reencontrando amores
-Si no fuera porque usted tiene el pelo mucho más claro, juraría que es idéntica a una chica que conozco... –él, le habló casi al oído.
-Ay, ay, ay... Rigo, ¿no sabías que las mujeres nos teñimos el pelo...? –respondió Victorina al darse vuelta. Con ojos habituados a no verlo, no le costó reconocerlo.
Marzo duplicó el calor de enero y febrero, en esos momentos las tres cuarta parte de los campos del país padecían víctimas de una cruel sequía, la más feroz en años. El aire acondicionado del Banco en el que se encontraron, imitaba la frescura de un paraíso lejano.
-... Ahora no puedo aceptarte el café, estoy llegando tarde, pero mañana con todo gusto... –le aseguró ella.
-Esperá un minuto, nena... –todavía algo sofocado, ansioso por los chapuzones de anécdotas que lo inundaban.
-¿Qué?
-¿Cómo arreglamos, no tengo forma de comunicarme con vos...?
-Pasá a buscarme a las dos por la facultad –casi le ordenó después de tanto tiempo.
-¿Todavía no la terminaste?
-Ahora doy clases... –le confirmó saboreando los recuerdos.
El asfalto por donde pisaba se agrietaba. “¡Victorina!”, volvió a llamarla. Ella se dio vuelta una vez más, “te queda bien el pelo así”, le dijo al verla alejarse mezclándose con el gentío acalorado.
Cuando se conocieron, llovía a cántaros, tanto, que en una hora se habían inundado todas las calles de la ciudad. A lo largo de una semana se vivió la misma rutina de agua, humedad y relámpagos. Aquella tarde, había habido un choque en 7 y 48, Rigo que por entonces empezaba a dar sus primeros pasos como fotógrafo de un diario local, tuvo que encargarse de las imágenes de hierro retorcido entre la carne de los muertos; de los dos autos, no había quedado ningún sobreviviente. Inexperto, buscaba ángulos favorables, rotaba la máquina, se movía él, hasta que de pronto, una chica lo empujó, lo mandó a parar boca abajo sobre un charco, con la cámara deshaciéndose en pedazos entre sus manos. Victorina estaba demasiado apurada como para prestar atención por dónde caminaba, llegaba tarde a un parcial.
Por suerte, su profesor había quedado atascado en otra esquina, tal como les contó, el agua se le empezaba a filtrar entre las hendiduras del coche, cuando se resignó hacer a pie las cuadras que le faltaban, notó que la inundación le llegaba hasta las rodillas. Ella rindió su examen y al salir, explorando su paraguas maltrecho, observó por primera vez el rostro furioso del tipo al que había derribado. Rigo, después de comprar una pocket en un kiosco y llevar el rollo al diario, había vuelto al edificio de la facultad para desquitar su ira con la loquita que ni siquiera le había pedido perdón. Su idea era insultarla de arriba a abajo, podría haber perdido su reciente empleo por su culpa, y reclamarle, además, por la destrucción de su cámara.
-Mirá, plata no tengo, así que aceptá mis disculpas y rajá de acá... –le dijo ella que hacía esfuerzos descomunales para que el viento de la esquina no la arrastrara en su nueva tempestad-. ¡Y basta de hacer tanto escándalo...! Es una cámara de fotos, nada más...
-Era, porque la arruinaste. ¡Me cagaste mi fuente de trabajo!
-Lindo, escuchame una cosita: nada que se pueda comprar tiene verdadero valor...
-Ay, dios, nena, en esta vida todo se puede comprar... ¿De veras que no te alcanza ni para unos cafés? –le preguntó ya sin rabia, después de haberse detenido a examinarla... pensando en esos labios heridos por el frío irrespetuoso; disolviéndose bajo la tormenta, noto que la lluvia caía con más intensidad que nunca.
-No –le aseguró al revisar las monedas del bolsillo de la campera.
-Yo me pago el mío...
En el bar desbordado de gente que escapaba de los chaparrones, tomaron por asalto una mesa vacía. Todos allí esperaban que el aguacero se apaciguara un poco para volver a salir, hasta que se fueron cansando y, resignados, lo enfrentaron algunos con más dignidad que otros... Pero llegó un momento en que ellos ya no se acordaron de la lluvia.
Después de unos días, la ciudad se encontró con un panorama curioso y deprimente. En cada basurero se podían observar paraguas desechos, abandonados por sus dueños que iban dejándolos a su paso como señal de inutilidad. Sólo quedaron en pie unos cuantos árboles temerarios.
Una vez que sucedió aquéllo, el otoño se aplacó, sólo persistía un olor a tormenta lejana. Mientras que Victorina cursaba su segundo año de la Licenciatura en Semiología, Rigo andaba a las corridas fotografiando con una cámara barata historias ajenas, retratando aromas que el jefe de redacción del diario le indicaba. Hicieron una buena dupla, al menos durante el tiempo en que estuvieron juntos, no más de cuatro años. A pesar de sus obligaciones, se las arreglaban para tener días perdidos, haciendo de todo, nada útil; los ratos más espléndidos de sus vidas. ¡Con tantas horas huecas, vacías, libres...! Tardes dormidas. Se fueron convirtiendo en los protagonistas de un mundo con reglas propias, exclusivas; eran ellos y un gran elenco que los rodeaba, pero que no importaban en verdad. Diseñadores urbanos de su universo personal... Su ciudad era el mundo.
Rigo era el tipo más exigente, con los sentimientos anestesiados, hermético y demandante. “Vos de qué te quejás, si en vez de tener materia gris, en tu cabeza hay C 4”, se justificaba él. Cuando no tenían sus labios ocupados, se peleaban, era la segunda cosa que más disfrutaban de su historia. “No me gusta que me niegues tu boca”, le habló Victorina una tarde en plan de reconciliación, “tal vez sea verdad eso que siempre me decís, que soy una jodida, pero te amo más que a nada en el mundo...”, y como por arte de magia, las diferencias que, nunca eran relevantes, quedaban superadas.
Al cabo de más de tres años, las discusiones seguían siendo por las mismas estupideces, qué cenaban, por qué no se le ocurría –a él- alquilar un departamentito para vivir juntos, por qué no se ponía de una vez por todas –ella- las pilas con los estudios, que no tenía ganas de ir a lo de los viejos de ella, que si siempre era necesario que siempre saliera con sus amigos... Maravillosas boludeces que, así como al principio les daban motivos para amigarse, a esa altura los empezaba a aburrir; en medio de una hambruna de besos, aturdidos, fueron notando que la rutina los había masticado.
El último día de su relación, cuando Rigo la alcanzó hasta su casa en el autito usado y destartalado que se había comprado al precio de una pichanga, no tenían de qué hablar. ¡Todo lo que terminó ese día... y todo lo que dejaban atrás! Ella estudiaba minuciosamente el osito que se tambaleaba desde el espejo retrovisor; una tierna imitación de barrabrava xeneize de peluche. Antes de bajarse, Victorina sólo le preguntó: “decime esto último, ¿no me querés más?”. Ese mismo anochecer, se clausuró otra iglesia desahuciada.
Puntual, como nunca se había molestado en ser, a las dos y cinco, la vio descender las escaleras del edificio de Humanidades, parecía que flotaba sobre los escalones y la gente.
-¿Vivís por acá cerca? –le preguntó después de besarlo casi en la boca.
-Acá nomás, en 10 y 45, a mitad de cuadra...
A pesar de los rayos fulminantes del sol, casi injuriosos, caminaron. Victorina vigilaba al pasar las vidrieras de todos los negocios. Se acercaba a aquellos ojos, los ojos con los que Rigo solía iluminar el pavimento, cada esquina. Repasando mentalmente, sin la necesidad de mencionar todas las cosas perdidas, cuando el pasado era diferente, interminable. Rigo la examinaba buscando encontrar en ella alguna señal del paso del tiempo, como una forma de mimar a la memoria; no halló nada excepto una alianza en su dedo.
A penas prendió la luz del comedor, encendió el ventilador de techo, no le preguntó qué quería tomar, sencillamente se mandó para la cocina a poner el agua para unos mates. Ella adoraba tomar mate y él estaba dispuesto a darle todos los gustos.
