exportando peleas
Habían sido felices por todos aquéllos que no pudieron serlo en el mundo entero. Fue hacía tanto que no recordaban ni cómo se conocieron, Faustina contaba que se vieron por primera vez en los pasillos de la Universidad, pero Cosme aseguraba que fue en un bar. De cualquier manera, esos detalles no les importaban, ¿para qué? si estaban juntos, si se tenían y eran felices por todos los que no podían.
Se caracterizaron por ser, ella, metódica y estructurada, deseaba tener un novio, con ese novio hacer planes para casarse y una vez casados formar una familia llena de nenes. Él, a su vez, era prudente, no decía amor, si realmente no lo sentía y a Faustina casi siempre le dijo la verdad. Se fueron descubriendo lentamente, se sorprendían a cada momento, a ambos les gustaba la misma música, elegían ver en el cine las buenas películas, Cosme leía en voz alta, y ella descubría que también se fascinaba con aquellos libros; tampoco faltaron los amigos en común. En los proyectos coincidían, en los sueños, en las técnicas; eran perfectos.
Durante un tiempo, hasta compartieron el colectivo y el lugar de trabajo, ella daba clases de historia y él de química en el mismo secundario. Cosme le daba todos los gustos y Faustina era la persona más agradecida del mundo. Pronto, sus planes empezaron a levantar vuelo, invirtieron sus ahorritos para alquilar un departamentito, un monoambiente céntrico, en un edificio rodeado de plazas. Cada mes, luego de cobrar sus respectivos sueldos, elegían toallas, vajilla, algún cuadrito para darle vida a una pared pelada... Acomodaban sus libros en las repisas, limpiaban a la par, tomaban mate y reían por no poder ocultar su alegría. Nunca se pusieron a pensar a cerca de qué iba a venir luego de conocer la felicidad, no se cuestionaron sobre si podían ser eternamente dichosos. A parte de ser estructurados y prudentes, estaban enamorados y comenzaron a sentirse omnipotentes, una especie de dioses insolentes; demasiado inconscientes.
Poco tiempo les llevó confirmar que se llevaban bien, que congeniaban, exactos como encastres de rompecabezas bien diseñados. Un mediodía de marzo se casaron. Todo lo que habían calculado se dio al pie de la letra puntillosamente, se convirtieron en una pareja envidiada por cualquiera que los conociera; tal vez fue culpa de la envidia.
Siguieron siendo felices pero con intermitencias, como explicaba el servicio meteorológico, cada uno consentía los caprichos del otro, eso sí, mientras duraba la calma. Así como no identificaban el inicio de su historia en común, les costó localizar la causa de por qué, de repente, cayó sobre ellos una carga tan fuerte como la presión de una deuda tributaria. Afloraron las diferencias, mínimas, pero que resaltaban demasiado ante tanta perfección... Si Cosme tenía ganas de viajar a las sierras de Córdoba, ella insistía, poniendo cara de “pucherito”, en ir a la playa; en una época le agarró a Faustina una obsesión por la comida sana mientras que él añoraba las empanadas más aceitosas del mundo. Estupideces que empezaron a corroer su historia prudente y sincronizada.
Las discusiones fueron tomando fuerza, si no hallaban a mano los motivos para disputarse el poder, los fabricaban. Los detalles que les encantaba del otro se convirtieron en una molestia... La manía por la limpieza de ella, era una criminal prolija; el enfermizo buen humor en las mañanas de él.
-¿Esta vez, por qué se pelearon? –le preguntó su hermana.
-No sé, ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro... –le reveló Faustina.
Éso había que reconocérselos, eran sinceros. Establecidas como un ingrediente cotidiano más, sus diferencias, en ocasiones no les alcanzaban para distraerlos del bienestar... Pero la mayoría de las veces sí, y se fueron convirtiendo en expertos para encontrar excusas simples, profesionales para hacer de una pavada un mundo... Con los años fueron sintiendo que los cálculos tan bien trazados por Cosme habían fallado. Cada disputa era una agresión, cada ofensa traía una amenaza: “¡me voy a ir al carajo!”. “¡Mirá que me voy a buscar otra!”. “¡No me vas a ver más ni un pelo!”... Pero ninguno cumplía con sus promesas, permanecían juntos y se amigaban temporariamente... ¡Ah, eso sí, las reconciliaciones eran memorables! No era fácil distinguir si eran antológicas o una verdadera apología; todo variaba según quién las evaluaba.
-Vos sos malo conmigo –sentenciaba ella palpando el humo ajeno entre bocados-. ¡Sabés que no me gusta comer con ese olor!
-¡Ah, porque vos sos una santa...! –juraba él-. ¡¿Sabías que sos perjudicial para mi salud?!
-¡Como ese cigarrillo de mierda!
-Sí, y no puedo dejarlos a ninguno...
-¡Tiene un olor asqueroso...! ¡Es una inmundicia! Se te queda impregnado en el pelo, en la ropa... A parte, me enferma que prendas un pucho cuando todavía estoy comiendo. ¡Me dan ganas de vomitar! ¡A veces hasta me da nauseas besarte!
-Mirá vos. Qué bárbaro ¡Vos sabés que a mí me pasa lo mismo! –se burló antes de pitar otra vez.
-¡No fumes más, hacé de cuenta de que estás en Europa! Allá, prácticamente en ningún lado se puede fumar...
-Pero estoy en mi casa... ¡Ah, los europeos –dijo al ratito de pensar en silencio-... los adoro, son geniales! ¡Hacen tan bien en preocuparse por el tabaco...! Ellos sí que saben lo que es importante... De la xenofobia que se ocupen otros, total eso sí que es una pavada... Lo que más me gusta de ser fumador... ¿sabés que es?
-No tengo idea.
-Que puedo molestar con mi humo, sutilmente, a la gente que no tolero...
-O sea que...
-Sí, días como hoy cada vez te aguanto menos...
-¡Sos un estúpido!
-¡Tus ejemplos son estúpidos! ¡No ves que no se puede hablar con vos, no parás de interrumpirme!
-¡Cómo no te voy a interrumpir si estás quince minutos para enunciar una mísera frase!
-¡Puta reventada!
-¡Callate, maricón de mierda!
-¡Con vos me clavé como el peor!
-Peor yo... ¡Cómo me dejé engañar de esta manera! Todos me dijeron que me llevaba a un tipo que valía oro...
-Eran mis amigos, ¿qué esperabas que te dijeran?
-Ya veo que mentiras...
Había que aclarar que por lo general se trataban de enojos efímeros entre pequeñas treguas y que, sensatamente subsanaban sus impulsos con caricias. En éso eran humildes y francos, era que cada uno aceptaba las cagadas que se mandaba y trataba, en la medida de lo posible, de remediarlas rápidamente. Sin embargo, en ocasiones podían pasarse semanas enteras sin abrir la boca para hablar ni para besarse. Los calendarios fueron incrementando el tenor de las palabras, como el oído que se iba amoldando a oír ruidos molestos hasta que un día ese órgano ya no funcionaba, pero mientras tanto, cada día, toleraba un poquito más. Ellos funcionaron así, con los primeros gritos se decían “porquería”, luego “conchuda”, “hijo de puta”, hasta que terminaron por asegurar que el otro era la mierda más mierda del mundo, y no conseguían entender de qué se habían enamorado. Así fue como inventaron el invierno.
-¡Andá a darte un baño! –dijo algo mandona-. ¡Con esa duchita calentita estoy como nueva! –cambió de tono.
-Para estar como nueva, te ves bastante baqueteada –le retrucó Cosme que sólo pensaba en el superclásico del domingo.
-Nunca me sacás a ningún lado. Sos un tacaño. Ni siquiera cogés bien. Estoy harta de tu cara de culo.
-No te aguanto más. Te gusta gastar plata más que respirar. Sos una puta reventada. Me voy a ir y no me vas a ver más.
Sus técnicas para martirizar se fueron refinando...
-¡No te hagas el tontito que te ponés feo! Vos sí que no entendés lo que no te conviene... te pregunté quién te llamó y me salís con cualquier bolazo...
-Ya te lo dije, un chico que necesita clases particulares.
-¿Un chico?
-¿Otra vez con lo mismo? ¿Voy a tener que contarte todo de nuevo? ¿O tengo que contratar a un traductor para hablar con mi esposa? ¡No, mejor, voy a empezar a poner subtítulos! ¡No puedo creer que no entiendas cuanto te digo las cosas!
-Hablame bien y no me grites, ¿oíste? Y si querés que te entienda lo que decís, empezá por abrir la boca cuando hables, mirá que sale el mismo precio... ¡Y hasta vas a ver que es más sencillo!
-¡Andá a cagar! –murmuró ofendido, rendido.
-¿De verdad era un chico...?
-No, era una pendeja de dieciséis años que se parte...
-¡No, no me digas eso...!
-¡No te hagas la compungida, querés!
-¿Cosme, no me querés más?
-No sé, los días como hoy, siento que no...
-¡Desamorado!
De a poco fueron dejando de llamarse con nombres de postres como: chocolate, bombón, dulce... Las nuevas palabras hablaban de yeguas, perras, pajeros, impotentes...
-No me gusta que estemos peleados...
-No se nota, Faustina.
-De verdad te digo...
-Entonces no busques roña...
-¡Basta! No me retes más que no sos mi papá...
-Entonces no te hagas la nena bobalicona...
-¡No me trates así!
-Está, para amigarnos... podrías fumarte mi pipa de la paz...
-¡Andate a la mierda!
En aquella oportunidad, a Faustina se le había metido en la cabeza que él tenía otra mujer. Con sus celos inmotivados, le hizo la vida imposible a lo largo de dos semanas. Finalmente cedió con sus escenas de revisar bolsillos, interrogatorios exhaustivos...
-... Vos estás ofendida conmigo pero igual dormís abrazada a mí... –la frase la apartó-. No, vení, no era para que te fueras, fue un comentario, nomás...
A veces compensaban sus insultos con ternura, pero luego, fue esa misma ternura la que fue mutando en más luchas. Como si durmieran en la frontera de India con Pakistán... Al fin y al cabo, para lo único que servían las guerras era para exaltar las historias de amor.
-¿Estás segura de que no querés venir conmigo?
-Segurísima, ¿cuándo me viste cambiar de opinión?
Al rato, Faustina se tiró en la cama para especular si en verdad Cosme había ido al cumpleaños de su amigo, quiénes estarían en la fiesta, qué haría para divertirse; se arrepintió de no haber ido con él.
-... ¿Lo pasaste lindo? –le preguntó cuando volvió, aceptando su error.
-Sí, me alegra que no hayas venido conmigo.
-¿No me das un beso? –y se lo dio con un desgano notable-. ¿Tomaste mucho o me parece a mí?
-Tomé todo lo que había para tomar...
Se acostó en su cama, durmieron como si el otro no fuera más que un pliegue que producía la sábana. La indiferencia más penosa.
-¿No querés coger? –le dijo sin rodeos ella.
-¡Con vos no!
Y dejaron de hacerlo, al menos por un tiempo. ¡Varias cosas habían salido mal!
Al día siguiente, luego de gritarse, Cosme se fue dolido a buscar un albergue. Se lo dio un amigo que lo salvó de hacer un papelón en alguna embajada... “Me separé de mi esposa, necesito asilo político”, se imaginó que tendría que decir. Siguió a la espera de conseguir otro cargo que le permitiera irse a otro lado –ya tenía visto un departamento perfecto en la calle 10, en pleno centro. Ni bien venció el contrato de alquiler, Faustina se largó del monoambiente que tantas desgracias le había traído... Actuaban como para ver cuál de los dos aniquilaba más rápido el recuerdo de los buenos tiempos. El abogado de él fue el primero en dar noticias, una vez puestos de acuerdo, como hacía mucho no lo estaban, el divorcio salió claro y rápido.
Con sus vidas alejadas, sin posibilidad de reemplazar sus respectivas ausencias y carencias. Cada uno por su lado, lejos del otro, Faustina seguía yendo al cine a ver las películas que le gustaban a Cosme. Él no podía dejar de leer los libros que le hubiesen apasionado a ella. Sin saberlo, se compraban los mismos discos, ella elegía la ropa que él le hubiera regalado, y él decoraba su nuevo departamento con los muebles que ella hubiese preferido.
Fue en un cine cuando se volvieron a cruzar después de haberse visto en las oficinas del juez, esa vez no se hablaron mucho, ambos estaba ocupados en firmar millones de hojas, sólo resonaban las frases:
-¡Viste que cumplí con mi palabra de no buscarte! Vos me lo pediste y yo cumplí... –empezó ella.
-Sí, vos tenés la costumbre de cumplir con lo que prometés. Eso siempre me asustó de vos... –terminó él de hablar y de firmar.
Coincidieron en la entrada de una sala donde proyectaban la película que Faustina se moría por ver; Cosme había leído el libro en el que se había basado el director y tenía ganas de ver cómo había llevado a cabo la adaptación. Ella se estaba comprando pastillas y él ganaba tiempo fumando. Se sorprendieron tanto que ninguno fue capaz de decir otra cosa que no fuera un “hola, qué tal”. Parecía que a los dos seguían gustándoles las mismas ubicaciones; se sentaron juntos, ambos coincidieron en la elección de las butacas. “¡Ojalá que se repita lo de hoy!”, dijo alguno de los dos.
Desde esa noche, empezaron a encontrarse muy a menudo, casualidad o no; probablemente no.
-¡Llegué a tiempo! –anunció Cosme para disimular su retraso.
-Sí, a tiempo si querías ser impuntual...
-No me retes, ¿sí?
-La película debe haber empezado... Sabés que me enferma entrar tarde al cine. Vamos a tener que ir a otro lugar.
-¿Tenés algo en mente?
