viernes, 24 de julio de 2009

mitigando ausencias

... A los que siempre están...
... A los que hacen la vida más sencilla...
... A los que irán viniendo...
... A los que se fueron...
... A los que no se dejan abrazar...
... A los que no van a volver...
... A casi todos...
... A los de siempre...





separando aires

“No es una pregunta, Ignacio, es una afirmación. Yo sé que ustedes se cuentan todo, por eso no sería tan turra de ponerte en la situación de tener que responderme la verdad... No te lo estoy preguntando, yo sé que Rocco tiene otra. Lo conozco, duermo todas las noches con él... Lo que más me revienta es que no haya sido capaz de decírmelo, como si entre nosotros no hubiera la suficiente confianza”, largó, como si fuera su terapeuta y no el mejor amigo de su esposo. La seudo sesión la interrumpió Leila que salió de la cocina, como de la nada, con la bandeja del mate y unos biscochitos. Del tema no volvieron a hablar en lo que quedó de la tarde. Después, Octavia se despidió y se fue para su casa, planeando sus próximos pasos, las estrategias de combate; aunque para sí y en silencio, se preguntaba si realmente valía la pena luchar por un tipo que no se había animado a reconocerle, a pesar de habérselo preguntado, que la dejó de querer.
Se sentó a fumar a la espera de que el horno se calentara, mientras trataba de despejar los recuerdos, siempre fueron demasiados como para conseguir analizar la actualidad claramente. La noche de hacía más de cinco años, “¿pero cuántos en verdad?”. Trató de afinar la sintonía de los almanaques pasados; fue inútil, nunca había sido buena para registrar datos que podían anotarse en una agenda o almacenarse en una computadora; todo lo demás, lo importante, así fuese bueno o malo, no podía olvidarlo.
Exactamente aquella noche, transcurría de principio a fin frente a sus ojos como la imagen retenida de una película que acababa de ver. La noche en que el novio de su amiga Leila festejaba que se había recibido de ingeniero. El departamentito en donde había tomado mate hasta recién; el mismo, con el mismo color en las paredes, con los mismos muebles, puestos en los mismos lugares que en esa noche... Reconoció tan sólo algunos escasos signos que dejó el transcurso del tiempo; como con todos ellos, como ella que en esa noche conoció a Rocco que celebraba por idéntico motivo que su amigo.
-¡Rocco!, ¿y tus hermanos? –le dijo después de las presentaciones del caso, y casi aún resonaban aquellas voces frescas.
-¿Qué hermanos? ¡Yo no tengo hermanos, soy hijo único! –le respondió borracho.
-Nada, nada, dejalo así...
“Parece que aprobaste al compañerito de Ignacio”, le había comentado al rato Leila. “Es medio tarado pero está 10 puntos... Más todavía, está a punto caramelo”, le aseguró.
La asaltaron las imágenes, borrosas en lo superfluo pero precisas en la historia. La familia, las calles, la facultad, cuando a las once, él la pasaba a buscar aunque ella se negara; “no me importa, es muy tarde como para que andes suelta por ahí... A ver, todavía, si conocés a otro y me dejás... Me muero si hacés eso...”, se justificaba Rocco, y enseguida se dejaba convencer de tenerlo como guardaespaldas a la salida de las cursadas, a las once.
Las escapadas en los fines de semana largos a Mar del Plata o a San Clemente; el lugar era realmente lo de menos. Entonces, cuando el trabajo de él se los permitía, se decidían y metían en un bolso un par de jeans, remeras y pulóveres, si era invierno, Rocco le pedía prestado el auto a su viejo y se largaban para renovar sus pasiones y ternuras y “cambiarle aire a los pulmones”, como decía ella, del mismo modo que hacían con el coche cuando antes de entrar a la ruta, en la estación de servicio del camino, le cambiaban el aceite. Los juegos, las risas, el vino compartido... Los goles de Boca gritados a coro... ¡Todo eso no podía olvidarlo!
Las discusiones, también las recordaba, pero entrecortadas por las pausas para poner la comida en el horno, prepararse unos mates y encender con un fósforo un nuevo cigarrillo –su encendedor se lo había olvidado en lo de los chicos. Asimismo, las peleas se constituían por escenas interrumpidas, era que su mente, que sólo conservaba lo que valía la pena, retenía los cuadros de las confrontaciones, diapositivas de películas mudas, desaparecían los motivos estúpidos, anulaba de su memoria los insultos y las ofensas; ésa era la primera escena, o el acto de una pieza teatral que interpretaban libres, descargando su ira e impotencia en el otro con la tranquilidad de saber que en la siguiente página aparecería la segunda escena o acto. La reconciliación. Verdaderamente ambos sufrían demasiado discutiendo aunque podían pasarse días enteros sin dirigirse una mirada, sin dedicarle al otro un sonido que saliera de su boca. Los dos, haciéndose los distraídos eran conscientes de que en su disputa se decían barbaridades que no les convenía recordar al día siguiente, que habían hecho estupideces que ninguno aceptaba como propia. De tanto proyectar conductas de cada uno en el otro terminaban por no saber con certeza quién había iniciado la batalla, a quién le correspondía dar el primer paso hacia atrás, cuál de los dos tenía derecho a estar más ofendido; eran lo suficientemente orgullosos como para ignorar que debían pasar a la hoja siguiente del libreto y comenzar a buscar el perdón. Una vez hecho, tardaban segundos en disculparse, ni siquiera hacía falta que el otro terminase el discursito de “fui un tarado/da, ¿me perdonás?”. Ya estaba “perdonado/da” y a otra cosa.

Rocco entró y la vio en la cocina, estaba dispuesto a eternizar el tiempo simulando hasta que llegase ese certero momento en que ya le fuera imposible demorar la verdad. Dulce y suave, casi desconocida para él, le ofreció un mate, echó una ojeada a la mesa del comedor y vio el mantel, platos, dos copas y un vino tinto. Tomo el mate y se lo entregó seco diciéndole que se iba a pegar una ducha.
-Bueno, pero apurate que casi está la cena –le indicó, olvidando los agravios que la noche anterior se habían disparado a los gritos.
-No voy a cenar Octavia, no tengo hambre.
Con cara de “lo asesino pero mejor me contengo”, volvió a derrumbarse en la silla, apagó el horno hirviendo y siguió fumando para serenarse. Lo escuchó salir del baño, después lo vio lindo, con el pelo mojado y las manos arrugaditas de tanto estar bajo el agua.
-¿De verdad que no vas a comer? –le preguntó al oído mientras lo peinaba con sus dedos-. Preparé las empanadas como a vos te gustan.
-En serio, no tengo hambre.
-Dale, no seas así de malo, abrí el vino que sirvo.
-¡No voy a cenar!
-Estuve toda la tarde cagándome de calor con el fuego prendido cocinado para vos, para que ahora vengas con que no querés comer... –cuando notó que de nuevo se estaba exaltando, retrocedió-. Aunque sea probá una, por favor...
Tenía hambre, ni su remordimiento ni su orgullo llegaban hasta tan lejos. Después de haberse pasado todo el día revisando cálculos de diseño, corrigiendo porcentajes y otros detalles primordiales para su oficio, estaba famélico. También sabía que probar una, traería consigo una segunda y una tercera por lo menos, si era que otra vez las empanadas le habían salido deliciosas como de costumbre; las empanadas de carne como a él le gustaban eran la única especialidad de Octavia en el arte culinario. Asimismo, aquel “por favor” medio dolido, casi ya resignado que creyó oír de esa boca lo ablandó pero al mismo tiempo desperezó la culpa y lo hizo sentirse el hijo de puta más hijo de puta de la tierra. Hijo de puta y engreído, así que fue todavía más lejos.
-Voy al kiosco a comprar puchos, ¿vos necesitás algo?
-No –le respondió ella que se había sumergido en el comedor y en ese instante luchaba con el destapador para conseguir descorchar el vino.
Compró cigarrillos y un sándwich de milanesa gigante que ayer le hubiera parecido que era del día anterior. Lo comió como el manjar que tragaan los condenados a muerte horas previas a las inyecciones, en cierto pabellón de alguna cárcel de Estados Unidos. Volvió a la casa, Octavia continuaba intacta en su bronca condimentada por la segunda copa y la tercera empanada. “Te traje cigarrillos a vos también”, anunció y se quedó callado como esperando escuchar un agradecimiento que no recibió.
Se sentó en el sillón. Sobre sus piernas apoyó su computadora portátil para apurar el tiempo y que el sonido tímido de las teclas disimulara el hondo vacío del silencio. Octavia comía y notaba que ciertos ojos la controlaban entre bocado y sorbo. Levantó los platos, los apiló en la mesada de la cocina y todo fue rápido para poder sentarse junto a Rocco en el sillón. Empezó acariciándole el pelo, casi rascándole la cabeza suavemente con sus uñas cortas. Le besó la oreja, lo mordió lentamente y sin fuerza, aunque hubiera deseado odiarlo lo suficiente como para emular a Tyson. Escuchó que él le decía que lo dejara, que si no veía que estaba trabajando, que lo dejara tranquilo...
No le arrancó la oreja pero el desprecio la impulsó a desenchufarle la computadora y a ocupar el sitio que la máquina dejaba vacío sobre las piernas de Rocco. Lo beso, le aseguró que lo amaba, le dijo que hicieran el amor. Él hubiese querido tener el valor para pegarle aunque la besó, pero después la apartó de su cuerpo.
-¿Querés coger? ¡Contestame! ¿Querés coger? –preguntó violento, desconocido aun para ella que conocía todas sus facetas, las buenas y las que más le gustaban.
-¡Sí!
-Bueno, sacate la ropa, acostate acá y abrí bien las piernas.
Era lo último que Octavia quería oír, el peor agravio, el desprecio más desagradable, querer cogerla como si ella fuera una muñeca de plástico. Así terminó con sus intentos para recomponer la historia. No sólo que no se sacó la ropa sino que le encajó una cachetada de telenovela, de ésas que veía de pequeña en la casa de su mamá. Después, serena, al ver que Rocco no podía dejar de frotarse con la mano la mejilla víctima del rencor, se decidió a hablar como adultos que eran.
-Vos tenés otra... –esta vez, igual que a la tarde cuando pronunció la misma frase, tampoco fue una pregunta-. ¿Por qué no me decís la verdad de una vez? –Esperando la respuesta se quedó callada, tres segundos después embistió de nuevo-. Decímelo: Octavia tengo otra, me enamoré de otra, te dejé de querer y soy tan cagón que no fui capaz de reconocerlo en el momento adecuado –le enseñaba las palabras.
-Sí, tengo otra, me enamoré de otra... –aceptó-. Y si no te lo dije antes fue porque no quería herirte...
-Gracias... por tenerme en cuenta.
-Basta Octavia... ¿No ves que absorbés hasta el aire que me toca a mí...?
-Basta una mierda, ¿hace cuánto? ¡Contestame hijo de puta, tengo derecho a saberlo! ¿No te parece?
-Tres meses.
“¡Lo sabía!”, hubiera gritado para certificarse a ella misma que conocía a ese tipo como ninguna otra persona. “¿Pensaste que no me había dado cuenta? ¿Cuánto tiempo más ibas a mantener este jueguito...?”, no hubo respuestas, salvo un: “me voy a lo de Ignacio”.
Mientras guardaba un poco de ropa para llevarse, ella lo vigilaba, no para asegurarse de que no se llevara nada que no le correspondiese, lo hacía para confirmar que todo eso era real, que sucedía verdaderamente. “Espera, acabás de decirme que ya no me querés más, pero sabés qué, ahora yo te voy a decir una cosa a vos... Cuando te canses de esa minita, cuando te des cuenta de que no sos feliz con ella porque no te quiere como yo, vas a descubrir que me seguís amando a mí. Entonces, me vas a buscar porque vas a extrañar todo lo que yo te daba y ay, ¿qué pasó con Octavia? ...Le va a estar dando todo lo que vas a estar necesitando a otro hombre... Cuando eso pase, tratá de que no sea demasiado tarde, sabés”. Terminó de hablar, Rocco se fue sin decir otra cosa más que: “si necesitás algo llamame”.

Claro que lo hubiera llamado, por supuesto que necesitaba de él, de sus hábitos, de su humor, de sus rayes; lo hubiera llamado si no fuese que lo detestaba. El resto siguió parecido, que si bien no era igual, ayudaba para que uno no se sintiera en un planeta tan extraño de la noche a la mañana. Ni siquiera se atrevió a guardar en algún cajón aquel portarretrato con la foto de Rocco vestido de azul y amarillo abrazado a una copa gigante. Por lo pronto ya tenía demasiado con encontrarse despierta en su cama grande siempre en su extremo, como si él hubiese dormido con ella y de madrugada se hubiera escapado sin que lo notara. Pero había dormido sola durante los últimos cuatro meses. Lo peor de la soledad, lo que le daba carácter de despreciable no era el hecho de estar solo en sí, sino que al estar solo se sabía que la persona que se amaba, lógicamente, no estaba con uno y que además casi seguro era que estaba con alguien que no éramos nosotros. Esa mierda de certeza era la única que tenía Octavia.
Para esos casos, el trabajo solía ayudar. Trabajaba siempre de más para quemar las horas, para volver tan cansada a su casa y no darse cuenta de los vacíos, para no tener ganas de cocinar y notar que había preparado una ración de más. Empezó a vivir en una jungla de aspirinas, hurgando entre las penosas ausencias. Del Estudio se largaba para el Tribunal de Familia, de allá para charlar con alguien que, haciéndole una gauchada, iba a acelerar ciertos expedientes atorados. Se esmeraba tanto que hacía hasta el trabajo de la secretaria del Estudio, preparaba café, mate –si eran poquitos-, pasaba a la compu formularios; laburaba por todos.
Esa mañana decidió también trabajar por un colega suyo que, imprevistamente tuvo que ir a Córdoba a arreglar los papeles de una sucesión de unos clientes de siempre. Y se dispuso a tramitar una causa en ese juzgado que había transitado millones de veces, sin prestarle atención a las escaleras infinitas, que subió y bajó, cuanto tuvo que hacerlo. El secretario del segundo piso que siempre le estudiaba su dedo anular con la alianza, le sonrió cuando no la vio brillar sobre su piel blanca.
Asidua concurrente, como si fuera una habitué de un bar pero de Tribunales, se sintió cómoda y halagada cuando el empleado, astuto en demorar los papeles, le dio charla. Hasta entonces nunca habían dialogado más de lo que sus obligaciones requerían, pero esa mañana, ya casi mediodía, hablaron hasta por los codos sentados en el restaurante de la vuelta. Patricio se llamaba. Según lo que le dijo, por lo de las ojeadas a su dedo, le había gustado de un primer momento y que ahora, sin la evidente señal de la unión a otro hombre, se animó a contárselo. Octavia oía feliz de la vida que alguien notara que estaba vida, y “linda”, como se lo aseguró a pesar de su cara de tragedia cotidiana. Ella se lo había pronosticado a Rocco, un día la iba a encontrar del brazo de otro tipo. También le aclaró a este “otro tipo” que seguía enamorada de su marido, aunque no se lo mereciera.
Si bien ella le había dicho a Rocco lo que iba a pasar, se sorprendió demasiado cuando unas noches atrás coincidieron él con su nueva novia, Leila e Ignacio, y en una mesa de más allá, ella con su más reciente adquisición. Resultaba que, para matizar el dolor y la tristeza continua, la receta que mejor resultado le daba hasta ese momento, era consumir, gastar plata, comprarse chucherías, ropa o cualquier cosa que le alcanzara. Patricio no le pertenecía pero podía hacer con él lo que se le antojara.
Culposa, Leila se le acercó por un momento para justificar su presencia.
-Si no salgo con ellos, el hijo de puta de Ignacio, seguro que empieza a meterme los cuernos –le explicó.
-Está todo bien, mientras que no me digas que te hiciste amiguita de ésa, te lo banco –comentó Octavia que se sinceró porque su acompañante había ido al baño.
A su vez, se quedo muda y prácticamente sin aliento cuando vio que Rocco se arrimaba hacia ellas.
-No me llamaste... –le habló.
-Es que no necesité nada de vos –le escupió y, al oír eso, orgulloso y omnipotente, volvió sobre sus pasos.
-Este pajero debe haber pensado que lo iba a perseguir por toda la ciudad para suplicarle que volviera conmigo –sentenció.
-El tipo este... –refiriéndose a Patricio-, no lo vi bien, pero me suena de algún lado...
-Del segundo piso del Tribunal de Familia –le informó a Leila que también era abogada.
Lo saludó amigablemente cuando retornó de la travesía de los inodoros y lavatorios ultra limpios; el baño olía a jazmín. Cenaron en paz cada uno en su continente, uno pensando que a ella se le había pasado demasiado rápido la angustia, y la otra maldiciendo a la jovencita que besaba al que aún era su marido. Patricio hizo como que no entendía las miradas hacia el otro lado del salón; en verdad le gustaba estar con Octavia. Y así siguieron un par de meses más, sin turbulencias, sin exigirse ni esperar nada excesivo del otro.

