lunes, 26 de octubre de 2009

sueños prestados

tercera parte:
sueños contagiados





“¡Peligrosas jugarretas que el corazón se
juega a sí mismo para engañarse, siempre
atormentado por el deseo de que lo amen!”
“balthazar”

-¡No, no hace falta...! ¡No me paso nada...! –insiste desesperada Dafne. Quiere irse, tiene que llegar a la facultad para rendir un final.
-Igual te tenemos que llevar... –le explica el camillero que le cura precariamente las lastimaduras producto del accidente.
-Pero ya estoy bien... Me tengo que ir, de verdad... –va gritando mientras la suben a la ambulancia-. ¿Y mi bicicleta...?
Gracias a sus reiterados reclamos, la bici vieja y gastada, viaja a su lado rumbo al hospital. Afortunadamente el auto apenas la rozó, sólo recibió algunos golpes y ciertos cortes...
-A ver, veamos que tenemos acá... –dice cualquier doctor-. ¿Te duele la cabeza?
-No... Me tengo que ir... –sigue con lo mismo.
-Después de que desinfecten y te cosan esta herida...
Por más que se tape la boca y la nariz, el olor a alcohol, a enfermos no la dejan respirar. Es inútil que solicite irse, se da cuenta de que no funciona... Tendrá que esperar hasta la mesa de marzo para rendir este final que tanto tiempo le había llevado preparar... Inspecciona su medio de transporte: está enterita, un poco magullada como ella, pero viva...
-Muy bien... ¡Esto va a arder un poco! –advierte el enfermero...-. ¿No me digas que te estoy haciendo llorar?
-No –y se suena la nariz-. Estoy un poco trastornada, todo me sale mal, nada más... Vos no tenés nada que ver... Me parece que se me soltó la cena...
-¿A la bici?
-¡No, a mí! –y le captura una mueca.
-¿Cómo te llamás?
-Dafne...
-Mucho gusto, yo soy Dante... ¡Viste, nuestros nombres suenan parecido...! –continúa con su trabajo-. ¡Flor de palo te diste! ¡La bicicleta no está mejor que vos...! Yo también tengo una... –y ahora él le saca una sonrisa.
-¿Cuándo me puedo ir...? ¡Ay, cuidado bruto...!
-Cuando termine... –reacciona enojado-. ¡Va a ser mejor que te tranquilices... todo el mundo tiene malos días y conmigo no tenés la excepción...! Cuando las pacientes lindas como vos me tratan mal, les hago doler...
-Entonces, mejor me callo... Igual no fue para tanto, disculpá. Es que acabo de perder la oportunidad de aprobar un examen... Para cuando llegue marzo voy a tener que volver a estudiar todo de nuevo... ¡Todos esos libros, otra vez...!
-¿Qué estudias?
-Literatura... –se calma-. ¿Qué cosa hizo que tu día sea malo?
-Mi novia me dejó... Me cambió por el sol de Miami... Siempre me dejan, sabés... –se sincera.
-A mí también...
-Bueno, niña, esto ya está... ¡Te salvé de que te amputaran...!
-¡Por favor, no digas eso...!
-¿Dolió?
-No, fue todo un placer...
-En una semana volvé para que te saquen los puntos...
-Voy a pedir que seas vos... –Dante sonríe, aunque le cuesta.
-¿Ya me puedo ir? –y se para al escuchar el sí; agarra la bici y se va rengueando... los puntos en la pierna le molestan bastante.
Pegando carteles que la ofrecen como profesora particular de lengua, se pasa los días. Necesita conseguir trabajo, la mano viene pesada... El último le duró poco, cuando se hartó de que la explotaran más de la cuenta, se fue y no volvió más. La facultad le da un respiro; las cursadas terminaron y aprobó lo que tenía planeado... “¡Si no fuera por aquel final que no llegé a rendir...!”, se lamenta. En su casa, su familia la espera para pasar las fiestas. Piensa que le va a costar fingir que todo anda bien, que no necesita plata, que se tienen que quedar tranquilos.