Fueron felices por el resto del mundo, absorbiendo la dicha ajena; se habían peleado tanto, que lo hicieron por los que no se animaban a levantar la voz. Se sorprendían cada vez que se veían, ella estaba bastante sensata y él más lindo. Se fueron conmoviendo, impresionándose por sus coincidencias inalterables con los años. Tal vez subsistieron pequeños desperfectos, nada importante... Se volvieron a deslumbrar, como cuando recién empezaron a ser novios.
despistando estrellas
Esa noche no le interesó el menú suculento y tentador, ni el vino que iban a servir... Ni siquiera lo motivó que se tratara del cumpleaños de su padre. Iba a ver a Julia. Porque ella tenía que ir. Su familia no le permitiría que faltara. Julia iría. Y Conrado no se equivocó. A Julia la iban a obligar a ir a la fiesta. Sus padres y sus hermanos jamás harían nada que ofendiera a sus amigos. ¡Si ellas fueron compañeras del Liceo! ¡Si los hombres fueron descubriendo que había entre ellos muchísimas cosas en común! ¡Si los chicos se criaron juntos!
Conrado se vistió con poco esmero. Verdaderamente no precisaba prestarle mucha atención a su apariencia habitualmente impecable. Contestó el teléfono después de que su mamá le avisó a los gritos que atendiera. “Es para vos, querido, es Ivana. ¿Atendés arriba?”, se oyó por toda la casa la voz chillona y estridente de la mamá de Conrado. Él le habló a su novia con una resignación de anciano... Quedaron en que apenas se terminaba de arreglar pasaba por su casa a buscarla para llegar juntos al cumpleaños de su papá.
Julia y su familia ya estaban brindando cuando la pareja entró y, enseguida, Conrado se olvidó de lo bonita que estaba su novia. Ivana había dejado de lado los jeans y las zapatillas que solía usar para ir a la facultad. Astronomía, ambos estudiaban juntos pero Conrado se iba a recibir antes, para alegría de sus padres.
Bajo protesta, julia aceptó acompañar a su familia a la fiesta y para demostrar su disgusto no se maquilló ni se perfumó. Sin embargo, tuvo que ceder con el vestuario. Su mamá le había comprado por la tarde un vestido que Julia le hubiera puesto a una de sus muñecas, varios años atrás.
El whisky era del bueno, el vino era de lo mejor y la comida la habían encargado a una tradicional confitería de La Plata. Todos los invitados hicieron honor a los manjares, salvo Julia que se sintió incómoda toda la noche ante tanta gente mayor. No comió nada de lo que le ofrecieron, tenía la sensación de que si tragaba algo, explotaría por la bronca y el desagrado que tenía. Tampoco bebió, al día siguiente debía empezar a preparar el primer parcial de su carrera. Se vio forzada a permanecer en el cumpleaños unas cuantas horas hasta que convenció a su hermano Tomás, después de que probara la torta, de que la llevara a su casa porque no se sentía bien.
Por dos horas se pasó estudiando mentalmente a los invitados, a muchos no los había visto en su vida, la mayoría la habían visto nacer. Por un rato largo se detuvo en Ivana –aunque Julia desconociera su nombre. “Realmente es una chica hermosa”, pensó. Debía llevarle unos cuatro o cinco años y quedaba perfecta al lado de Conrado.
Despistando a sus ojos, Conrado se centró en observar a su novia, al rostro feliz de su padre, el orgullo de su mamá. Conrado miraba y admiraba prácticamente todo, con excepción de Julia a quien prefirió ignorar.
-¡Así que vos sos la novia de Conrado! –exclamó ella mientras Ivana elegía una poción de torta-. ¡Qué suerte que tenés! Cuando éramos chicos, todas querían ser su novia.
-¿Y vos también? –disparó la otra.
-No, yo siempre fui su amiga, solamente amiga –Julia esquivó la embestida con la frescura y la impunidad de sus dieciocho años.
Al rato, Tomás se conmovió de su hermana y la alcanzó hasta la casa porque Julia no se sentía nada bien.
Feliz, lo que se decía feliz, no era. La relación que Julia tenía con Santiago se caía a pedazos cuando no estaban en la cama de él. Santiago había sido el ayudante alumno de una de las materias de ingeniería informática de segundo. Desde entonces, alternaron caricias y sexo en el monoambiente de él. Julia disfrutaba de aquellos encuentros a espaldas de sus padres y especialmente de sus hermanos que aún la celaban como si todavía tuviera quince. Pero no era feliz. Casi nunca salían de ese departamentito, no iban a bailar ni quedaban en encontrarse en un bar cualquiera. Si se cruzaban en la facultad, los pasillos le hubieran jurado a las barandas de las escaleras que Santiago la ignoraba, algo así como ocultándola de sus amigos y conocidos, quizás avergonzándose de Julia. De todas maneras, ella solía disfrutar de la historia de la que su familia jamás se enteró.
Esa noche de diciembre, Julia le volvió a mentir a Santiago. Le aseguró que era el cumpleaños de alguno de sus tíos. Lo invitó a acompañarla sabiendo la respuesta y quedó en libertad para ir sola a la fiesta de recibida de Conrado.
En ningún momento de aquel día eterno Conrado se puso a pensar en Julia, hasta que la vio entrar escoltada por Tomás. Sus ojos iluminados de tanto tragar alcohol desde temprano brillaban como su cabeza rapada. “Pipí cucú”, pensó Julia que no se arrepintió ni por un segundo de haberle mentido a Santiago.
-¡Qué linda que estás! –le aseguró envalentonado por la cerveza y la ausencia de compañía, ni ella había llevado a un novio ni él invitó especialmente a ninguna chica.
-¿Te parece, ricura? ¡Te queda bien la pelada! –y levantó su mano dispuesta a acariciarlo pero prefirió hacer el gesto de que no tenía una copa para brindar por el flamante astrónomo.
Una vez, cuando eran chicos, recordó Conrado, jugaron a darse un beso de los que se daban los mayores. También se acordó que desde entonces él empezó a hacerse grande y ya no volvió a jugar.
-¡Felicidades! –y Julia chocó su vaso lleno con el de él.
-¡Cómo pasó el tiempo, pichona!
-Sí, crecimos de golpe...
-¡Más bien, a los golpes...!
El pelo le fue creciendo desparejo, acentuando ciertas entradas que tempranamente anunciaban una futura calvicie. Esta noche de otoño, Julia entró al salón donde iban a homenajear a sus padres tras treinta y cinco años de casados. Estaba maquillada, perfumada y vestida con ropa que ella misma había elegido una semana atrás. Una constelación de ojos, que se extrañaron de verla convertida en una joven preciosa, se fueron desplegando a la vez que ella avanzaba por el salón al lado de un tipo.
Tuvo que enfrentarse a toda su familia, sobre todo a sus hermanos para conseguir que invitaran a su novio a la fiesta. Tomás y, más que nadie, Agustín detestaban al hombre que acariciaba a su hermanita delante de ellos. ¡Frente a ellos, qué sin vergüenza! Lo despreciaban y sólo se tranquilizaban un poco cuando Julia les hacía un guiño mordiéndose el labio inferior, poniéndoles cara de: “no se preocupen que es un tarado”. Julia conocía a la perfección a sus hermanos, a parte, ese hombre era un tarado en serio que sólo servía para preparar tragos en la barra de un boliche. “¡Trabaja en un boliche, seguro que es un putañero de mierda!”, le dijo Tomás a Conrado cuando por fin se animó a preguntarle a su amigo sobre quién era ése que acompañaba su Julita.
Al rato, se les sumó Agustín que se espantaba al pensar que ese mastodonte corrompía a su hermanita.
-¡Como verás, no les cae nada bien el cuñadito nuevo! –acotó Carolina, la futura esposa de Agustín.
-No te metas en lo que no te interesa... –le aclaró su novio, y agregó-: ¡Tengo unas ganas de surtirlo a éste...!
-¡Tampoco digas boludeces! –opinó Tomás.
-¡Estos dos se piensan que Julia es una santita! ¡Tu hermanita tiene más batallas que Napoleón, para que te enteres! Con actitudes como éstas, lo único que consiguen es que Julia se revele... ¡Todas las chicas que conozco que son controladas así, son re putas! –agregó.
-¿Y vos, qué excusa tenés? –Agustín la mató con la mirada.
-Ninguna, yo soy puta porque quiero, no como una reacción...
-Te equivocás nena, pero ese tipo es un tarado y Julia está para otra cosa... –argumentó Tomás.
-Creo que ningún novio que les presente Julia va a tener su aprobación –volvió a hablar la futura esposa de Agustín hasta que se la llevó a la otra punta del salón para retarla, para que se callara.
-Julia ya no es una nena... –fue lo único que se le ocurrió decir a Conrado que, sin duda, viéndola bailar con la ropa que ella misma había elegido, no parecía una nena.
-Yo sé... pero ese tipo no me gusta para ella...
-La verdad que a mí tampoco me parece lindo que salga con ese tarado...
Ése, que a metros de ellos la besaba y deslizaba su mano grande y fría por la espalda que el vestido de Julia dejaba descubierta.
Tomás despejaba de su mente las imágenes que lo asaltaban. Fantasmas con los rostros de ese tipo y de su hermana que gozaban hasta quedar sin aliento.
-¡Ese tarado no es para Julia! –repitió Tomás con tono de exorcista.
Conrado asintió.
-¡Y si supieras las cosas que me imagino le debe hacer a tu hermana! –remató, metiéndole fichas a su amigo, repasando mentalmente, una y otra vez, todo lo que él no dejaría de hacerle.
-¿Vos sos el novio de Julia? –poco después le preguntó Conrado, conciente y sobrio, al tarado -. ¡Te felicito, ella es genial!
-Debe serlo porque todo el mundo me dice que Julia vale oro...
-Yo no te dije lo que vale... No sé cuánto cuesta. ¡A mí siempre se me regaló! –mintió para envenenarlo-. ¡Es una broma, hombre!
-¿Qué pasa? –dijo ella cuando se les acercó.
-Nada –le respondió Conrado-, estaba hablando con tu amigo.
-Él no es mi amigo, Conrado...
Y Conrado los dejó algo preocupado, más precisamente molesto.
El tipo que todos los hombres cercanos a Julia odiaban se fue antes de finalizar la fiesta. Tenía que trabajar en la barra de un boliche; era para lo único que servía. Todos, al menos Tomás, Agustín y Conrado, respiraron.
Con aliento suficiente para volver a hablar, Agustín tuvo que esforzarse para convencer a Conrado de que tratara de hablar con su hermana para que tomara conciencia de que ese tipo no era para ella, “porque vos y yo sabemos que ese tarado no le conviene. ¡A vos siempre te hacía caso cuando éramos chicos!”. Y Conrado se hizo el duro, argumentando que no le gustaba meterse en los problemas de pareja... Se hizo rogar hasta que se dejó convencer por Agustín.
“¡Yo te llevo, pichona!”, dijo con demasiado entusiasmo cuando Julia se quejó del cansancio tras haber bailado toda la noche, al tiempo que se sacaba esas sandalias incomodísimas.
El que dijo yo te llevo fue Conrado que, con el guiño de Agustín le abrió la puerta del auto del lado del acompañante, con la promesa de hablarle a Julia de lo que ella realmente se merecía.
Las nubes en los rincones como jugando a las escondidas. Una luz insolente titilaba en medio de un techo de cielo. La noche les abría sus brazos de madre generosa.
-... Ahora, cuando pasemos, te voy a mostrar el edificio donde me voy a mudar cuando termine de comprarme algunos muebles... –le habló Conrado hasta que poco después se animó a abordar el tema pendiente-... Me parece que tu novio tiene los pingüinitos empetrolados...
-No es para tanto, le falta un poco de cocción, nomás –y giró su cabeza y posó sobre él sus ojos fijos-. A vos te aleccionaron mis hermanos, y no me lo niegues... Estás usando las mismas palabras que me dicen ellos... ¡Ya entraste en su juego! Te tenía como un tipo más vivo que mis hermanos... ¡Pobres, mis hermanitos son demasiado fáciles de escandalizar...!
-¿Pero ese tarado, es tu novio o no? –la interrumpió.
-¡Es una chuchería, nomás!
-¡Es un tarado! –repitió.
-Sí, pero con él yo no discuto de política o te tecnologías ni de fútbol. Quédense tranquilos que no me voy a casar con él...
-Ahí está, es éste... Estoy por señar uno de los semipisos –y señaló el único edificio de 10 justo a mitad de cuadra entre 45 y 46.
…
-... Muy bien niña, ya llegamos –anunció al rato Conrado deteniendo el coche frente al hogar de los padres de Julia.
-¡Bajá así te tomás un cafecito que estás algo en pedo! –le sugirió ella, y Conrado no dudó en aceptar.
Entre los dos prepararon el café. Julia puso la pava al fuego y él preparó las tasitas. La miró y volvió a sentir el desconcierto que siempre le provocaba. A veces creía que Julia se iba a tirar sobre él, para morderle la boca y demás. Pero generalmente, sentía que lo excluía de la categoría de hombre apetecible.
-¿Nunca te sentiste atraída por mí? –soltó como un exabrupto.
-No –respondió sorprendida-, quizá cuando era chica.
-Ah, no soy tu tipo, nunca te enamorarías de mí...
-No digas eso... ¿Por qué no me enamoraría de vos? Dejame pensar, ¿de qué me podría enamorar de vos? ¡Buscar un algo del todo! ¿Qué podría ser lo primero que me deslumbraría de vos? ¡A ver, dejame que te vea! ¡Me parece que tengo bastante para elegir! ¿De qué no me enamoraría, a decir verdad...? ¡Por supuesto que me enamoraría de vos! Pero yo no soy enamoradiza...
Julia volvió a sacarse las sandalias y Conrado, un poco triste, le preguntó por cómo le iba en la facultad. “Bien”, dijo y le contó que creía que a fin de año iba a terminar todas las materias de tercero.
Deliberando sobre las profesiones. Delirando sobre la vida... sobre lo que les tocó ser... lo que tenían... lo que serían si no fueran lo que eran...
-... A mí me gustaría saber tocar el saxo –dijo Conrado-. Y vos, ¿qué talento desearías tener?
-No sé, me agarrás desprevenida... Supongo que me gustaría poder escribir una película.
-Y si fueras hombre, ¿cómo serías? Porque si yo fuese mina, sería la más puta de todas...
-¡Todos los tipos dicen el mismo bolazo! Si yo fuera hombre... sería homosexual... ¡Son tan lindos ustedes!
-¿No te gustaría ver las estrellas? –desvió el tema y la mirada, a la vez que le dio la razón cuando Julia le aseguró que estaba algo mamado.
-¡Este edificio no tiene terraza!
