domingo, 17 de enero de 2010

caprichos de papel 2ª capítulo

barcos que chocaron

Una vez que se desató su llanto, un torrente de lágrimas humedeció el cuerpecito de Remo que yacía muerto sobre la alfombra del comedor del departamento de Lisandra y Gabino.
...Segundos antes, “Lisandra Crimonti...”, era el nombre que Sufrimiento escribía prolijo y con aire de diligente...
Los días que había durado el decaimiento de Remo, Lisandra no fue a trabajar, casi no hablaba, porque no tenía ganas ni de discutir...
Del resto, se ocupó Gabino que envolvió al gato en una manta y se lo llevó sin decirle adónde... Ella se consoló pensando que su novio lo iba a enterrar en el jardín de algún conocido... Y no se equivocó porque Consuelo anotó en un papel blanco la frase: “...Gabino Varaldi entierra con cariño a Remo en la casa de sus padres...”.
...Las fechas oscuras que fueron viniendo, siguieron parecidas: con sus pequeñas ansiedades, el sufrimiento de Lisandra parecía no tener fin ni compensación y ni siquiera aun disminuía cuando Gabino le proponía adoptar a otro animalito de mascota.
Gabino siempre detestó a Remo, pero amaba a Lisandra con locura.
...Él se conmovía viéndola, y la entendía.
...Ella, a penas conseguía responderle sin lágrimas:
-¡...Yo no quiero otro gato, yo quiero a mi Remo! ...Todavía, antes de abrir la puerta del departamento, pienso en que le tengo que dar de comer... Hay momentos en que siento que lo escucho llorar... A veces, estoy acostada y creo que lo veo aparecer por el pasillo para entrar a la pieza conmigo... Cuando llego, mi primer impulso es saludar a mi Remo... ¿me podés entender?
Nada volvió a ser como antes, un denso aire recorría la casa moviendo las cortinas de su hogar maltrecho...
En esos momentos, Inspiración, la más inquieta de los Caprichos, la que nunca quedaba conforme ni con un trabajo de exquisita excelencia... La que se ocupaba exclusivamente de pocos humanos, tomó una decisión... Ella tenía por costumbre observarlos y soplarles en los oídos de esos afortunados, como en medio de un sueño, estupendas historias... Inspiración, decía, finalmente se fijó en Gabino Varaldi... De los gestos y detalles de la gente que llamaba su atención, lo que le gustó de él fue su constancia y al mismo tiempo, la forma en que renegaba de ser capaz de tener cualquier impulso creativo.
“¡Las genialidades siempre son de otros...!”, pensaba él.
¡La admirable persistencia de Gabino tuvo su recompensa...!
...Por eso, mientras depositaba en “La Fuente” el barquito que llevaba anotado el nombre y el apellido de ese individuo, simultáneamente, la Inspiración veía llegar el final de la cordura entre los Caprichos, tan envueltos como estaban en tomar partido entre Sufrimiento o Amor...
Todos sabían que el caos era inevitable, si no, ¿cómo se explicaban los comentarios malintencionados en los pasillos de “El Muelle”?
...Antes de vivir juntos, habían tenido un pasado en común...
Gabino recordaba que por aquellos años solían disfrutar leyendo en la cama...
El ejercicio de hacer memoria era trabajoso, dejaba al descubierto los errores.
Todo lo compartido, esos rostros de antes...
Volvían a su presencia los días en que estudiaban, cuando todavía creía que la felicidad podía durar, cuando el futuro no llegaba nunca.
...Después, él se fue, y lo hizo dando un portazo, puteando al destino, a los cuantos traidores que devastaron el país. Gabino renegó de todo lo que alguna vez quiso: estas calles mugrientas, esta gente con su misma suerte... Quiso tomar distancia, comerse el tiempo.
¡Una patria descompuesta...!
Y dejó todo, convencido de que no podía existir un lugar peor.
...Se fue dando un portazo y escapando del esfuerzo que significaba luchar; del compromiso, del desaliento.
...Se fue dejando libros a medio terminar; llevándose fragmentos de vidas ajenas.
...Se fue a habitar un mundo más estable y sereno; más grande, capaz de hacerle creer que se estaba a seguro...
¡La tierra de la felicidad...! Extraña, intrusa, tan distante y sucia como sus calles, apestadas de personas que lo miraban mal, que desconfiaban de él, que le recordaban, como si alguna vez lo hubiera olvidado, que no pertenecía allí...
Aquel tiempo pasó con pocos recuerdos, sin remordimientos, sin deseos ni sueños como los que tuvieron... Quizás alguno los siguiera teniendo...
Hasta que volvió a nuestra ciudad...
Le bastó con caminar unas cuantas cuadras que lo condujeron hasta la facultad donde, suntuosos salones de antaño pasaron a convertirse en gigantescas aulas sin ventanas.... Tantos años transcurridos por esas escaleras...
¡La memoria autorizada...!
Renacieron las postales del pasado...
Las esperanzas querían despabilarse...
Las ilusiones de la juventud resurgían en la piel como besos o como llagas...
Aquellos, habían sido tiempos difíciles, pero repletos de expectativas; demasiados esfuerzos y tragedias.
...Las tardes frescas que pasaban escuchando a profesores que sabían menos que ellos... Ellos: amigos que ya no se saludarían.
...Retornaban las imágenes de noches interminables, agotados de estudiar, a veces borrachos de cerveza, otras de café instantáneo... Inundados por montañas de fotocopias, tapados de discos y papeles con tachones...
Los sitios donde fue feliz... Frente a un edificio que lo transportaba nuevamente al ayer.
...Aparecieron las evocaciones, endebles, desordenadas, mareadas.
Nada había cambiado demasiado... Tal vez hubiera más luz y las calles fueran más anchas. Los negocios tenían otros nombres, sin embargo, la gente caminaba de la misma manera.
...Bolsos, carpetas y cuadernos que se resbalaban de las manos de chicos que se apuraban, aunque sabían que ya estaban llegando tarde.
¡¿Cuántas veces corrió Gabino desde la parada del micro hasta el aula, abriéndose paso, sabiendo que nadie le iba a prestar atención cuando apareciera por esa puerta...?! ...Nadie, salvo aquellos amigos...
Los lugares no habían cambiado, no se traicionaron...
Por su parte, era innegable que ya no tenía veinte años, y que tampoco precisaba andar apurado, ni había ninguna persona que lo esperara pasando esas paredes.
...Después de todo, también él era lo que perdió...
Cada paso lo conducía hacia la vorágine de su ciudad que, lejos de ser Alejandría, también era la “capital del recuerdo”.
...Buscando caras conocidas, caminaba con la esperanza de encontrar a alguien que le devolviera lo que fue...
Pero era imposible reconocer lo que no se era, y él ya no era el mismo...
Nadie lo reconocía porque no lo esperaban...
Ninguno de los que quiso, con los que se conmovió del sufrimiento ajeno, del propio; con quien entabló discusiones en aquellas horas infinitas...
Pero un día pasó, que reconoció en esta ciudad el mundo que tuvo, que abandonó, despreciándolo, echándolo a perder... Una vez borradas sus fronteras quiso, ¿inútilmente?, reconstruirlo...
Pero, ya no amaba a nadie...
Se decepcionó un poco, se daba cuenta de que todo había sobrevivido a su ausencia...
Caminaba y se preguntaba si alguien, en ese momento, lo recordaba... Si alguien pensaba en él.
“¡Ser ajeno en un lujar extraño era una cosa lógica, pero serlo acá...!”, conjeturaba al pasar...
Supuso que sería cuestión de amoldarse, de volver a pisar las mismas baldosas por las que anduvo, tal vez hojeando un libro que en otro tiempo le gustó...
“Donde quiera que mire se alzan las negras ruinas de mi vida. La ciudad te seguirá, por las mismas calles andarás interminablemente, los mismos suburbios mentales. La ciudad es una jaula”. Releía el poema y se sonreía al recordarla...
¡Pero todo era tan distinto...!
Ya no leía recostado ni estaba ella para compartir con él esas historias encantadoras... Nadie con quien pelear...
“...Pero quizás resulte ser una nueva ciudad, diferente de aquella a la que durante tanto tiempo se impuso a nuestros sueños...”.
“...Y nuestros besos, en el límite extremo de los sentidos eran como resúmenes de todo lo que habíamos compartido y que aún reteníamos precariamente en nuestras manos...”.
...Lejos de aquella esquina en la que la esperó, fumó y se fue, insultándola por su impuntualidad... No era la misma vereda donde se le cayeron los cuadernos y desordenó sus papeles... No, sin dudas ésta no era aquella esquina y esa vereda quedaba más allá.
Su ciudad maravillosa, donde finalmente esperaba hallar una morada...
Y volvía a estar frente a ese edificio...
Los recuerdos lo empujaban, lo llevaban adentro, sin el apuro de otros tiempos pero con el mismo asombro al descubrir un mundo nuevo, al igual que el primer día en que entró, preocupado porque no podía encontrar el aula donde se cursaba filosofía.
De estudiantes, habían llegado a conocerse todos los pasillos que los llevaban hasta los zócalos más oscuros de esa facultad... ¡Los rincones de las manos! ...Porque alguna vez tuvieron las alas muy abiertas...
...Íntimamente se alegró de empezar a reconstruir su historia, asustado pero esperando la lucha cotidiana, convencido de cuál era su lugar, dispuesto a estar y no huir, preparado para ser feliz...
Las escaleras estaban tan mugrientas como siempre, maltratadas por alumnos que si no eran iguales, se parecían bastante a los que ellos fueron... Quejosos, enojados por la “pila de laburo”, satisfechos por hacer lo que deseaban, agotados de tanto esfuerzo pero a la vez aliviados por poder compartirlo con alguien.
...Los veía pasar, cargando sus mochilas con anhelos, siempre a las corridas...
Mentalmente hizo un repaso de cuentas pendientes.
“¿Alguien más estará pensando lo mismo que yo?”.
...Los que llegaban tarde se apuraban como si les preocupase que la clase hubiera empezado, creídos de que el profesor que la dictaba les iba a prestar atención cuando entrasen por la puerta.
Los alumnos impacientes y cansados escuchaban mientras imaginaban que estaban en... en cualquier otro lugar...
Alguien hizo una pregunta que Gabino contestó sin esfuerzo... Especulaba sobre adónde iría cuando saliera de ahí...
Sin rumbo preciso empezó a dejar el aula atrás, las escaleras atestadas de personas parecían automáticas... Alguien que, seguramente estaría llegando tarde, lo empujó y le tiró, sin darse cuenta el último libro que se había comprado.
...Se fue, cerrando cuidadosamente un picaporte que no existía.
...Y lo sorprendió la lluvia y la humedad demasiado habituales en esta latitud. No le importó mojarse la cara; los cuadernos y libros estaban dentro del bolso.
Caminaba por las calles con las que se iba reconciliando de a poco, ya no había recuerdos que clamaran venganza...
Había día a día, un cielo que parecía que iba a abrirse encima de todo el mundo, un viento que se hacía más fuerte en cada cuadra.
...Ésa sí que era aquella esquina, la recordaba bien... Y sin culpa siguió la marcha, sin reprocharse las malas decisiones que tomó, lo que eligió...
Avanzaba lentamente viendo de reojo las vidrieras...
Reconocía lo hermosa que era su ciudad, “capital del recuerdo”, de historias pasadas, sueños y antojos, de luchas que unían y de caras amigables y felices que dejó de buscar porque se dio cuenta de que ya nadie lo reconocería...
Un maniquí lo incitaba a vestirse como él, con un pantalón de corderoy y una campera de lana, ambos demasiado ajenos a su presupuesto.
...Se puso a pensar de dónde podría a sacar la plata, pero no consiguió hacer cuentas mentales, porque una voz dijo su nombre con sorpresa y un poco de nostalgia...


“El Ministerio de los Sueños” se trataba de un sitio inmenso, lleno de recovecos, algunos oscuros que, si hubieran hablado, hubiesen hecho temblar a más de uno, incluso hasta a algún Dios...
Estaba lleno de puertas, pasadizos y escaleras. Allí, cualquiera podía hallar un buen lugar para ocultarse y engañar...
Semejante edificación no fue premeditada para provocar confusiones, nada por el estilo, pero sucedía que sus oficinas se intercomunicaban y de ellas entraban y salían, subían y bajaban demasiados seres que trabajaban allí.
A parte de las oficinas, en los pisos superiores se hallaban los dormitorios y comedores donde descansaban a la vez, Señores y Señoras de la Vida y sus subordinados más directos: las Señoritas y los Señoritos de los Sueños.
En los departamentos dirigidos por las Señoritas que ya presentamos, realizaban sus labores realmente muchísimos entes que a su vez, se multiplicaban y transpiraban, yendo de una oficina a la otra, viniendo, corriendo, saltando.
...El peor defecto o cualidad de los que vivían en “El Ministerio”, era que todos se desvivían por las habladurías...
Para las coordinadoras, las Señoritas Casualidad, Esperanza e Incertidumbre, los empleados más destacados y dedicados eran: la Señorita Desamparo, la Señorita Resignación era amiga íntima y fiel colaboradora de Esperanza, la Señorita Curiosidad, la Señorita Coincidencia, la Señorita Comprensión, la Señorita Clemencia, el Señorito Despecho, la Señorita Lástima, la Señorita Confianza, el Señorito Pudor, la Señorita Ayuda...
Era sencillo justificar que “El Ministerio” fuese tan amplio y complejo porque era único en el planeta y aglomeraba las actividades de todas las sucursales de “El Muelle” que colonizaban cada una de las ciudades del mundo.
Nadie llegó a conocer todos sus rincones... Salvo, Casualidad, siempre tan despistada, ella... Por lo general, en lugar de ir a donde debía, terminaba yendo a parar a alguno de los vericuetos anegados... Una de las tantas veces en que se equivocó de camino, se perdió y creyó que su realidad se le venía abajo cuando se cruzó con el Presente que la observó con recelo a la vez que el Dios le exigía que no atravesara aquella esquina:
-¡Desaparece ya de mi vista, inmunda Señorita...! –le había gritado el Dios...
Ya se explicó que “El Ministerio” era gobernado sabia, pero autoritariamente, por el Señor Destino; claramente, la única manera de mantener el control entre aquellos habitantes, era a través del autoritarismo...
El Destino era el más poderoso y visionario de todos los Señores.
A diferencia de la categoría de Señorita y Señorito, Señor o Señora se nacía, mientras que los otros alcanzaban dicho estatus a través de ascensos laborales... Como nacían, los Señores pertenecían todos a una misma familia.
A parte del Señor Destino, estaba su hermanastra, la Señora Suerte, quien a su vez tenía un hermano de sangre: el Señor Azar, un Señor tramposo y huidizo del que casi todos desconfiaban...
Los demás eran primos y primos segundos o primos en grado más lejano...
La Señora Belleza, a parte de otorgar y quitar los motivos para la vanidad, ella determinaba, según su gusto, pero sobre todo, sus estados de ánimo, las reglas del virtuosismo en cada determinado proceso histórico... Alguna vez se inclinó por elogiar lo cargado, lo pomposo y lo saturado; otros momentos prefirió lo sencillo, fino y delicado... ¡También tuvo una época en que elegía todo lo híper colorinche...! Últimamente, andaba regocijándose con lo caótico...
El Señor Miedo, era el Señor que contaba con el mayor poder para debilitar a sus presas... Se dedicaba a esclavizar a cuantos seres conseguía abrazar... ¡Y vaya que él tenía muchos brazos...!
La Señora Locura, era ideal para distraer a algunos, consolaba a otros, varios quedaban extraviados en su seno y muchos eran bendecidos por ella.
El Señor Placer era primo hermano del Destino y, si bien no era preciso aclarar cuál era su función en el tejido universal, había que contar que su mayor potencia la dedicaba, entregando todo su afán en ello, a saber hasta dónde era capaz de expandirse; descubrir si algún día el Señor Destino o los Dioses mismos, serían lo suficientemente insensatos como para ponerle límites... Él pensaba que eso nunca sucedería, pero igual quería probar...
La Señora Verdad era la más esquiva de todos. Se replegaba y se mostraba hostil incluso ante su primo segundo y jefe... Una vez, en una de todas sus vidas, descubrió aquello que su habilidad provocaba y tanto se asustó de sus propias consecuencias que, desde entonces, andaba prefiriendo que cada uno de los seres, humanos o inmortales, eligieran por sí solos acercarse a ella o no... La verdad: ¿recompensa o castigo? ...Ella, ya no quería decidirlo... ¡Su fuerza era tan potente y compleja que aún no llegaba a controlarla...!
¡¿Y cómo no mencionar a la Señora Soledad...?! ¡La distante y apacible Soledad! ¡La Señora de los Desiertos! Una de las más desdeñadas... Nadie, así fuere inmortal o humano, pretendía atraerla... Sin embargo, con ella sucedía algo muy curioso: era tan subestimada, todos los seres del planeta la menospreciaban tanto, que ellos terminaban por no considerarla una verdadera amenaza... Pero, si a lo largo de la historia de la humanidad, se hallaban miles de ejemplos de hombres y mujeres (y también criaturas perpetuas) que transcurrieron su vida sin trascendencia, muriendo solos algunos, olvidados o ignorados otros... Siendo así, ¿por qué a la mayoría de la gente le costaba tanto creer o imaginar que ese fin también podría ser deparado para ellos...?


-Buenos días, señor, mire que esta caja está cerrada... –le avisó Cándida apenas entró en el supermercado...
-¿Pero dónde están las habilitadas...? –preguntó enojado.
-En el fondo, señor, yo recién llego... –le explicó...
-¡Acá son todos unos pelotudos que ponen pocas cajas...!
-¡Más pelotudo serás vos! –le contestó Cándida, sin dejar de pensar en las cosas que se callaba...
-¿Cómo me dijiste? –se mostró ofendido.
-...Que no me falte el respeto porque todavía que le aviso, me insulta...
-Si yo no estoy diciendo nada... –replicó.
…Y, ante los gritos, un empleado de seguridad se les acercó.
-Señor, si está molestando se va a tener que retirar...
-¡Son unos pelotudos...! –volvió a decir y dejó su changuito desbordado de productos, y se marchó.
...Así empezó Cándida, otro día laboral, un día parecido a la mayoría de los otros lunes...