-La dejó a la minita –le aseguró Leila antes de abrir el regalo de cumpleaños que ella le había llevado-. Como me oís, anoche llegó borracho y se puso a hablar con Ignacio, le dijo que todavía te ama, que está loco por vos y que se muere de celos al saber que te acostás con otro. ¡Ay, qué bonito! ¿Cómo sabías que quería un pulóver así?
-Porque soy tu amiga.
En el resto de la tardecita no volvieron a tocar el tema, una pensó que con los datos que le había suministrado era más que suficiente; y la otra se hizo la fuerte para no seguir preguntando. Cuando se fue dando cuenta de que se acercaba la hora en que Rocco salía de su trabajo, un instante antes de que él abriera la puerta con la llave que la pareja le había ofrecido para demostrar su hospitalidad; un segundo antes, Octavia le había anunciado a su amiga que se iba para “evitar cruzárselo”. Ya, tarde, después de haberlo saludado como a un conocido de la lejana escuela secundaria, un compañero de otra fila del que prácticamente no recordaba el nombre, decidió quedarse un ratito más.
Finalmente se fue cuando sintió, por segunda vez, que Rocco pretendía iniciar una conversación salteando el hecho del engaño y del abandono, intentaba actuar como si nada entre ellos hubiera perturbado su agradable vida. Sinuosa, gritada, limitada en los gastos, pero linda vida juntos. Ambos confirmaron, lejos del otro, que se necesitaban para ser felices. Rocco lo descubrió tarde, tal como ella le había dicho que iba a suceder.
Se fue para su casa, el departamento de la calle 10 que había cobrado razón de mantenerse en pie con ellos dos existiendo bajo ese techo, desde que Rocco se largó, empezó a derrumbarse un poco cada día. Repasaba sentencias cuando lo escuchó entrar. Lo que más le molestó fue que usara la llave que alguna vez creyó haberle pedido que dejara en la mesa de la cocina, la tarde en que volvió para llevarse más ropa.
-¿Se puede saber qué mierda hacés entrando como pancho por su casa? –lo increpó.
-Es mi casa.
-Era “tu” casa cuando vivíamos juntos, ahora estoy yo sola acá y vos no tenés derecho a entrar así... ¿Mirá si estaba con un tipo? –dijo para hacerlo rabiar.
-Te cago a palos.
-Intentalo... –volvió a ponerse seria-. Haceme el favor de dejarme las llaves y rajá de acá.
-¡Hay dios, otra vez esa musiquita... no paran de ensayar nunca! –se quejó y desvió el tema.
-Qué tiene, la chica canta bien...
Sin embargo y a pesar de las exigencias, no sólo que no se marchó sino que se sentó a su lado.
-Te amo, eso nunca cambió. Estuve confundido, reconozco que me porté como un chiquilín idiota. Por favor, dame otra oportunidad.
Octavia quería hacer como que no lo oía, pero él le decía lo que deseaba escuchar. Molesta por la situación, la llave, los celos sin autoridad, la exigencia del perdón, empezó a insultarlo hasta que se le acabaron las puteadas que conocía en castellano.
-Rocco, no me hagas esto –le habló segura y más calmada-: sabés que te amo, pero no podés venir y decirme que como dejaste a esa chica yo te tengo que felicitar y aceptar que vuelvas como si nada... No podés entrar así, ni hacerte el celoso, ni podés jugar con mi vida de esta manera... No podés ahora hacerte el galán –explicó y se alejó de las manos que habían empezado a acariciarla, a conmoverla-. Sos un hijo de puta, yo ya sabía que esto iba a pasar y te lo dije y me dejaste igual, jurándome que ya no me querías...
-Me equivoqué, soy un estúpido.
-Ahora jodete.
-¿Es por ese tipo?
-Él no tiene nada que ver en esto, yo no me puedo bancar que hagas conmigo lo que se te ocurra. ¿Si querés engañarme, yo tengo que aceptarlo y callarme la boca; si me dejás, yo tengo que quedarme llorando para siempre, y cuando querés volver, yo tengo que dejarte que vengas, que me toques, que duermas conmigo? ¡No, querido! Así que rajá de acá –y abrió la puerta del departamento y le indicó con la mano cuál era el camino hacia el ascensor.
Pero Rocco no se fue, se le puso enfrente, la miro a los ojos. En un segundo la había acorralado en la entrada mientras que su mano la hacía temblar. Entonces, con sus labios pegados a su oreja le preguntó: “¿segura que querés que me vaya?”. Ella no le contestó más que con sus dientes enloquecidos. Abrazados, frenéticos y chocándose contra los muebles por no ser capaces de abrir sus ojos, llegaron a la cama que mejor les quedaba a los dos. Hicieron el amor, se juraron amor, se prometieron no cometer los mismos errores, y a la mañana, cuando la luz del sol la despertó –porque no había prendido el reloj-, furiosa con ella misma, por su debilidad, calentura o amor, lo echó de igual manera que sacaba la basura a escondidas de los vecinos después del horario permitido. La noche había terminado y con la oscuridad también la ternura. Rocco conoció a una Octavia despiadada, que no lo perdonaría fácilmente. De hecho, después de coger, él había creído que todo estaba resuelto, que al día siguiente mudaría de muevo su ropa y aquí no pasó nada.
Nada que ver, lo echó odiándolo más que antes, disfrutó al máximo todo lo que pudo, almacenó el aire en común para después tomar fuerzas y mandarlo a la mierda. Rocco no tenía derecho a hacer con ella lo que a él se le cantara. Pero siempre lo hizo y maravillada, había conseguido decirle que no a algo que viniera de aquella boca, así fuera una palabra o un beso.
Todos los inviernos del mundo se sufrieron aquellas semanas; viento descontrolado, lloviznas permanentes y penetrantes, lo único que faltó fue que nevara. No se llegó a tanto, ni aunque Octavia hubiera marginado de su realidad a Rocco y él anduviese penando por todas partes.
Esa noche que pasaron juntos significó para ella su derrota más íntima y la mañana siguiente fue su reivindicación, si iba a aceptar que Rocco volviese a la casa, iba a ser dejando en claro que sería ella la que pusiera fin a los juegos de especulaciones, de manejos, conveniencias e incondicionalidades. Si Rocco se disculpaba, ella iba a ver si lo perdonaba; si lo recibía nuevamente en el hogar sería si él demostraba haberse dado cuenta de que era a ella a quien amaba, lejos de cualquier otra mujer; sin excepciones.
Esto lo concluyó a lo largo de las semanas de aquel invierno durísimo. Sin embargo, no tuvo noticias de su marido, no hubo flores que llegaran de sorpresa al Estudio y menos hubo llamados en los que se escuchara su voz temblorosa por la culpa o por una incipiente congoja. Rocco había desaparecido de la órbita de Octavia sin dejar rastros o pistas que le permitieran conocer si él había vuelto a reincidir. Preguntarle a Leila... Fue una opción válida, su amiga le contó que, intempestivamente “se fue del departamento y no dijo a dónde ni con quién...”.
Después lo supo, él mismo se lo contó dolido. Por el fracaso de su fallida reconciliación viajó a Mar del Plata y, “no sabés el frío que hacía, por un momento pensé que lo sufría yo solo, pero cuando me decidí a abandonar el hotel y respirar el mismo oxígeno que el resto del mundo, vi que la gente estaba emponchada en pulóveres y camperas polares... Si por lo menos hubieras estado conmigo...”.
Como habían acordado, Octavia y Patricio, la mayoría de los viernes salían juntos. Él la pasaba a buscar por su casa, se iban a comer y después a tomar algo a cualquier barcito. El viernes pasado ejecutaron su ritual casi al pie de la letra. Se sentaron en una mesa pegada a un vidrio del mismo restaurante en que tiempo atrás se habían cruzado con Rocco y su noviecita. No recordaban lo que cenaron esa vez, así que no sabían si repitieron el menú. No, no era el mismo, hubiera jurado Rocco que los controlaba desde afuera, viéndolos desde enfrente a través de la ventana. Aquella noche, hasta había llegado a preguntarle al mozo qué habían pedido y, sin dudas, fue diferente a lo que ordenaron ese viernes.
Dolido, prácticamente encorvado, se fue cansado de vigilar movimientos que lo herían: una mano que acariciaba una mejilla, dedos que se enlazaban con otros, besos deprisa entre bocados y el resto de la extensa lista, lógica por otra parte, de conductas que tenía una feliz pareja. Sin embargo ellos no eran una pareja, eran la amalgama de dos comensales, de un hombre y una mujer que cada tanto dormían juntos, que disfrutaban sí, pero tampoco podía decirse que eran felices; a Patricio casi le alcanzaban las noches salteadas que compartían y Ovtavia no pasaba una noche sin extrañar a Rocco.
Rompiendo los esquemas, ese viernes decidieron reemplazar el bar por una copita de cualquier cosa en lo de ella. Caminaron pegados por 45 hasta 10 y doblaron hacia 46 para entrar en el edificio de mitad de cuadra. El frío realmente astillaba los huesos y para eso no había nada mejor que el calor del hogar; aunque fuera el hogar de otro. Bebieron, rieron, se esforzaron en dejar de lado el resto del mundo mientras se gozaban. Sorpresivamente, Rocco, que antes de abrir la puerta de calle con las llaves que nunca había devuelto, cambió su actitud apesadumbrosa por otra algo más combativa. Se metió en el cuarto, tomó el brazo desnudo de Octavia y la retó, como se reta a una hija, por coger en la cama que era de ellos con otro tipo.
-Eso no se hace, mi amor, ¿qué tengo que hacer ahora yo, cagarlo a palos a este pobre boludo? –amenazaba con su voz lo que sería incapaz de hacer.
Pero los otros no lo sabían, ella nunca lo había visto así de exaltado, y Patricio, en pelotas, era incapaz de moverse de la cama.
-Vos –señalándolo-, venía para acá que quiero hablarte.
Y ambos dejaron la habitación. Patricio se vistió a las apuradas olvidándose de ponerse el calzoncillo mientras que Octavia trataba de hacer todo rápido para evitar que se produjera en el comedor de su casa una tragedia.
-Mirá, con vos está todo bien aunque te cojas a mi mujer, pero te recuerdo que ésta es mi esposa y me ama y yo la amo a ella. Para terminar en paz, hagamos esto... –y buscó las palabras precisas-. Andate y olvidate de que existe, si te la volvés a encontrar ni le hables porque la próxima vez que te vea con ella, te mato. ¿Está clarito? ¡Rajá de acá!
No llegó colgarse la campera, que Rocco paradito como un granadero, calmado e inmutable, le marcaba la salida. Retornó a la escena Octavia, con el jean sin abrochar y una remera de manga larga puesta al revés.
-Tu novio ya se va, bajá a abrirle la puerta –se vanaglorió.
-¡Sos un desubicado! ¡Ésta sí que no te la dejo pasar...! –le respondió antes de tomar el ascensor para salir a la calle a enfrentar al viento y a la cara aterrorizada del pobre tipo.
-Patricio, perdoná... no sé qué decirte... –intentó justificar...
-Está todo bien, ahora, explicame una cosa, ¿tu marido está loco o está enamoradísimo de vos?
-Él está loco pero yo estoy enamoradísima de él.
Con los cachetes a punto de tomar un color azul violáceo regresó al departamento. Paneó el living buscando a Rocco, atravesó el pasillo hasta que lo encontró en la pieza cambiando las sábanas transpiradas de la cama.
-¡Te pasaste, Rocco! –le dijo agarrándolo del brazo y atrayéndolo para verle la cara de jodido-. No podés hacer algo así, ¿vos te volviste idiota o qué? Y ahora, ¿qué sigue? ¿Qué otra pelotudez vas a hacer?
-¡Te voy a encerrar acá...! ¡No te voy a dejar salir más a la calle si es necesario!
-¿Sí, vos y cuántos más?
-Yo... y mis hermanos...
-¡Estás loco hijo de puta... todavía tenés ganas de hacerme chistes...!
Él le confirmó que sí, que estaba enloqueciendo y que ella era una puta por revolcarse con cualquiera en la cama de ellos... Como única respuesta obtuvo una bofetada.
-La próxima vez que me pegues yo te la voy a devolver, estúpida... y acordate que yo tengo más fuerza...
Octavia estuvo a un segundo, a un reto más de largarse a llorar desconsoladamente.
-¿No te das cuenta de que hago todo esto porque te amo? –curioseó.
-Sí, se nota... –pronunció mientras lo veía meterse en el baño.
-¡Vamos, vení! –y la condujo a allá. El ruido del agua cayendo violenta de la canilla lo obligó a levantar el tono de voz-. ¡Metete ahí! –concluyó.
-¿Vos estás enfermo?, ¿dónde querés que me meta?
-En la ducha. No voy a coger con vos si tenés olor a otro hombre.
-¡Rajá de acá, loco de mierda! –pronunció pretendiendo ocultar la ansiedad en su voz.
-¿Querés que lo haga yo? –le preguntó ,y sin esperar respuesta, ante los ojos desorbitados por no entender del todo de ella, empezó a sacarle la ropa un poco dulce pero decidido-. ¡Ahora entrá! –y, ante la quietud, se desvistió el también.
Se sentía bastante atraído por la prometedora neblina del agua caliente y demasiado por el cuerpo inmóvil de Octavia. La alzó y los dos absorbieron el chorro que caía sobre ellos.
-¿Qué más tengo que hacer para demostrarte que te amo?