-Igual te puedo hacer ver las estrellas, pichona –replicó.
Al instante, los dos empezaron a reír. Julia reía de los nervios y Conrado porque tenía que hacer algo para que no se le notara en la cara lo avergonzado que estaba.
-¡Qué estúpido que sos ricura!
Después de esas palabras se quedaron callados. Julia aprovechó para ir a ponerse un pijama cómodo y calentito, y él se dedicó a lavar las tasita; tenía que distraer sus manos. Hasta que llegó el reto de la familia, aunque Agustín se había ido a pasar la noche a lo de su novia.
Poco tiempo después su mamá le confió que Julita se había peleado con el tipo que parecía un poco tarado, “el que estaba con ella en la fiesta de aniversario de Perla y Ricardo, ¿te acordás? Bueno, Perla me confirmó anoche que al asado vienen ella, Ricardo y Julita sola porque se peleó con su novio”.
Conrado prendió el fuego a la vez que su papá servía un vino para los dos. Ese domingo de la primavera más tardía que cada uno recordaba, se levantó muy temprano. Eligió los mejores cortes de carne en el supermercado que quedaba en diagonal a su departamento. También compró bebidas en exceso y no dejó que su papá pagara ni un peso.
Bebió y la vio a Julia bajarse del auto, con cierto desgano y con una cara de dormida de daba miedo, saludó a los dueños de la quinta de Villa Elisa. Él sólo vio a Julia, a los padres de ella como que no les prestó atención.
-... Por un momento pensé que no ibas a venir... –soltó Conrado.
-Hasta último momento no pensaba venir... –retrucó Julia.
Todos elogiaron lo tierna que estaba la carne y la técnica de Conrado para sacar las achuras a punto. Ella tan sólo comentó que estaba rico cuando su mamá insistió por cuarta vez que dijera qué tal le parecía que estaba el asado.
-... Ya no se puede salir a la calle... –aseguró la mamá de Conrado cuando tocaron el tema de la inseguridad...
-Peor, ya no estamos tranquilos ni en la casa de uno... –confirmó su marido.
-Nosotros estamos pensando en comprar un revolver... –dijo la mamá de Julia.
-¡Qué maravilla: un arma para terminar con la violencia! –soltó como si nada Julia.
-Mi hija no está muy de acuerdo con nuestra idea –explicó su papá con una frase insulsa.
-¿Por qué? ¿Vos qué pensás? –le preguntó la dueña de la quinta.
-Nada, pero no me gustan esos juguetitos... Mi abuela decía que a las armas las carga el diablo y no me parece sensato tentar a la suerte...
-¡Ay, hija! –pretendió retarla su mamá.
-¿Y qué tipo de arma van a comprarse? –curioseó el papá de Conrado que no advirtió que su hijo no pretendía opinar sobre el tema.
-Todavía no sabemos... –le respondió el otro hombre-. Vamos a averiguar bien cuál nos conviene...
-Porque escuché que hay algunas bastante seguras y fáciles de usar...
-Vos –refiriéndose a Julia-, hasta podrías aprender tiro... –sugirió la mamá de Conrado.
-No, gracias, en ciertas cuestiones prefiero seguir siendo una ignorante.
-¡Ay, nena, no exageres! –volvió a decirle su mamá.
-El que tiene un arma es porque está dispuesto a convertirse en un asesino... Yo paso...
-Acá, ellos no están hablando de matar sino más bien de defenderse... –comentó Conrado nada convencido de lo que decía.
-¡Y vos qué saltás! Parece que en vez de tener cola de paja, tenés un rancho en el orto... –le contestó.
Después de enmudecer, su madre la retó por su vocabulario... Conrado tuvo ganas de darle un boleo en el tujes... Sintió que la ausencia de la chica más tierna chocaba con la mujer más ofensiva.
-¡No seas maleducada que eso no lo aprendiste en casa! –agregó su papá.
-¿Para qué me hacen hablar si no les gusta lo que digo?
-No es para tanto, Julita...
-Sí es para tanto, mamá... Ustedes miran demasiados noticieros.
-Y vos mirás muchas películas... –volvió a hablar Conrado con palabras resentidas.
-Bueno, este actor estadounidense... ¿cómo se llama? –preguntó en voz alta la mamá de Julia, como lamentándose de su mala memoria-. Bueno, él está a favor de tener armas...
-Me quedo con el Charlston Heston de las películas y no el de los noticieros...
-Está bien, bueno, no te enojes...
Pero Julia no estaba enojada, nadie la había obligado a asistir al almuerzo. Tampoco era una chica maleducada o malagradecida, ni siquiera le interesaba discutir sobre las cosas de las que ella no pensaba cambiar de opinión... Estaba cansada y algo molesta. Se había pasado toda la semana estudiando como una condenada y planeando su merecido descanso del domingo con transmisión de fútbol incluida. La puso de muy mal humor enterarse que Boca no jugaba porque se había suspendido la fecha del campeonato local a la espera de otra presentación de la selección.
-Parece que la nena está aburrida –dijo el padre de Conrado cuando le dio un respiro a la ensalada de frutas que había preparado Perla.
Y a Julia no le costó darle la razón al papá de Conrado cuando afirmó que ella estaba aburrida.
-Es que no juega Boca... –justificó el papá de Julia que le contagió su pasión a sus tres hijos.
-¡Habrá que hacer algo para entretenerla! –se burló Conrado después del tibio desprecio a su comida.
-¿Por qué no van a pasear? –sugirió la mamá de Conrado-. ¿Qué se van a quedar con estos viejos?
-¿A dónde tenés ganas de ir pichona? –le preguntó Conrado que soñaba que ella respondiera el mismo lugar que él imaginaba.
-Al cine –dijo, y no hubo coincidencia.
De la sección de espectáculos del diario desplegaron las alternativas. Pocas, las carteleras ofrecían demasiadas películas infantiles. Decidieron arrancar hacia el centro asegurando que tenían todo el viaje para ponerse de acuerdo.
-A mí me gustan las películas que me dejan algo, las que me hacen pensar –expuso Conrado.
-A mí no, todo lo contrario... Yo miro cine para despejarme y entretenerme, no necesito que una película me haga pensar... –replicó Julia, que vigilaba el sol encandilado.
Él, giró su cabeza para observarla, reparó en su rostro, sus manos impacientes que hurgaban, como buscando algo, en su mochila.
-¿Desde cuándo fumas vos?
-Desde siempre, pero no fumo delante de mi familia... Nunca me viste porque por lo general está uno o mis dos hermanos siempre conmigo... ¡Se ponen insoportables a veces! No sé si me cuidan o si son garrapatas...
-Te cuidan –le aseguró-, y si vos fueras mi hermanita menor, también te cuidaría...
-Para no ser mi hermano, me cuidás bastante... ¿No, que no me vas a delatar, ricura? –le preguntó con voz de nena buena.
Vieron una película de ciencia ficción y Conrado no consiguió leer dos diálogos seguidos, por suerte, Julia no quiso cambiar opiniones acerca de la trama. Estuvo demasiado ocupado en adivinar qué perfume se había puesto. Hubiera deseado que la peli fuera interminable; que no tuviera fin aquel instante donde gozaba de una profunda cercanía... Junto a aquel cuerpo que desperezaba al suyo. Esas manos que podrían sofocarlo, hasta asesinarlo. La voz que siempre se empeñaba en desconcentrarlo.
-¿Qué perfume tenés? –pudo preguntarle cuando abandonaban la sala y se enteraban de que ya era de noche.
-No sé, me puse cualquiera... Podrías llevarme a conocer tu departamento... Vivís amagando y todavía no lo conozco... ¿Qué se siente vivir solo? ¿Está bueno, no? ¡Debe ser un puterío eso!
-No te creas...
Frenó en 10 entre 45 y 46, no había ningún auto estacionado en toda la cuadra. Julia descubrió su cara de dormida frente al espejo del ascensor. Bajaron en el tercer piso. Conrado dirigió una especie de casa-tour presentándole los ambientes y sus secretos.
-La cocina, que la uso solamente para preparar mate o café. Hasta ahora nunca me puse a cocinar, ¿podés creerlo? –ambos rieron.
-Por como es tu vieja, seguro que lo creo...
-... Este es el living. Mirá el micro cine para dos que armé... –ella puso cara de admiración para despejar sus gestos tentados-. Hay dos habitaciones, supongo que tengo que decir que una es la de huéspedes, acá es, acá la tenés...
-Genial, ahora tengo dónde esconderme el día que me decida a fugarme...
-¡Cuando quieras! No necesitás invitación para venir ni para nada... Me llamás y listo –y tomó su teléfono móvil y lo inspeccionó-. ¿Por qué no tengo registrado tu número? Decímelo, a ver...
-Yo no tengo celular...
-Pero antes tenías, ¿o no?
-No, nunca...
-Bueno, yo te voy a regalar uno.
-Mejor no.
-¡Todo el mundo quiere un celular! ¡No lo puedo creer! ¡Pensé que te gustaba la tecnología!
-Sí, la que no interfiere deteriorando las relaciones humanas, sí que me gusta...
-Pero es necesario y útil tener un celular... ¡Mirá que sos negada, vos!
-Yo puedo vivir sin celular...
-¡En serio no lo puedo creer!
-Creelo, soy buena persona aunque no mande mensajes de texto.
-No tiene nada que ver lo que decís... Hablás de lo que no sabés... ¡Cuando se te mete algo en la cabeza, te emperrás de una manera increíble! ¡Cómo sos, eh!
-¿Cómo soy?
-¡Peleadora! Hoy, sin ir más lejos, los volviste locos a los viejos...
-Pero tenía razón, ¿o no?
-Sí...
-Bueno, discutir es para mí como el juego, si no sé que voy a ganar no lo hago...
-Entonces no jugás nunca...
-¡Pero discuto mucho!
-Está bien. Sos bienvenida en este humilde departamento por más que seas una mocosa necia, insensata y te empaques como una mula...
-¿Esto es un departamento humilde? ¿Ah, no usarás este telescopio para espiar a tus vecinas, no? –cambió de tono de voz cuando descubrió el aparado que le apuntaba al cielo... El mundo que se alcanzaba a ver desde su ventana.
-¿Qué decís...? ¡Soy incapaz de eso...!
-¡Qué te voy a creer a vos si sos cinturón negro en bolazos...!
-Éso no es cierto... Yo solamente miento cuando no me queda otra... Cuando la mentira es la opción más sana...
-¿Y cuándo se da éso?
-Siempre, prácticamente... La mentira siempre es más saludable que la verdad... Si la verdad no tiene remedio, ¿o no? Este es mi cuarto –lo presentó formalmente.
La cama de dos plazas sin hacer volvió a recordarle a Julia que tenía sueño, entre otras cosas. Ya estaba todo dicho. Sólo les quedaba empezar a hacer algo.
-Esto es todo, pichona... –dijo Conrado sin abandonar aún su pieza. También debió haber caído presa de la tentación. Su cama desarmada ahorraría tiempo y esfuerzo-. ¡Este edificio tiene terraza! Ahora sí te puedo llevar a ver las estrellas...
-¿Te parece que hace falta que vayamos hasta allá? –le preguntó Julia, como retándolo por sus ocurrencias y sentándose en la cama deshecha, con su sonrisa ilegal y complaciente; única en el despoblado harem de bocas.
distorsionando recuerdos
-¡Hola! –atendió por fin el telefonito que no dejaba de sonar en plena madrugada-. ¿Adriana, sos vos? Hablá más despacio que no te entiendo, estoy dormida y no se escucha bien... –y la escuchó esforzándose por descifrar palabras en medio del llanto-. Yo estoy en el Hospital, los de la ambulancia lo van a traer acá porque estamos cerca, ahora quedate tranquila –le sugirió a una amiga de otra vida. Se levantó de la cama en la que trataba de apurar su guardia-. ¡No, no me pidas eso! –aunque después de pensarlo bien le dijo que sí, en el estado en que estaba Adriana, no era capaz de informar coherentemente a nadie del accidente.
El siguiente paso sería llamar a Juan Cruz, después iba a bajar a la recepción tal como lo prometió para asegurarse de que nada malo le pasaría a Sebastián. Marcó el número que creyó que ya no recordaba, el teléfono del departamento de la calle 10 que tantas veces sintió como propio. Era increíble la respuesta que tenía la gente en situaciones de presión. Llamó una vez y cortó pensando que había apretado mal un número, o tal vez temerosa de que fuera una mujer la que atendiese en la casa de su ex novio. Marcó de nuevo.
-Hola –respondió dormido, casi tanto como ella cuando atendió el llamado de Adriana.
-Juan Cruz, soy Emilse... –y de repente se quedó sin palabras...
-¿Vos llamaste antes? –e insistió frente al silencio-. ¿Por qué cortaste?
-Es que pensé que me había equivocado... Escuchame, no te asustes, pero pasó algo... –en realidad, arrancar con un “no te asustes” no era la mejor estrategia, ya indicaba de antemano que había motivos por los que asustarse. Raro en ella, acostumbrada a tratar con enfermos y parientes de enfermos.
-¿Qué pasó?
-Sebastián tuvo un accidente, lo están trayendo para el Hospital, a lo mejor sería bueno que vinieras... ¿Juan Cruz, me escuchás? –preguntó, le pareció que se había desmayado, muerto, o a lo mejor, dejó el teléfono colgando como en las películas y emprendió la marcha rápida para llegar lo antes posible.
De hecho, Juan Cruz tomó un taxi en la esquina de 10 y 45.
Emilse tenía como especialidad la pediatría, lo cual delataba su inutilidad para ocuparse de Sebastián, sin embargo estuvo muy cerca de los médicos que lo recibieron en la guardia hasta que ellos mismos lo derivaron.
Sólo en el momento en que se alejó casi temblando de sus colegas y de su amigo de muchos años, cuando salió de ese cuarto lo más limpio posible, vio a Adriana saturada de completar papeles que escribió equivocándose en todos ellos.
-¿Cómo está? ¿Dónde lo tienen? ¿Se pudo averiguar algo? ¿Llamaste a Juan Cruz? –eran demasiadas preguntas a la vez para una Emilse angustiada de oír los pronósticos dudosos que rifaban sobre su amigo.
-Lo están revisando, Juan Cruz está viniendo para acá...
