despejando soledades
Ilusionándose de a ratos, como en esos segundos en que la veía atravesar el parque camino a la parada del micro. Naciendo de pronto. Se distinguieron como dos miopes. Clarisa encendió su segundo cigarrillo del día, el anterior lo fumó entre mates. Él, por su parte, pretendía hojear, muy a pesar de aquel viento de esa mañana de julio, el diario que bien podía haber sido de ayer. Llegó a leer que Boca perdido nuevamente, y su pena lo asaltó con la misma violencia del domingo con que había apagado la radio desilusionado, hasta defraudado.
-¿Cómo estás? ¿Qué tal la guardia?
-Tirando... Lo de siempre... Llevar una camilla allá, trasladar a otros arriba, y demás... Es que no queda otra, sabés, o aprendés a sobrevivir o te dejás morir... –habló Enrico mientras palpaba su perfume, el mismo que solían usar cientos de mujeres pero que en ella alcanzaba un aroma sublime-. Y vos, ¿cómo te preparás para arrancar tu día?
-Con mi mejor cara de culo...
Y eso fue todo, luego pasó el colectivo, ambos se treparon como pudieron y se perdieron entre la mansedumbre del gentío adormecido.
En la eternidad de ese invierno habían dejado de ser desconocidos. Sabían de la existencia del otro, de sus trabajos y sus malhumores; las horas de sueño cambiadas y ciertas rutinas inalterables como la de compartir la parada del micro y el corto trayecto cada mañana y cada anochecer. Enrico se había enterado tiempito atrás de que ella vivía con sus padres y dos hermanos, “uno más estúpido que el otro...”. Todo eso, se lo contó una nochecita para lograr que él le revelara de su boca si existía alguna mujer con la que compartía su vida, quien terminaría en convertirse en la víctima de algo bastante parecido a un accidente. Por respuesta obtuvo una historia de un primo del interior de la provincia con el que pagaba a medias el alquiler del departamento.
Después de ducharse y picar algo, él bajó los cinco pisos en ascensor. Salió del edificio y caminó por 10 hasta la esquina; dobló en 46 y siguió derechito hasta la calle 7. Los segundos actos tenían el telón negro de los atardeceres sonámbulos, casi tanto como Enrico que acababa de despertarse, como ella que acumulaba fatigas; a la vez que alternaban, contagiándose, sus indisimulables bostezos.
Parada, o estacada en la esquina más ventosa de toda la ciudad, Clarisa, que tuvo que quedarse después de hora en la casa de computación en la que trabajaba de cajera, no conseguía sacar de su cabeza las imágenes de las espléndidas cosas que podrían hacer bien juntos. A pesar de los dioses que no le sonreían ni por equivocación, disimulaba las cicatrices que le fue dejando cada historia que terminó mal. Ése, se trató de un invierno curiosísimo... Prácticamente nunca sentían frío mientras esperaban el colectivo. Quizás el café interminable que Enrico sorbió lento lo ayudara a abrir sus ojos gastados por los pasillos desteñidos del hospital... Sin embargo todo le resultaba inútil para ocultar el lastre de su pasado sobre sus párpados. Finalmente, sus labios y bocas en desuso fueron los ingratos protagonistas de una nueva despedida inmerecida.
Todo renació a las 7:30 de la mañana siguiente, un jueves en el que Clarisa se maquilló para cumplir con el espejo. Se saludaron apurados, el micro acabó de doblar la esquina y avanzaba impuntualmente hacia ellos... Ellos y varios más que también aguardaban debajo de la garita. Puras manos sedientas, ojos extraviados; bocas resecas, cuerpos desahuciados.
Sus efímeros logros, tan simples que a veces ni ellos mismos los notaban... Como comprar la planta más linda del vivero, no engordar ni medio gramo en un mes... Llegar a horario a una reunión... Compartir una cena con un rico vino... ¡Con eso les alcanzaba!
Despejando carencias, Enrico ocultó en sus bolsillos sus manos dúctiles. Con ilusiones ocasionales, perecederas como el queso rallado que acabó de comprar, Clarisa se aproximaba a la parada. Homologando desastres... Ahí lo vio, como en lo profundo de su sueño... Ansioso como un chico, él le ofreció que le pasara las monedas para sacarle el boleto y así ella podría ocupar alguno de los asientos vacíos, los más codiciados por los viajeros inquietos. El colectivo que, cuando no llegaba tarde era inoportuno, se detuvo ante el brazo extendido de él. La marea de cuerpos tambaleantes desde los pasamanos los fue separando. Clarisa, una vez más, tuvo que permanecer de pie hasta que se desocupó un asiento de dos, tres cuadras antes de bajarse.
-¿Todo tranqui? –preguntó cegada por la resolana de la mañana.
-Sí, no te perdiste de nada... Ya pasaron los que corren alrededor del parque, los que corren a los taxis libres... Los que corren a sus perros que quieren mear en los árboles de la otra esquina...
-¡Ah, lo de siempre! –reafirmó como desilusionada.
Lo suficiente, apenas algún estímulo para iniciar su rutina... Encontrarlo inquieto, al lado del banco, esquivando el sol traicionero de octubre, fachero como cada día, acostumbrado a lucir su cara de abatido.
Con el alivio de volver a verla viva y caminando hacia él... Con el deseo de asesinarla por haber desaparecido, con la necesidad de que no se fuera nunca de su lado, Enrico aún no se atrevía a preguntarle qué le había pasado anoche que no había tomado el micro... Su ausencia, su crimen, su peor traición... Hasta que al fin, nada sutil, se expuso.
Clarisa le comentó que la pasó a buscar por el laburo su nuevo novio que, “a pesar de tener esa clase de detalles, le veo poca vida...”, analizó. “Porque ayer fue mi cumple”, remató con desmesura, y él recordó los miles de micros que había dejado pasar hasta último momento con tal de esperarla.
A la mañana siguiente, Enrico llegó con unos aritos que retuvo en su bolsillo hasta que se animó a dárselos.
-Son por tu cumpleaños... ¡Pero rompé el sobre! Desconfío de la gente que abre los regalos con la punta de los deditos, como si le diera asco, mientras luce una simpática sonrisa que nunca se le desaparece de la cara.
-Tenés razón, pero yo no soy así, casi siempre tengo cara de culo... ¡Son preciosos! ¿Me quedan bien? –luego guardó los que traía de antes en su billetera. En los meses que vinieron, Clarisa se sacó los aros que él le compró sólo para bañarse.
Después, charlaron sobre sus asuntos, nada de importancia...
-... En el hospital hay más moribundos que colchones... Las tragedias siempre le ronzan el hombro a los pobres –sentenció Enrico.
Ella no le volvió a mencionar a su novio, sí le contó sobre un corto sueño recurrente que no dejaba de atormentarla.
-Todos están muertos y sólo yo respiro...
-No creo que te pueda ayudar, yo soy de los que se despiertan ni bien empiezan a tener un buen sueño...
-Y yo peor... únicamente me acuerdo las pesadillas como ésta...
Apoyada sobre el poste de luz de la esquina, fumaba antes de entrar al local, infames patrones del calor ajeno, respirando el último sol del día que quedaba para ella. Todo de Clarisa, incapaz de aceptar la idea de compartir esa tibieza con otro mortal. Pitaba y se cansaba de antemano al pensar en el día que iba a venir. Pitaba y rozaba su dedo anular en sus aros nuevos, a la vez que se preguntaba si él estaría durmiendo acompañado... Pero solo, daba millones de vueltas por minuto en su cama sin dejar de pensar e imaginar cómo sería el rostro de Clarisa apenas se despertaba.
Un nuevo anochecer desanimado por una marea de autos, como una topadora se abría camino hacia él que esperaba el micro y a ella, en medio de la ciudad desaforada. Especulando sobre las formas que tenía el destino para vincular a la gente en este universo. Protagonista de esta historia contada con esperanza, Enrico arrastraba las penas de sus muertes cotidianas mientras observaba esas manos de alquitrán llenas de un aire impertinente, inigualable. Clarisa procuraba no delatar su imperiosa necesidad de dormir una vida seguida; con él si fuera posible, “si no es mucho pedir...”. Ellos, o lo que quedaba de ellos, llamaban mentalmente al micro retrasadísimo.
-Mirá, ¿por qué no nos tomamos un taxi, si total los dos vamos para el mismo lado? –sugirió, ingenuo, ante la notable evidencia de que ya estaba llegando tarde a su turno del hospital, el más grande de la ciudad, casi el más pobre del mundo.
-Imposible, yo no tengo más que estos 75 centavos...
-No importa –dijo sin dudarlo después de parar un taxi venido de otra galaxia-. Guardá tus monedas que te alcanzo hasta tu casa antes de que me echen del laburo...
Clarisa se sentó, indicó la dirección y se puso a alucinar acerca de la ciudad vacía, sobre los lugares carentes de ellos...
Privilegiados, rodeados de tantas personas que nunca llegarían a conocerse... Las voces de ambos se perdían entre las risas ajenas y extrañas en este mundo de los que planeaban sus pasos en esa noche de viernes que inexorablemente se insinuaba con ser avasallante.
Ella desayunó otra vez mate con un cigarrillo y un par de tostadas con mermelada de frutilla. Todo invariable. Él se tragó a los apurones un café tibio en el hospital antes de comprarse el diario y salir a su encuentro; igual que los días anteriores. Con los párpados entrecerrados por el humo que huía de sus labios pero sobre todo por el sueño acumulado, sentía la cercanía de la rodilla acalorada de Enrico. Lamentándose por los artilugios fallidos, luego de arrastrar camillas y sillas de ruedas toda la noche, él no tenía fuerzas para hablar. Clarisa, ansiosa a la espera de las oportunidades que valieran la pena, hacía silencio. Así estaban los dos, sentados uno junto al otro ante todos los avatares de la contundencia de los días infinitos de sus vidas.
Rodeado por desconocidos, desguarnecido en plena noche, pensaba que Clarisa otra vez no iba a llegar, que debía haberse ido a festejar con su novio, no quería imaginarse qué cosa... Hasta que al fin la vio cruzar la calle de 7 y 46.
-Perdí mi trabajo... –se justificó-. No nos vamos a encontrar más...
-¡Qué cagada! Alguna forma tiene que haber para solucionarlo... –dijo, sin determinar qué: si lo de su trabajo o lo de sus encuentros-. ¡Pero no te pongas mal! ¿Qué pasó? ¿Por qué te echaron?
-Putee al dueño... yo sabía que no le gustaba que le contestaran; lo sabía y me lo habían advertido cientos de veces... ¡Si siempre me mordí la lengua para no decirle nada...! Pero hoy ya no me aguanté más... Soy una pobre ignorante con dignidad. No puedo permitirme olvidarme lo que soy... No todo el mundo sirve para mandar y el dinero no es el indicador más efectivo.
La oía, viendo su ímpetu, su triste orgullo, mientras que Enrico descartaba, seleccionando entre todas las ofrendas lujuriosas disponibles, las más adecuadas para el dios que deseara aceptarlas.
-Pero no lo tomes a mal, ése es su modo de decir las cosas –imitando las voces de otros-, me explicaron cuando empecé a trabajar. Pero conmigo no, a mí me hablan bien porque no hay nadie que sea más que yo... Si el tipo es un ordinario que no sabe tratar a la gente es un problema suyo y no mío... Yo respeto a casi todo el mundo, incluso a muchos que no se merecen mi respeto. Yo no soy solamente una variable de ajuste...
Enrico no podía hacer otra cosa más que darle la razón con su mirada generosa y comprensiva; ella no paraba de hablar.
-Yo, de boluda, tengo la cara, nomás...
-¡No tenés cara de boluda!
-No te creas, fijate bien...
Fluían sus palabras, desalentadas, conciente de las alegrías que perdió. Regateando afectos y cosquillas, Enrico veía el fin como quien le echaba un vistazo al reloj. En los alrededores de cualquier desenlace, apilando historias pasadas, almacenando pérdidas, recopilando desilusiones; demasiadas coincidencias...
-Cambio dos trabajos por año... No me banco que nadie me maltrate. Yo pienso esto: si mi mamá jamás me gritó, no existe persona en el mundo que se pueda apropiar de semejante derecho. No hay pergaminos, ni títulos, ni apellidos, ni cargos, ni cuenta bancaria, ni número de seguro social que autorice a alguien a tratar mal a otros... –recuperó el aliento-. Algunos bajan la cabeza pero yo no, me valoro lo suficiente como para hacerme la distraída –pestañeó como abanicando sus ojos a punto de llorar-. Una sola vez me quedé callada mientras un jefe me insultaba... Es el día de hoy que sigo arrepentida de no haberle respondido nada, ¡tendría que haber abierto la boca!, al menos me hubiera servido para sacarme las ganas y desahogarme –tal como lo hacía ahora ante la tierna atención de Enrico.
-¿Te puedo preguntar algo? –al dar vuelta la cabeza para ver si se acercaba el colectivo, dijo tanteando el terreno-. ¿Te molestaría mucho andar con un hombre que duerme de día y está dispuesto a ayudarte?
-Hmm –dudó lo suficiente como para inquietarlo-. A veces, los hombres se toman demasiadas atribuciones y se creen que porque te dan guita tienen derecho a...
-¿Te parece que yo te maltrataría? –preguntó voraz, después de interrumpirla.
-¡Mirá que yo no soy lo mejor que te va a pasar en la vida!
-Bueno, pensalo, tenés todo el tiempo del mundo, al menos hasta que venga el próximo micro –al anterior lo vieron pasar y, distraídos o no, ninguno lo detuvo-... ¡Total, yo ya estoy llegando tarde!
calculando historias
Cuando lo vio jugando con aquel nene en la plaza, le pareció que lo conocía de algún lado, de la facultad quizás... Destrozando borradores que pretendían copiar el diseño de la Catedral, estaba Cira. Era demasiado consciente de que tenía que entregar el trabajo el lunes, pero al ver a ese hombre a la par de su hijo, se distrajo tanto que terminó por descartar todos sus intentos delineados que imitaban a esa estructura arquitectónica. Lo estudió con detenimiento... Su memoria no le devolvía nada cuando trataba rastrear el rostro de ese tipo... Llegó a la conclusión de que en verdad era ajeno a su mundo. “Sí, porque si ya lo hubiera visto, me le hubiese tirado encima”, pensó. Optó por postergar sus trazos para otro día, aún le quedaban el domingo y el lunes a la mañana. Se dedicó a seguir los movimientos del hombre-nene, del nene y del hombre, sobre todo del hombre.
Lo llamó Pablo, cuando le dijo que tuviera cuidado en las hamacas. En seguida, el tipo se alejó del plano para sentarse en un banco cercano, para vigilarlo, supuso Cira, y recuperar el aire que le habían robado las corridas y las escondidas. Después fumó. Nunca había podido evitar su devoción por los “buenos papás”, como solía justificar que la mayoría de sus parejas transitorias se trataran de hombres casados y con una familia establecida. En esa tarde luminosa, con el número de nubes suficiente como para que la permanencia de la gente bajo el sol, fuera soportable; dejó de observar a “Pablo” para dedicarse a inspeccionar al otro, el que verdaderamente le interesaba. No consiguió sacarle los ojos de encima, nunca había sido discreta.
Como una especie particularísima de Cenicienta diurna, Cira advirtió que se había hecho la hora de empezar a preparase para irse al laburo. Un bar bastante digno del centro. Dejó el paraíso verde, poblado de criaturas felices con padres atractivos. Vio cómo ese tipo estuvo a punto de quedarse dormido sobre el banco de madera. Pasó, que la noche anterior él había salido con amigos y no durmió más de tres horas. Él especuló bastante con llamarlos para postergar la joda de ese sábado, pero lo descarto. Explorando su pantalón para encontrar el encendedor, le echó un vistazo al reloj y advirtió que era bastante tarde como para que hubiera tanta luminosidad. Apuró a Pablo a los gritos para volver a la casa, su cuñada debería estar como loca.
Cira siempre sostuvo que el uniforme del bar, una musculosa y una mini, era algo humillante, exponerse a que los tipos mamados le pusieran una mano... Asimismo, balanceaba su disgusto con la creencia de que todo en la vida estaba hecho en función de distraer a los hombres. Por mucho rato el bar estuvo vacío, hasta que con una clase de conjuro mágico, en un momento, todos los clientes inundaron el salón, desbordando las mesas y empezaron a colonizar el segundo piso. Ese sábado, a ella le tocaba atender, porque siempre rotaban, justamente la parte de arriba. En un instante su memoria se aclaró, al papá de Pablo lo conocía de ahí, lo confirmó cuando lo vio sentarse con el mismo ímpetu con que se había dejado caer sobre el banco blanco, pero esta vez frente a la mesita de madera junto a su grupete. Se lamentó al fantasear que, a lo mejor, no fuera tan buen padre, “dejar a su mujer y a su hijito para irse de farra...”, se estimuló al asegurarse que era su oportunidad para seguir corrompiéndolo. A lo largo de la noche le fue dirigiendo miradas acompañadas de movimientos sutiles, pero notables, sonrisas cómplices y una frescura algo artificial. Eso fue todo en aquella primera noche.
La siguiente vez que lo vio, se dio cuenta de que ni siquiera sabía su nombre. También lo encontró en el bar, pero fue una tardecita y la poca clientela que había acudido, le permitió acercarse muy seguido a su mesa. Además, otro detalle no menor, era que estaba solo. “Ángel. Como el personaje de una serie de televisión que miro...”, le dijo por decir, cuando él se presentó. En un rapto de espontaneidad, Cira le reveló que hacía poquito lo había visto en una plaza jugar con el nene, y le habían encantado... “El papá y su hijo”, aseguró ella, decidida.
-¿Estás segura de que era yo...? –la cuestionó dubitativo.
-Sí, el otro sábado, en la Plaza Moreno... –le brindó los datos suficientes para ayudar a su memoria-. Escuchame una cosita, en media hora ya termino de trabajar y podríamos ir a... no sé, a algún lado para charlar más tranquilos... Te invito a mi casa, ¿te parece?
