acá me tenés...
-Oíme, ¿preferís que pida rendir con el titular?...
-Está todo bien, terminemos con esto...
-Bueno, Verónica, pregúntame vos, porque no sé qué tema preferís... Tenía preparado el que le gusta a Riera.
-Perfecto...
-Perdoná, pero todavía estoy asombrado de verte acá...
-¿Tenés la libreta? –apura el trámite.
-¿Qué, no me vas a tomar nada?...
-No hace falta. Sé distinguir cuando un alumno estudió y cuando no. Y vos sabés, ayer te pregunté de todo y respondiste bien.
-¿Estoy aprobado, entonces...?
-Totalmente... –responde-. Decile al siguiente que pase que me quiero ir a mi casa...
-Mejor venite para la mía, digo, cuando termines...

“Me imagino que estas cosas les ocurren
a los fracasados que se enamoran”.
“justine ”

“Ahí está otra vez”, piensa cuando la ve entrar al café. Ya hace varios días que coinciden en “El Barrio”, el lugar que él prefiere para sentarse a escribir. “Debe ser estudiante”, especula al ver sus libros.
Anota: “un futuro para mis ojos, un horizonte para las manos...”. “¡Es tan bonita!”. La vigila y descubre ciertos gestos de derrota. Parece débil como una ilusión.
Afuera llueve, por eso su pelo húmedo. Ve por la ventana a la tarde desabrigada. “A lo mejor, lejos de acá también una tormenta se desata...”.
Tiene la expectativa de que le preste atención... Ayer le pidió el encendedor, pero hoy ni lo mira... Hasta que se decide a hablarle.
-¡...Melisa, qué lindo nombre! Me hace acordar a un libro, ahí había un personaje que se llamaba Melisa –le dice en algún momento de la conversación.
Lo observa con una mirada inquebrantable, quizás ella hubiera preferido seguir leyendo... Después paga lo que debe, se despide y se marcha...
Él se queda con el bochinche del bar y el miedo de que ella se disuelva con la lluvia. “Mi mundo otra vez hueco... Mañana voy a estar acá”, reflexiona, “esperándote, con el deseo de volver a verte aparecer por esa puerta”.
Le da una gran alegría cuando es ella quien hoy lo saluda. Impaciente, torpe, la invita a sentarse a su mesa. La tempestad todavía no para. “Supongo que me va a decir que no, porque tal vez elija leer tranquila; yo, por mi parte hace mucho que no escribo...”.
Y deja esa especie de impermeable en la silla vacía, saca un cigarrillo del bolso gigante, aparentemente pesadísimo, que ella lleva con distinción. Piden café.
-¿Estudiás Letras? –le pregunta para iniciar el diálogo. La verdad es que nunca fue lo bastante bueno para la conquista. Siempre termina dando lástima.
-No... –y se sonríe-. Desde que terminé la escuela entré a trabajar en un supermercado. Leo porque me gusta, sobre todo en este bar...
-¡Mirá qué casualidad, yo soy escritor! –quiere impresionarla, pero en el fondo siente que va a tener pena de él: escritor... ¡qué ambicioso! Trata de arreglarla- ...al menos, aspiro a serlo algún día. ¿Qué estás leyendo ahora?
-Éste... –alcanzándoselo.
-Es muy lindo... –vuelve a caer entre los errores...
-Sí, ya lo sé, es la segunda vez que lo leo...
-Ah, entonces te gustó mucho...
-En realidad, es que yo tengo muy pocos libros y los que me interesan, en la biblioteca no los entregan...
-Yo tampoco tengo demasiados, pero cuando quieras te los puedo prestar...
Hoy ella no consigue pasar de página ni él escribir... “¡Buá, hace demasiado que no garabateo una frase! Pienso en que realmente no es hermosa, pero me atrae... Hablar con ella hace que me vaya amigando con la vida”.
-¿Qué tipo de escritor sos? –le pregunta.
-Uno frustrado... –le responde sincero, dejando de lado cualquier estrategia. Ella se ríe para él, suave como la serenidad que provoca.
-Eso que te pasa es más común de lo que a uno le gustaría que fuera. El mundo está lleno de gente que carga con deseos estropeados... Yo hubiera querido estudiar, pero no tuve la oportunidad... –intenta darle aliento-. ¿Puedo hacerte una pregunta...? ¿Por qué venís a este café, te inspirás con los clientes?
-En realidad no. Al principio, la idea era ésa, observar y escribir... Pero hace mucho que me di cuenta de que no me resulta... Vengo porque me gusta, escapo del frío; termina siendo una morada para mí... –cree que le cayó bien su respuesta.
-Te lo pregunto porque me imagino que un bar como éste es buen lugar para robar historias... Acá se ve de todo. Podría ser fácil tomar prestados los sueños de otros...
-Ya te digo, ésa era mi idea... –se queda pensando el próximo paso-. Y vos, ¿qué sueños tenés?
-En este momento desearía que no lloviera; la ciudad estaría radiante. Tal vez sería primavera... Estoy imaginando atardeceres... No pienso a largo plazo, como verás... Ahora decí vos con qué soñás...
-Esperá que me concentro... Me ilusiono con estar tirado en el pasto de una plaza, también podría ser primavera, contando estrellas... ¡Viste qué cursi soy!
-No más que yo...
De la tarde ya no existe nada... salvo la lluvia. Supongo que de esto se trata la verdadera amenaza de la Santa de América.
Melisa amaga con despedirse, efectivamente las horas se pasaron volando...
-Esperá que yo también me voy... –dice. “Tengo la sensación de que ella me enseña lo que es importante”.
En un mundo donde no queda nadie, están ella y él en medio de las calles implacables y desiertas. En la ciudad de los taxis, no queda ninguno vacío que tomar...
-¡Te llevo! –le sugiere tímido... Y se siente secretamente feliz cuando escucha: “bueno”.
Ahora tiene miedo de que se haya olvidado el camino... Ya no puede ocultar la ansiedad por que vuelva, nuevamente hoy, de que llegue puntual a “El Barrio” donde la está esperando. Y de repente abre la pesada puerta con calma y una leve sonrisa en la cara... Y entonces descubrimos que la tormenta de Santa Rosa ya terminó.

“Sus dedos largos y titubeantes, que yo
sentía andar por mi cara cuando me creía
dormido, como si quisiera fijar en su
memoria la felicidad que habíamos compartido...”
“justine”

Lo ve dormir y parece que es feliz... Reflexiona sobre lo lindo que está, “tan íntegro e inteligente que siento que no merezco que seas mío”. Espera que disfrute de estos últimos minutos de la mañana, fugaces, antes de que se despierte y se vaya a trabajar. Le va a dar una sorpresa cuando vea que ya le preparó el café.
Piensa en voz baja, para no molestarlo... Se culpa por preocuparlo cuando, dulce, trata de animarla, “al verme la cara tensa e inconsolable después caer vencida”. Lo apuñala con cada frase desalentadora. Le contagia su tristeza, la angustia que le enreda los pies cuando pretende avanzar.
Hubo un época en que sonreían juntos... Ahora sólo se ríen los culpables... Ya no queda nadie que le haga recordar a Zoe lo que vale la pena, que la arranque del mundo. Recapacita que él ya dejó de intentarlo porque es inútil... Ninguno puede hacer nada por el otro. “Intentás minimizar mi pena, sanar mis heridas... pero no es algo que podamos controlar”.
Este descanso es un premio extra. “¿Por qué no consigo tomar tus sueños prestados?”. Será que el curso de la historia arranca hacia rumbos que los distancian... Él, tan espléndido y perseverante. Ella, que no puede sacarse de la cabeza su última derrota. “La realidad nos va separando...”.
Sabe que lo mortifica que ella vea la vida de esta forma tan románticamente trágica. Repasa y no logra identificar en qué momento se rindió. “No puedo evitar arrastrarte en mi frustración...”. Ella no quisiera, pero los dos sucumben ante la desdicha. “...Supongo que todo empezó cuando bajé los brazos... Seguramente fue ahí cuando me di por vencida”.
Ya tiene preparada la ropa que se va poner, el agua del café casi está... Y lo ve dormir y le parece una locura que sea ella quien está a su dado. Lo admira demasiado, lo quiero tanto que no consigue perdonarse que lo infecte con su desaliento. Sigue madurando esta idea, en voz bajita, recapacita y se dice que él no se lo merece...
-Gerardo, mi amor, es hora de despertarse... –lo acaricia y pretende ser suave-. Tomate el café que te preparo la ducha...
Zoe tiene que irse, así que lo saluda con mil besos aunque no tengan correlación con lo que va a decir. Le resume que estuvo analizando algunas cosas y que después del trabajo tienen que conversar de algo muy serio... “No tengo derecho a ser yo quien te hunda...”. “Te espero en mi departamento, para hablar...”.