-Pero decime, ¿lo viste?, ¿Qué dijeron los doctores?
-Sí, le dieron calmantes porque estaba muy dolorido... Seguro que van a tener que operarle la pierna, y el brazo porque los tiene fracturados... Igual yo quiero llamar a...
-¿Va a estar bien? –¿qué debía haberle respondido, que sí como decían los que daban ánimos porque sólo de éso sabían o...?
-Quedate acá que quiero llamar a alguien para que lo vea...
Sacó su celular del bolsillo del guardapolvo y vio las suaves gotas de la sangre de Sebastián que atravesaron las fronteras de su cuerpo cuando ella lo acompañó arrastrando la camilla; le había agarrado la mano y le dijo que se quedara tranquilo que todo iba a andar bien. Rastreó en la memoria el número de su casa, le temblaban las manos, había empezado a tener frío, le costó trasladar su índice de un botón a otro. La atendió Felipe. Breve, pero a la vez imperiosa, le pidió que viniera para el Hospital porque alguien que ella conocía había tenido un accidente con el auto y, apartándose de Adriana, le comentó que los médicos que lo revisaron temían de un golpe en la cabeza que no les gustaba nada, que tenían que hacerle una tomografía y finalmente le suplicó, porque ella quería que fuera él quien se ocupara. Felipe, que no conocía la palabra “no”, si era Emilse su interlocutora, le aseguró que se vestía e iba volando para allá. A decir verdad, si no hubiese sido por ese trastorno lingüístico que padecía y por esa voz que se entrecortaba suave y dolida, a cualquier otro lo hubiera mandado a freír churros. Emilse dejó resbalar el teléfono por el bolsillo y descubrió que la sangre de Sebastián empezaba a ennegrecerse.
Tras hacer el recorrido que una señorita de la entrada le indicó que siguiera después de escuchar que era amigo de la doctora Emilse Ferreira, Juan Cruz se topó con las dos sentadas en un par de sillas desvencijadas que corrían serio riesgo de abrirse y caer desplomadas contra el piso de baldosas grisecitas.
-... Fue mi culpa –le dijo Adriana-, discutimos horrible, a los gritos, nos dijimos de todo, fue terrible, entonces yo lo eché de mi casa... Sebastián estaba enojado y se fue como loco... Segundos después escuché un ruido fuertísimo, como un cañonazo, tuve una sensación espantosa, me asomé por el balcón y vi dos autos fundidos entre sí, me pareció que uno era el de Sebastián... –relataba entre lágrimas y mocos que limpiaba con la manga se su buzo hasta que se que quedó callada al ver que Juan Cruz estaba parado frente a ellas.
Emilse se levantó y sin saber qué actitud adoptar, impulsivamente, lo abrazó con la fuerza de antes, con la ternura que compartieron hasta que ella lo dejó. Adriana hacía ya un rato que había perdido la calidad de ser humano, convertida en algo que sólo servía para decorar la sala, permaneció en su lugar, dura; sólo lloraba y se sonaba la nariz cada tanto. Un paisaje apenado. Él la tomó suave del brazo y la condujo más allá para preguntarle si sabía algo de cómo estaba su hermano. En realidad, Emilse, una vez que abandonó la sala donde lo atendían, no había querido volver, esperaba que llegara Felipe, el que más podía ayudar en este caso... De todos modos le explicó precariamente la situación, le recomendó que se sentara, pero despacio, y esperara a que estuvieran listos los resultados de la tomografía, “después un traumatólogo le va a operar la pierna que se quebró y el brazo también... Tiene un par de costillas fisuradas, además...”.
Esta vez fue Felipe el que irrumpió en el campo visual de Emilse. Dejó a Juan Cruz una vez más y fue hablar con su novio. Minutos después era el propio Felipe el que se encargaba de ver los daños en la cabeza de Sebastián. Con una dulzura desconocida hasta para ella misma acarició a Juan Cruz en el rostro que tantas veces se había detenido en observar.
-¿No tendrías que hablar con tus viejos? –le preguntó.
-Voy a esperar, total, nada pueden hacer desde Trelew... –y tomó esa mano que lo acariciaba y le besó los dedos, casi de a uno.
Adormecida, Adriana ya había dejado este mundo, ni siquiera lloraba. Se sentaron en unas sillas de por allá a esperar que ese médico que acabó de entrar trajera noticias. Juan Cruz fue quien esta vez la abrazó, con mucha fuerza, como si tuviera que asegurarse con sus músculos que todo ésto estaba sucediendo de verdad y no era un sueño más, uno de los tantos en que, protagonizándolos, aparecía Emilse que le rogaba que la perdonara y le juraba que lo amaba, que había sido una tonta por abandonarlo. No era un sueño y Emilse lo había dejado de amar hacía mucho tiempo, ahora era Felipe el centro de su vida, como lo había sido él, él que siempre jugó con ella, que nunca la tomó en serio, que le repetía hasta cansarse que la quería para pasarla bien pero nada más...
Las lágrimas que había soltado Adriana fueron el sedante que no hizo falta darle, dormía enredada sobre la silla de acero. Apurada como había abandonado el cuarto donde descansaba hasta que recibió aquel llamado, se olvidó de agarrar su pulóver. Temblaba de frío o miedo, decidió creer que era porque estaban en pleno agosto y le pidió a su acompañante que la esperara a que lo fuera a buscar. Luego le propuso bajar al buffet para aprovechar a fumar y, si tenían ganas, tomar un café. Fueron allá y seguía tiritando. Su mano no dejaba de moverse sin que ella pudiera controlar el camino que iba de su boca al cenicero de cartón plateado. Tal vez no fuera el frío.
Se quedaron en silencio, apenas se miraban más de tres segundos seguidos uno de los dos cambiaba la dirección de sus ojos hacia los alfajores de la estantería, hacia el reloj de la muñeca de ella, hacia el atado de puchos que iba adelgazando a lo largo de los minutos. Ojos cegados de pasado. Emilse sabía que los estudios que Felipe estaba realizando, iban a demorar, además no quería levantarse para volver, tenía miedo de caer desplomada o muerta.
-¿Por qué nunca me decías que me querías? –quiso saber él; atemporal, imperecedero.
-Porque vos le decías a todas las otras mujeres que las amabas...
Revolviendo el pasado obligándose a pensar en lo que habían desechado, en sus pérdidas y ausencias.
Por un momento él le tomó las manos como si fueran la tacita, las distinguió porque estaban heladas, al contrario del café. Se largó a llorar, peor que un nene, de una forma en que nunca lo había visto, empezó a desmoronarse. Recordó que hubiera esperado que se pusiera así la noche en que ella le había anunciado que lo dejaba porque estaba cansada de no importarle a nadie, que se iba a buscar a “otro hombre que me ame de verdad y no como vos que jugás conmigo. Un hombre con el que pueda formar una familia, uno estable emocionalmente y no como vos que un día, si estás contento me tratás bien, y si estás de mal humor me gritás y me peleás”. Lo dejó para quedarse con los recuerdos que no la distrajeran para seguir... Evocó esa noche, tan distinta a ésta, en la que él largó sus carcajadas asegurándole que “en la primera de cambio vas a volver conmigo y entonces yo te voy a dar una patada en culo”. Un mundo distante como memorias ajenas... Tal vez un día, los recuerdos ya no representen nada...
Sólo lloraba, y Emilse se hacía la dura para no contagiarse. Continuaron evitando mirarse. Juan Cruz se animó a preguntarle, para distraer su cabeza que lo estaba traicionando, cómo iba su vida. “Bien”, le respondió.
-¿Estás con alguien?
-Sí.
-¿Te quiere?
-Sí, me ama.
-¿Quién es?
-El médico que está atendiendo a tu hermano...
Y pensó en Sebastián, en que no sabía nada de él... Ella le propuso que subieran, intoxicados como estaban después de devorar más de tres cigarrillos seguidos cada uno, aunque el último lo fumaron a medias. Adriana extendía su letargo. Se sentaron el las mismas sillas de la esquina de por allá. Juan Cruz le rogó que entrara para averiguar algo; aceptó de mala gana. Solo y en absoluto silencio creyó que se iba a desmayar, bajó la cabeza hasta la altura de sus rodillas con la esperanza de que Emilse abriera la puerta, tomara el camino de sus brazos y le dijera que todo había salido bien, que en unas horas le daban de alta y que ya había terminado toda esta mierda... Emilse volvió a la sala, lo vigiló un momento, se enterneció, conocía la adoración entre estos hermanos… Le revolvió casi imperceptiblemente el pelo con sus dedos para darle ánimo. Todavía seguían trabajando.
Cansado, como por aquel entonces en que volvía a su casa después de tantos días de buscarla para sumergirse en las noches resignadas a no tenerla, se dejó envolver entre su cuerpo. Ella le besó la mejilla, había dejado de amarlo, sí, pero encontrarlo después todos esos años de esa manera, en estas circunstancias, hicieron que la imagen que retenía de él se transfigurara. De ese tipo inmaduro, el turro que se burlaba de ella y la despreciaba; ahora se encontraba con uno que parecía haber envejecido de pronto o, si lloraba, podría sentirlo como un adolescente que se encerraba en el cuarto a maldecir a sus padres que no le querían prestar el auto para ir a bailar. En un segundo de lucidez pensó en el auto de Sebastián, algo había que hacer, la policía debía tenerlo secuestrado. Dudó en tocarle ese tema a Juan Cruz, se quedó callada.
Entonces, como una tormenta que se alivianó para arrancar con su aguacero más feroz, las lágrimas se escucharon con quejidos de dolor. Estuvo a punto de llorar con él, hasta hizo fuerza creyendo que si lo conseguía, se espantarían todos los fantasmas. Prefirió ponerse de pié para empezar a desentumecer los músculos tiesos de frío. Le tomo la mano, implorante, y le murmuró que se quedara a su lado y que también lo abrazara, por favor.
-Necesito que mi hermano esté bien, que se recupere, que salga ese médico –y recordó que Emilse le había confesado que era su novio-, y agradecerle de rodillas por haberle salvado la vida...
-Vas a ver que va a ser así –y empezó a rastrear justificaciones para darle a Felipe si era que salía ahora mismo y la encontraba entrelazada a este otro hombre.
-Yo me muero si le pasa algo...
-No digas pavadas, está en buenas manos... –y se arrepintió de la frase. “En buenas manos”, era cierto, ella conocía muy bien las manos de Felipe, aunque éste no se tratara del momento oportuno para revelar semejante cualidad del otro. “En buenas manos”, hubieran sido las palabras perfectas para escupirle y envenenarlo... Dejó pasar de largo su lapsus y le aseguró-: vas a ver que todo sale bien...
-Necesito que esté conmigo, que viva para estar juntos cuando uno de los dos, o los dos seamos padres –aunque siempre había creído que si no era con ella, si no era Emilse la madre de sus hijos, no valía la pena tenerlos...-; a veces bromeábamos diciendo que íbamos a llevar a nuestros hijos a la cancha a ver a Boca y que les íbamos a enseñar a gritar los goles... ¡Nuestros hijos iban a ser los que mejor gritaran los goles de Boca en todo el mundo! Necesito que sigamos emborrachándonos juntos, hasta cuando seamos viejos y recordemos muestra vida, y él me cuente de sus amores imposibles y yo le hable de vos...
Emilse lloraba, discreta y silenciosa, no podía responderle ni tenía sentido tranquilizarlo, ella misma no lo conseguía.
-¿Te puedo dar un beso? –le preguntó Juan Cruz mientras ella le escurría una lágrima del pómulo, errando escenas pasadas, confundiendo recuerdos.
Hizo un gesto tibio de sí con la cabeza, cualquier otra persona no hubiera sabido cómo interpretarlo, pero él la beso jugoso, suave y tierno.
-Esto me está matando –aseguró cuando se despegó de aquellos labios.
Pensó que iba a deshacerse en esa boca. “¿Qué cosa es peor?”, pensaba, “¿la incertidumbre o saber que no iba a volver a tenerla?”. Decidió inclinarse por unir las dos opciones juntas. Emilse se puso de pie quebrantando la promesa de no dejarlo solo que le había hecho un rato antes y empezó andar en círculos como los presos recorrían en el patio de un penal. Ella misma lo ayudó a Felipe a abrir la puerta vaivén, traía cara de cansado tal vez de abatido. Le preguntó cómo estaba todo y le informó que él era el hermano de...
-Bueno, ahora está estable. Creo que ninguna de las lesiones reviste gravedad. Tampoco tiene lesión a nivel medular ni vertebral y eso es bueno; se va a recuperar. Ahora le están operando la pierna. Después va a quedar en observaciones...
Felipe se fue a cambiar el delantal para largarse a dormir. Tenía la esperanza de irse con Emilse pero comprendió que aún no había terminado su guardia que, afortunadamente, no le había demandado nada de trabajo. Bajaron juntos hasta la entrada del Hospital. Descubrió que por la puerta se filtraba un sol que si se animaba a salir, traería algo de calidez a este invierno. Le aseguró que en unas horas estaría por allá. Subió las escaleras corriendo, no estaba dispuesta a esperar el ascensor que tardaba siglos. Encontró a Adriana ovillando su cuerpo sobre la silla. La cara de Juan Cruz había recuperado la edad que tenía, ya no era un viejito ni un adolescente, era el rostro de un hombre que ella había amado. Se sentó junto a él y escuchó cómo le agradecía por cosas de las ella no tenía nada que ver. Padeció los reproches por haberlo abandonado, por estar con otro, por... Parecía borracho. Después, ella lo hizo callar, le sostuvo la cara entre las manos y lo dio un beso casi tierno, jugoso y suave, recordando que en la última despedida que tuvieron no hubo ninguno; sabiendo que, probablemente no se volverían a ver.
fabricando recreos
No era algo que la enorgulleciera, pero era lo único que la hacía feliz. Por su parte, a Diego, su reciente matrimonio con Vanina no le impidió enamorarse de otra. Lo más casual fue que no se hubieran conocido antes o, quizás se conocían pero nunca se habían prestado atención. Muchas coincidencias fallidas; si Fabián, que era el mejor amigo de Diego y su socio en el Estudio de Diseño Gráfico, sabía de la existencia de Yamila, ¿cómo se explicaba semejante ignorancia? Además, se debieron haber cruzado en la facultad cientos de veces... Su historia era un desfasaje.