-Bueno, contame de tu vida –empezó Rigo-, ¿qué es eso de dar clases?, ¿cómo hacés con tu paciencia cero?
-Y... la necesidad obliga... –y le sonrió-. Igual, te digo que soy bastante buena...
-Eso no lo pongo en dudas...
-A parte, estoy trabajando en una agencia de publicidad.
-¡Ah, mirá que bien...! –dijo, aunque nada de su aspecto profesional le interesara-. ¿Y eso, desde cuándo lo usás? –la interrogó señalándole el anillo y alcanzándole un mate.
-Hace dos años, estoy casada con el mejor hombre del mundo...
-¡Qué raro, siempre te gustaron los tipos malos como yo...! –comentó en broma.
-Ay, guarda, ¿quién te creíste que sos, Clint Eastwood? –le siguió la corriente.
-¿Tenés hijos? –cambió de tema, era conciente de que en el juego dialéctico iba a perder.
-No, todavía no, pero estamos analizándolo...
-Serías una buena madre –le aseguró-. Tengo que contarte algo... Me estoy por casar, sabés...
-¿Y, qué tal es la afortunada?
-Es un sol, pura ternura... Igualita a vos...
-¡Qué gracioso! ¿Y siendo tan santa, cómo te soporta, a vos y a tus manías?
-Porque me adora.
-Bueno, me alegro... –reveló, lejos de mentirle.
Para esto, sus manos experimentadas ya no les pertenecían, eran totalmente ajenas a ellos. Sin permiso recorrían todas sus superficies. Tan conocedores del otro, llenos de caricias a estrenar. Un exhaustivo allanamiento de cada huella. Pruebas de una vida pasada, compartida en otro siglo.
-¿Seguís haciendo la especialidad de la casa, ésa que siempre tanto me enloquecía? –le preguntó obscena.
-Cada vez me sale mejor...
-Hmm, se me hace agua la boca...
-¿La boca?
Después de semanas enteras de desenfreno, ninguno de los dos sufrió de remordimientos ni de culpas. Volvieron a conquistar un mundo en el que sólo ellos habitaban, protagonistas improvisados de una historia que adoraban: su historia juntos. Con todas sus experiencias, varias juventudes vividas a la vez, como recopiladas... Sin extras ni reparto, se sentían únicos e insuperables. Sin dudas hacían una buena dupla.
-... Somos tal para cual... –sentenció Rigo.
-Sí, dos hijos de putas –agregó ella antes de decidirse a abandonar el departamento de él.
-¿De qué te reís? –un rato antes ella había interrumpido sus divagues.
-Me acordaba de las cosas que hacíamos juntos... todas las pavadas... ¡Y, éramos chicos...!
-No, tesoro, yo era pendeja, vos estabas bastante grandecito...
-¿Cómo te va en tu matrimonio? –le preguntó después.
-Genial.
-Tan bien no te ha de ir porque si no, no estarías acá...
-Es que una cosa no tiene que ver con la otra, si no, no te casaría en diez días... –y ella volvía a tener razón-. ¿Qué querés que les regale?
-¿Qué? –le repreguntó a la huésped de lujo de su cama.
-Para el casamiento... ¿qué les hace falta?
-Nada, vamos a vivir en lo de ella, tenemos todo...
-¿Y qué vas a hacer con esto? –refiriéndose al departamento.
-Nada, acá tengo el estudio de fotografía... y acá voy a seguir teniéndote a vos... Somos tal para cual... –sentenció Rigo.
-Sí, dos hijos de putas –confirmó ella, después lo besó y se fue.
La boda fue hermosa, al menos eso dijeron los que asistieron. En el tiempo que duró la luna de miel en Bariloche, Victorina siguió enfrentando su rutina como si nada, como si jamás se hubiera vuelto a encontrar con el tipo que la estaba extrañando mientras paseaba por los Arrayanes.
-¿Vos estás bien? ¿Te pasa algo mi amor? –le preguntó su marido, una rara noche, extrañado porque ella no reaccionó efusiva ni alegre cuando le entregó un collarcito precioso que le había comprado.
-No, mi vida, estoy cansada... –se excusó.
-¡Fijate lo mal que estarás que ya no te interesan los regalos! –bromeó para levantarle el ánimo.
-Es que estuve corrigiendo todo el día... Alcanzame el protector... –le pidió dispuesta a dormirse-. ¡Salí, dame...! ¡No juegues con eso!
-¡Parecés una boxeadora fea!
-Y vos un estúpido... –le contestó con el protector bucal ya puesto.
-¡Encima, no se te entiende nada de lo que decís! ¡Parece que tuvieras una papa en la boca! ¡Además te hace babear!
-... Pero no tengo una papa –lo interrumpió-, tengo mi placa de bruxismo...
-Yo no sabía esto cuando me casé con vos... –dijo en tono de chiste.
-Antes de conocerte no era una persona nerviosa...
-¡Ah, ahora todo es culpa mía!
-¡Andá a cagar...!
-Era una broma, no pensé que lo ibas a tomar tan mal.
-No, disculpame... no es tu culpa... No sé que me pasa... ¿Me perdonás? ¡Hagamos el amor! –y se sacó el protector.
Por supuesto que nada tenía que ver su malhumor con los exámenes de sus alumnos. Pasaba que, según sus cálculos, Rigo debía haber vuelto de su viaje hacía cuatro días, y ella aún no había tenido noticias de él. Se resignó a adaptarse a la vida que llevaba hasta aquel mediodía, el más caluroso del año, en el que los transeúntes entraban al Banco para recuperar el aliento.
A las dos y diez, cuando terminaba con sus obligaciones, lo vio paradito como un aprendiz de granadero esperando distinguir su cara entre las personas que se interponían en su campo visual. “¿Vamos, señora?”, le preguntó bajito. No volvieron a hablar hasta después de un rato largo; era que tenían sus bocas demasiado distraídas como para perder el tiempo en paladear palabras.
-¿A quién le robaste esa sonrisa? –dijo él.
-¡A nadie! –respondió como haciéndose la ofendida-. ¡Pago puntualmente los derechos! –y volvió a reír...
-¿Estás bien, estás cómoda? –preguntó, porque la notaba rara...
-Siempre estuve cómoda en tu cama.
-Sabés una cosa, todos esos años que pasamos separados... viví acordándome de vos. De todo lo que hicimos, de lo que dejamos de hacer, de las cosas que nos decíamos, de lo que compartimos...
-¿Te me estás poniendo melancólico o me parece a mi...? ¿Qué le pasó al hombre insensible que conocí...? ¿Se puso viejo, acaso?
-Te ama, este tipo te ama demasiado, más que antes porque ahora no te tengo... Te amo –juró y chocó con el silencio de Victorina-. ¿No tendría que haber dicho eso, no? Con vos siempre digo las palabras equivocadas, como cuando te respondí que ya no te quería más y después te fuiste.
Como un gatillo accionado, todas esas frases conspiraron para despertar un doloroso y extraño sentimiento de culpa desconocido hasta ese momento por Victorina. Igual que cuando se bajó de aquel auto desvencijado, el “te amo”, cálido y sufrido de Rigo, la hirió más aún que el “ya te dejé de querer” de aquel entonces... Aunque se tratasen de nuevas decisiones... ¡El pasado de la gente siempre tenía que ver! ...Como una secuela de ausencias... ¡Siempre las mismas despedidas necesarias!
Cuando llegaron a la puerta de entrada del edificio, ella le estampó un beso magistral, como un souvenir para la memoria, después se marchó. Volvió a su casa, a su marido, a los informes lingüístico-semióticos de las campañas publicitarias, retomó los planes de tener hijos con el hombre más bueno de mundo.
Las siguientes, tardes Rigo volvió a buscarla a la salida de la facultad, nunca la encontró, ni siquiera se dio cuenta de que eran vacaciones de invierno. Dejó de rastrearla. Aprendió a vivir sin ella, como siete años atrás, cuando se había hartado de que Victorina provocara discusiones como una desenfrenada, y tenía el pelo un poco más oscuro. Cambió de Banco cuando su flamante esposa le dio la noticia de que iba a ser papá. Entre la felicidad y el castigo del olvido, fueron sentenciados al recuerdo.
desnudando estrategias
Se imaginaba que Salvador también estaría invitado al cumpleaños, lo que no esperaba era encontrarlo tan íntegramente comestible. Le entregó la billetera que le compró a Héctor, saludó tibiamente al resto de la gente y se sentó lo más lejos que pudo de la comida; para no tentarse.