“En verdad, ella no era culpable, el verdadero
culpable era mi amor que había inventado
una imagen para alimentarse de ella”.
“clea”

Puntualmente entra en la confitería, tan céntricamente peligrosa, agradable y de paso en su camino. Se besan, casi en la boca. Esta linda, parece contenta... Piden café para suplantar el almuerzo, para apurarse. Le dice que tiene que darle una noticia que no sabe si le va a gustar...
-Pero si no hablás, Luisina, nunca nos vamos a enterar... –le dice.
-Bueno, ahí va... –toma aire y lanza sus misiles-. ¡Me caso!
-Me estás cargando... Decime que un chiste de mal gusto de los que siempre hacés... –le suplica.
-No, es cierto. ¿Qué querés que haga? Yo lo quiero a mi novio. Ezequiel es bueno conmigo... –intenta explicar.
-Sin embargo dentro de un rato me vas a decir que me amás a mí...
-Sí, pero lo nuestro no tiene futuro... –vuelve a tomar aliento, el que le saca a él-. ¿Cuántas veces me dijiste que no pensás dejar a tu mujer? Está bien, igual yo nunca te lo pido... Ahora los dos vamos a estar casados...
-Es una venganza, entonces...
-Tomalo como quieras... ¿Vamos a discutir todo el tiempo? Porque yo preferiría que...
Y la besa para que calle esa boca que no para de escupir dardos, algunos con veneno. A decir verdad, sabe que no es quién para hacerle reclamos, no puede atribuirse ese derecho. Aunque la ame, no se siente capaz de darle nada que vaya más allá de estas tardes, como la de hoy, en que charlan en esta cafetería, que cada vez le gusta menos y una pocas horas de hotel.
-¿En qué pensás, mi amor? –le pregunta y lo devuelve a la tierra. Ahí está otra vez... “Mi amor”, le dice... ¡Esta mujer sabe mentir!
-En nada en especial... –trata de sonar creíble-. Planeo lo que podemos hacer, nada más...
Miente y lo ama como los dioses. Es en ella en quien piensa a lo largo de la semana, tratando de apurar los días para que siempre sea jueves... Ahora está aterrado de que lo deje, de que ya no lo necesite...
-¿Cuándo te casás? –pregunta y revuelve, indigno, su herida...
-Todavía no tenemos fecha... Pero no te ilusiones Víctor, sabés cómo soy cuando tomo una decisión... –le asegura; firme, inimputable...-. ¡No hablemos de eso, sí...! –y vuelve a usar ese tono de voz que lo confunde, como cuando dice que lo quiere...
-Bueno... –de decide por fin-. ¿Vamos? –Y sonríe como para persuadirle de que pasar la tarde con él es el mejor de sus proyectos.
Paga, hoy no deja propina, quiere irse rápido a disfrutar de esa mujer que lo engaña y le gusta, porque lo convence... Suben al auto, que se dirige, automático, prácticamente solo hacia el hotel, conocedor de que se trata del único camino correcto cuando ella está sentada a su lado.
Cada tanto le sonríe mientras el decorado tirita a su paso... Llegan dispuestos a hacer su trabajo, a dejar atrás las discusiones y más lejos aún su rutina de hombre casado y padre responsable.
Definitivamente esta chica hace magia con sus manos... Es tan imaginativa como un ciego...
-¡Cambiá la cara, mi amor...! ¡Mirá que mientras te portes así de bien, vamos a seguir viéndonos! ¡Al fin y al cabo no me voy a casar rey de Inglaterra...! –asegura impune.
-Está bien, igual no pensaba en eso... –él no consigue engañarla y se burla de él, de su dolor...
Lo abraza, lo besa con esos labios envenenados; conmociona sus sentidos... Empieza a hacer bromas, sobre él y su cara de tragedia...
-Sabés una cosa, mi amor... yo te voy a enseñar a reír... –afirma, convencida de que eso es lo que le hace falta.
-Lu, mejor dame lecciones para mentir mejor... –le indica y lo interrumpe...
-Es cierto, vos no sabés mentir... ¿Sabés por qué es eso...? Porque no tuviste infancia –diagnostica.
-¿Qué decís?
-Que no tuviste infancia... ¿cuántas veces me contaste que tu padre nunca te llevó a la cancha?
-¿Y eso qué tiene que ver...? –se va enfureciendo.
-Mucho...
-Además –se exalta-, a vos tampoco te llevaron a la cancha cuando eras nena... –trata de herirla.
-Ya lo sé, pero soñé millones de veces con eso...
No lo logra, ni mentirle bien ni lastimarla... Lo mira obscena, traicionera... Cada vez se convence más de que nunca va a poder dejarla. A pesar de que se case, de que deteste su soberbia, esa estúpida seguridad.
-¿No venís a bañarte conmigo? –no le responde pero va.
-¡Ah, casi me estaba olvidando...! El jueves que viene, tengo que ir al Registro Civil para pedir la fecha y todo lo demás... ¡qué sé yo! Espero llegar a tiempo, igual, cualquier cosa yo te voy a llamar, sabés...
-Está bien –expresa como si no le interesara...
La ama tanto que precisa hacerse la idea de que ese tema del casamiento es para joderlo, un chiste más... Necesita creer que es una puesta en escena, que finalmente se trata de una mujer frágil y suave. Tierna... Quiere sentir que esa confianza suya es tan falsa como sus lentes de contacto de color gris.

“Se gozaron uno al otro, sabia y tiernamente,
como animales que largamente se han
buscado y encontrado entre las muchedumbres
vulgares que llenan la ciudad de ecos”.
“mountolive”