Como ellos, Yamila y Silvina, la novia de Fabián, eran amigas y compañeras de estudios. Por eso fue que ni bien se recibieron empezaron a trabajar en el Estudio. Recién ahí, Diego la conoció, y fue cuando cumplía un mes de casado. Parecía que la desincronización en la que se vieron envueltos, “si te hubiera conocido unos meses antes...”, le susurró una tarde, los llevó a apurar los minutos que sí podían controlar; porque ninguno lograría retroceder los almanaques, por eso les alcanzaba con poco, con los ratos libres que las ocupaciones y obligaciones les dejaba.
Casi fue instantáneo, Fabián se la presentó una mañana como la nueva empleada. Parada junto a Silvina, lo miraba con desprecio mientras que él la evaluaba. Cualquiera diría que aprobó el examen. El anillo de aquella mano grande, acostumbrada a teclear combinando colores y tipos de letras, no significaba demasiado para ella. Claramente no creía en los castigos morales, ni la inquietaba el infierno, ni sufría remordimientos, “su mujer no es amiga mía y tampoco la conozco, entonces, ¿por qué voy a dejar de ser feliz, porque ella lo vio primero?”, se justificó una vez ante Silvina.
Lo dicho, habían perdido una vida, ella había estado sin él veintiséis años y él treinta; no estaban dispuestos a esperar más. Fue todo tan rápido, tan cercano, tan real, que la nueva revelación lo hizo olvidarse de su boda, tanto que casi pasó la luna de miel con Yamila.
La segunda vez que la vio, después de esa mañana cálida, fue en la casa de Fabián. Lógicamente que en el Estudio se cruzaban, pero estuvieron varios días sin dirigirse la palabra. Pero en la fiesta de Fabián fue diferente, cumplía años y, como superaba la barrera de contención de los veintinueve, había decidido celebrarlo a lo grande. Vanina no fue, la excusa fue poco creíble y el verdadero motivo se desconocía aún ahora. Aburrido, se sentó a absorber cerveza a lo loco, en ésa estaba cuando vio que ella también era una de las invitadas. Excepcionalmente, estaba sola. Andrés no había tenido ganas de acompañarla, le dijo que estaba cansado y que tenía planeado dormir en su casa; Yamila supo que le mentía como tantas otras veces, Andrés era un divino pero de lo más putañero. Lo sabía y se lo bancaba, los celos era una palabra cuya imagen mental no podía delinear porque carecía de tal concepto.
La música se constituyó en un factor determinante en esa historia. Pasaron canciones de los Abuelos, algunas de Fito, de Charly... En fin, la gran mayoría del repertorio estaba constituido por rock nacional, detalle que, a pesar de los intentos de Fabián por ocultarla, delataban su edad. Diego cantaba cada tanto, diciendo “uh, escuchá esto...”, pero igual estaba aburrido casi al punto de quedarse dormido en el sillón. Había demasiada gente en el departamento, en el pasillo de entrada se instalaron algunos, el balcón también había sido colonizado, hasta en la cocina no entraba nadie más... Por eso, cuando Yamila notó un hueco donde sentarse, se decidió a obtenerlo. Tenía su vaso seco en la mano. Diego no dejó de beber, la cerveza por lo menos, podría haber sido útil para distraer, disimular sus movimientos torpes, tragando y alejando el vaso; acercándolo de nuevo a su boca y volviendo a sorber... Pero ni con eso pudo tapar su ansiedad. Yamila le prometió cuidarle el lugar cuando él se paró para raptar una botella. Siguieron tomando, no tenían otra que hacer.
-Me muero de ganas de bailar, pero esta música no da... –aseguró ella con sus ojos de cascabeles.
-¿No te gusta esta música? –le preguntó.
-Sí, bueno, sí, maso... algunas canciones me gustan, pero no son para una fiesta... –le explicó.
-¿Te parece? ¿Y qué pondrías vos...?
-Cumbia, algo para bailar... Canciones que al escucharlas me dieran ganas de levantarme y mover las piernas...
Y Diego desvió sus ojos a sus piernas, tuvo el impulso de ir a programar la computadora con otros ritmos, deseaba verla bailar.
-¿Te gusta la cumbia?
-Por supuesto... para una joda no hay nada mejor... Cuando estoy en mi casa, según el estado de ánimo –aclaró-, escucho esto o lo otro, pero en una fiesta hay que poner cumbia... ¿Qué clase de fiesta es una en la que no se baila?
-Humm, no lo había pensado...
-Lo que pasa es que está de moda intelectualizar demasiado todo, y no es así... Las fiestas son fiestas y nada más, no hay que pensar ni analizar tanto... Se cree que si se pone Rodrigo o Gilda se es grasa, pero no conozco a nadie que no mueva el culo con una de Rodrigo o de Gilda... ¿no te parece?
Después, Diego se levantó y desapareció entre la gente. Ella pensó por un momento que lo había asustado con su teoría sobre los momentos adecuados para cada tipo de cantante, o quizás, sus insultos la hicieron parecer una chica vulgar. A decir verdad, ninguna de las posibilidades podían ser falsas, realmente pensaba que cada canción tenía su instante en la vida de las personas, y putear, sí, le encantaba y también era una chica vulgar, de lo más corriente... De todos modos, nada de eso espantó a Diego, todo lo contrario, no encontraba todos los días a una mujer llana, transparente que adorara bailar y que no le diera vergüenza decir que le gustaba la cumbia... Lo vio acercarse con las manos vacías, claramente sin botellas y haciendo gestos para que oyera...
-Por suerte Sil baja cualquier tipo de música... Lo que sí te aviso que no sé bailar... –anunció vencedor en la travesía de disk jockey.
Ella le devolvió una sonrisa de lentejuelas y con sus gestos estridentes lo obligó a moverse.
-No, no, ni loco, me da vergüenza, yo no sé bailar...
-No saber no te tiene que dar vergüenza; vergüenza te debería dar no querer aprender...
Esa noche Diego la disfrutó como nunca. Yamila estaba encantada, hacía mucho que un hombre no le daba los gustos... Bailaron hasta que los sonidos cesaron, en señal del fin de la fiesta, notaron que eran los únicos que se movían. Algunos estaban desplomados en el sillón o el piso, víctimas del excesivo alcohol y la mayoría ya se había ido.
Como el caballero que nunca fue, le ofreció llevar a su empleada hasta su casa. Subieron al auto que andaba gracias a una maravilla de la mecánica, de otro modo era imposible explicar que esas chapas avanzaran.
-Decime la dirección... –le pidió.
-10 entre 45 y 46...
-¿Vivís con alguien? –curioseó.
-No, solita.
-Ah...
Condujo, pidiéndole permiso al asfalto y lento de reflejos, para manejar, porque lo que fue para desvestirse... Como siempre creyó que era desastrosa como dama, lo invitó a subir. Diego se deslumbró con el departamento, más bien con la decoración, era de tan buen gusto que no pudo asociar a la chica que movía el culo al ritmo de “lo mejor del amor” con la que pintó y amuebló ese lugar. De todo lo que le ofreció para tomar, desde más cerveza, pasando por whisky, vodka, tequila, hasta café, prefirió ésto último; realmente se sentía muy borracho. Además, Diego nunca necesitó del alcohol para tomar coraje o decidirse a algo. Siguieron charlando un rato más mientras esperaban que el humo de las tasas se disipara. No tocaron ningún tema interesante, ella no mencionó a Andrés ni él contó nada de su esposa.
-Lo que más me gusta de los hombres... es que sean caballeros y que sepan cuándo dejar de serlo –ella le dijo con movimientos anunciados en sus ojos-. ¡Sabés hacer las cosas! Me trajiste hasta mi casa... Me tratás como a una reina... ¡Te sacaste diez en conducta! Pero, ¿siempre sos así de bueno? –y le sonrió.
-Por lo general no soy bueno... ¡Era un personaje para impresionarte!
-¡Entonces mejor, más divertido! ¿Querés que ponga algo de música? –le volvió a hablar ansiosa.
-No me dan más las piernas de bailar...
-Este no es el momento de bailar –afirmó inquieta.
Mostrando una destreza asombrosa, se desnudaron sin dejar de besarse, se anudaban los brazos y las piernas, pero la ropa se la sacaron igual. Un fuego que invitaba a jugar. Palabras que redundaban con sus caricias. Él la agarraba de acá, ella lo tocaba allá; él la mordía por acá, ella lo besaba ahí; él la apretaba aquí, ella lo exprimía allá. Se saboreaban como hambrientos. Vestidos de saliva, degustaron una suculenta guarnición de cosquillas. Las realidades y la ropa terminaron por cualquier lado, apiladas en un rincón, sumamente despreciadas.
El incipiente amanecer los convenció de permanecer en el sillón, eran concientes de que pronto él se iría apurado borrando todo rastro de Yamila. A ella ese detalle como que no le interesó. Después de que él se fue, ella durmió pensando en que cuando se despertara iba a llamar a su novio para decirle que fue una lástima que no la hubiera acompañado.
A partir de entonces, sin más vueltas y de prisa, se pusieron de acuerdo en las tardes que ninguno de los dos trabajaría diseñando... Se ocuparían de otras cosas, más creativas, realmente interesantes. Los lunes, miércoles, viernes y cada segundo sábado del mes, eran suyos. Al principio le costó a Diego justificar las salidas de la chica del Estudio hasta que le confesó los verdaderos motivos a Fabián. Sorprendido por la rapidez de los sucesos, aceptó cubrirlos con la condición de que ambos compensarían el trabajo cesante en otros momentos. El lugar ideal era el departamento de Yamilia, sobre todo porque a él le encantaba casi tanto como su moradora. A parte, Andrés jamás había obtenido las llaves que durante años le reclamó. De cualquier manera, ella no perdía el tiempo en tapar sus andanzas, porque si su novio nunca se había cuidado de que sus amigas lo vieran con otras mujeres en los boliches, ¿por qué ella ocultaría lo suyo?
-... Si te jode tanto, lo terminamos acá y listo –lo apuró una noche en medio de una escenita de celos después de haberla visto despedirse efusivamente de Diego en la entrada del edificio.
-Sí, me revienta que te revuelques con otro –le respondió el muy estúpido.
-Es una lástima, tendrías que estar satisfecho, ¿no te das cuenta de que yo estoy mucho más complaciente con vos? –le retrucó.
-¿No pensás dejarlo? –insistió Andrés.
-Jamás se me cruzaría por la cabeza.
Fue lo último que le dijo por mucho tiempo.
Ese episodio, ya lejano, no la motivó a convencerlo a Diego de romper sus vínculos contractuales con su mujer, lo dicho, Yamila no era celosa y lo único que le interesaba era que él la amase aunque durmiera cada noche con otra. Él la amaba a ella y a todo lo que venía de ella, cada cosa que tenía ella, lo que hacía ella; la amaba a ella y no sólo se lo decía siempre que podía, también sabía cómo demostrárselo. Con eso le alcanzaba. ¡Las delicias del engaño ajeno!
-Quedate esta noche a comer conmigo, llama a tu esposa, inventale algo y quedate, ¿sí? –le suplicó una tardecita de miércoles a penas notó que empezaba a desperezarse para vestirse.
-¿Cómo hago para decirte que no?
-Ah, eso no te lo voy a contar, a ver si todavía... –dijo alimentando sus divagues.
-¿Y qué vamos a comer? –preguntó ingenuo.
-A nosotros... ¿nunca escuchaste hablar de la antropofagia?
-A parte de todo lo que hiciste conmigo, ¿también me vas a convertir en un caníbal...?
Luego se rieron por un rato largo antes de que él se animara a agarrar el teléfono. La excusa sonó demasiado infantil, igual se quedó con ella, la chica que lo arrastró a la vida, de manos laboriosas, de lengua imperdible.
... Si no existieran horas como ésas... Si no les quedaran más noches así...
-Este domingo juega Boca acá en La Plata, ¿no me llevás? –le suplicó ella.
-Pero yo no soy de Boca...
-No importa, te camuflás con algún gorrito y listo –al ver que no aflojaba, insistió-. ¡Por favor, me muero de ganas y no me animo a ir solita, a ver si me pasa algo!
-Está bien, ganaste... ¡Te quiero mucho Yamila!
-Gracias.
-¿Por qué?
-Por quererme...
-Si me decís gracias por quererte, ¿qué me vas a decir por amarte?
-¡Muchas gracias! –le aseguró por fin antes de sacar unos billetes de su cartera.
-¡Te amo! ¡...Con esa guita podríamos irnos de joda! –sugirió-. ¡Reventemos la noche, mi amor!
-¡No, estos billetitos se van derecho a la cajita de ahorros!
-Está bien. Es bastante más sensato. ¿En qué Banco abriste la cuenta?
-En mi ropero. Tengo un alhajero que es una preciosura donde guardo cada mango que me sobra...
-¡Sos un caso, mamita!
-... Mamita... –repitió-. ¿A tu mujer también le decís mamita?
-Sí, le digo mamita, mami, bebe...
-¡Igual que a mí...!
-¿Qué, estás celosa de mi esposa?
-No... Ella es tu mujer...
-Ella es mi esposa, mi mujer sos vos... A parte, a vos te digo mi amor y a ella no...
-¡Ah...!
-... No quiero irme y darme cuenta que la que vive conmigo no sos vos...
-¡No seas chiquilín, querés! ¿Algún día la vas a dejar? –preguntó por preguntar...
-¡Cuando vos me lo pidas! –aseguró lastimero, convencido de que ella no le pediría nada.
Con la memoria de las manos enriquecida, prácticamente ninguno llegará a notar demasiado la ausencia del otro.
Una mañana Yamila le pidió permiso para irse antes del trabajo porque tenía que hacer unos trámites. Él la autorizó sin inconvenientes pero con la condición de que apenas terminara con sus cosas volviera para que él la viera y comprobara que estaba sana y salva...
-Mirá que no me voy a la guerra...
-¡Ioma es más riesgoso que Bagdad! Es lo mismo... Venís y me cebás unos mates...
-Si el precio es prepararte mate, olvidate, te voy a hacer los más ricos de la galaxia...
-Acá son mates, después, en tu casa, arreglamos...