Ángel aceptó y antes de que se diera cuenta, esa chica ya lo estaba desabrigando en el sillón del comedor.
-¡Sacate la ropa que no puedo ver! –le ordenó.
-¡Qué canción más triste! ¡Me pone la piel de gallina! –dijo Ángel desprevenido escuchando la radio y respondiendo a las caricias.
-¡No, la piel de gallina no...! ¡No vuelvas a decir eso nunca más! –lo retó por su frase y por su desatención.
-Pablo, se llama tu nene, ¿no? –cambió de tema desconcertándolo...
-¿Qué nene?
-Tu hijo... –usufructuando el delivery de dientes.
-¡Ah, Pablo... sí, se llama Pablo, pero no es mi hijo! –y le besaba la cadera, justo sobre el tatuaje azul y amarillo.
-¿Cómo que no? –preguntó compungida y de un salto se apartó de él que se quedó acariciando el aire.
-No, Pablo es mi sobrino... Yo no tengo hijos...
-Pero... ¿no estás casado, tampoco?
-No, soy el hombre más soltero del mundo... ¿Vos me ves alianza? –e hizo desfilar su mano frente a su cara.
-Muchos se las sacan...
-No es mi caso, no me saco lo que no tengo.
Lo próximo que le dijo Cira fue que se vistiera y se largara, que no lo quería volver a ver más porque la había engañado...
-¿Engañado? ¿Vos estás loca? Yo nunca te hablé ni de esposa ni de hijos...
-¡Andate, no me oíste!
Así concluyó la aventura. Se tentó de decirle que cuando se casara que la buscara, pero estaba tan ofendida por haberse hecho ilusiones inútiles que lo echó sin más. Siempre había tenido el control de sus relaciones, manejaba a sus hombres, los seleccionaba y después les hacía creer que ellos la habían elegido a ella, que la habían conquistado. Apilando vidas... Todas sus historias las había tenido con señores casados, a veces hasta mayores que ella, la mayoría con una familia estable, segura y confortable. Algunos hasta le habían llegado a revelar que gracias a ella sus matrimonios se recompusieron. “Pero este hijo de puta es soltero”, pensaba y no podía desviar el rumbo de sus divagues; eso no estaba en sus planes, era que nunca había soñado para ella un fulano que la llevara a convertirse en una tierna ama de casa, madre de cinco muchachitos... No, aquélla no era la historia que había digitado para ella... “Los solteros siempre invaden, quieren que sus novias les laven la ropa, que los atiendan, que les preparen la comida...”.
Ofendida por el engaño en el que ella misma se envolvió, fraude del que culpaba directamente a Ángel y no a su cabeza especulativa, cuando lo vio de nuevo en el bar no le dijo nada que no fuera: “¿qué se va a servir?”.
...Pero él también estaba molesto, no podía encontrar una justificación suficientemente lógica que explicara la conducta de esa loca histérica.
“Me echó porque se dio cuenta de que era soltero”, le confió a su amigo Pancho. “... Arrugó”, dedujo el otro, “debe ser una mina que la aterran las responsabilidades, si sale con tipos casados, los compromisos los tienen con otras, con sus esposas”, agregó sin equivocarse.
-¿Qué se va a servir? –le preguntó áspera.
-Un café –respondió cortante pero sin conseguir dejar de mirarla-. Oíme un minuto, ¿no hay otra moza que me pueda atender?
-Cambiate de mesa, mirá, en aquella hilera, termina mi sector... –y le señaló el lugar como invitándolo a que se fuera.
-¡Traeme un café, mejor!
Apoyó la tacita con su plato, giró la bandeja plateada casi en el aire y dejó un vasito minúsculo con soda. Recordó, en el instante de la pirueta, que los primeros días de trabajo sintió que aquéllo de los malabares con copas y botellas no iba a ser para ella, que en la primera de cambio, estrolaría los vasos sobre la cabeza de alguno. Afortunadamente, un episodio similar sucedió un sólo día, y mejor aún fue notar que no llevaba nada en la bandeja. Cuando depositó el cenicero que le había pedido tres veces, Ángel le agarró algo violento la muñeca derecha y le dijo que tenían que hablar.
-No, entre vos y yo no pasó nada... Bueno, sí pasó, pero hacé de cuenta que no era yo.
Aquél rechazo lo obsesionó a tal punto que cada vez que salía de su trabajo, a dos cuadras de allí, se iba al bar para espiarla, estudiaba sus conductas, veía si se movía como hizo con él ante otros clientes. Para Cira, el caso Ángel también se había convertido en un asunto de Estado, “¿cómo me pude dejar confundir así?”, se reprochaba. En realidad su bronca radicaba no en la equivocación, sino en el hecho de que le había gustado mucho, la había pasado demasiado bien con “ese idiota”.
Al cabo de un tiempo de no entrar más al bar, cuando creyó que lo había olvidado y planeaba sus pasos a seguir con otro tipo que ya tenía en mente, lo encontró a la salida de su facultad. Lo dicho, Ángel, conocía sus pasos, sus trayectos inseguros, sus amistades y sus amantes. Decididamente impetuoso, la agarró del brazo y la llevó arrastrando a la esquina donde había estacionado el auto que Pancho le había prestado para la misión. Furioso, la hizo entrar sin tener en cuenta si su fuerza la lastimaba o no. Subió él también y condujo hasta 10 entre 45 y 46, donde quedaba el departamento que compartía con su amigo de la infancia. Los dos en silencio, sin soltarla, la sentó en una silla desvencijada. Él se instaló frente a ella, quería verla a los ojos si acaso le decía que no le gustaba.
-Yo te dije que vos y yo tenemos que hablar... –empezó.
-¿Sí... y de qué? –desafiante, aguantando la necesidad de frotarse el brazo que le sirvió a Ángel de correa.
-Decime en la cara que vos no querés saber nada conmigo porque estoy soltero...
-Eso ya te lo dije... y te digo más, me gustan los tipos casados, que están enamorados de sus señoras y se enloquecen por coger conmigo... Si tienen hijos mejor, y si son buenos padres muchísimo mejor todavía... Eso significa que son buenos hombres, dulces y demás...
-Yo soy un buen hombre y dulce y cariñoso y apasionado, ya te lo demostré...
-Sí, lo que quieras, pero yo no me voy a convertir en la esclava de nadie.
-Yo no quiero eso...
-Pero tarde o temprano eso va a pasar. Vas a tener una novia, y le vas a exigir que cuide que todo esté impecable para vos, después te vas a casar con ella que te va a ser fiel y hasta van a tener bebés, y ella va a cambiar pañales a lo loco mientras vos conocés a una mujer como yo que te va a deslumbrar y vas a ser feliz en su cama.
-¡Tenés una visión muy extremista de las cosas! Vos estás loca en serio... Y lo peor es que me volvés loco a mí... ¡Decime que no te gusto!
-No, eso no puedo, de verdad me gustás, me encantó estar con vos, pero...
-Oíme bien lo que te voy a decir... yo no te voy a dejar pasar por un caprichito tuyo...
-¿Y qué vas a ser?
-Voy a buscarme una novia para que te quedes tranquila.
Ningún hombre había hecho nada semejante por ella. La conmovió la reacción de Ángel, tanto, que le rogó que aceptara su ayuda a la hora de elegirla, “yo siempre tuve buen gusto”, le aseguró antes de quedarse dormida a su lado. Así emprendieron el operativo “Novia para Ángel”, le fascinó ponerle título, una clave, una posible contraseña privada que sólo ellos entendieran. Después incluyeron a Pancho, a pesar de que cada tanto los escuchaba hablar y se espantaba de oír semejantes delirios.
Cira siempre había planeado todo en su vida, que a los dieciocho se iba a ir de su casa, empezaría a estudiar arquitectura y conseguiría un trabajo que no la distraería de sus obligaciones. Que iba a salir con cuantos hombres se le cantara, que iba a huir de los compromisos, quizás se casara a los cuarenta o a los cuarenta y cinco, hijos no, jamás, sería la peor madre del mundo. Descartado aquéllo, sumado a la prohibición de metejonearse demasiado con un tipo, todo era genial... Si su vida hubiese sido un edificio proyectado por ella, en ese momento estarían temblando sus cimientos, así, todos sus cálculos fueron perfectos hasta el momento en que conoció a Ángel, ese hombre le volaba la cabeza.
Pancho les aseguró que estaban desquiciados cuando le propusieron formar parte del plan, ellos no entendieron por qué, si todo era tan sencillo... Él tenía que hacerse pasar por novio de Cira, así se justificaba la presencia de ella en la mesa de examen... “Claro que vos también podés hacerle preguntas a la candidata y después nos das tu opinión... Vos lo conocés a tu amigo y podrías ser de gran ayuda...”, le dijo ella convencida de que todo era maravilloso. De mala gana aceptó presentarla como su chica ante Nadia. Se trataba de la primera conquista de Ángel, una vendedora de comida en el edificio en el que él trabaja de administrativo. Para el encuentro prepararon una cena majestuosa de pizzas y mucha cerveza. Cira sostenía, a fuerza de su experiencia, que “cuando la gente está borracha se muestra tal cual es y, si vamos a buscarte una novia, tenemos que conocerla de verdad, íntegramente...”.
Un ejército de ojos insensatos vigilaba cada movimiento. Comieron y tomaron durante horas, Cira le sonreía perversa a Ángel cuando él acariciaba a su acompañante. Sorprendido, Pancho se dejaba besar por “la desquiciada ésta”, tal como la identificaba cuando pensaba en ella. También dialogaron, bastante y de cualquier tema. Después de todo aquéllo, Ángel llevó a Nadia a la casa, tenía la indicación expresa de volver de inmediato, claramente, “no la cogés hasta no tener nuestra aprobación, hasta que no pase el primer examen, ¿oíste?”, le había advertido ella en un tono algo amenazante. Cuando entró al departamento, Cira seguía comiéndole la boca al pobre de su amigo que no podía alcanzar a zafarse de sus garras. A decir verdad, a Ángel le disgustó ver semejante panorama y cuando Cira lo notó parado frente a ellos, se desprendió de Pancho para colgarse de él. A continuación, se tiró sobre la cama que intentaba aparentar que servía de sofá y entre los tres debatieron sobre las ventajas y las contras que fueron descubriendo de Nadia.
-No me gustó –inició el debate, lógicamente Cira.
-Hmm, no sé, la verdad que a mí tampoco –coincidió Pancho.
-Tenía algo de asquerosita... La noté agrandada... ¿No sé de qué? –aseguró ella otra vez.
-¿Te parece? –preguntó Ángel que aún saboreaba la saliva gustosa de la chica-. No me pareció tan mal...
-Yo estoy de acuerdo con Cira, me dio la impresión de que es una minita antipática...
-Igual, vos sos el que tiene la última palabra, bombón –ella lo incitó a decidirse-. ¿Qué vas a hacer? ¿Te gustó?
-Sí, pero si ustedes dicen eso... ¡No se hable más! Está descartada. ¡Cira, convidame un pucho!
-¡Tomá! ¿Vos querés? –le ofreció a Pancho.
-Gracias, pero los dejé hace un año... –le explicó.
-¿Y él es tu amigo?
-¡Sí! –le respondió Ángel contundente-. ¿Por...?
-Porque ninguna persona honrada puede ser amiga de un ex fumador... No son gente confiable...
-¡No te digo que está loca! –largó Pancho a modo de alegato.
-Basta de estupideces... ¡Vení conmigo! –le ordenó a ella-, vamos a la cama.
En esta oportunidad, fue Cira la que le abrió la puerta a Anabella. Ella era realmente bonita, sensual, le pareció demasiado para Ángel, y para sí misma también, no tenía programado tener que competir con otra... La desaprobó ni bien la vio. Durante la cena, esta vez fueron empanadas y vino, se las ingenió para dejarla mal parada frente a su candidato. Realmente no tuvo que hacer muchos esfuerzos, Anabella era preciosa, pero no decía ni media palabra bien. Esa característica o defecto, lo distrajo, al menos un poco, del cuerpo de aquella mujer. Le gustaba, lo excitaba y se aterraba a su vez de Cira, que le hablaba de temas que la joven jamás creyó que existían; “es venenosa”, pensaba sobre la mina que lo había enloquecido de amor. Continuando con sus estrategias, ella le preguntaba numerosas cosas a la vez y, apabullada, Anabella no contestaba ninguna. Cira le dio los empujoncitos necesarios para que la tipa se delatara en su imbecilidad. Como lo hizo con Nadia, a Anabella también la llevó a su casa... En el fondo se trataba de un caballero... Para su desgracia, ella vivía con un hermano “celoso y malhumorado”, tal como se lo advirtió antes de invitarlo a tomar algo arriba. Prefirió quedarse un rato en el auto. La besó, la tocó, la disfrutó apurado lo más que pudo, sabía que Cira la desaprobaría... Mientras la desnudaba a medias, precariamente, cruzó por su cabeza la regla que empezaba a quebrar, no le importó. A continuación, se imaginó a la mujer de su vida, la mujer más loca del mundo, infringiendo otra ley: la vio a Cira violando a Pancho. Hubiera sufrido mucho una traición de su amigo, pero la película hablaba de “violación” y se trataba del término exacto; ella era capaz de hacerlo, y Pancho sería como una tímida rubia inocente caminando por un bosque hasta que caía víctima de los arrebatos sexuales de un maniático. Así los veía cuando se despidió de Anabella entregándole el corpiño que se olvidaba en el auto. “Ella es como un sátiro”, rió después.
Cuando entró impetuosamente en el departamento y los encontró alejadísimos se alivió. Pancho estaba estirado en el sillón-cama, y ella, desparramada en una silla e inclinada sobre la mesa. Hablaban o discutían con la voz elevada.
-Ahí está, él es el que tiene que decidir... –aseguró Pancho que aún después de decir su frase no dejó de señalarlo.
-¿Qué te pareció? –preguntó enseguida ella que ya lo estaba abrazando-. ¿Te gustó?
-Como gustarme... sí, me encantó, pero no es para mí –y pronunció las palabras que Cira deseaba escuchar-. Descartada también, voy a buscar otra.
-Ahí tenés, viste que no se iba a dejar deslumbrar por unas tetas... –afirmó triunfalista.
Luego, la parejita se fue a la cama y el otro llegó a su habitación pensando en que otra vez iba a tener que dormir solo.
Sorpresivamente, Cira llegó con la candidata número 3: Liliana. Era una compañera de la facultad con la que se llevaba bastante bien y calificaba como “ideal para nuestro proyecto”. O experimento, porque se trataba de un juego que los exponía, los arriesgaba a ganar todo o a quedarse con las manos vacías. Esta cita, digamos, fue a la tarde a diferencia de las otras dos. El manjar estaba compuesto de mates y facturas, irresistible para cualquier persona sensata. Liliana era simpática, divertida, decía cosas piolas, pero según le recriminó Ángel después: “era muy fea”.
-¿Te parece, dulce? –disimuló.
-Vos sos terrible, eh... –intervino Pancho.
-Vos no te metas, nene... –lo increpó ella.
-Me meto todo lo que quiero porque vos misma me pediste que lo hiciera cuando yo no quería saber nada con ésto... Y te digo más, no sólo me parece una locura lo que estamos haciendo sino que también es de muy mal gusto.
-Yo entiendo que esta chica sea alguien de tu confianza... pero no me atrajo... tuve que bancarme que me manoseara...
-Yo también –saltó de nuevo Pancho-. Esta enferma se toma demasiado al pie de la letra su papel...
-Si no te gusta, decilo... maricón... –remató, casi inaudible.
-¿Qué dijiste puta de mierda?
-Que parecés un maricón... Sino, no se entiende que te molesten tanto mis caricias, mis besos... ¿Qué, no te gustan las mujeres?
-Las mujeres me encantan, pero sos la mujer de mi amigo...
-Cira no es nada mío, estamos haciendo todo esto porque ella no quiere ser nada mío...
-Así es, ves –ella reafirmó esos conceptos con un ímpetu artificial...-, a la mujer de tu amigo todavía no la encontramos...
Esa tardecita, Cira se quedó en su casa sola y molestísima, nunca la habían despreciado de esa manera... En la vida había sentido que perdía el control de algo... Jamás había deseado pertenecerle a un hombre... Éso de que “ella no es nada mío”, le rondaba en su mente atormentándola, apresándola entre sus propias ocurrencias. Se sentía vencida y confundida. Inquieta y sola, esporádicamente acompañada por ausencias. Pensó que le vendría bien pasarse un tiempito alejada de todo para reflexionar en el futuro... En esta vida, el futuro era lo único sobre lo que valía la pena meditar... Probablemente fuera a especular acerca de todas las opciones disponibles, que podían ir desde el suicidio hasta el asesinato... Parecía que iba a tener mucho para analizar.
Todo se superó a los pocos días cuando Ángel la llamó para contarle de la próxima reunión. Se trataba de Laura, una amiga de la mejor amiga de la prima del novio de la hermana de Pancho. Laura, una chica linda, discreta, no tenía nada de despampanante ni de cuco como sus antecesoras. Según Ángel besaba bien y... prefirió no seguir con las descripciones. Pancho les aseguró que era buena piba... Y a Cira no le disgustó para nada. Por fin autorizado, el galán del siglo, avanzó a la siguiente etapa. “Lo que pase en la cama es determinante, amor...”, explicó ella, “si no congenian en el sexo no van a durar nada y ésto habrá sido al pedo”; “y si amalgaman demasiado bien no me va a precisar”, se guardó para sí.