Está demasiado dormida, pero no tanto como para no darse cuenta de que es Ciro el que habla por el portero eléctrico. Ahora ya está frente a ella y se maravillan como si se vieran por primera vez... con ojos recién estrenados.
Emiliana tenía cinco años cuando su mamá se lo presentó a él y a otro nene como los hijos de su marido. Con poca diferencia de edad, se criaron juntos llenos de compañerismo, como amigos y compinches, casi siempre confabulando en perjuicio del otro niño de la familia.
Sumamente borracho, triste como nunca lo había visto, se desploma sobre el sillón y le vomita sus penas a su confidente. Emiliana, se sienta a su lado, acomoda su remera de manga larga que, por lo gigante que es, debe haber sido de algún novio suyo.
-Corté con Sonia.
-Me alegro, ella nunca me quiso.
-Te tenía celos, no entendía nuestra amistad.
-Es una estúpida... Sonia no era para vos...
-Nunca te caen bien las mujeres que te presento.
-¡Eso es mentira! –pero a la vista de que está equivocada, le grita-: ¡Y vos qué me decís, que siempre te agarrás a trompadas con los tipos que salen conmigo!
-¿No me vas a ofrecer nada para tomar? –cambia de tema.
-Te preparo un café.
-¡No, quiero algo con alcohol!
-Ya tomaste suficiente, no jodas, Ciro...
-Estoy agotado, no puedo más... Siento que se me evapora el aire...
-¡Yo siempre digo eso!
-¿Qué, ahora sos la dueña de las palabras?
-Si viniste a pelear, rajá de acá, mejor...
-No... ¡Me quiero morir, Emiliana!
-Hablás así porque estás tritón y con un pedo para cuarenta.
-¡Te amo!
-¡Querés callarte, por favor! –grita con toda la cobardía del mundo.
-¿Cuál es el problema, que yo expreso los sentimientos que vos estás tratando de ocultar? –ella no lo mira-. Yo te enseñé a divertirte, me debés un favor... –intenta convencerla.
-Sos casi un hermano para mí...
-¡Mejor! ¿No me vas a decir que nunca tuviste fantasías incestuosas? –pregunta voraz, delatándose.
-¡No digas pelotudeces, querés! –y lo mira mal.
-¡Escuchame una cosa! Yo tengo un solo hermano y se llama Martino. Aparte, no tiene nada que ver lo que decís, porque con él vos no tenés el mismo vínculo que conmigo; y los tres crecimos juntos igual... –declara, al acecho.
-...Porque él no es tan bueno como vos... Además, no me quiere... –presintiendo sus dudas.
-Yo te amo por los dos –para quebrar ese silencio incómodo, violento. Calcula la distancia para poder saltar-. ¡No te hagas la difícil!
-¡No me decepciones, Ciro! –solicita inquieta, sobresaltada.
Sin esperar un permiso, inicia la exploración. Siguiendo los impulsos, se quitan las máscaras y la ropa. Se desnudan sobre los mosaicos helados del comedor. Merodeándose, detectan sus emociones. Sustentando la fama que cada uno tiene, se requisan. Recorriendo las superficies, perdiéndose en las profundidades, guiando los recorridos. Liberan tensiones recreando sabores, rumiando deseos, vibrando entre espejismos. El piso tiembla. Al límite de las sensaciones, al extremo del goce. Se juegan la piel, sofocados, se exigen.
La madrugada toma la forma de sus cuerpos. Lo usual, dientes hábiles, manos de repuesto, reservas de besos. Se dicen que se aman y no mienten ni exageran. Con gran esmero se desentienden de las responsabilidades. Interpretan sus papeles majestuosamente. Fluyendo, se toman examen. Se hurgan, tendiéndose trampas. Sin negarse los espacios, alternando fuegos, generan fatigas, hacen méritos suficientes...
Latiendo junto a él, comparte su colchón. Salpicados, cada uno tironea el acolchado para su lado. El ímpetu anterior se diluye. Ella cree que se lamenta de haber cambiado la historia, atormentada por las normas que quebraron. “Por esto y todo lo otro. Por los recuerdos. Por lo que fuimos y ahora arruinamos”, piensa Emiliana que empieza a añorar la inocencia de la niñez.
-¿Por qué te quedás callada?
-Estoy arrepentida, tengo miedo... ¡Lo cagamos todo! –revela con su desconsuelo-. ¡Vestite y andate!
-¡No, no me pidas eso...! No ves que alguien podría asaltarme y matarme cuando salga a la calle...
-¡Andate igual!
-¡Desalmada! –se escucha que le grita detrás de la puerta. El peor de los castigos, Emiliana se duerme entre sollozos.
Ahora, cada uno por su parte, vive esquivando tragedias. Tácitamente, deciden que va a ser mejor dejar todo como estaba... Al tiempo, evitan hablarse, ya no se ven más. Lejos de los paraísos olvidados, mitigando carencias, Emiliana espera mudarse a un lugar sin pasado. Íntimamente se alegran de no cruzarse en la calle, es que no tienen pensado excusarse con el otro. Suprimida esa noche, las vivencias anuladas; casi siempre consiguen no recordar.
Ciro resguarda su excepcional tesoro de sonrisas que le robó a Emiliana, en otra época. Ella sigue disuadiendo a su memoria; sin pretensiones vive a media máquina, sin esforzarse demasiado.
El servicio meteorológico anuncia lluvias para los próximos veintidós años. Cuentan que duró poco, pero que una madrugada, casi fueron muy felices... En fin, se dicen tantas cosas.

“¡Una palabra única, amor, define tantas
especies distintas del mismo animal”.
“clea”

Dicen que la gente sólo valora lo que tiene cuando lo pierde... Parece que era eso lo que les hacía falta, a él y a ella: perderse.
Rosario vino de bastante lejos a estudiar, todos sus conocidos le recomendaron que lo hiciera en Buenos Aires, pero ella prefirió esta ciudad, porque... era la que ellos no querían.
Tuvo que reconocer que la primera impresión fue buena, le gustó que tuviera plazas y los números de las calles la ayudaron a orientarme.
Se inscribió en la carrera de cine... “¡Qué futuro!”, suspiró su mamá cuando se lo dijo. A pesar de eso, sus viejos piolas, la bancaron aunque la idea los haya decepcionado.
Conseguir trabajo le resultó muy difícil, con dieciocho años y cero de experiencia. ¡Ya nadie confía en los jóvenes! Los amigos fueron llegando junto a las cursadas. Armaron un grupito de pocos, pero lindo.
Pablo, un buen pibe... Por iniciativa suya fueron una tarde después de un teórico odioso y tedioso a tomar unas cervecitas a un bar. “Ahí, trabaja mi hermano, capaz que nos hace un descuento”. Del boliche le gustó el nombre y de su hermano, todo.
Con los días empezaron a frecuentar ese café muy a menudo... Por lo general era ella la que insistía: “vamos, que ahí se la pasa bien...”
A lo que no se acostumbró en esos meses fue a la pensión... No por las otras chicas, ni siquiera por la dueña... Era que había en los cuartos un olor a humedad, a mugre tan fuerte que, en las primeras noches no consiguió dormir... Supongo que por eso y algunas otras cosas, aceptó la propuesta de Cristian para irse a vivir a su casa... Sí, pensé que no hacía falta que lo aclarara pero, bueno, Cristian se llama el hermano de su amigo de la facultad.
En realidad, ahora se arrepiente de haber dejado que la convenciera... Mudarse con él significó residir con su familia. Ella sabe que son buena gente, por algo aceptaron que una extraña entrara a su casa... El mayor inconveniente era que todavía seguían, ellos, enganchados con la divina de la ex novia que Cristian dejó por Rosario.
Otro tema eran sus amigos... También la odiaban, creo que porque la abandonada era parte de ellos... En fin, no tenía ni una a favor. Bueno, no es exactamente así, Pablo continuó con su buena onda.
El hermano mayor, Nicolás, fue el principal general en todas las confrontaciones... Definitivamente no la soportaba, ni ella a él... ¡Así que estaban a mano! Junto a los amigotes le hacían la vida imposible...
Sus padres, aunque siempre respetuosos, no se quedaban atrás. Odiaban a la bruja que dormía y peleaba con su nene. La mamá, cuando tenía la menor oportunidad, metía una de las suyas como: “¡hay, que buena chica que es Ana!”, “que ella siempre hacía esto y que lo otro...”.
Más de una vez, al llegar de la facultad, se las encontraba ahí, en la cocina, a las dos, tomando mate... Ella no podía decir ni mú y se la bancaba como una duquesa. Pero la verdad, se trataba de una situación insostenible. De todos modos, fue aprendiendo a caminar con la frente más alta cada día.
Y su novio, siempre mirando para cualquier lado, como si no le importara que la atacasen, que invitasen a su ex a cenar, que sus amigos le llevaran atorrantas al bar... Tiene que aceptar que le dolió que nunca reaccionase y no les aclarara un par de cosas; que jamás diera un buen grito... Sentía que no la valoraba, que todo le daba lo mismo... Cuando no estaban solos era, con ella, tan expresivo como una planta.
Cristian le llevaba unos seis años, trabajaba cada tarde en aquel bar y los fines de semana por las noches. En el tiempo que le quedaba trata de avanzar en la carrera de medicina. Ahora que piensa en él, lo hace con ternura y pasión, como la que a veces había entre ellos.
También se alegra de no sentir culpa porque jamás lo puso entre su espada y la pared... Lo que sí lamenta un poco es que no le haya hecho el aguante frente a algunas agresiones de su gente. Igualmente, su no intervención fue propiciada por ella misma: “no te preocupes, yo sé defenderme sola”, le aseguraba. De todas maneras, él tendría que haberla preservado aunque no se lo hubiera pedido. Por momentos era gracioso ver que Pablo la protegía más que él...
De a poco fue dejando de lado sus estudios. La facultad era un caos y se tornó una pésima costumbre sentarse en esas sillas para escuchar a profesores que bueno... tuvieron suerte en conseguir trabajo en la docencia. Supongo que, como casi siempre, sus viejos tuvieron razón... Quizá le hubiera convenido ir a Buenos Aires a estudiar cine.
Con respecto a ella, nunca fue una joyita... Tiene un carácter de perros y es tan poco demostrativa... nunca dice lo que pasa por su cabeza y menos lo que siente. Todo esto conspiró para que él no hiciera muchos intentos para retenerla... Cree, que íntimamente estaba cansado de luchar silenciosamente contra el mundo por ella, para que la aceptaran. De esto, también se hace cargo... Es decir, no es una persona jodidísima, pero se encapsuló ante los choques, se resguardaba poniendo cara de mala sin hacer ningún esfuerzo para acercarse a ellos. Esto es cierto porque aquellos que la trataron bien, que la conocieron como realmente era, terminaron por quererla.
Lo dicho, entre que Cristian no hacía nada para que se sintiese un poco más cómoda y ella que no expresaba ningún interés por revertir la situación; comenzaron las peleas, las discusiones que cada vez subían de tono; los insultos y reproches... En fin, las miradas empezaron a teñirse de rencor. Ninguno de los dos pudo hacer nada por el otro.
Cuando la otra noche le planteó que se iba a ir, le pareció que se lo estaba agradeciendo... Fueron casi cuatro meses de guerra infinita, de combates con sus seres queridos. No hizo ni el menor gesto para que cambiara su decisión. Y lo dejó para saber lo que es necesitar a alguien. Tal vez así, él empiece a valorarla. A lo mejor, un día su gente descubra que Rosario no era tan bruja ni tan mala mina.
Está en Buenos Aires y el año que viene se va a anotar en la facultad de cine de la UBA. Quizás en alguna oportunidad le den ganas de volver a su ciudad y a él. Podrá ser que la plaza se asombre por su ausencia... Perderse para aprender, redescubrir lo que realmente debe valer la pena. Cristian, por lo pronto, siente que ya empieza a extrañar su piel blanca y tibia.