mitigando ausencias

Ni bien Lisandro abrió la puerta, Galilea se le colgó del cuello abrazándolo y gritando de felicidad. Se sentía nuevamente dichosa al verlo, como si sus ojos se abrieran por primera vez al mundo. Algo de eso había, todo, hasta ese chico con el que compartió la infancia, el departamento en un interesante barrio de París, las calles con nombres ajenos que atravesó hasta llegar a los brazos de Lisandro.
La sorpresa iluminó el rostro del invadido que se esforzaba por borrar de su imagen mental a la nenita que había dejado en La Plata cuando hacía cinco años se fue para estudiar al lado más civilizado del planeta.
-¿Mi papá no te llamó para avisarte...?
-Sí, lo que no me dijo fue cuándo ibas a llegar...
-Bueno, no importa ya estoy acá –y volvió a trepar por el cuerpo que la había apartado segundos antes, probablemente para poder respirar sin dificultad.
Su padre sí lo había llamado una semana atrás para informarle que con la madre de él habían decidido mandar a Galilea a completar el secundario a Francia, y para que no se sintiera tan sola, pensaron que lo mejor sería que viviera con su hermano. ¡Dichosas formas de sacarse los estorbos de encima!
Pero Lisandro no era su hermano, sólo lo unía a ella el contrato matrimonial que Sonia y Francisco habían sellado siete años atrás. Durante ese tiempo en Argentina, de hecho, crecieron y se criaron como iguales; pero no eran hermanos. Y ninguno lo lamentaba, Lisandro tenía la sensación de que si la pendeja, usurpadora de su territorio de adolescente libre, jodía demasiado, sin culpa la podía rajar a la mierda. Casi del mismo modo, si Galilea se alegraba sabiendo que no tenía ningún lazo sanguíneo con él se debía a que lo amaba desde que lo había conocido.
El juego de llaves que salió a hacer de emergencia y las millones de reglas que le impuso, pero que él nunca iba a cumplir, no fueron la bienvenida que ella esperaba recibir. “¡Qué cambiado está!”. Y esa mutación incluía un evidente rechazo hacia ella, responsabilidades que a veces no conseguía esquivar, novias que se turnaban cada dos noches promedio.
Las miradas que la inspeccionaban, delataban las recriminaciones que recaían sobre ella... “¿Para qué habrá venido?, ...si yo estaba tan bien solo..., ésta no va a hacer otra cosa más que complicarme la vida, que quién soy yo de ella como para andar cuidándola...”. Nunca le dijo algo que tuviera que ver con esa clase de especulaciones, pero estaba claro que las pensaba.
Los meses bien podrían haber sido uno solo, cada día demasiado parecido al anterior, como las semanas que siempre empezaban un domingo y terminaban el sábado. La frescura y simpatía de Galilea no le sirvieron para un carajo frente un universo de gente que le daba la espalda, su soltura se fue opacando a medida en que el idioma se tornaba cada vez más intruso y chocante. No tenía amigos, no podía comunicarse con ellos; el colegio era una especie de castigo medieval sofisticado por la tecnología; esas horas que transcurrían lentas y cómodas en las que ella no hacía más que poner cara de que todo estaba bárbaro.
Pero lo dicho, los meses pasaron igual y los primeros soles de la primavera trajeron consigo los planes de futuras vacaciones, demasiados turistas y exámenes. Sin estrategias para sobrevivir, rendida ante las peores evidencias, preparada para volverse a La Plata en la primera de cambio, cuando las notas le dieran una reverenda patada en el culo. “... Si por lo menos tuviera alguna compañera que me ayudara...”, pensaba y escrutaba aquellos rostros que ya tenían impresa la respuesta “no”; definitivamente, tal vez ella no perteneciera allí.
Por la casa todo igual, o más bien peor, Lisandro también rendía las pruebas que le otorgarían el pase a la Universidad de Psicología. La rispidez, las intimidaciones, los placeres ajenos, todo conspiraba para hacerla a un lado de lo que se podría considerar la tranquilidad. Las charlas con su papá en las que se esforzaba por disimular la angustia que soltaba luego de un tirón con llantos y mocos; así se la pasaba, como si volviera a tener a penas días de nacida y su madre le negara la teta. Del desconsuelo vino la resignación, un maravilloso estado que, al verse jugada, le permitió relajarse, mandar pequeñas taras a la mierda y disfrutar de lo poco que le restaba de sus “vacaciones”.
Sin embargo la conciencia la volvió a invadir, el tiempo perdido le pasó facturas, el amor atacado por Lisandro la desmoronó nuevamente. Así estaba cuando él entró ese mediodía al departamento, transpirado y con cara de cansado. Galilea, sentada como chinito sobre el sillón, llena de desatenciones, asaltada, acorralada por libros de gran calidad pero que le resultaban absolutamente esquivos, amenazantes y hasta perturbadores. Le dirigió una mirada rápida al pasar hacia la cocina, ella lloraba y luchaba absurdamente para que no se le notara demasiado.
Todo empezó con un “¿qué te pasa?”, que le escupió en la cara con gestos de superación, sorbiendo un vaso de algo bien helado. Orgullosa como era, prefirió hacerle “hombritos” y decirle que nada. Si fuera el antiguo Lisandro seguramente le hubiese confiado sus problemas, que iban desde no poder preparar sus exámenes hasta el sentimiento de odio que él mismo le despertaba gracias a su desprecio.
-¿Qué te pasa? –repitió al acercarse mientras despejaba el almohadón de al lado de ella para poder sentarse sin caer en la ciénaga traicionera de la historia de un país que no les pertenecía a ninguno de los dos.
-Ya te dije que nada... –pero las lágrimas brotaron de esos ojos que hacían lo imposible por fijarse en un texto con palabras que tenían hasta tres tildes a la vez, plagado de verbos infinitos.
-Algo te pasa, dejate de joder, ¿no confiás en mí? –y como se hacía con un perrito que esperaba moribundo que el veterinario le inyectara la muerte, le acarició el pelo con una mezcla de lástima, dolor y una ternura que pocos alcanzaban a sentir.
-¡Mirá! –rompió el letargo, alejó su cabeza de aquellas manos y apuntó a los libros, fotocopias y carpetas-. ¡No entiendo nada y en menos de un mes son las pruebas finales! ¡Cuando mi papá sepa que desaprobé me va a hacer volver de los pelos!
La oportunidad inmejorable, una salida discreta para nada propiciada por él; quedaría como un duque y libre otra vez en su palacio de la irresponsabilidad.
-Yo te puedo ayudar, ¿querés? –preguntó sin dudarlo, lejos de las especulaciones.
Tal vez fueron esos ojos empañados, el rostro que evidentemente no era el de la nena con la que había vivido los escasos años de la niñez. Se comprometió a explicarle, a enseñarle el francés, a socorrerla para memorizar cientos de batallas; sin pensar en sus propias obligaciones, sin proyectar el final de la esclavitud.
Sin la intervención de Lisandro que conocía a los profesores y sus manías que ahora atormentaban a Galilea, no hubiera pasado de año. La chica a la que no podía dejar de mirar, de arriba a abajo, con sus gestos de concentrada, mirarla cuando chillaba si algo no encajaba con su conveniencia; esa chica que miraba, la que ya no era el foco de toda su bronca, sino más bien, una verdadera amenaza...
Sobre todo después de lo que le tocó presenciar de lejos, como un crítico de teatro que se coló sin invitación para observar codicioso una obra. Una vez terminado uno de sus exámenes, cruzó de un extremo al otro el edificio del viejo colegio para averiguar cómo había salido Galilea de su prueba oral de historia. Pareció que aprobó porque festejaba a los besos y abrazos con un aparente amigo que él jamás había visto ni escuchado hablar de él.
No fueron celos los que se apoderaron de él, ni vergüenza ante el espectáculo, fue miedo; el miedo que sentían los que sabían que cualquier cosa era inútil, irremediable; el miedo de saber que no había vuelta a atrás, el miedo de sentir que estaba enamorado de la pendeja que su mamá llamaba “tu hermanita”. Prefirió dar media vuelta, hacer como que tenía algo importante que hacer, distraerse frente a la evidencia más clara, y perderse entre la muchedumbre para que nadie reconociera su irreconocible cara desencaja.
Cuando entró en el departamento, Galilea ya estaba desplegando su ritual de repaso de una de las últimas materias que le restaba.
-Te estuve esperando, ¿para qué decís que me vas a ir a buscar si no vas a ir?
Lisandro había ideado la táctica de ignorar la situación, reprimir aquella imagen y todo lo que había venido después.
-¿Por qué me mirás así, nene?
Galilea echó abajo su plan con ésta y una cuantas preguntas más.
-... Porque sí fui a buscarte –sereno para no delatarse, para que no se le notara tanto que no podía tolerar que alguien la besara, que existiera otra persona en su planeta a parte de él-, y estabas muy entretenidísima con un pibe –no consiguió disimular su tono de desaprobación.
-¿Qué, estás celoso? –disfrutando de su logro. “Sí, estás celoso”. Hizo que dejara atrás la bronca y la lástima para alcanzar a inspirarle otra cosa, cualquier otra cosa. Como no escuchó ninguna respuesta, ella volvió a embestir-. ¿Por qué me mirás así?, ¿qué hice de malo?
-No sé, decímelo vos...
-Vos me mirás distinto al resto de mundo, por eso te quiero.
A lo largo del diálogo, crispado y forzado, como de costumbre, Lisandro fue a la cocina y volvió para sentarse en el sillón con un vaso cada vez más grande de gaseosa con hielos. Bebió un sorbo normal, no como para ganar tiempo ni como desaforado; normal, para aplacar un poco su sed. Se sacó la remera tan pegada a él que por un segundo temió que debiera ser un cirujano quien se la extirpara.
-¿Es tu novio? –pronunció.
-No –respondió feliz de ser la víctima de ese interrogatorio. Nunca había escuchado que le cuestionara esa clase de comportamiento a ninguna de sus amigas.
-¿Te tocó?
-¿Qué cosa?
-... El culo, las tetas... –ya se había delatado, con su miedo y celos inocultables.
-Un poco –respondió con el tono que se debía usar ante un formulario de dudas policiales tras haber sido sorprendida con un cadáver en el suelo de una habitación mientras que ella trataba de ocultar las manos ensangrentadas-. Pero yo te amo a vos.
Otra vez el temor, ya inútil, esa sensación absurda que hubiera tenido sentido antes de asumir la certeza de que la chica que estaba parada frente a él viéndolo tragar gaseosa, era el amor de su vida. Ahora era tarde, pero claramente ese recelo había mutado; del pavor que le provocaba el descubrimiento del amor había pasado al terror de no saber cómo comportarse, ¿qué hacer: disimular y dejarlo pasar, escapar o asumir las responsabilidades y el riesgo? Todo eso le resultaba desconocido.
-¿Me amás? –preguntó Lisandro.
-¿Hace falta que me lo preguntes, que me hagas gastar saliva en la respuesta...? Ya te lo dije mil veces, pero vos nunca me querés escuchar ni hacerme caso, ¿pensás que no es en serio?
-Vení acá... –atrayéndola hacia él con un gesto.
Había decidido qué hacer. “Desvestite”, le dijo, lo cual incluía la musculosa y los shorts de entrecasa que se había puesto ni bien llegó de la escuela. Hizo que Galilea se sentara sobre sus piernas.
-¿De verdad me amás? –reiteró, mientras la besaba en la boca y en el cuello.
-Más vale, qué desconfiado que sos, ¿por qué te voy a mentir? –justificó cuando se dejaba acariciar.
-Y vos, ¿me amás a mí?
-Shh, no digas pelotudeces.
Por primera vez Lisandro tenía sexo con una chica que amaba, ella tenía sexo por primera vez. Lo que más le llamó la atención vino después, de un solo movimiento la alejó de su cuerpo, y anunciando que tenía que hacer cosas se metió en la ducha. Después se fue, pero antes le exigió que estudiara para el examen de mañana.
¿El pánico otra vez? ¿La seguridad de que ahora sí no había muchas opciones? No lo sabía. Unas cuantas preguntas más merodeaban por su cabeza cuando caminaba rumbo a la casa de alguna minita; sólo una certidumbre, amaba a Galilea.
Sin miedo ni dudas, salvo una: “¿por qué se habrá ido así?”, ella no consiguió estudiar a lo largo de lo que le restaba a la tarde, menos a la noche, cuando después de la cena se apareció Lisandro, a un sorbo de caerse muerto del pedo que tenía, con una joven amiga del hermano de un amigo nuevo de aquella amiga de turno. Casi arrastrándose se fueron a la habitación que tenía la cama de dos plazas, se rieron, se revolcaron y cogieron; parecían felices.
Furiosa, sin comprender la conducta de ese “chiquilín estúpido”, se fue a su pieza a intentar leer, repasar los resúmenes haciendo oídos sordos a los gemidos de al lado. Aquél fue el único examen que Galilea desaprobó.
Las obligaciones habían terminado y con el tiempo libre retornó la rutina de sexo intercambiable con chicas intercambiables, maleables y ajenas a cualquier tipo de sensación que no fuera el placer por sí sólo. Galilea siguió cruzándose con ellas en la cocina, abriéndoles la puerta, saludándolas amablemente, falsamente. Para todas, ella no era más que la inofensiva hermanita, nada intimidante había en esa nena de quince años.
La verdadera amenaza estaba en Lisandro, lleno de terrores, enamorado muy a su pesar y prófugo de sí mismo. Como era de prever, fue Galilea, “la mansa hermanita”, “la pendeja que estorbaba” quien se encargó de disipar las dudas. Se enteró de que esa tarde él había quedado en salir con alguna de las tantas de la colección de chicas. Apenas dejó la ducha se la encontró sentada en su cama esperándolo para rogarle primero, y exigirle después, que no se fuera.
-Estoy muy triste por lo que estás haciendo –le dijo-. Yo de verdad te amo y no me parece lindo que me trates así y es injusto que no reconozcas que vos me querés también.
Parado delante de ella, con una toalla en la cintura, aún chorreando agua de sus pies, pensó que todo era un sueño o una pesadilla donde un jurado popular lo acusaba y lo sentenciaba a cadena perpetua por haberse enamorado y sobre todo, por ser tan cagón.
-Yo quiero ser tu novia, voy a hacer siempre lo que vos me digas, pero lo único que te pido es que dejes a esas otras chicas –declaró cuando se sacaba la remera gigante que usaba para dormir-. Ahora vas a llamar a la tipa esa con la que te ibas a encontrar y le vas a decir que no te espere porque no vas a ir, que tenés algo más importante que hacer que es quedarte conmigo.
-Estás loca nena –replicó y le lanzó a la cara la remera y la bombacha-. ¡Rajá de acá antes de que te dé una paliza!
-¿Eso querés? ¡Hacelo!
-¡Andate, que me quiero vestir para poder irme!
Y lo dejó, y Lisandro se vistió y también se fue, y después ella volvió al cuarto y se sentó en la cama de él, todavía seguía desnuda. Y se acostó y empezó a llorar, ya no por un idioma o las bajas calificaciones, lloró, y como aquella otra tarde, ahora él también le acariciaba el pelo consolándola. Recién se dio cuenta de que había vuelto y que estaba acostado junto a ella al oír que su voz, áspera y dudosa, le decía que la quería. Por primera vez Lisandro dormía en su cama con la chica que amaba y ella era totalmente conciente de que no sería la última.
Y tuvo razón porque desde esa noche pasaron muchísimas, las necesarias como para que Galilea terminase el último año de lo que en Argentina se conocía como secundario, y Lisandro se encaminara en línea recta para alcanzar el título de psicólogo.
No hubo más chicas como lo exigió ella, Lisandro no volvió a tener miedo. También quedaron atrás los inconvenientes con los acentos de las palabras y la historia, que al principio le resultaba ser tan ajena, casi se transformó en propia.
Pasaron años juntos y felices, sólo se distanciaban cuando regresaban a la casa de sus padres para pasar las fiestas y demás. Fingían ser buenos amigos, compinches, se peleaban como lo hacían todos los hermanos. Salvo algunas noches, envalentonados por el alcohol de un año nuevo o de un cumpleaños, uno de los dos se pasaba en plena madrugada a la habitación del otro, se metía silenciosamente en la cama, cogían o dormían sin más, y antes de la hora del desayuno, cuando Sonia iba por toda la casa, abriendo puertas y ventanas, desconociendo el sentido del término intimidad, recién ahí, el invasor se alejaba y volvía a sus simulacros.
Ésto paso en esos años, ésto y que Lisandro dejó a Galilea hacía unos meses atrás para irse a vivir con Sandrinne, una chica que había conocido en la facultad.