Continuando su tradición morbosa, todo fue ideado especulativamente. Irían a bailar y luego volverían al departamento a hacer la experimentación física. Ángel se fue a su habitación con Laura, mientras que Cira y Pancho se quedaron el sillón del comedor para debatir un par de cuestiones. Había que reconocer que Pancho no se quejó cuando “su novia” momentánea husmeaba por su cuerpo, su sexo, ella rastreaba olores en su, y Pancho mordía todo lo que ella le ofrecía para comer. Los otros dos, se mantenían silenciosísimos, ellos no tenían porqué reprimir sus impulsos sonoros, por así decirlo, y de igual manera, no oían nada que les llamaba la atención. Cuando Ángel y la otra dejaron el cuarto era de día, no lo asombró ver, gracias al sol que aclaraba el pelo de Cira, que estaba desnuda abrazando a su mejor amigo. Laura se subió a un taxi y él volvió al departamento. Conteniendo sus deseos de agarrarla a cachetazos limpios “por puta”, no hizo lo que pensaba. Con sacudones moderados los despertó, Pancho, presa del Vodka y de esa chica, intentó explicar lo que se veía en la escena. Entendió que no hacía falta, gracias a un gesto de Ángel, al fin y al cabo, siempre le habían insistido que tenía que aprender a compartir... Cira, se puso la remera que por la noche había usado Pancho y empezó a interrogarlo claramente eufórica.
-Primero decime vos cómo la pasaste con mi amigo...
-Muy bien, es digno amigo tuyo. ¿Y vos...?
-Un desastre –afirmó más relajado sin saber por qué, cada día amaba más a esa mujer que había cogido con otro frente a sus narices-. Es de lo más aburrida, para no decir una ordinariez...
-Acá nadie te pidió que fueras delicado, contá bien –le exigió ella, contenta en su interior, celosa y aterrada.
-No me quiso chupar la pija, se quejaba todo el tiempo... No, no me gustó, ya te digo que queda descartada.
Natalia fue la siguiente prueba. Se la presentó un amigo de la oficina. Se trataba de una mujer linda, profesional, parecía que era administradora de empresas. Como esa semana sus viejos le habían mandado guita desde Mar del Plata, Cira optó por usarla en un restaurante. Cada uno pidió su comida preferida, aunque ni ella ni Ángel se hubieran degustado mutuamente, disfrutaron de la cena. Natalia habló, en realidad, no paró de hablar en todas las horas, contó de ella, de su vida, de sus amores, de su trabajo, de sus gastos, de sus amigas, de su familia... Hablaba y los otros hacían que le prestaban atención. Les reveló sobre sus manías, era obsesiva de la limpieza y del orden –Pancho pensó que no sería una buena idea llevarla al departamento que siempre era Kosovo. Habló de sus hábitos y sus fobias, a las alturas, a los lugares cerrados, a los conglomerados de gente... Era un catálogo de trastornos, un síntoma con piernas. Dispuestos a devorarse todo lo que la plata de Cira les alcanzara, en determinado momento de la noche, no sólo que dejaron de oírla sino también de disimular. Cuando abandonaron el restaurante, sin consulta previa, Ángel alcanzó a su compañera temporal hasta su casa. Después volvió al auto y le pidió a su amigo que los dejara en el departamento de Cira. Tenía la necesidad de estar a solas con ella, de hablarle, de coger como locos. Loco había estado al seguirle la corriente a esa mujer...
Desnuda, se recostó sobre el sillón, dubitativo, algo así como estático, se sentó a su lado. Ella lo exploraba debajo de la ropa como nadie; la amaba y no la entendía, ni a ella ni a sus conductas que en los últimos tiempos había llegado a contagiarle. Se había dejado arrastrar por esa pasión perversa. Alegre por el buen vino, lo observaba y notaba que cada vez le gustaba más, lo quería tener con ella todo el tiempo; necesitaba que se desvistiera. Se le trepó encima, advirtió todas sus dudas y temores, reconoció sus fracasos, su edificio mental, diseñado con tanto esmero se desplomaba lentamente, piso por piso, aunque no se lamentaba. Aceptó para sí que se había propasado con sus ocurrencias, se consoló al suponer que también Ángel se había divertido. Tal vez, un día, en un futuro, recordasen aquella etapa de cacería de novias como una anécdota de lo más risueña. Quizás para entonces, ellos estarían casados y con hijos. A lo mejor, llegaba a animarse a decirle que lo amaba. Seguramente, en ese momento le estaba rogando que se quedara con ella.
perdiendo sueños
La mamá de Damián no podía parar de llorar la noche en que un cura los casó. No se trataba de esos llantos de lamento por su nene que había elegido a una bruja, Luisa adoraba a su nuera. Don Hugo, sin demostrarlo, también estaba emocionado, ¿qué padre no lo estaría si fuera conciente de que su hijo iba a ser feliz? Miranda había cambiado la vida de Damián, ella le había dado sentido a la rutina de levantarse de la cama, cepillarse los dientes –que por aquél entonces nunca lavaba- y salir a ponerle el pecho a lo que viniera. Desde que conoció a Miranda se alejó de todas las mujeres que creían que él las amaba, aquéllo era otra cosa, y él lo supo. Ella hizo que se acercara más a su familia que cada tanto le reprochaba los malos caminos que había decidido recorrer, hasta que fue cautivado por Miranda. “Es la mujer perfecta”, le juraban a Damián a medida en que la iban conociendo. Ella sonreía, siempre que podía, nunca le interesó parecer una imbécil que se dibujaba en la cara una mueca falsa para agradar a otros, sólo buscaba que el hombre que había elegido fuera feliz y se sintiera orgulloso de ella.
Cuando se recibió de veterinaria, entró a trabajar en una pequeña clínica de barrio. Luisa, dueña de una gaitita siamesa dócil y distinguida –ya divorciada de su marido, recuerdó que se la habían regalado después de que su hijo se fuera vivir solo, y así mantener su mente ocupada-, se cruzó para vacunar al animalito. Luisa conoció antes que Damián a la que, una noche, un cura declaró que era su mujer. Lo que más le fascinó de esa chica, a Luisa, fue la manera exquisita y tierna de tratar a su gatita. Luego, enloqueció a su hijo hasta que aceptó hacerle el favor de acompañarla a llevar a Catalina –nombre que él hubiera cargado si hubiese nacido nena- al consultorio para que la doctora la revisara. Lo que más le encantó de ella, a Damián, fue su belleza que se esforzaba en resaltar. Catalina estaba absolutamente sanita. Después vinieron los mates, las cenas, la proximidad de Damián al hogar materno. El amor y el casamiento, con todos los lujos.
En honor a la verdad, había que decir que fueron felices, tanto que olvidaron cómo fueron sus vidas cuando no lo eran y andaban penando, cargando su soledad y apurando los días. Luisa, que había sabido administrar bien cierta herencia de sus padres, les regaló un departamento en 10 entre 45 y 46, cerca de su casa, no fuera cosa que Catalina necesitara algo... y ella perdiera a su amiga de los últimos tiempos. Tres años estuvieron de novios, los suficientes como para asegurase de que servían para estar juntos, comprobar que las pequeñas manías del otro no serían inconvenientes para entablar una relación estable. Hasta que llegó el momento en que ambos despejaron sus dudas, Damián ya no necesitaba de otras y Miranda compensó con sus tibias sonrisas el mal humor que ese hombre tenía cuando las cosas no se adaptaban a su gusto.
Para el segundo aniversario de la boda, Luisa le entregó a su hijo un manojo de billetes –era imposible saber cuántos-, para que celebrara con su mujer “como Dios manda”, tal como solía decir. Con algunos le compró un anillo que lucido en esa mano espigada más de pianista que de veterinaria, que debía lidiar con los dientes y garras de animales que no se dejaban revisar, parecía que su valor que ya de por sí era bastante, se duplicaba. Después hizo una reserva en un lindo restaurante y también en un hotel de más estrellas que la bandera de Estados Unidos.
Damián era un tipo fachero, para nada desentonaba al lado de Miranda, realmente eran una pareja estupenda. Ahora, ninguno de los dos recordaba lo que cenaron esa noche, bebieron vino y brindaron cuantas veces sorbieron de sus copas. Los motivos eran los de siempre, por ella, por él, “a tu salud... por tu mamá, que mañana la voy a llamar para agradecerle... por el futuro... por el amor”. En medio de la comida Damián le entregó la cajita cuadrada envuelta en papel azul brilloso y con un lazo dorado que en la parte superior se coronaba con un moño: era el anillo. Creyeron que no se podría ser más feliz y que las penas de pasado en realidad nunca habían sucedido.
-Sabés qué, mi amor, ya lo decidí... te voy a dar el gusto... mañana mismo voy a ir al médico para dejar las pastillas –le anunció segura de que tener un hijo superaría ese estado de falta de gravedad, de ensoñación que les provocaba la alegría extrema o quizás, el alcohol.
En la suite siguieron bebiendo, “a tu salud, por nuestro futuro bebé...”, mientras demoraban la noche para cerciorarse de que era cierto que se podía disfrutar tanto. Al día siguiente, Miranda cumplió con sus planes, cuando habló con su suegra no le dijo nada acerca de sus intenciones de quedar embarazada para que no se hiciera demasiadas expectativas –hacía un tiempo ya que les preguntaba sobre los hijos que parecía que estaban lejos de sus proyectos. El médico le aseguró que no tendría problemas para tener bebés, era mujer joven y sana. A penas meses después, con una sonrisa amplia e inconmensurable, le contó a Damián que serían papás. Emocionado y bastante torpe, empezó a preguntarle de qué sexo era, si nena o nene, si era grande; imposible saberlo, recién llevaba siete semanas.
Los gritos eufóricos de Luisa se oyeron en toda la manzana y cuando se calló para retomar el curso de su respiración, empezó a sugerir nombres de sus ancestros para el nieto que tanto había deseado. Mucho más moderado, pero igual de contento estuvo Hugo que los felicitó y les auguró la mejor de las suertes.
-¿Estás contenta? –le preguntó su suegro.
-Sí, pero también estoy asustada...
-Mi amor, no tenés nada de qué preocuparte... Yo te voy a cuidar a vos y nuestro hijo siempre... –intervino Damián.
Haciendo caso omiso a los pedidos de la pareja, Luisa compró ropa, muñequitos y todo lo encontraba para su nieto. Cada domingo, cuando entraban a su casa, Luisa ofrecía un regalo distinto, orgullosa del mérito de tener dinero y saber cómo gastarlo. La pareja, todavía resguardaba en sus retinas una camisetita de Boca híper pequeña que vieron en una tienda del centro; la semana próxima la iban a comprar. Para ese domingo, la futura abuela tenía reservado una exposición de zapatillitas diminutas que ninguno de los dos creía que podían ser reales.
A pesar del cansancio acumulado, de la pesadez del calor, decidieron no fallarle a Luisa que, horas atrás los había llamado para contarles que estaba preparando un pollo delicioso, plato preferido de Miranda. Caminaron las cuadras que separaban ambas viviendas, cuatro calles, y cuando Luisa respondió al sonido del timbre abriendo la puerta, en vez de ver la cara de la mujer, se encontraron con los tres pares, uno azul –por si era nene-, uno fucsia –para que quedara lindo en los pies de una nena- y el otro naranja –un color bastante neutral. Luego de pasar y retarla por gastar tanta plata en zapatillas, Luisa les confesó: “en realidad compré los tres porque me gustaron y me parece que ahora no se piensa los colores según el sexo del bebé...”. Cenaron, Damián elogió la comida chupándose los dedos; Miranda probó pocos bocados, se sentía pesada, agotada y se moría de sueño.
Esa noche, Miranda perdió el bebé en un quirófano de una importante clínica de La Plata. Ya a lo largo del día había sufrido dolores que le cortaban el aliento, no se preocupó demasiado porque su médico, días atrás, le había confirmado que todo marchaba bárbaro. Durmió una siesta eterna abrazada a Damián que veía los partidos de fútbol. La despertó el llamado de Luisa y se duchó de mala gana, aunque disimulando, para que él no insistiera en quedarse y hacerle un desplante semejante a su suegra. Caminaron las cuatro cuadras tomados de la mano, con paso lento y besándose antes de cruzar cada la calle. Tocaron el timbre de la casona donde Damián había crecido y se rieron con ganas al ver las zapatillitas que bien podrían haber sido un muestrario de tonalidades de pintura. Cenaron despacio, disfrutando de las conversaciones que siempre derivaban en una sonrisa, y tomaron un café; Miranda dejó que se enfriara en la taza a la vez que se acariciaba la panza que todavía no se le notaba. Se despidieron y volvieron caminando más lento aún que a la ida, sólo Damián hablaba. A Miranda siempre le había gustado oír la voz de su marido, no tanto lo que tenía para decir que por lo general era una pavada o una mentira, pero porque le gustaba el tono de su voz y porque ella no tenía fuerzas para hacerlo callar, fue que lo dejó monologar. Ya en la cama, había hecho que Damián se ocupara de apagar las luces y cerrar la puerta, se quedó dormida antes de que él saliera del baño.
-Mi amor –extendiendo su brazo hasta el pecho de Damián despertándolo del golpe-, me siento mal...
-¿Qué tenés?
-No sé, me siento mal, me duele...
Damián prendió el velador, la vio pálida, blanca como un papel y su mano estaba fría. De un salto se levantó de la cama, se puso el pantalón que había usado el día anterior y marcó el número de teléfono del médico que intentó calmarlo diciéndole que ya mandaba una ambulancia para allá. Con los minutos se puso peor, ya no alcanzaba a contestarle cuando le preguntaba cómo estaba. La alzó, sintió que había perdido la fuerza de siempre, creyó que se le iban a aflojar las piernas, que sus músculos inútiles lo iban a traicionar. Bajó a abrirles a los camilleros y se fueron rumbo a la clínica. Después, vio cómo unas enfermeras la conducían por el pasillo. Alguien le pidió amablemente que se acercara a la recepción para completar unos formularios, dócil, hizo lo que le pidieron. Fumó y al rato escuchó cómo el doctor le contaba que Miranda había perdido el bebé. Lloraba y casi no distinguía las palabras que el hombre pronunciaba: “ella va a estar bien... no tiene que preocuparse, es una mujer sana y joven, van a tener muchos hijos...”. “¿Qué fue lo que pasó?”, consiguió que le saliera la voz, una parecida a la que su mujer adoraba. “Son cosas que pasan, todo marchaba normalmente...”. La verdad fue que no quiso oír más.
Cuando Miranda se despertó en esa cama ajena, lo encontró con su cabeza recostada sobre sus manos que no había soltado en lo que transcurrió de la noche y las primeras horas de la mañana. Un movimiento de ella lo hizo exaltar, era que había estado tan quieta, durmiendo como una muerta que respiraba. Le alcanzó con verle la cara para comprobar que ya no estaba embarazada. Por eso fue que no lo dejó que le explicara lo que el médico le sugirió que le dijera, con esa palabras y mucha ternura. Lo miró y lo encontró triste, más viejo, ella recordó, contrastó mentalmente esa imagen con la del Damián feliz cuando supo de su futura paternidad y empezó a llorar, más por él que por ella.
-Perdoname, mi amor –empezó a decirle con los ojos desbastados por las lágrimas.
-¿De qué estás hablando, Miranda?
-Que me perdones porque yo no pude cuidar a tu bebé...
-¡Basta de estupideces! –pronunció con una voz cortajeada-. Fue algo que pasó, nada más...
-Sí, pero me pasó a mí, a nosotros... y...
-Miranda –la interrumpió-, yo tampoco pude cuidarlos a ustedes.
Damián agradeció la irrupción del médico que entró a la habitación, estaba a punto de imitar a su esposa y sabía que si lloraba no iba a poder detenerse. El doctor le contó a Miranda las explicaciones de rutina, que esto y lo otro, que era una mujer joven y fuerte, que conseguiría salir adelante, que podrían tener cuantos hijos desearan. Ella lo escuchó mientras miraba las flores que, supuso, Damián o su suegra, o Hugo y su suegra, o los tres, le habían llevado de regalo. Fantaseó por un instante que estaba internada después de parir, que junto a los floreros había ropita de bebé y que en cualquier momento una enfermera le traería a su hijo para que lo amantara. ... Aquél buen sueño breve... Después de ese instante, volvió a la realidad.
Al rato quedó nuevamente dormida, Damián no se le despegó de su lado. Le acariciaba el pelo, se lo despejaba de sus ojos, con esos dedos fuertes donde reposaban todos sus sueños; pensó, antes de caer inconsciente, que aquélla calma era falsa y que con esas manos que le regalaban devoción también podría matar. Siguió especulando en sus pesadillas hasta que un beso en la frente, que no era de Damián, medio que la desperezó. Hugo la estaba observando, vigilando o hasta juzgando. No, nada de eso, tan sólo la estaba acompañando mientras su hijo fumaba en algún recoveco del pasillo, escondiéndose de las enfermeras. Una leve sonrisa la devolvió a la tierra tranquila. Lejos de la hiperactividad y cierta histeria de su ex mujer, don Hugo, como solía llamarlo, era un hombre que inspiraba serenidad y confianza.
-Su hijo nunca me va a perdonar... Me mira con bronca, con resentimiento...
-¿Qué decís, querida...? –quiso detener el torrente de sollozos que brotaban nuevamente.
-Yo lo vi, me di cuenta... Él era tan feliz y ahora...
Ella lo conocía muy bien y no se equivocaba, la felicidad robada, perdida, desangrada...
-Si por lo menos no hubiésemos conocido ese estado de satisfacción absoluta... Nunca va a volver a ser como antes –concluyó.
Las flores de los jarrones se marchitaron antes de Miranda se fuera a su casa con el alta médica. Rodeados de miradas resbaladizas, tristezas y reproches callados, ocultos; siguieron haciendo como que vivían. Damián la esquivaba, trataba de permanecer con ella el menor tiempo posible, huía cuando llegaba su papá o su madre que siempre traía comida. Recuperada físicamente, aun después de tres semanas, Miranda se negaba a levantarse de la cama, dormía más de la cuenta, comía lo indispensable, casi no hablaba; ni siquiera sonreía. Lleno de ternura indiferente, Damián se esforzaba por que su mujer se repusiera de una vez por todas.