“¿Era posible imaginarse un tiempo en
que ya no pudieran abrazarse así o estar
sentados con las manos juntas en la oscuridad,
sintiendo cada uno el pulso del otro, dejando
pasar el tiempo hacia el silencio...?”.
“mountolive”

...Desde el departamento de al lado puedo escuchar los acordes del disco de jazz que Elidiana puso para deleitarse aún más...
-Me duele la garganta –describe Albano- ¿me hará muy mal otro pucho?
-¡Fumá tranquilo que no sos sapo; príncipe tampoco, pero buá... es lo que hay!
Encantados de la vida por tenerse. Alegres de hacer feliz al otro, la música los acerca, los acompaña; envolviéndolos.
Acostados sobre la alfombra, rodeados de los almohadones del sillón... Elidiana trae de la habitación una frazada; para eso, deshizo aún más la cama desordenada... Son dichosos en esta tarde de otoño.
-¿Qué, tenés frío? –le pregunta Albano que la recibe con los brazos abiertos.
-No, solamente tengo los pies congelados, tanto que ya no los siento...
-¡Qué exagerada que sos! –la mira sin apuro.
-¡Sí, la más extremista del mundo!
Almuerzan la pizza fría con mate que les quedó de la noche anterior; como las ganas.
Cargan trozos de cansancio de padecer tantas ansiedades. Remando contra corriente, algunas veces, llegan a donde esperan. Cumplen sus propias promesas, no pueden depender de dioses olvidadizos... Se susurran cosas que, lógicamente, no consigo oír.
-Sin vos sería una sombra –le asegura Albano.
-En cambio, para mí, vos sos mi sombra... ¡Nunca me dejás en paz! –llenos de mentiras sanadoras.
-¿Ah, ahora te quejás?
-¡Qué susceptible, era un chistín...!
Albano atiende su teléfono, no pregunta quién es, así que seguro, tiene identificador de llamadas.
-¡Ya no se puede estar tranquilos un domingo a la tarde! –se queja Elidiana-. ¿Quién es?
-Emiliano –le responde a ella-. Mi mujer me tiene secuestrado desde el viernes a la noche cuando llegué de trabajar... –le explica a su hermano.
-¿Emiliano cuánto estás dispuesto a pagar por el rescate? –grita para que él la oiga al otro lado de la línea, mientras que Albano aparta el celular de su oreja aturdida, gracias a los alaridos de su esposa...
-¿La escuchaste? –le pregunta, ingenuo, a su hermano-. ¡Dice que nada! –un poco desilusionado, reproduce las palabras del otro...-. Dice Gloria si queremos ir al bar esta noche...
-No, mejor no, agradeceles, pero vamos otro día; total es de ellos...
Luego interrumpen la comunicación... Algo maravilloso sucede en el mundo que, a pesar de todos los contratiempos, hay gente que se las arregla para ser feliz... Es que también las personas que tienen vidas corrientes, adoran esas vidas.
-¿Esto es legal?
-¡Denunciame! –lo desafía, igual, sabe que no lo va a hacer, Albano confía en aquellas manos.
-¡Igual no me sueltes!
Encerrados entre esas magníficas paredes, disfrutan como chicos en el patio de una escuela, en pleno recreo... Verifican que son el objeto de amor del otro, remediando cualquier tristeza que hayan padecido.
Habituados a perder, con dignidad, que nunca es igual... A Elidiana no le alcanza el fin de semana para reponerse. Prestando sonrisas, al que las quiera, teniendo fe en cualquiera; es agotador...
Podrían pasarse horas sin hablar, no les hace falta... si no fuera porque les gusta decirse cuánto se quieren a cada rato...
En este momento, Albano le pide permiso para poner la radio y poder escuchar el partido de River.
Autorizados a soñar, respirando los suspiros del otro, se conforman con poco...
Acostumbrada a divulgar historias ajenas, me inmiscuyo en el mundo de al lado... Robando recuerdos perdidos que no me pertenecen.
Ingenioso, despliega besos dados con esmero. Respaldando sus delirios, aportan sus caricias más habilidosas. Estupendos, descansan en la siesta serena.
...Demasiado bueno como para que sea real, especulo sobre lo que estará sucediendo más allá de esta pared.
Oxigenándose con el aire que desperdician los demás, peritan el cuerpo de otro.
Condenados a pagar alquileres de por vida, no desean lo que nunca van a llegar a tener... Lejos de ser irónica: ¡lo que se perdería la humanidad sin ellos!
Sueños ocasionales y cansados después de las últimas semanas extenuantes.
-¿Me vas a dejar dormir? –pregunta, fastidioso con el 2 – 0 en contra.
-Sólo si me asegurás que vas a soñar conmigo...
¿Cómo terminará esta historia...? ¡Espero que bien! Mientras tanto, recrudece la amenaza implacable de caer una lluvia interminable sobre nuestra ciudad.


“En el verdadero mundo: es decir,
en el recuerdo de nuestros amigos”.
“justine”