Tenía veintiún años y era la chica más afligida del barrio... Justiniana era débil, frágil, susceptible...
Poco tiempo atrás trabajaba bañando perros a domicilio... No era gran cosa, pero le resultaba relativamente divertido y útil para no oír más los reproches de sus padres que empeoraron cuando decidió dejar la Facultad de Periodismo y Comunicación Social.
...Sus padres tardaron varios meses en notarlo y cuando lo hicieron, empezaron a atormentarla con recriminaciones que sólo tenían la intención de herirla.
Antes de distanciarse del mundo, estaba rodeada de desatenciones. Siempre pasaba desapercibida entre sus compañeros, era una más, con todo lo bueno y lo malo que eso implicaba...
-Fóbica social –diagnosticó un psiquiatra después del tercer ataque de pánico que sufrió en la calle.
…Y así fue como Justiniana dejó su trabajo y ninguno lamentó su ausencia... Pocos le prestaban atención... Por eso nadie la extrañó cuando se alejó de la realidad.
¡Las vidas bellas, siempre eran ajenas...!
Justiniana había puesto lo mejor de sí para aprender a socializar... Pero reprobó en todos sus intentos. El mundo no quería saber nada con ella y viceversa...
De un día para el otro se aisló y se encerró en su cuarto con el más profundo desamparo...
¡Su mente caótica la fue envolviendo con señuelos...! ¡Nuevos desencantos!
...Sólo se vinculaba con la realidad leyendo sobre historias que las personas narraban sobre otros.
El universo se recortaba con la forma de sus tormentos... ¡Su vida la delataba en su imposibilidad de disfrutar!
...Almacenando tristeza, transcurría su existencia...
¡Sus padres, lo único por lo que se preocuparon fue que Justiniana dejó de aportar los pocos pesos de su trabajo!
...Ella se convirtió en un ser dócil y manso, como un animal domesticado.
Renegó de todo, sin detenerse a discriminar entre lo bueno y lo malo, o entre aquello que la favorecía o lo que la dañaba, como si ella no tuviera la obligación de luchar por ser feliz...
De ahí en más, solamente le quedaba dedicarse a morir...
¡Una moderna historia de desabrigo...! ¡Horas desabridas marcadas por la desprotección...!
Nada la hacía salir, volver, recomenzar...
La gente no significaba para ella más que una amenaza...
Leía, imaginaba... pero jamás se ponía a recordar... Sin embargo, no se registraba ningún episodio traumático que necesitara reprimir, no había forma de determinar el inicio de su trastorno...
...Tampoco había solución... No era Amor lo que necesitaba Justiniana... El Consuelo lo hallaba leyendo... El Olvido no era preciso, no extrañaba nada de lo que permanecía en el exterior de su habitación... Tal vez la Alegría la animase un poco... pero no era eso lo que precisaba en ese momento...


“Manual de Usos y Procedimientos del Capricho Universal”

...Página 12 (se omiten las ilustraciones)
...Lección 15:
en la vida de los humanos, los acontecimientos no resultan ser hechos aislados. Cada conducta conlleva un riesgo y posibles consecuencias que, en el tiempo, derivarán en otros comportamientos... ¡Por eso, nuestra forma de unirlos y compactarlos, concatenando nuestro accionar para hacer confluir nuestro poder en un todo, es a través de los puntos suspensivos...!
Al respecto, otra cuestión no menor, para tener en cuenta es la confluencia de propósitos... Nuestra necesidad de trabajar mancomunadamente junto a otros Caprichos para aunar fuerzas y economizar energías, nos conduce a tomar la realidad humana globalmente, en la que varios sentimientos se unifican....
Es mediante los puntos suspensivos que unimos nuestros designios. De lo contrario, resultaría inevitable el aislamiento de nuestros impulsos.
Se recomienda vincularse a colegas con los que compartamos objetivos para realizar un trabajo óptimo...

...Página 15
...Lección 22:
los Caprichos debemos obediencia absoluta a los Dioses que, sabia y magnánimamente, han elegido al Señor Destino para que vele por sus intereses. De esto deriva, que a través de la veneración al Destino, también se honra a los Dioses.
Es una obligación indeclinable respetar la cadena de mando, acatando las órdenes de los Señores y Señoras de la Vida y, por decantación, también se le debe subordinación a los Señoritos y Señoritas de los Sueños...

...Lección 23:
el Destino es nuestro jefe al que se le debe sumisión completa e incondicional. A él hay que informarle todo suceso necesario para la preservación del sistema, así sean noticias destacadas como informaciones aparentemente intrascendentes sobre nosotros y nuestros colegas. Es un mandato inviolable denunciar ante el velador de la obra de los Dioses en el planeta, cualquier anomalía detectada que pueda entorpecer el ordenamiento Divino...
Cabe destacar que de ser imposible contactarse con el Destino, se debe acudir a otro responsable para cumplimentar el acto de comunicación...
Alguna intransigencia a esta norma, por más mínima que resulte, será castigada con penas que van desde la deshonra hasta la suspensión o expulsión para el o los Caprichos involucrados en el delito de ocultar o distorsionar información necesaria para el Señor Destino...


...La mayoría de los Caprichos se divertía enfrentándose a través de los hombres, con las vidas ajenas.
Eran capaces de pasarse muchas horas, resignando tiempo de paseo con tal de jugar a la batalla naval, derribando, con sus balas de papel, los barcos de colores de otros, y hasta algunas hojas en blanco.
...La buena comunicación que entablaron en la cama, Basilio y Augusta, les permitió coordinar algunas cuestiones... Arreglaron los tiempos para que la noche del 22 de junio, el juez a cargo de proceso, librara la orden de detención mientras que ella sacaba su artículo antes de ese mismo cierre.
...Y fue un suceso y su trabajo causó las repercusiones que esperaba... ¡Llamados con enojos de algunos políticos! ¡Felicitaciones de sus colegas, de sus jefes, del dueño del diario...!
Mientras tanto, Pascual se lamentaba por los días y noches que pasaba sin ella...
-Está claro que vos y yo no podemos tener una relación normal... –le explicó Augusta ante los reclamos...
-¿Aunque nos amemos? –se animó a protestar...
-¡Aunque nos amemos! –le confirmó poco convencida...
-Bueno, pero podríamos seguir viéndonos cada tanto, por lo menos... –le sugirió Pascual antes de ella se distrajese para dirigirse al jefe de redacción...
-¡...Me lo merezco, Gustavo! ¡Dale, no seas inflexible...! De verdad estoy muy cansada... un día de estos, me voy a caer desmayada o peor, voy a matar a alguien y recién ahí van a valorarme...
-Ya te valoramos...
-¡No se nota...!
-¿Cuántos días querés?
-¿Cuántos me puedo tomar...? –dijo, para empezar la negociación...
-¡Siete, no más!
-Bueno...
-¿A dónde te vas a ir...? –curioseó su jefe.
-Tenías ganas de irme... al sur...
-¡Igual que yo! ¡Yo me voy a Bariloche...! –exclamó Pascual que se mostró extrañado y agradecido a la buena suerte...
-El sur es bastante amplio, ¿no te parece...? –destacó Augusta.
-¿Por qué no se van juntos...? –Incertidumbre lo obligó a proponer al jefe...
-¡Sabés que ésa no es una mala idea...! –dijo él.
-¡Tráiganme un lindo regalo y desaparezcan ya de mi vista!
...Pasión sospechó acerca de una poderosa intervención... Igualmente, nada de eso la inquietó, la chica sabía manejar a esos dos hombres sin la necesidad de ponerse a analizar sus sentimientos... En realidad, si lo hubiera hecho, poco hubiese variado, no amaba a ninguno, pero sentía una afinidad por ellos que no podía controlar.
-¿Estás preparada para ser feliz? –le preguntó Pascual en el hall del hotel...
Augusta terminó de hacer la admisión y se fue a llamar a Basilio para avisarle que había llegado bien...
“La mentira” no era un concepto marginal o cuestionable para ella... En realidad, Augusta se justificaba pensando que lo de ella no eran farsas, sino simples ocultamientos... De hecho, Basilio estaba enterado de las vacaciones que se tomaba gracias a que en el diario le habían adelantado unos días... Lo que ignoraba era que ella se encontraba acompañada por otro hombre, pero tampoco tenía porqué saber todo acerca de su conducta.
...Pero Augusta no se cuidaba ni en sus dichos ni en sus comportamientos, no le inquietaba que ellos supieran del otro... Ella no le tenía miedo ni a la verdad ni a la mentira, ¿a qué le temía, entonces?, no era sencillo de descubrir, pero a la mentira o a la verdad, seguro que no.
...Todo se debió a la Pasión que aplacó los ímpetus de Basilio y ensalzó los de Pascual que, al fin y al cabo, era el hombre que había viajado con ella.
¡Cada vida...! La frescura de esas tardes que pasaban juntos... ¡Los kilómetros de historias pasadas, pasajeras...! ¡Toda su experiencia! ...Con sus manos viajeras, lo despabilaba...
-Te amo, sabés... –le susurró Pascual.
-Sí, lo sé... –le aseguró ella, porque así como no le mortificaba mentir, no le molestaba que le mintieran.


...El Amor no podía entender... ¿En qué estaba fallando...? ¿Por qué Martín? ¿Cómo Rufina pudo enamorarse de él...? ¿Qué llevaba a esa chica a buscar desenfrenadamente cariños absurdos, enfermizos?
¡Sus monstruos privados...!
Esa nueva historia no era más que la reproducción de una postal del fracaso que reposaba en la memoria. Repetir sin molestarse en aprender...
¡Íntimas deudas! ¡Crímenes personales...! ¡Romances envueltos por el desamparo...! ¡Un currículum de lamentos!
...Rufina sabía que él tenía novia, en eso no la engañó... Tal vez era que lo amaba de verdad o se trataba a penas de su necesidad, esa forma dañina que tenía de buscar sentirse querida por alguien; ser importante para otra persona... Pero Martín no la apreciaba, ni la quería, ni la respetaba...
Eran compañeros de la facultad, cuando aún ella le prestaba la mínima atención a sus estudios...
Rufina no conocía otra forma de desear... Un hombre que la satisfacía en la intimidad; el mismo hombre que no la saludaba cuando coincidían en algún aula...
Ella, por sí sola se encargaba de martirizarse... La pura degradación de los sentimientos...
Amor estaba culposo, aunque sin razón, al fin y al cabo en “el caso: Rufina Barrado”, él sólo era un término, una palabra que se decía para mentir, hueca y pronunciada por las tardes entre temblores...
“¿Cómo es posible que esta chica siempre asocie al amor con el sufrimiento?”, se mataba analizando... Y eso a él no le gustaba...
En un primer momento especuló con que aquello fuera producto de la acción de otro Capricho resentido... Pero no, entre ellos se sabía todo y pronto se convenció de que el Sufrimiento no había intervenido en la mente de Rufina... De hecho, ese Capricho estaba muy ocupado abrumando a otros humanos y se sentía bastante disperso tratando en embaucar a la Tristeza...
Otra posibilidad que se le cruzó por la mente al Amor, fue que Pasión... Pero no, también la descartó, tampoco era su responsabilidad, ella misma se lo confirmó...
“Entonces, ¿cómo puede suceder que esta muchacha se equivoque tanto...? ...Ciertas dificultades son razonables, pero esto es otra cosa... ¡Ni siquiera es amor...!”, reflexionaba el Capricho.
¡Pérdidas infinitas...! Malos amores...
Si la vida hubiera sido un juego de ruleta, Rufina hubiese seguido malgastando... ¡Siempre apostaba por el hombre errado...!
Rufina, por su parte, abandonó casi todas sus cursadas, con excepción de la única materia que tenía en común con Martín... Él solía llegar tarde y cuando entraba al salón la buscaba entre todas las caras abatidas... Cuando la identificaba, se iba a ubicar lo más lejos posible...
¡Amar era un castigo...!
Después de la clase, ella se acercaba al grupo donde estaba Martín... Él le clavaba una mirada hiriente y empezaba a bajar las escaleras... Cuando llegaban a la entrada, la esperaba unos minutos y caminaban juntos rumbo al departamento que Rufina compartía con su prima...
-¿Por qué me ignorás...? ¿Por qué no podés ser capaz ni siquiera de saludarme...? –le preguntó, defraudada, con tono de reproche-. ¿Es mucho lo que pido...?
-...Todos mis amigos conocen a mi novia...
-¡Cómo si fuera la única mujer que te habla...! ¡Quiero preparar el final con vos!
-Sabés que no estudio solo...
-Entonces, ahora hay una más en el grupo... ¡Eso no tiene nada de malo, ¿o me vas a decir que sí?!
-Bueno, muy bien... El lunes a las siete y media en lo de Efraín...
-No sé dónde vive...
-¡Anotate la dirección!
...Un amor que a ella la afligía y que a Martín le empezaba a traer problemas... Rufina no le reclamaba más que la mínima consideración, pero eso era suficiente para que él se agotara de buscar excusas que la dejaran conforme.
¡Qué facilidad que tenía Rufina para equivocarse...!
...Y así también, como sus otros amores, la dejó y ella no fue nunca a lo de Efraín para estudiar.
Unas mañanas después, Rufina se compró una planta y su mundo se tornó tortuoso y hueco...
-¡Ay, qué lindo potus! –Le dijo su prima-, ¿qué nombre le pusiste?
-¡Ninguno! –respondió como una obviedad...
-...Algún nombre tiene que tener si querés que crezca fuerte y lindo...
Lo bueno fue que, para alejarse de Martín, también se apartó de la facultad, lo cual dejó de tornarse una tortura permanente...
Y finalmente lo dejó todo de lado, a Martín y a los anteriores, como un libro que se olvidó de continuar leyendo...
Pero a Rufina le fascinaba leer... En la novela que le habían prestado, Sofía le decía al protagonista, el hombre de su pasado:
“...Es mi misión en el mundo: inventar, descubrir, embellecer personas... para que las disfruten otros...”.
-¿Qué hacés...? –le preguntó su prima...
-Leo... –le respondió, aunque se notara claramente lo que estaba haciendo...
“...A esos hombres, Rímini, a esos hombres, como vos, yo los veo...”, siguió leyendo.
...Amor se angustiaba a la par de Rufina... Él era la causa de su dolor... Él, que era el Capricho que debía mitigar toda pena, cualquier ausencia...
“...Los veo y les leo todo, entendés, una por una todas las heridas y las cicatrices que tienen, las grandes, las que son irreparables, y las que casi no se ven, y también leo todo lo que ese corazón es capaz de hacer, todo lo que ni él, él menos que nadie, en realidad, sospecha que puede hacer, y entonces les digo lo que veo, o no, se los muestro (porque los pobrecitos rajan si les decís las cosas), y entonces, zas, se enamoran de mí, se enamoran perdidamente, y yo de ellos, y cuando empiezan a darse cuenta de que lo que les mostré está ahí, adelante de ellos, entonces creen que entendieron de qué se enamoraron realmente, no de mí, por supuesto, sino de mi poder...”.
Pero de ella, de Rufina, ni siquiera se enamoraban...
Prosiguió: “...y entonces, curados, espléndidos, se van, mucho más guapos que cuando los encontré, rejuvenecidos, en perfectas condiciones para ser felices. Y sin mí, por supuesto...”.
Y Rufina se largó a llorar...