Con Astrid ya lejos del país, Dante empieza a acomodar su vida. Va a los lugares que antes no podía, que a ella le molestaban. Cada miércoles ve una película en el cine... Y hasta hace lo que su novia deseaba y él le negaba; ahora va a bailar... “¡Que se joda por egoísta!”, se repite. Ella se lo perdió, dudo que pueda encontrar un tipo tan bueno, compañero y seductor como Dante; y todo en el mismo envase. Con el paso de los días va recobrando la sonrisa que ilumina alrededor... Se va amigando con la vida, valora lo que tiene y no se gasta en extrañar lo que perdió.
-Estoy buscando a Dante... no sé el apellido, pero es enfermero... –solicita Dafne.
-Está ocupado. ¿Qué necesita, señorita? –le habla una triste empleada administrativa.
-Me tiene que sacar los puntos de una herida...
-Vaya al primer piso que la van a atender...
-...Pero me gustaría que sea Dante...
-Ya sé querida, todas quieren que las atienda Dante, pero él está ocupado...
-Lo espero.
-Bueno, sentate ahí y ponete cómoda...
Ya no tiene el apuro de la semana anterior, así que no se preocupa... Cada tanto le dirige una sonrisa consecuente y falsa a la simpática del mostrador. Lo único que le molesta es el fuerte deseo de fumar...
-¡Dante! Hay una chica que te busca, que quiere que le saques unos puntos... ¿Pero dónde se metió...?
-Dejá, yo me ocupo...
-...Dafne, te estaba buscando... –le dice cuando la encuentra fumando en la calle-. ¡Pasá!
-Hace más de una hora que te espero... Parece que sos muy solicitado...
-Y... ser el mejor tiene su precio... ¡Vamos a la salita...! ¿Duele? –pregunta al rato-.
-Para nada...
-¿De qué te reís?
-...De que hoy estás más amable... Se ve que ya no extrañás tanto a tu novia...
-Es verdad... Y vos estás, a ver, ¿cómo decirlo...? ¡Menos histérica...!
-¿Te parece?
-¿Y tu bici, sobrevivió?
-Sí, la tuve que dejar afuera...
-¡Mirá que ya terminé, eh!
-¡...Ni me había dado cuenta...!
-Eso en otro contexto sería grave... –le expresa sugerente.
-¡Qué gracioso...!
-Bueno, entonces me voy... Chau, fue un gusto conocerte, Dante...
-Hasta pronto, Dafne.
-Voy a tener que sufrir otro accidente para volver a verte pronto...
-¡Qué chistosa...!
Baja las escalera, le hace un gesto poco claro a la empleada amiga y deja el hospital. Desencadena su vehículo, se sube y empieza a pedalear...
-¡Dafne...! ¡Ey, Dafne! –oye que alguien le grita. Se detiene y ve que es su enfermero preferido.
-¿Ya terminaste de trabajar? –y él asiente-. ¿Para qué lado vas?
-¡Para allá! –contesta él y señala a la izquierda...-. ¿Vos?
-¿Qué respuesta querés escuchar...?
-Y... que vas para mi mismo lado...
-¡Qué casualidad, yo también voy para allá...! –exagera su forma de hablar...
-Entonces, podemos ir juntos... –agrega él.
-Dale...
Y empiezan a caminar los dos hacia la izquierda, arrastrando sus bicicletas...
-Tu bici está mucho más buena que la mía... ¡Pobre, ésta, no da más!
-¿Para dónde ibas?
-¿Cómo? –Dafne no entiende...
-¿Qué si es verdad que este es tu camino...? –ella le sonríe, pero no dice nada-. ¡Te estás riendo... me engañaste...!
-¿De qué te quejás, nene...? Estoy yendo para donde vos querés...