Finalmente, Miranda se dispuso a seguir viviendo. Volvió a vestirse, dejando de lado la remera y la bata que la habían acompañado todo ese tiempo y supuso que trabajar sería bueno. En estos casos, buá, en casi todos, la rutina y las obligaciones solían ayudar. La clínica que siempre estaba llena de animalitos doloridos, los amigos, las visitas cada domingo a lo de su suegra, las cenas en algún lindo restaurante con Damián, ciertos cines... Todo retomó su curso, salvo la relación entre ellos.
Desde entonces, ya casi no charlaban como lo hicieron siempre, a lo largo de varias horas, por lo general antes de dormir hasta que uno de los dos quedaba callado y el otro daba por terminada la conversación, y lo imitaba hasta en sueños. Sueños que ahora les pesaban demasiado, y desguarnecidos y maltrechos, vieron cómo la realidad se les escapaba de las manos. Últimamente los desenlaces siempre eran los mismos, una discusión que derivaba en agravios y ofensas; insultos y reproches velados en las palabras que nunca se decían pero alcanzaba con saber que el otro las pensaba. “... Ni siquiera pudiste darme un hijo...”, y no terminó de decirlo que ya Damián se había arrepentido. Se les atontaron las lenguas. Se cansaron sus ojos. Derramándose en la tristeza de darle certeza a sus especulaciones, Miranda, muda y ensombrecida, le dio un cachetazo que no le debió haber dolido tanto como a ella esa frase.
-¿Qué estás haciendo? –le preguntó él ante la evidente acción de guardar ropa en una valija-. ¿Qué estás haciendo? –le repitió tomándola del brazo para acercarla a él.
-Yo no me quedo con vos ni un minuto más.
Éso fue lo último que le dijo hasta pasado mucho tiempo después. Se marchó a lo de una compañera de trabajo, Tatiana, una nueva veterinaria contratada dado el progreso de la clínica. Luisa continuó tratando de acercarlos, le mandaba mensajes de su hijo llevándole a Catalina con cualquier excusa. Intentaba, también, invitarla a su casa a comer para forzar un encuentro. Agradecida por todo el afecto, Miranda pretendió explicarle, muy por arriba, a la persona más insistente del mundo porqué no quería saber nada de su Damiancito.
La vida siguió desarrollándose sin que nadie hiciera mucho esfuerzo. Perdiendo recuerdos por ahí; buscando problemas que distrajeran, apurando los días cargándolos de ocupaciones desmedidas, rutinas agobiantes; ambos buscaron diversas costumbres lejos del otro. Prescindiendo de Damián, añorando sólo una tierna ausencia... Nuevos romances llenos de engaños, teléfonos apagados –siempre era él el que la llamaba-, visitas frecuentes a lo de su mamá con la esperanza de cruzársela en la esquina de su trabajo... Intentó retomar los trucos que años atrás le habían permitido conquistarla.
Ésa vez, sin ninguna clase de especulación, Luisa la buscó desesperada, Catalina estaba enferma. “Tráigala que la reviso”, le dijo pensando que se trataba de una de las suyas... Sin embargo, terminó yendo hasta la casona para ver a la vieja gatita que agonizaba. Muy a su pesar le informó a su ex suegra el estado del animalito y ambas decidieron que lo mejor sería... Luisa lloró el resto de la tarde abrazada a ella que, compasiva se mantuvo a su lado. Por lo general el azar intervenía en las realidades con un peso mayor al de determinar qué número salía en la quiniela hoy y cuál mañana, por eso, mientras le recomendaba una especie de cementerio para mascotas, Miranda vio entrar por la puerta a Damián. Iluso, sintió que se trataba del momento ideal, que aquélla coincidencia significaba la inigualable chance para resarcir de alguna manera su error y continuar con el matrimonio que ninguno de los dos había decido quebrar legalmente.
-... Yo te voy a decir una cosa, Damián, para que te quede bien claro... –y jamás levantó la voz por respeto a su suegra-. Yo no te voy a volver a dirigir la palabra hasta que no escuche que te disculpás conmigo... Y no sigo hablando porque tu mamá se avergonzaría de vos...
Ése día él se quedó consolando a Luisa, y Miranda se puso en campaña de buscar un abogado, algo que había demorado por muchos meses. Al verlo se decidió, esa cara que ya no le inspiraba nada que no fuera resentimiento; y supo que no habría vuelta atrás, no podría conseguir tenerlo enfrente sin que las imágenes más hirientes hicieran eco en sus recuerdos.
Por su parte, cuando Damián recibió en el departamento la notificación de divorcio que prolijamente redactó la abogada que contrató Miranda, se exaltó y se fue a buscarla a la casa de esa tal Tatiana. No sabía donde vivía así que una noche esperó a que salieran del trabajo y las siguió. Al rato tocó el timbre de donde las había visto entrar, volvía a lo que él mismo se había encargado de perder. La chica la llamó, le dijo que la buscaba su marido. Previendo un escándalo, Miranda se excusó de antemano con ella.
-Como me lo exigiste, y estoy de acuerdo, vine a disculparme con vos... Tenés que perdonarme, mi amor.
-¡Mirame a los ojos! ¿No se te cae la cara de vergüenza? –y comprendió que tal vez, tiempo atrás, hubiera bastado con esas palabras.
-Ése no fui yo, el que te dijo esas barbaridades, el que te ofendió, no era yo...
-Se te parecía bastante.
-Mi amor, cuando te vi en nuestra cama llorando de dolor, retorciéndote de dolor... cuando te llevaban en la camilla, sólo pensaba en vos, en que estuvieras bien, en que no te pasara nada. No me acordé de otra cosa, ni siquiera de nuestro bebé... Sos lo más importante en mi vida –después de mucho tiempo, Damián volvía a decir la verdad, el amor tenía esas cosas…-. Ahora que no te tengo, me doy cuenta de que no puedo estar sin vos... Me estoy muriendo.
-Damián, perdí un embarazo, a mi marido, pero de ninguna manera voy a perder mi dignidad aceptando volver con vos... Todo éso que pasé lo estoy superando, pero los agravios que me dijiste dudo que consiga olvidarlos alguna vez... No puedo creer que después de amarnos tanto hayas sido capaz de hablarme así... No despertás nada en mí más que rencor... No te quiero volver a ver nunca más.
De todos modos no lo consiguió. En un lindo restaurante que le sonaba conocido de otra vida, se lo encontró. Damián le hacía creer a la mujer que lo acompañaba que la amaba y que era feliz a su lado. Miranda solamente sonreía cuando miraba a la criatura, preciosa como ella, que tenía en brazos. Estuvieron a punto de no reconocerse.
coleccionado palabras
-¿A dónde vas? –le preguntó, ni bien leyó el título de la nota de Constanza.
-Te voy a preparar un café.
-¿Para mí solo? ¿Vos no vas a tomar?
-No, no tengo muchas ganas...
-... Oíme una cosa Constanza, ¿tanto se te complica descartar los gerundios...? –le dijo al ratito, no supo hacer otra cosa más que hablarle serio y concentrado después de aprobar la lección sexual recitada con gran esmero.
-... Los uso porque me gustan, son palabras con fuerza, tienen acción permanente, ¿no te parece? –le contestó firme en la cadencia de su voz. Creía en lo que decía-. ¿Me convidás un traguito?
-¡Te vas a terminar tomando todo mi café! ¡No sé por qué no te preparaste uno para vos!
-... Porque no tenía muchas ganas...
Cuando Leopoldo la conoció, él explicaba cómo escribir un artículo periodístico. Fue hace unos años, y Constanza recién empezaba la facultad. Desde aquel entonces ellos fueron amantes, y no novios, porque ella estaba casada.
La claridad que se filtraba por la ventana de ese domingo lo había impulsado, un rato antes, a ponerse a corregir los trabajos de sus alumnos.
-¿Qué es eso? –curioseó ella sabiendo perfectamente lo que era.
-Es de una alumna, sabés que se parece bastante a vos...
-¿En qué sentido?
-Tiene un estilo de escritura similar al tuyo.
-Es inteligente, entonces... ¡Ah, ésa es tu debilidad, eh, te descubrí, las alumnas inteligentes! ¡Podrías enamorarte de ella!
-Yo ya estoy enamorado de vos –tu mente y mi cuerpo, pensaba salvaje.
-Shh –lo hizo callar con un gesto claro de sus dedos elocuentes-. Leeme.
“Aunque no tengo trabajo, escribo para no perder el hábito...
Me causa mucha gracia que gente que tiene los bolsillos repletos me hable de pobreza. A partir de ahora estoy decidida a tratar mi problema de no conseguir un trabajo digno sólo con otros desocupados. ¡Es tan fácil llenarse la boca de consejos! Supongo que se trata del orgullo de los pobres, como le dicen...
El hecho es que no voy a pasarme diez horas en un comercio bajo las órdenes de un encargado que a duras penas escribe mal el castellano. Pero lo dicho: sólo alguien que atraviesa por lo mismo, podría comprender esta actitud, porque para el resto, soy una vaga... Lo único bueno de no tener nada, es no deberle un carajo a nadie.
En algunas oportunidades sufro demasiado por saber, por ser lo suficientemente consciente de que estamos plagados de demagogos intolerantes e ineptos. Inundados por siglas genocidas, barredoras de pueblos completos, ¿hace falta que las transcriba? ¿No son de sobra conocidas por todos? ¿No son publicadas cotidianamente en los diarios? Me indigna ver en el noticiero por más de cuarenta minutos el anuncio de ciertas “noticias”. ¡Si hasta vergüenza me da llamarlas así! Nos intoxican con hechos como: el de un fulano que reflotó los cinturones de castidad para maridos paranoicos, ositos que nacen en algún zoo perdido en cualquier lugar, y demás sucesos que no tienen nada de interés... ¡Cómo si el mundo, la Argentina, pudieran darse los lujos de ocuparse de esas estupideces!
Morigeran la realidad con idioteces... Nos distraen. Dan vueltas para esquivar la verdad. La maquillan con eufemismos, con términos elegantes... Si, al fin y al cabo, para decir que un gobernante que, por sus acciones hace que las personas mueran, alcanza con una palabra: asesino... Estudio en la facultad para disuadir y engañar a la gente...
Mandan tropas de paz pero armados hasta los dientes, ¡qué detalle tan insignificante! Traicionan, mienten, se esfuerzan en confundir; a veces lo consiguen... Justifican lo imposible... Aniquilan las esperanzas de todos sin tener ningún tipo de remordimiento. El mundo está manejado por alcohólicos hijos de putas ¡y eso que, por lo general, los borrachos me caen bien...! Nos están matando... Sólo los responsables sonríen cuando escuchan las noticias...
Un continente lleno de rabia, de dolor... Que revienta de fístulas infectadas. ¿Alguien me puede explicar por qué, cuando hay un atentado o cierta tragedia, se discrimina a las víctimas según la nacionalidad? ¿Acaso no da lo mismo? ¿No son todos seres humanos? ¿La vida de un norteamericano o la de un europeo significa otra cosa que la de un argentino o africano...? ¿Sus muertos valen más que los nuestros? Eso parece; cuando padecimos en este sur las acciones terroristas, a nadie se le movió un pelo... ¡Se podrían haber evitado tantas lágrimas si alguien hubiese mirado hacia abajo...! El mundo sangra, pero varía el color según los puntos cardinales. Toda esta demencia me arruina la existencia...
Sólo espero que algún día todos esos delincuentes que asesinan, que empobrecen, tengan que rendirle cuentas a algún dios. En esta tierra no alcanzan las excusas, no existe el perdón.
¿Cómo se hace para vivir sin ídolos, sin futuro? Espero acostumbrarse alguna vez...
No soy para nada idealista ni mucho menos; a veces sueño un poco, nada más... Pienso que si por lo menos no estudiara, si no supiera, si no tuviese expectativas... todo resultaría más llevadero. Por momentos me veo dispuesta a pelear hasta el final sin rendirme, otras veces, no...
Me adormezco escuchando una entrevista en la tele a un ex presidente, da lo mismo el país, que lleva a cuesta la carga de saber que muchas personas la pasan mal por su culpa. En sus explicaciones, miente... Apago la televisión, tengo la sensación de que esta noche voy a tener pesadillas...”.
-Está bueno, me gustan los calificativos que usa... La verdad es que no me molestaría compartirte con ella –le aseguró acariciando cada sílaba.
-¡No digas pavadas, querés!
-Bueno, por qué no le das una ojeada a mi artículo así mañana la entrego tranquila –le pidió ella medio dormida y completamente desnuda.
-¿La tenés acá? –le preguntó, y ella se levantó, fue hasta el comedor y volvió a la pieza con su bolso. Lo vació sobre la cama deshecha hasta que la encontró camuflada entre otros papeles.
-¡Acá está! –dijo y agitó aquellas hojas en señal de triunfo.
Leopoldo la leyó lento, como saboreando con café las frases tan bien redactadas, cada una en el lugar exacto; una patria de adjetivos. Impecable, si no estuviera plagada de gerundios.
-... Oíme una cosa Constanza, ¿tanto se te complica descartar los gerundios? –le habló serio y concentrado.
Jugando con sus palabras, ella le respondió algo acerca de su agrado por esa conjugación potente y continua.
-... Lo que quieras, nena, pero en periodismo no se usan... –replicó como único argumento a semejante desprecio, en medio del barullo de todas aquellas oraciones, sacadas de un diccionario en común, oculto e inalcanzable para el resto del mundo.
Así fue como ella recordó que a lo largo de todos esos años de facultad siempre tuvo que escuchar que estaba mal lo que escribía, que evitara “los ando y los endo”, pero cuando preguntaba por qué, insuficientemente le fundamentaban esa postura con: “porque no quedan bien, no se usan”. Era muy posible que su fascinación por lo prohibido, por esas palabras exiliadas del papel, se radicara en el hecho de lo vedado sin excusa precisa. También se acordó, al verlo pasar sus páginas, que fue Leopoldo el primero en corregir sus vicios de redacción, (todos los demás supo cómo estimularlos).
Cuando se conocieron chocaron desde el primer momento, por culpa de los verbos. Primero fueron los gerundios marginados, repudiados por los intelectualoides de la comunicación, después fue a causa del “ser/estar”. A mediados de aquél lejano año en que Leopoldo era su profesor de periodismo, un grupo de compañeros de cursada empezaron con el planteo, no se trataba de algo sencillo de precisar, cualquier tema siempre derivaba o degeneraba en otro u otros entremezclados.
-Acá la compañera –dijo, señalando a Constanza, más bien a su dedo anular de la mano izquierda, antes de convertirse en lo que fueron por mucho tiempo- evidentemente es una señora casada, responsable... –y agregó algunas pavadas más.
-No, yo no “soy” casada, “estoy” casada que es diferente... –le retrucó impune, en plena clase.
-¿Cómo es eso? –preguntó molesto de que una alumna lo corrigiera y desautorizara frente al resto.
-El “ser” es algo permanente, definitivo.
-Explicate mejor... –le indico a punto de enfurecerse.
-Es fácil, es decir, se “es” persona, se “es” buena gente, se “es” hijo, pero no se “es” casado. Nunca se deja de ser hijo a pesar de que uno crezca o mueran sus padres... Se “está” casado porque éso se puede cambiar, hoy estoy casada y mañana, si tuviera un motivo que valiese la pena, podría dejar de estarlo. Nuestro idioma es lo suficientemente rico como para autolimitarse de la manera en que usted lo plantea, el castellano nos permite hacer esa diferenciación entre ser y estar; en ingles o en francés, por ejemplo, se “está alumno” y se “es en la plaza”; por eso es que a los extranjeros lo que más les cuesta aprender del español es distinguir entre ser y estar porque no tienen el concepto de esa diferencia –habló la orfebre de sonidos.
-Le vamos a agradecer a la compañera que “está” casada y que aún no encuentra un motivo para divorciarse la clase de castellano que nos brindó.
Enseguida, la hora pasó volando, Constanza se fue corriendo para entrar a cursar otra materia, y Leopoldo se quedó pensando en esa chica de lo más altanera, que lo increpó delante de todo el mundo. “¡Cómo te enseñaría a usar la lengua a vos...!”. Después de algunas semanas, ella aceptó dormir con él.
-El domingo tiene que ser, es el día que más tranquilo tengo, mi marido se va a ver a Boca –le explicó-. Repetime la dirección.
-10 entre 45 y 46, es el edificio de mitad de cuadra, te espero abajo –dijo torpe y apurado, ansioso como un nene en la mañana de Reyes.
De aquéllo a esta ojeada a su trabajo en la cama, rodeados de cosas y cositas que se dejaron caer dóciles del bolso de Constanza, pasaron unos cuantos años.
-¿Hace mucho que “estás” casada? –indagó Leopoldo después de coger el segundo o tercer domingo. Ella cantaba y se calló para oírlo, siempre musicalizaba sus crímenes.
Balbuceando en su media lengua exclusiva. Su perfecto idiolecto... Aunque ciertamente, a veces no necesitara hablar, le dijo:
-Maso, me casé muy chica, tenía dieciocho años, ahora tengo veintidós... –le contestó como inventando los primeros sonidos del universo. Hizo cuentas mentales y respondió con un sencillo alfabeto de murmullos-... hace cuatro... para alguien de mi edad es bastante tiempo, ¿no?
-¿Por qué te casaste? –habló usando palabras inútiles.
-Porque estaba enamorada –respondió con el tono que usaban los padres ante el quinto ¿por qué? consecutivo de su hijo curioso. Además, se trataba de algo lógico, ¿por qué otra causa se casaría alguien si no fuera por amor...?