-¡Anota: Inglaterra, Chelsea; España, Barcelona...!
-¿Qué nos queda...?
-Veamos... Italia, Turquía, México y Argentina... –indicó el Presente.
-¿Qué? ¡Hable más fuerte que no lo oigo! –lo retó el Pasado...
-Yo lo escuché, así que yo me quedo con Turquía y México... ¡Italia y Argentina, elíjalos usted!
-Yo definí Argentina, la última vez... –destacó el Presente.
-Entonces, quédese con Italia y yo me ocupo de Argentina –determinó el Futuro...-. Argentina: Boca Juniors –escribió.
-¡No, deténgase ahí por un momento...! –lo interrumpió Presente-. ¡Espere un minuto...! ¡Pensemos un poco...! ¡No podemos seguir dando ganador a Boca...!
-¿Por qué no? ¡Si acá se hace lo que nosotros decidimos...! –chilló el Futuro.
-En eso estamos de acuerdo, pero me parece que sería más conveniente que disimulemos un poco, que distraigamos a los hombres con algo... –se justificó Presente.
-Concuerdo con usted –dijo el Pasado-. ¡Tiene que haber otro campeón!
-...Porque si no, las personas van a sospechar... –terminó su idea.
-¿Sospechar qué? –lo increpó inmaduramente el Futuro.
-¡Nuestra preferencia!
-¡Suya, querrá decir...!
-¡Muy bien, mía, lo acepto, yo soy el que tiene predilección por ese cuadro! ¿Le parece poco que yo prefiera a Boca?
-¡Está bien, no quiero discutir, me convencieron...! –Gruñó Futuro-. ¿Quién es el segundo de la tabla?
-¡Estudiantes de La Plata! –informó el Pasado.
-¡Entonces ellos serán los campeones! –determinó el Dios.
-Ahora, Presente, diga qué tema sigue en la lista... –compuso el orden el Pasado.
-...Tenemos que resolver el asunto de... mis vacaciones... No, es una broma, debemos tratar qué va a suceder con esos gobernantes, ustedes saben...
-Es verdad, no podemos dejarlos así como así... –reflexionó el Futuro-. Yo les mandaría una Culpa interminable...
¡El papel de los Dioses era el de castigar...!
-No creo que con eso alcance, ¿usted qué opina?
-...Que son de gran utilidad... –reflexionó en voz alta el Pasado...-. Resuelven muchos de nuestros problemas con su proceder...
-¡Escríbalo que no consigo escucharlo...!
-Yo estoy un poco harto de ellos... –opinó el Futuro-. No me gusta que esos hombres se crean dioses...
-Déjelos que se sientan lo que quieran... ¡Total, no lo son...! –replicó el Pasado.
-¡Como los jóvenes...! ¡Todos los jóvenes se sienten dioses! –aseguró el Presente.
-¿Sabe cuál será su castigo? ...Que va a crecer... –se respondió a sí mismo el mayor.
Comúnmente, la gente recurría a los Dioses con múltiples propósitos... Encontrar un amor, retener la belleza, ganar la lotería, provocarles padecimientos a otras personas... Pero no todos esos pedidos se hacían realidad dado que Ellos no se ocupaban de casi ninguno de aquellos detalles menores... Los Dioses poco querían hacer con respecto a la lotería; en cambio, si se trataba de un partido de fútbol... eso sí que era distinto...
-¡Escriba –le ordenó el Pasado-: Terremoto...! Supongo que con eso estará bien...
-¿De qué categoría?
-¿Usted qué sugiere: moderado o severo...?
-¡Severo! –exclamó el Futuro, y luego lo consignó por escrito.
-...Qué curiosos que son los hombres... Algunos piensan que se tratan de castigos de la naturaleza, una reprimenda por sus pecados... “Madre Naturaleza”, dicen, pero eso no existe…
-¡Claro que no! –reafirmó el Futuro...-. La naturaleza no es más que un concepto y no tiene hijos...
-Otras personas –confirmó el Presente-, sostienen que es la consecuencia natural de la devastación que hicieron en su planeta... Pero todos ignoran que es mi juego preferido...
-Yo sigo creyendo –habló el Pasado-, que las enfermedades son mejores, más lentas pero con mayor progresión, avanzan inexorablemente causando más padecimientos... ¡Qué maravilla...!
-A mí ya no me emociona nada...
-Es que usted es muy exigente, Futuro... –dijo el Pasado, como retándolo.
-Debe ser verdad eso que siempre me dice, que me estoy volviendo muy inconformista...
-¿Ni las bombas, ni las guerras? –preguntó el Presente.
-Sí, eso me gusta, pero me aburre que los hombres quieran justificarlas... ¡Las excusas que invocan son ofensivas!
-¡Déjelos, que ellos también tienen derecho a entretenerse! –sugirió el Pasado...
-Ahora, hablemos en serio de mis vacaciones... –El Presente cortó el clima jocoso de la conversación...


Hilario fue hasta Bahía Blanca por ella. Necesitaba hablarle, tenía que convencerla... Semejante operativo hizo que Gaetana se sintiera halagada, si Hilario había ido a buscarla para pedirle, implorarle y hasta suplicarle, si lo consideraba preciso, quería decir que ella era importante...
Hilario le contó acerca de su suerte y los buenos contactos, pero sobre todo, habló de su nuevo puesto de trabajo: se había convertido en el nuevo director de una radio bastante importante, tan prestigiosa como desastrosa...
Cuando asumió, se encontró con una programación en absoluto atrayente, con espacios ocupados por cualquiera que pudiera pagarlo, con conductores desganados y poco actualizados, locutores ancianos, maquinaria obsoleta, por mencionar algunos detalles...
Quiso renunciar al segundo día, hasta que finalmente, inició la reconstrucción...
Para dar un salto hacia la tecnología, no le alcanzaba el presupuesto, así que se decidió por modificar aquello que sí estaba a su alcance... Renovó la programación, canceló los contratos con los programas que habían comprado el aire, se rearmaron las publicidades, ya tenía conformado el equipo de propaganda y artística, trajo nuevas voces, jubilando a la mayoría de los locutores...
Ahora, sólo le restaba la reestructuración del servicio informativo... Ahí, aparecía Gaetana, a ella la quería, a ella la necesitaba, ella era la indicada... Ella era la inteligencia puesta al servicio de sus capacidades...
¡Y la convenció, sin esfuerzos ni artilugios falaces! No hizo falta que Hilario le prometiera grandes sumas de dinero, que no había, que no podía pagarle; sólo le hizo la propuesta y ella aceptó. ¡A Gaetana le gustaba mandar...!
Su partida a La Plata se demoró el tiempo suficiente para que su jefe le alquilara un departamentito, “chico y cerca de la radio”, como le pidió ella...
Se instaló en el asiento del colectivo y tan sólo consiguió dormir a penas una hora. El resto del tiempo lo quemó releyendo uno de los libros que se mudaba con ella...
“...El amor que había entre él y Teresa era bello, pero también fatigoso: tenía que estar permanentemente ocultando algo, disfrazándolo, arreglándolo, manteniéndola contenta, consolándola, demostrando ininterrumpidamente su amor, siendo acusado por sus celos, por su sufrimiento, por sus sueños, sintiéndose culpable, justificándose y disculpándose. Aquel esfuerzo había desaparecido ahora y permanecía la belleza...”.
Gaetana se acordó de que con Hilario se habían conocido en la facultad de Periodismo. Lo recordaba como un estudiante vago pero talentoso... Volvió a la historia de Tomás y Teresa.
“...El sábado y el domingo sintió la dulce levedad del ser, que se acercaba a él desde las profundidades del futuro. El lunes cayó sobre él un peso hasta entonces desconocido. Las toneladas de hierro de los tanques rusos no eran nada en comparación con aquel peso. No hay nada más pesado que la compasión. Ni siquiera el propio dolor es tan pesado como el dolor sentido con alguien, por alguien, para alguien, multiplicado por la imaginación, prolongado en mil ecos...”.
Ella, por su parte, después de recibirse, probó suerte en La Plata por un tiempo más, hasta que se cansó de mal vivir sin trabajo, entre otras cuestiones y tormentos, y decidió volver a su ciudad...
Ahora era diferente, en Bahía Blanca no dejaba a nadie especial, no tenía amores ni enemigos, y como cuando la vez que había venido a estudiar, llegó a la ciudad que la había albergado, cambiado y enseñado; La Plata nunca la decepcionó.
“...Sentía ahora la misma extraña felicidad y la misma extraña tristeza que en aquella ocasión. Esa tristeza significaba: hemos llegado a la última estación. Esa felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma y la felicidad el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza...”.
Asimismo, Gaetana notó que el micro ya casi arribaba a la terminal...
Y nuestra ciudad la recibió con sus brazos abiertos, en medio de un abril voraz, con mañanas cálidas y tardecitas que empezaban a hacerse pequeñas...
¡Noches vacías...!
El departamento era ideal, tal cual Gaetana había imaginado...
En la radio descubrió que había demasiado trabajo por hacer, un verdadero “desafío profesional”, le comentó a Hilario segura, soberbia, convencidísima de poder hacerlo; “...y personal”, pensó cuando Alfonso volvió de sus vacaciones y retomó su puesto de operador...


...Pero la tarde en que Isaías se exorcizó de la piel de Rosel, se largó a llover en la ciudad y ella no tuvo moral para ponerse a trabajar.
Para no pensar, intentó retomar la lectura de un libro que pocos días atrás había sacado de la biblioteca de su abuelo:
“...salíamos del cine caminando y papá decía que le gustaba Rita Hayworth más que ninguna artista, y a mí me empieza a gustar más que ninguna también, a papá le gusta cuando le decía ‘toro, toro’ a Tyrone Power, él arrodillado como un bobo y ella de ropa transparente que se veía el corpiño, y se le acercaba para jugar al toro, pero se reía de él, que al final lo deja. Y a veces pone cara de mala, es una artista linda pero que hace traiciones...”.
La traición de Rita y la traición de Rosel...
...Cuando ella había llegado a La Plata para estudiar, su papá le había dado el teléfono de una pareja amiga de su juventud, de antes de que él dejara todo para irse a vivir a San Martín de los Andes...
Octavio y Lucrecia se alegraron de verla tan grande, después de tanto tiempo, apenas si recordaban a la niñita tímida y retraída que solía venir a la ciudad a visitar a sus abuelos.
-Le prometí a tu papá que te iba a ayudar y a cuidar, aunque ya ni me acuerde de la cara de ese hijo de puta... –le había dicho medio en broma pero bastante serio.
...Así fue como Octavio justificó su insistencia para comprarle una computadora.
-¿Cómo se explica que una estudiante de periodismo no tenga una computadora?
Y como un pasatiempo y una forma sutil de distraer a la memoria y a las manos, ellos se convirtieron en amantes. No fue para nada algo especial, unas escasas semanas de placer entre tanta frustración.
...Si no lo recordaba, si no hablaba de él. Si no lo mencionaba... ¡Le dolía tanto su nombre! ...Si no pensaba en él por casualidad, Isaías no aparecía ni como fantasma ni como hombre por la mente de Rosel... Sin embargo, había días en que ella todavía sentía que seguía caminado por los barrios fríos colgada del cuello de Isaías...
Pero el efecto del Viejo Amor entre Octavio y su esposa no había caducado ni lo haría en los próximos años... Lo que tenía con Rosel era otra cosa, se llamaba distinto, tal vez fuera pasión.
-¿Qué te atrae de mí? –le preguntó una lejana tarde abril.
-No sé, con vos me siento cómoda. Me das seguridad...
-¡Como un padre! –exclamó desilusionado.
-¡Al menos, no mi padre!
-...
-Pero igual, eso no es lo único... –y le dijo algunas cosas más con su feroz insolencia.
De todos modos, la nostalgia y la tristeza no cesaban de apenar a Rosel...
Constantemente se reavivaban los recuerdos...
Como amigos, con Isaías, habían sido un desastre... Demasiado insatisfechos.
...Aún en aquel entonces y alejada de él, no se extinguía la bronca que experimentó cuando su novio no se animó a seguirla o pedirle que se quedara con él...
De nuevo brotaban las sensaciones, de ellos vigilándose a través de los espejos de los ascensores, probando cada cama, las mejores habitaciones de los hoteles de San Martín de los Andes... Un recuerdo que se acomodaba a su lado en este incipiente otoño. ¡La forma que tenía Isaías de espantar el frío...!
-¡Tu mujer es buena y muy bonita! –había asegurado Rosel...
-¡Sí, pero es mi mujer...! –le respondió.
-¿Y eso qué significa?
-...Que la bondad y la belleza de alguien van pediendo sentido con la costumbre...
-A mí me parece que Lucrecia te sigue amando a pesar de los años... –sostuvo con cierta culpa.
-Tu papá me habló de un novio tuyo... –cambió de tema.
-¿Cuál de todos?, tuve varios –destacó Rosel, exagerando.
-Uno que quisiste mucho y que te hizo sufrir bastante...
-¡Qué vivo, todos hicieron eso!
-Habló de uno que todavía está triste por vos...
-¡Ah, sí, Isaías! –consiguió nombrarlo-. ¿Qué pasa con él? ¿Estás celoso? ¡...Él es un cobarde!
-¡...Ya es tarde, nena...! Yo tengo que volver a trabajar así que ahora vos te vas a estudiar, ¿estamos?
-Sí, papá... –afirmó burlona, con voz de nenita.
-¡Yo no soy tu papá! –le aclaró estúpidamente...
-No, si de eso ya me di cuenta... –le explicó Rosel, besándolo por última vez, antes de irse.
...Besos cargados de manos clandestinas... Llenos de distancia...
Poco después, Octavio y ella acordaron ponerle fin a la aventura. Renació un nuevo fuego con su esposa al instante de que Pasión anotara sus nombres en uno de sus papeles.
...A los tres días, Isaías vino a recuperar a Rosel, ella tomó conciencia de que tenía que trabajar en la compu, e Isaías la dejó furioso cuando ella le contó esa fugaz travesura...


Las criaturas supremas también tenían procedimientos formales que cumplimentar y respetar... Y la evidencia de ello estaba plasmada en el papel que el Señor Destino sostenía entre sus manos.
...Se trataba de un telegrama que respondía la consulta a los Dioses, solicitando su autorización para consagrar la unión entre el Señorito Desamparo y la Señorita Ayuda.
...En el texto, se podía leer que la pareja era claramente rechazada por mayoría dos a uno por los Dioses que rubricaban la nota.
Para el Destino, aquellas palabras no significaban otra cosa que el inicio de un nuevo disgusto en las entrañas de “El Ministerio” y otro posible malestar entre sus habitantes.
...Era norma que, ante el deseo de conformar una unión, se le comunicara la noticia a los Dioses, vía telegrama, a la vez que se les solicitaba su permiso para concretar dichos anhelos. Entonces, los Dioses debatían la situación, si era que no tenían nada mejor que hacer, hasta que llegaban a una decisión acordada entre los tres... En el peor de los casos, de no alcanzar una unanimidad amistosa, procedían a votar y a acatar el dictamen de la mayoría.
...El Señor Destino suspiró y guardó silencio a la espera de que la Señorita Ayuda o su enamorado hicieran su inútil descargo...
Pero ellos no tuvieron voluntad de hablar...
El testeo previo al pedido formal había arrojado un resultado favorable, todos los consultados coincidían en señalar que hacían una pareja ideal, que era seguro que los Dioses la bendecirían...
¡La decepción fue abrupta y demasiado profunda!
El pobre Desamparo se puso de pié, tomó del escritorio el telegrama y dejó el Salón del Destino... Dio un par de pasos en falso, temiendo desmoronarse hasta que concilió cierta calma y finalmente arrancó con una carrera frenética y temible... ¡Definitivamente, con su encrespada actitud, rompió la hoja que apretaba en su mano!
En tanto, el Destino saludó cordialmente a la Señorita Ayuda y la despidió ofreciéndole unas últimas palabras:
-Lamento la situación, es realmente inconveniente... Ustedes saben lo que implica el rechazo de los Dioses a su petición...
-...Implica que ahora sí sé lo que significa ser inmortal... ¡Y el peso que la vida eterna tendrá sobre mí...!
Todos en el mundo sabían o creían saber cuán desconsiderado o impiadoso podía ser el Señor Destino cuando se trataba de garantizar el acatamiento de una orden impartida por los Dioses y, sobre todo, si dicha obediencia estaba a su cargo...
-Le recomiendo que no se desespere, estoy convencido de que pronto encontrará al ser adecuado para usted, estimada Señorita...
“¡Ya lo encontré, canalla obsecuente!”, pensó antes de hablar...
-Le agradezco sus augurios, estimado Señor, sé que son sinceros y pronto, si los Dioses lo quieren, hallaré alivio a esta pena...
-Así será...
Pero ella no quería un consuelo que significara alejarse de su Desamparo...
Finalmente, la Señorita Ayuda se retiró de los pasillos más transitados buscando un atajo, un salvoconducto que le revelase cómo seguir sobreviviendo sin el ser amado...
Sorpresivamente, el Desamparo la tomó del brazo y la atrajo hacia él y juntos se internaron en un pasadizo oscuro y sombrío para no alcanzar a verse los rostros...
¡No había porvenir para ellos...! ¡El futuro se les negaba como una fruta dulce que recién empezaban a saborear, y todo a causa de una extravagancia de esos seres despreciables...!
-¡...Ustedes no merecen considerarse parte de mis víctimas...! –exclamó la Soledad.
-Es que si no estamos juntos no queremos traicionar nuestro amor conformándonos con otros... ¡Necesitamos que usted haga que pasemos nuestras vidas solos! –le explicó, el Señorito Desamparo.
-¿Qué otra cosa podríamos hacer, si no? –agregó la Ayuda...
La maltrecha pareja ya lo había decidido... Solicitarle ayuda a la Señora Soledad para que les revelase el secreto de cómo continuar con su pesada perpetuidad el uno separado del otro...
-¡No quiero volver a escucharlos diciendo semejante barbaridad...! ¿Qué es eso de que subsistirán en soledad, recluidos, imaginando que están muertos...? –los reprendió a su modo, como lo haría una madre...
-Es que nada nos queda sin la anuencia de los Dioses...
-¡...Sí, estos Dioses dañinos y opresivos...! –reafirmó el Señorito enamorado...
-Es cierto... Una vez rechazada la petición formal de la unión, sería una locura intentar contradecir el mandato y mantener una pareja clandestinamente sin que la verdad salga a la luz, sería un despropósito intentar semejante hazaña... ¡A parte, se necesitaría demasiada suerte para lograrlo...! Pero eso es muy arriesgado, no es para cualquiera...
...Así fue como la Señora Soledad les reveló, como al pasar, aquello que por nada del mundo les recomendaría hacer en voz alta.
La solución a su problema se abría ante ellos como si fuera un camino tapizado por pétalos de rosas que esos seres nunca olieron... ¡Pero ese sendero los conduciría hacia un abismo cargado de peligros y tormentos...! ¡Aun así creyeron que valía la pena intentar atravesarlo...! Porque no les podía importar las contingencias o los castigos, y tomaron las palabras de la Soledad como el consejo velado que sugería... ¡Y era que ellos estaban enamorados y el riego no significaba nada más que una idea remota, muy, pero muy remota...! ¡Un amor inclaudicable! ¡Aunque para lograrlo, precisaban, nada menos que de la complicidad de otras tres Señoras...!
No les costó convencer a la Locura que vio con buenos ojos la pareja que hacían, el desparpajo que mostraban y la rebeldía que asumían con su determinación.
-...Pueden contar conmigo... Un amor como éste, así, furioso y salvaje; es cosa de jóvenes valientes como ustedes y merecen todo mi apoyo... –les confesó la Señora.
Y así parecía ser, pues la Señorita Ayuda apenas estaba atravesando su segunda juventud, a la vez que el Señorito Desamparo, empezaba a vivir la tercera...
-¡Yo no les voy a dar la espalda...!
Entonces, la Locura les aseguró que los bendeciría con su compañía para conseguir superar airosamente el transe de ocultar su romance...
-¿Qué piensan sobre lo que van a hacer...? –los interrogó para calcular el grado del sortilegio que debía desplegar...
-No hay chance de que esto salga bien... No podremos escapar... Si esconderle ciertos hechos aislados al Destino es complicado y bastante improbable... –empezó por contestar el Desamparo...
-...Ocultarle esta historia a los Dioses, es un delirio... –completó, la Señorita Ayuda...
La Señora anularía el sentido de la responsabilidad y la culpa que aún cabían en ellos...
¡Sin dudas, el suyo, era un emprendimiento desquiciado...!
De esta manera, como por arte de magia, la Señora Locura hizo desaparecer de sus conciencias y sus sentimientos esa clase de pensamientos que habían sido instalados por los Dioses en función de que se cumpliera con sus mandatos.
-...Pero tengan en cuenta esta precaución: no es conveniente que todavía se muestren juntos, el problema aún no se resuelve... ¡No se confíen, no sea cosa que el Destino los sorprenda o que alguien le vaya con la alcahuetería antes de concluir la obra...!
Luego, acordaron que para poder sostener en el tiempo su vínculo clandestino, necesitarían de la anuencia de esta otra Señora: la Verdad.
...Ella se sorprendió cuando la vio entrar a sus dormitorios... La Señorita no había solicitado audiencia previa y el aparecerse así, sin aviso, no era un comportamiento recomendable... Pero ellos no tenían tiempo para perder en formalidades...
¡La Señora tenía que ayudarlos...! ¡Ella tendría que resolver su problema...!
Entonces, la Ayuda le expresó su petición con lágrimas en los ojos...
-...Para amarnos, necesitamos que todos, hasta los Dioses crean que acatamos sumisamente su voluntad Divina de separarnos... Tienen que vernos como seres obedientes...
-Ya lo creo, la unión de ustedes tendría que ser considerada como una mentira –redondeó el concepto...
-¿Usted puede hacer eso, no es cierto, Señora?
-No será fácil engañarlos a Ellos –no se atrevió a pronunciar sus nombres...-. ¡Ése, el Otro y Aquél…! –susurró.
-¡Esos infelices no saben lo que es amar! –gritó la Señorita.
-Pero yo sí... –pensó por unos momentos-... Yo no estoy capacitada para hacer algo que engañe a los Dioses...
-¿Entonces...?
-Déjeme terminar de explicarle... Al contrario de que lo que se piensa, por sí solos, Ellos jamás llegarían a enterarse de todo, es más, le diría que de nada... Es que están demasiado entretenidos con sus Risueñas, ¿me entiende, no? ...Bueno, el mayor escollo es el “mensajero cretino”, como le decimos entre los Señores al que usted sabe... Él es el que les va con los cuentos, sobre todo si le conviene para sumar méritos... Se manejan como aquí, donde él tiene su séquito de soplones, pero a una escala superior... ¡Echarle la culpa a los Dioses es lo más sencillo y cómodo! ...Pero él es el verdadero responsable de todos los desastres... ¡Él es nuestra amenaza! ...Entonces, lo que debemos hacer es concentrarnos para que éste que yo le digo no se entere, ¿me explico, Señorita?
-Claramente...
-Lo único que tienen que hacer, y háganlo si quieren que este desatino funcione, es mantenerse separados y evitar verse, usted y su enamorado, no pueden cruzarse ni de casualidad, así que estén alertas... Yo me encargaré de que su Señorito reciba este mensaje también... Luego de una semana, podrán vivir su romance a la vista de todos, como si no estuviera prohibido, porque por más que los vean, nadie dará crédito a lo que estarán viendo sus ojos...
Y la Señora Verdad desplegó su brazo significando que los cubría con su manto de ocultamiento... En ese momento, Ayuda se acercó a ella y la abrazó como hubiese abrazado a su madre.
-...Algo más, como se imaginará, necesitaremos bastante suerte para este plan... –aseguró la Señora, conmovida por el gesto de la joven.
-Sí, Señora, ya lo sé...
-Así que hable con la Suerte que estará de nuestro lado, explíquele, dígale exactamente estas palabras...
En su sala de labores, la Señora Suerte era imponente ante los ojos de la dubitativa Señorita; sobre la Señora se corría una fama terrorífica... La mayoría, en “El Ministerio de los Sueños”, hablaban de ella como la “Inconmovible Dama de las Angustias”. Pero aun así, la Ayuda confió en las explicaciones que la Verdad le había contado...
Sin rodeos, ella se presentó y se acomodó frente a la Señora. Entonces, repitió las palabras que la otra le sugirió que pronunciara...
-La Señora Verdad me dijo que la busque y que le aclare que ella me envía para que la ayude a hacer algo contra el canalla aquél... Dijo también que usted entendería a qué se refería... –le habló.
…Y a decir verdad, cualquiera en “El Ministerio” hubiera sabido qué quería decir la Señora Verdad con esas frases.
A continuación pasó a detallarle los trabajos que estuvieron haciendo las demás Señoras para consolidar la unión clandestina de la pareja, hasta que por fin le reveló lo que precisaban de ella.
-Lo que me está pidiendo es riesgoso y complicado...
-La Señora Verdad me dijo que... –exclamó algo desilusionada...
-Querida, para mí ya es suficiente con lo que escuché, estimada Señorita... ¡Los Dioses que prohíben el amor son sádicos y eligieron como capataz al ser más inescrupuloso del planeta! ...Dígale a mi queridísima prima que lo que necesita de mí, con mucho gusto lo tendrá...
-Gracias, muchas gracias... No sé cómo agradecerle, estimada Señora...
-Y sobre ustedes, le profetizo que los espera un devenir repleto de buena fortuna y buenaventura...
-Gracias... Otra vez gracias... Por un momento temí...
-¡No crea todo lo que se escucha por ahí, estos pasillos están cargados de voces malintencionadas!
-¡No tengo palabras para agradecerle, querida Señora!
-Entonces, guárdese las palabras que de poco sirven en estos casos... Sólo espero que el día que precise algo de usted y de su amado, me respondan con colaboración y generosidad, Señorita Ayuda...
-¡Por supuesto, cuente con ello, mi Señora!