Los sábados, Fermina sólo trabajaba hasta el mediodía, por eso fue que aprovechó la tarde para buscar un lindo regalo y comprarse para ella la ropa que estrenaba esa misma noche: una pollera con una remera que combinaban a las mil maravillas.
Por unos minutos especuló por dónde podría comenzar a despedazar a Salvador; tal vez fueran sus ojos, esos que la vigilaban con tanto desprecio... “Se los quitaría, los estudiaría con esmero y cierta meticulosidad para finalmente jugar con ellos a la bolita...”. ¡Sus ojos no se los comería! Realmente detestaba a Salvador, la persona más odiosa que conoció en los últimos tiempos.
La fiesta transcurrió sin sobresaltos a pesar del abrumador alcohol. Fermina prefirió dejar pasar de largo la bandeja con porciones de torta que, antes de ser cortada, lucía espléndida y orgullosa un escudo gigante de Boca; bien podría haber sido la torta de un nene de diez años.
Salvador renegó un poco, sólo lo necesario, de que su celular no tuviese señal en el noventa por ciento de los lugares cerrados. Se resignó a tener que salir a la calle para intentar capturar un taxi libre.
-... Porque esta ciudad está llena de taxis, pero cuando necesitás uno, es como si se evaporaran en el pavimento –expuso, decidido a largarse a la travesía.
-¿Y tu auto? –le preguntó Héctor, ingenuo por el olvido y los brindis.
-En el taller, se me rompió hace tres días...
-¿Para dónde vas? –soltó Fermina.
-Para mi casa... en 10 y 45.
-Yo puedo llevarte, no me desvía mucho –sugirió ella, amable y atípica.
A lo largo de los dos años que llevaban trabajando juntos en la óptica, sólo desplegaron una relación basada en odios y envidias.
-¡Ésta es capaz de chocar con tal de hacerme mierda! –dijo a modo de sí, gracias, llevame a mi casa.
-No te preocupes, no arruinaría mi auto por vos –retrucó, y todo volvió a la normalidad.
Un cielo que titilaba se abrió sobre ellos cuando enfrentaron la calidez de la calle. Casas silenciosas. Un desierto de asfalto.
-¿Hasta dónde vas exactamente?
-10 entre 45 y 46, justo a mitad de cuadra... ¡Conste que estoy dejando que me alcances pero vos tenés que aceptar tomar un café conmigo, no quiero deberte ningún favor, ¿estamos?!
Salvador se puso el cinturón de seguridad, tironeó de la correa, constató que tuviera resistencia. Fermina arrancó el auto.
-¿Sabes manejar bien, no? ¿Hace cuánto que tenés el registro?
Ella conducía, no se molestó en contestarle, eso sí, cada tanto lo miraba brevemente con rabia, tal vez relamiéndose.
-¡Tenés seguro me imagino! ¿Alguna vez chocaste?
Lo oía y se sentía otra vez con dieciocho años, en la época en que su noviecito le enseñaba a manejar... “¡Dieciocho años de nuevo!”.
-¡Cuidado con ese taxi!
-Bueno, basta. ¡Te callás o te bajás! –le advirtió finalmente, y el resto del viaje fue en sumo silencio.
-Es acá a media cuadra, en el edificio –se sacó el cinturón y bajó-. ¿Qué te quedás ahí? ¡Vamos a tomar el café que te debo!
-¿Si acepto pasar, vas a pensar que quiero abusarme de vos? –expresó ella, saboreando el café prometido.
-¿Te querés aprovechar de mí?
-Si tenés suerte, en la próxima vida...
-Sentate, ponete cómoda... No sé si será como el café que le preparás a tu jefe, pero supongo que está rico –dijo, y se sentó en el sillón de enfrente a ella, un mundo separado por una mesa ratona.
-Sí, está tomable –estimó después de probarlo.
-¿Qué más le hacés a tu jefe? –largó sin vueltas, con la diplomacia de un terrorista.
-¿Cómo? –preguntó algo así como ofendida.
-¡Vamos, si todo el mundo sabe que sos una secretaria todo terreno!
-¡Yo soy una chica decente...! –replicó sin la convicción necesaria.
-Serás una chica histérica, en todo caso...
-¿Por qué? –cuestionó Fermina como si no lo supiera.
-Porque te pasaste toda la noche provocándome, moviéndome el orto...
-¿Pensabas que era para vos? ¡No querido, yo le muevo el culo a medio mundo! –le soltó impúdica, avasallante, como si no supiera de ausencias.
-Una puta histérica, entonces... ¡Me comías con ojos, si me desnudabas con la mirada!
-¡Las ganas que tenés te provocan visiones! ¿Quién te creíste que sos, el galán de América?
-De América no, pero de La Plata, podría ser... No por nada soy el vendedor más codiciado... –aseguró Salvador.
-Ja, ja –articuló sin esmero-. Sabés qué, mejor me voy, me va a hacer mal reírme tanto...
-¡Muy bien, te acompaño!
Prácticamente al mismo tiempo, Fermina y Salvador, ella un pelín antes, se pararon desganados, delatándose.
-Reconocé que en la fiesta te estabas regalando –pronunció a la vez que abría la puerta.
-¡Me parece que sos demasiado imaginativo, vos! –y se fue.
-Muy bien, nos vemos el lunes, entonces.
Salvador se sentó, se tiró en el sillón. A los pocos minutos, no más de seis, se tuvo que levantar para responder al llamado del timbre.
-¡Abajo está cerrado con llave! –anunció Fermina, como si él no estuviese al tanto.
-Pensé que te habías arrepentido.
-Yo nunca me arrepiento de nada...
-¡Ay, guarda! Dale, vamos...
-... Si me soltaras podría salir... –dijo ella, y él cerró la puerta con ellos aún dentro del departamento-. Me quiero ir, soltame.
-¡Andate!
-No puedo, si no me dejás...
-Decime que te coja...
-Dejame ir...
-Si te morís de ganas...
-No, quiero irme a mi casa...
-¡Pedime que te la ponga! ¡Mirá cómo estás! Sos una necia, ¿por qué tu boca dice una cosa y el resto de tu cuerpo otra?
-Pará. Basta. Soltame
-¡Mirá cómo te ponés!
-¡Basta...! ¡Cojamos!
-¡Parece que tenías hambre...! Hiciste desaparecer todas las tostadas...
-Coger me da hambre, ¿a vos no?
-No. Coger me da ganas de seguir cogiendo.
Mientras tanto, la tele hablaba del fuego de los nocturnos habitantes más incivilizados y dignos de Europa.
-... No sé porqué insistís con lo mismo... Mi jefe me paga por todo lo que me merezco –dijo, intentado desperezarse.
-¿En tu recibo de sueldo vienen discriminados todos los trabajos que hacés para él?
-No sé a lo que te referís, más bien sí sé y dejame que diga –pensó unos segundos-... sólo cobro por ser su secretaria.
-¿Lo otro lo hacés gratis?
-No hay “lo otro”, aunque te cueste creerlo...
-¿Y si lo hubiera, me lo dirías?
-Por qué no, no sos mi novio...
-¡Vení, ponete acá! Mirate, tanto histeriqueo para que termines así...
-No seas fanfarrón, por favor te lo pido.
-¡Vas a tener que hacerme callar!
-Bueno, eso es fácil...
-¡No sabía que las chicas decentes hacían estas cosas!
-¡No te pongas nervioso que te va a gustar!
-¿Te molesta?
-¿Qué cosa? –le respondió Salvador, pretendiendo hacer que no se le había acalambrado el cuerpo de tanto tiempo que pasaron acostados.
-Que me duelan los ovarios... Debés estar pensando: justo ahora que logré llevármela a la cama, tenerla desnuda, a ésta le vienen a doler los ovarios...
-Tenés puesta mi remera así que no estás desnuda... ¿Tomaste algo?