“...después de la señal deje su mensaje”, indica la voz más artificial del mundo. “Hola, Marcos. Habla Alejandro... estoy en La Plata por unos días y me gustaría encontrarme con vos y los otros. Fijate si podés arreglar algo. Te vuelvo a llamar”.
Y cuando escucha el mensaje no puede ocultar la alegría que le da tener noticias del amigo con el que compartió tantas cursadas, fotocopias y recuerdos... Cuando Alejandro habló de los otros, se refirió al resto del grupo con el que solía estudiar durante aquellos infinitos años de universidad. De todos, quienes valen la pena volver a ver son las chicas.
-¿Cómo estás, loco? ¡Por fin te encuentro! Para hablar con vos hay que pedir audiencia, guacho... –dice Alejandro cuando logra comunicarse con su compañero.
-¡Che, qué lindo escucharte! –responde Marcos.
-¿En qué andás?
-Ahora estoy esperando que se haga la hora para ir a laburar...
-¡Ah, qué bueno! –se alegra ingenuamente...
-Venite a casa que todavía tengo un buen rato.
El departamento de siempre, donde todos pasaron momentos felices a pesar de que agotados, tenían que estudiar, escribir y seguir estudiando... Más de una vez Alejandro se había refugiado en el “dos ambientes” de su aliado cuando las cosas se ponían feas en el resto del mundo. Le da gusto volver a pisarlo. Se ponen al día con los chusmeríos de la facultad que Marcos aún no terminó.
-Che, ¿qué haces de nuevo por acá...?
-Vine a hacer los trámites del título, y de paso, veo a los viejos amigos.
-¡Qué viejos, la puta que te parió!
-Es una forma de decir, Marquitos...Pero contame algo de vos, ¿qué es ese trabajo nuevo...?
-Una porquería, soy el empleado modelo de una estación de servicio. Me paso ahí casi todo el día...
-¿Y con el estudio, cómo te la arreglás?
-Haciendo malabares... Cuando llego acá ni me quedan ganas de ponerme a leer.
-¿Pero, te falta mucho?
-No, cinco: tres finales y dos anuales eternas que nunca las voy a poder terminar...
-Escuchame una cosa, y las locas, supongo que las ves... ¿Cómo andan?
-Mirá, con Silvana estoy cursando, está embarazada, ¿sabías?... Después, a la que más veo es a Carla...
-Sí, me imagino la manera en que la ves... ¿en qué anda?
-Está preparando la tesis y laburando también como una condenada –detalló Marcos.
-¿Y Ali...?
-¿María Alicia?, está en otra... ya no le gusta estar con nosotros... No estamos a su nivel...
-¡Eh, qué le pasó a ésa!
-Nada, se volvió loca en serio... Como pegó una buena, tiene miedo de que le contagiemos nuestra normalidad. Lo que pasa es que a la gente que le va bien no le gusta relacionarse con otros que no tienen su misma suerte. ¡Nos desprecia a nosotros, que conocemos su pasado! ¡Qué se yo lo que le pasó...! Y vos, ¿estás trabajando?
-No, y mejor no hablemos... Che, qué lindo estar otra vez acá. Me muero de ganas de verlas...
-Pará un poco, hablás como si te hubieras ido hace siglos... Me hacés sentir Matusalén, turro.
-¡Qué exagerado, pelotudo, me fui hace un año! Pero además, estamos hechos unos pibes, miranos... ¡mejor que cuando teníamos dieciocho...!
Al rato, Alejandro se va para la casa de un primo que está estudiando Derecho y donde va a dormir el par de días que dure el trámite. Marcos raja, apurado y con la cabeza baja, al laburo.
Para la noche, Carla y Silvana ya están enteradas de la reunión, en forma de cena que tendrá lugar en el departamento de Marcos. Van llegando puntuales para comer y tomar mientras chusmetean de todo, como hacen los argentinos de ley cuando se juntan.
Se fueron conociendo a lo largo del primer año de facultad. Algunos empezaron juntos el curso de ingreso, otros se fueron sumando. Esto fue hace... Todos eran tan jóvenes y espléndidos, dispuestos a abrirse paso hacia el futuro, el que ahora, ingrato, los encuentra desocupados o trabajando de vendedores, en el mejor de los casos...
-...La muy perra, una tarde me dio vuelta la cara –cuenta Silvana.
-Sí, es verdad. El otro día entró a comprar ropa al local donde atiendo y me miraba por encima del hombro. Me llamó “conocida”, la forra... –agrega Carla-. La mina que comió conmigo miles de veces, la que estudió de mis libros... ¿Vos podés creer?
-No, me dejás helado... Ella no era así... –opina Alejandro.
-Lo que pasa es que se le subieron los humos a la cabeza –sentencia Marcos.
-Por mí, que le vaya bien y que lo disfrute mientras le dura... –advierte Carla.
-No lo puedo creer porque ustedes eran re unidas...
-Pero, quedate tranquilo, porque la amistad es un privilegio que ella perdió... No se puede borrar de un plumazo lo que se vivió por más de diez años, porque nosotras éramos amigas desde el secundario...
-Sil, vos con la panza no estás laburando ahora, ¿no? –pregunta Alejandro y pone el dedo en la llaga.
-No, el embarazo fue la excusa perfecta para que me rajaran –contesta.
Las pizzas y las tantas cervezas son devastadas a lo largo de la cena entre humo y carcajadas. Deshilachados entre sonrisas sin motivos... Voces y carcajadas conocidas, entrañables. Si bien Silvana y Marcos todavía no se recibieron y Carla está armando su tesis; los cuatro son auténticos licenciados en “sacar el cuero”. Sin maldad ríen y se burlan de todos los conocidos: mediocres profesores, ex compañeros, bufeteros...
-¿Vos todavía seguís robándote los ceniceros de los bares...?
-Es una tentación, ¿sabés que no lo puedo evitar? –se justifica Carla.
-¡Qué hija de puta...! ¡La vergüenza que me hiciste pasar...! –recuerda Alejandro cuando una vez un empleado se dio cuenta. Y todos vuelven a reír, a pesar de tratarse de una anécdota contada cientos de veces...-. Por favor, déjame tocar esa panza... ¡Mirá lo que es! ¿Ya sabés el sexo?
-Es una nena... El nombre es todo un tema, antes de que me preguntes... Yo digo uno, el papá me mira con cara fea y el que él sugiere resulta ser peor que el mío... –se anticipa Silvana.
-Mirá que estamos viejos, eh...
-¡No, Callate! ¡Otra vez con eso! Está desde hoy con ese versito... –de nuevo habla Marcos.
-Bueno, si querés, viejos no estamos... Pero quién te iba a decir que Silvana iba a tener un bebé...
-Ay, Alejandro, ¿no sabías que esas cosas pasan...? –se burla Carla.
Ya no quedan cervezas que tomar, las pizzas habían estado buenísima y los dos que fuman ya no tienen cigarrillos...
-Dale, andate una escapada hasta el kiosco...
-No me jodas Carla... Basta, no fumes más –le contesta Marcos.
-Si vos también te morís de ganas por un pucho... –insiste.
-Vamos todos y de paso nos damos una vuelta por “El Barrio” y seguimos tomando algo allá –sugiere Alejandro.
Y se van hacia esos rumbos... Caminan las cuadras que los separan de aquel bar que frecuentaron por años. Donde se emborracharon y festejaron más de una vez.
-...Sos mala eh, la tendrías que haber llamado a tu amiga... –vuelven al tema que más los divirtió a lo largo de la noche.
-¿A quién, a “Malicia”? ...Sí, la verdad que estuve mal... –bromea Carla.
-Llamala ahora y decile que se venga... –insiste Alejandro, deseoso de sangre.
-No jodas, debe esta cogiendo con alguno de sus jefes...
-¡Mirá que sos yegua vos...! –afirma Alejandro.
-¡Yo te dije que es venenosa! Tené cuidado porque ésta no quiere a nadie –dice Marcos, agudizando la charla.
-¡Pobre de vos! Eso no es cierto, yo a mis amigos y a la gente que me trata bien... los quiero –se defiende Carla.
-Igualmente, ésta habla así de envidia... –replica Marcos, exprimiendo sus mentiras.
-No bolacees, querés... Sabés perfectamente que a mí no me significa nada el éxito y menos me conmueve el dinero ajeno –asegura ella.
-Sí, ya sé, a vos no te conmueve nada... –retruca en el forcejeo.
-Paren un poco, sí. ¿Qué pedimos para tomar? –interrumpe Silvana.
-Cerveza... –contestaron casi a coro.
La ceremonia de celebrar la noche, la amistad y lo vivido continúa como debe ser: brindando sin excusas, repasando viejas historias y riéndose de todo. Esta ciudad son los amigos... Casi todos... Ellos son todo un mundo, aunque parezcan pocos...
-¡Vamos a jugar al pool!
-Cortala de pelear, Marcos... yo no sé jugar y si tanto quieren, vayan ustedes que yo me quedo acá –dice Carla enojada y ninguno puede contener las violentas carcajadas-. No se burlen de mí, hablo en serio...
-Ya sabemos que el pool no es lo tuyo, era una broma, nomás –justifica Marcos-. Si yo me pasé noches enteras intentando que aprendieras, sos una inútil... ¡Sabés la guita que me hiciste gastar!
Se ven contentos y el alcohol ayuda. Afuera quedan las preocupaciones, los trabajos despreciables con sueldos miserables. Vuelven a empaparse de las ganas y fuerzas que tenían cuando se conocieron. La alegría de verse de nuevo no se empaña ni con los recuerdos más felices, ni siquiera, con el repaso de las pérdidas.
-Yo no tengo muchos amigos, pero con ustedes me río de una forma que no consigo con otros –exclama, de la nada Marcos.
Los demás no entienden muy bien a qué viene esa acotación, pero la toman como lo que es: un lindo elogio. La noche se consume. “Mañana es jueves”, deben pensar todos, porque al ratito le van buscando un cierre acorde al acontecimiento.
Definitivamente, la vida los irá llevando por caminos distintos o no... Un día, a lo mejor, se encuentren con el golpe de suerte que necesitan, la oportunidad que esperan. Acaso, los buenos tiempos nunca lleguen; ¿quién sabe? Se convertirán en hombres y mujeres serios, adultos. Quizás, con los años, ya no se alegren al recordar lo que compartieron, esa época que se pasó volando... O posiblemente, les baste con repasar lo transcurrido...
-¿Cuándo te vas? –pregunta Silvana.
-Pasado mañana –contesta Alejandro, mientras piensa cómo va a hacer para despertarse al día siguiente para ir al Rectorado.
-Somos afortunados nosotros, eh... –se descuelga, esta vez, Carla.
-¡Uhh, ésta ya está mamada! –sentencia Marcos.
-No, todavía, no... pero sácame ese vaso de enfrente porque... –replica ella.
-Carlita tiene razón. Tenemos, ¿cuántos... 25, 26, 27 años...? y mírense... –dice Alejandro-. A nosotros, la vida nos delata. Porque cuando se tiene amigos y cuando alguna se es feliz y jóvenes como todavía seguimos siendo ahora, para que ninguno se sienta susceptible; eso no se puede ocultar.
-Sí, es verdad... –confirma Carla, que agrega-: estamos más viejos, pero solamente un poquito.
Pagan, saludan al mozo que le regala a Carla un cenicero de contrabando, y se van riendo igual que cuando llegaron. Cada uno va abandonando la caminata a medida en que encuentra su camino. No se despiden, sólo se saludan, como corresponde entre amigos.
-Carlita, quedamos solitos... –insinúa Marcos.
-¡Uyy, qué miedo..! –se burla.
-Vamos que te acompaño a tu casa.
-Está bien, lindo...