“¿Cuándo terminaremos de crecer todos nosotros?”
“clea”

-Vengan, pasen, ¡qué bueno que hayan podido venir...! –anuncia Martina-. Vengan, que les presento a Galo, mi marido. Mi amor, ellos son Carla y Marcos, mis compañeros de la facu. Bueno, ella ya termina. Él es mi cuñado, Santiago.
Después del monólogo, se acomodan en el comedor dispuestos a devorarse cientos de pizzas.
- Santiago, ¿y Ana,? –pregunta Galo al rato.
-Tenía otro compromiso...
-¡Lo que pasa es que ahora mi cuñado está enamoradísimo de su nueva novia! –dice indiscreta Martina.
-¡Está muy bien! –opina Carla.
-La conoció en el bar donde van ustedes... La otra vez nos dimos una vuelta por ahí, está bueno de veras... –agrega la dueña de casa.
-¿Ah, sí, cómo se llama la señorita? –interviene Marcos.
-Ana Vignello –informa Santiago que no nota que la cara de Carla se espanta-. ¿La conocen?
-La verdad que sí, fue compañera mía del secundario... –informa sin más detalles ella, que, mientras habla, inspecciona el rostro de Marcos-. Igual, no le hables de mí, no tiene un buen recuerdo mío...
-¡Santiago, nos invaden los periodistas...! –sentencia Galo que abre otra cerveza. Los otros sonríen.
-Es que mi marido es un poco prejuicioso –explica Martina-. Cree que los periodistas somos una especie extraña de seres que nos sentimos superiores al resto del mundo.
-No, lo que yo pienso es que ustedes, siempre opinan de todo, de cualquier cosa sin tener en cuenta si saben del tema o no... –aclara.
-Muchos sí –acepta Carla-. ¿A qué te dedicás vos?
-Soy ingeniero de sistemas.
-¿Y vos? –refiriéndose a Santiago.
-Médico –contesta y advierte que ella se sonríe de nuevo-. ¿Qué tiene?
-Nada, que ahora entiendo mejor, Ana siempre tuvo debilidad por los doctores...
Martina conoció a Marcos este año, cursando un par de materias. Pronto, él le presentó a Carla y se hicieron compinches, se cayeron bien.
-Con Marcos vamos a preparar en el verano un final... –anuncia Martina.
-¿Es la última que te queda, no? –interroga, olvidadiza, la invitada.
-Gracias a dios, sí. ¿Vos, cómo vas con la tesis?
-A full, estoy esperando que llegue el día de la exposición.
-¿Qué, encima después tienen tesis? –inquieto Galo, que no ve la hora de que su mujer ya no se trastorne con sus estudios.
Sin comer el helado de postre, Santiago se despide, apurado por ir a encontrarse con Ana.
-¿Vos también terminás con ese final? –le cuestiona Galo a Marcos.
-No, a mí me queda todavía un poco más...
Divertidos, con el estómago satisfecho, todas las risas posibles en este mundo los invaden esta noche. El alcohol empieza a hacer su trabajo, mareando las visiones, mezclando temas y confundiendo opiniones. El calor agobiante sólo se sobrelleva con más cerveza. “...Nadie va a venir a salvarnos. ¡Vamos a tener que ocuparnos nosotros mismos!”, asegura Martina, consciente de que ya está borracha y que cualquier cosa que diga va a sonar estúpida.
Comparando anécdotas, repasando las diapositivas de los recuerdos, planeando futuros, sin dejarse asaltar por la tristeza; las carcajadas tensan los músculos de sus caras. Ríen hasta que les duele la panza. Sueños contagiados, esperanzas similares, compartidas. La noche se consume como los cigarrillos que se fuman hasta el filtro. Sucumben a todos los efectos, ansiosos de deseos, las visitas se van, comprometiéndose a repetir el encuentro...
Lógicamente, no hay micros de madrugada, tan cálida que pinta ideal para regresar caminando.
-¡...Menos mal que no armaste bardo cuando nombraron a Ana...! –Marcos inicia la charla, el combate. Ella lo mira inquieta-. ¿Vos sabías que Ana andaba con alguien?
-¿Qué tengo que saber yo...?
-Y... vos tenés tus informantes.
-Sabía que tenía un macho, lo que no tenía idea era que estaba tan bueno... –afirma, llena de manías-. ¿Estás celoso?
-¿De quién: de vos o de Ana? –ensañado, expone sus trucos.
-¡Decime vos! ¿No era que con esa perra no había pasado nada? –a punto de desplegar sus explosiones-. ¡Contestame, estúpido!
Callado, simulando desinterés, provoca las rabietas de Carla que, ahora tampoco habla.
-Me preocupan más tus silencios que todos los insultos del mundo –dice Marcos que acepta su error con entereza-. ¿No me vas a invitar a subir? –le pregunta cuando llegan al edificio donde ella vive-. ¿No me vas a decir que estás enojada? –e intenta borrar con sus manos las pruebas de su crimen.
-¿Qué necesidad tenías de hablarme así, lindo? –duda, haciéndose la víctima, seleccionando la más adecuada de todas sus máscaras.
-¡Me encanta que seas así!
-¿Así, cómo?
-¡Tan inestable!
En medio de las ruinas del departamento, entra a la cama de Carla sin invitación.
-Somos un desastre, nosotros... Cualquier cosa es motivo de pelea... –opina él-. ¡Nosotros sí que no cambiamos más!
-¡Tenemos toda la vida para crecer...! –confirma ella.
El ventilador vuela pelo que Marcos acaricia. Los trozos maltrechos del planeta caen sobre ellos. Van desvelando cada sueño del que se despiertan, mientras saborean salivas. Si no es porque se ríen, esta noche, todas las lágrimas del mundo podrían caer de sus ojos.