-No. ¿No me traés la cartera?
-Acá tenés –dijo él, agradecido de haber podido estirar sus músculos.
-¿Me traés agua...? –revolvió y sacó de un monederito una tableta de algo. Tragó.
-¿Qué otras cosas tenés en esa carterita?
-Nada más, pero analgésicos y forros nunca me faltan...
-Una chica siempre dispuesta...
-Más bien desconfiada y responsable. ¿No me abrazás?
-Se va a poner celoso tu jefe si se entera...
-También es tu jefe...
-Pero yo no soy su secretaria privada y no es a mí a quien quiere voltear...
-A mí me querrá levantar el dueño de la óptica pero a vos te buscan todas las viejas alzadas que no ven una mierda... Así que no te agrandes... ¡Y después andás haciéndote el fanfarrón por ahí! ¡Eso sí que es estar de últimas! –aseguró Fermina y Salvador volvió a reír aceptando la contundencia de las pruebas.
-Bueno, pero hace aproximadamente veintiséis horas que no te movés de mi cama, así que no te voy a preguntar si la estás pasando bien, porque doy por descontado que algo te gusta...
-¡Muchas cosas me gustan! Empezando por tu pija...
-¡Epa! –la interrumpió-. ¿Así hablan las chicas decentes?
-... Siguiendo por tus manos, pasando por tu boca, sin olvidarme de tus piernas y para terminar, el magnífico culo que tenés...
-Es verdad, pero basta que tenemos que ir a buscarte ropa que mañana hay que trabajar y no pretenderás que te deje ir a la óptica con lo que te pusiste para el cumpleaños... ¡Está bien que todos saben que viniste derechito a encamarte conmigo, pero disimulá un poco!
-¡Qué agrandado que sos!
-¡Cómo si no te gustara!
-Sí, dale vamos que no avisé nada y mi hermano debe estar preocupado...
-¿Tu hermano es de los que se preocupan mucho?
-Lo suficiente...
-¿Me va a querer pegar?
-Está todo bien, no pasa nada... ¡Mi hermano sabe que no soy virgen!
-¡Menos mal! ¿Te gusta el cine?
-¡A todo el mundo le gusta el cine!
-No me interesa lo que gusta al resto del mundo, quiero saber lo que te gusta a vos... –le explicó, mientras la vigilaba tendiendo la cama.
-¡A mí me gusta el cine más que a todo el mundo!
-¡Vayamos al cine, entonces! Mañana a la noche me pasás a buscar... Elegí la película que quieras ver...
-Parece que aprobé el examen de manejo.
-Eso parece...
alimentando costumbres
Aquella nochecita fría de jueves, Mara cerró su pequeño local de bijoux en una galería de 8 y se fue para la casa de su mamá. Su día no había sido agotador, prácticamente no había entrado nadie para comprar... Pero no se lamentó del todo, al menos le sirvió para avanzar unas cuantas páginas en el libro que estaba leyendo.
Pensando en la cena que tenía que preparar, quizás unas milanesas al horno con ensalada o puré, caminó ligera para conseguir hacerle frente dignamente al desafiante viento que castigaba sus párpados. Su madre la recibió con las novedades del jardín de Adela, con un par de bolsas de la verdulería que le había encargado y con el afecto de siempre. Tras su rutina chata, lógicamente invariable, revivió cuando identificó en su pequeña el mismo brillo que tenía la mirada del hombre que amaba. De pronto, sintió que aquel abrazo de Ade, agradecida por unos aritos preciosos que le llevó, rejuveneció unos cuantos años.
Ya, a paso más pausado, caminaron por 48 hacia la calle 10, de ahí para 46 y doblaron cuando llegaron a la esquina; media cuadra más y entraron al edificio. Las cosas que compró para la cena, su cartera nueva, la bolsita cuadriculada azul y blanca del jardín de Ade, y la gruesísima campera, la estorbaron para abrir las cerraduras y el ascensor.
¡Por fin la sede central del Olimpo! Su casa, su castillo, su nido. En medio de su felicidad particular, egoísta, intransferible, empezó a cocinar. Ambas se encargaron de poner la mesa mientras el horno doraba las milanesas. Se creían únicas e insuperables en su universo perlado, como el brillo labial preferido de Mara, ése que siempre terminaba pegoteando el cuello y la oreja de Augusto.
... Augusto, que abrió la puerta algo tímido, indeciso, como si no se animase a entrar. Ella lo retó un poco, en verdad era demasiado tarde. Parado, todavía con la puerta del semipiso entreabierta, les pidió que cerraran sus ojos, “tengo una sorpresa para ustedes”. Las dos obedecieron sin dudarlo, entonces, poco después escucharon la cerradura... Augusto ya había hecho entrar a una bolita de pelo blanco que empezó a inspeccionar el comedor de su nuevo hogar. La cachorrita más chiquita y hermosa del mundo que ladraba suave, acorde a su tamaño, y movía la cola agradecida de la vida. Ade empezó a perseguirla para darle la bienvenida adecuada, Mara permaneció en la entrada de la cocina con la fuente de la ensalada en sus manos; vigilaba y reconocía la dicha de su hija, observaba a Augusto, el hombre más huérfano de responsabilidades. Balbuceó tímidas recriminaciones al ver venir los futuros problemas con el consorcio.
-En el edificio no se aceptan mascotas, el de al lado va a poner el grito en el cielo...
-¿Sabés qué...? ¡Me cago en el consorcio! –le aseguró su marido.
-¡No hables así delante de la nena! –lo volvió a retar como si él también fuera su hijito-. ¡Hay que ponerle un nombre! Por lo menos búsquenle uno que sea lindo –dijo al fin condescendiente con ese hombre y con Adela que ya abrazaba, casi sofocando al animalito.
Empezaron a cenar las milanesas, devorando sus ojos... Sin necesitar algo más que a ellos mismos, nada de lo que fueron perdiendo les resultaba extrañable. Acompañados por la suerte; nunca supieron si era de la buena, aunque poco les importaba si estaban juntos. Eran como niños ávidos por descubrir cada día un nuevo universo, todos los secretos... Sueños mezclados como por un cubilete invisible, tanto, que no lograban distinguir a quién le pertenecía cada uno. Mara sólo discutía por estupideces, Augusto vivía con el mismo ímpetu con que festejaba cada gol, siempre como si fuera el último. Piropos divertidos, tiernos y obscenos, si estaban inspirados. Compensaban ciertos malhumores con halagos. Cada día eran mejores personas.
Emergiendo con cada reencuentro, ¡se sacaron el premio mayor! Conquistadores de un paraíso tan mundano como ellos. Recuperando el hambre con cada comida, todas las ganas... Preparándose para reponerse de la lucha diaria. Gozaban de su normalidad hasta cuando se les notaba la tristeza... Augusto pasaba el parte de las novedades del supermercado, renegando del supervisor, del hábito odioso de tener que obedecer... Mara le recetaba los remedios más efectivos contra el desaliento. En cierta forma se sentían ajenos de aquéllas otras realidades tan hostiles. Cada paso hacia el futuro lo imaginaban tenebroso, amenazador, pero unidos... Con la garantía de felicidad válida para los próximos diez mil años. Sin dejarse asaltar por la nostalgia de la juventud perdida. No se avecinaban ausencias en su pronóstico particular. ¡Historiadores de una escasa eternidad compartida!
En otra vida también se habían enamorado. Después se separaron por dejarse tentar por la fatalidad. Fueron de fracaso en fracaso, constantemente a los tumbos. Se trató de un mientras tanto perdido, demasiado doloroso, tiempo derrochado, una pena insostenible... Y empezaron a envejecer, cada uno a su modo en medio del mundo amargo de las carencias. Lejos de los puchos a medias... Hasta que, el destino compuso su error y les echó una mano el mediodía que los volvió a juntar.
Como si no hubieran tenido pasado, aprovecharon los minutos. Exclusivos decoradores de sus vidas. Augusto ponía la cara por ella. Mara siempre se jugó la piel por ese hombre, reteniendo la imagen de sus rasgos más allá de la fisonomía de todos los tipos que caminaban por la calle. Novios, esposos, compinches, padres, amantes, amigos... Parecería imposible. Deslumbrándose, sorprendiendo el uno al otro, de vez en cuando, a pesar de conocerse tanto.