Seguramente, no se trató del hecho de que Leopoldo sació sus ansias de saber todo sobre ella que no volvió a preguntarle acerca de su vida matrimonial, se debía a que le costaba entender que la chica que pasaba las horas más imperdibles del mundo con él, siguiera sosteniendo que amaba a su esposo. A partir de entonces, trató de imaginárselo, diseñar una figura mental de ese hombre que la tenía cada noche, todos los días; ese enemigo invisible con el que tendría que competir por el placer de Constanza. Fantaseó con que se trataba de un viejo con dinero, que le brindaba la comodidad y seguridad que toda mujer buscaba; por mucho tiempo se lo proyectó así, una especie de empresario decrépito, tanto que, probablemente, no podía responderle en la cama donde, un nuevo domingo, dormía tapada hasta las orejas abrazada a él. Por esa época, ni siquiera conocía el nombre de su rival. Pasaron demasiados fines de semana y, para la angustia de Leopoldo, a medida en que la iba conociendo, no su cuerpo sino su mente casi inexplorada, comprendía que aquel perfil de marido que había inventado no encajaba para nada con ella.
Tardó más de un año desde aquel agosto hasta animarse a preguntarle por él…
-Esperá, me parece que tengo una foto suya –dijo, masticando el sabor de cada letra de su idioma de susurros, a la vez que saltaba de la cama.
Fue hasta el living, allá revisó su bolso y llevó a la habitación su agenda.
-¡Acá está! –gritó entusiasmada y extendió su brazo, entregándosela.
Tuvo razón cuando se intranquilizó al tachar en su conciencia la figura de un señor mayor, canoso, algo encorvado y con billetes que afloraban de sus bolsillos.
-Él es Adrián, mi esposo –le aclaró como si de verdad hiciese falta, como si no alcanzara la imagen de un muchacho que la tomaba de la cintura frente a una playa.
-¿De qué trabaja? –consciente de las fluctuaciones de su voz, indagó con la esperanza de oír que era millonario, que no necesitaba tener un empleo y que se podía pasar la mitad del año viajando por el mundo.
-Es profesor de inglés... –aseguró ella.
Y otra vez, apocalíptico, Leopoldo cayó preso de sus miedos, se avergonzó de sus especulaciones, sin sentido, porque nunca le había revelado a Constanza lo que creía de ese tipo.
-¡Cómo te gustan los profesores a vos...! –dijo, para remediar su culpa y para volver a acercarse y secuestrarle un poco de su aroma
-Sí, adoro aprender –y ella le susurró algo obsceno, luciendo los márgenes de su perversa sonrisa reluciente; usufructuando al máximo el lunfardo de la sed.
Cualquiera que la conociese se daba cuenta: era groseramente feliz. Constanza era única haciendo las cosas que el resto del mundo asumía como ridículas. ¡A ella sola se le ocurría querer ir al cine un domingo al mediodía! No usaba ninguna religión, únicamente tenía un par de reglas, como una plegaria por así decirlo, que nunca quebraba. Recitaba el final de su oración: “... está prohibido festejar el cumpleaños antes, trae mala suerte. ¡El postre se come después del plato salado! ¡Muera lo agridulce...! El salero jamás se pasa de mano en mano; hay que apoyarlo sobre la mesa...”.
Una tarde, tras dialogar con sus olores, se sintió el ser más afortunado del planeta, un hombre con cara de perrito incondicional, cuando Constanza llegó con la novedad de que Adrián (como desde aquel día lo nombraban) había conseguido un nuevo trabajo en una academia, lo que les permitiría verse también los miércoles al anochecer, de siete a nueve. La alegría multiplicada, el placer extendido, la dicha desproporcionada. Desde ya que a él no le alcanzaba con disfrutarla a lo largo de esos minutos que huían de sus manos, pero fue entendiendo con el tiempo, desalentado, que ella aún no había encontrado los motivos que la decidieran a cambiar su realidad.
En medio de un mundo hecho de sílabas dulces, vocabularios copiados, piropos, cada uno dicho a media voz, ¡tantas palabras!, a Leopoldo no le bastaba tenerla así, entrecortada, le hubiera encantado dormir a su lado cada noche, despertarse con ella y ver ese rostro antes que cualquier otra cosa. Sin embargo, no buscó otra mujer con otra cara, otro cuerpo que tener sin limitaciones; se conformó con soñar con ella, apurar los días para que llegaran, lo más rápido posible, los miércoles a la tardecita y los domingos. Como él, los dioses sonreían cada tarde de domingo, siempre que hubiera fútbol. Mientras tanto, indagaba sobre su vida, investigaba en sus ojos con la ilusión de hallar, en algún momento, los impulsos que la llevaran a elegirlo a él, exclusivamente a él.
-¿Extrañás a tu esposo? –le preguntó una noche en que se despabilaba apurada.
-No –rodeados de manos políglotas en una jerga de caricias, sentenció segura, con su lenguaje audaz, seleccionado entre su colección de palabras las más eficaces-, así como tampoco pienso en vos cuando estoy con él.
Después se desató un oleaje de calificativos y de caprichos... Hasta que se aburrió y, poniendo fin a la siesta despojada, lo besó o lo rozó, porque fue tan rápido que no distinguió sus labios del aire.
Vacío, plagado de desamparo, quedó inundado por su ausencia. “Un poco de dignidad, amor propio o compasión, éso es lo que necesito”, se repetía Leopoldo como implorando al Olimpo que le dieran la gracia de valorarse. No eran escrúpulos, sino el más nítido egoísmo. “Tan linda y tan de otro...”. Comprendió que ponerla entre la espada y la pared, no era una buena estrategia con ella, que siempre sabía resolver conflictos bajo presión. Darle a elegir: “Adrián o yo”, como había alucinado una noche de insomnio, era peligroso, al extremo de considerarlo suicida. “¿Y si me dice que se queda con él? ¿Si se despide decepcionada de mí? ¿Y si pierdo lo poco que tengo de ella?”. Pensaba las respuestas brotando de esa boca y prefirió tomar algo para dormirse de una vez por todas, desencantado, convencido de que ni en dos vidas salteadas iba a poder alejarse de ella.
Efectivamente, no le planteó, en todo el tiempo en que fueron lo que ella quiso que sean, que determinara con cuál prefería estar. Era que estaba claro, al menos para Constanza y él lo fue aceptando muy a su pesar, aunque cada saludo de despedida lo desgarrara un poco. “¡Qué mujer insensible! ¡Vacía y cruel!”, afirmaba en silencio transfigurando la imagen de la chica pasional y dulce con la que acaba de estar. “Tal vez se trate de alguien que ama tanto que con una persona no le alcanza”, se planteaba luego intentando convencerse, aunque siempre rondara en su mente la duda de no saber si a él lo quería o qué. Sufría, y no conseguía sacar una idea en limpio, no podía aprender en absoluto de ese dolor. Era un artista de la desilusión.
-¡Viste qué genial! Es maravilloso el poder que tiene una palabra tierna y una puteada, si son pronunciadas por las bocas indicadas, en el instante preciso, ambas hacen temblar si el que las oye sabe escuchar... –artesana con su voz, argumentó de la nada acerca de algo.
-... Después de todo el tiempo que llevan juntos, ¿seguís amando a Adrián? –sin encontrar los términos precisos, la sacó de sus divagues lingüísticos y se animó a interrogarla con palabras muertas, después de haberse estado atormentándose durante semanas con lo mismo. Palabras acumuladas de callarlas por tantas noches pasadas.
-Sí, lo amo como el primer día en que lo vi... ¡No, lo amo más, porque ahora lo conozco! –soltó vengativamente sus conceptos, sincera, en un idioma confiable, obviando el detalle de estar en la cama de otro. ¿Quién se iba a detener en esas pequeñeces?
-¿Y a mí...? –repreguntó casi desfalleciéndose.
-¿A vos qué...? –sin entender, porque esa clase de preguntas no figuraba en su léxico privado.
-¿A mí me amás? –volvió a arriesgarse.
-No, no te amo... –de las mil formas que tenía para responderle, eligió la más cruel-. Te quiero, sí... Me gustás, sí... Pero amar es otra cosa... –mostrándole que distinguía nociones y diferenciaba con precisión cada vocablo que atesoraba.
Desde aquella mañana, en la que habían debatido entre “ser y estar”, Leopoldo se sentía cada día más cautivado y enloquecido por ella, era incapaz de pensar que podría seguir existiendo sin Constanza; habían pasado algo así como cuatro años. Gozando de un paraíso particular, asimismo, lleno de avatares, era conciente de que no podía continuar con esa especie de realidad entre corchetes de domingos y miércoles, lo atormentaba ver que se estancaba en el almanaque, trabajaba todos los días pero sólo los miércoles lo hacía bien... Su obsesión por mantener esa ficción de relación que tenían, lo privaba de conocer a otra mujer y enamorarse de ella y casarse con ella y tener hijos con ella. Además, ya no era un pibe y ese estado vegetativo en el que permanecía casi toda la semana, no era vida.
Nunca le había pedido nada a Constanza, ni siquiera un “quedate un rato más...”, jamás le exigió otra cosa que ella no le diera espontáneamente; pero se veía que esperaba demasiado de esa chica que cogía con él y lo dejaba con la misma naturalidad, con su sofisticado estilo para hacerlo sufrir.
Una de aquellas madrugadas criminales, Leopoldo leyó: “tan remoto era el mundo en que vagaba con ella, tan absorbente su menor movimiento, la palabra más pequeña, el más mínimo aliento que aspiraba... Su vocabulario, sus grandes pensamientos, encendían los días como astros... ¡Qué curiosa aventura que es otra persona!”. Sí, era bastante probable que el Cuaderno Negro también hablara de él...
Aquella tarde Leopoldo había decidido adherirse al paro de docentes y, como un juego de la mala suerte que se empeñaba en separarlos, ella sí tuvo que ir a cursar. De todas maneras, se las ingenió para darse una vuelta por la facultad y buscarla por los eternos pasillos y las aulas. La encontró sentada, medio dormida apantallándose con un manojo de fotocopias que no había leído. Le hizo señas discretas para que fijara su vista hacia la ventana interna, tan disimuladas fueron que todo resultó inútil. En un momento, vio cómo esa chica se despabilaba y empezaba a discutir con alguien o varias personas acerca de algo referido a la confección de una nota de opinión. La vio llena de pasión y tan segura de sí que esa imagen lo apabulló, volvieron a inyectarse en sus huesos toda clase de temores... sólo él tenía algo que perder...
Resultó que ella sostenía que las opiniones no podían corregirse ni cuestionarse en tanto y en cuanto estuviesen fundamentadas, todo lo demás era censura o cuestión de gustos.
-... Y cuando los profesores se agarran de una postura para tener algo que criticar en un trabajo, se debe a que está demasiado bien para ustedes, que se mueren de envidia porque nunca consiguieron formular con palabras, en un papel, una idea precisa. Todo lo que afirmo está justificado con ejemplos, con conceptos teóricos, lo contrasté con otras opiniones, con antecedentes históricos y si a usted no le gusta lo que pienso ya no es problema mío –aseguró, y después se mantuvo en silencio esperando que alguien fuera capaz de retrucarla para volver a embestir, igual que hacía con él.
-El inconveniente es que tu nota es demasiado agresiva, dudo que sea publicable.
-¿Agresiva, porque digo que hay ciertos asesinos que no tienen perdón...? ¿Agresiva, porque elijo los nombres que les corresponden a las cosas...? Está bien, entonces, en vez de una nota de tapa quieren una “nota que tapa”. Ustedes quieren desvirtuar la realidad contando historias intrascendentes. Es una estupidez lo que proponen... No hay noticia si no se trata de algo malo, si es bueno, como mucho puede llegar a ser una novedad... Igual no se preocupen, la semana que viene le voy a traer el artículo que a usted le gustaría leer...
Se levantó, caminó hacia la puerta y lo vio pálido, parado, maravillado y lleno de terror. Si respondía de esa forma porque le habían cuestionado su franqueza en sus expresiones y su postura extrema, ¿cómo reaccionaría si Leopoldo le planteaba que la quería para él, sin restricciones, sin compartirla...?
-¡Sacame de acá...! Si no estuviera por recibirme, mandaría todo esto a la mierda... ¡No se puede creer lo mediocre que son estos tipos...!
-No es para tanto...
-Tenés razón, es una idiotez, voy a darles lo que quieren... quieren que les escriba de temas pelotudos, éso es lo que les voy a dar, total, el día de mañana voy poder ocuparme de lo que me interesa... ¡Al fin y al cabo creo que me honra que a esos serviles no les guste lo que pienso!
-Pero cuando trabajes vas a tener que rendir cuentas a un jefe...
-Entonces voy a escribir para mí y para los amigos que lo quieran leer... Lo voy a archivar en la computadora, si es necesario... Además, yo no quiero trabajar en los diarios que están hechos a medida de los poderosos, que son complacientes como prostitutas... ¡Esto más que periodismo es propaganda!
-No siempre se puede hacer lo que uno quiere...
-Todo el tiempo, mi marido me dice algo parecido...
-Pero, qué escribiste como para armar semejante escándalo... –preguntó ingenuo.
-... Que a cada uno de los políticos que hunden el país hay que matarles un hijo para que se dejen de joder...
-¿En serio escribiste éso?
-Sí, entre otras cosas, es mi opinión... ¿y qué? Porque mientras esos hijos de putas juegan a la política y se llenan los bolsillos, le arruinan la vida a la gente... Entonces, ¿qué hay que hacer con ellos? ¡Reventarles la vida también! ¡Es básico!
-¿No te parece demasiado drástico?
-Sí, pero bueno, es lo que pienso, no quiere decir que lo vaya a hacer...
-¡Vos y tus teorías! –dijo, como arrancando con una especie de súplica deshilachada-. ¡Me aterrás! ¡Ni hablar de tu postura sobre política internacional! No son como para andar diciéndolas por ahí... Y menos para escribirlas.
-...
-A veces preferiría no entender las cosas que decís... Creo que sería mejor no saber...
-Saber requiere compromisos. Trae obligaciones y más angustias que la ignorancia... Pero siempre es mejor saber, si uno es capaz de aceptar la responsabilidad... ¡Y lo único que yo puedo hacer es no quedarme callada!
-Me parece que vos mirás demasiadas películas de mafiosos –insistió ante su silencio.
-Sí, ¿y qué? ¿Qué tiene de malo éso?
-Nada, nada.
-¡Vivo controlándome...! Me mido en todo... En los gastos, con la comida, analizo cada pucho antes de encenderlo... ¡Pero con las palabras, no! ¡No estoy dispuesta a medirme antes de hablar! ¡Las palabras son lo único que tengo!
-¡Está bien, ahora no te me vengas a enojar conmigo!
Una vez más chocaba con la verdad. Recrudeciendo en su postura, incorregible, Constanza hacía lo que deseaba, y si era preciso, hacía lo mínimo para conformar a los otros mientras que para sí no reparaba en las limitaciones. Éso pasaba con él, le daba lo que necesitaba, lo urgente, lo indispensable para conformarlo, como el artículo que tenía que rehacer con algún editorial estúpido... Por otro lado, atesoraba para ella lo que verdaderamente amaba, sus opiniones censuradas por el mundo, y su matrimonio. “No siempre se puede hacer lo que uno quiere”, como le explicó esa tarde caminando por el centro.
La furia de la chica y esa determinación tajante, la que Leopoldo nunca pudo tener, lo inhibieron de hablarle de lo que había pensado. Dejó de lado los planteos pseudo sentimentales, las recriminaciones, las exigencias... “¿Quién era él? Si ella no lo amaba.... ¿Y si se convertía en una molestia y lo descartaba...? ¿Qué le iba costar conseguirse otro tipo más servicial?”. Bajo aquel sol adormecido, la dejó hablar, reluciente, recolectando frases extraviadas; escrutando su rostro, la oía atento como para ver más claramente entre cada palabra; fascinado de tener el privilegio de ser él su interlocutor.
-... Me das una pajita –le pidió al chico que le alcanzaba la latita de gaseosa y sus cigarrillos.
-¿Constanza, cómo le vas a pedir una pajita? –retándola amablemente.
-¿Cómo se llaman, si no? –el vendedor se la entregó y sonrió por lo absurdo de la disputa verbal.
-Sorbete.
-¡Dejate de joder! La forma en que uno habla, habla de uno ¿o no?... En mi barrio son pajitas, sorbetes le dirán los que les tienen miedo a las palabras...
Él empezó a escucharla, solamente éso podía hacer, escucharla lo más atento posible... Tal vez, los sonidos de aquella voz espantaran ciertos fantasmas...
-... Por ejemplo –dijo Constanza retomando su antiguo discurso-, a esa basura de tipo –señalando la foto de tapa de un diario que un hombre releía concentrado-, yo lo mataría...
-¿A ése sólo?
-A ése y otros cuantos... Y sabés qué creo también...
-¡Ay, dios mío!
-...Creo que tendía que existir una ley, o algo... que permita a la gente desquitarse... Una especie de derecho a la “legítima venganza”... Entonces, alguien tendría permitido vengarse de al menos una persona...
-¿Matando? –pronunció lo suficientemente horrorizado.
-Matando, hiriendo, insultando, lastimando... ¡Qué sé yo! Es una idea en la que tendría que trabajar más a fondo...
-Y vos, ¿cómo te desquitarías y de quién?
-De quién... no sé, tendría que ponerme a elegir, establecer prioridades... Y cómo... sí, ya se me ocurre como... agarraría el auto de Adrián –a lo mejor resultase conveniente destacar que Constanza no sabía manejar-, y se lo tiraría encima unas cuantas veces...
-...
-¿Qué estás pensando?
-Que como diosa, serías peligrosa.
-Sería más justa que muchos...
-Es que lo que a mí me preocupa es tu concepto de justicia –largó, para no volver a abordar ese entramado de venganzas y reprimendas.
Al domingo siguiente Leopoldo le corregía un trabajo tirados en la cama, acalorados debajo del ventilador de techo y rodeados por las cosas que cayeron del bolso de Constanza.
-... La única objeción que tengo es la que te dije... –concluyó.
-A mí me encanta así como está...
-¡Qué humilde que sos!
-Sabés que no tengo la virtud de la modestia. Es mi mejor forma de batallar contra la mediocridad; hacer las cosas bien, con ese poquito alcanza...
Balas de papel... Leopoldo la miró con el deseo de que se callara.
-¿Y si no tuviera los benditos gerundios, qué? –le repreguntó ella.