...El amor propio de Leopoldo consiguió infundirle el coraje y la autoestima que siempre necesitó...
Después de renegar porque sus alumnos no sabían utilizar el subjuntivo correctamente, en el clamor de aquel domingo, Leopoldo usufructuó las más tiernas recompensas que Constanza podía ofrecerle.
...Pero la noche anterior, la de un sábado magnífico para emborracharse, se la pasó dándose ánimos y ordenando en su cabeza las palabras que le diría a ella.
...Y lo hizo, porque ese domingo terminó con la tortuosa y placentera relación que los unía. ¡El triste momento de decidir...! Era conciente de que iba a extrañar el fantasma de él siendo feliz con esa chica... Por años había sido para Constanza un adorno económico acomodado, como escondido, en el lugar más feo y oscuro del comedor; pero que por algún extraño motivo no se animaba a tirar a la basura... Igualmente, ese servilismo emocional de Leopoldo, se estaba terminado. Entonces, le puso fin a la relación.
-...Yo no te voy a hacer elegir entre Adrián o yo... No pienses que soy un idiota... Ya ves que no soy tan necio como para obligarte a decidir... Solamente te estoy diciendo que ya no va más, que no quiero seguir así, no puedo... Esta situación me resulta insoportable de sobrellevar...
Hablaba, no ya con el vacío resentimiento de los pensamientos que lo habían acosado por años; lo hacía con la lucidez y la tranquilidad venida de las eternas tardanzas, las postergaciones continuas...
Ya no podía detenerse, no era capaz de callarse... Su voz desnuda lo controlaba. Le habló con un lenguaje extraño, que nunca creyó que utilizaría... Eran palabras explícitas, como pornográficas...
-¡...Aunque te amo, lo nuestro ya no tiene sentido! Para ser una pareja, no nos vemos nuca... ¡Amigos, está claro que no somos...! Y para ser amantes, me amás muy poco...
-¿Por qué querés ponerle título a todo...?
-Soy periodista, me gusta titular... –se le ocurrió decir...
En ese momento, las frases se tornaron abruptamente en los sonidos más penosos...
-...Nunca te alcanza con lo que te doy... –murmuró Constanza, cuando entendió que esa vez iba en serio.
-¿No será porque nunca me das nada? –le transpiraban las manos y se le habían terminado las oraciones coherentes.
A Constanza, le pareció distinguir en la distancia, que había varias voces celebrando... Pero los murmullos resultaban lejanos, perdidos, se oían como venidos de otro planeta, como encerrados en una ciudad de juguete... ¡Era la imagen más absurda, anacrónica y patética que se podía figurar en ese instante de quiebre...!
-Es que sos tan... no sé, tan rígida, inflexible, autoritaria... –intentó explicar, hasta que desistió, no sabía cómo continuar.
-No me quieras psicoanalizar que no sos psicólogo, y además, que haya tenido sexo con vos, te descalifica, ¿o no sabías?
-No pretendo nada de eso... Preferiría que te fueras...
-¡Siempre me abandonan! ...Pero así como me dejan, con la misma facilidad que la tuya, en todos los casos, terminan arrepintiéndose...
-¡Dejarte no me resulta fácil! –y confirmó las sílabas del abandono con sus ojos huecos...
-¡Igual te vas a arrepentir...! A penas salga de acá, te vas a arrepentir porque ya me vas a estar extrañando como loco...
-¡Probablemente! –agregó, lamentándose por adelantado.
Casi cuando Constanza se estaba por echar a llorar, él, inalterable, le volvió a pedir que se marchara.
...Antes del anochecer, Constanza llegó a su casa lista para celebrar con su marido un nuevo y contundente triunfo de Boca. Y, con ese aire distante, ella comió pizza y se fue a acostar temprano, sin ver ‘Fútbol de Primera’.
En la cama dio vueltas sin llegar a concentrarse para dormir.
¡Corazones precarios!
¡Vacíos y desatenciones...!
Las tristes manos de Adrián la recorrieron sin demostrarle interés cuando se unió a ella sobre el colchón...
¡Otra noche desahuciada! ¡Una colección de amplias noches desechables...!
-Ah, mañana voy a llegar tarde –le dijo Adrián-... ¡Ya me estaba olvidando...!
-¿Por...?
-Voy a dar unas clases más...
-¿Eso es nuevo? –curioseó Constanza-. ¿Desde cuándo...?
-Desde mañana...
-¿Y por qué no me avisaste antes?
-¡Te estoy avisando ahora!
-¿Y por qué se te ocurrió tomar más horas...?
-Porque es necesario... ¡Vos gastás más plata de la que gano!
-¡Siempre todo termina siendo culpa mía!
...Al rato, su marido se quedó dormido. Se movía, sacudiendo su cuerpo, como si estuviera librando la peor guerra en el interior del reino de los sueños...
¡Calabozos mentales...!
¡La estrechez de los sentidos!
Ella encendió su velador y se puso a leer a la espera de que el sueño apareciera en forma de letras... Adrián no se inmutó con la luz de la lámpara, así que leyó...
“...Ssshhh, no digas nada. Las palabras emocionantes salen de la boca demasiado deprisa y suelen terminar diciendo cosas que no son del todo verdaderas. Y debemos ser respetuosos con las palabras, porque son la vasija que no da la forma. Los tiempos crueles son mentirosos y vienen preñados de palabras malas...”.
Le echó un vistazo a su esposo, dormía, y ella, continuaba sin poder pegar un ojo.
“...La palabra nos hace humanos, lo que nos diferencia de los otros animales. El alma está en la boca. Pero, para nuestra desgracia, los humanos ya no respetan lo que dicen...”.
Necesitaba dormir pero quería llorar... Prefirió leer, para ella reír o llorar tenía que ser a los gritos, y Adrián dormía.
“...Pero las palabras no deben ser como la miel, pegajosas y espesas, dulces trampas para moscas incautas, sino como cristales transparentes y puros que permitan contemplar el mundo a través de ellas...”.
Entornó los ojos un instante y pensó que a Leopoldo le gustaría este libro...
“¡Esta noche voy a soñar con otro, Adrián!”, pensó Constanza, antes de cerrar sus ojos, viendo dormir a su marido... Y, finalmente, se dispuso a soñar.


...Cándida trabajaba y pensaba en la reunión que algunos de sus ex compañeros de secundario organizaron para celebrar los quince años de egresados. Realmente no tenía ganas de ir, pero como Agustino tampoco lo deseaba, ella insistió hasta el cansancio con que “no podían faltar...”.
Ya estaba todo resuelto... Facundo se iba a quedar a dormir en lo de su tía... Cándida había sacado de sus ahorros unos mangos para comprarse ropa...
¡El resto también lo tenía bien planeado...! No hablaría de su vida, lo cual incluía: un trabajo que despreciaba y una extensa lista de frustraciones...
“¡La gente no es afín a mostrar lo desdichada que es...!”.
¡Y Agustino, él, que se las arreglara solo...! A decir verdad, él no tendría demasiados inconvenientes... Era médico y, aunque no disfrutaba de su profesión, lo investía de un aire de hombre respetable.
Por otra parte, su matrimonio, también estaría bien visto; si era que Cándida iba a lucir aquella ropa nueva y tan bonita...
Y así fue. Él la pasó a buscar por el hipermercado en el que trabajaba...
...Cuando el nene terminaba el jardín, ella empezó a contar con demasiado tiempo libre... Por aquella época pensó en retomar la facultad que se vio obligada a abandonar cuando Facu nació... Pero desechó esa posibilidad cuando la vez que se lo planteó a Agustino, él solo reaccionó mirándola mal, como si la idea fuera un absurdo.
...Se demoraba y junto al tiempo que pasaba, el ofuscamiento de su marido iba aumentando. Cándida no podía encontrar los aritos que había preparado para ponerse.
Era olvidadiza y despistada. Nunca recordaba dónde había guardado las cosas...
Mientras buscaba, especulaba acerca de quiénes irían, se imaginaba que todos relatarían la buena suerte que tuvieron en la vida, con algunas exageraciones y varias mentiras, detallarían lo bien que les iba, lo felices que eran...
Cándida solo se consolaba pensando en que ella, se veía tan joven como aquel entonces...
Trató de retener mentalmente los rostros del pasado. Los sitios donde cada uno se sentaba en el aula... Las amigas que dejó de frecuentar. Los nombres... Y los apellidos. ¡Siempre se llamaban por los apellidos...! ¡Renegó de sus recuerdos! Para todos, ella era Montes, aunque ahora fuera la señora de Leguizamón... ¡La señora del doctor Leguizamón!
...Se saludaron con todos... Agustino, mostrando su cara de importante, y Cándida sonriendo complacientemente.
Charlas absurdas, reencuentros, descubrimientos...
A muchos de los que se cruzó, no podía identificarlos, ni siquiera como decorado de un pasado lejano.
...Saldívar, Natalia. Verano, Verónica. Castro, Marcelo. Silvero, Venancio... A él si lo recordaba, ella y también Agustino, que fue su amigo durante esos cinco años de colegio…


“Manual de Usos y Procedimientos del Capricho Universal”

...Página 16
...Lección 24:
dentro de las facultades que gozamos los Caprichos, se halla la de “patrocinar” a uno o varios seres humanos, según nuestra dedicación. La persona a la que se ampare sobre nuestros mandatos recibirá nuestra protección eterna.
Al respecto, no se podrá “patrocinar” a más de cinco hombres o mujeres a la vez, dado que tal empresa requiere demasiada de nuestra energía, lo cual podría provocar un desequilibrio con el resto de los habitantes...
Queda terminantemente prohibida la intervención por parte de otro Capricho en el caso que pretenda contradecir dicho mandato, dejando a esa persona absolutamente vedada para una acción opuesta a la del colega patrocinador.

...Lección 25:
los Caprichos que presenten servilismo y demuestren buen comportamiento, podrán aspirar a acceder a cargos de mayor prestigio y remuneración.
Por concurso se accede a la posición de Señorito/ Señorita de los Sueños, con lo cual, al lado de los Señores, se obtendrá la capacidad de interferir en un plano especializado de la esfera universal; a la vez, que se ganará una mayor consideración de los Dioses...