Nada era grave si Mara respiraba cerca de él, ni siquiera sus mentiras claramente perdonables... “Me quedé sin plata, mi vida”, rezongó, cuando debió confesarle que se había comprado otra cartera. “¡Viste qué rico lo que cociné!”, anunció, cuando realmente, las milanesas las había preparado su mamá... Augusto lo sabía todo, pero no se trataban más que de pavadas que estimulaban sus espléndidas rutinas. ¡La buena vida juntos como ideología!
Despejando las peores contracturas con caricias reparadoras, más que sanadoras, atestiguando que todas las penas eran pasajeras, Mara no sabía cómo no hacerlo feliz. Al igual que un turista descifrando un mapa, Augusto se transformaba en un surtidor de mimos.
-¡Estaba todo muy rico, tesoro, especialmente la gaseosa! –sentenció guiñándole un ojo.
-Ya sé que no era gran cosa...
-¡No, quieta ahí, lavo yo! –exclamó Augusto y ella no insistió.
-Yo te ayudo papi... –agregó Adela, sumándose a la fiesta, y empezó a llevar hasta la cocina los platos, de a uno, como le recomendó su mamá sentada en el sillón, fumando.
Despilfarrando sus energías adorándose; nunca aprendieron a ahorrar. Con el tiempo fueron perdiendo mucho, todo, menos algunas cosas... Lejos de las tristezas y los abandonos de otros siglos, sin recordar antiguas penurias, sus otras vidas; todas las tragedias. ¡Cada día volvían a nacer! ¡Eran tan felices que no llegarían a envejecer nunca!
-¿Y esos aritos? –le preguntó su papá que jugueteaba con la excesiva espuma del detergente.
-Me los regaló mamá, ¿te gustan?
-Son hermosos, no te podrían quedar más bonitos... Y decime, ¿qué te gustó más, mi regalo o el de mami? –le dijo, y vio cómo su hija se quedaba callada frente a semejante compromiso...
-¡No seas hijo de puta, Augusto, que te oí! ¿Cómo le vas a preguntar eso? –gritó, atenta a aquella conversación, desde el living.
-¡Qué boquita, má! –se espantó Adela.
-¡Qué bonito que hables así estando la nena! ¡Viste, hija, con esa boca sucia, mamá le da besos a papá!
-Entre otras cosas, boludo...
-¡Uy, mami dijo boludo!
-¿Necesitan ayuda? –cambió de tema...
-No, tesoro, para nada... –respondió Augusto desagotando la pileta.
-Esta perrita es tan chiquita que voy a tener que cuidarme de no pisarla, con lo torpe y bruta que soy... –reconoció Mara.
-¡Hay que ponerle un nombre! –les recordó Adela.
-Podemos llamarla Princesa... –arrancó él.
-¡Papi, yo soy tu princesa! –le avisó la nena.
-¡No podés cambiar a tu hija por una perra!
-¿A vos sí?
-¡Intentalo! –le advirtió seria para ocultar su tono de voz habitual de bromas privadas…
-Vamos, sigamos buscando... –dijo Augusto-... Chiquita...
-¡Pá, pero un día va a crecer!
-Igual, estos no crecen mucho...
-¡Chiqui, como la Legrand! –lo cargó su mujer.
-¡No sé para qué damos tantas vueltas –reconoció Augusto, buscando roña-, si vamos a terminar diciéndole como te llamo a vos!
-¿Tesoro? –preguntó ingenua.
-¡No, perra!
-¡Qué gracioso! ¡Seguí diciendo esas cosas delante de tu hija, nomás!
-Ya tengo el nombre... –anunció él con bombos y platillos-... ¡Nana!
-Ah, sí, ¿y a vos cómo te tenemos que llamar, Peter Pan? –burlándose-. ¡Seguí participando, mejor! ¡Menos mal que es una perrita sola! Llamémosla Pimpollo...
-¿Qué, vamos a poner una florería? ¿A vos no se te ocurre ninguno, princesita?
-¡Pupi! –respondió Adela.
-¡No, ése no me gusta!
-¡No pelees a la nena, grandulón! –gritó de nuevo Mara-. ¡Llámenla Ovejita! –remató, sin intenciones de pararse para preparar mate, como a ella le gustaba o café, como siempre prefería Augusto. Los vio acercarse empapados de agua y espuma.
-¡No, mami ése es feo!
-¡Mejor, podemos ponerle, Bostera! –sugirió él.
-¡Sobre mi cadáver! –reaccionó su mujer.
-¡Ade, contale a mamá de qué cuadro sos!
-De Boca, como mi papi –respondió segura, mientras dejaba que Mara despejara los mechones de pelo húmedo de su bonito rostro.
-¡A ver cuándo tenemos el varoncito para que se vuelva loco por su mamá! –y alzó a su niñita, a la que ya le había puesto su pijama, y la recostó sobre ella.
-¡No te pongas celosa, tesoro! –besándola-. ¿No hay lugarcito para mí en este sillón? ¡Ocuparon todo, entre ustedes dos y la perrita, no tengo donde sentarme!
-¡Vení acá, papi!
-¡Sí, venía acá papito!
-¡Te quiero mucho pá! –abrazándolo con su poca, con toda su fuerza.
-¡Ay, cómo adora esta nena a su papá! ¡Ade sí que es una nena inteligente, aunque sea de Boca!
Manos que rozaban un futuro previsible, uno donde proliferarán tantas risas contagiadas. En la feria, habitualmente les iba mal, pero todo lo adverso lo compensaban con su extenso catálogo de madrugadas estupendas, cada noche perpetua. Embistiendo contra la realidad con las caricias más efectivas, con la espesura de sus besos. ¡Dichosos anónimos populares!
Al rato, Ade se quedó dormida entre los dos. Augusto la alzó y la recostó más allá en el sofá. Se fue acercando todo lo posible a su mujer, cobijándose en ella, degustando próximos placeres. La ternura que drenaba por sus pellejos. Algo intimidados por los ojos de la cachorrita sin nombre que no dejaba de vigilarlos, relucientes, con todo su afecto infinito.
Jugando con sus sueños... Poniéndolos casi todo el tiempo patas para arriba... Siempre preservándose, confiando. Augusto tenía la facultad de bajarla a la tierra y contaba con el talento suficiente para hacerla volar. Mara besaba sus pies para que contuviera sus delirios. Interpretando cada gesto, todos los guiños...
-¡Se parece tanto a vos, es tan linda! –aseguró embobado contemplando cada detalle del rostro de su hija-. ¡Voy a tener que andar con un chumbo cuando crezca! ¡Tengo que empezar a ponerme firme desde ahora para que no salga tan atorrantita como la madre!
-¡Cómo si no te gustara que sea atorranta!
Se quedaron mirándose por un tiempo, ninguno supo cuánto, volviéndose a enamorar, adorando el hábito de tenerse... Contribuyendo con sus anhelos, estirando los sueños comunes, tan parecidos. La cercanía los hacía pequeños, usufructuando el derecho de disfrutar de la vida, con la obligación mutua de hacerse felices... ¡Gozando de aquel esfuerzo, cada delicia...!
-Te deseo tanto como si no fueras mío...
-¡A la mierda, me case con una poeta...!
Dócil, Adela se dejó acostar en su cama, y tapada, durmió toda la noche sin notar que su perrita se había colado entre sus frazadas. En su habitación, la trinchera más apacible hecha a la medida de ambos, afrontaron el frío con mimos inaugurales, casi inéditos, más allá de alguna versión pirata que ya conocían. Besos exquisitos, todo lo que necesitaban sus ojos, las ternuras más cotidianas. Bocas que sabían pedir lo que deseaban. Manos humectadas con la piel del otro. Con artilugios para complacerse, sabían lo que era bueno en esta vida, desperezando festejos repetidos. Incorregibles, descomunales... ¡Tan corrientemente felices!
-Mi vida, estuve pensando que el sábado a la tarde podemos dejar a Ade con mi vieja y nosotros podríamos ir al cine... Después, comemos algo por ahí... Y después, hmm, nos vamos a putanear... ¿Qué te parece?