-Sería perfecto –sentenció con regocijo.
-¿Me prestás tu compu?
Desparramó aún más las chucherías de la cama hasta que palpó un disquete. Robándole sorbos de café, se sentó frente a la máquina y modificó todas las conjugaciones cuestionada y temidas por los profesores de periodismo, apelando a frases artificiales. Ya nada tenía de su rebeldía, de su “me importa un pito que no les guste”, una vez más resignaba lo que deseaba por lo que los otros esperaban de ella. Ahora se trataba de una nota impecable, estándar, sin detalles personalizados, sin su identidad.
-Está bien, ya está como a ustedes les gusta en esa facultad donde son incapaces de fundamentar por qué algo está bien o mal... Pero un día me voy a cagar en esas teorías insostenibles y sin justificación lógica... Entonces, voy a escribir como yo quiera y voy a inundar mis textos de gerundios.
Inteligente como era, se adaptaba a lo que le exigían, auténtica como necesitaba ser, ella quebraba todas las reglas que fueran necesarias.
-¡Ya está lo que quieren...! Me quedo con lo que no les escribo... –dijo altanera, dueña de todo... de su voz y sus palabras; de sus silencios, de sus ideas y gritos.
Por su parte, Leopoldo, siguió dudando por un rato hacerle o no el planteo sobre qué clase de relación tenían, si ella era capaz de optar... Ya habían merendado sus dedos, ancestrales grisines bastante más carnosos... Hacía minutos que había dejado de espiar el reloj, pero igual era muy tarde. Siempre postergaba sus inquietudes, los temores eran más potentes, como los gerundios de Constanza. Después, ella guardaría sus cosas dentro de su bolso, se vestiría y... lo de siempre. En poco tiempo se iría a esperar a su marido, la encontraría hermosa, con unas pizzas compradas sobre la mesa y cerveza o vino; ambos celebrarían una nueva victoria de Boca. Cuando ella se fuera, Leopoldo se quedaría vacío casi tanto como un sueño sencillo, sin doble interpretación. Solo, abrazado a la pena de quedarse sin ella. En un momento se encontraría encerrado en sus reproches por no haberse animado hablarle. Se habría ido y aún seguirían retumbando sus murmullos. El prólogo de la ausencia. “¿Podré vivir eternamente con esta angustia?”, se preguntaba cuando la atraía hacia él, conciente de que una vez que se marchase, se lamentaría por no haberla disfrutado un poco más. Temía discutir, perder lo que le tocaba, lo que tocaba y lo que extrañaba cuando ya no tenía qué tocar. Rastreó en su cabeza alguna palabra que le diera un indicio, que lo convenciera de que se trataba de la correcta, amor, amistad, infidelidad... todas eran ajenas a ellos.
-Cons, ¿yo no soy un buen motivo como para...? –dijo atropellando las sílabas hasta que se calló, y entonces supo que no tendría que volver a tocar el tema si pretendía seguir teniéndola, sin ser desterrado de su paraíso de tiempo compartido, si no estaba dispuesto a pasar otro siglo sin ella.
-No –lo interrumpió brusca-, y no hagas la preguntas cuyas respuestas no son las querés escuchar.
albergando ilusiones
Le anunciaron que alguien necesitaba verlo. David preguntó de quién se trataba y ese nombre lo llevó al mundo incierto de Amanda. “Todavía no llegó. Tal vez este lunes no venga...”, pesó al instante.
Marcelo estaba preparado para oír mentiras, aleccionado para desandar excusas. Aun así, no estaba dispuesto a abandonar el Estudio contable sin antes pedirle y, si era preciso, exigirle a David que le dijera a Amanda que no quería volver a verla por la oficina.
-¡Así que vos sos el novio de Amanda! –exclamó David a modo de maldición, de exorcismo o de súplica a los dioses en los que no creía.
-Éso dice ella –y los dos hombres estrecharon sus manos rígidas para disimular su disgusto-. Voy a ser breve –le respondió como argumento para no tomar asiento-. Vengo a pedirte que le digas a Amanda que no querés que vuelva por acá... que va a ser mejor que se busque otro lugar porque acá no puede seguir...
-¿Y qué explicación le voy a dar?
-¡Cualquiera! Que te molesta verla, que tenés que usar la oficina para otra cosa, que...
-Ella necesita este lugar...
-No me importa. Inventale algo convincente...
-Yo no le voy a decir nada. Si no querés que tu novia venga por acá, convencela vos... Por mí no tenés que preocuparte... Yo la amo, pero Amanda no, y yo no voy por la vida pidiendo que me quieran...
-¿Tan seguro estás? –dijo, sin aclarar cuál frase lo hacía dudar.
…Y David tuvo la sensación de quedar al descubierto, como cuando era chico y jugaba a las escondidas y siempre elegía los sitios más evidentes. Se sintió estúpido, tal vez Amanda le contó a su novio los miles de intentos que hizo para acercarse a ella. Artilugios inútiles que chocaban contra su realidad.
Hacía años que la diminuta oficina era de Amanda. Ella aún estudiaba Letras y solía usurpar ese cuarto antes de rendir un final o cuando tenía que corregir un texto importante. De costumbre pasó a ser un hábito y luego terminó siendo una necesidad.
Los empleados del Estudio contable la conocían, se la cruzaban en la cocina cuando ella bajaba a recargar el termo de Boca, que le robó a David en el pasado, para renovar el mate. Le abrían la puerta, le pasaban mensajes de su jefe, a la vez que ponían cara de distraídos cuando sabían que David estaba enojado con ella, o ella se hacía la ofendida con David.
Ya lejos de la presión de los exámenes, sus responsabilidades fueron espaciando su estadía en el Estudio. Amanda empezó a tomar cargos para dar clases haciendo esfuerzos para dejarse al menos un día a la semana libre y poder ocuparse de sus cosas. Este año, los lunes los dedicaba a aislarse del mundo dentro de la diminuta oficina que continuó siendo su biblioteca exclusiva. Allí se llevaba los mejores libros para leer con calma, intentaba escribir y casi siempre se desconectaba escuchando música –con auriculares para no joder a los que trabajaban de verdad.
Para Amanda, aquel cuarto significaba un refugio anti-hostilidades, confortable y hecho a su medida... Una máquina que la transportaba, cada vez que quería, al lugar donde necesitaba estar.
Después de que ella dejó a David, poco de aquéllo cambió. Ella seguía sintiéndose cómoda en ese territorio conquistado con esfuerzo y él madrugando cada día sin ella. Sin embargo, eran los lunes cuando entraba en el Estudio sonriendo, albergando en su rostro nuevas y más frescas esperanzas. Las primeras semanas tras la ruptura, Amanda resignó su pequeño escape semanal convencida de que no era apropiado que continuara instalándose en el Estudio de su ex.
“Vos tenés que seguir viniendo. Por supuesto que no me molesta que estés acá haciendo tus cosas... La oficina es tuya”, le aseguró por fin David cuando se animó a marcar el número que se había negado a borrar de la agenda de su celular.
David sólo empezó a molestarse unos meses atrás cuando empezaron a llegar ramos de flores o ese hombre la pasaba a buscar minando, echando por tierra sus tibias ilusiones.
Una de las empleadas le contó una mañana de un lunes gris y ventoso, que David estaba volando de fiebre. Amanda necesitaba preguntarle algo que sólo a ella le parecía importante –se trataba de confirmar una fecha de cumpleaños de una amiga en común. Dudando, se enclaustró en su oficina. Corrigiendo escritos especuló con llamarlo hasta que desistió de la idea, sabía perfectamente que David no atendía su teléfono si estaba en la cama.
El mediodía se anunció con relámpagos que reverberaban en las luces tempranamente encendidas, en las pantallas de las computadoras que parpadeaban con cada estruendo. Amanda agarró el piloto, su bolso y se lanzó a la calle olvidando su paraguas. Caminó de 13 hasta 10 y en la esquina dobló rumbo a 46, en la mitad de la cuadra encontró el edificio que habitaba David. El portero se lamentaba de que los zapatos embarraran el piso que limpió con pocas ganas. Ella lo saludó y pasó por la puerta abierta con la misma naturalidad como cuando usaba su llave para entrar.
Con la costumbre de esa otra época, Amanda entró a la habitación de David que, semidormido la vio y pensó que estaba soñando. La cama donde solía transpirar... Ella le avisó que le iba a preparar una sopa para que almorzara algo, que éso lo iba a ayudar a reponerse.
-Ponete bien rápido, que en el Estudio todos andan como locos, se está cayendo a pedazos sin vos. ¿Ahora qué te pasa...?
-Nada –luciendo una simple mueca, solía economizar sus gestos-. Las cosas no me vienen saliendo del todo bien... ¡Nada más!
-¡Ah, eso!
Afiebrado, enfermo de soledad, necesitado de Amanda, al menos del aroma que retenía a pesar de su ausencia. David se incorporó en la cama, ella apoyó la bandeja con una taza gigante con la sopa, una servilleta y un vaso con jugo de naranja. Luego volvió a la cocina a buscar un repasador empapado que apoyó sobre su frente acalorada. Él le agradeció entre mocos y humedades aún sorprendido de quién era la enfermera que lo consentía.
-¡Sentate acá conmigo! ¡Acostate acá al lado!
-No vine a aprovecharme de vos... Estoy acá para cuidarte.
-¡Aprovechate todo lo que quieras!
-¿Te vio un médico?
-No quería estar mal... Cuando tenga ganas de enfermarme voy a ir a ver a un médico...
-¡Tomate esto!
-Bueno, doctora...
-No me tomes el pelo, éso te va a hacer bien... ¡Tomá uno cada ocho, haceme caso!
-¿Es legal?
-¡Ya te estás haciendo el estúpido! Parece que estás mejor, veo que no hace falta que esté acá... Además, decime: ¿cuál es la gracia de tomar remedios si no son autoadministrados?
-Ya sé, ninguna...
-¡Dormite, te va a hacer bien!
-No quiero, si me duermo, te vas a ir...
-Aunque no te duermas me voy a ir igual, así que no te hagas el chiquilín...
-¡Tengo una mejor idea...! –le anunció-. ¡Mejor, acostate acá conmigo!
Pero Amanda besó la frente, ahora, menos afiebrada y se marchó después de constatar que David se tomó toda la sopa.
-Llevate un paraguas mío que está lloviendo a cántaros... si no, vos también te vas a enfermar y tu novio no me va a dejar cuidarte...
-Vos no podés cuidarte ni a vos mismo... –le retrucó despidiéndose.
Finalmente la tormenta se fue alejando. Su imperio de caricias fue derrocado y Amanda pareció no ir notando con los meses la nueva cara de aguafiestas de David.
-¡Por favor convidame un mate antes de que te metas en el cuartito...! –le rogó la secretaria del Estudio-. ¡Ah, Amanda, qué bueno que está tu novio! –dijo sin notar que su jefe escuchaba desde la puerta de la cocina.
-¡No le mientas! –la interrumpió David-. ¡No le vayas a decir que es más lindo que yo porque no te va a creer!
Y, poniendo cara de haber metido la pata, la chica se alejó discreta y sigilosa.
-¡Dame un mate!
Amanda bostezó como si fuera a darle un mordisco gigante al planeta. Él la vigiló y volvió a extrañar esa boca, su saliva. Ella le cebó y extendió su mano.
-¡Tomá!
-Tenés cara de sueño, ¿qué, tu hombre no te deja dormir? –balbuceó con los anhelos diluidos.
-Tuve que madrugar –dijo para no responderle.
-Yo no pegué un ojo en toda la noche, me la pasé pensando en vos, imaginándote a vos con ese tipo...
-Eso no te hace bien, David...
-¡Dame un beso! –suplicó.
-Eso no nos haría nada bien a ninguno de los dos.
-¡Dale, dame un beso! –insistió David.
-No jodas...
-¡Vamos a mi departamento a un dormir un rato!
-¡Qué molesto que sos cuando querés! Con esa actitud lo único que vas a conseguir es que no venga más.
-Tu novio se va a poner contento si hacés éso. Hoy vino a hablarme para pedirme que te raje a la mierda...
-Ya lo sé, me lo contó...
-¿Y vos qué le dijiste?
-Que yo iba seguir viniendo y que no me presionara más...
-Nunca te gustó que te vuelvan loca...
-Nunca necesité de alguien para volverme loca...
-¿Y se quedó conforme?
-No, me dejó.
-Bueno, ahora contame qué te pasa...
-¿Que qué me pasa? ¡De todo! Me siento cansada. Me levanté temprano para nada, estoy podrida... ¡Soy una profesora de cuarta! Me pasa que me duelen los ovarios y que mi novio me dejó...
-Ah, eso parece bastante... A lo mejor, con el dolor de ovarios te puedo ayudar con unos masajitos como los que te daba antes...
-No, dejá, es al pedo... nunca me aliviaron... Te decía que sí para dejarte conforme...
-¡Ah, así que en éso también me mentiste!
Era verdad que Amanda madrugó más de lo habitual, pero si ella se moría de sueño fue porque había estado discutiendo muchas horas con Marcelo.
-¿Tus vecinos son siempre así, tan ruidosos?
-¡No es ruido lo que se oye, es música!
Así habían empezado la charla que con cada palabra se acrecentaba en ironía y en burlas y en volumen de voz. Finalmente, harto de sus dudas, Marcelo le preguntó de modo pausado y sereno, tratando de aparentar cierta indiferencia.
-¿Vos lo dejaste a él o él fue tan idiota como para dejarte a vos?
-¿De quién hablás?
-Del tipo que te presta la oficina para seguir teniéndote cerca...
-¡Ya ni me acuerdo, Marcelo! –mintió, con la sinceridad más creíble.
Luego, ella cerró los ojos para ahuyentar los recuerdos. Él siguió preguntándole unas cosas más. Le pidió que dejara de ir a la oficina, que la remplazara por un bar; “no vayas mañana, tengo muchos celos”, le confió. Amanda le hizo gestos para que se callara y le dijo que lo quería y lo beso con fuerza.
-Me muero de la contractura... –aseguró después, intentando distraerlo un poco.
-¡Estás demasiado tensa, aflojate un poco! –le recomendó-. ¡Demasiada computadora, me parece!
-Puede ser –reafirmó, no tenía ganas de seguir discutiendo-. ¿Me vas a hacer masajes?
-¡Más que éso!
Al fin de cuentas, Amanda durmió unas pocas horas porque tuvo que madrugar para llegar a tiempo a las designaciones públicas de cargos docentes.
Como llegó, se fue para la oficina. Las horas vacantes para clases de literatura eran unas pocas y para los días lunes y decidió dejarlas pasar...
-¡Uy, qué sueño que tengo! –volvió a bostezar.
-¡Vamos a dormir una siestita! –dijo otra vez más esperanzado que nunca.
…Y David tuvo que levantar la voz porque lo aturdieron unos insistentes bocinazos que anunciaban que algún estudiante universitario se recibió o que algún conductor se distrajo en un semáforo.
-¿Qué dijiste? –le preguntó Amanda que no había llegado a oír la última frase.
... La ciudad estaba radiante.
inaugurando paraísos
Azul empujó con la rodilla la puerta entreabierta del departamento, cuidando de no sobresaltar más de lo que ya estaba a la pobre gatita que temblaba entre sus brazos.
-¡Estaba en la esquina, Zoe, abandonada, pobrecita...! –dijo, como justificándose frente a su cuñada.
-¡Es tan chiquita, es hermosa, prestámela! –le pidió la dueña de casa.
-¡Dios mío, solamente mi hermana es capaz de salir a comprar facturas y volver con una gata! –se quejó un poco Gerardo, más por el cansancio de la mudanza que por el animal.
-Cuando la vi, ella se quedó mirándome y no pude dejarla, así, como si nada... –explicó.
-¡Me parte el alma, es una preciosura...! –agregó Zoe.
-¿Vos pensás llevártela a lo de Emanuel? –le preguntó sumamente intrigado a su hermana-... Porque tu novio le tiene fobia a los gatos...
-¡Entonces que haga terapia...! Igual, Emanuel no me va a negar nada...
-¡Es tan linda, mirá cómo se durmió! ¡Qué flaquita que está! ¿Cuántos meses tendrá? –siguió Zoe que no soltaba a la cachorrita.
-No más de un mes... –certificó Azul-. ¿De verdad te gusta? ¡Te la regalo! Si le buscás un nombre lindo es tuya.
-¡Se llama Isolda! –les anunció Zoe que pretendía atravesar el living plagado de cajas y muebles.
-¿Isolda es lindo? ¿No piensan preguntarme a mí si estoy de acuerdo?
-¡No! –le contestó Zoe y luego su hermana apoyó aquellas palabras con claros gestos.
-¡Este animal tiene hambre! –agregó Gerardo, resignadísimo.
-Es verdad, voy al súper de la diagonal a comprarle algo...
-¡No –reaccionó Azul-, voy yo! Le compro lechita a Isolda y ahora sí, traigo las facturas...
-¡Más vale que no te encuentres con ningún otro animal! –le advirtió su hermano.
-Lo que sí espero es cruzarme con el bombonazo de hoy... Vive en el edificio y es médico, saben... ¡De pronto me dieron unas ganas de enfermarme!
-¿Cómo sabés que es médico?
-Porque él me lo dijo, Gerardo...
-¡Ah, tuvieron la gran charla...!
-Sí.
-¿Está bueno? –insistió su cuñada.
-¡Para el crimen!
-Vos te abusás porque sabés que Emanuel está trabajando –intervino él-. ¿Vos que vas a decir? –ahora le habló a su esposa.
-¡Nada, que después le voy a echar una miradita...!
-¡Más te vale que solamente le eches una miradita...!
Aquella semana de abril se había portado genial con el matrimonio que se abocó a ultimar los detalles de la mudanza a su nuevo departamento. Tres días demoraron en trasladar todo al semipiso de 10 entre 45 y 46. Ésa, fue la última tarde y tras subir cajas, bolsas, muebles y cuadros, tan exhaustos estaban, que sólo alcanzaron a espantarse por todo lo que les quedaba por hacer. Agotadora y a la vez sumamente placentera… Azul que, desde que vivía con Emanuel, tenía demasiado tiempo libre, fue de gran ayuda y una entretenida compañía.