-¿Tan triste es ese libro?
Muy lejos habían quedado los trastornos con aquel lenguaje que más bien se había convertido en su medio de vida, hacía un tiempo que Galilea trabajaba enseñando francés en un instituto privado.
La ciudad despertó abrigada de la siesta, La Plata desierta, todos estaban cobijados de la tormenta que en esa tarde de domingo amenazó con desatarse después de amagar a lo largo de toda la semana. La ciudad de los días tristes... Imprudente, desafiante y altanera hasta con el servicio meteorológico, Galilea se había instalado sobre el pasto húmedo de una plaza. “¿No me convidás un mate?”, escuchó que alguien le preguntó, mientras ella lloraba. Leía sobre los amores de los habitantes de una calle de Florencia.
“-Los Ángeles Custodios regresan uno tras otro. Se ve que vía del Corno es el Paraíso –dijo Staderini.”
Y repasó la frase de más adelante: “el olvido es la ayuda que nos ofrece la vida para que la vivamos”. Entonces, Galilea se dio cuenta de que ella siempre recordaba, que no podía no recordar, que no sabía vivir sin su memoria... Que el olvido le costaría demasiado trabajo... Nada aprendería sin su memoria...
-¿Tan triste es este libro? –repitió él.
-No, no es para tanto –y le sonrió para que viera que no mentía-, es que siempre lloro con los libros, sobre todo si son buenos.
Luego dudó de seguir dándole explicaciones a un desconocido que apenas le inspiraba cierta confianza. Hablaba e imaginaba cómo había jugado su equipo el partido de fútbol que debería haber terminado hacía una hora.
-¿No sabés cómo salió Boca?
-Yo no soy bostero.
-¡Qué lástima!
Después se dio cuenta, no era tan extraño el hombre con el que tomaba mate en la plaza deshabitada. Fue cuando escuchó: “¿no sabés quién soy, no?”. Sabía y se acababa de acordar, Román, el hermano de su compañera de la facultad.
A pesar de manejar el idioma como una francesa, se vio forzada a anotarse en el profesorado para tener el título que la habilitara para dar clases en el ámbito público. Ahí se hizo amiga de Paulina, su única confidente en la ciudad, en el mundo, porque la otra persona con la que solía contar, Lisandro, ya lo había tachado de la lista con una cruz roja rabiosa.
Conocía su nombre y que no era hincha de Boca, poco, pero suficiente como para aceptar una invitación suya a cruzarse hasta el bar de enfrente ni bien empezó a gotear. El café reemplazó a los mates que ya estaban fríos, dejaron de hablar de la imposibilidad de Galilea de leer un libro sin moquear, para caer fascinada ante la vocación de él. Román le contó que estudiaba dirección de cine gracias a una beca en Londres, y para decepción de su oyente, le informó que cuando terminase el verano europeo volvería para allá a empezar el anteúltimo año.
-¿Era el libro, nada más?
-¿Qué cosa?
-Lo que te hacía llorar, ¿o estabas así por otra cosa u otra persona? –curioseó confianzudo, agradecido a la casualidad que lo había juntado en una plaza despoblada de un barrio de la ciudad con la chica que lo había deslumbrado una tarde mientras estudiaba con su hermana.
Sólo después, algunos días más tarde cuando se animó a sacarle algo de información a Paulina acerca de su amiga, lo supo. La devoción por un hombre del que su hermana no recordaba el nombre, el engaño, la separación y el regreso a La Plata. Se asustó, no le sería fácil luchar contra los fantasmas del pasado, y al mismo tiempo, le dio aliento saber que acá no había otro competidor.
Aún. Hasta que el mismo Román se convirtió en el otro de la vida de Galilea. Le llevó poco tiempo enamorarla, al menos de su historia, de sus proyectos y sueños de escribir y dirigir una película, aunque no fuera más que una. Él ya estaba perdido por ella cuando una tarde en que entró a la pieza de su hermana para preguntarle algo o varias cosas y la vio sobre la cama, recostada, pasando desganada una página tras otra, como si se sintiera demás en esta tierra. Así de simple, el amor no tenía que ser siempre tan intrincado.
Fue bueno que todo sucediera rápido, que cada uno se amoldara al cuerpo del otro, que se familiarizara con la rutina del otro, aprendiera qué esperar del otro, felices de haberse encontrado; únicos en un paraíso pequeño. Tenían todo menos tiempo. El lapso que iba de julio a finales de agosto, que llegó con la ira de Santa Rosa para espantar a Román y llevarlo a buscar la tibieza del norte que sólo sentía en la cama de Galilea.
Se resignó a ver dejar pasar la alegría otra vez, fue cuando rechazó la invitación de largarse a Inglaterra juntos, dos veces había dejado todo, dos veces había empezado de cero... De La Plata a París, de París a La Plata; no, no estaba dispuesta a hacerlo otra vez... “¿Para qué, para que allá me dejes y me cambies por otra...? No. Y no me digas que no es así, porque éso es lo que va a pasar”. Aquélla fue su respuesta y Román la dejó.
En el centro quedaba el Instituto donde enseñaba, a media cuadra estaba el bar donde esperaba que pasaran los minutos entre clase y clase, después la facultad que, si sus cálculos que nunca fueron del todo buenos, la terminaría en diciembre.
Paulina jamás dejará de agradecer haber tenido cerca a Galilea que le explicaba mejor que los profesores que sabrían mucho de gramática, sí, pero cero en didáctica. Si dios ayudaba, las dos se iban a recibir juntas.
“Cuando no se tiene al amor de una cerca, hay que conformarse con relaciones que distraigan, que suplanten ausencias, aunque no alcancen después de que ya se conoció la felicidad”, le confió a su amiga en una tarde de hacía unos años, después de haberse cruzado con Lisandro en la casa de su papá. A Lisandro con Sandrinne, una pareja perfecta, elogiada por Sonia y cualquiera que los viera, todos menos ella. Claro que no le dijo hacia quién iba dirigida la frase, si a Lisandro o a Román, en realidad no fue porque uno de ellos fuera su hermano, sino porque a decir verdad, no podía identificar el foco de su amor. Era como si los dos fueran uno, total, los dos la habían dejado; como si amara a ambos, porque con los dos había sido dichosa. El resto, ella misma lo explicó, ninguna de las otras historias le resultaron suficientes, se quedaban a mitad de camino, eran huecas.
Estaba demasiado cansada después varias clases dictadas por ella y otras tantas como alumna como para aceptar la invitación de los padres de su amiga para ir a cenar con ellos, toda la familia tenía adoración por la chica que había cautivado al hijo mayor. Pero no aceptó y se fue derechito a su casa especulando en que no iba a cenar para meterse lo más rápido posible en la cama.
-¿Y Sandrinne? –fue lo único que atinó a preguntarle al encontrar a Lisandro sentado en el living.
-Me separé –respondió mientras veía que la desalmada de Galilea, en vez de consolarlo, pasaba de largo y derechito a su pieza.
Se fue a la cama como lo había planeado y aunque lloró toda la noche no consiguió dormir. Para ella el acto de llorar que lo ejercía a menudo, al menos cada vez que leía un lindo libro, luego significaba relajarse y caer rendida en un sueño profundo. A la mañana siguiente, la de un sábado lluvioso de mayo, a la hora del desayuno, Sonia recorrió la casa golpeando y abriendo las puertas de los cuartos para que todos bajaran a tomar café. Esa mañana también había facturas que Lisandro salió a comprar sabiendo que a Galilea le gustaban mucho. Desde ya que no tuvo en cuenta el resentimiento que ella le guardaba aún ahora, después todo el tiempo que había pasado, y que era en París donde se moría por una tortita negra y no en esta ciudad donde las panaderías que las amasaban abundaban en cada manzana.
Ella no bajó ni a desayunar, ni al mediodía. Tan sólo, adicta al mate, salió de su habitación a media tarde para recargar un termo. Releyendo los clasificados del diario, Lisandro la vio pasar y desparramó las hojas en las que había marcado posibles lugares para poner un consultorio y adaptarlo también para vivir; la mejor opción la había encerrado en un circulo verde: un departamento con dos cuartos en 10 casi 45. La siguió corriendo a la cocina.
-¿Sandrinne te dejó por otro? –le dirigió por fin la palabra sólo con la finalidad de herirlo. Él no habló, pero bastó para conocer la respuesta un gesto afirmativo que hizo con su cabeza-. Me alegra, para que aprendas, espero que te haya hecho sufrir mucho...
-No, no me dolió, ni me jodió, ni me lamento por eso... Yo no la amo, ni la amaba cuando me fui con ella...
-Si me vas a decir que me querías a mí –lo interrumpió-, ahorrátelo porque yo hace años que estoy enamorada de otro hombre.
Y se fue de la cocina, sin el termo ni el mate, no le importó olvidarse la pava en el fuego. Volvió a encerrarse en la pieza oscura con las persianas bajas y apoyó la cabeza en la almohada, abrazándola, todavía húmeda de las lágrimas de la noche anterior. Empezó a recordar, a forzar las imágenes de antes con Lisandro en París caminado abrazados sin temor de que algún conocido los viera y los delatase, con Román vigilándola después de haber tenido sexo, con Lisandro cogiendo con otras, con Román en su última visita a la ciudad buscándola desesperado por el Instituto, con Lisandro escabulléndose en su cama de la casa de sus padres, con Román tomando mate en plaza... Recién ahí se acordó de que había dejado la pava en el fuego.

A parte de amar a Galilea, lo que más le gustaba a él de todo aquéllo era el riesgo que traía la posibilidad de verse descubiertos, lo prohibido, como se decía, ya no era el viejo miedo de poner su vida en las manos de ella, era otra clase de incertidumbre, el saber que permanentemente jugaban con fuego dirigiéndose miradas que desnudaban, celándose, habitando la cama del otro hasta la hora del desayuno.
Era de suponer que esa preocupación no era para tanto, porque no se cuidaron lo suficiente. Esa mañana, con las cortinas resguardándolos del sol de septiembre, los confundió de tal manera que no distinguieron la oscuridad de la noche de la oscuridad del cuarto de él. Sonia tuvo que prender la luz para poder ver que su hijo dormía abrazado a la chica con la que se había criado, a quien llamaba “tu hermanita”.
El rincón del paraíso tan secreto era desvelado, sólo Paulina conocía ciertos detalles que Galilea le contaba sin importarle su árbol genealógico, ni el de ella ni el de su amiga. Fue cuando varias noches después del retorno de Lisandro al país, tras vomitarle en la cara que ya no lo amaba, que más bien lo odiaba, terminó metiéndose, previsiblemente, en la cama que siempre tan bien la había aceptado.
-¡Como cuando éramos chicos y venías conmigo porque algo te había asustado!
-Sí, con la diferencia que cambiamos de juegos.
Sonia prendió la luz y vio a su hijo abrazado a Galilea. Al menos les ahorró los gritos porque solamente cerro la puerta desde adentro, la agarró de las mechas diciéndole que era una atorranta y la hizo vestirse. Me corrijo, porque no fue sólo eso lo que hizo Sonia, le dio dos cachetadas, del derecho y del revés, mientras que dormidísimo, Lisandro, se cubría con la sábana y le pedía a su mamá que se calmara. “No ves que ya somos grandecitos”, trató de justificarse. Sin embargo ella no lo oía, dirigía su ira hacia la hija de su marido que siempre le resultó sospechosa de ser una “atorrantita”, tal como la definía en ese preciso momento, antes de que empezara a llamar a su esposo, esta vez, sí a los gritos.
La escena se cerró con el matrimonio discutiendo para ver cuál de los hijos, si la suya o el de ella, era más responsable, y con Galilea frotándose las mejillas coloradas y abrazándose a Lisandro. Cortaron por lo sano, los padres los echaron a ambos de la casa y los hijos decidieron no volver a pedirles nada. Así fue como terminaron durmiendo en un colchón en el piso del departamento que él acababa de alquilar aunque aún estuviera inhabitable. Ninguno de los dos volvió a llamar ni a visitar a su progenitor a lo largo de demasiados años.
Él pintó las paredes y ella decoró todo, incluso el consultorio. Ella hacía las compras y él la iba a buscar a la salida del Instituto, casi siempre. Ella cocinaba mal y él pedía comida hecha. Ella seguía llorando cuando leía y él le recomendaba un colega suyo experto en “lloronas”. Él la amaba y ella era feliz. Las mismas calles que en cualquier momento del pasado los hubiera hecho distanciarse del cuerpo del otro, soltar la mano transpirada del otro; ahora les eran indiferentes, como todo en el resto del mundo. Estaban huérfanos de pudores.
Ella estudiaba y él planeaba en secreto la fiesta de recibida. Él dejó de tener amigas y ella sólo seguía contando con Paulina. Ella se compraba ropa y él le regalaba ropa. Ella daba clases y él le enseñaba algo nuevo cada día. Ninguno tenía otra familia más que ellos mismos. Eran perfectos y dichosos.
Paulina se sacó un ocho y Galilea un nueve en el último examen. Una de las pocas veces que Lisandro suspendió una consulta fue para ir a saludar a su mujer y luego raptarla para celebrar en privado antes de la fiesta que tenía planeada para la noche.
Y pasó ahí, en su departamento, en el living que, por un pasillo conducía al consultorio donde Lisandro millones de veces escuchó la tragedia ajena, en el que Román se instaló después de haber felicitado a la chica que alguna vez se lamentó porque él no era de Boca. Ninguno de los dos se conocía la cara, sabían de la existencia del otro, tan vaga que hasta llegaron a pensar que cada uno era producto de la invención de la mujer que ambos adoraban.
¡Pero vaya que existían! Y para Galilea existían y eran el objeto de su amor. Y los tenía ahí, hablando; quizás, en otra vida, sin ella de por medio, hubieran sido amigos. Nunca llegarían a serlo, sobre todo después de saber que uno había sido el primer amor de ella, y el otro, el hombre que la devolvió a la vida con sus caricias.