-¡Maravilloso, si no fuera que este sábado me toca trabajar todo el día! –le respondió, desilusionándola.
-No, no, no me digas eso... Es muy injusto, no quiero, no hay derecho... ¡Es una inmoralidad!
-Es verdad, pero, ¿qué se le va a hacer? –abatido por lo tentadora de la propuesta fallida.
-¡Ufa, cómo trabaja mi maridito! –dijo, socarrona, para levantarle el ánimo-. Se merece unas buenas vacaciones, ¿qué tal Venecia, mi vida?
-Y... es una interesante opción... ¿Lo vas a pagar vos?
-¡Ni en dos vidas, juntando nuestros ingresos íntegros nos alcanzaría! –aseguró al hacer cuentas, riendo, besándolo, consintiéndose.
-Bueno, si no nos da para el carnaval de Venecia, vayamos al de Gualeguaychú...
-¡Qué hijo de puta! –soltó sin poder dejar de reír...
Guiándose por terrenos seguros, Augusto la resguardaba, y ella estimulaba la imaginación de ambos, sin dejarse distraer por la fortuna que nunca hicieron, salvo la de sus carcajadas. Exiliados de pudores, entendiendo sus miradas generosas, un mundo temblando a sus pies...
-¿Por qué la hiciste Boca? –lamentándose, retomó aquel tema que la intranquilizaba.
-Porque Dios es de Boca y ayuda para que los chicos buenos sean bosteros...
-Entonces, si Dios es de Boca, ¿por qué perdieron la otra noche?
-Porque Dios tiene que aparentar que es imparcial... A parte, otra cosa, Ade es viva y sabe que Boca es lo más grande del mundo...
-No, River es lo más grande lejos...
-¿Ah, sí? ¿Estás segura?
-¡Por supuesto!
-Lejos, podrá ser, porque acá deja mucho que desear... Además si es como vos decís, vas a poder explicarme este detalle, tesoro: a River le canta Copani y Sabina compone canciones en honor a Boca... ¡No se entiende que tu equipo sea el más grande!
-¡Ésa es una pavada! –ofendida por semejante prueba.
-Además, Ade es de Boca como su papá al que ama...
-A mí también me ama...
-A mí me ama más... –con tono competitivo.
-No, yo te amo más –y sin dudas, lo hizo callar.
Sus logros eran demasiado insignificantes ante tantos avatares... Inmortales en medio de una noche hecha para sus manos.
-¿Te molesta, mi vida, si leo un ratito antes de dormir? –le preguntó.
-No, si me dejás espiar.
... Y Mara retomó la continuidad de su libro... Augusto se encargó de que no fueran más de un par de páginas, respiró la fragancia de su cuello, y ella se quejó por no poder concentrarse...
-Según ese libro, ¿cuál sería el castigo que merezco? –especuló-. ¿A qué parte del infierno me mandarían?
-Hmm... Dejame pensar... Creo que con soportarme a mí por toda la eternidad, sería suficiente...
Despilfarrando las sonrisas de una dicha simple, cotidiana, valorada día tras día, en todos sus actos. Apabullados por las evidencias de una vida ciertamente corriente, hasta mediocre, como la de cualquier otra persona que despreciaría su realidad por vulgar; para ellos no era más que la suma de pequeñas e ínfimas alegrías... Y fueron concientes de ello en plena noche, ésa, tan amplia como la cama que compartían.
Con el libro abierto de par en par, con cara de concentrada seguía el curso de las letras, como si se tratara del camino más sinuoso para esas horas. Vigilándola, con sus ojos derramados sobre ella, convulsionaba sus sentidos. Augusto le cerró el libro asegurándose de que un señalador resguardara la página inconclusa...
-Venía acá... –le pidió él.
-¿Qué, esta noche también me vas a dejar debiendo una...? –le preguntó un poquito defraudada.
-¡Cobrame con intereses!
-¡Esa no es mala idea!
-A la perrita podríamos ponerle Titina –le dijo Augusto al rato.
-No, mi vida, Titina suena a Vitina y Ade la odia... ¿Qué te parece Pompon?
-¡Muy masculino! ¡Divina, como el título de...!
-¡Divina Gloria! –lo interrumpió, desaprobándolo al instante.
-Bueno, entonces podría ser... Linda...
-¡Esforzate un poco más, mi amor, yo sé que podés! ¿Y Belleza, no te gusta?
-Es muy abstracto... ¡Tesoro!
-¡No, estás loco! ¡Otra vez con lo mismo! –algo molesta-. ¡Tesoro soy yo! No quiero confusiones, me muero si una noche decís: “Tesoro vamos a la cama”, y cuando voy, encuentro a la perrita... ¡No, buscá otro!
-¡Bombón!
-¡Me la voy a terminar comiendo!
-¡Pichichu!
-No es original... ¡Ponele Blanca!
-¡No, mi tía se llama Blanca! Pero... Lulú está bueno.
-¡Lulú es nombre de puta!
-¡Perlita!
-Es nombre de vieja...
-¡Bolita!
-Es muy indefinido... ¿Y Argentina?
-¿Me estás cargando? –preguntó, pensando que Mara le estaba tomando el pelo-. ¡Es demasiado patriótico!
-¿Y Abril?
-¡No, estamos en agosto!
-Bueno, entonces, que se llame Agosta...
-¡No, salí de acá, suena asqueroso! –y siguió reflexionando-. ¿Cielo?
-¡Ni aunque me tortures! –aseguró seria y su marido sabía porqué lo decía.
-¡Muñeca!
-¡Otra vez con lo mismo! ¡Yo soy tu muñeca! Hasta con mi hija te comparto, pero con un animal, no...
-Sí, es cierto, vos sos mi muñeca... inflable...
-¡No seas ordinario!
-¡Si ahora no está le nena!
-¿Y Nieves? ¿No te gusta Nieves?
-Sí, la verdad... me gusta... ¡Está bueno!
-¡Vos estás bueno! –dejando de lado todos los nombres absurdos.
-Mañana le voy a preguntar a Ade si está de acuerdo...
-¡Le va a encantar, sobre todo si se lo dice su papá...!
camuflando heridas
Por un segundo se la vio venir, cuando escuchó el timbre, no pudo explicarlo, pero sintió que se trataba de Marco. Y era nomás, Marco con su última novia.
-Estoy buscando a tu hermano o al mío, ¿está alguno de los dos? –le preguntó a Elisea, a quien la frase le sonó tan a excusa con nombre propio: Guillermina, la joya a lucir-. ¿Están? –reiteró. La volvió a mirar con los mismos ojos que nunca le decían más que lo necesario.
-Hernán está en la recibida de Francina y mi hermano se está dando una ducha... –contestó al acomodarse en el sillón, haciendo caso omiso a las visitas.
-Lo espero, tengo que hablar con él una cosita. ¡Sentate Guille! –le indico a la otra.
“Una cosita”, pensó Elisea, “¿tan importante es la cosita que se la tiene que decir un viernes a esta hora?”. Y sus ojos se estrellaron sobre el portarretrato que exhibía orgulloso una foto de ambos sonriendo en plena Bombonera. Revolviendo cicatrices, en medio de sus especulaciones, por primera vez en la noche, se lamentó de no haber aceptado la invitación de Nicolás para tomar algo.
La salida de Daniel debería ser importante, si no, no se explicaba que tardase tanto en prepararse. Elisea fue hasta la cocina, sin molestarse en disimular, Marco la siguió.
-¡Mirá que estás linda, eh! –le dijo al verla tragar un vaso enorme de agua.
-¿Te puedo pedir un favor?
-Sí, pero no te abuses que no puedo decirte que no a nada...
-¿Por qué no me dejás de joder?
-Fue un piropo, nada más, no pensé que te iba a molestar tanto...
-Todo lo que venga de vos me molesta... Pero decime algo, porque yo te conozco a vos, ¿qué le viste a esa asquerosa? ...Porque las copetudas así no son tu estilo de mina...
-¿Y cuál es mi estilo? ¿Las putas como vos?