-¡Encantada de la vida de hacer negocios con vos!
Nada se interpuso entre sus exigentes encuentros, ni siquiera el tiempo que los atravesó, el compromiso de él, la indiferencia de ella a determinadas cuestiones. Tampoco lo hizo la hija que tuvo Diego con Vanina, una nena hermosa y simpática. Se trataba de la verdadera vida, esa realidad entre corchetes de otra dimensión, paralela a la familia; el universo donde era feliz. Le bastaba con aquellos encuentros.
-Descansar en tu cama, dormirme viendo tu cara... eso necesito... –le juró una vez cuando no podía dejar el refugio inquietante que eran los brazos de ella.
-Te amo más de lo que quisiera –le confesó Yamila.
-A veces tengo ganas de llorar aunque no tenga motivos... –aseguró también Diego.
-Es que sos un maricón y no querés irte, a pesar de que ya es tarde... ¡Vamos, apurate! –le respondió retándolo, como si despertara a su hijo para ir a la escuela-. Espera. Decime esto: ¿vos me seguís amando, no?
-¡Sí!
-¡Ah, qué bueno, porque es lo único que me importa en el mundo!
-Eso no es cierto... También te interesa comprarte cosas...
-¡Ah, qué vivo, eso le importa a todo el mundo! ... Pero yo no gasto mucho, ¿o sí?
-¡Porque no tenés!
-Es verdad, pero no me importa, en mi próxima vida voy a ser princesa de España...
-¿Tiene que ser de España sí o sí?
-Me da igual, eso es lo de menos... digo España pensando en no tener problemas con el idioma... –y le sonrió.
-¡Ah, bueno, porque a mí me va a tocar ser rey de Inglaterra...!
-¿En serio? –preguntó demasiado seria-. ¡Perfecto, entonces me voy a poder casar con vos!
-En esta vida también podríamos...
-¡Mejor en la que viene! ¡Ésta usémosla para practicar...!
Se hablaban de “antropófaga preferida”, “sátiro del subdesarrollo”; se llamaban “amor”, “preciosa”, “corazón”, “mi vida”. Ése era el fondo de todo, la vida que compartían, les bastaba para sobrevivir a media máquina a la espera de volver a encontrarse para recuperar las ganas.
Cuando la hija de Diego cumplió tres años, sintió que los períodos tan breves con Yamila no eran suficientes, que aquellos lapsos de felicidad eran demasiados escasos, sobre todo si existía la posibilidad de perpetuarlos. Esa tarde compartida, se decidió a plantearle la posibilidad a Yamila de vivir juntos, se topó frente a unos ojos fugases, ya muertos. Ella le explicó que temía que se rompiera la magia.
-... Una cosa es verse cada tanto y otra distinta es convivir... ¿si nos mandamos una cagada?
El tiempo tan perecedero, el más efímero de todos, el de la alegría.
-¿Valdrá la pena cambiar nuestros intervalos alucinantes de dicha por una vida mediocre? –ella le hizo estos planteos.
-Puede ser que tengas razón, no sé, no estoy seguro... –reconoció sin mucho convencimiento.
Y después sintió que el timbre del recreo había sonado demasiado pronto, que los minutos no le habían alcanzado para disfrutarla todo lo que necesitaba, que ya era hora de volver a sus obligaciones.
-Sos una máquina de hacerme feliz... Sos la producción en serie de mis sonrisas... –le murmuró entre salivas esa tardecita lluviosa.
-¡Ay, que lindo lo que decís, mi amor...! ¿Te puedo abrazar? –habló ella.
-Me enojo si no lo hacés –afirmó Diego que se negaba mentalmente volver a mirar el reloj.
echando culpas
La primera vez que Imelda lo vio, no le había prestado mucha atención; se había pasado toda la noche llorando y le dolían los ojos. Con su marido discutieron, se dijeron barbaridades y cuando se acostaron, ella no logró conciliar el sueño; Mauro, roncaba como un cerdo. Después, con la luz del sol, saltó de la cama y se encerró en el baño. Admiró horrorizada sus ojeras, sus párpados con el doble de tamaño; abrió la ducha. Se vistió con la ropa que se había preparado para trabajar, un jean canchero con una camisita, al fin y al cabo se trataba de una empresa familiar, como decía Darío, su cuñado y dueño de la agencia de publicidad. Al salir a la calle, notó que ya estaba transpirando; tenía sueño y un humor de los mil demonios. Caminó desde 10 y 45 –donde quedaba su departamento- hasta 6 y 44, justo a media cuadra, en una casita antigua bien remodelada, donde se levantaba la agencia.
A pesar de su habitual sensatez, Imelda no alcanzó evitar descargar su bronca en aquéllos que la consultaban, los que la llamaban por teléfono o cualquiera que pasara cerca de ella.
A Luciano se le había ocurrido, días atrás, empezar a buscar trabajo aunque recién estuviera terminando el segundo año de facultad. Entró y le consultó a una especie de secretaria multiuso sobre con quién tenía que hablar para dejar su currículum. La respuesta de la joven fue: “Imelda, mirá, es ella... ¡Imelda, alguien te busca...!”, la llamó cuando la vio pasar.
-Disculpe que la moleste... –dijo Luciano.
-No hace falta tanta formalidad... Por favor, no me trates de usted que me hacés sentir vieja y para eso está mi marido... –aseguró ella un poco desencajada.
-... Quería dejar mi currículum... –y le extendió la mano con una carpetita.
-No estamos buscando gente... –brotó su disgusto.
-Tal vez ahora no necesiten a nadie, pero quizás en un futuro... me gustaría dejárselo igual...
-Ya te dije, no necesitamos... –repitió, sin saber de lo que hablaba y lo vio darse vuelta y caminar hacia la salida-. Espera, tenés razón, dejámelo, a lo mejor en otro momento...
En lo que vino del día, Imelda no llegó a hacer nada productivo... salvo recordar requisando sus experiencias. Especuló sobre cuando conoció a Mauro, la noche que comprendió que se había enamorado de él; por ese entonces, era la compañera de estudios de Darío. Demasiado joven, como le aseguraron sus conocidos, a los veintiún años, se casó con él. Se fueron a vivir a un departamento que sus suegros les regalaron, el mismo que esa mañana, nueve siglos después, la vio salir con los ojos hinchados, somnolientos, arrasados por el llanto.
Por la noche, Mauro le compró flores y la llevó a cenar; se reconciliaron sin mucha convicción. No podía decir que fuera una vida de mierda la que llevaba con su esposo, él sabía aprovechar el dinero que ganaba y a veces tenía detalles deslumbrantes con ella. Imelda se casó enamorada, y con el tiempo se adaptó a la inexpresividad de Mauro; se trataba de un tipo parco, exigente, poco caballeroso que nunca le decía que la quería. Se había acostumbrado a desechar cualquier tipo de expectativa positiva sobre él. Aprendió a tratarlo para no hacerlo enfurecer. Enseguida se amoldó a él, aceptó no esperar nada aunque, cuando se comportaba con dulzura era único, pero eran conductas excepcionales, como cuando quería reconciliarse con ella. Esa noche hicieron como que nada había pasado mientras que las paredes del edificio latían festejando un gol de Boca.
Unas cuantas semanas después, en pleno diciembre, con la ciudad deshabitada y doblada de calor, Darío la llamó para plantearle un inconveniente.
-La mitad de la gente se va de vacaciones, la otra mitad le toca el mes que viene... Tenemos poco personal o mucho trabajo... –expresó él-. ¿Vos cuándo te vas?
-¿A dónde?
-De vacaciones...
-Ah, no sé, no había pensado...
-Bueno, no damos abasto –señaló-, tendríamos que ver de traer a alguien, aunque sea por el verano... ¿Te encargás de eso también?
-Está bien.
Entonces, Imelda cayó en la cuenta de que aún no habían tocado aquel tema con Mauro, el año pasado la había llevado a pasear por el Caribe, pero todavía no le había preguntado adónde quería ir... En realidad, pensó que no tenía ganas de viajar a ningún lado, menos a solas con él... En los últimos meses la relación se había encapsulado, habían llegado a tal punto de tirantez que se veían envueltos en una rutina extenuante de insultos, agravios, peleas y desprecios, distanciamientos con sus respectivas aproximaciones. Comprendió que los años compartidos habían sido así, pero que recién ahora le empezaban a afectar.
Se puso en campaña de resolver el encargo de Darío. En su escritorio se había montado una desbordada barricada de carpetas, todas de colores variados, podría haber formado un arco iris de cartón. Se fijó unos segundos en las combinaciones hasta que se decidió a leer sus contenidos. Separó tres o cuatro y se las pasó a la secretaria para que se encargara de llamar a los candidatos con la recomendación de informarles que se trataba de un empleo por el verano, pero que si rendían como ellos esperaban, existía la posibilidad de extender el vínculo.
A la mañana siguiente, tres jóvenes ávidos por cosechar experiencia laboral y de hacerse de sus primeros mangos, llegaron puntuales a la agencia. Atrasada, abusando de ciertas libertades que su parentesco con el jefe le otorgaban, Imelda entró y se encontró con dos chicos y una muchacha que la esperaban sentados en el hall. “Ana Laura, Nicolás y Luciano”, así se los presentó la asistente-secretaria-telefonista-cafetera... Les hizo un recorrido por la agencia, les mostró las oficinas de abajo y las del primer piso; les asignó tareas elementales y todos pusieron manos a la obra.
-Imelda –la llamó la chica de las mil utilidades-, te mandaron esto... –y le entregó unas flores coloridas como aquellas carpetas.
Aparentemente Mauro se había mandado otra cagada y pretendía subsanarla con el mismo regalo que se le hacía a los muertos. Tomó el ramo y lo colocó en la mesita más alejada a su escritorio, el lugar que eligió en el mismo momento en que abrió la puerta para encontrarse con el rostro fresco de Luciano. Había terminado unas cositas que le había encargado y esperaba que su jefa las revisara. Al rato se les sumaron los otros dos; discutieron puntos de vista sobre la profesión hasta que llegó el almuerzo.
Imelda no usaba relojes, total, el tiempo se le pasaba igual... Detestaba sentirse una esclava, ni siquiera de la hora. Sin embargo, muy a su pesar, comprendía que había vivido en un estado de servilismo absoluto, con su marido, con su trabajo descomunal, con el mundo de obligaciones que empezaban a abatirla.
El día terminó cuando Mauro la pasó a buscar por la agencia, por lo visto, al no recibir su llamado agradeciendo el detalle romántico, su exceso de expresividad, dio por entendido que aún no lo había disculpado. Cuando lo vio, se encontró con el hombre del que se había enamorado demasiado tiempo atrás... Esa noche se amigaron.
En medio de semejantes ternuras esquivas, aquel verano, el matrimonio no se tomó vacaciones. Ambos se quedaron en la ciudad a transpirar y a deshilachar una rutina que a esa altura resultaba insostenible. Darío volvió de viaje y le encargó a su cuñada que se ocupara de decidir, porque ella los conocía mejor -siempre había una justificación-, quiénes podían seguir en la empresa. Acostumbrada a tomar determinaciones, encantada de mandar, aunque no fuera más que en su oficina, optó por extenderles el contrato laboral a Ana Laura y a Luciano.
Luciano le habló...
-¿Qué?, no te escuché...
-Que tenés cara de cansada...
-¿Cuántos años tenés? –le preguntó Imelda, por hablar...
-Veintidós.
-¡Mirá qué casualidad, yo también! –dijo, y él le sonrió, cómplice, sin poner en duda aquella mentirita.
-... Me enamoré de vos –le juró Luciano ese atardecer, cuando una tormenta feroz les impedía abandonar la antigua casa.
-¿Estás loco? ¿Te volviste loco? –arremolinó las palabras-. Yo estoy casada, ¿cómo me decís esas cosas?
-... Porque es la verdad...
Al día siguiente, Mauro le regaló un auto para celebrar su décimo aniversario de casados, le agradeció con frases gastadas en slogans y con una mueca simuló que se ponía contenta mientras que no lograba quitar de su mente al pibe que eligió caminar bajo la lluvia después de que ella le aseguró que seguía amando a su esposo.
Tres días después, el agua no había cesado, cuando todos habían pensado que nada podía ser peor que el chaparrón de la mañana anterior, se desató un temporal escarmentador, inexorable... Sin malicia, Imelda le ofreció alcanzarlo hasta su casa, si era que aquella pieza-sucucho podía llamarse así, y el joven aceptó. Condujo cuidadosamente, recordó la edad que le dijo que tenía, “veintidós...”, pensó qué era de su vida a los veintidós... Estudiaba y adoraba a Mauro. Todo lo que podía evocar en ella se vinculaba directamente con su marido.
A pesar de la confesión de Luciano, no dudó al aceptar tomar un café con él. Subieron, como no usaba reloj no le preocupaba llegar tarde o temprano a ningún lugar... Además esa noche, Mauro tendría una cena de negocios, siempre demasiado indefinidos y tan ajenos a ella, como él.
Retiró del sillón-cama algunos fascículos publicitarios y le sugirió que se sentara. Se acercó con los jarritos, los dos completamente diferentes, y se sentó a su lado –no por nada en especial, sucedía que no había otro sitio. Luciano lo tragó veloz, casi al punto de quemarse, torpe y apurado como lo que era: un pibe enamorado. Imelda, sopló el café innumerables veces hasta que, cansado de esperarla, ansioso, le sacó la tasa de las manos, la apoyó sobre el piso y la besó. Ella no presentó ninguna oposición, a pesar de que hacía diez años que la besaba siempre el mismo hombre, pensó por un segundo que el pendejo era bastante bueno y que sabía lo que hacía. Enseguida, desechó las imágenes desdibujadas de Mauro y empezó a acariciar a Luciano con mimos elocuentes.
-¿Cómo es tu marido? –le preguntó al rato.
-Un hijo de puta... –se sinceró ante el tipo de manos sanadoras.
-¿Lo amás de verdad?
-No sé, me parece que ya no...
Desde aquella tardecita, Imelda rejuveneció –no tanto como aparentar veintidós-, pero lo suficiente como para que todo el mundo le dijera que se veía muy bien; todos menos Mauro. Nunca notó nada, ni que tenía a su lado a una mujer que lo veneraba como a un dios –cuando aún lo amaba-, ni que ella ya no buscaba su cuerpo, ni que había dejado de molestarle que la subestimara, ni nada...