“Momentos que viven flotando en la memoria,
como maravillosas criaturas, únicas en su
género, que surgen a veces de las grandes
fosas de algún océano inexplorado”.
“justine”

Antes de la tristeza, era el portavoz de sus ideas, como un ventrílocuo, era el artífice de los sueños... El foco de sus sentimientos. Ahora, lo espera en la plaza. Busca su mirada entre los conocidos, rastrea su aroma por el barrio... Anda al acecho de encontrarlo. “¡No hay derecho a malvivir así!”.
Los escondites. Las fronteras, los abismos, sus diferencias. La terraza. Las frustraciones, las envidias.
Desde hace muchos meses lo busca en algún lugar de los que frecuentaban... en cualquier sitio. Con la esperanza de volver a verlo, camina despacio, con ansias de que aparezca para iluminar la calle.
Todo el tiempo perdido... La música que ya no escucha, que dejó de gustarle...
Aún resuenan tan auténticas las frases que dijo aquella noche...
-¿Sabés qué, Emma...? ¡Me estoy aburriendo de vos!
-¿Y qué querés que haga, Ariel... morisquetas para divertirte o preferís dejarme...?
Esas palabras todavía retumban en su cabeza. Se arrepiente de haber sido tan soberbia.
Las delicias de los reencuentros. La alegría compartida. El desastre... Sus ojos inexpresivos, los que nunca vio llorar. Los límites que sobrepasaron... Las risas frenéticas. Sus maquetas y los planos.
...Supongo que nunca estuvo en sus planes permanecer juntos demasiado tiempo... Los negocios a los que entraban y curioseaban de arriba a abajo, revolviendo todo...

-¡Emma! ¿Prendiste el reloj...? –Jerónimo, el tipo con el que ahora duerme, le habla pero no lo escucha.
-¡Ey, Emma!
-¿Qué? -le dice por fin.
-...El despertador...
-Sí -lo interrumpe, como él hizo con sus divagues.
-...Pero no sonó...
-Porque todavía es temprano.
-¿Y qué hacés despierta, entonces?
-Pienso –le contesta sincera como pocas veces.
-¡Ah, si te pregunto en qué, seguro que me vas a decir que en nada...!
-No, pensaba en demasiadas cosas juntas...

En algunas oportunidades sueña que aparece caminando por su vereda vacía, desierta... Pero no viene, sólo lo encuentra en los recuerdos.
La ternura y la furia; la esquizofrenia. Su impuntualidad, sus apuros. Los juegos y la trampa. Las pericias. Su hermetismo y el orgullo. Su boca, sus manos y el mal humor. El humo... Los gritos.
El terror de Emma a las despedidas, ese mal trago que le evitó de una patada certera... y ella, lo único que pudo hacer fue emborracharse...
¡Tantas tardes yendo al cine...! ¡Siempre a las funciones con descuentos! El repaso de las cuentas pendientes... Los paseos que nunca hicieron; los viajes imposibles. Chapuzones de memoria... Esos finales de cada día sin él...

-¿Esta mañana se te puede hablar, Emma? –tantea Jerónimo e intenta devolverla al mundo.
-Supongo que sí... pero sólo de cosas estúpidas, sin sentido.
-Podrías irte un rato más tarde hoy... yo entro en otro turno al Banco... –le propone, totalmente ingenuo.
-¡Hablá tranquilo porque es una boludez lo que decís...! ¡Tengo que trabajar y yo no elijo el horario! Yo soy la primera interesada en quedarme más tiempo acá en tu cama, con vos...

Imagina que llama, que la invita a tomar un café... El frío que lastimaba sus labios. Aquellas horas cuando perdían la conciencia... Emocionante como gritar un gol. Los bares donde les insinuaban, acomodando las sillas sobre las mesas, que se tenían que ir... Los insultos memorables. Las reconciliaciones.
La lluvia, las tentaciones. Los sitios a los que ya no entra... Las libertades. Los campeonatos perdidos. Los ataques. Lo que se dieron, lo que nunca se negaron. Todo lo impensado. “Algún día esta necesidad de vos va a prescribir...”.
Sus dudas. Los sacrificios. Las resignaciones. Los cruces y, sobre todo, los choques. Las noticias. La eternidad. La amistad que nunca hubo entre ellos. Todo lo recorrido.

-Para que veas que te quiero, voy a abrirte la ducha y mientras te bañás, voy a preparar el mate –le anuncia.
-¡No sabía que a estas horas de la mañana se te ocurrían tan buenas ideas...! ¡Igualmente, sé que te las vas a cobrar... nada de esto me va a salir barato! ¡Lo que pidas te lo merecés! –y cree que consigue animarla un poco.

Pero le cuesta dejar de pensar en el otro... Los escándalos. Las burlas. Las maldades mutuas. Las sonrisas. El perro de él que adoraba masticar sus libros.
Se cuelga en su periferia. Los sueños ínfimos. Cuando se perdían a mitad de camino de la madrugada. En tal caso, por más que repita la ceremonia de rastrearlo en donde antes lo encontraba, es inútil, nunca aparece. Lo más triste, lo peor, es que todo esto lo especula perdida entre los brazos de otro... “La verdad es que soy una jodida”.
La complicidad. La radio. Los mates, siempre amargos. Las emociones... ¡Tantas injusticias! ¡Qué el recuerdo resguarde la verdadera historia! Quiere creer que él también fue feliz...
Los cuestionamientos, las angustias, las pérdidas. Las películas y las discusiones. Todas las cervezas. Las respuestas. Los amigos de antes. Los parques y el fracaso. Las imágenes se le transfiguran, se nublan... Su esperanza se va deshaciendo...
Como habitualmente le pasa, se le hace tarde. Se viste rápida. “¡Creo que me estoy cansando de pensar todo el tiempo en vos... tan hijo de puta!”. Saluda a su nuevo hombre, lo llena de besos y se va volando al trabajo, hecha una loca como siempre.