-No sé, podría ser... pero el de esa asquerosa seguro que no... ¿Las putas como yo? –repitió esas palabras y soltó-: Hace mucho tiempo que ya no me afectan tus ofensas... ¡Ahí, lo tenés a mi hermano! ¡Daniel, te busca Marco!
Elisea dejó la cocina para que los dos amigos pudieran hablar, en vez ir a sentarse al living donde quedó estancada la cogotuda de Guillermina, fue a encerrarse al baño empañado. Después de prestarle atención a las preocupaciones de Marco por unos impuestos que le faltaban pagar, lo increpó por la escena que había visto. Sin dudas el planteo tributario podía esperar a mañana o a lo sumo hasta el lunes. Se vio que le molestó que llevara al departamento donde vivía Elisea a su nueva novia, Daniel sabía que su hermana sufría demasiado con esas demostraciones de omnipotencia, ella moría estando sin él.
El departamento de la calle 10 casi 45, tenía dos cuartos, por eso, cuando se sumó Elisea, no le quedó más que el sofá-cama del living. Los tres eran familieros y no concebían vivir en un lugar donde no es oyeran otras voces a parte de las propias, así que, como en los tiempos en que estudiaban, la aceptaron.
Ya, sola, hecha un bollito sobre su sillón, estaba ella que no paraba de hacerse reproches, de lamentarse ni conseguir controlar su llanto. “¡Ojalá nunca te hubiera conocido!”, pensó sin hablar.
Aquéllo fue hace varios años, cuando decidió venir a la ciudad a seguir la carrera de sociología. Su hermano Daniel ya estaba instalado compartiendo gastos con Hernán. En ese entramado encajaba perfectamente el otro, Marco, que visitaba a menudo a su hermano y llegó a entablar una amistad de fierro con Daniel, aunque las cosas se hubiesen puesto feas, sobre todo en la época en que Elisea se convirtió en una sombra que penaba en cada rincón por culpa de “ese mujeriego”.
La cuestión fue que ella se enamoró muchísimo de Marco, “demasiado”, aseguraba Daniel, y jamás se supo claramente si él la quiso a ella. Por esos años no importaba mucho, al poco tiempo de conocerse, Elisea se mudó con Marco para establecerse como una pareja. Duraron algo así como cinco años, bastante si se tenían en cuenta las infidelidades, los trabajos full time y todas las angustias. Para hacer justicia, cuando nadie daba dos pesos por aquella relación, había que decir que ambos jurarían que por momentos fueron dichosos.
Elisea fue cambiando de empleos hasta convertirse en una de las sociólogas encargadas del estudio de consumidores de los productos que lanzaba al mercado una empresa reconocida en la provincia. Marco se especializó en cardiología, ah, él era médico. Habitaron un departamentito que adornaron a su gusto, ambos deseaban comprar las mismas cortinas, los acolchados, con las sillas también coincidieron. Una mañana Marco se hizo una escapada hasta el Registro Civil y esa travesía luego se convirtió en una anécdota graciosísima que siempre contaba cuando estaba borracho. “Es una locura, es carísimo casarse...”, remataba. Papeles inútiles, “mejor dejemos todo como está y usemos esa plata para algo más urgente”, sugería Elisea, que jamás vio al matrimonio como la panacea de la felicidad. Por esos días ella no tenía trabajo porque se dedicaba a pleno al estudio y el sueldo de médico residente de él nunca alcanzaba lo suficiente.
Después sí, pudieron darse varios lujos, sobre todo el de tenerse, estar juntos aunque nunca faltaran las discusiones, los engaños de él, las histerias de ella. Cuando podrían haber dispuesto de dinero extra para gastarlo en los trámites de casamiento, no se les cruzó por la cabeza modificar su estado civil; eran, sin serlo formalmente, un matrimonio hecho y derecho con todos sus vicios.
Ninguno de los dos cambió ni intervino para atenuar las locuras del otro. Se divertían, compartían lo que los horarios de los múltiples trabajos de ella y las camas con otras de él, les permitían. Mil veces se oyeron discusiones entre Marco y Daniel, y claro, Elisea era su hermana y no le caía nada en gracia que fuera engañada con dios y maría santísima. Al principio, supo cómo hacerse la tonta, éso le salía bien a todo el mundo que fuera medianamente inteligente, hasta que se fue cansando de sufrir porque las infidelidades perpetuas la iban incitando a pensar que su marido no la quería.
Un domingo, también a la noche, pero esa vez era de invierno, mientras comían, Elisea se animó a plantearle la situación. Siempre había postergado ese diálogo por temor a que la dejara o, peor todavía, le revelara que todo lo que hacía era porque no la amaba. Igualmente, en esa cena, abordó el tema. Empezó por preguntarle si estaba conforme con ella, le respondió que sí; si era feliz con ella, le respondió que sí; si la engañaba con otras, también le respondió que sí... Finalmente le dijo si quería dejarla, y Marco segurísimo le confió: “yo vivo porque vos existís... Realmente te amo, si estoy con otras, no sé por qué es... Pero yo no tengo dudas de que vos sos la mujer de mi vida, no puedo pensar cómo sería estar sin vos... Necesito tu cuerpo para saber que existe el mío...”, y continuó hablando, probablemente diciendo la verdad. Elisea lagrimeaba emocionada, satisfecha por escuchar exactamente lo que precisaba.
-¿Qué vas a hacer mañana? –luego, la interrogó él.
-No sé... tenía pensado...
-No me digas nada, yo ya lo sé... vas a gastar plata... –ella le sonrío como dándole la razón-. ¡Nena, sos un barril sin fondos, me vas a fundir...! ¿Para qué querés tener tantas porquerías? ¿Vos sabés que eso que te pasa es una enfermedad? ¡Se llama consumo compulsivo!
-Si es así, doctor, es una enfermedad bastante saludable... A parte yo no te estoy pidiendo guita a vos, yo trabajo, por si no lo sabías... Todo lo que me compro sale de mi bolsillo... Además, después de haberme dicho cosas tan bonitas, me hacés una escenita de tacaño... ¡Qué feo...!
Después rieron, cogieron y durmieron como bebés. Así un tiempo largo, invariable en sus conductas; Elisea jamás aprendió a ahorrar y Marco continuó con sus andanzas amorosas.
Una tarde, tomando mate con Hernán y Daniel, para esa altura, su cuñado era un gran amigo para ella, les confesó que estaba harta de las excusas absurdas que le daba su marido para justificar sus ausencias. “¡Como si hicieran falta! ¡Como si cuando me dice que le salió una urgencia o que se le quedó el auto, no supiera yo que se está encamando con alguna!”. “Lo que vos tenés que hacer, es pagarle con la misma moneda, y asegurarte de que se entere, de eso me encargo yo... Entonces, le van a dar tantos celos que se va a dejar de joder de una vez por todas”, le aconsejó Hernán, olvidando que el tipo en cuestión era su hermano. “Lo que pasa es que el boludo no la valora, cuanto la pierda se va a querer morir... “, aseguró Daniel.
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-Tu última minita...
-¿Para qué querés saber...? –habló lleno de petulancia.
-Para saludarla cuando te llame... ¡Contestame, estúpido!
-Lorena.
-Lorena –repitió-, todas las lorenas que conozco son unas imbéciles...
Siempre obediente como era, Elisea, siguió con las recomendaciones de su cuñado. Empezó a llegar más tarde de lo habitual a la casa, entraba con el pelo sospechosamente húmedo, algunas veces, como nunca lo había hecho, se negaba a tener sexo aduciendo estar cansada. Daniel colaboró con la causa, sembró en Marco la semilla de la duda y Hernán hizo el resto, le confirmó a su hermano que su mujer tenía otro. Nada de lo planeado sucedió, no hubo celos ni reproches, fue un desastre.
Acribillaron los antiguos misterios. Las tardes de las sonrisas... Parecido al cuestionario que en aquella cena él mismo resolvió, le preguntó a su mujer si era verdad que tenía un amante. Después de escuchar el sí de esos labios, le dijo: “espero que se estén cuidando, yo siempre lo hago”.
El amor más humillante... La decepción la abatió más que cualquier otra angustia que padeció a lo largo de todos esos años. Pronto se aburrió del otro, y luego se cansó de que su pareja se estancara en un pozo de lo más parecido al desamor.