La piecita de Luciano se fue convirtiendo con los meses en su patria pequeña; pobladores de una dicha espontánea, ajenos a la culpa o los castigos, pero no inconscientes, se cuidaban de no ser descubiertos. El invierno lo pasaron abrigándose, consintiéndose y disfrutando de los desperdicios de ternura que el resto del mundo postergaba. Pieles y sonrisas. Cubriendo cada necesidad, borrando las huellas de las penas, evaporando con una caricia de Luciano la ausencia de una vida feliz que no tuvo. Aquella otra vida... La que iba quedando atrás.
Se fueron tornando inevitables, en el trabajo, en la cama, para una buena charla. Él le consultaba alguna pavada a ella, y ella dudaba sobre todo lo que había aprendido. Compartiendo hasta las mentiras, Imelda descubrió que amaba a Luciano y que podía ser una perfecta cínica; fingía que seguía siendo una buena esposa, ya no se gastaba en discutir con su marido, “¿para qué?”, se preguntaba a sí misma. Sólo se trataba de ganar tiempo hasta tomar una decisión que ya era un hecho. Esa nueva historia la iba distanciando de su pasado.
Para su cumpleaños, el 22 de octubre, Mauro le regaló un reloj, cansado de sus retrasos y apuros; tan seguro de sí mismo, no se le cruzó por la cabeza pensar que su mujer se veía obligada a dividir su tiempo. La ternura cesante, con un beso falso le agradeció el detalle más insignificante de su vida; estaba ocupada en repasar mentalmente la pulsera de falsa plata que le había dado Luciano por la tarde, antes de que saliera volando para su departamento. Se emborrachó para caer rendida sobre su cama, con la excusa inmejorable para no tener sexo, ya no perdía energía en disimular su malestar ante el tipo con el que compartió demasiados años... Compartió o perdió, le entregó o rifó. “El pasado dura toda la vida”, pensaba. Una juventud hipotecada. El hecho era que, con ciertos temores olvidados, su existencia volvía a pertenecerle, hacía con ella lo que se le cantaba: estar con Luciano.
En toda aquella época fue encontrando millones de diferencias entre ellos. El pasado que no tuvieron en común. ¡Y ni hablar de lo distinto que era Luciano de Mauro! Uno, apenas si le decía que la quería, el otro se lo demostraba; uno le hacía regalos, el otro la hacía sentir que era ella era el mejor regalo; con uno cogía, con el otro hacía el amor; uno le exigía y el otro le daba todo. No tenía dudas, Mauro formaba parte de un pretérito lejanísimo que por algún motivo que desconocía no se atrevía a abandonar. ¿Qué decir de Luciano?, si la devolvió a la vida, si sus mimos la hacían tiritar, sin importar si afuera, en la calle, en el resto del planeta, hiciera frío o calor. En el mundo que compartían el clima lo daban sus caricias, variaba de un minuto a otro, y siempre nevaba cuando ella se iba corriendo a su casa.
Con Mauro no hubo más reconciliaciones, pasó que dejaron de discutir. Antes, ella saltaba cuando se sentía menospreciada pero ya no le afectaban sus ofensas. “¿Para qué?”, se repetía todo el tiempo. “¿Para qué pelear?, ¿para qué buscar violentarlo?, ¿para qué hacerle creer que lo quería?, ¿para qué permanecer con él...?”. Eso último no era para qué sino más bien por qué... porque su cuñado era su jefe, porque no tenía a donde largarse, porque vivía con miedo –su nuevo amor no había conseguido aplacarlo-... Fue una eternidad de permanecer resguardada en jaula costosísima que Mauro confeccionó a su medida; preciosa, pero con barrotes como todas las jaulas. La imagen trágica, desastrosa del pasado... Se veía tan libre como una estatua, buscando encontrar todo aquéllo que le enseñara a olvidar lo viejo. Todo lo que la aliviase de los rencores, las antiguas frustraciones.
Sorpresivamente Luciano entró a su oficina, por lo general se cuidaban con mucho recelo en el trabajo, y la besó con la excusa de que hacía un año que se habían conocido. A pesar de que había empezado a usar el reloj, por insistencia de Mauro, prefería no llevar la cuenta del transcurso del tiempo, por lo que no había reparado en que el año en el que había vuelto a sentirse joven –por las locuras y la pasión- había transcurrido tan rápido. Pensó en que el tiempo tenía esa cualidad, cuando se sufría o se esperaba algo, cualquier instante era infinito; pero cuando se gozaba, todo resultaba escaso... Concluyó que ésa era una idea tan precaria que a cualquiera se le hubiera podido ocurrir. De todos modos, estaba justificada por su enamoramiento, porque cuando alguien estaba así se terminaban las especulaciones, las reflexiones... Nada más lejano al amor que la intelectualidad.
Aquella mañana de diciembre, Darío estaba en la agencia, excepcionalmente, porque confiado en que Imelda era demasiado buena en su trabajo fue delegando en ella la mayoría de sus propias ocupaciones. Aquella mañana, decía, le planteó el inconveniente que tendrían con las fechas de las vacaciones; se acercaba fin de año, y le rogó que se encargara de distribuirlas por quincenas. Él estaría afuera los dos meses. Dejó eso para después, continuaba demasiado eufórica por haber pasado toda la noche con Luciano. Con una mano de obra invaluable. Una cama cinco estrellas más el resto del firmamento. ¡... Y la ternura con la que amanecieron! Sucedió que Mauro tuvo un fin de semana de negocios en una estancia de un tipo con el que estaba por firmar un suculento contrato. No le llamó la atención verlo entrar en la agencia, creyó que era para saludarla, aún no se habían visto desde su regreso a media mañana.
Ella lo besó, sintiendo que no vendría nada mal aparentar un poco y se trasladaron a su oficina. Allí, se terminó el engaño.
-¡Te vi, puta reventada! –dijo a la vez que la empujaba.
-¿Dónde? –preguntó absolutamente ingenua.
-En la calle, con otro tipo... ¡Con ése! –y señaló a Luciano al recocerlo tras el vidrio de la puerta. Comprendió todo-. ¿Te garchás a ese pendejo? ¡Borrego de mierda!
Ni siquiera le dio tiempo para mintirle... Se trató de una escena con reproches en continuado. Desde afuera, Luciano, los veía gesticular en cámara acelerada, como en una película muda. Mauro pensaba que Imelda había borrado de un plumazo todo lo que pasaron juntos; pero al contrario, ella se había enamorado de otro porque no sabía cómo sacar de su memoria lo que había vivido a lo largo de esos interminables diez años. Antes de que se desatara la tempestad de aquella ira, ella se sintió ajena de toda posibilidad de escapar del desastre. Estaba abajo del Arca; Noé había aumentado el precio de los pasajes.
-¿Está mi hermano?
-¿Qué vas a hacer...? Ni se te ocurra meterlo en ésto...
-¿Meterlo?, si ya está metido. Tiene trabajando con él al amante de mi mujer...
-No mezcles las cosas... ¿Qué te agarró, un ataque de celos...? Si yo nunca te interesé... Una cosa es nuestro matrimonio desastroso y otra es el laburo... agarrátela conmigo, el pibe no tiene nada que ver...
-No tiene nada que ver... ¡se culea a mi esposa, nomás...!
-Sabés qué, me tenés podrida. ¡Hacé lo que quieras...! Estoy tranquila, sabés, porque sé que ya te va a agarrar una yegua de verdad y no una idiota como yo, que te va a hacer mierda... –pero cambió el tono de su voz y agregó-. Te lo pido por favor... –dijo, hasta que quedó hablando sola...
Mauro salió para buscar a Darío que, de casualidad esa mañana estaba en la agencia.
Pegando un par de gritos le exigió que los echara, después de haberle relatado la historia, al menos, la parte que él conocía. Imelda dejó su oficina y se le acercó ya desinhibidamente a Luciano, le susurró: “sabe lo nuestro y no se va a quedar con los brazos cruzados”. Tras media hora, contabilizada gracias al reloj que su marido se empeñaba en que usara y sin ninguna interrupción, como Darío le pidió a la secretaria-cafetera-recepcionista-masajista..., el mayor de los dos se fue a su departamento a prepararle las valijas a su esposa. Había encontrado la excusa ideal para separase.
Al rato, agotado de intentar explicarle a Mauro que no podía echar a Imelda porque la consideraba la empleada más primordial, la mandó a llamar.
-Me imagino que sabés qué quería mi hermano... –empezó.
-Sí, pedirte que me despidas...
-Sí, a vos y a... ¿cómo es que se llama?
-Luciano. ¿Y vos qué vas a hacer?
-Es mi hermano... No te preocupes que al pibe le voy a pagar el sueldo entero de diciembre, y si me lo pedís, le pago enero también, pero tengo que echarlo...
-¿Y a mí...?
-Nada, a vos te necesito, sos esencial acá.
-Si lo echás a él, renuncio...
Aquella noche, al entrar por última vez al departamento de 10 entre 45 y 46, se topó con una brevísima nota que le indicaba que agarrara sus cosas y se fuera; ah, y que le dejara al portero las llaves. Luciano la esperó dentro del auto, por un momento, Imelda analizó la posibilidad de devolvérselo, hasta que se convenció de que se lo quedaría como una especie de indemnización por infelicidad.
-No tengo adónde ir... –le dijo cuando volvió.
-¡Podés venirte conmigo! –le sugirió.
…Y ella aceptó encantada y agradecida.
A lo largo del verano ambos buscaron trabajo, Luciano encontró temporalmente uno como vendedor en un local de ropa masculina. A Imelda, su experiencia y antecedentes le permitieron ser contratada por una compañía publicitaria muy reconocida en la ciudad.
Con la seguridad de que iban a morir pobres, dignos y únicos; pero pobres, planearon una vida unidos, digitaron su porvenir, vieron cómo sus deseos tenían chance de empezar a insinuarse en la realidad.
-¡Me estás mal acostumbrando, nene y después no hay quien me aguante...!
-No te preocupes, de eso me ocupo yo...
En cada cena brindaban, igual que en la noche de aquel año nuevo, -el primero que pasaron juntos y a solas- cuando chocaban levemente sus copas a cada ratito. Después, se fueron a acostar oyendo los fuegos artificiales de la otra esquina anunciando la llegada de otro tiempo. Todos celebraban esa madrugada y ellos eran felices durmiendo con sus pies entrelazados.
atormentando corazones
-... Pensé que ibas a querer estar solo esta noche... –insinuó Constantina ni bien le abrió la puerta de entrada del edificio.
Mientras bajaba, en el ascensor, había especulado con variados tipos de frases pronunciadas y ensayadas frente al espejo, en toda la gama que le permitía su voz.
-¡Lo pensé mejor! –le respondió Gervasio, el hombre más oriundo de la cama de Constantina.
Y esa noche retornaron a sus gustos y caprichos, reforzando su cariño más feroz.
-¿Me amás?
-Sí.
-Entonces, ¿cuándo vas a empezar a demostrármelo?
-Ya hice todo por vos, ¿qué más querés que haga?
-¡No ves que sos un chiquilín que tengo que andar diciéndote todo lo que tenés que hacer! Gervasio tomá la sopa... Gervasio levantate que se hace tarde para ir a la oficina... Gervasio no compres esa carne que es un afano... Gervasio hagamos el amor...
-¿Querés coger?
-¿Y a vos qué te parece?
-Bueno... ¡Te voy a engrampar como nunca!
-¡Ay, qué desagradable!
-¡Si a vos te gusta que te hable así!
-Sí, es cierto... ¡Me encanta!
Después, al rato nomás, asqueados de tanta pasión y cierta ternura empezaron a discutir. Una mañana de sábado más en la que él la insultó de arriba a abajo y Constantina terminó por darle una cachetada descomunal.
-¿Me vas a pedir que me vaya? ¿Me voy?
-Te lo pediría si no supiera que sos lo bastante inteligente como para notar qué es lo que quiero...
-¿Querés que me vaya...? Porque mi sagacidad me dice que te morís por otra cosa.
Lo echó y él se fue apurado, enojado y enamoradísimo. Por suerte para Gervasio, se cruzó con el portero que limpiaba la vereda del edificio de 10 entre 45 y 46 que lo reconoció y lo dejó salir. ¡Se hubiera muerto de vergüenza si hubiese tenido que volver para pedirle a Constantina que le abriera la puerta de entrada!
A partir de ahí, el clima se enrareció. Los cubrió un frío irrefrenable y se tornó inclemente, como él que se negaba todo el tiempo a atender los llamados de ella... Un déspota sin oficio, sin demasiada práctica. Fue el otoño más lluvioso de la década.
Llena de desvelos, Constantina tomó en cuenta la posibilidad de volver a consultar a su psicólogo con mayor frecuencia, un vecino del edificio, fachero y con cara de tristón.
De huelga todos los vuelos regulares hacia aquellas costas turbias, atesorando su botín de caricias y carcajadas que cada tanto le robaba a ella, Gervasio se quedó bastante perdido en medio de las calles devastadas, pobladas de ausencias; en esta ciudad asesina de refugios, conspiradora contra los enamorados.
-¡Oíme querida, sé que Gervasio está ahí adentro!
-No, señorita, él tuvo que salir... –replicó, siguiendo las instrucciones de su jefe.
-... Su auto está abajo y también sé que no se despega de ese auto de mierda, es lo único que quiere más que a mí –le dijo a la aterrorizada secretaria. “Su auto... Su bendito auto... Otra vez ese auto... Ese auto de mierda...”.
... Una noche, Constantina se apareció por su departamento con comida hecha y su sonrisa más amplia. Pretendía hacer las paces y sus planes marcharon bastante bien. Cenaron rico, semidesnudos y rozándose en el sillón.
-¡Dios, cómo me calentás! –respondió Gervasio ante sus caricias.
-¿Por qué nunca me decís cosas lindas? ¡Me gustaría más que me dijeras algo dulce como: “cuánto te amo” o “te quiero mucho”!
-Para qué te voy a mentir, ya no me hace falta, hace mucho que conseguí acostarme con vos...