-... Yo podría saltar al vacío por vos... y me moriría si lo hiciera... –le explicó Zoe sobre lo era capaz de hacer...
-Ya lo sé, pero yo no te dejaría saltar... A parte, el amor, no discrimina entre clase social, ni poder económico, talento, ni educación...
-¡Lo ves, es un desastre! ¡Menos mal que la gente no se enamora toda a la vez, porque si no...!
-Es demasiado bueno, parece irreal...
-No, bueno no... no es sano... El amor humilla...
-Pensá que al menos no tenemos que pagar por amarnos en exceso... No existe el “impuesto a las ganancia de los sentimientos”.
-¡Es lo único que nos falta! –levantó la voz y gesticuló al ver una fantástica sonrisa en el rostro de Gerardo.
-Lo nuestro es de antología, reina... –sentenció él-. Además, si tanto te preocupa amarme, dejá de hacerlo...
-¡Cómo si fuera tan fácil...!
-¡Casémonos!
-Bueno... ¡Ves, también nos hace ser inconscientes...!
-Eso sí, la luna de miel la vamos a tener que dejar para febrero o, a más tardar marzo, porque antes no voy a poder...
-Bueno, me da igual.
-¿Adónde querés que vayamos? ¡Pero ojo, no te zarpes que no soy más que un humilde psicólogo!
-Bueno, dejame pensar... ¡Podríamos ir a Mar del Plata!
-Ah... yo había pensado en Brasil...
-Sí, Brasil está mejor –corrigió su arranque de austeridad.
-No, si preferís ir a Mar del Plata... –burlándose de ella siendo demasiado complaciente.
-No, no, Brasil me gusta más, es genial...
Tan abruptamente decidieron casarse que todo tuvo que ser así de rápido... Si bien eran pareja desde hacía mucho tiempo, cada uno vivía en su mundo de adornos elegidos egoístamente. Esa misma noche, la que decidieron que pasarían por el Civil, Gerardo sabía que el hecho de que Zoe hubiera tenido quilombos en el laburo, repercutiría en su relación, sobre todo en el aspecto monetario.
-¡Ahora contame qué te dijo la dueña del negocio...! –se animó a indagar.
-¡Renuncié! –le anunció con su admirable altanería.
-¡Pero contame! –insistió por su costumbre de escuchar.
-Me dijo que estaba molesta por las quejas que esas dos clientas le llevaron de mí... Quejas y muchas mentiras, porque yo solamente me defendí... –le aclaró-. Yo le dije que se quedara tranquila, que me iba... Me explicó que no hacía falta llegar a tanto, que le alcanzaba con que les pidiera perdón... Entonces, yo le dije que ni loca me disculpaba con esas dos hijas de putas... ¡Y renuncié! –remató orgullosa de sí misma.
-¿Te parece que éste es un buen momento para renunciar a un trabajo...?
-¡No, pero tampoco es buen momento para dejarme basurear...! –retrucó enojada hasta que cambió su tono de voz-. ¡Voy a conseguir otra cosa mejor, no te preocupes!
Pero Gerardo se preocupó por Zoe... Temió que recayera en su tristeza de inactividad, por él también se intranquilizó porque trabajaba demasiado, de la clínica al hospital; del hospital a las clases en la facultad... Pensó en ambos, como pareja... “¿qué vamos a hacer con el departamento de Zoe cuando estemos casados...?”, reflexionó antes de hablar.
-¿Por qué das por sentado que vamos a vivir en tu casa? –le preguntó otra vez molesta, con la ira en sus ojos de una feroz insurrección de un pueblo hasta entonces sumiso.
-Porque necesitamos espacio y... ¡Mirá lo que es esto! Apenas entran tus cosas... ¡Yo necesito bastante lugar para mis libros!
-¡Así que también voy a tener que convivir con el señor Freud!
-¡Calladita que yo no me quejo de tu piano!
-¡Lindo sería!
Conciliador, Gerardo aceptó vivir en lo de Zoe, al menos hasta que volviesen de la luna de miel, para probar hasta que tuvieran más en claro qué iban a hacer, para que las evidencias la hicieran retractarse.
Cuando se conocieron, él cursaba las primeras materias de psicología, y Zoe estaba terminando quinto año, yendo del secundario al Conservatorio, perdiendo partituras en cada plaza. Con el tiempo suficiente, Gerardo se recibió y entró a trabajar en un hospital. En sus ratos libres, se encargaba de leer todo aquéllo que lo ayudara a entender los comportamientos de las chicas caprichosas y malhumoradas. Zoe se perfeccionaba tocando piano, violín y a Gerardo. Gracias a una beca, se fue a Italia y a Alemania para mejorar su técnica. Pasó allá más de dos años. Por ese entonces, él temió que el mundo se quedara sin oxígeno o sin agua potable... El universo seco se pobló de ausencias...
A su regreso, todo siguió parecido. Los profesores que la adoraban tenían los mismos puestos y se maravillaron por lo adulta que estaba. Gerardo, solamente se desilusionó cuando la vio. “¡Sus ojos habían cambiado tanto!”. Los encontró escurridizos, como gastados... Su boca continuaba diciendo cosas inteligentes, pero su saliva ya no volvió a tener el sabor de antes que a él tanto le gustaba. ¡Había cambiado de marca de labial!
Su piano nunca dejó de vibrar como los dioses... El violín fue pasando a segundo plano, y sin dudas, no había olvidado cómo hacer arte con Gerardo. ¡Y además, como todo el mundo tenía un pasado, nada de lo que fueron perdiendo o cambiando, les importó demasiado!
Él siguió bromeando, paganizando la vida y amando a Zoe... A ella no le costó conseguir un puesto en una orquesta como pianista... Después, el teatro cerró, su lugar lo usurpó un shopping y la realidad de Zoe empezó a tambalear.
Sin sueños que la ayudaran a seguir, se terminaron sus cálidas carcajadas sin motivos. Ni siquiera Gerardo era un consuelo... ¡Los desastres siempre se veían venir! Hasta las más mínimas asperezas presagiaban tempestades... Actualidades estrechas, anhelos en reposo, siempre por su cualidad de incumplibles... “¿Para qué pensar en lo que uno nunca va a conseguir? ¿Para qué torturarse de ese modo?”. Tristezas inocultables... Gerardo, también abatido, fue dejando de intentar restaurar esas sonrisas de Zoe que iluminaban las esquinas... “Sacerdotisa de las tardes tristes...”.
Desalientos de todos los calibres. Despilfarro de energía... Ahogada en su pena, inmovilizada, se sentía incapaz de ver más allá del día a día. ¡Todos los caminos obstruidos! Fracasando antes de arrancar...
Gerardo fue distanciándose de ese rostro, buscando en otros cuerpos la furia que lo distrajese de lo que tanto añoraba... Recordar y quedarse con la imagen de sus ojos cuando titilaban de nada... Soñando con que un nuevo sábado volviese a ser la misma excusa de fiesta, como antes; siempre terminaban transformándose en lunes, y él se iba antes de lo previsto.
Conciente, pero sin poder modificar su deprimente panorama, Zoe empezó a hundirse en un profundo pozo de decepción y resentimiento. Despedazando toda alegría, apegada al recuerdo de lo que solía ser. Reflejando la ausencia de esperanzas hasta en su voz... En Italia había dejado compañeros que la admiraban... En Alemania había un hombre que la deseaba y una promesa inmejorable de trabajo.
-¡Acá no tengo nada, porque vos... te alejás cada vez más de mí! –le dijo Zoe cuando otra noche había oscurecido sus ojos.
-Cuando te ponés así, sos insoportable –reaccionó él, harto de ser el foco de sus agresiones, de su impotencia-. ¡Andate, si tanto querés...! –se arriesgó, porque si ella volvía a Europa, se moría.
Pero Zoe se quedó y no volvió a subirse a un avión hasta un día de febrero cuando su marido le daba dulces empujoncitos, casi imperceptibles, para que abordara rumbo a su luna de miel.
Igualmente, éso vino después... Un día estuvieron a punto de sellar el definitivo final, ambos parecían dispuestos a clausurar los márgenes de su historia. Gerardo le comentó que podía conseguirle trabajo en un negocio de ropa cuya dueña era la esposa de un paciente suyo. Zoe disparó sus cañones y su discurso de siempre, acusándolo de subestimarla, le dijo algo así como que ella no quería morirse vendiendo polleras y remeras... Que ella no merecía ese futuro...
-¿Qué, la gente que muere de hambre sí se lo merece? –pretendió hacerla reflexionar-. Yo sé que sos capaz de conseguir lo que quieras... que estás preparada para otro tipo de cosas... pero podrías trabajar ahí hasta que encuentres algo mejor, algo que realmente te guste...
Zoe lo insultó con palabras atropelladas y se fue de su departamento dejándole en claro que no quería volver a verlo en su vida.
Sin embargo, el lunes siguiente, Zoe aceptó aquel empleo. Abierta al mundo, dispuesta a ayudar a su suerte, decidida a afrontar sus responsabilidades, fue conociendo a otras personas, nuevos amigos, respirando otros aires menos contaminados... ¡Hasta algunas sonrisas, bastante parecidas a las de antes, fueron reapareciendo! Resurgiendo, esforzándose en la reconstrucción de las juventudes...
Volvió a ocuparse de ella, limpiaba el departamentito con esmero, se fue comprando ropa de moda. Se preocupaba por ella y por Gerardo que, a pesar de todo, jamás dejó de amarla. Renacieron, con poco y nada, con un par de ilusiones, convenciéndose el uno al otro de que valía la pena seguir intentándolo. Empezaron a crecer jugando a que seguían siendo felices. Se mantendrían pequeños, mejorando sus vidas, recreando ternuras, prestándose los sueños, incluso los más disparatados, como el de casarse.
Fue un viernes de enero fantástico, inmejorable... Del Registro Civil partieron algunos autos en caravana hacia una quinta de las afueras de la ciudad para disfrutar de un asado íntimo. La mayoría de los invitados eran buenos amigos de la pareja. Gerardo no tenía mucha familia, unos días antes había llegado Azul, pero sus abuelos y algunos tíos no pudieron viajar desde Rosario donde vivían. Los padres de Zoe estaban emocionadísimos recordando su propia boda, aunque entre ambas ceremonias hubo cientos de diferencias. Gerardo la tomaba de la mano con adoración y ella le rumiaba obscenidades al oído. Emanuel fue uno de los testigos y miraba en todo momento a Azul pretendiendo tentarla en medio de innumerables sonrisas... ¡Imposible calcular tanta alegría compartida! La noche de bodas la pasaron en un hotel, no había ninguna estrella en el cielo, todas se habían colado adentro de su habitación.
Al día siguiente se instalaron precariamente en el departamentito de Zoe para experimentar, como en un laboratorio, una incómoda convivencia. ¡Un desastre! Discutían por el lugar donde él había acomodado sus cosas, retos porque a Zoe se le había ocurrido tirar unos papeles que a su entender parecían inservibles. Turistas perdidos. Inmigrantes sin pasaportes, los más extranjeros del mundo. “¡No tengo espacio para mi ropa!”, se quejaba Gerardo.
-¡Quiero que saques tus libros ya del sillón...! ¡El sillón es para que se sienten las personas! –le ordenó ella un domingo al mediodía.
-¿Dónde querés que los meta?
-¡El más chiquito metételo en el culo! ¿Querés que te diga por qué el más chico...?
-No, creo que prefiero no saber...
-Igual te lo digo: ¡para que te quedes con las ganas!
-¡Antes no eras tan guaranga! ¿Cuándo te pusiste así de ordinaria?
-¡Lo aprendí para vos...!
-¡Quiero poder ordenar mi propia casa! –suplicó él a los dioses más distraídos.
Inteligentes, como eran, llegaron a un acuerdo, un armisticio que establecía pasar una temporada en lo de Gerardo después de que volvieran de la luna de miel que ya se aproximaba. En ese ínterin, se pondrían en campaña de buscar un lugar acorde para vivir, uno que no tuviera historia. El inicio de un porvenir moldeado a su medida.
La noche antes del viaje se la pasaron armando valijas y embalando algunas cajas para trasladar lo más necesario al otro departamento, ni bien regresaran...
-¿No me preparás un café? –le pidió él.
-Amor toda la vajilla está guardada...
-No, mi tasa de Boca la tengo escondida en la mesita de luz...
-¿Todavía no la tiraste? ¿Qué te dije yo? ¡Está toda rajada, un día te vas a cortar el labio! ¡Te tomás este café y la tirás!
-Ni loco la tiro, es mi tasa de Boca, hace años que la tengo... ¡Antes, te dejo a vos...! –le advirtió, por si a ella se le cruzaba por la cabeza deshacerse de aquella reliquia sin su consentimiento...
En Brasil gastaron más de lo pensado. Eligieron adornitos para una casa que aún no tenían pero que ambos deseaban y necesitan con tanta intensidad...
La segunda quincena de febrero terminó y las obligaciones los esperaban ávidas en nuestra ciudad. Rescindieron el contrato de alquiler del departamentito de Zoe, a la espera de vender el de Gerardo, buscaron uno que les gustara a los dos... ¡Marzo se fue tan rápido como un suspiro!
Finalmente, el hogar ideal lo encontraron en un edificio de la calle 10 entre 45 y 46 y, sumando unos ahorros de Gerardo a lo que ya tenían, lo compraron.
Los muchachos del flete ya se habían ido hacía bastante. ¡Lo que les costó a los pobres subir el piano! Azul alimentaba a Isolda y Zoe sufría ante semejante desorden. “Pasado mañana me voy a presentar a una audición del Teatro, y si no resulta, voy a volver a ir al Conservatorio a hablar con algunos de mis profesores para ver si me pueden dar una mano... ¡Ah, voy a empezar a estudiar violonchelo...! ¿No te lo había dicho? ¡No te preocupes que me van a prestar uno y si da, más adelante, me compro uno usado!”.
Él o lo que quedaba de él, fue acomodando algo muy por arriba. Azul se separó de Isolda para bajar a abrirle la puerta a Emanuel que había ido a buscarla. Se dio cuenta de lo cansada que estaba y notó a su vez la noche infinita que cubría la calle.
Tenían pensado dormir en el colchón, no habían hecho a tiempo de armar la cama.
-¿Se quedan a comer con nosotros?
-¡Por nada del mundo! –le respondió su mejor amigo que se fue llevándose a Azul.
Gerardo aprovechó para ir a comprar unas empanadas y también se trajo unas cervezas. Zoe siguió contemplando las cajas horrorizada por el trabajo pendiente. Jugueteaba con Isolda que ya se había apropiado del lugar maravilloso que le habían regalado en ese mundo. También se la veía feliz.
Gracias a un préstamo que les dieron en un banco, compraron una cama, mesa, sillas, un sillón comodísimo, más las cosas que les regalaron, estaban estrenando un universo de vajilla y cortinas combinadas. Hipotecados por los próximos 120 años, sólo pensaban en que el clima de ese abril les daba una mano, las frazadas estaban empaquetadas en una de las millones de cajas... ¡Serían los dueños del calor del otro!
-¡Estas empanadas son una bomba de tiempo!
-¡Pero están buenas!
-Ya sé, pero son venenosas.
-¡Como vos...!
Voces y carcajadas, eran suyas sin dudas; de ellos, que se disfrutaban sin culpas ni temores.
-¿Por qué tu parte del ropero es más grande que la mía? –le preguntó Gerardo.
-Simple: porque yo tengo más ropa.
-Entonces no te voy a regalar más...
-¡Ufa!
Irresponsablemente felices, se sentían capaces de cualquier cosa más allá de todas las hostilidades. Colonizando su propio paraíso, imitaban a los niños, jugando a descubrir, a conquistar la galaxia. Haciéndose todas las películas juntas, Gerardo sonrió viéndola tan contenta. Zoe pensaba, seleccionaba las técnicas que lo hiciesen gozar de la vida, para que jamás se arrepintiera de haberla elegido. Reconstruyendo sus ganas, replegando cualquier titubeo. ¡Un mundo casi entero para ellos!
Por un momento pensaron en parecerse a aquellas criaturas egoístas, incapaces de compartir sus golosinas con otros en el patio del recreo. Sin escatimar esfuerzos, sin envidiar lo que los demás pudieran tener... si lo que ellos necesitaban estaba al alcance de sus manos...
Una postal del comienzo del universo, al menos el de ellos. Plantando bandera en una tierra que les pertenecía, marcando el terreno, resguardándolo de los peligros de las penas.
Soñando con las próximas mañanas, relativizando los inconvenientes que seguro irán viniendo. Adorándose como si nada pudiese distraer su atención más allá de ellos. Aislados entre toda la multitud de pobladores de la ciudad...
Permanecieron en el suelo un rato más, hasta que Isolda se instaló en la parte de los pies del colchón; como un guía les mostró el camino. Ellos la copiaron y, exhaustos, durmieron como si fueran la única mujer y el primer hombre del planeta, confiados en su futuro, cómodos con su decorado. El resto de la gente, jugaba a las escondidas para que Zoe y Gerardo creyesen, se sintieran al menos por esa noche, que estaban solos en esta parte del mundo.
desaburguesando deseos
Parada, con la espalda apoyada sobre la puerta de entrada del edificio, lo vio bajarse de un auto. Lo reconoció enseguida, su foto salía cada tanto en las noticias, a parte, estaba demasiado idéntico al Catalino del pasado, el que ella había conocido. Se miraron y se registraron con cierto regocijo.
-¿Qué andás haciendo por acá? –le preguntó él, tampoco le costó identificarla.
-¿Vos viniste a ver un departamento, no? –replicó Albertina.
-Sí...
-Yo soy la encargada de mostrártelo.