Román se instaló definitivamente en la ciudad y consiguió trabajo de director de cámaras en un canal de televisión. Lisandro siguió con el hábito de ser feliz y Galilea trató de hacer como que nunca había vuelto a ver al tipo que la cautivó contándole películas que ella jamás vería. Pero no pudo, o no supo, o verdaderamente no quiso.
-¿Tan triste es el libro? –le preguntó Román cuando por fin consiguió que Paulina le revelase dónde la podía encontrar.
Era conmovedor. Contaba la historia de un amor fantástico e infinito entre Sofía y Rímini. En una parte, ella le explicaba: “nadie ‘se separa’, Rímini. Las personas se abandonan. Ésa es la verdad, la verdad verdadera. El amor podrá ser recíproco, pero el fin del amor no, nunca. Los siameses se separan. Y no, tampoco: porque solos no pueden. Los tiene que separar otro, un tercero: un cirujano que corta por el medio el órgano o el miembro que los une con un bisturí y derrama sangre y la mayoría de las veces, dicho sea de paso, mata, mata a uno, por lo menos; y lo condena al otro, al sobreviviente, a una especie de duelo eterno, porque la parte del cuerpo por la que estaba unido al otro queda sensibilizada y duele, duele siempre, y se encarga de recordarle siempre que no está ni va estar nunca completo, que eso que le sacaron nunca podrá volver a tenerlo”.
-¿Qué hacés acá? –Y Galilea seguía lagrimeando como si sintiera el frío del metal.
-Te estaba buscando... Galilea, necesito hablar con vos, vení conmigo...
-Polanski –lo nombró como solía llamarlo en privado, cuando estaban juntos-, tengo que dar clases –dijo como única excusa.
-Espero a que termines...
... Acariciándola, le juraba que la amaba, le pidió que le respondiera si el tipo con el vivía era...
-... Sí, es el hombre que más amé, el primer hombre que me tocó, el que me abandonó por otra y el que me adora...
-El que más amé... –repitió las palabras muertas que escuchó de la boca de ella.
-Yo te amo a vos, desde que te conocí, desde que conocí tu cuerpo y te amé más todavía cuando me dejaste.
-No te vayas todavía –le suplicó.
-Tengo que volver a mi casa, Polanski –anunció vistiéndose-. ¡Ni se te ocurra pedirme que lo deje! ¡No seas descarado que vos tenés otra!
-¿Cómo sabés...? Ah, cuándo no... Paulina...
-Pensé que se llamaba Lourdes...
En los meses que siguieron ninguno le pidió nada al otro, ni que ella se separase de Lisandro ni que Román se olvidara de esa chica. Al menos en el año y medio en que se encontraban de a ratos en la casa de él, con el guiño cómplice de toda la familia.
Galilea siguió amando a Román, él continuaba soñando con escribir y dirigir, aunque más no fuera una sola película. Galilea seguía adorando a Lisandro, él desviviéndose por ella y curando las mentes extraviadas de los otros. Galilea y Román gozaron de su paraíso ocasional. Lisandro y Galilea disfrutaban de su felicidad desvestida.
¿Un año y medio, dije? Sí, fue más o menos ese tiempo en que cada uno por su lado, egoísta como todo enamorado, era dichoso sin prestarle atención a las consecuencias, los daños o las desventuras que los podían esperar.
Era temprano para la siguiente clase y tarde como hacerse una escapada hasta lo de Román y, como de costumbre, se instaló en aquel bar tan cercano al Instituto. “Sorpresa”, le dijo su amante al oído, ella le sonrío feliz de la vida al verlo. Se besaron, se apuraron porque Galilea tenía que volver a trabajar. “Te espero acá, mi amor”. Noventa minutos exactos porque ninguno de sus alumnos tuvo que consultarle nada de último momento.
Efectivamente Román continuaba sentado en la misma mesa que ella había elegido, cerca de la ventana. “No puedo quedarme mucho, tengo que volver a mi casa”, le avisó y aceptó el beso que él le ofrecía con su boca abierta, sedienta, imperiosa, hambrienta, deseosa, desfallecida de extrañarla... Si no hubiera sido que Lisandro estaba parado frente a ellos, hubiesen seguido disolviéndose los labios.
Román se sintió estúpido al dejarse descubrir, Galilea tuvo miedo y Lisandro empezó a morir. “¿Me permitís que me lleve a mi mujer? ¿No te enojás, no?”, se dirigió a él al mismo tiempo en que agarraba las carpetas y libros y apretaba con la otra mano el brazo de ella. Callados, en el trayecto que el auto hizo hasta su casa, no se hablaron ni miraron, él temía que al cruzarse con aquellos ojos se largara a llorar como un nene; ella sabía que era inútil decir cualquier palabra. Estacionó, bajó del coche y le abrió la puerta a ella como siempre hizo, entraron al departamento. Lisandro se fue directo para el cuarto, pateó la puerta, ella que lo siguió, volvió a asustarse con el estruendo.
-¿Lo amás? –alcanzó a modular su voz.
-Sí –aseguró.
Después se quedó callada viendo que él metía en un bolso toda la ropa que ella se había comprado y la que él le había regalado. Galilea, únicamente lloraba y hacía pucherito temerosa de no poder volver a ser feliz nunca más. Lo que Lisandro se había olvidado de preguntarle era si a él, a Lisandro, lo amaba también. La respuesta hubiera sido la misma.
Cuando llamó a lo de Román él no estaba, por suerte su madre le confirmó que podía quedarse con ellos, que no era ninguna molestia, que no fuera tonta y que saliera volando para allá. Eran su única familia. Sonia se hubiera puesto a bailar en una pata si hubiese visto que su hijo la echaba de su casa y de su vida.
Seguía teniendo a Román, a su Polanski del subdesarrollo, aunque él le perteneciera a esa otra, a Lourdes. Ahora la historia no era equitativa, ella lo amaba y era exclusivamente de él, ya no estaba Lisandro para dividir la pasión, ni las horas, ni las caricias. Pero él cenaba con Lourdes, se iba a dormir casi todas las noches con ella, la rutina de amantes dedicados a sus respectivas parejas la empezaba a perturbar; ella ya no tenía a Lisandro. No podía compartirlo más, necesitaba exclusividad, lo otro ya no le alcanzaba.
“Quiero que la dejes”, casi le exigía, “quiero se la única mujer de tu vida, no te olvides que Lisandro me dejó por tu culpa”, agregaba. “¿Cuándo vas a terminar con ella?”, volvía a embestir otra tarde. “¡Mirá que si no te decidís me voy a buscar otro y eso no te va a gustar!”, amenazaba cuando lo veía entrar. “Ella no te quiere tanto como yo”. “¿Disfrutás más con ella que conmigo?”, indagaba después del sexo. “Si no dejás a Lourdes mañana mismo, olvidate de mí”, le advirtió por la noche, cuando Román entró al cuarto de su hermana compartía con ella y la condujo en silencio hasta la cocina.
-¿Me oíste?, éste es mi ultimátum.
-Galilea, escuchame un minuto, no puedo dejarla –le respondió con la voz temblorosa.

Dudó bastante hasta aceptar la invitación. “No sé Pau, encontrarme con tu hermano, con su mujer... ¿qué voy a hacer yo en el cumpleaños del bebé de Román? (el bebé de Rosemary), y se reprimió por ser tan turra al haber pensado así del pobre nene, que nada tenía que ver. Ya me dijiste que es en tu casa, ya sé, pero igual no sé si voy a ir. ¿Cuántos cumple, tres, no? Además está Mauricio, ¿qué hago con él...? Es una locura que lo lleve, ¿no te parece?”.
Sin embargo aceptó la invitación, y ella fue con su nuevo novio. Y conoció al hijo de Román, divino como su papá, simpático como su papá, que le cayó bien de entrada como su papá. Su tristeza recrudeció al notar que “el papá” hacía como que era feliz con “la mamá”, riendo con ella, besándola a ella y no a ella, no a Galilea.
-¡Vení conmigo un minuto! –le pidió-. No tengas miedo que mi hermana está entreteniendo al monigote que te trajiste y mi vieja le da charla a Lourdes.
Lo siguió a la que fue su habitación hasta el momento en que una noche, se enteró que iba a ser padre y cambió su vida. Desde entonces, vivía en un departamento alquilado con la ayuda de la familia de Lourdes.
En la fiesta eran pocos, el sofocante calor de enero había ahuyentado a todos hacia la costa, quedaron algunos valientes que decidieron hacerle frente al asfalto hirviente de esta capital. Eran pocos y dos ausencias que no se dejaban ver podían llamar la atención, resultaría difícil disimular las desapariciones; la charla fue breve.
-Oime y mirame a la cara que te estoy hablando –prácticamente le ordenó él inundado en el desamparo.
-Vos no tenés derecho a exigirme nada, pero nada sabés, porque no sos nada mío, y si no te miro es porque no te quiero ver ni en figuritas.
-¿Ya no me amás más?
-Cada día hago algo nuevo para dejarte de querer...
-Yo no puedo, te amo igual, este tiempo que llevamos separados es un calvario para mí...
-Jodete, vos lo elegiste así.
-¿Qué querías que hiciera, que dejara a mi hijo?
-No, tu hijo no tiene nada que ver... Pero lo que no entiendo es que estés con ella, éso es lo que no me banco.
-No te preocupes que a mí también me da por las pelotas que andes con ese estúpido.
-Hacete a la idea Polanski, porque nunca me vas a ver sola, detesto estar sola, me enferma estar sola, me aburre estar sola... Yo quiero estar con vos, pero si no sos vos, va a ser cualquier otro tipo. A parte, en la cara se le nota que Mauricio no es ningún tarado; está bueno, me regala ropa, fue el primero en estos años en invitarme a vivir con él, me mantiene y me coge bien, ¿qué más puedo pedir?
-Llegar a quererlo un poco...
De hecho, así había sucedido, a la mañana siguiente de haber escuchado que Román le anunciaba su futura paternidad, Galilea se marchó de la casa donde ya se sentía miembro de la familia. A pesar de que le aseguraron que podía quedarse, ella se largo igual, lógicamente. Se instaló en una pensión, la guita no le daba para más... Cada vez eran menos las personas que se interesaban por el francés. En esa época conoció a varios tipos, todos tenían virtudes y unos cuantos defectos, pero fue Mauricio el que le aseguró que la necesitaba y quien le imploró que viviera con él, que no podía tenerla lejos... Galilea se mudó, aborrecía la pensión donde vivía hacía bastante más de un año.
Matizando pérdidas siguieron todos, Román iba de su casa al canal, del canal a esperar que saliera el nene de la escuela, luego a buscar a Lourdes; mientras imaginaba su ópera prima y soñaba con Galilea. Galilea volaba del Instituto al departamento de Mauricio, también se la podía ver en el bar de la esquina, se tomaba un colectivo hasta el secundario donde unos meses atrás enganchó una suplencia; cada día tenía horarios distintos, todos precisos en su cabeza. Cuando no trabaja iba de compras... Ya casi no leía. Así fue siempre, siempre se avanzaba, no importaba a dónde o para qué, se seguía, tal vez buscando algún consuelo que ayudase a ignorar las cercanas ausencias.
Esa tarde sería Lourdes quien pasaría a buscar a Ramiro por la escuela, precioso y estoico haciendo equilibrio para no caer víctima del peso de su mochila. De modo que él pidió salir antes del canal y manejando por los lugares conocidos inició el rastreo de Galilea. Sin la ayuda de su hermana que le confió el cronograma de los días martes, no hubiera podido hallarla. Esperó sentado en el auto estacionado frente al colegio y la vio salir del edificio, tan destartalado que temió que parte de su estructura cayera sobre ella. Nada de eso pasó y, con los ojos cansados de buscarla, la vio bajar las escaleras mezclándose entre adolescentes, casi no lograba distinguir las diferencias de edades, no lo hubiese conseguido de no ser por la cara triste de la mujer que amaba. Bajó del coche, algo violento la hizo entrar y emprendieron la marcha. Evitó doblar en esa esquina; se hubieran topado con el colegio de Ramiro.
-¿Por qué mandás a tu nene a esa escuela?
-¿Qué tiene de malo? –preguntó después de dudar.
-¡Es privada...! ¡Y de curas...! ¿Te parece poco?
-No, ya sé... Lourdes insistió... A ella los curas le dan seguridad... le gusta la educación que le dan a Rami...
-Sí, me imagino...Si hubiera educación sexual en las escuelas, los curas no podrían abusar de los chicos, por eso están tan en contra... ¡Por eso tu hijo no va a recibir educación sexual! ¡La educación que tanto debe asustar a tu mujer! ¡...Pronto lo vas a tener que bautizar...! Pero, ¿cómo van a hacer, ustedes no están casados por la iglesia...?
-...Por civil tampoco...
-Bueno, cuando lo hagan, no me invites.
... Y Román la miró fingiendo no entender.
Recuperando la lucidez, Galilea empezó insultándolo, él no le dijo nada hasta que frenó frente a una plaza que no recordaba bien pero que le resultaba familiar.
-Me cansé del paseíto, yo me bajo acá...
-Vos no te vas hasta que me escuches... –así arrancó a hablar lo importante.
-Yo ya no soy la mujer de la que te enamoraste... ¡Creeme, ni parecida!
-¡Igual te sigo amando! –le aseguró-. Galilea te amo y lo sabés, quiero que estés conmigo.
-¿Vas a dejas a tu mujer? –preguntó saltando al vacío.
-No puedo, el nene muy chico todavía, va a sufrir mucho y no quiero...
-No tenés idea de lo que decís, aunque te separes de Lourdes siempre vas a ser el papá de Ramiro... Aunque no vivas con ellos, no vas a perder a tu hijo, ni a él ni a su cariño, si hacés las cosas bien... ¿Vos te creés que el nene no se da cuenta de que su papá no está enamorado de su mamá? ¿Te pensás que no sufre todo eso? ¿Tan idiotas creés que son los chicos?
-No sé que decirte...
-Yo sí sé, sos un forro y te gusta la buena vida, jugar a tener la familia perfecta con la comidita caliente esperándote a que vuelvas de trabajar; eso lo querés con Lourdes, y conmigo querés coger...
-No, no es así... –e intentó cambiar de tema-. ¿Por qué estás con ese tipo?
-Te lo expliqué mil veces, es el único que quiere estar conmigo.
-Yo quiero estar con vos –susurró esto y algunas otras viejas promesas.
-Como amantes... Me cansé del papelito de la otra, de la que se expone ciega a los riesgos, yo me jugué por vos y perdí, ¿y vos qué hiciste...? Embarazaste a otra y te fuiste a vivir con ella. No, mi amor, si un día tenés para decirme que te separaste de Lourdes, volvé a buscarme que al minuto lo dejo a Mauricio; si no, ni te me cruces...
Pero era algo, al menos algo tarde, ya Román acariciaba su cuello y ella buscaba aquella boca. Él la tocaba debajo del pulóver y ella le ordenaba que arrancara el auto. Fueron hasta la desabitada casa de sus padres, el matrimonio celebraba un nuevo aniversario en Mar del Plata, y Paulina debía estar en la casa de su novio. De igual manera, en caso de que ellos estuvieran, nada hubiese variado sus planes, a Galilea la adoraban y la mujer de su hijo nunca les había caído en gracia.
Entendiendo miradas, deseos y pedidos, se la pasaron cogiendo y abrazándose el resto de la tarde. Una dicha que no les pertenecía, que no tenía dueño y que al mismo tiempo resultaba ser intransferible. Mitigando ausencias, compensando aquel tiempo perdido, se hicieron eternos en esas escasas horas. “Amame mucho”, uno de los dos suplicó.
-¿A dónde voy a ir si lo dejo, como vos me pedís?
-Te venís acá, a los de mis viejos, ellos te aman... Te juro, que te voy a ayudar, no te voy a dejar en banda, te venís acá y después yo me separo...
Infinitas promesas antes ya quebradas; palabras hipnóticas.
A pesar de las obligaciones, ambos se las ingeniaron para hacerse de un rato cada tanto, un instante al menos, para verse, tocarse o respirarse. Se compaginaban tan bien, se fusionaban tan exactos que parecían irreales.
-Si yo te pierdo otra vez... –sin saber cómo terminar la frase.
-... Me vas a encontrar, quedate tranquilo.
Resguardando las huellas que les quedaban, gozando de la cercanía, llenos de ternura, pasión y apego; eran felices. Brotaban los mimos a veces apurados y torpes, como de adolescentes. Se imploraban, se atravesaban. “Con vos tengo los sueños más placenteros y mis pesadillas más traumáticas”, juró ella o él, a decir verdad daba igual, a los dos les pasaba lo mismo.
Se fueron sumergiendo en la rutina de mentir, camuflar, dispersar la realidad con más coartadas falsas; bucearon tan hondo que podrían haberse ahogado, pero cuando estaban a punto de quedarse sin oxígeno, cuando sentían que se sofocaban, salían a flote... Eran tan inmunes, tan únicos...
-¿Qué vamos a hacer? –le preguntó Galilea, y la sonrisa que tenía mientras dormida se le esfumó.
-Lo que vos quieras...
-Lo que yo quiera no... La suerte no se lleva bien conmigo así que, si se entera de lo que yo quiero, me lo saca o me lo niega o me hace arruinarlo... De a poco fui aprendiendo a no querer muy fuerte... ya nunca digo lo que quiero...
Al rato se despidieron con un beso.