“Sentía que la angustia y la
esperanza corrían par a par”.
“clea”

-¡Estoy podrida de respirar! –le asegura ni bien se desploma en el sillón.
Fernando nunca va terminar por acostumbrarse a verla así, absolutamente triste, hasta deprimida. No importa el motivo, su personalidad es desalentadora... También de eso se enamoró. Demasiado ciclotímica, ríe y festeja; al rato, el mundo se cae sobre ella.
Frente a la desilusión dibujada en su cara, reflejada en aquella voz; él no encuentra una receta para rescatarla. Lo único que puede hacer es no seguirle la corriente, dejarla divagar sin darle manija para que no dramatice más de lo debido.
-Me equivoqué en todo... –dice tenaz, como una arenga para el fracaso.
-¿En estar conmigo, también? –le pregunta, sobrando la situación.
-A veces pienso que sí... –duda, desbordada, con gestos fatalistas.
-¡Dejame de joder...!
Desencanto, angustia... Podrían provenir de las decisiones en la política nacional, internacional, por la capa de ozono, el recalentamiento del planeta, hasta de la lluvia que hoy no para de caer...
Para que se alegre un poco, algunos días le miente; contrarrestando su pena acumulada, la besa para que se ponga feliz.
-Las malas noticias nunca faltan... –anuncia apocalíptica, respaldando sus delirios-. ¡Pará, no es para reírse!
-¡Es que me causás gracia, mi amor! ¡Vos sí que sos peor que tu hermano Gabino...! –burlándose de ella, de su terrible seriedad, de sus ojos escarchados-. ¡Nada más erróneo que tu nombre!
-¡No me hables así, que mi nombre es hermoso!
-Yo no dije eso, solamente, que no tiene nada que ver con vos... Es como si a Pamela, la negra, le hubiesen puesto Blanca, ¿o no? –y consigue rescatar de su cara una mueca.
-Tengo ganas de dormir demasiadas horas seguidas... –dice, olvidándose hasta de cómo se llama.
-¡Hacelo, así yo te miro! –le indicó lleno de dulces engaños.
Mientras tanto, busca una peli melodramática, cambiando frenéticamente de canales...
-Quiero llorar un rato largo... –asegura.
-...Primero, que vas a dormir, después ver una película, ¿en qué quedamos? –desorientado, la toca con sueños en la punta de los dedos, con manos sanadoras...
-A ver si nos ponemos de acuerdo... yo puedo tener en mente comprarme unas botas preciosas que vi y a la vez estar analizando la posibilidad de renunciar a mi trabajo. Puedo pensar en pintar el departamento y especular con la idea de suicidarme... Esos pensamientos son como fuerzas contradictorias pero simultáneas... luchan por prevalecer. Hasta ahora vienen ganando la pintura y las botas. Pero no sé si va a llegar el día en que sólo piense en suicidarme.
Enculada, padeciendo todas las tristezas del universo, reprochando la alegría ajena; ella no forma parte del grupo de gente que sabe vivir... Sin ganas de seguir enfrentando a dioses irritados con los más débiles. Es que en esta época, sin ir más lejos, el prestamista de la vuelta está en quiebra. Los optimistas pierden lo último que les queda. El aire no alcanza para todos... Los soñadores padecen insomnio y los asesinos ya no planean el crimen perfecto.
Igualmente, Fernando se las rebusca para que no estropee demasiado su existencia en medio de esta repugnancia. Cada sonrisa que le niega, lo desaira cada vez más.
-¿Me dijiste algo? –interroga, buscando roña, necesitando tener motivos para chillar a los gritos.
-No, ni media palabra –y relojea el rostro de trastornada del amor de su vida-. ¿Sabés una cosa? No me queda otra más que adorarte... –le confirma ingenioso.
-Me voy a ir de vacaciones... –revela, bastante sombría.
-¡Acabás de decir que querés morirte y ahora que te vas a largar de viaje...!
-¡Me voy a ir a pasear por Bagdad!
-¡Ah, que oportuna! ¡Es un lugar ideal! Andá, dale, yo te regalo el pasaje... ¡Es una lástima que no te pueda acompañar, mi vida! Vas a tener que ir solita lo único, sabés... No creo que en el trabajo me den licencia.
-Yo no te pedí que vengas conmigo.
-¡Ay, que mala sos! –burlón, sobrepasado de oír quejas-. Mejor, ¿por qué no te emborrachás y te dejás de esas estupideces?
-Eso funciona por esta noche, nada más...
-No te creas, mañana, vas a estar tan ocupada tratando de sacarte el dolor de cabeza que no vas a tener tiempo de pensar pavadas...
-¿Y cuando se me pase la jaqueca...?
-¡...Me estás subestimando...! Después, yo me ocupo, mi Esperancita...
-Ah, así me llamaban mis papás cuando era chiquita, ¡qué lindo que me digas así! ¿Puedo darte un beso?
-Conmigo podés lo que quieras, ¿no te diste cuenta, todavía?


“¿Acaso no es la vida misma un cuento
de hadas cuyo sentido se nos pierde
a medida que crecemos?”.
“clea”

“Yo soy un nene feliz... Pero mis padres...”. Escribe Tomás en un cuaderno.
-¡Hijo, bajá a comer que es tarde! –grita, frenética su madre.
-Ya voy, má... ¡no te pongas nerviosa! –le contesta su niño de diez años.
-¡Vamos, vamos que llegamos tarde a la psicóloga!
Y se marchan, apuradísimos porque a entender de ella, estaban retrasados.
-Má, tenemos tiempo, el turno es en una hora... –le aclara Tomás.
-No, hijo... ¿qué decís? Son más de las dos –lo corrige extraviada.
-¿Estás segura mami, me parece que es la una?
Y siguen caminando a paso atropellado. La madre le aprieta muy fuerte la mano, Tomás detesta que haga eso, porque le duele... Además es perfectamente consciente de va a tener que esperar sentadito en la antesala del consultorio por más de cuarenta minutos... Y así es, su madre debe haber visto mal el reloj, porque la consulta tardará en comenzar...
-¿Trajiste el cuaderno que te di? –le pregunta la licenciada-. ¿Pudiste escribir algo?
-Sí, acá lo tengo... –el niño la observa fijamente mientras la profesional lee.
-¿Qué querés decir cuando ponés...? –él la interrumpe.
-Yo ya se lo expliqué: yo soy feliz... –Tomás le contesta presuroso...-. Mi único problema son mis padres. Mi mamá, por ejemplo, es muy nerviosa; siempre está a los gritos, no sabe disfrutar de las cosas. Me enloquece... Y mi papá, peor... Es un hombre triste, no sabe reír...
Por suerte su madre sólo se retrasa muy poco a la hora de retirarlo de la terapia. Vuelven a la casa. En el camino se detienen en un kiosco donde cargan sus bolsillos de golosinas... ¡Sí, definitivamente, Tomás es feliz!
-¿Me vas a acompañar a hacer los mandados? –habla extraordinariamente calma...
-Sí, mami... Mirá que hoy es jueves y papá va a llegar tarde... –asocia Tomás.
-Ya sé, pero vienen a comer el tío Oscar con la tía Marta.
-¿Qué vas a preparar de comer?
-No sé, algo rico, ¿vos qué querés? –sigue serena...
Algo malo, quizás raro tiene que haber ocurrido, piensa Tomás: “¿qué le pasará a mi mamá?”.
-Me gustaría comer pollo con papas... –le contesta
-Muy bien, eso voy a preparar...
Siguiendo con el comportamiento no habitual, a su madre no se le quema la cena... Siempre tan exaltada y apurada, suele olvidarse de que puso una fuente en el hormo. A veces, también omite agregar algún ingrediente fundamental... Ese día, nada de eso sucede...
-¡Qué raro que todavía no haya llegado Víctor! –le dice su amiga...
-¡Olvidate...! Hoy es el día que se dedica a él... Va al gimnasio, se encuentra con amigos... –le explica.
Es en ese momento que llega Víctor, serio, amargado... Triste, a pesar de que sea jueves...
-¡Hola, qué bueno verlos...! –y saluda al matrimonio amigo-. No sabía que estaban acá...¿Se quedan a comer, no?
-Sí –le responde su mujer-. La cena casi está lista, vayan que cuando esté los llamamos.
Y continúan ella, su hijo y Marta preparando la mesa, ultimando los detalles...
-Oscar, vení un minuto... –lo aparta del comedor.
-¿Estabas con la mina? –lo interroga su compinche...
-Sí, vengo de allá...
-¿Y por qué tenés esa cara de tragedia, peor que la de todos los días?
-Me dijo que se va a casar... –le confiesa-. Tengo miedo de que no me quiera ver más...
-Pero, ¿ella qué te dijo?
-No, dice que quiere seguir con lo nuestro... Pero yo no sé cuánto va a durar...
-No te adelantes, Víctor... Si a la pendeja le gusta estar con vos, olvidate, van a seguir...
La comida está riquísima, digna de un festín... Si acaso tuvieran motivos por los que celebrar... El café también es rico: fuerte y sabroso junto al cigarrillo que lo amarga...
-Tomy, ¿a que no sabés una cosa? –le pregunta Víctor
-¿Qué, pá?
-Estuve pensando en que estaría bueno que vayamos juntos a... ¡te voy a llevar a la cancha, hijo! –exclama entusiasmado.
-Pá, mirá que a mí no me gusta el fútbol...
-Pero cuando estés en la cancha te va a gustar... –intenta convencerlo Oscar.
-Vas a ver hijo que te vas a volver loco... Un nene que no va a la cancha con su papá, no tiene infancia... –asegura, convencidísimo Víctor.
-Tomás, contale al tío Oscar una cosa... ¿Qué querés ser cuando seas grande? –le pregunta Oscar con el tono con el que se le habla a un cachorrito pulgoso.
-Yo no quiero crecer, quiero seguir siendo feliz, tío...