-¿Qué estás haciendo? –le preguntó como una aparición, con cara de sueño y bastante frío.
-Escribo... –le afirmó Gabino.
-¿Y por qué te viniste acá?
-No quería despertarte...
-¡No vuelvas a hacerlo, ¿me oíste?! –le exigió Lisandra-. La próxima vez te prendés la luz, hacés todo el ruido que necesitás, pero por nada del mundo me dejás durmiendo sola, ¿estamos?
-¡Vos siempre lo hacés cuando necesitás concentrarte...! –hizo su descargo.
-Es diferente, a vos no te molesta dormir solo y a mí sí...
-No pensé que fuera tan grave...
-Ahora ya estás advertido... Igual, tratá que esa bendita inspiración te agarre de día, a la tarde, por ejemplo, sería ideal... –pronunció cínica.
-Bueno, voy a intentarlo.
-¿Vamos a dormir? ¡Mañana tengo que madrugar...!
-¡Por eso me vine para acá, para no molestarte y que descansaras...!
-¡Vamos de una vez!
-¿Tenés miedo de que me escape? –pretendió hurgar en la causa del trastorno.
-Si te escaparas, no irías muy lejos...
-¡Una vez lo hice...! –le recordó.
-Pero ahora estás viejo...
Aceptó regresar a la cama para darle el gusto a Lisandra y porque ya había escrito suficiente por una noche. Un extracto de aquello era lo siguiente:
¿Cuántos recuerdos se pueden guardar? ¿Cuántas películas se pueden retener en la memoria? ¿Cuántas anécdotas? ¿Cuántos rostros conocidos...? Depende de lo que se haya vivido en la niñez... Según las veces se haya ido al cine a ver E.T... Si son más de cinco, seguro que una sonrisa siempre va a aparecer al mirar hacia atrás...
Cuando se fue verdaderamente querido, feliz....
Así fue mi infancia... Entre cartitas con espantosos horrores de ortografía que les escribía a mis seres queridos e historias que, a pesar de haberse contado millones de veces, aún seguían causando gracia...
Mis primos y yo, con los que compartí la vida, creciendo juntos... Peleando y divirtiéndonos. Con los que doblaba sábanas en el departamento de una abuela adorada, cuando casi todos los sábados nos quedábamos a dormir con ella.
La infancia era la familia... Ese puerto, al que volvía en forma de melancolía cuando la garganta se me anudaba, cuando me desilusionaba del mundo. Alguien, seguramente, podrá entender de lo que hablo...
Las vacaciones, esperadas con tanto entusiasmo que hacía imposible que se pudiera dormir antes del viaje... Una en Mar del Plata, claramente no la tenía presente, sólo sabía que había existido por una foto donde una madre hermosa caminaba con su hija de rulos cortitos.
La persona que más amé, quien más me hacía falta, soñaba para mí un futuro brillante, como aquellos días... Y mi papá, el más bueno de todos, de quien seguramente no heredé su carácter podrido...
Los orígenes... Uno, sin dudas, pertenece adónde fue feliz....
Recuerdo que en aquellos años vi por tercera vez, las miniseries: “La vengadora”, “V Invasión Extraterrestre” y “El pájaro canta hasta morir”, sin perderme un capítulo.
Las calles de mi barrio por las que transité en un triciclo gigante, recorriendo cada comercio amigo, saludando a quienes veían en mí una especie de pequeño demonio. El negocio de mis padres... Cuando iba antes y después de la escuela, a ayudar a atender, a jugar a que era grande... Escuchando radio de fondo, mi viejo me ataba los patines para que saliera a andar, mientras que mi mamá, desintegrándose en humo, le contaba orgullosa a una clienta que yo era la menor de sus hijas.
Por las cosas que les rompí y perdí. Por los retos merecidos que no me dieron. Los berrinches, todos los gustos que me proporcionaron... Por el amor. Por la vida.
Los viajes a Buenos Aires, cada tanto, a visitar a algún familiar, cuando me compraban siempre lo que deseaba... Los micrófonos que solía coleccionar, porque imaginaba que era cantante... La alegría; eso fue mi infancia...
Las leyendas familiares. Las fiestas de cumpleaños, con tortas de bailarinas o payasos; las disputas de niños...
Ahora puedo decir orgullosa que era de Boca como mi abuela, que me crió, cuando iba a su casa y jugaba conmigo, cuando me preparaba la comida y, planchando la ropa, me consintió y acompañó siempre.
Me fui dando cuenta de que esos recuerdos tan felices, me entristecían bastante, terminaban por ensombrecerse en tiempo presente... Sería que éramos exiliados de la niñez, que hubiera dado lo que fuere por retrasar el futuro.... ¿Díganme si no me merezco recordar...?
Cuando los héroes del pasado perdieron sus últimas batallas... Porque ya no quedaban chimeneas por las que trepar para ir a bailar a los techos con las caras manchadas de hollín... En aquel tiempo ya no había zapatos que esperasen a los reyes...
Después de aquello, crecí...
Me encontré ante la obligación de elegir, de tomar decisiones...
Desde entonces muchas cosas cambiaron...
Así, empezó la realidad...
¡La vida fue un sueño aburrido!
Más allá de la felicidad pasada, lejana, sentí que por algo no pertenecía a este mundo...
Por eso me maté.


...El Olvido se mantuvo al margen de esa historia por bastante tiempo. Entonces, Tristeza tuvo el campo libre para maniobrar y sembrar en Cayetano sus espinas... Ella se encargó de rozarlo cada noche al acostarse y por las mañanas al despertar.
¡¿Cómo ahogar la voz del recuerdo de los buenos días...?! ¡Tristeza lo sabía...! Lo acongojaba con la pena de “haber perdido toda la vida con esa mujer”. Ésa era la consigna instalada en la mente y en la piel... Cayetano estuvo acosado, pensando, machacándose sobre todo lo malo que hubo en su matrimonio... ¡Tantos desaciertos! “Una vida aplastada y triste...”. Años de limitarse, de romperse el lomo para tener la casa, un hogar, y todo para nada... “¡Aquellas infernales horas gastadas en quererla...!”.
Tan persistente fue la idea que la Tristeza sembró en Cayetano, que él no fue capaz de pensar en su actualidad ni hacer justicia con los recuerdos de su historia...
De Jacinta se encargó personalmente el Rencor. “Después de la separación a él le va mejor que a mí, que me dejó en la lona...”. Eso era lo único que podía entender... La falsa imagen rodaba por su mente como una calesita de alta velocidad... Soñaba permanentemente con venganzas imperdibles, imposibles... Se volvía loca, se desesperaba pensando en cómo aumentar las ventas de su local... Lo remodelaba todo el tiempo, cambió de proveedores varias veces, refaccionaba las vidrieras cada semana, pagó por publicidad en una radio... ¡Todo con la única finalidad de vender más que Cayetano...!
La competencia, la catástrofe que ella inició, corroboró los pensamientos que él sostenía sobre ella: “la perra tacaña y malagradecida”. Cayetano se puso a la altura de las circunstancias y emprendieron una carrera destructiva que los podría haber llevado a la banca rota...
La contienda se basó en una mutua mala prensa que divulgaron acerca del otro en el barrio, porque ambos negocios estaban a dos cuadras de distancia...
Una, bajaba los precios y el otro, ponía en liquidación las mejores botas de cuero... Ella sumó carteras a la mercadería, y él empezó a vender cintos y collares...
Se trató de una competencia desleal y el centro de los chismes de los demás comerciantes de la calle 12.
...Un cuerpo que se resignaba a perder... ¡Poco podía servir para rescatarla! ...Un llamado esperado como única salvación, la mejor forma de devolverla a la vida. Pero ni aun así, la voz de Cayetano se asomaba para darle consuelo cuando ella atendía el teléfono...
-¿A dónde vamos a ir a parar...? –preguntó como lamentándose.
-¡A la mierda, lógicamente!
O si charlaban, en el mejor de los casos, era para reclamarse algo a los gritos, recriminándose cualquier cosa, o para maldecirse...
-¡...Dale, insultame...! Siempre lo hiciste bien... ¡Buá, eso lo hace bien cualquier idiota...! –le dijo Jacinta la última vez que hablaron...
-¡Esta conversación es de a dos, no podés declararla terminada así como así...!
-Seguí solo si tanto querés hablar...
“Te voy a hacer la vida imposible, hija de puta...”, rumiaba él.
¡Nada amable salía de sus bocas...! ¡Qué cosa, che...! Gente grande...
“No te vas a olvidar de mí tan fácilmente... ¡Te va a salir muy caro todo este maltrato...!”, alucinaba ella.
Por esos días, Cayetano volvió a desechar sus ocurrencias de retomar los estudios de periodismo que años atrás se vio obligado de abandonar... ¡Tan entusiasmado había estado con la idea, que ya tenía apalabrado a algunos amigos que le quedaban en el centro de estudiantes para que le arreglaran la readmisión...! ¡Hasta planificó ponerse a preparar los exámenes para rendir las reválidas...! ¡Pero todo fue quedando en la nada, no podía despejar su mente de la separación...! Y finalmente, desistió...
...Pero la situación no satisfacía a ninguno. Cayetano se lamentaba por las pérdidas financieras y se sentía cada vez más solo... Soñaba con matarla... Imaginaba los métodos. Ideaba excusas. Proyectaba escapatorias... Pensando en desquitarse para aplastar a su rival, aniquilar a su enemiga... Aunque después, se decidía por dejar todo tal como estaba y seguía fumando.
Jacinta ya casi no iba a su local, y cuando lo hacía, no le prestaba atención ni a las vidrieras, fue delegando las responsabilidades a un encargado de confianza...
Empezó a deprimirse... Se le dio por recapitular cada uno de sus desvelos en su pasado con Cayetano... Una vida repleta de privaciones pero que, en los momentos de esplendor en la relación de la pareja, irremediablemente, pasaron desapercibidos; pero en estos tiempos de desasosiego, la angustiaban demasiado...
“Si por lo menos tuviera un perro...”, especulaba ella, metida en la cama y tapada hasta las orejas.
La Plata exigía una compostura de superhéroe para sobrevivir más allá de este invierno...
...Mientras tanto, en “El Muelle”, el Sufrimiento echaba a andar un barco reforzando sus determinaciones sobre este caso. De repente, la Esperanza sacó el papel de “La Fuente”, desarmó sus dobleces e increpó al Capricho.
-¡Esto está mal escrito! –lo corrigió la Señorita que ya estaba empezando a cansarse de los disturbios provocados por él...
-¿Por qué? ¿Qué tiene de malo...?
-No es “Cayetano Márquez/ Jacinta Gandolfo...”. ¡Es “Jacinta Gandolfo/ Cayetano Márquez”! –le retrucó.
-Es igual... ¡El orden de los factores no altera el producto...! –pronunció, como si la matemática no fuera otra cosa que una horrenda palabra...
-Lo que sea, pero al menos respete las mínimas formalidades... ¡Y por favor no me hable usted de orden...!
-¿Por qué el nombre de la mujer va primero? –preguntó por fin, lleno de despecho y curiosidad...
-Porque la mujer es la que manda... ¡Es la que decide y es la más difícil de influenciar...!


...En otro tiempo, Alfonso y Gaetana habían tenido una vida en común... En la época en que ella estudiaba y practicaba radio jugando con las palabras...
Un pasado compartido, pasional y desahuciado. Por entonces,, Alfonso se había recibido de operador técnico y empezaba a tomar confianza en un mundo de sonidos y silencios.
-¡No vuelvas a hacerlo! –le había dicho Gaetana, en uno de aquellos lejanos días.
-¿Qué cosa? – Alfonso no entendió.
-Esto: venir, cogerme e irte...
Después, Alfonso se tuvo que ir y por varias tardes más continuaron desarrollando aquella rutina mecánica de sexo y abandono.
...Por entonces, un Capricho se había interesado en ellos: Rencor, se había entrometido en sus realidades... Él se encargó de hacerlos separar... Un mediodía los había escuchado hablar, planeando el futuro, como si verdaderamente dependiera de ellos, como si estuvieran solos en este universo... ¡El optimismo de los ignorantes! ...La felicidad, para ellos, era un hecho que daban por descontado.
-Nada malo nos puede pasar si estamos juntos –le había asegurado Alfonso.
¡El peligro de sentirse confiados!
…Y, para darles una lección inolvidable, Rencor se las ingenió para que la Pasión desatara sus pretensiones entre Alfonso y otra mujer... Ivana era la chica que él empezaba a conocer, con la que cenaba luego de dejar a Gaetana que no supo de esa parte de la historia hasta el final.
Rencor se encargó de que ella se cruzara en una calle de esta ciudad con la flamante parejita...
¡A veces, cerrar los ojos, no era suficiente para no ver...!
Al poco tiempo, ella se recibió, se hartó de jugar y volvió a Bahía...
...Una vez más se rendían ante la evidencia de que en esta vida, mucho de lo que sucedía, los asombraba y los tomaba desprevenidos.
Ahora, Gaetana hacía su trabajo y lo hacía bien, con determinación y sagacidad. Decidió que iban a dividir al informativo en tres turnos: la mañana, la tarde y la noche. Buscó tres colegas de confianza para ponerlos a cargo de cada turno. Ella no tendría que cumplir un horario fijo, iría y vendía cuando quisiera, supervisaría un rato a la mañana, otro día sería en otro momento...
El día que él volvió de sus vacaciones tardías para retornar a sus obligaciones, la encontró dándole indicaciones al operador de turno que no veía la hora de que Alfonso llegara para largarse a su casa; le hablaba acerca de algo vinculado al volumen de la cortina de las noticias...
Él la observó, escuchó sus sugerencias, la reconoció enseguida aunque en nada se pareciera al reflejo que retenía de ella, el de la época en que Gaetana no sabía levantar la voz; igualmente, la reconoció... ¡Y la nostalgia se le reavivó!
Ella notó la presencia de ese hombre a las doce en punto, en el cambio de turno, cuando el operador saliente le explicó a Alfonso quién era ella...
-Gaetana es la coordinadora del informativo... –le dijo.
-¡Qué bien! –afirmó.
...Pero pensó: “yo sé perfectamente quién es ella, es la mujer de mi vida...”.
Ese día sólo hablaron del trabajo, se olvidaron del pasado, omitieron sus realidades, al menos hasta unas semanas después en que Alfonso, tentado, la quiso convencer...
Tarde o temprano iba a suceder, ambos se debían, aunque más no fuera, una conversación...
A las dieciocho, Alfonso terminó su turno y la invitó a tomar un café. Ella no supo explicar porqué aceptó, pero lo hizo y después de mucho tiempo volvieron a sentarse frente a frente.
Alfonso pretendió justificar aquello que ella había presenciado, cuando Gaetana se los cruzó en la calle, a él y a su antigua novia... Pero eso había sucedido hacía un siglo, era causa cerrada, había prescripto... Ella se molestó, si había algo que no necesitaba, era que le recordaran semejante escena...
¡Una acrobacia de la memoria...! Entonces, a él no le quedó otra más que hablarle del presente... Le contó que finalmente se casó con Ivana y que tenían dos hijas...
-...son mellizas, tienen ocho años, se llaman Ana y Laura... ¡La verdad es que son divinas!
-¡Qué nombres originales! –a penas alcanzó a pronunciar.
-¡Los eligió mi mujer! ...Cuando te fuiste, habías jurado que no ibas a volver... –le reprochó e, inmediatamente, Alfonso se acordó de sus ojos, de sus antiguos ojos...-. Antes sonreías más...
-¡Antes tenía veinte años...! ¡Es verdad, antes tenía más motivos para sonreír...!
-¡Igual, seguís estando linda...!
-¡No me hables como si yo no te conociera, por favor, es lo único que te pido...!
-¿Nunca vas a dar el brazo a torcer?
-¿Qué querés que te reconozca...? –replicó Gaetana, para seguirle el juego.
-¡...Que volviste porque me extrañabas y que ahora te morís por volver a estar de nuevo conmigo!
-¡Estás en pedo...! Hace mucho que vos quedaste atrás en mi vida...
¡La chatarra del pasado...!
-Yo prometí muchas cosas que no llegué a cumplir... ¡Igual, te juro que no volví por vos!
-¡Tus ojos...! –dijo con otra voz...
-¡...Creeme, fue un gran placer haberte olvidado!
-No te creo... Uno puede hacer muchos juramentos, y cumplirlos o no... Pero si hay algo que no se puede jurar, es olvidar, porque no se olvida a voluntad...
-¿...Qué me decías de mis ojos...?
-Parecen distintos... –insinuó, como si lo que decía fuera una estupidez...
-Es verdad, uso lentes de contacto...
Gaetana reforzó su línea de defensa y embistió nuevamente, confirmando su táctica de desquite... De todas maneras, él no se acobardó...
-...Cada vez que me emborracho me acuerdo de vos...
-Mirá, yo hace bastante que dejé los vicios nocivos...
Entonces, llegó lo importante... Alfonso pronunció, como si se tratara de un joven tímido, elogios indecentes y varias proposiciones. Claramente, le sugirió que podían volver a “verse”...
-¿...Querés que sea tu amante? –puso en limpio.
-¿No te gustaría intentarlo otra vez?
-¿Vos me estás cargando? –repreguntó enojada.
-¿Por qué, no? ¡Imaginate: vos y yo juntos como hace diez años, pero con la experiencia que tenemos ahora...!
-De lo que menos ganas tengo es de ser la amante de un ex novio que tuve en la juventud... –replicó, con la ingenuidad perdida en su otra vida-. ¿Querés que le metamos los cuernos a tu mujer, como me los metías a mí con ella...?
-¡Tomalo como una forma de revancha si querés...! ¡Podría estar bueno...! –comentó.
-Yo no quiero vengarme de ella... No tengo porqué hacerlo... Y la mejor forma de joderte a vos sería diciéndote que no...
-Entonces, te estarías castigando a vos también... –le replicó.
-¡No te creas...!
-¡Yo nunca te mentí...!
-¡No me sigas mintiendo más, hijo de puta, porque ya no soy la estúpida que te creía todo...!
-¿Por qué me dejaste? ¿Por qué te fuiste tan lejos de mí?
¡Preguntas extemporáneas...!
-¿Qué querías que hiciera, que me quedara con vos a pesar de que estabas con otra?
-¡Sí, justamente eso quería...!
Se invocaban a los demonios de los recuerdos...
¡La memoria siempre entraba en juego para clamar venganza...!
-En aquel momento te dije que eras, entre otras cosas, un hijo de puta por engañarme y, creeme, tardo muchos años en cambiar de opinión... –y clausuró su frase con un par de calificativos más...
-¿Todavía tenés insultos para decirme?
-No, mientras hayas comprendido el concepto, de lo contrario, no me va a quedar otra más que empezar a repetir algunos...
-Me muero por besarte... –le confesó.
-¡Morite!
¡Nunca llegarían a compartir otra vez la juventud...!
...El Capricho los escuchaba y acordaba que era hora de ponerle fin a los simulacros.
...A Amor le alcanzó verle la cara de Alfonso para comprobar de que moría por ella; por ella y por sus errores del pasado... Amor creyó que nunca se tendían que haber separado... ¡Él le daría la oportunidad de sanearlos...! Sacó sus papeles, los apoyó sobre la mesa del comedor y, en uno de ellos escribió: “Gaetana Alfís vuelve a enamorarse de Alfonso Barrera...”.
-...Parece que alguien anda preocupado por acá... –dijo el Sufrimiento cuando se le acercó al Amor.
Convergieron sus iras... ¡El saludo de los traidores!
-¿Por qué tendría que estarlo, según su parecer...?
-Los platenses resultan muy fáciles de influenciar, y la Tristeza...
-¿Qué con ella? Los antecedentes me favorecen a mí, ¿no cree? ¿O prefirió olvidarlo?
-Éramos todos muy jóvenes por aquel entonces...
-¿Qué había de malo en eso...?
-Ella era muy ingenua y se dejó deslumbrar por usted... y yo era inseguro e inexperto...
-¡Ella me ama!
-¡Ella lo detesta...! Por su culpa fue alejada de su familia, desterrada de su ciudad, castigada por los Dioses, humillada por todos... ¡Y yo soy su reivindicación...! Conmigo cerca se incentiva...
-Eso no alcanza, estimado colega... Nunca es suficiente...
-Vea, sin ir más lejos, al lado de quién se sienta en la cena... con cuál dialoga a lo largo de horas y horas... ¿A usted le pide consejos...? ¿A usted…? –y se respondió a sí mismo-: No, me los pide a mí, porque me admira... ¡No se confunda, usted no es mejor que yo...!
-Ella me eligió a mí...
-¡Uff, pero eso fue hace siglos...! Hoy es diferente... Ella es algo tímida, pero tarde o temprano, y recuerde esto que le digo, va a terminar entrando a mi habitación de mi mano, se lo aseguro... ¡Quédese y lo verá!
-Podrá ser, pero si así fuera, estará cometiendo su peor error...
-No quiero seguir contradiciéndolo, aunque me parece que el único que se arrepentirá va a ser usted. ¿Para qué vino, amigo?
-Para recuperarla –le respondió-, porque la amo...
-Porque la amo... –repitió burlándose-. Y yo no, y ésa es la diferencia que determina mi ventaja sobre usted, el detalle que me dará el triunfo...
El Amor lo insultó y cuando se levantaba de la silla, anunció:
-Mejor me voy a trabajar, usted tendría que hacer lo mismo...
-Vaya, vaya, no sea cosa que otra vez descuide a sus protegidos... –pronunció el Sufrimiento; escondió la mano y se le cayó la piedra...
Luego, el Amor salió corriendo a “La Fuente”; algo lo llevó a pensar que en este caso no podía perder tiempo...
Y el Sufrimiento permaneció un rato más frente a la mesa donde estaban apiladas aquellas hojas, tomó una y ordenó el resto, todo, tal como el Amor lo había dejado...
¡Caos y regocijo...!