El portero jamás les sacó los ojos de encima, los atravesaba con su curiosidad; a la chica la conocía, trabajaba en la inmobiliaria que se ocupaba de la venta y alquiler de la propiedad. Cruzaron el pasillo de entrada, subieron al ascensor en absoluto silencio, ella empujó la tecla indicada y, raudo, los depositó en el quinto.
-Como verás, es amplio, luminosos, las habitaciones son cómodas...
-No estoy seguro, estoy buscando un lugar no tan céntrico... Necesito llegar mi hogar y conseguir desenchufarme.
-Es ideal, 10 es una calle tranquila, aunque estés a un paso de todo... 10 entre 45 y 46 es una especie de refugio en medio del trajín del microcentro...
De esta manera, Albertina le hablaba de las ventajas del semipiso, de los beneficios del barrio, de los vecinos... Pero él fue olvidando para qué había ido hasta ahí.
-¿Vivís cerca de acá? –le preguntó como quien consultaba por el estado de la cañería.
-¡No, vivo en la otra punta de la ciudad! –le aseguró exagerando sus inflexiones en la voz.
-Albertina, contate algo de tu vida...
-Bien, qué sé yo... nada del otro mundo. Veo que la suerte te trató mejor que a mí, que a muchos...
-Elegí el camino fácil... –y Catalino le sonrió como para dejarle en claro que, aunque fuese cierto, lo decía en broma-. ¡Estás hablando con el próximo Intendente! ¡Es lo que más quiero en este momento! –señaló en serio.
-Prefiero al tipo que deseaba visitar Alejandría...
-Uff, ¿te acordás? ¡Ya me había olvidado de aquéllo! Es verdad, siempre quise eso...
... Pequeñas felicidades olvidadas, simples sueños desechados, tal vez fueran demasiado simples.
-Definitivamente es cierto que el poder hace cambiar de opinión a la gente...
-¿Vos pudiste conocer Casablanca? –preguntó haciéndose el tonto.
-¿Qué, con este sueldo de empleada de inmobiliaria? No, imposible.
-Siempre fantaseamos con viajar juntos... ¿De verdad creías que te ibas a encontrar con un lugar parecido al de la película...?
-Esperaba encontrar a mi Humpry Bogart...
-Ya me encontraste a mí.
-¡Ah, sí, igualito!
-Si querés, hasta te puedo cantar la Marsellesa y todo...
-¡Andá a cagar, boludo!
Indefectiblemente, como por el efecto de palabras claves, el presente, lo vivido y lo que vendría con el después, circularon por sus mentes con una velocidad tan rápida que cada uno sólo consiguió capturar un par de imágenes... Manojos de años; rememorar como una manera estúpida de reivindicarlos, rompiendo lanzas en honor a su historia. Se trataba de una particular lección de tiempos verbales que debían memorizar. Se vieron inmersos en una excursión por su antigua vida, la que tuvieron en común, la que llenaba la época de las heladeras vacías. Las alas del pasado... Se iniciaba así la temporada de recuerdos.
-¿Por qué me dejaste? –indagó lo que precisaba saber.
-Una tarde se me ocurrió ir a buscarte a la facultad y te vi encarameladísimo con otra... Me di media vuelta y me fui.
-¿Por qué nunca me lo dijiste?
-No necesitaba escuchar tus excusas... No soy de las personas que les gusta andar rogando nada... ¡Menos te iba a suplicar que me quisieras!
-Yo te quería... ¡Pero me dejaste! Te borraste del mapa sin darme la posibilidad de defenderme.
-Cada tanto me doy ese tipo de lujos... Además veníamos mal y éso fue la frutillita... Yo había estado más de una semana enferma con una gripe terrible y vos ni siquiera te habías dado por enterado... A éso se le sumó que tuve que dejar de estudiar para conseguir un laburo... Entré de acomodadora en un cine, ¡me encantaba!
-Te busqué por todos lados... En tu casa te negaban, los amigos te habían empezado a olvidar, te perseguí por todos lados... Hasta que se me fueron confundiendo los caminos que me llevaban a vos... Necesitaba que te despidieras de mí –soltó algo compungido.
-¡Qué poeta! No te merecías ninguna explicación... –le confió sincera.
-¿Y tu familia?
-Bien, sigue siendo un descontrol...
No tenía que seguir mostrando ninguna otra propiedad y Catalino le había indicado a su secretaria que anotara cada mensaje pero que no lo molestara porque necesitaba estar tranquilo para elegir su futura casa. Excepcionalmente había apagado su celular.
-¿Qué estás mirando? –dijo, después de un rato en que Albertina no conseguía despejar sus ojos de él.
-No me doy cuenta si estás distinto o te seguís pareciendo al Catalino que conocí...
-¿En qué sentido?
-Físicamente, tu cara, tu estatura, tus manos, están tal como las recordaba... Y a la vez, me doy cuenta de que sos como otro, es decir, antes te interesaba la vida de los demás, ahora sólo buscás recolectar votos y más votos... –trató de describir sus recuerdos desarticulados.
-¿Cómo sabés todo eso de mí, si nosotros no nos vemos hace ocho años, cuando desapareciste como por arte de magia?
-Como entonces, no dejé el hábito de leer los diarios, y en la sección de política siempre hablan de vos... –ahuyentando la tristeza, cambió de tema-. Bueno, si te vas a quedar con el departamento, llamanos, pensalo bien y si lo querés, lo señás y después firmamos todo...
-Somos los mismos, aunque no nos parezcamos tanto a los que fuimos –le despejó aquella duda-. Dame tu teléfono así te llamo...
-Con que te comuniques a la inmobiliaria es más que suficiente... ¿Bajamos?
De nuevo en el ascensor, sintiéndolo tan cerca, tanto, que él podría auscultarla, si fuera médico.
-¡Ni se te ocurra ponerme una mano encima! –le exigió.
-Vos solita me vas a pedir que te ponga las dos... Ah, oíme, ¿seguís yendo a ver a Boca...? –soltó Catalino.
-No, ya no estoy para esos trotes...
-¡Viste que vos también te aburguesaste...! ¡Qué lástima, te podría haber conseguido algunas plateas!
Ella se detuvo en la entrada. De pronto se encontraron con que la porción de cielo que los cubría se había ennegrecido. La ciudad opaca de sus ojos. Una noche oscura como la radiografía mal revelada de una vida compartida, abandonada hacía bastante tiempo. Un lastre de años pesados. La memoria a la intemperie...
-¿Sos feliz? –volvió a hablar él.
-A veces, cuando me olvido de algunas cosas... –y, de lo más sincera se despidió para no ponerse a recordar tanto. Lo observó dirigirse hasta su auto.
-¿Qué te quedás ahí parada? ¡Dale, vamos!
-¿Qué?
-Es peligroso, mirá la hora que es... –en verdad no era tan tarde-. ¡Vamos que te alcanzo a tu casa!
-¡Existen los taxis, sabés! –y empezó a caminar hacia la esquina contraria a la vez que se daba vueltas.
Desactivó la alarma y le dijo: “¡mirá que podés dejar de mirarme el culo de esa manera, te vas a quedar bizca...!”.
Continuando con las penosas decepciones cotidianas, así pasó Albertina las últimas semanas. ¡Su vida más allá de los recuerdos! Cuando se conocieron, en la época en que se amaban, vivían de los sueños que se iban contagiando entre sí. Lejos de esos tiempos, a ella, su sueldo de empleada le alcanzaba para sobrevivir los primeros veinte días del mes. Sin embargo, Catalino, no recordaba lo que era privarse de los lujos y caprichos.
Los cachetazos de memoria, con tanta potencia como el agua de las autobombas, los transportó a los rincones de la felicidad. Viejas promesas, sueños relativos. Un imperio de sonrisas y algunos gratos repasos de aquellos años tan difíciles y desaprensivos. Distraída y vencida, Albertina escuchó cuando la secretaria de la inmobiliaria la ponía al tanto de la comunicación con el Concejal que solicitó expresamente que ella participara de la operación.
... Todos felices y contentos.
-Vamos a cenar esta noche –le pidió o exigió él.
Ella permaneció callada mientras guardaba en su bolso, las copias de los documentos y otras cosas como lapiceras y su agenda.
-Dale, que te estoy haciendo una oferta que no podés rechazar... –le habló como advirtiéndole que si le decía que no, cuando llegara a su casa encontraría su cama empapada con la sangre de su mascota.
-Si por lo menos te parecieras a Marlon Brando, pero ni eso...
-Dale, vamos a festejar... –insistió.
-¿Qué hay que festejar?
-Lo que quieras, tenés un montón de motivos para elegir... Que vendiste un departamento, que nos reencontramos, que estamos vivos... Cuando hay que celebrar, se festeja y listo, y no se pregunta más...
-Te entiendo, vos te debés haber acostumbrado a no preguntar...
-Estoy tan contento que, si aceptás, hasta te voy a permitir que me agredas toda la noche; claro, si no es una traición al universo que te permitas disfrutar de una rica cena...
-Mirá, si la cuenta del restaurante la pagás con fondos de la Municipalidad, seguro que la comida me va a caer mal... –y pensó cómo conseguiría comer con Catalino y salir ilesa del valle de los recuerdos.
-Dale, decime que sí, por este reencuentro tan inesperado...
-... Está bien, si no fuera porque estás tan lindo como antes, no iría ni a la esquina con vos...
Se sentó a la paqueta mesa con la sensación de estar siendo observada por todos los demás comensales; incómoda frente a alguien que amó y conoció, en otro tiempo, hacía un siglo. Después, incorregible, al derramar la copa sobre el mantel y la verdad frente a aquella cara de piedra, empezó a perder la noción del tiempo. Tenía frente a ella a un hombre distinto que por momentos se empeñaba en imitar a la imagen que había dejado su ausencia. Se fue aliviando a la vez que se iba aturdiendo por no estar acostumbrada a beber un vino tan caro.
-... Yo nunca fue peronista... –le aseguró Albertina, al rato.
-Yo menos, y acá me ves...
-Desechaste tus ideas porque se iban a convertir en una carga para tu vertiginoso ascenso político –le dictaminó en un momento-... Hablás como si todo eso de mudarte al bando que conviene para escalar, fuera un mérito... –agregó con el reflejo de una ternura feroz en sus ojos.
-¿Qué tiene de malo la política?
-Nada. Vos no estás entendiendo lo que te digo... No tiene nada de malo mientras que la política esté vinculada al compromiso. ¡El amor es compromiso, no la billetera! De cualquier otra manera, ni el amor ni la política tienen sentido...
-Éso no existe, mi amor...
-Será por éso que me molesta que llames: “mi amor”; será que me suena a “un voto más”.
-Pero yo no soy la Madre Teresa...
-Quedate tranquilo que eso se nota...
-¿Para qué aceptaste venir, para estar refunfuñando toda la noche? ¿Qué estás buscando, volverme loco?
-No –sonriendo lentamente-. Me pareció bueno hablar con un viejo amigo, nada más... Últimamente me venía sintiendo bastante sola y vos siempre...
-... Yo siempre te decía las cosas que necesitabas escuchar... ¡Pero nunca fuimos amigos!
-Es verdad... Y también acepté cenar con vos porque voy a poder insultarte por todo lo que me hiciste sufrir... Sabés qué... Yo esperaba que la vida no me hiciera cambiar tanto... y vos, elegiste ser otro...
... Pero ninguno de los dos eran los mismos. La historia era la diferencia; la historia creó toda esa distancia.
Rememorando viejas promesas incumplibles; incluso hasta cuando eran plenamente jóvenes... Las huellas que les quedaron. Se trataba de recuerdos de ellos juntos, siendo felices en cada esquina de La Plata.
-Yo nunca voté por vos –le reveló luego.
-Yo tampoco hubiera votado por mí... –reconoció Catalino.
-Malvendiste tu alma y encima, el puntero político que te la compró, todavía te debe la última cuota...
-Ya se te está yendo la mano con los ataques...
-Me dijiste que podía hacerlo...
-¿Y vos pensás hacer todo lo que te diga?
-Ni lo sueñes, nunca más vas a volver a tener tanto poder sobre mí.
-¡Me estás rompiendo el corazón...!
-¿Ah, tenés corazón? Pensé que te lo habías hecho extirpar para funcionar más operativamente...
-No seas tan mala conmigo... Es injusto todo lo que me decís, si no sabés como me manejo...
Fantaseaba en compartir con ella todas las camas de mil plazas del mundo mientras caía víctima de una sinceridad descomunal, hiriente; la misma franqueza que tenía cuando la conoció.
-No te creas más de lo que sos... –le sugirió-. Vos sos parte de la utilería de tu partido y cuando no les sirvas más, te van a cambiar a vos y al resto del decorado...
-¡Siempre tan apocalíptica!
-Yo no, la realidad es apocalíptica... ¡Qué fácil que es lavarse las manos...! Alcanza con jabón y una escupida...
-Sos venenosa, vos... ¿Nunca te interesa evitar decir lo que pensás?
-... Vos debés haber aprendido a mentir, por algo te va tan bien... Porque cuando estábamos juntos, no sé si te acordás, pero antes, cuando mentías, te ponías colorado y al segundo se te enredaban las palabras en la boca y te pisabas solito.
-¿Te molesta que me vaya bien o mejor que a vos?
-Yo jamás engañé a nadie para llegar a estar donde estoy, ¿y vos?
-Y... –no le respondió por temor a que su rostro se tiñera de bordó.
Brotaron las anécdotas lejanas, camufladas en historias abandonadas por otros, como ajenas a ellos mismos. Reviviendo viejos pasatiempos... Gastándose los ojos en redescubrirse... Inquieta, golpeaba la copa con el tenedor y pensaba en sus otros amores... Falsos amores... Hombres olvidados. Todos eran tan distintos a Catalino...
-Señor, ¿no quiere regalarle una flor a su novia? –le preguntó un muchacho que había logrado escabullirse de la vigilancia de los mozos.
-No, una no, dame todas... –después sacó del bolsillo un billete que por mucho cubría el valor de aquel canasto de rosas. Haciendo malabares, abrazando los ramitos, los acomodó sobre una silla.
-... Pensé que lo ibas a rajar carpiendo... –dijo ella.
-Y a mí se me ocurrió pensar que me ibas a decir gracias...
Pero Albertina permaneció en silencio aun reconociendo su error.
-¿Te casaste? –le preguntó al no tener respuesta...
-Nadie me aguanta más de tres o cuatros meses seguidos... ¿Y vos?
-Tampoco. No tolero a nadie después de los tres meses de estar junto a una misma persona... Y sin embargo, nosotros pasamos cuatro años... Eso sí, tengo un nene, sabés... Esteban, se llama... Fue más largo el embarazo que la relación que tuvimos con la mamá –y consiguió capturarle una sonrisa-. ¡No me digas que estás borrachita con un par de copas de vino si antes tomabas cerveza como si fuera agua! –le dijo al rato.
-Tu abuelita estará borracha... Solamente, que no estoy acostumbrada a beber algo tan caro...
-Voy a pagar yo, y con plata legalmente mía, así que no te preocupes por esas cosas.
Las lenguas más afines del mundo añoraban su sabor lejano.
-¿A dónde te llevo? –le preguntó relamiéndose por el manjar que esperaba servirse.
-A 9 y 49.
-¿Qué hay ahí?
-Mi casa. Ahí vivo... –le aseguró.
-Me mentiste, entonces... ¡La otra vez me dijiste que vivías cruzando toda la ciudad!
-Yo no era la que tenía problemas para mentir... Siempre tuve esa facilidad...
Perfilándose hacia su oreja, tal vez para decirle alguna obscenidad, la olió y volvió su cara al frente, despabilando antiguas furias. Besos mejorados por la experiencia. Manos percudidas por la memoria... Bocas conocidas, cuellos tiernos y deliciosos. Palparon sus perfumes; el de él, era importado sin lugar a dudas... Distrayendo las manos de Catalino, ella se apartó.
-¡Justo conmigo que te conozco, te vas a venir a hacer la difícil...!
-Me conocías, yo ya no tengo veinte años... –alcanzó a decir cuando ya estaban empezando a empañar los vidrios del autazo.
-¡Haceme transpirar, como vos sabías, por favor te lo pido!
-No seas ordinario...
-Y vos no te hagas la condesa de Chicoff.
-¿Tenés forro?
-¿Qué?
-... Que no voy a coger con un promiscuo como vos sin forro.
-Yo no soy promiscuo... –le aclaró.
-Todos los tipos como vos son promiscuos...
-Prejuiciosa e histérica... pero no me voy a poner a discutir con vos ahora... ¡Acá tengo uno!
-¡Viste que sos promiscuo...! ¿Sino, por qué tendrías preservativos en la guantera...’?
-Si fuera promiscuo no los tendría...
Empezaron a peregrinar por sus cuerpos atentos, precariamente, luchando contra el volante y la palanca de cambios.
-¡Podrías llevarme a un hotel, por lo menos...!
-¡Vamos!
-No, mejor no, prefiero que no me escarchen con vos... No puedo creer lo que estoy haciendo –expresó después-... Siempre juré que jamás me iba a acostar con un tipo así, tan inescrupuloso como vos...
-No te preocupes que no estamos acostados...
Los analistas locales se sorprendieron muchísimo con el retiro de la candidatura del político con más proyección en la ciudad. Catalino Antúnez, de una espléndida carrera en ascenso, con un futuro brillante. La última vez que lo vieron, fue en un Banco; estudiaba los requisitos para sacar un crédito. “No se presentó a la elección”, explicaban escandalosamente los artículos periodísticos. Por otra parte, hubo quien dijo que en los últimos tiempos, estaba ocupado en planear el itinerario de un paseo por un par de ciudades del norte de África.
-¡Te pusiste mi remera, iba a usarla para viajar...! –le habló Catalino.
-Ah, sí, no pensé... –alcanzó a pronunciar Albertina.
-Mi amor, sos demasiado inteligente como para no pensar... –le aseguró después de interrumpirla.
Dentro de poco se vienen más cuentos…
lunes, 26 de octubre de 2009
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