“El tiempo necesario para volver a pensar en nosotros...”
“justine”

Será que la noche anterior se habían dicho todos los insultos que cada uno conocía, que hacen el trayecto hacia la casa de los padres de él en total silencio. La cena ya estaba programada y no quisieron faltar, a pesar de todo.
-Angélica, qué le pasa a éste que tiene que esa cara de culo... –le pregunta su suegro.
-No sé, supongo que está así porque perdió River.
-Pero, ustedes, ¿está todo bien? –insiste, no le cree la excusa.
-No, la verdad que no. Hace unos cuantos días que estamos peleados... Ya ni me acuerdo cuál fue el motivo, igualmente reconocí que estuve mal y ya le pedí disculpas un montón de veces, pero Hernán no quiere saber nada. Yo le acepté que le dije cosas espantosas, que ni siquiera pensaba, pero él tampoco se quedó atrás... De todas formas, no me parece bien que hable así de su hijo con usted.
Angélica y Hernán hacía cuatro años que convivían cuando que el 12 de diciembre pasado se casaron por Civil. Son una pareja como todas, normal, con sus idas y vueltas. Desarreglos y desacuerdos; pasiones y frustraciones.
-¿Se puede saber qué mierda le dijiste a mi papá...? –la increpa cuando llegan a su casa.
-Nada, me preguntó cómo andaban las cosas y le contesté que mal, ¿le mentí?
Y siguen con la indiferencia que queda después del insulto. Comparten la cama sin tocarse, sin darse cuenta de que el otro está al lado. La discusión se había tornado en una guerra de orgullos, donde ninguno, aparentemente, está dispuesto a aceptar los errores propios ni perdonar los ajenos. Incapaces de transigir...
La rispidez del desayuno les cae mal... La discusión que ella había iniciado hacía siglos derivó en maltrato, mejor dicho destrato de él, en reproches, en mentiras.
-Oíme una cosa, Hernán, yo ya te pedí disculpas mil veces, me parece que estás exagerando demasiado. Además me cansé de que hagas como que no existo. No te confundas, nene, porque yo estoy acá exclusivamente por vos... Dejé mi ciudad, mi familia, a los amigos, mis lugares, para quedarme con vos. Ahora, si querés, decime que me vaya y...
-Andate –la interrumpe.
Guarda un par de cosas en un bolso pequeño y se apura porque está llegando tarde al trabajo, la oficina de cuentas de una pequeña empresa en ascenso.
Los días que van viniendo, sin matices, chatos, son devorados por la rutina. Lo de siempre, las calculadoras, computadoras y las clases de contabilidad en una escuela secundaria; para ella. Hernán continúa con su rentable trabajo de secretario en uno de los tantos juzgados de la ciudad.
-Ezequiel, qué sorpresa. ¿Qué hacés por acá? –dice mientras guarda papeles y otras cosas en su cartera.
-Vine a visitarte, cuñadita. ¿Cómo anda todo?
-Y... normal, como siempre...
-¿Dónde te estás quedando?
-En lo de Romina, mi amiga de la facultad.
-Estuve hablando con Hernán sabés, lo cagué a pedos, le dije que se dejara de joder, que te llame y listo.
-No te preocupes, Ezequiel, dejá todo como está y tratá de no meterte. Va a ser peor... se van a terminar peleando entre ustedes...
-Bueno, cuñada...
-Mirá que al paso que vamos, pronto vas a tener que llamar así a otra...
La relación que Angélica tiene con su familia política es bárbara, se amoldó con facilidad, lo que hizo su adaptación a esta ciudad distante mucho más sencilla.

-...Escuchame, imbécil, sabías que Angélica se va...
-Qué decís, Ezequiel, no me importa... –le miente a su hermano menor.
-Se larga, vengo de su oficina y vi que tenía en el escritorio un pasaje a Bariloche... Me imagino que no vas a dejar que se vaya, ¿no?.
-No te metás, querés...

Y le corta el teléfono. La tarde la pasa entre expedientes y dudas; abogados y fantasmas. La noche se insinúa, y su mujer termina de dar la última clase del día.
-¡Angélica!
-Hola, ¿qué hacés acá? –se saludan como lo hacen los amigos.
-Vine a buscarte, necesito hablar con vos... ¿Por qué no subís y damos una vuelta?
-¿Qué querés Hernán?
-Saber cómo estás. Te extraño mucho... En realidad no sé vivir sin vos...
-Her... –pero la hace callar.
-Por favor, te pido que me dejes hablar, escuchame –y ella acepta-. Yo tengo que pedirte perdón, estoy muy arrepentido... De todo, de aquella estúpida discusión, por seguirte la corriente, por no haber aceptado tus disculpas a tiempo... Fui tan orgulloso. Te traté mal, al ignorarte, al gritarte... Me siento para el culo... Debería haber escuchado a mi viejo, a mi hermano... Perdoname, nunca te tendría que haber dicho que te fueras. Te necesito. Pensalo, por favor, no sea cosa que hagas algo de lo que te arrepientas...
-Hernán, todo esto se nos fue de las manos, empezamos peleando por una pavada y terminamos... así, separados.
Dentro del auto estacionado, mucho más nuevo del que tenían cuando eran novios, siguen hablando de lo que es habitual en estos casos. Luego llega el momento que cualquiera de nosotros consideraría de reconciliación: cargado de besos, frases dulces y caricias.
-Dale, vamos a casa...
-¡Ay, mi hogar, cómo lo extraño...!
-Y él a vos... ¡No sabés, las paredes lloraban humedad!
Las ventanas y ceniceros le dan la bienvenida. El sillón los cobija, como de costumbre.
-¿Querés cenar algo?
-No, prefiero tomar unos mates, ¿o vos querés comer, Hernán...?
-...Yo los preparo.
Los mates no son con azúcar pero tampoco tienen gusto amargo. La frazada que cubre el sillón los defiende del frío...
-A ver, mostrame tu cartera... ¡Qué linda que es...! Te la compro.
-¿Qué?
-Que la quiero, me gusta mucho... Ponele un precio que yo te la compro... ¿cuánto querés?
-¿Qué sé yo, Hernán...? ¿Te volviste loco? ¿Ahora vas a salir a la calle con cosas de mujer?
-No, tonta... Te la compro y con todo lo que tiene adentro... Bueno, mirá te ofrezco 300 pesos.
-¡Qué decís, esa cartera la pagué 40...!
-Pero yo la quiero con lo que le hayas puesto... Dale, tomá la plata... Siempre quise ver que llevás adentro, me siento realizado, sabés. Empecemos... Bueno, este celular es más moderno que el mío... pero igual, no lo necesito. ¡Tomá, te lo regalo!
-Ah, qué bueno... Está bien, gracias –dice riendo, confundida.
-¿En este anotador escribís cosas importantes?
-Y... sí...
-Entonces, te lo devuelvo... La calculadora te sirve más a vos que a mí, tómala... ¡Dale, agarrala!
-¡Qué generoso! ¡Qué regalo genial!
-¡Qué bonita billetera!... Miserable, ¿vos siempre salís a la calle con 25 pesos, nada más?
-¿Y vos, siempre tenés a mano 300 para gastarlos en una cartera?
-...Sigamos con la inspección. No creo que el lápiz de labios me quede bien... Un espejo, ¡Ah, qué lindo que soy...! Todo eso tampoco lo quiero... Ah, pero esto sí, esta lapicera me viene bárbaro...
-¿Vos te volviste loco, no?
-Muy bien, esto es lo que buscaba... –y rompe aquel pasaje de colectivo-. Ok, ahora no lo vas a necesitar... ¿Te quedás conmigo, no...? Ah, me olvidaba, te compré de regalo una cartera hermosa... No te rías, bésame y decime que no me vas a dejar nunca... –Y le hace caso.
Proximamente continua en otra publicación

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