...Con el primer paso dado, ya sólo le quedaba no arrepentirse... Sin ella, en las siguientes semanas, Leopoldo se dio cuenta de que todavía respiraba y el corazón le latía como siempre; y todo más allá de Constanza.
Si no murió de angustia ni de amor, fue gracias a Consuelo que se encargó de hacerle comprender que había hecho lo correcto, que su decisión fue la más acertada... a pesar, incluso, del vacío insufrible que sentía...
A Pasión la distrajeron ciertos gestos de Adrián... y de Constanza también. A pesar de los goles y las cervezas, el matrimonio mantenía una distancia abismal... De pronto, el Capricho dio un paso contundente hacia el futuro de estos hombres y esa mujer... La Pasión anotó que quedaban prescriptos los efectos que ella venía ejerciendo sobre la pareja...


Lo bonitas que sonaban las palabras en la boca de Salustiano, la enamoraron... La frescura de su voz... Sus manos venidas de otro mundo... El brillo de su piel eternamente bronceada... Lorenza lo conoció de casualidad. ¿Casualidad otra vez...?
La cuestión fue que en la facultad le habían encargado un trabajo de investigación para el cual hubiera sido genial que hablara con algún representante de la Embajada de Colombia...
Ella estaba en segundo año de Ciencias Políticas y absurdamente osada, viajó a Buenos Aires para ver qué podía conseguir...
Un secretario le explicó cadenciosamente que era imposible hablar con el Señor Embajador sin cita previa... Sin embargo, le aseguró que iba a hacer todo lo posible para ayudarla... Entonces, acordaron que ella volviera la semana entrante y Salustiano colaría entre la agenda del diplomático una entrevista con una joven, “hermosa y simpática”, como la calificó para sí.
Pero los intentos fueron infructuosos...
Lorenza volvió a la Embajada y él le reveló que no pudo conseguir nada positivo...
-...El doctor tuvo que viajar a Cali por cuestiones personales...
No obstante, Salustiano, se comprometió a seguir ayudándola, tal vez él podía brindarle la información suficiente para realizar su trabajo...
Ella se mostraba tan transparente, demasiado irreal...
Desde “El Muelle”, los estaban observando, como cada semana a lo largo de dos meses...
Salustiano y Lorenza se instalaron en un café próximo a la sede diplomática para intercambiar y analizar estrategias político-comerciales entre ambos países...
Salustiano se deslumbraba con esa sonrisa de ella... Lorenza reía porque cría que si lo hacía con ganas y fuerzas, un día, sus carcajadas la harían subir hasta el techo, a modo de recompensa, y allí, florando en el aire, podría tomar el té...
El anochecer se fue acercando a pasos agigantados...
-Ya se me hizo tarde, tengo que irme –anunció ella, incluso a su pesar.
Tardes breves. Manos largas.
¡Su piel se pobló de impaciencias...!
-¡Tendrás que volver!
...Le aseguró Salustiano, porque en esa nueva despedida, descubrió que no le alcanzaría una sola vida para amar a esa chica como correspondía. Por lo pronto, le demostraba su amor y una infinita paciencia.
Consuelo había averiguado, gracias a una prima suya que trabajaba en Bogotá, que Salustiano necesitaba ayuda... Sucedió que cuando aceptó el trabajo, su novia cortó con él porque no quiso acompañarlo en su aventura por la Argentina... Ella esperaba que hiciera carrera pero no que su proyección política significara dejar su país...
Entonces, Amor supo de esa historia y concluyó que ellos debían enamorarse.
...Pero este Amor no tenía jurisdicción en Capital Federal donde vivía Salustiano, y Lorenza ya lo estaba amando... Amor sintió que sobraba, una no lo necesitaba y con el otro no podía hacer nada... De todos modos, no se deprimió, en verdad tenía mucho trabajo por esos días.
Lorenza se sentó en el micro pensando en él y olvidándose de la investigación que le habían encargado... Abrió el libro donde el señalador le marcaba, y leyó:
“...Abrió la mochila, sacó el paño, la pomada y la espátula, extendió el paño sobre la manta que le había servido de colchón y procedió a untarla con la pasta grasa. Era un trabajo que requería de su tiempo, ya que se trataba de distribuir la grasa en capas de diferente grosor según el lugar del paño. La boca, las axilas, el pecho, el sexo y los pies despedían mayores cantidades de aroma...”
Cerró los ojos y dejó de leer por unos instantes, mareada por el vaivén del micro.
“...Grenouille modelaba en el paño de lino una especie de diagrama aromático del cuerpo a tratar y esta parte del trabajo era para él la más satisfactoria porque se trataba de una técnica artística que ocupaba al mismo tiempo sentidos, fantasía y manos, y anticipaba de manera ideal el placer del resultado definitivo...”.
...A su familia no le gustaba que su hija viajara en colectivo a Buenos Aires cada semana y tuviera que faltar a la facultad que con puntualidad pagaban todos los meses.
Una noche, su padre le ofreció las llaves de su auto para que el trayecto fuera más cómodo y seguro... Su mamá no opinó nada al respecto... Y Lorenza, confió en su hermano mayor para revelarle sus sentimientos...
¡Amores imposibles...! Los que más satisfacciones le daban al Amor...


...En la fiesta, a Venancio se lo veía por demás molesto. Hacía unos días le había comprado ropa a su novia y resultó que Carola, se puso otra cosa. Se trataba de una locutora infradotada, analfabeta mental... La había conocido en la radio en la que trabajaban. Él, se dedicaba a producir un programa de actualidad, desarrollando su oficio con eficacia y dedicación, ponía en ello toda su pasión; era chinchudo y exigente... ¡Todos en la radio le tenían miedo!
...Llegó a la reunión con las expectativas más nefastas: ¡aburrirse y dormirse cuando hablaran de las anécdotas del pasado, de los profesores y los apodos! En realidad, no sabía porqué había ido...
En esas estaba cuando los vio entrar...
Su viejo compañero, el amigo de la juventud y la chica que, siempre consideró, era la más linda del mundo...
“¡Linda y distante!”.
¡El doctor Leguizamón y señora...! Sin embargo, Venancio, no sabía hasta ese momento que Agustino fuera médico ni que Cándida se había convertido en su esposa...
Golpearon en su mente aquellos recuerdos...
“¡Siempre hay un roto para un descosido...!”, recordó el viejo dicho, aunque pronto se rectificó: “¡pero Cándida sigue estando en una pieza...!”.
¡Tironeó de la punta del hijo y el ovillo se comenzó a desenrollar frente a sus ojos...!
Fue como desenterrar el pasado para escarbar un poco en él; pero poco, sólo un poquito...
Lo mejor de los años era que habían pasado para todos... Aunque, aun para el tiempo, Cándida resultó esquiva...
“Justo aparecés ahora, que estaba empezando a anular tu imagen...”, pensaba. “Seguís igual, siempre con otro...”.
¡Después de tanto insistir, había ido olvidándola, más allá de la persistencia de su necia memoria, hasta ese fatal momento en que la tuvo en frente de nuevo...!
“¡Sos un moretón en mi mente...!”.
...De pronto, se desvaneció ante Venancio, el sagrado día en que la había dejado de recordar... El vino solía producir esas cosas en él... Las proyecciones de su adolescencia volvían como en otra realidad, una nueva, paralela, para atormentarlo, herirlo, matarlo... ¡La actualidad era aún más cruda de lo que imaginaba! Durante años se había consolado creyendo que ella se había convertido en una mujer desolada, amargada, desaliñada... Y para el que había sido su amigo, en su interior, había creado un mundo de fracasos, decepciones y tristezas... ¡Jamás hubiera pensado que ellos podían seguir juntos y felices...!
...Y dejó de lado el enojo que tenía porque Carola estaba ciertamente insoportable... Su mente sólo podía dar cuenta una vez más, de lo que en la juventud, le había revelado a su amigo: ¡cuánto lo atraía esa chica distante y linda...!
...Poco después, Agustino se puso de novio con Cándida y ellos se alejaron con excusas estúpidas... Ahora, volvían a estar ahí; ella, igual que antes, y ellos, con las miradas huidizas de los lejanos últimos tiempos.
-¡Vamos a bailar! –le sugirió Agustino.
-No tengo ganas –le respondió Cándida, levantándose de la mesa para alejarse lo más posible de su marido...
-¿Siempre tiene ese carácter? –preguntó uno del que Agustino no recordaba el nombre.
-No, por lo general está de mal humor –dijo, sincerándose...
A Amor no le cayó bien la pareja que hacían Venancio y Carola; jamás anotaría sus nombres en un mismo papel...
Hacía ya muchos días que la Pasión venía siguiéndole el rastro a Cándida y “su vida sin fuego”, como le aseguró a su colega cuando notaron que ambos coincidían en sus visiones...
¡La fiesta los juntó, a humanos y a Caprichos!


...No era de extrañar que en “La Fuente” varios barcos navegaran con la, nada despreciable, anuencia de las Señoritas Esperanza y Casualidad, esta última, desde la distancia.
...Uno de ellos, el que estaba hecho con un papel lleno de dibujos, como garabatos infantiles, anunciaba Alegría para Isolina y Remigio. Otro, era el barquito del Amor en el que escribió los nombres de Paulina y Beltrán, con letra clara y grande.
...Paralelamente, el Señor Destino, ocupado en aleccionar a Incertidumbre, guiaba el futuro de la pareja de Román y Galilea por el cause que llevaba a la felicidad, archivando su caso bajo la tutela de la propia Incertidumbre, en su oficina de los Sueños Posibles, facilitando que una gran parte de los anhelos que tuvieran fuesen capaces de concretarse...
-¿...Cómo no se cansan, los humanos, de ser infelices? –Habló la Pasión en medio de la cena-. ¿Cómo permiten que sus sueños no tengan chances...? –volvió a preguntar.
-Es que no depende de ellos –le contestó extrañamente, el callado Olvido.
-¡Es verdad, me cuesta creer que vivan sabiendo que no van a hallar recompensas...! –Consuelo se sumó al debate...-. ¡El germen de la resignación...!
Entonces, Pasión se dirigió puntualmente al Amor que aún permanecía en silencio:
-¿Cómo es que no hacen esfuerzos por rebelarse? ¿Por qué se abandonan de esa manera cruel y patética...?
Pero no fue el Amor el que le contesto, sino Consuelo que siguió exponiendo su desaliento en palabras:
-¡En la escuela, deberían enseñarles a los niños, bien desde chiquillos, a levantar la voz contra los errores de los Dioses!
-¿...Será que de eso se trata la humanidad...? –ahora sí habló el Amor y sólo pudo pronunciar esa reflexión...
-¡La admirable calma de los desvalidos...! –soltó su idea el Olvido, como al pasar...-. ¡Ellos son las víctimas!
-¡Ínfimas o gigantescas, las crueldades, siguen siendo crueldades...! ¡Pobrecitos! –sugirió la Alegría.
-¡Ay de nosotros, querida...! –le replicó la Pasión.
-Se asesinan pero juran que lo hacen porque defienden su instinto de conservación...
-Sí, es verdad... Pero también pueden apreciar el otro lado del instinto de supervivencia... Saben que se van a morir y aun así siguen respirando...
-No sé, son malhumorados pero sumisos... No los entiendo... si alguna vez alzan la voz, lo hacen con la persona equivocada... –volvió a ser Alegría la que expresó su opinión.
-¡No son tan distintos a nosotros! –acotó de nuevo el Olvido.
…Cuando él no hablaba, pensaba en ella, y su cara adoptaba el aspecto de niño perdido... Pero por lo visto, esa noche, prefirió opinar para no pensar.
-Sufren pérdidas y dolores... pero también aman y son felices –agregó Consuelo.
-¡Cómo quiera, estimado amigo...! Pero es que son tan incapaces de arriesgarse por lo que quieren... no se comprometen, no pelean... salvo por vanidad –diagnosticó Pasión.
-¡Cómo nosotros! –dijo el Amor, reconociendo sus errores...
-Sí, pero... ¿cómo toleran semejantes pérdidas y desdichas sin sublevarse? -repreguntó la Pasión.
-¡Gracias a mí! –le respondió el Consuelo...
-¿A qué le temerán...? –dudó la Alegría.
-¡A lo mejor es verdad que les falta ser más audaces! –indicó el Amor...
-¡Tal vez todavía no les llega la hora de crecer...! –sugirió Alegría como explicación al problema.
-¡Qué parecidos que son todos ellos entre sí! Ninguno es capaz de ser sincero consigo mismo... –sostuvo el Olvido.
-Pero no dejan de ser admirables –agregó Alegría.
-¡Algunos! –resaltó el Olvido...
-Es cierto... no todos... –intervino Consuelo y destacó-: ¡Tienen sus memorias...! ¿Qué me dice de eso?
…Y su hermano se ofendió y le retrucó como en un duelo dialéctico:
-¿Y de qué les sirve conservar fotografías, palabras, cartas...? ¿Sabía, estimado hermano, que lo primero que olvidan los humanos son las voces...? ¡Frases de amor evocadas sin el sonido de la boca amada! ¡Qué absurdo...! ¡¿Para qué les sirve...?!
...Consuelo se quedó sin respuestas y, frente al chocante silencio, los Caprichos continuaron bebiendo.
Entonces, la Pasión volvió a sentenciar:
-Son inseguros y temerosos... ¡Si no fuera por nosotros, nunca serían capaces de hacer nada! ¡Nos necesitan, ésa es su mayor debilidad...!
Ante la frase, quien reaccionó fue la Alegría que le dijo:
-...Perdone que discrepe con usted, estimada Pasión, pero creo que fuimos nosotros los que instalamos esa idea en sus mentes...
-Hay gente, de hecho en esta ciudad, hay muchos que aman sin la necesidad de que yo intervenga... –agregó Amor.
-Sin nosotros todo sería un caos... ¡Serían más infelices de lo que son...! –opinó la Pasión.
-¡Nosotros seríamos más felices sin ellos! –opinó el Olvido que, especialmente esa noche estaba charlatán y contrariado...
-¡Ni más caos ni más felicidad! –Advirtió el Amor-, nada cambiaría... Nosotros no somos tan importantes como ustedes creen, estimados colegas... Y con respecto a los humanos, creo que los subestiman...
-¡Y usted los valora demasiado! Parece que se está encariñando con ellos... –arremetió la Pasión...
-El nuestro, es un trabajo insalubre... A veces, yo tengo que hacer que alguien que no se lo merece se alegre... –sostuvo, por supuesto, la Alegría.
-¡Y también hay muchos que no deberían olvidar...! –dijo cada vez más apesadumbrado el Olvido.
-...Pero las decisiones con respecto a la estructura del sistema, les corresponde a los Dioses... y nosotros no somos quienes... ¡Eso, y determinar qué equipo sale campeón de fútbol, es patrimonio de los Dioses...! –aclaró Consuelo, preocupado por el rumbo que iba tomando la conversación...
¡Como ellos, que no dejaban de tomar lo que contenían sus vasos!
-Por eso, es como decía, somos iguales a ellos –volvió a destacar el Amor...
-¡Los Dioses tampoco serían nada sin nosotros! –señaló temeraria, la Pasión...
-En eso estoy de acuerdo con usted, estimada amiga... –la aprobó el Amor.
-¡Nosotros somos los que hacemos todo el trabajo! –se les sumó la Alegría...
-Especialmente el sucio –destacó Consuelo y esta vez, su hermano Olvido, le dio la razón.
...Pero como todos los debates que tenían alcohol de por medio, éste también terminó en la nada... Se fueron a dormir y despertaron al día siguiente con dolor de cabeza algunos y descompuestos otros.