-¡Forro! ¡Hagamos el amor!
-¿Y si mejor cogemos?
Después vieron algo de tele, rieron fuerte, hablaron pavadas y no discutieron, hasta ese momento.
-Bueno, Constantina, ya es muy tarde, ¿no te parece? Yo tengo que madrugar... –dijo repentinamente.
-¿A qué hora querés que ponga el despertador?
-A ver si me entendés: quiero dormir solo...
-¿Me estás cargando? ¡Decime que es una broma!
-...
-No, no me voy a ir, ni lo sueñes... Yo vine a pasar la noche con vos; y éso es lo que voy a hacer...
-¡Vestite y andate a tu casa! –le ordenó.
Tras rezongar, ella le hizo caso. Cuando terminó de ponerse la campera, probó con un último intento. Con su mejor cara le preguntó si estaba seguro de que quería que se fuera. Gervasio le devolvió un rotundo sí.
-Ok, llevame entonces...
-Te dije que estoy cansado... –replicó envuelto entre antiguos fantasmas. Desquebrajando la felicidad-. ¡Agarrá –después de revolver en su bolsillo-, tomate un taxi!
-¡Veinte pesos! Me hacés sentir una prostituta barata...
-Quedate tranquila que barata no me salís... –decía a la vez que se metía en el baño-. ¡Chau, mi amor! –gritó con pasta dental en la boca.
... Una profunda indignación iluminaba sus ojos reflejados en el parabrisas del auto de Gervasio. Su celular no dejaba de vibrar, previendo la situación, le había desactivado el sonido.
Estacionó en la puerta de su edificio. Ya más relajada atendió el teléfono de su cada sabiendo quién era.
Sintéticamente, Gervasio le dijo que salía a buscar su auto, que no se moviera de ahí y, aunque no la insultó por temor a las represalias con el indefenso rehén, tuvo ganas de hacerlo.
Constantina bajó a abrirle la puerta y lo encontró más sereno después de haber inspeccionado su joya y cerciorarse de que estaba intacta.
-¡Dame las llaves!
-Las tengo arriba...
Y subieron, lógicamente...
-¡Dame las llaves si no querés empeorar las cosas!
-Dame un beso.
-No jodas más...
-Yo te doy las llaves si me prometés que esta noche te quedás acá...
-Vos dame las llaves y te prometo que no te cago a palos...
Ella no tenía miedo de que le pegara, nunca lo había hecho pero esa vez, aquel rostro desencajado la impulsó a buscar entre su cartera un fino llavero de Boca.
-¡Acá tenés, maricón! ¡Y ahora andate, me harté de vos, sabés!
-¡Gracias a dios! –resopló al guardarlo-. ¡Tenía tanto miedo...!
-¡No me iba a pasar nada! ... Ah, qué estúpida, no estabas hablando de mí, estabas preocupado por ese auto de mierda... Yo, que me cague...
-Entendeme, sos peligrosa manejando... ¡A las seis!
-Y ahora, ¿qué carajo te pasa?
-El despertador, ponelo a las seis... voy a tener que irme hasta mi casa a cambiarme... si no me levanto más temprano, no voy a hacer a tiempo... ¡Mirá lo que tengo que hacer por vos...!
-¡Por ese auto de mierda, querrás decir...!
... Ese auto... Recordó, y se propuso que la próxima vez que se le ocurriera hacer algo por el estilo, se lo iba a chocar...
-... Bueno, mirá, porque ya me cansé... Va a ser mejor que dejes pasar por las buenas, porque pasar, voy a pasar... –remató, y vio cómo Gervasio abría la puerta de su oficina sabiendo que ella no se iría por nada del mundo.
-¿Quién es esa loca? –preguntó la secretaria al otro asesor fianciero.
-Es la mujer de la que tu jefe está enamorado.
-Pensé que me iba a pegar...
-Constantina te hubiera pegado...
La hizo entrar y estuvieron en paz por unos escasos minutos.
-¿Podemos hablar? –dijo ella.
-Sí, por supuesto, vos podés hablar con tus amigas, con tu familia, con tu psicólogo... ¡Claro que podemos hablar! Yo puedo hablar con mis amigos, con cualquiera, pero vos y yo no podemos hablar... –aseguró enfurecido.
-¿Por qué?
-Porque yo no quiero ni escucharte...
-¡No empecemos otra vez, mi amor, no sigamos peleando!
-No te preocupes... ¡Ya terminamos! ¡No me jodas más...! ¡Andate de una vez!
-¡Ay, qué molesta que soy, lo único que hago es quererte!
-¡También me rompés las pelotas!
-Yo te amo, desde hace años que hago mil intentos por día para dejar de amarte, un poco aunque sea... –se escuchó que ella le juraba.
-¡Ah, entonces ahora puedo dormir tranquilo porque una puta me ama!
-¡Y no sabés cuánto!
-Andate mejor, que estoy trabajando... Hay clientes dando vueltas y no quiero escándalos...
-Bueno, ya me voy, no te voy a armar ningún bardo... ¿Te puedo dar un beso? –le pidió con voz de buena.
-No.
-Nunca me habías negado un beso.
-Alguna vez tenía que empezar por negarte algo.
-Si pensás hacerme sufrir así, de esta manera tan cruel, ¡haceme sacrificar de una vez!
-¡Andate, mejor!
… Y Constantina se fue acordándose de que tenía que llamar a su psicólogo porque sentía que se iba a volver loca.
-... Lisandro, ese hijo de puta me trastorna –escupió ni bien su vecino la condujo hasta el consultorio.
Ahorrando tiempo fue al grano, total, su analista ya estaba al tanto de todo el entramado de aquella historia.
-Yo debo tener algo de culpa, si no, cómo se entiende que el tipo haga conmigo lo que quiera...
No fue un cliente impaciente el que entró a la oficina; Leonardo, oyente y semi testigo presencial de un nuevo episodio entre la pareja, fue en busca de detalles.
-¿Qué le pasaba? ¿Vino a hacer buena letra...? ¿Será que quería que la vuelvas a coger?
-¡Cómo si necesitara hacerse la buenita para que yo la quisiera volver a coger...!
-¡Pero la echaste... pensé que se iban a ir juntos! –le dijo sorprendido.
-¡No sabés cuánto me costó! –reconoció.
... Y recordó la noche de un cumpleaños cuando bajó corriendo la escalera de su departamento rumiando insultos para vomitarle en la cara.
-Vine a darte un beso y a traerte este regalo –pronunció tierna, como arrepentida de algo. No había encontrado mejor excusa para buscarlo.
Él abrió la bolsa, claramente se notaba que era un disco lo que le había comprado.
-Este cantante te gusta a vos, no a mí...
-Es para que lo escuches cuando estás conmigo...
-¿No van a subir? –preguntó interrumpiéndolos un amigo de ambos.
Esa misma noche se reconciliaron sin hablar de sus diferencias, sin intentar limar las asperezas. Pasaron una temporada de dulce calma, invirtiendo en un hotel de poca monta pero tratándose como si fueran estrellas. Explotadores de ternuras, llenándose de abrazos que los desvalijaban de cualquier duda. Disfrutando de sus lenguas sinuosas, conscientes del cause que debían tomar.
-¡Qué linda foto! –dijo la novia de algún invitado mareado por los brindis interminables de aquella noche en honor al cumpleañero-. ¿Dónde estaban? –le preguntó a Gervasio a la vez que identificaba a la mujer de la imagen.
-En Boston, cuando fui a perfeccionar el idioma –aseguró.
-No, eso es en Nueva York... Y te digo más, sacamos esa foto después de que me compraste el anillo con forma de sol, ¿ya te olvidaste? –intervino Constantina para sanear el error.
-No, ya me acuerdo, tenés razón... Pero vos dejaste de usar ese anillo.
-No es un anillo para ponerse todos los días...
Conversaban obviando el detalle de que el departamento estaba lleno de personas que esperaban que Gervasio apagara las velas y así probar la torta.
-Es verdad, me salió muy caro...
-Pero era el más lindo...
-¡Nueva York! –le habló ahora a esa novia de alguno de los borrachos-. ¡La bruja me hizo llevarla a Nueva York! –y repasó aquel viaje con nostalgia por la juventud y la dicha que habían quedado atrás-. Yo había ido a Boston y ella insistió con que me quería acompañar y cuando terminó el curso que estaba haciendo me obligó a llevarla Nueva York. ¡Me endeudé hasta el cogote para que la chica conociera Nueva York!
-¡Y lo bien que la pasamos! –y lo besó-. ¡Feliz cumpleaños, mi amor!
-¿Estás arrepentida de algo? –le preguntó su psicólogo.
-De depender tanto de él, de necesitarlo demasiado. Eso sí, no me arrepiento de que no vivamos juntos, sigo pensando igual que cuando rechacé su invitación... “¡Venite acá conmigo!”, me dijo –repitió imitando aquel tono de superación en la voz-. Cuando le respondí que no, me exigió que le explicara por qué no, que le diera una razón válida... Porque somos muy inestables y no quiero no tener donde vivir cuando me eches después de nuestra primera pelea a los tres días de haberme mudado, le justifiqué y le pregunté si con eso le alcanzaba... Supongo que con su silencio me dio la razón... Estoy segura de que para él también fue un alivio. Siempre decía que nosotros la habíamos pifiado porque creía que las minas turras como yo, como me calificaba, tenían que buscarse a tipos buenos, y agregaba que los hombres jodidos como él tenían que salir con chicas calladitas...
-... Yo sé que ella es buena mina aunque a veces sea una hija de puta... –le reconoció a su amigo y le pareció verla entrar al baño y...
-¿Me puedo duchar con vos?
-¡Dale, metete que el agua está bárbara...! ¡Dejame que te lave el pelo!
-¡No, salí que siempre me dejás shampoo, no lo sabés enjuagar!
-¡Sos una malagradecida!
-Y vos un inútil... –le respondió desaprobándolo como ayudante de peluquero a la vez que iniciaba las exploraciones incitando sus cualidades como amante-. Gervasio, ¿qué harías si yo pusiera mi vida en tus manos? –le preguntó enseguida con una voz dulce y romántica.
-¿De verdad harías éso?
-¡No, ni en pedo!
-Entonces, ¿para qué preguntás, forra?
-¡Para joder!
-Esta noche se parece a vos... –dijo con tono confuso.
-¿Por...? –preguntó bastante entusiasmada.
-¡Es una mierda! –respondió para contraatacar.
-No sé qué explicación darle a lo que nos pasa... ¿Por qué queriéndonos tanto nos lastimamos así? –se preguntó a sí misma-. Nosotros nos distanciamos sin habernos peleado y nos reconciliamos sin la necesidad de amigarnos.
... Tal como sucedió en una mañana plácida entre tantas turbulencias, en que recostados sobre el sillón, ella lo obligó a que le suplicara antes de aceptar prepararle un café.
-No sé dónde guardás las tasas ni dónde está el azúcar...
-Lo sabés perfectamente, conocés cada centímetro de este departamento, vos lo decoraste y lo ordenaste... ¡Por favor que estos son los últimos penales! ¡Te lo ruego mi reina...!
Ese domingo Gervasio había madrugado para ver el partido de fútbol que Boca estaba por ganar.
-Bueno, pero después de que te lo tomes, vos hacés lo que yo te pida... ¡Leeme el diario! Me gusta que me leas…
-Dejame ver el final del partido... ¡Además, no lo compré, todavía no salí!
-¡Te levantaste tan temprano para nada!
-¡Dejame ver los penales! –repitió, ahora sí bastante enojado-. ¡Ahí tenés el de ayer y no me jodas!
-La última vez que discutimos feo, presumiendo de su desinterés por mí, soltó toda clase de frases hirientes, tajantes, criminales –siguió con su terapia.
-¿Y vos qué le dijiste? –la forzó a pensar...
-... Nunca te tengo, siempre te estoy perdiendo... Yo jamás me enamoraría de un cagador como vos.
-Y yo, en la vida te pediría que fueras mi esposa, así que estamos a mano, no te preocupes.
-Sos un conchudo, hijo de la re mil puta.
-¡Qué fina que sos!
-Te puedo insultar en francés, si te gusta más...
-¿Sabés francés? –le preguntó de la nada su psicólogo.
-No, pero él tampoco, le hubiera podido inventar alguna palabra, algún sonido convincente –respondió, y su oyente sonrió como con nostalgia y sin motivo-. Después seguimos insultándonos, le di una cachetada y lo eché... A pesar de todo lo que me hace sufrir, lo amo... Es más, a veces pienso que lo amo porque me hace sufrir –remató.
Los amigos siguieron charlando por un rato largo hasta que ambos notaron llegar la noche, una noche abierta como los ojos de la mujer que amaba cuando ella le decía que no lo quería. Seguro de desechar aquel lujo de servirse el mejor plato del menú, le juró a Leonardo que se iba a olvidar de Constantina.
-Por supuesto... –agregó el otro después de venir oyendo esa frase toda la vida, sabiendo que no podía ser más que un anhelo, pura mentira-. Vos y yo sabemos que no la vas a dejar... Se aman y no todo fue tan malo...
-Sí, ya sé... Fueron más los tiempos de mierda, sí, pero los buenos fueron demasiado buenos...
-¡Llamala, no sabés la carita que tenía cuando se fue! ¡Llamala, no seas boludo, no te la pierdas, esa tipa te quiere!
-¡Está loca!
-Por eso, te quiere.
Decidida a no volver a comer por ahí. A no comer, no saborearse, no emborracharse, a no relamerse, a no chuparse los dedos, a no... Cuando el Licenciado le abría la puerta, pensó en ayunar hasta dejarse morir.
-No lo voy a volver a ver más –le dijo a Lisandro que sabía un poco de promesas olvidadas.
Constantina dejó la sesión y en el ascensor se encontró con un mensaje en su celular. Reaparecieron las sonrisas. Se renovaron los gestos de ansiedad. Corrió por el pasillo hasta su departamento para dejar atrás los contratiempos que su ausencia le provocaba. Todavía tenía que cambiarse de ropa lo más rápido posible para ir a arremolinarse entre los brazos de Gervasio, que le aseguró que la iba a estar esperando en algún refugio de esta ciudad travestida en paraíso.
la plata, 2005
domingo, 13 de diciembre de 2009
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