Cuando Mauricio entró a su casa la encontró hermosa, radiante, con el pelo recién lavado y traduciendo mentalmente un artículo periodístico. Pensaba ejercicios de comprensión, análisis, gramática y opinión sobre el texto para sus alumnos de cuarto año del Instituto. Leyó algo referido a dioses disputándose ciudades, decidiendo el desenlace de una guerra desde un Olimpo confortable donde jugaban con el destino y la desdicha de los hombres. Leyó sobre los hombres, que jugaban a ser dioses disputándose ciudades, construyendo Olimpos antibombas, pugnando por el destino y la desdicha de otros hombres. El título de la nota del periódico francés era “dioses infradotados”.
Se saludaron con un beso breve, Galilea debía terminar ese trabajo que fue postergando a lo largo de la semana, y Mauricio tuvo que atender su celular. La tragedia todavía no se olía. La evidencia de la ducha que ella debió haber tomado poco antes de ponerse a escribir, no le permitió encontrar pruebas en su contra aunque se esforzó en peritar aquel cuerpo. De todos modos confió en lo que aquella mujer que apenas había visto un par de veces le había revelado en su corta conversación telefónica.
-¿Qué estuviste haciendo a la tarde? –la interrogó.
-Nada, pavadas... Ya casi está la cena, mi amor... –pronunció las palabras que hasta entonces le habían resultado eficaces.
Igualmente la comida se quemó y ninguno pensó si tenían hambre o no. Mauricio la agarró del brazo, violento y celoso, con su más profundo odio, y la arrastró hasta la habitación. Le decía que Lourdes le había contado que los había visto, a ella y a Román, en la puerta de la casa de los padres de él besándose. Sólo interrumpía su alegato para insultarla y tomar cada tanto el aire suficiente para poder seguir. “No te hagas el compadrito conmigo”, le advirtió al verlo amenazante levantar su brazo derecho que terminó estrellándose en su boca. Le partió el labio, la sangre brotaba y se perdía en su pera, igual que los besos llenos de saliva de Román. La desvistió y nunca dejó de pegarle, Galilea se quejaba del dolor que le provocaba pero no lloraba. Se desprendió el cinturón del pantalón y le dio dos golpes en el torso desnudo; si se detuvo no fue porque los gritos heridos lo conmovieran sino porque decidió que tendrían sexo.
Dura, inmóvil sobre la cama, repasó con su mano las marcas para comprobar que sí eran reales, para notar si aún estaba viva; hasta que escuchó la voz de él: “vestite y andate de acá”. Con fuerzas que no creyó que habitaban en ella, sin hacer ruido empezó a guardar, callada y veloz, parte de su ropa en el primer bolso que encontró. “No, puta de mierda, vos de acá no te llevás nada, todo esto es mío”, y le tiró la cartera indicándole que eso sí podía escaparse con ella.
En la esquina revisó si tenía plata en la billetera, caminaba penando, y encontró un billete de diez y algunas monedas que iba a usar en el teléfono público de enfrente.
-... Ahora no puedo hablar –fue lo primero que le dijo Román.
-Escuchame, Lourdes sabe todo y se lo contó a Mauricio, me echó de la casa, no sé qué hacer, ni para dónde ir...
-No puedo hablar, estoy en medio de un quilombo, Galilea... –y pensó-. Por nada del mundo vayas a lo de mis viejos, va a ser para peor, Lourdes está como loca, me amenaza con no dejarme ver al nene... Dame un poco de tiempo que yo me voy a comunicar con vos, te amo...
La verdad sin matices. “Se nota”, se dijo ella misma cuando entendió que Román había cortado la comunicación. Se detuvo a analizar la situación, tenía diez pesos en el bolsillo pero, ¿para qué le servían si no tenía a donde ir? Otra vez estaba sola, lastimada y sola, triste y sola. Levantó el brazo derecho y trepó a un taxi cuyo conductor hizo que ignoraba la sangre de su cara y la llevó hasta 10 entre 45 y 46.

Como tantos años atrás, él se encontró con el rostro de Galilea al abrir la puerta. Ella no lo abrazó como entonces y Lisandro le puso su peor gesto de rechazo y desagrado. “¿Puedo pasar?”, se animó a preguntarle. Con su mano le indicó que sí. La chica que vino del cuarto, el mismo en donde minutos atrás habían temblado de placer, quiso saber qué pasaba, él la apartó, después de decirle a Galilea que se sentara. Al instante reaparecieron, él la acompañó hasta la sorprendida puerta. La chica la saludó al pasar, compasiva por la explicación que le había dado Lisandro: se trataba de su hermana que estaba pasando por un mal momento. “Sentate que yo bajo a abrirle...”. Regresó rápido y lo primero que quiso saber fue quién la había dejado pasar...
-No sé, alguien a quien le debo haber dado lástima –sugirió.
-¿Con qué cara venís vos acá? –le dijo por fin cuando se paró frente a ella que aún seguía de pie-. ¡Sentate! ¿Con qué cara venís a verme? –repitió.
-¡Con ésta! –y se señaló-. Con esta cara golpeada, hecha mierda.
Se sentó en el sillón, él se acomodó sobre la mesita ratona, mirándola.
-Necesito ayuda, estoy sola, tengo miedo, estoy lastimada y no tengo a nadie... –así empezó a implorar.
-Andá pedirle ayuda a tu amante... –dijo burlándose.
-No, ahora él no puede ocuparse de mí... –y se esforzó por no largarse a llorar al oír las palabras que, una vez pronunciadas por su propia boca, la enfrentaban a la evidencia de que otra vez había perdido.
-¿Qué pasó?
-Mi novio me echó de su casa...
-Le metiste los cuernos con ese mismo pajero con el que me engañaste a mí... –afirmó como si conociera la historia.
-Ajá. Necesito que me dejes quedarme acá, no tengo a donde ir, me siento mal, me pegó –anunció como si no se le notara.
-¿No pensaste que te lo podías merecer...?
-Puede ser.
-¿Qué se te cruzó por la cabeza como para creer que yo te voy a dar una mano?
Galilea se dio cuenta de que era de lo más sensato lo que le decía. Se levantó de sillón, se dirigió hacia la puerta, Lisandro se sentó en el sitio que ella había dejado libre para verla marcharse. Se dio vuelta y expresó: “tenés razón... Y tenés motivos para no querer verme... Y la verdad es que no sé por qué se me ocurrió que me ibas a ayudar... Habrá sido por todo lo que pasamos juntos, porque siempre fuimos amigos, porque te quise... No te preocupes, yo ya no soy tu responsabilidad”.
-... Esperá, yo no te dije que te fueras –ella volvió a darse vuelta-. Vení acá. Sacate la ropa –le ordenó, y ella le hizo caso, como siempre-. Sentate acá –y ella se sentó sobre él como acostumbraba a hacerlo.
Lisandro le acarició el rostro cubierto de sangre seca que rodeaba su boca.
-No te quedes callada.
-No sé qué decir... –mientras se dejaba tocar.
-Podrías empezar por pedirme perdón, nunca lo hiciste –y la hizo acostarse en el sillón, apoyando sobre sus piernas la cabeza triste de Galilea-. Después me podés decir qué necesitás, pedirme lo que quieras.
-Sabés que yo te amé mucho, muchísimo... Perdoname, los dos nos mandamos cagadas... Perdoname.
Él se levantó, fue a la cocina y después a la habitación. Trajo hielo y una frazada.
-¿Qué necesitás? –y volvió a instalarse de la misma manera que antes, mientras sostenía el repasador frío sobre aquellos labios.
-No tengo nada, estoy sola, no tengo dónde dormir –Lisandro sólo la escuchaba-, me echó de la casa y no dejó que me lleve nada, ni mi ropa, ni mis discos, ni mis libros, ni mi compu, ni nada.
-¿Y qué pasó con el maricón de tu amante?
-¿Román? Tiene quilombos con la mujer, me había dicho que cuando me separara de Mauricio me iba a ayudar pero ahora me pidió que le dé tiempo hasta que resuelva sus asuntos... No puedo contar con él... Creeme, Lisandro, si no hubieras sido mi única alternativa, no te hubiese buscado...
-Lo sé –reconoció y reforzó sus palabras con los ojos, los mismos ojos que otra vez la miraban diferente al resto del mundo-. Yo te voy a decir lo que vas a hacer, y me vas a hacer caso... ¿estamos? –después pensó-. Te vas a quedar acá, ahora te vas a ir a dormir, ¿te vio un médico?
-Sabés que odio a los médicos...
-Y yo te odio e igual te estoy ayudando... mañana va a venir uno a verte... Es un amigo, trabaja conmigo en el hospital –el hospital más grande de la ciudad, el más pobre del mundo-. Cuando te repongas y estés bien, recuperada, lista otra vez como para dejarme y largarte con otro, te vas a ir a comprar ropa y después vamos a ir los dos a la casa de ese tipo a buscar tus cosas...
-No, éso no quiero; éso y lo del médico no quiero...
-Es todo o nada... Es como el combo de McDonald´s... ¿Qué, tenés miedo de que te vuelva a pegar?
-Sí, no quiero...
-¿Vos pensás que estando conmigo te va a pasar algo? ¿Creés qué yo voy a dejar que te lastime de nuevo...? Yo no soy como el maricón de tu amante... Y también te amo...
-¿Qué?
-...Que aparte de odiarte, también te amo... por eso no te estoy cogiendo, porque viniste dispuesta a dejarte coger con tal de que te permita quedarte acá, ¿o no? ¿Vos te viste cómo estás? Soy un caballero, uno hijo de puta, pero un caballero al fin, un caballero que ahora que te ve se da cuenta de que te sigue adorando como siempre.
-No me importa nada, si querés cogerme, hacelo.
-¡Andá a la cama mejor!
-¿Y vos? –le preguntó al ver que después de alcanzarle una remera vieja se iba del cuarto.
-Me voy al consultorio.
-No, quedate acá, ese diván que tenés es re incómodo, una vez lo probamos, ¿no te acordás?
-Me voy al consultorio.
Al rato, cruzó el living a oscuras, chocándose con algunos muebles que fueron llegando a lo largo de esos años o que Lisandro cambió de lugar. Llegó a la habitación que funcionaba como consultorio.
-Lisandro –habló llorando, por primera vez en la noche-, no quiero dormir sola, vení conmigo, por favor. Acostate conmigo y abrazame y decime cosas lindas aunque sean mentiras, por favor...
Al día siguiente, un amigo del hospital fue a revisar a Galilea, le dijo que en una semana iba a estar como nueva y una semana después se dio cuenta de que le había mentido porque aunque si bien casi no tenía rastros de la paliza, seguía tan gastada como antes. Todo ese descubrimiento lo hizo parada frente al espejo del probador de un negocio que Lisandro la obligó a entrar, porque ella se negaba diciendo que lo que vendían ahí era demasiado caro. Esa misma tarde fueron a la casa de Mauricio a pesar de la resistencia de Galilea. Él mismo les abrió la puerta.
-¿Qué hacés vos acá, perra de mierda? Andate por donde viniste, ya te dije que no tenías nada que hacer acá... ¿O viniste porque querés más? –expuso.
-Yo quiero más... –dijo Lisandro que la apartó y se colocó en primer plano-. ¡Andá a buscar tus cosas! ¡Agarrá lo que sea más importante, los libros, tus discos, la noteboock; lo demás dejáselo a este cagón! –le ordenó a ella.
Y a él, empezó a cagarlo a trompadas, con los puños, dándole patadas, mientras le decía que a una mujer le pegaba cualquiera, que “sos un machito bárbaro, ¿por qué no me fajás a mí, puto?”. Cuando retorno Galilea vio a Mauricio tirado en piso revolcándose de dolor y se sintió orgullosa de Lisandro, cada vez más agradecida y feliz porque fuera él quien estaba con ella en ese momento.
Con Román, ya lo sabía, no podía contar, le aseguró que cuando se liberara de los problemas la iba a buscar... “¡Como si los problemas se terminaran alguna vez!”, pensó defraudada. Ya había pasado la semana en que estuvo convaleciente y no había tenido novedades; otras semanas cuando una vez repuesta había retomado sus obligaciones, y nada; pasaron cuatro días más y la llamó al teléfono celular que recuperó de la casa de Mauricio. No la sorprendió que le hablara como si no hubiese sucedido nada, ya estaba acostumbrada, pero Galilea estaba demasiado dolida como para dejársela pasar así nomás.
-... De lo único que me alegro es que no me hayas visto toda golpeada como estaba... –le reconoció.
-¿Te pegó mucho?
-¿A vos que te parece? Mientras vos jugabas a excusarte con la hija de puta de tu mujer a mí me cagaban a palos...
-Perdoname... –imploró avergonzado.
-Si me estás llamando es porque ya resolviste tu situación, como me dijiste, como si hubieras tenido que regularizar una cuestión de evasión impositiva...
-En eso ando... ¿Qué hiciste? ¿Dónde estás? ¿Ahora estás bien? ¿Puedo ir a verte? –quería saber todo a la vez.
-Hice lo único que podía hacer, le pedí ayuda a Lisandro y me la dio –le contó todo, estaba harta de ocultar-. Estoy en su departamento, duermo en su cama, anoche le pedí que me cogiera y cogimos toda noche. La verdad es que estoy bien y si querés venir, date una vuelta... ¡Ah, Lisandro lo molió a palos a Mauricio, así que tené cuidado, si venís, venite tranquilito, no sea cosa de que la ligues vos también! –y cortaron.
Galilea supuso que otra vez y para no perder la costumbre, Román se acobardó con lo que le contó porque recién después de varios días más, volvió a llamarla.
-¿Estás sola?
-No.
-Pasame con Lisandro, entonces... Lisandro, quería hablar con vos, quería agradecerte por cuidar a Galilea...
-No me agradezcas que no lo hice por vos.
-Bueno, no importa, lo hiciste y es lo que me interesa. Quiero agradecerte que hayas hecho lo que yo no podía...
-Yo no soy un cagón como vos.
-¿Te molesta si voy a verla?
-Ella te ama vos, ¿qué puedo hacer...?
-¿Qué te dijo? –curioseó ella luego.
-Me agradeció, el boludo... Me agradeció por cuidarte, por sacarme las ganas cagando a tronpadas a ese otro marica, me agradeció como si hubiera pensado en él cuando te dejé quedarte. En un rato va a venir.
Y él se fue. Y ellos se volvieron a encontrar después de más de un mes, cuando en la puerta de la casa de los padres de él se despedían devorándose los labios. Y se besaron como si nada hubiera pasado, aunque pasó demasiado y Román se lo contó todo. “Me separé, me estoy quedando en lo de mis viejos, por ahora va a ser mejor que no vayas, Lourdes anda como loca, así que vamos a dejar que las cosas se distiendan un poco. Tengo visto un departamento precioso, creo que te va a gustar, si no lo alquilé todavía es porque prefiero que lo veas primero... Ah, me olvidaba, conocí a un tipo, un productor que dice que está interesado en que hagamos una película... Ah, ¿no te querés casar conmigo, digo, cuando las cosas se aplaquen un poco y ya tengamos donde vivir y...?”. “Bueno”.