...Los días fueron pasando para los hombres al mismo tiempo que Amor, torpe y distraído, el Capricho con la voluntad más autodestructiva, pensaba en cómo recuperar los siglos perdidos, retomando sus deseos... Pero como en estas épocas tan desaprensivas, el Amor tenía el trabajo más duro, no abandonó sus obligaciones más allá de la disputa con el Sufrimiento por “su” Tristeza, cada vez más distante.
...La Señorita Casualidad siguió esforzándose con la historia de Beltrán y Paulina, así que poco después del casamiento, los volvió a juntar... El sitio fue una librería del centro de la ciudad.
Antes de sentir deseos de salir, Paulina había estado leyendo sobre hombres y mujeres envueltos por sus amores, políticas, revoluciones... Leyó:
“...Magnificado por la entrega, el cuerpo todo cobraba una nueva conciencia de sí mismo, obedeciendo a impulsos de generosidad y apetencia que en nada solicitaban el consentimiento del espíritu. Regocijábase el talle al sentirse preso; apretaba la piel su estremecido contorno en la mera adivinación de un acercamiento. Sus cabellos, sueltos en las noches de júbilo, eran algo que ahora también podía darse a quien los tomaba a manos llenas”.
¡Horas consumidas en ansiedades...!
Paulina tomó un mate frío, lavado y siguió:
“...en ese don de la persona entera, en ese ¿qué puedo dar que no haya dado?, que en horas de abrazos y metamorfosis llevaba al ser humano a la suprema pobreza de sentirse nada ante la suntuosa presencia de lo recibido...”.
Fue hasta su habitación, se cambió la parte de arriba del pijama por un pulóver y volvió a leer...
“...Vuelto a sus raíces, el lenguaje de los amantes regresaba a la palabra desnuda, al balbuceo de una palabra anterior a toda poesía...”.
Después dejó el libro. ¡Tiempos extraños y cargados de confusión...! ¡Éstos y aquéllos! Sintió llegar el amor suave y desconcertante, quizás como una revelación; el tímido mensajero mudo... Respondió al arrebato inmanejable que la llevó a ir hasta una librería del centro para buscar el último diccionario de francés, mientras que Beltrán estaba allí revolviendo todo para hallar un libro de periodismo de investigación.
-...Vas a pensar que te estoy siguiendo... –Paulina, le murmuró al oído.
-A propósito o no, vos y yo estamos bajo este mismo techo –agregó él.
El cabello de Paulina atraía la luz para verse bien claro...
Después siguieron la conversación en el galpón donde vivía Beltrán...
-¡Sacate la ropa! –le ordenó.
-¡Sacámela vos! –lo desafió.
-Mirá que lo hago... –volvió a advertirle-. ¡No me provoques...!
-No te vas a animar...
...Pero él se acercó, se aproximó a ella sin reparar en la más mínima cautela... Le acarició el pelo rubio y, dulce, artísticamente, le sacó el pulóver. Estaba dispuesto a buscar un tesoro bajo su piel.
¡Las manías de la experiencia...! Y, con su cuerpo expuesto, ella se alejó...
-¿Es por el frío o por mí?
-¡Sos un boludo! –y volvió a ponerse la ropa-. Me voy –le dijo, y sus gestos desmintieron categóricamente la tajante determinación de sus palabras.
¡La franqueza de la piel...!
¡Señales desperdiciadas...!
...La realidad cruda y auténtica que los dejaba desnudos frente a la vida.
...Cuando sus piernas la llevaron hasta la puerta, Paulina se dio cuenta de que estaba cerrada con llave.
-...Lo que estás buscando está escondido por acá, en algún lugar de esta habitación –le explicó con ganas de jugar-. Buscala, encontrala y andate, si tanto querés...
Paulina permaneció inmóvil, sin poder creer lo que estaba pasando, y mostrándose cada vez más ofendida y disgustada.
-...Buscala bien... Revisá, revolvé todo, no te olvides de nada... No dejes ningún rincón…
Ella atinó a hacer con sus ojos un breve paneo por el living hasta que se resignó a que fuera él quien pusiese fin a la búsqueda del botín.
-Acá está, tomá, andate –le dio el llavero que sacó del bolsillo de la campera de Paulina, que había quedado colgada del perchero de la entrada-. Si hubieras querido irte de verdad, te hubieses puesto la campera y la habrías encontrado fácilmente... Con esto me di cuenta de que no estabas muy decidida...
-¡Sos un hijo de puta, ¿sabías...?! –embistió Paulina.
-¡La única puta acá, sos vos...!
-Sí, como tu mamá...
-¡No, ahí la estás pifiando...! ¡Estás meando fuera del tarro! ¡...Con mi vieja no te metas...!
-¡Entonces, no me trates de puta a mí! ...Que al fin y al cabo, te vas a quedar con la intriga de saber si soy o no soy puta...
La intervención del Amor fue en vano, porque Paulina, poniéndose la campera, se empeñó en contradecir cualquier efecto...
¡La buena vida le pasada por al lado...!
-¿Cómo sos capaz de estar con él y no conmigo?
-Porque para estar con un pelotudo, me quedo con Gastón... –le dijo finalmente.
-No vuelvas con él... –y no quedó claro si la frase sonó como una orden o una súplica...
-Vos hablás como si todo fuera tan fácil...
-¡No entendés que te amo! ¿No entendés o no te importa? ¡No te vayas...!
Paulina no le respondió. Abrió la puerta con la llave de Beltrán y se acercó nuevamente con una leve sonrisa en sus labios. Le devolvió el llavero...
-¡Sos una hija de puta, es verdad...! Me dejás caliente como una pava y te vas... –volvió a embestir.
-Sí, me voy y que otra se tome el mate...
-¡Andate de una vez, histérica de mierda...!
-¡A mí no me insultás más, ¿oíste?!
Volvió sobre sus pasos y cuando estuvo frente a él le dio una cachetada bastante tibia...
-Ahora, me vas a escuchar vos a mí... ¿Histérica por qué, porque no me quiero acostar con vos?
-¡Histérica, justamente, porque te morís por acostarte conmigo...! –a penas pudo decirle...
El rostro de Beltrán se había tornado una mueca inexplicable ante la violencia de aquella reacción. Se quedó mirándola, con pinta de niño desvalido...
-¿Por qué querés castigarme por algo que no hice...? –preguntó, un Beltrán ya sin fuerza...
-¡Porque soy mala!
-¡Definitivamente, sos una hija de puta!
-Sabés que sí, pero querés que te diga una cosa, soy la hija de puta que más te calienta... ¿Qué lástima que sea tan hija de puta, no?
Y Paulina se fue...
...Y Beltrán no se atrevió a perseguirla; no había vida más allá de la puerta de calle.
¡Con tantas desilusiones, terminaría por descascararse todo el asfalto de nuestra ciudad!
…Así escuchó Pasión que hablaban esas criaturas.
...También Amor se encontraba algo contrariado con semejante situación.
-¿Quiere intervenir en esta historia? –le preguntó él, invitándola.
Ella estaba convencida de que con su ayuda todo terminaría como su amigo esperaba...
-...En realidad, lo estaba analizando y creo que es momento de darles un fuerte empujón... –le contestó-. ¡Estoy harta de los humanos que no hacen lo que sus emociones les dictan...! ¿No le parece, estimado colega?
-Estoy de acuerdo, les vendrá bien un poco de su fuego –expresó-. ¡Si vamos a ser castigados por esto, hagamos algo que, al menos, valga la pena...! –y notó que “su” Tristeza los vigilaba...


...Sin embargo, la Tristeza siguió de largo para acercarse a donde se encontraba meditando la Señorita Esperanza.
-...Si yo no supiera lo que significa, también juraría que usted está triste, estimada Señorita... –le dijo la Tristeza y se sentó a su lado.
-Más bien preocupada, aunque no quiero poner en duda sus cualidades perceptivas ni sus vastos conocimientos...
-Su rostro es de tristeza, pero no consigo descubrir por qué... ¿Extraña “El Ministerio”?
-No –le aseguró sonriendo-. Supongo que la preocupación que a mí me inquieta, también la debe entristecer a usted, estimada amiga...
-¿Le pasó algo a...?
-¿...A Amor...? –completó la frase que la otra no se atrevió a pronunciar-. No... Y sí...
-¿El amor la asusta, verdad?
-Supongo que usted sabe cuáles son sus consecuencias, el precio que hay que pagar, el riesgo que se corre... El costo del descubrimiento de lo que uno es capaz de hacer con tal de tener al ser amado cerca... ¡Hasta dónde se atreve a ir uno, cuando está enamorado! ¡Yo sólo con imaginármelo me aterro...! Los límites que hay que cruzar, las equivocaciones a las que uno ni siquiera les presta atención... Los sueños que trae aparejado, las locuras, el frenesí...
-Cualquiera que la oye diría que usted está enamorada, Señorita...
-Amar tendría que ser la única excusa para ser inmortal, ¿qué si no? ...Usted padeció mucho, lo sé...
-Es verdad que no fue sencillo... –reconoció, y rememoró el siglo en que perdió la fe-. Nada de aquello de lo que hice por aquel tiempo, lo hubiera hecho si no hubiese estado enamorada...
-¿Y valió la pena? –quiso saber la Esperanza.
-Ni en mis cien vidas sentí algo similar a aquello... ¡Sí, claro que valió la pena...! ¡Tendrá que tomar el riesgo, Señorita!
-Presumo que de eso se trata la vida... de equivocarse y aprender...
-¡Y nosotros sí que tenemos tiempo para aprender...!
...Tal vez le alcance con ignorar los límites que se autoimponía, vencer sus dudas y temores, superar los prejuicios, olvidar sus complejos; olvidar, recurrentemente aparecía en sus pensamientos... En sus ideas y comentarios; especulaciones y pesadillas... En cada recuerdo... ¡Se veía condenada a no distraerse ni a poder olvidar!