-... Me encanta cuando hacés chiquilinadas o decís pavadas... Cuando discutimos por política o enchastras toda la cocina preparando la cena... Adoro la manera en que me retás cuando me pongo mal si Boca no gana... Pero también necesito que estés y vos nunca estás... Necesito que me banques cuando estoy chinchuda, que me ayudes a encontrar el equilibrio entre mi habitual pesimismo y mi exasperante mal humor. Me hace falta que me demuestres que te importo... Necesito que me contengas con un abrazo o con una cachetada si hace falta... ¡Quiero una relación estable! Pero vos siempre estás pensando en otras... Siempre te vas... Siempre me dejás en banda...
-Nena, tu tarifa es muy cara para mí, vos me exigís que te quiera demasiado...
…Aún le rebotaba en la cabeza esa confesión que le hizo cuando fue desterrada del placer. En el concurso de ofensas, Marco era el unánime ganador.
Elisea escuchó que abrían la puerta, abrió los ojos y se topó con la cara pálida y transpirada de Hernán.
-¿Qué tal estuvo la fiesta? ¿Estás bien? ¿Te pelaste con Francina? ¿Te pasa algo? –preguntó.
-No, no sé, me siento para el orto y... me voy a acostar –anunció.
-Cualquier cosa que necesites me llamás –le recomendó.
Y volvió a meterse debajo del acolchado, recordando cómo era su vida. Abatida por el panorama... La falta de Marco, el regateo de las esporádicas sonrisas; la usurpación de alguna que otra caricia. Condenada a vivir mil veces la misma vida sin poder enmendar los errores ni olvidar las ausencias. Se lamentó de no haber salido con Nicolás, si hubiera aceptado la invitación en ese momento no estaría especulando sobre todo lo que hizo mal. En esa categoría se encuadraba el hecho de no haberse largado de la ciudad, del país, del mundo para alejarse de Marco. Se arrepentía nuevamente de no haber cortado de modo definitivo los lazos con él.
Después de dejar la casa que compartían, acordó con Daniel y Hernán volver a vivir con ellos. Convivir con Hernán, significaba cruzarse habitualmente con Marco, pensó que debió haberlo hecho a propósito, inconscientemente para no dejar de verlo, realmente lo amaba. Cada tanto él la convencía para dormir juntos, aunque en verdad no pegaran un ojo. Repitiendo los errores, había pasado a convertirse en su “amante furtiva”, como le decía él en broma. Una vez más esa rutina de ser la otra de su ex no la convencía ni le alcanzaba, se había paralizado esperando que él llamara o que la visitara. Por lo general, se rendía a la evidencia de que no podía vivir sin él, lejos de él... Por eso fue que no se largó de la cuidad ni del mundo.
-Elisea, ¿no te fijás si tengo fiebre...? –le pidió Hernán, prendiendo las luces, acercándose al sofá-cama.
-Sí –aseguró al apoyar la palma de su mano sobre esa frente húmeda-, para mí que tenés fiebre. Andá a acostarte que te llevo una aspirina.
Al rato, la pastilla no le había aliviado los dolores ni aplacado los escalofríos.
-Voy a llamar a tu hermano –anunció a quien no la escuchaba, tan ocupado como estaba Hernán en taparse hasta las orejas para terminar con los chuchos helados adentro de sus huesos-. Me podés pasar con Marco –ordenó cuando la atendió Guillermina.
-Hola –respondió él-. ¿...Y qué tiene?
-Fiebre, mucha fiebre, no se siente nada bien, tiene una carita el pobre... –afirmó lejos de los habituales artilugios.
-Soy cardiólogo yo, nena.
-Y yo socióloga... –ya enojada, al verse sospechosa de idear semejante tramoya-. Bueno, mirá, si no querés venir, no lo hagas, pero por lo menos decime qué puedo hacer...
-Voy para allá.
Almacenando tristezas, esperó sentada en su sillón a que tocara el timbre. “Ahora podría estar emborrachándome de lo lindo con Nicolás y no pensando en este hijo de puta”, fantaseó. Lamentando extrañarlo tanto, necesitarlo de esa forma, le abrió la puerta. No terminaba de entender por qué él seguía conservando la llave de la entrada de abajo, ¿por qué no se la había reclamado nunca? Con la imagen mental de él intentando demostrarle lo feliz que era con su novia, lo guió por el departamento, innecesariamente, Marco lo conocía lo suficiente como para no equivocarse de cuarto. Se lo imaginó teniendo sexo con esa chica, lo vio hacer las mismas cosas que solían hacer juntos, por un segundo se arrepintió de no seguir cogiendo con él, aunque fuese cada tanto. Sin dudas, Marco era una presencia imperiosa en su cama, en su vida. Antes de volver al comedor le preguntó si la precisaba para algo. “Sí, abrime la ducha fría”, y ella, acostumbrada a hacerle caso, hizo lo que le pidió.
Sentada y fabricando humo con un cigarrillo, comprendió que el agua era para bajar la temperatura de aquel cuerpo. Después de jugar con el filtro y la ceniza por unos largos minutos, reflexionando sobre Nicolás, se dio una vuelta por el cuarto de Hernán. Estaba dormido, con el pelo empapado y cubierto con las frazadas que él mismo, un rato antes, había sacado del placard. Marco se había sentado en un extremo de la amplia cama, su ropa mojada estaba hecha un bollo en el suelo, la había suplantado por una bata azul de su hermano, lo primero que había encontrado colgando del ropero.
-Tuve que meterme en la ducha con él –se justificó.
-¿Necesitás algo? –preguntó colaboradora como si fuera una enfermera.
-¿Tenés antibióticos acá?
-No... Pero me visto y los voy a comprar...
-No, no hace falta, yo traje algunos que tenía... Después te dejo una receta para... Preparame un café –le dijo con el mismo tono con le pedía un café cuando vivían juntos.
-Preparátelo vos –dio media vuelta y caminó hasta que llegó a la cocina donde se prendió un nuevo pucho.
Marco transitó el mismo recorrido, él que no fumaba encendió una hornalla para la pava.
-El tarro está en la heladera –le indicó Elisea-. Cuando te vayas avisame, así cierro con llave.
-No puedo irme, mi ropa está hecha sopa –argumentó.
-Ponete algo de Hernán... y apúrate que tu noviecita te debe estar esperando... Ah, gracias por traerla acá a mi casa, para refregármela.
-Fue para que vieras que puedo sobrevivir sin vos –le aseguró y sus ojos cayeron sobre ella.
Elisea, con el cigarrillo todavía prendido, analizó brevemente la frase: “para que vieras”, para que ella viera, ¿para qué quería demostrarle algo a ella si él estaba convencido...?; además ese “puedo sobrevivir sin vos”, le delató realmente que malvivía, que no era vida estar sin ella. Se dispuso a irse y dejarlo hablando solo. Él le tomo el brazo para atraerla hacia su cuerpo, ella se derretía frente a él. “... Sí, vos sos mi tipo preferido de mujer”, le murmuró antes de desnudarla. Repletos de manos apuradas, precarias, intoxicaron sus caricias. Con la evocación del sabor de sus lenguas y sus dedos que guiaban recorridos seguros y a la vez tan placenteramente peligrosos. La memoria de sus bocas. La reconstrucción de los sentidos.
-¡Vamos a tu cama! –imploró-. Dale, que tu hermano no va a venir y el mío, va a dormir como un bebé lo que queda de la noche-... Si no me vas a decir que me deseás, mejor ni abras la boca.
También ellos, al rato, fueron vencidos por el cansancio. De la noche quedaba poco, tan poco que al despertarse, a parte de apuñalar su frente, un sol opaco iluminó el sectorcito vacío del colchón que le había tocado a Marco. Una tímida luz había deshecho la noche. Se levantó, confirmó que Daniel aún no había llegado, entró en la pieza del otro dueño del departamento que, sonriéndole le aseguró que ya estaba un poco mejor.
-Tu hermano te dejó unos remedios y una receta para comprar más... –explicó ella.
-¿Se quedó hasta muy tarde? –amablemente la interrogó.
-No, ni bien se te bajó la fiebre se fue –mintió ella.
miércoles, 19 de agosto de 2009
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