Los exámenes finales de sus alumnos serenaron la ansiedad de que el tiempo pasara, noviembre era así y Galilea andaba del Instituto a la Facultad donde era ayudante en una cátedra, de mueblerías a comprar cortinas para la ventana de la pieza; el departamento tenía dos, la otra era para cuando se quedara Ramiro con ellos. Elegir la pintura fue lo que más les costó. Román quería colores, Galilea todo blanco.
-Ganaste Polanski, como siempre, dividamos el departamento por ambientes y cada uno le pone el color que quiere... pero yo elijo el de nuestro cuarto –advirtió.
Lisandro continuaba albergando a la mujer que amaba, rogando porque el bendito hogar de ellos nunca estuviera listo para ser poblado. Se consolaba sabiendo que sus pacientes tenían conflictos más trascendentales que el suyo. La película de Román seguía en veremos, como toda la vida. Ahora también trabajaba en la Facultad de Cine dando clases, el sueldo estancado de director de cámaras del canal no le alcanzaba para nada. Ambos usaban el poco tiempo que les quedaba en amar a Galilea, y los dos lo sabían.
-... Tachá la iglesia y las alianzas, ni sueñes que yo voy a usar un anillo igual al que podría usar cualquier otra persona, de lo más insulso, todo dorado y liso; detesto a los hombres que usan anillos, así que prefiero que me compres uno de plástico que cueste dos pesos... De los invitados al almuerzo borrá a mi papá porque no va a ir... –aseguró confiadísima antes de bajar del auto de Román.
Después se bajó y entró al departamento de Lisandro, sucia, llena de pintura, después de haberse dedicado todo el domingo a refaccionar su futura morada, aún inhabitable. Lisandro festejaba, aunque más no fuera por unos días más la tendría en su cama y con suerte, alguna noche le pediría que cogieran, la amaba y con eso era feliz; pasó que con el tiempo cada uno fue aprendiendo a conformarse con poco, con lo que le tocaba.
-Vos tendías que leer historietas y dejar esos libros que siempre te hacen llorar –le recomendó Lisandro-. ¡Siempre fuiste llorona, vos!
Se sentó junto a ella, le sacó el libro de la mano que hacía un rato ya no leía, tan ocupada como estaba en secarse los lagrimones. Leyó el título en voz baja.
-Yo siempre voy a estar, sabés... cuando me necesites, me buscás y listo –le dijo y la consoló-. El día que yo precise que me des ánimos, ¿lo vas hacer?
-Por supuesto –le aseguró ella.
Pero no fue un día, sino una noche. Román la llevó mareada, algo borracha hasta el departamento de Lisandro y lo vieron aparecer como un fantasma de la cocina con un vaso rebalsado de whisky. Galilea, que lo conocía lo suficiente, nunca lo había visto así, tan abatido, triste, resignado; tan vencido. Se acercó a él. “¿Qué te pasa? ¿Estás mal por mí?”, le preguntó bajito, tanto, que Román que estaba sentado en el sillón vigilándolos, no consiguió escuchar lo que hablaban, sólo veía. “No te pongas así”, lo reanimaba acariciándole la cara húmeda. “No te hagas el maricón que vos nunca hiciste estas cosas”.
-Te amo –le dijo sin saber si ella lo alcanzaba a oír.
Apenas se sostenía de pie, se colgó de su cuello y lo besó, empezó a acariciarle el pecho desnudo. Lisandro siempre andaba sin remera cuando estaba en su casa, acostumbrado a vestirse bien en el consultorio para sus paciente, en la primera oportunidad que tenía, se sacaba la corbata, la camisa y se ponía una remera vieja que, también al rato terminaba revoleaba por ahí.
Román seguía viéndolos, en silencio. Lisandro consiguió sacarle la remerita que se resistió hasta el final negándose a aceptar que era un estorbo. Las sandalias ya las había dejado junto a la puerta a penas la atravesó. Le levantó la pollera, la alzó y la llevó hasta el sillón donde estaba Román observándolos.
Hicieron el amor, él le dijo que la amaba. Román escuchaba y la rozaba, también le juraba que era el amor de su vida. Cuando terminaron, Lisandro recuperó su vaso y le dijo al otro que fueran a la habitación. También con él hizo el amor –tal vez fuera más apropiado decir: tuvieron sexo; aunque amara, Galilea detestaba el término “hacer el amor”, nada tenía que ver con lo que hacía. Ella gritaba de placer y a la vez clavaba sus ojos en aquellos ojos que la controlaban desde la puerta. Lisandro entró y se tiró en cama para verlos de cerca y morderle el cuello a Galilea que no dejaba de gemir. Luego, feliz, le indicó a Román que se acostara en el otro extremo, ella estaba en medio de los dos. “Si me permiten, caballeros, yo voy a dormir”, anunció exhausta por el alcohol y el sexo, ambos del bueno.
Durmió abrazada a Lisandro, lógicamente del lado opuesto a Román que le tocaba la espalda desnuda.
-Conmigo gritó más... –le aseguró al otro mientras enredaba sus dedos entre el pelo desparramado de Galilea.
-Después, cuando se despierte, te voy a demostrar que conmigo tiembla y con vos grita como grita cualquier chico cuando cree ver al cuco.
-A mí me ama –replicó Román.
-¿Vos te crees que a mí no? –insistió Lisandro que lo odiaba cada segundo más.
Galilea se despertó a causa de los movimientos casi exaltados de Lisandro que invitaba al otro a pelearse a las trompadas.
-No sean malos, háganlo por mí, hagan de cuenta que son amiguitos y llévense bien aunque sea hoy. Desde hace millones de años sueño con una noche así, con los dos y conmigo en una misma cama... Ustedes son los dos hombres más importantes de mi vida... Los dos hombres que me aman. ¿Sí, Lisandro, sí Polanski, lo van a hacer por mí?
-¿Cómo le dijiste, Polanski? –preguntó Lisandro horrorizado.
-Sí, siempre lo llamo así.
-Menos mal que a mí no me pusiste ningún sobrenombre porque Polanski, a parte de ser re original –burlándose-, es espantoso.
Firmaron una débil tregua, a pedido de la mujer a la que ninguno podía negarle nada. En el interín, Galilea se dio vuelta para abrazar a Román. Un pequeño y breve armisticio que duró hasta que ella volvió a quedarse dormida.
-Yo la cogí por primera vez, sabés, le enseñé a abrir la piernas, fui el primero en meterle la pija en el culo... –Lisandro rompió el silencio para retomar la disputa, un duelo dialéctico para descubrir cuál de los dos era más importante que el otro.
-Lo sé y te lo agradezco porque todo eso que ella aprendió con vos ahora lo gozo yo.
-¿Disfrutaste mucho mientras me metían los cuernos?
-Disfrutaba de Galilea, no del hecho de meterte los cuernos.
-Cuando ella sea tu esposa te va a engañar conmigo, sabés... Y vos la vas a ver feliz y vas a pensar que es feliz por la sola razón de que está con vos... Pero siempre vas a dudar si esa felicidad es gracias a vos o a mí...
-O a los dos.

-Papá, ¿puedo dormir con ustedes?
-Sí –le respondió Galilea a pesar de que la pregunta no estaba dirigida a ella.
Ramiro se metió en la cama de dos plazas. “Pá, cuando sea grande yo también me voy a casar con una mujer como Galilea”, dijo el nene y los tres empezaron a reír.
-Decís eso porque no sabés la que te estera –respondió Román, no a su hijo sino a su futura esposa.
-Cuando te duchabas, llamó tu mamá y dijo que ya está todo listo y que nos quedemos tranquilos –informó ella, que ya se sentía cómoda en ese nuevo paraíso incierto.
Cuando la redescubrió, la vio triste, llorando a causa de un buen libro, tomando los mates más asquerosos que había probado en su vida.
-...Me enamoré en seguida –le dijo a los ojos que lo escuchaban-, después pasaron los años y algunas otras cosas más...
-...Igual casi nada cambió... –ella lo interrumpió-. Vos estás algo más viejo, sí... pero seguís proyectando en tu cabeza tu película...
La primera, aunque fuera la única... La película que nunca le explicó de qué se iba a tratar, porque iba a ser mejor que la viera... Ella continuaba idéntica, con sus libros y siempre con las últimas ediciones de los diccionarios de francés, con sus clases y compras, siempre a las corridas...
-Sabés una cosa, Polanski –le habló mirando al hijo de Román-, los tipos putañeros como vos tendrían que tener hijas y no varones...
-Es que la nena la voy a tener con vos, para que sea linda como vos y adore a su papá como vos me adorás a mí –y rieron de nuevo pero esa vez bajito porque Ramiro ya estaba dormido.
No tenían guita para hacer la luna de miel ni siquiera en Mar del Plata, pero les importó un pito, al mediodía siguiente serían un matrimonio, sin iglesia ni alianzas, sólo con un anillo de plata con una piedrita celeste en el medio que él le regaló. “El artesano me juró que no había hecho otro igual... Ya sé que es mentira, pero...”, le aseguró cuando se lo entregó la otra noche.
Eran felices como siempre creyeron que lo serían mientras estuviesen juntos... Y seguirán siéndolo, o no, eso nunca se sabía, porque la felicidad era muy puta, se quedaba con el mejor postor y ellos no tenían nada que ofrecerle a cambio. Quizás eso fuera mucho pedir: que, pese a todas las tristezas, más allá de cada pérdida, fuesen dichosos. Tal vez dejen atrás los miedos y refuercen sus sencillos vicios. Sí, era probable que siguiesen siendo felices aun cuando fueran menos pobres y bastante más adultos.
-Tu familia macanuda, no me aceptaron la invitación.
-Yo te lo había dicho.
-Tu viejo me dijo que no le interesaba nada de tu vida.
-Ya sabía, más vale que nunca necesite nada de mí, viejo de mierda, va a reventar solo al lado de esa víbora.
-¿Y Lisandro viene...?
-Quedate tranquilo que no viene, cuando le fui a contar me dijo que no iba a poder, que se iba a pasar el fin de año con amigos a París... En realidad, después me reconoció que se iba porque no se lo iba a bancar.
-Él te ama.
-Sí, lo sé.
-Y vos, a mí, ¿me amás?
-Sí, por supuesto, ¿tenés alguna duda?
-¿Y a Lisandro?
-A él también lo amo, pero a vos te amo más.