...Tiempo libre, exactamente eso, no tenía. Consuelo ya estaba saturado analizando “el caso: Constantina Leontini/ Gervasio Alcorta...”; y a eso se le sumó la necesidad de compensar la pérdida que sufrió Lisandra, al menos, con un poco de ternura para empatarle a la desgracia...
Sin dudas, el amor los envolvía tanto a ella como a Gabino, pero cada uno atravesaba una realidad en planos diferentes, demasiado opuestos...
Cuando se conocieron, en la facultad, hacía varios años, el Viejo Amor había escrito sus nombres en un papel que echó a nadar por aguas turbias pero que los llevaba a la dicha...
Desde entonces pocas cosas habían cambiado entre ellos. Continuaron adorándose... Cada tanto recordaban las ilusiones compartidas, los proyectos que los unían, la admiración mutua... ¡Eso, sin dudas, no varió...!
¡Noches abiertas como bocas...!
Gabino seguía pareciéndose al chico que estudiaba y Lisandra, nunca dejó de ser la que fumaba e imaginaba que seguía durmiendo... Ella siempre discutía... ¡Debatir como su mejor forma de combatir!
...Cuando Gabino se fue de la ciudad, dejándola a ella y a su mundo, aquella vez lejana, por esos años, trató de olvidarlo rápido, para que su recuerdo no se empañara con el rencor que quedaba después del abandono... A los duelos había que apurarlos, porque si no, no se iban más...
Lisandra recordaba que el último año juntos, habían perdido la guerra contra los paraguas y las goteras, entre tantas otras... “¡Cómo lloviznaba, y a cualquier hora!”.
...Evocaba que con la excusa de estudiar se refugiaba en su cama, pero que terminaban leyendo cualquier cosa menos los apuntes de las cursadas... Eso le gustaba mucho, y Gabino se enloquecía porque le molestaba que ella inventara palabras; pocas veces estudiaban cuando estaban juntos.
Sabían divertirse, la pasaban bien...
Cuando era Gabino el que leía en voz alta, a ella le costaba concentrarse y seguirle el hilo, hasta que pronto se aburría de escuchar, le cerraba el libro y lo dejaba en el piso, al lado de la cama... Después dormían...
Cuando llegaron los días sin él, muchas imágenes asaltaban su mente, como cuando Gabino se enojaba si ella se emborrachaba y se le iluminaba la cara... Entonces, lo peleaba hasta que se iba ofendida... Él hacía como que no le importaba, pero enseguida salía a buscarla. Y la besaba. Y ella le pedía que la perdonara... Y él aceptaba las disculpas, las súplicas de su diosa injusta y frenética.
...Por lo general, cuando recordaba, se le asomaba una simple sonrisa a la memoria.
Ella lo conoció cuando tenía cara de tipo feliz. Se reía todo el tiempo y si no había motivos, los inventaba con la misma facilidad en que ella cambiaba de estado de ánimo...
Las pocas veces en que él se enojaba, se ponía rabioso y enfurecido...
Hubo una vez que, como habían quedado en encontrarse para ir juntos a... había pasado tanto que no se acordaba adónde quería ir... La cuestión fue que a la noche, en su casa, cuando la vio entrar, la insultó porque había estado parado en la esquina, esperándola, hasta que se hartó y se fue... Lisandra había llegado media hora tarde.
-¡Ey, que no es para tanto...! –se había justificado Lisandra...
-¡Bien que a vos no te gusta que yo te haga esperar...!
¡Ella fue quien le enseñó a insultar...! ¡Hasta sus peleas eran duelos de genialidades!
...La verdad era que la pasaban bien juntos. Cursar, ir al cine, discutir sobre la manera en que cada uno repartiría la felicidad en el mundo... A pesar de las dificultades, del abatimiento, los sueños que los acercaba y que fueron perdiendo... Todo era magnífico entre ellos.
…Sobre eso, solía recordar que una vez él había querido explicarle su pequeña teoría sobre la felicidad, Lisandra se le rió en la cara y cuando Gabino empezó a hablar, se calló porque se dio cuenta de que no se podía enunciarla con palabras.
Solía haber veces en que pensaba en la mañana en que le preguntó, recordando lo que habían leído días atrás:
-¿...Lisandra, cuánto va a durar este amor?
-No sé –repitió lo que escribió aquel autor que tanto les gustaba.
-¿Tres semanas, tres años, tres décadas? –siguió.
-Sos como todos los hombres... Tratás de abreviar la eternidad con cifras... –memorizó, y los dos rieron al mismo tiempo...
Se querían tanto...
A Lisandra le costó dejar de extrañar sus manos tiernas y generosas...
Cuando él se fue, la ciudad quedó sin vecinos, las calles reventaron de aburrimiento y, de pronto, dejó de hacer frío.
...El grupo siguió, pero después de recibirse, los teléfonos dejaron de sonar, las direcciones se olvidaron, el alcohol aumentó de precio y ella empezó a descubrir la desgracia en las esquinas... Quedaron algunos, y muy pronto, ya no tuvo a nadie con quien poder compartir los recuerdos.
...El tiempo y la conciencia; la distancia y la vorágine diaria se encargaron de hacer lo suyo con los amigos que fue dejando de ver, ésos que le contaban mentiras para hacerla sentir mejor.
...Gabino también recordaba muy bien el bar donde habían entrado aquel atardecer lluvioso y lejano, después de haber dado su primera clase como profesor de periodismo...
En seguida de que él se fue, ella se mudó a un edificio avejentado con ascensores enmohecidos... ¡Un espanto! Y empezó a extrañar los domingos en que escuchaban partidos de fútbol, buscando roña, entre cargadas y burlas, lo peleaba; Gabino no era de Boca como ella...
Y de la nada, se encontraba desenterrando las tardes, cuando indagaba en su mente, buscando las respuestas a preguntas que nunca le había hecho...
“Es impresionantemente cruel la variedad de estrategias que tiene la mente para llevarnos, inevitable e infaliblemente, a pensar siempre en la misma persona...”, no dejaba de repasar todo lo que retenía de él.
...La verdad, que cuando se fue, se llevó partes de su vida.
“¡Cómo me hacés falta, hijo de puta...!”, recapacitaba constantemente...
Quería volver a verlo, al menos una única vez más... “¡Tan sólo una última vez más...!”. Necesitaba tenerlo en frente para decirle cuánto lo extrañaba o, en el peor de los casos, insultarlo... “Para besarte, por todo lo que te deseo, o si no, para darte una cachetada por haberme dejado...”.
...Añoraba hasta los momentos más desconcertantes y difíciles, incluyendo las cosas más decepcionantes que Gabino decía... Como cuando se desmoralizaba, derrumbándola a ella con él... Cuando las dudas viciaban el aire y se le ensombrecía la cara... De esa manera estaba la última vez que se vieron, antes de su partida, cuando le dijo:
-...Busco mi reflejo en tus ojos y no me gusta lo que veo...
Ella, por su parte, trató de cambiarle el humor. No supo si lo logró, aunque sospechó que no...
¡Otra batalla perdida: la del entusiasmo...!
...Repasaba, todavía, esa madrugada en que alteró el curso venidero... Lo peleó todo el tiempo, discutieron, dijeron todo aquello que sabían que iba a lastimar al otro, se conocían mucho... Gabino le contó que se largaba de la ciudad, esas palabras le infectaron las heridas. En ese momento hubiese querido no saber cómo terminaban esas charlas con él... Borracha, lo insultó, y fue él el que se marchó, haciéndose el ofendido por algo, para no tener la obligación de volver... Aquella vez sí que discutieron en serio.
…Antes, había llegado a asegurarle:
-Lisandra, no voy a volver, ¿para qué?, nada me atrae en este lugar.
-Gracias por lo que me toca –le gritó ella.
...Y de verdad que se largó, de su casa y del país; a todos les dio un portazo.
Nunca pudo olvidar esa absurda conversación...
-¡Extrañame y no te olvides de mí!
...Le había ordenado Gabino, en la parada de último momento que los desvió a él y a sus padres del camino a Ezeiza.
-¡Ni lo sueñes...! –le había contestado ella.
Ambos habían quebrado sus promesas... Ella no podía dejar de recordarlo y, un día, él se cansó de escapar y volvió...
Otra tarde estaba ahí, parado frente a una vidriera...
-¿Cómo no me hablaste antes? ¿Estás loco? –lo retó-. Me tendrías que haber llamado ni bien volviste...
-No me di cuenta –se defendió.
-¡Estás mintiendo!
-Es que pensé que no ibas a querer verme...
-¿No me querés más?
-Lisandra...
-¡Callate mejor, porque se va a notar que tus excusas son malas y me voy a enojar...!
Gabino había vuelto... Y lo tenía frente a ella, nervioso como un nene y empapándose... Y estaba lindo como siempre...
-No esperaba encontrarte, me sorprendiste, me alegra tanto verte... ¡Estás lindo guacho! –le dijo al rato, sin reproches en la boca.
...Y después se resguardaron del chaparrón en un bar llamado “El Barrio”. ¡La lluvia los perseguía...!
-...Tampoco por acá, las cosas anduvieron mejor... –le explicó Lisandra...
En verdad, ambos parecían los mismos...
-¿Por qué me dejaste...? –le preguntó con una mezcla de despecho y resignación...
-...No podía quedarme para ver cómo hacía mierda a todos los que tenía cerca –le había contestado.
-¿Por qué no me llevaste con vos...?
-¡Yo no le hacía bien a nadie, Lisandra...!
-¡A mí me hacías bien...!
-¡A vos, menos que a ninguno...!
-¡No viví bien sin vos...! ¡No supe cómo vivir sin vos...!
…Llegó el turno en que ella habló de su trabajo en el diario, de su situación, contrastó sus imágenes del pasado con lo que veía: tenía enfrente a un Gabino mejor que el anterior.
¡La resurrección de las manos de la historia que tuvieron en común...!
-Pero contame algo vos, ahora... Conozco tus recuerdos así que hablá tranquilo... Siempre hablo hasta por los codos, dale, hablá vos, nene...
…Resonaban las palabras que Lisandra había soltado, en aquel anochecer, en el que recuperaron la memoria y los sentidos, y los dos tenían el pelo húmedo por la lluvia.
Inevitablemente, el reencuentro los volvió a unir con pasado y rectificaciones...
Después de aquello, los dos crecieron y se hicieron adultos, sin merecerlo, como un castigo... ¡Aprender y crecer! Si tan sólo se hubiera podido elegir específicamente aprender...
La realidad los fue envolviendo y los defraudó como a la mayoría del mundo. Rodeados de los vivos y los muertos a los que amaban y mataban cada día un poco...
Ella trabajaba demasiadas horas redactando historias aterradoras en forma de noticias, y Gabino enseñaba a escribirlas, mientras deseaba trasladar sus lejanas ideas a una hoja de papel...
-¡No es de gente normal dedicarse a escribir desgracias ajenas...! –a veces, Lisandra solía lamentarse...
-¡Alguien tiene que hacerlo, mi amor...! Y siempre es mejor que lo haga alguien que tenga arte, como vos...
-¡Me afecta tanto tener casi siempre la razón...! –reconoció entonces ella-. ¡No tenés idea de qué pesada es la carga de saber que acierto cuando pienso que la mayoría de la gente elige la opción más maliciosa...! ¡Cada día soy más mal pensada y cada día me equivoco menos...!
-¡La vida es una negociación...! –exclamó Gabino, sin saber a cuenta de qué lo decía...
-Sí, ¡lástima que siempre nos toca estar del lado equivocado del mostrador!
¡Las circunstancias los desarmaban...!
...Ahora, Lisandra lamentaba cuánta falta le hacía Remo que, cuando ella escribía, le clavaba las uñas en la pierna para poder subirse a su falda y vigilar el monitor de la computadora... ¡Remo y su ternura cotidiana...!
Se puso a repasar un libro que comentaba episodios que a ella le servían para ilustrar su nota de nuevo periodismo. Hacía un tiempo que había obtenido ese premio, el de armar artículos con opinión.
El libro había sido editado en la década del ’50 y, aunque el terrorismo había mutado y se fue degenerando desde entonces, a ella le venían bien las concepciones de su autor preferido. Releyó y tomó notas:
“...porque todavía había treguas, días vacíos, lunas llenas sin bombas...”.
Cuando leía, Remo tenía la costumbre de subirse encima de ella y rascar la comisura de su boca, frotando sus bigotes, con los vértices del libro...
“...El sabor del terrorismo, que está compuesto de temores intangibles... de pies que corren por un camino nocturno... El terrorismo infecta las transacciones normales de la vida... La delgada cadena de la confianza en la que se basan todas las relaciones humanas se quiebra entonces... y el terrorista lo sabe y afila sus garras precisamente en ello, porque su objetivo primario no es el combate...”.
Efectivamente para Lisandra, la postura del diplomático y escritor le iban a ser de mucha utilidad. Después, lloró el resto del día...
Desde que Remo murió, Gabino se pasaba las tardes y demasiadas horas de la noche dando forma a su libro; ciertamente, Inspiración había hecho un buen trabajo con él... Y Lisandra, por su lado, se sentía orgullosa de su hombre, pero la más desdichada por ella misma.
¿También terminaría pasando toda esa angustia...?
“...Al menos, vos sí sos feliz...”, analizaba ella.
Una vez más pretendió vigilar sus pensamientos. Lo observó escribir... “Una historia, ¿es de quien la vive o de quien la cuenta...? ¡Tal vez sea más apropiado pensar que le pertenece al que la escucha...”.
Se asomó al balcón; desde que Remo murió, lo cubrió de macetas y flores para que las plantas ocultasen la ausencia de la sombra de su lejana figura maullando suave, cuando tomaba sol.
-¡Viste...! Con un poco de suerte ese hijo de puta se muere de una vez por todas... –Gabino, sacó a Lisandra de su mutismo con sus palabras, haciéndose eco del último momento del noticiero...
-¿Vos creés? ¡Ésos no se mueren más...! ¡Un hijo de puta menos en este mundo, sería demasiado bueno...!
...El mundo se merecía ser un poco más respirable.
-En realidad, yo no le deseo la muerte a nadie –reconoció Gabino muy a su pesar...
-¡Yo sí, y a más de uno! –confesó su mujer.
-Lo que de verdad deseo es que determinada clase de gente se muera antes que yo para poder ir y escupirles en la tumba...
-Entre lo que decís y lo que digo yo, no hay casi diferencia, mi amor...
-Sí que la hay, es muy distinto, sabés... No me molesto en desear el mal a los otros, sino que deseo el bien para mí... –le explicó.
-¿Y qué hay de bien en lo que querés?
-¡Mucho, no sabés cuánta satisfacción me daría...!
Ese día Lisandra volvió a postergar la redacción de su nota de opinión pero Gabino escribió bastante...
En algunos momentos de la vida, el clima no llegaba a interferir; ésta no era una de esas épocas... Cuando parecía que el sol se iba a animar a dar la cara, el frío de este invierno los despertaba en otra confusa mañana...
...De pronto, les pasó que cada uno se fue aislando del otro y que, cuando se prestaban atención, era para discutir, pero ellos no lo notaban.
Lisandra, estuvo atormentada por la Tristeza que, más despechada que nunca, celosa y furiosa con Amor, se encarnizó con las personas.
-¿Qué hacés todavía sin maquillarte...? –Gabino le preguntó exaltado-. ¿O pensás no ir...?
-¡¿Estás loco, cómo no voy a ir?! ...A veces siento que mientras estamos hablando, vos estás en cualquier lado, pensando en alguna idea para escribir...
-¿A dónde vas? ¡...Y vos, mirá lo que hacés, me dejás hablando solo...!
-Esperame un segundo... ¡Está sonando mi teléfono y no lo encuentro! –le dijo ella.
-Se hace tarde, Lisandra...
-¿Lo escondiste...? –le preguntó al momento en que lo divisó perdido en la cocina. Estaba segura que ella no lo había dejado ahí...
-¡Cortá y andá a prepararte...!
-¡¿No ves que estoy hablando por teléfono, nene?! ...Bueno, entonces no es tan grave, el lunes lo vemos, ¿te parece?
...Finalmente, Lisandra cortó su celular y se inquietó un poco por el adelantamiento de la publicación de uno de sus artículos que aún no había ni empezado a redactar.
-¿Terminaste? –volvió a hablarle enojado-. Ahora andá y arreglate que es tardísimo...
-...Siempre tan exagerado vos, todavía hay tiempo... –replicó ella.
-¿Me prestás tu teléfono un minuto...?
-¡Tomá! –y se lo alcanzó, aun a pesar de estar extrañada con el pedido.
...Todavía, de pie frente a él, Lisandra observó cómo Gabino abría la ventana de la habitación, dejando entrar un terrible viento, y echaba el celular a volar.
Entonces, con una sonrisa complacida, le dijo:
-¡El mundo estaba mejor sin estos aparatos...! ¡Me cago en la comunicación...! ¿Qué, te vas a quedar ahí parada...? ¡¿Te podés apurar así vamos, mi amor?!
-¿Te volviste loquito vos? –alcanzó a pronunciar...
-¡Sí, vos me ponés así...!
-¿Y si me tienen que volver a llamar? ¡Era del diario, nene...! ¡Puede pasar algo importante...!
-No creo que hoy pase nada más importante que el cumpleaños de mi hermana... ¡Terminá de arreglarte que me quiero ir de una vez...! –soltó Gabino, con un tono feroz.
-Bueno, ahora vengo... –le aseguró, algo dubitativa, como atontada, después de verlo hacer aquello que mil veces le había advertido que haría-. ¡Me debés 300 pesos, sabés!
-¡Y con gusto te los doy si no los gastás en otro teléfono...!
-¿Qué me vas a dar vos si no tenés ni un mango...? ¡Muerto de hambre!
-¡Apurate porque me voy...! –le advirtió-. Es una fiesta sorpresa, no podemos llegar tarde...
-Cuando Esperanza llegue y se encuentre con semejante aquelarre, nos va a reputear a todos y se va a largar a la mierda... –le gritó desde el baño-. ¡Ya casi termino...! Ah, eso sí mi amor, no te vayas a despegar de ese cuaderno de porquería ni por un minuto, porque en el menor descuido, te lo mando a la basura... –lo amenazó para desquitarse...
-¡Intentalo, hacé la prueba! ¡Te mato si le ponés un dedo encima a mis papeles...!
-¡...Yo ya estoy lista, ¿vamos?!
-¡Vamos, mi amor!
¡Circunstancias y desalientos...!
-¡Subí! –le dijo Gabino, todavía embebido en las frases que había estado escribiendo en su cuaderno.
-¡Abrime la puerta! –le exigió soberbia e inflexible.
-¡Dale, subí que se hace tarde...! –le retrucó.
-Abrime la puerta del auto como siempre...
...Al menos, desde que lo compraron unos pocos meses atrás, después de haberse embargado para el resto de sus vidas.
-¿Otra vez vas a empezar a discutir...?
-Si no me la abrís, no voy, y mirá que ganas no me faltan... –lo desafió, frenética, suave y atroz; criminal.
-Entonces, no vengas... –arrancó y avanzó unos metros; después retrocedió-. ¡Dale, vamos, subí! –le dijo, abriéndole, al fin, la puerta.
-¡Muy bien, qué caballero! –lo felicitó irónicamente.
-...Estás tan linda que no me perdería por nada del mundo ir a la fiesta con vos –agregó, para contrarrestarle el mal humor.
...Así, se distrajeron un rato, él se alejó de sus personajes, y ella, se olvidó de su dolor... Ni las amarguras pasadas, ni mucho menos el viento los intimidó.
...Volvieron de madrugada, tuvieron el mejor sexo de los últimos tiempos. ¡Tanta efusividad...! ¡Cuánto afecto...! Se disfrutaron como si después de esa noche, fuesen a morir... El cielo entero cabía entre sus manos generosas.
-¡Cómo me gusta coger en el auto...! ¡Como cuando éramos más chicos y mi viejo me prestaba el Ford para que saliera con mi noviecita de la facultad...! –le habló Gabino...
-Ya no somos chicos... ¡Hace bastante que dejamos de serlo...! Pero seguimos sabiendo cómo disfrutar...
¡La oscuridad estaba de su lado echándoles una ayudita...!
...De todas las formas que había para morir en este mundo, Gabino elegía morir de amor. Y sin embargo, no podía concebir el hecho de no vivir para amarla... Porque tratándose de Lisandra, “probablemente no me alcance con una sola vida, aunque fuera inmensa...”. Él, era capaz de matar y de dar la vida por ella... ¡Era el único que arriesgaba todo con tal de hacerla reír...! Estando cerca, se difuminaban los límites; la vida y la muerte iban perdiendo cada vez más sentido, siempre y cuando, ella lo hiciera renacer con sus besos. Aunque muchas veces, Lisandra, también lo asesinara con alguna de sus frases, lo compensaba todo con ciertas caricias magistrales... ¡Eran especialistas en complementarse y revivir! Morir sería el castigo por vivir así, de esa forma tan extrema, salvaje, sagrada, real... ¡Y amar era su recompensa! ¡Amar y vivir como los dioses, ése era su crimen! Porque, entre vivir y morir, prefería esa especie de limbo que era el amor... ¡Amarse hasta que la muerte se cansara de existir!
...Pero la muerte no hacía esas cosas, en toda vida siempre se mostraba latente, presente, amenazante... ¿Cuántas bocas se terminarían por cerrar esa noche? ¿Cuántos dedos se entumecerían...? ¿Muchos pies abandonarían sus zapatos? ¡Vidas que se diluirán como la nada...! ¡Las muertes que verán pasar por televisión...! ¿Cuántos enamorados se separarían? ...Gabino no podía saberlo, pero de una cosa estaba seguro: ¡ellos no lo harían...! “¡Porque, ¿qué sería del barrio si nosotros morimos?! ¡Una verdadera injusticia...!”.
-¡Vamos a morir huérfanos!
-Es verdad, sólo nos vamos a tener a nosotros –ratificó Lisandra.
“¡Si sobrevivimos, nos habremos convertido en héroes...!”, reflexionó. Despejó sus pensamiento, esa noche, nadie, y menos Gabino, quería pensar que alguien, ni uno sólo en este mundo, pudiera morir...
-¡Igual, vamos a ser felices, ¿no?! –se vio obligado a decir...
-Sí. No sé... –se le escurrieron las palabras de la boca.
¡Humos y estrellas surgían de su noche...!
-¿Qué te pasa?
-Tengo miedo de que esto termine mal...
-¿Qué cosa, lo nuestro?
-Sí...
-¿Por qué?
-Estoy así, un poco tristona porque por más que te ame, no sé hacerte feliz...
-¿Y de dónde inventaste esa estupidez? ¿Yo te dije, alguna vez, algo por el estilo...?
-No, creo que no, pero es algo que me parece...
-¡Bueno, entonces te equivocás, porque con vos, soy un hombre feliz...! Ahora, si quien no es feliz sos vos, eso es otra cosa... –insinuó.
-¡No me quieras echar el fardo a mí...! ¡Yo no podría vivir bien si no te tuviera cerca...! ¡Como ahora, que soy la mujer más afortunada del mundo estando así, así de cerquita...!
-¡Eso me gusta más...! ¡Basta de pavadas...! –le advirtió-. ¡Te amo!
-¡Y yo a vos...! Pero me da miedo que no alcance con amar...
-¡No digas más boludeces, ¿querés?, ya fue mucho para una sola noche, si nos amamos, tenemos todo! ¿Qué nos puede faltar...? ¡Nada! –le aseguró, por si sus afirmaciones anteriores no la satisficieron...
-...Siento que en cualquier momento me voy a largar a llorar... –reconoció Lisandra.
-¿Qué te pasa? ¿Por qué? ¿Estás triste?
-No.
-¿Por qué me mentís?
-Porque si reconozco que sí estoy triste, me vas a preguntar por qué y no sabría qué responderte...
-¿No sos feliz conmigo? –insistió.
-Sí, ya te dije que sí, pero también me preocupo...
-Yo te voy a cuidar, a vos y a nuestra felicidad –le confirmó para restablecer su frágil equilibro.
-¿Sabés una cosa? ...Envidio a la gente a la que la vida le resulta fácil... ¡A los que tienen todo resuelto! –soltó Lisandra, al frío aire de la oscuridad-... A nosotros, siempre se nos complicó todo...
-¡Hasta esa gente de la que hablás tiene envidias...! ¡No te olvides de eso, mi amor! –afirmó Gabino.
-¡A esos tipos la vida se le hace tan sencilla de antemano, que no saben lo que son los problemas...!
-¡Todo el mundo tiene problemas, a lo mejor, son diferentes a los nuestros, pero de todos modos, siguen siendo problemas...! –explicó Gabino.
-Bueno, pero los problemas que vayan a tener les van a venir con las instrucciones para resolverlos... ¡Y esa injusticia me molesta mucho!
-¿De dónde sacaste eso...? ¿Cómo estás tan segura de lo que decís?
-¡Lo veo todos los días!
-¡Sos muy envidiosa, vos!
-¿Yo te dije lo contrario...?
¡Las buenas vidas de los inconscientes frente a la honestidad de aquéllos que comprendían las verdaderas intenciones de la realidad...!
-La vida nunca es sencilla para la gente de bien que tiene por costumbre pensar... –él, volvió a tomar la palabra.
-La inteligencia no es una bendición...
-¡Es cierto, es una obligación! –confirmó él.
-Igual, nosotros, no somos ni tan inteligentes ni tan desgraciados... ¡Al fin y al cabo, fuimos afortunados, porque en esta vida, entre tantas personas, nosotros dos, nos conocimos!
-¡Es verdad! Nos conocimos y nos enamoramos enseguida, sin el menos esfuerzo…
-¡Sí, eso fue lo único que no nos costó...! Ahora, lo que sí es peligroso, es tu talento... –insinuó-. Tu talento te diferencia del resto que no lo posee... ¡Te distancia de mí que no lo tengo!
-¡Ésa, también es una pavada!
Después, ya en su cama, durmieron hasta el mediodía siguiente…


Continuará…

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