velando pasados


“¡Menos mal que Gustavo no puede acompañarme!”, especulaba Ángela. “No soy capaz de volver a exponerlo a esas fieras otra vez...”. Tomó la calle 10, pasó la 45 y dobló en 44 para llegar a la ruta. Conducía y trataba de rastrear en su memoria una imagen que delatara felicidad, la sombra de una sonrisa en ese feo rostro; no lo logró, todos los recuerdos que se asociaban al abuelo muerto, “el viejo dictador de la familia”, tal como lo llamaba para sus adentros, eran espantosos. Su hermano, una tarde, cuando ambos habían dejado atrás la niñez, le contó que una vez cuando era chiquito, escuchó discutir al abuelo y a su madre –por entonces embarazada de ella-; “nos echó de su casa, después supe porqué, mamá nunca le dijo quién era muestro padre, supongo que porque se había rajado, dejándola sola”. Desde aquel momento, para Ángela, el abuelo pasó a ser “el viejo” y jamás pudo verlo con ternura. “El viejo dictador”, le decía, toda la familia se conducía según caprichos, mandoneando a todos, incuso en los últimos tiempos, cuando sus hijos ya superaban los sesenta.
El trayecto era seguro y manejaba confiada de conocer el camino que tantas otras veces hizo en colectivo. Vio desfilar su pasado, la mañana en que se despidió con un beso tibio de Antonio, su hermano, su ser más cercano después de que murió su mamá. Se fue para estudiar escenografía. Le pareció observar la cara desilusionada de Julio, que le rogaba que se quedara con él... Julio, y el espejito del auto le devolvió un sonrisita de nostalgia... A él también lo dejó atrás, su noviecito, lo mismo que a sus cientos de amigas, cada una con su noviecito correspondiente. Pensó que si se cruzaba con algunas de ellas, probablemente le costaría distinguirlas. Tal vez las encontrase embarazadas de su segundo o tercer hijo, quizás abandonadas por sus maridos, aquellos noviecitos que fácilmente las convencieron de cambiar de estado civil. Sintió que ella también estaba muy distinta, adulta a lo mejor, más responsable...
-¿Hace mucho que no vas por allá? –le preguntó Gustavo cuando cortó el teléfono después de que Antonio le diera la noticia.
-Y... creo que la última vez que fui... fuimos juntos al casamiento de mi prima.
-Si querés que te acompañe, aviso en el...
-¡No, ni loca, no te preocupes, es un trámite...!
Enseguida, trepó al auto y emprendió el viaje. Se dio cuenta de que no estaba triste, de que no tenía a su madre para consolarla por la pérdida de su padre; ella tampoco tenía padre. Notó que sus motivaciones para ir, a pesar de que en el entramado familiar ella fuera más que prescindible, se debían a sus ganas de ver al viejo muerto, tendido, indefenso y tieso; necesitaba comprobar que todo fuera cierto. De repente, se lamentó por tener que encontrarse con aquella fauna de tíos, tías y primos; también estaría Silvia, su cuñada que, condenada a un embarazo a los dieciséis años, no toleraba que ella aún no se hubiera casado. Pensó que le iba a dar gusto reencontrarse con Andrea, la única prima con la que pudo compartir escenas agradables de su vida, sobre todo de su infancia, porque ni bien terminó el secundario, Ángela se largó para irse a estudiar.
El camino desierto le permitió distraerse con sus divagues. Ensayó saludos fingidos que fue descartando a medida en que pensaba quiénes serían sus destinatarios, “esos hijos de putas...”. Recordó los temores que siempre la habían asaltado cada vez que transitaba esa ruta, cuando iba, creía que caería víctima de aquel jurado popular que la sentenciaría al acoso perpetuo, a las críticas eternas, a los interrogatorios interminables; cuando volvía a los brazos de Gustavo, se aterraba de que la encontrara vieja, demacrada como las mujeres de su familia, acostumbradas al servilismo de sus hombres, a hacer cuentas permanentes para gastar de menos... No podía concebir que, al retroceder se contagiara de aquella tristeza crónica, que algo de eso se le quedara pegado en la piel, que Gustavo consiguiera olerlo en su cuello. Tenía la profunda necesidad de separar su vida entre el pasado, que otros eligieron por ella y la realidad que ella desentrañó para sí misma. Su oficio, los amigos, Gustavo; eran parte de ese mundo; paralelamente, seguían naciendo, casándose, muriendo otros seres que un árbol genealógico señalaba como parientes.
Manejaba, y su memoria la mareaba, confundía los verdaderos recuerdos con las pesadillas que la atormentaron de pequeña. Repasó que una de las primeras veces, en que fue a festejar un fin de año con su hermano, luego de haberse marchado, Antonio le insistió tanto que se vio obligada a pasar casa por casa a saludar a sus tíos. Traicionada por los años, no consiguió identificar cual de todos, creyó que fue Armando, el que le dijo que era una puta como su madre. “De Armando no me extraña nada”, pensó ahora, “a su hija, el marido la muele a palos y el tipo le exige que permanezca con él”. Ironizó que si esa prima no fuera Andrea, no le dolería, tal vez, si se tratara de Macarena o Fátima... pero era Andrea.
Dobló a la derecha, en la puerta, estaban jugando sus sobrinas, abstraídas y ajenas al mundo... “En realidad todos acá viven en medio de esa enajenación, no consiguen ver más allá que no sea la casa del vecino”. Bajó del auto y, reproduciendo los hábitos de su nueva ciudad, se encargó de asegurar todas las puertas del coche de Gustavo. Las nenas no la reconocieron, tuvo que revelarles, con una euforia artificial, que era la tía Ángela y, abriendo sus brazos, las incitó a que corrieran hacia ella. Imaginó otro tipo de vida para las pequeñas, lejos de los casamientos prematuros con tipos que compensaban sus deseos con amantes, distantes de los hijos inesperados, cuantos más mejor... Las vio estudiando, prosperando, elevando sus sueños más allá del llano suelo de la rutina, las mismas esperanzas por las que ella se había ido.
Entró a la casa, Antonio la estaba esperando, ella le pidió que le preparara unos mates antes de irse y se deleitaron con unas masitas a la espera de que llegara Silvia. Ninguno de los dos habló de cosas importantes. Cuando la mujer entró, arrastrando a cada una de sus hijas para que se dieran un baño, los encontró riendo, especulando sobre quién iba a llorar más, quién haría más escándalo, quién llegaría mamado y demás... En algo coincidieron, ambos se alegraron con la muerte del “viejo de mierda”. Horrorizada, reprendió a su marido y saludó a Ángela con desgano, después se fue a preparar a las chicas para el velorio.
-¿Es necesario que vayan las nenas? –le preguntó a su hermano porque con Silvia no hablaba más que lo ultra elemental.
-Es la costumbre –le contestó.
-Por eso, la costumbre es costumbre hasta que alguien hace algo que rompa con esa costumbre –trató de convencerlo.
Pero su cuñada ya lo había resuelto, y las sacó del baño relucientes, vestidas como para una comunión y... sí, se dio cuenta de que en los velatorios, ellos estilaban usar aquella ropa de fiesta. ¡Volvió a espantarse! Se echó un vistazo, vio que llevaba unos jeans y una remera cualunque que serían otro motivo de crítica, se sonrió.
No había olvidado cuál era el camino, pero igual siguió al auto de su hermano con el suyo. Tomó aliento para bajar, recorrió mentalmente el pasado de cada uno de los que encontraría allí, ensambló la historia de todos juntos, exceptuándose, como si no los precisara para vivir, verdaderamente sólo le alcanzaba con Gustavo. Por la ventanilla vio pasar a Julio de la mano de un nene, se entristeció por esa criatura, si era que no conseguiría huir a tiempo del destino que se trazaría para él, el mismo que el su papá, obligado a casarse a los apurones con una antigua compañera del colegio. Lo encontró demacrado, y repasó su propio rostro con la mano, vigilándolo en el espejo a la espera de no verse tan arruinada.
La primera a la que encontró fue a Fátima, su prima, una de sus primas, porque eran tantas que a algunas no las distinguía, era que, en su mente, conservaba la imagen que tenían de niñitas o de adolescentes... Se dio cuenta de que estaba confundida, que eso no podía ser, si los había visto a todos hacía tres años, en un casamiento, el único al que llevó a Gustavo. Fermín y Arturo estaban hablando con alguien que ella no conseguía saber quién era... –era el dueño de la casa fúnebre. Los dos hermanos la saludaron, la elogiaron por lo bonita que estaba y le preguntaron si ese auto azul era suyo, “está bueno”, aseguró Arturo.
-¿Qué es de tu vida, primita? –le dijo Fermín que la tomaba del brazo y la conducía hacia adentro, hacia el zoológico más exótico de la tierra.
-Y... acá andamos, laburando... –respondió con una mueca de agradecimiento por escoltarla.
Recordó los juegos de la infancia que él, Andrea y ella desplegaban como si los tres fueran uno solo, satisfechos de sincronizar; se puso contenta de verlo. Su memoria relucía, asomando las entrañables ausencias de nuevo presentes; los vivos y los muertos.
Andrea se levantó de la silla pegada a la de su padre, y se les acercó, la besó reprimiéndose para no abrazarla. Se miraron de frente, ambas tenían la misma edad, pero la pobre mujer aparentaba ser su madre o una hermana bastante mayor. Tuvieron ganas de llorar o de reír, o llorar y reír al mismo tiempo, como si fueran esquizofrénicas. Fue ella, tras la desaparición de Fermín, la que la acompañó a hacer el recorrido de saludos. El tío Ricardo y su mujer, la tía Elena y su esposo, la tía Rita –estaba viuda-, el tío Armando, el tío Natalio, y toda la colección de primos e hijos de sus primos que eran cada vez más.
-¿Cuándo fue la última vez que nos vimos? –inspeccionó en su memoria Andrea, feliz de encontrarla.
-Creo que fue en el casamiento de Luján... –dudó-. ¿Me acompañás a comprar cigarrillos?
-Esperá que le aviso a Pedro...
Y después, rastreó las caras de los nenes más pequeños hasta que encontró al suyo, lo tomó de la mano y caminaron un poco hasta llegar al kiosco. Vio al pequeño e identificó los mismos ojos relucientes de la mamá, los antiguos ojos de la mamá, cuando la mamá era feliz. Entretenido con un helado que Ángela le regaló, no oyó las cosas que las mujeres hablaban.
-Che, ¿y tu novio?
-Se quedó allá.
-Estaba muy buen mozo en la fiesta...
-Sigue igual, no sé cómo hace, pero a él no le pasan los años... –Buscó las palabras adecuadas, aunque para determinadas cuestiones, todas eran equivocadas, más cuando no se estaba acostumbrado a hablarlas-. ¿Vos seguís con tu esposo...?
-Y... sí...
-¿Sigue... –no sabía cómo decirlo hasta que lo dijo-: pegándote?
- A veces... Casi nunca.
-¿Por qué no lo dejás?
-¡Estás loca, cómo me voy a separar...!
Estaba loca, sólo ella podía recomendarle a una mujer que se divorciara de su marido, que se fuera de su casa con sus tres hijos... Estaba tan loca que decidió volver entrar a la vivienda para enfrentar los rostros que la censuraban constantemente, que no la aceptaban como una de ellos. Los vio sentados, charlando bajito, como si el muerto pudiera oírlos cuando hablaban mal de él. Tomaban café y fumaban, fingiendo penas, contagiándose del llanto de los otros, hacían esfuerzo por disimular el alivio que a todos les provocaba la muerte del viejo; por un momento pensó que se trataba de una puesta en escena para una función teatral cuya escenografía no podría ser más apropiada. Se le acercó Luján, pavoneándose porque era la más joven de todas, aunque a simple vista uno lo pudiera poner en duda.
-¿Y tu novio, qué pasó que no vino con vos? –le preguntó.
-Es que él tiene el hábito de trabar, no como tu esposo que vive de vos... –y Ángela dio media vuelta, rastreó ojos amigables, hasta que se cansó de buscar y se fue a un rincón a fumar lo más sola posible.
Quemando minutos, rogando que nadie se le acercara, tratando de hacerse invisible, apurando esperas, no veía la hora de largarse de allá. Por un rato lo consiguió, hasta que Fátima se le pegó para dialogar, fue como si se hubiesen puesto de acuerdo para repartirse los cuestionarios, o peor todavía, repetir las preguntas con distintas frases. Se veía que a todos los atormentaba que conviviera con aquel hombre que conocieron en la última fiesta importante de la familia.
-¿Cuándo te pensás casar? –escupió por fin, Fátima.
-Sí, sos la única que queda, apurate –agregó su cuñada-, que la próxima vez que nos encontremos todos juntos va a tener que ser en tu casamiento...
-O en tu funeral –y harta de disimular, se cambió de lugar.
…Fue a parar justo al lado de unas viejas que se prestaban lamentos, tal vez en su juventud hubiesen estado enamoradas del viejo de mierda. Dos segundos duró junto a las extras disfrazas de “lloronas”, fue cuando reconoció a Macarena y decidió acercarse a ella. Reviviendo la misma historia que la de su progenitora, la imbécil estaba llena de mocitos que chillaban todos a la vez.
-Ay, miren a quién tenemos acá, a la huidiza de la familia... –le dijo al verla aproximarse.
-Oíme una cosa, vos, ¿cuántos hijos pensar tener, o es que no sabés cuidarte? –vomitó ponzoñosa, adaptada al juego de resaltar lo que cada uno intentaba esconder.
Las horas oscuras de la noche de febrero fueron pasando lentas, laboriosas. Los compungidos siguieron exagerando, los aliviados forzaron al máximo sus lagrimales, Ángela y su hermano continuaron dirigiéndose miradas cómplices de satisfacción. Velando realidades, recibió la mañana como una señal bendita del final del tormento, del mismo modo que Noé debió tomar aquellos soles Divinos después de tantas tempestades, tras todos los castigos. Posteriormente de haber retrocedido todos esos años en sus recuerdos, sentía que ya no le quedaba otra más que avanzar, como siempre le había gustado hacer. Pensaba en retornar a su casa, después de ver cómo echaban tierra sobre el cajón del viejo muerto. Regresar a La Plata, al departamento de la calle 10. Volver a Gustavo, a pesar de que ya se hubiera ido a trabajar. Se convenció de que le alcanzaría con olerlo en las sábanas de la cama; imaginando una ducha tibia, deseaba acostarse y, con la remera desteñida de Boca que Gustavo le prestaba a veces, dormir despatarrada debajo del ventilador soñando con él, hasta que llegara y se despertase para contarle cuánto lo había extrañado.

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