“Amar era absurdo, como lo es un objeto
arrancado de su sitio en la repisa del hogar”.
“mountolive”

-...Cuando te enamorás, cambiás tus ilusiones por la de la otra persona... perdés identidad, tratás de imitarlo... –asegura Zoe.
-Eso es mentira... Yo no consigo contagiarte ni mis sueños ni mis esperanzas... –le responde Gerardo, que no deja de abrazarla.
-...Es que yo hablé de ilusiones, tonto... –y la realidad se decora con los gestos de ella.
-¡Qué viva que sos...! –se vuelve a poner serio-. Adoro tus sonrisas, aunque me las niegues cada vez más...
-No te quejes que pongo mi vida en tus manos, ¿te perece poco? –y no le da tiempo de contestarle-. ¡Y eso no está bien, no puede ser así...!
-¿Qué cosa, mi amor?
-...Que no es lógico amar tanto, no es sano, es contraproducente... No, definitivamente no está bien... es de lo más nocivo... –explica, didáctica y casi enojada-. ¡Tendría que ser ilegal...! Depender tanto de otra persona... ¡Mirá si no... se miente, hacemos pelotudeces todo el tiempo, cualquier cosa nos causa gracia, escuchamos y tarareamos canciones que en un estado de cordura despreciaríamos, nos hacemos los melosos, nos olvidamos de las cosas importantes...!
-¡Ahí te equivocás, ves, amar es lo importante...!
-No me gastes... Es muy dañino este estado... –le habla al hombre que modificó su existencia.
-No le busques explicación, tesoro... –agrega Gerardo, consciente de que Zoe transformó su mundo.
-No sé, no es natural... Es de lo más insalubre.
-Tenés razón, mi autoritaria preferida...
-¿Qué, tenés otra?
-¡Hoy estás graciosa, eh...! Sabés qué, sos el centro de mi universo... ¡Mirá que sos cabeza dura, peor que un adoquín, mi cielo...!
-¡De eso estoy hablando, “cielo”!
-¿Qué, te molesta? ¿No te gusta que te diga “mi cielo”?
-Hasta cielo llego... Ahora sí, nunca me llames “cielito” porque esa palabra me da arcadas y una profunda necesidad de vomitar...
-Sabía que preferís descartar los diminutivos, pero no pensé que era para tanto...
-Mi problema no es con los diminutivos en sí, es con el “cielito”... Algún otro día “le” voy a contar porqué, “Licenciado...”. Así que ya sabés, eso no, pero el resto está permitido... Ahora decime, ¿una persona normal es capaz de decirle “cielo” a otra? ¿Me entendés lo que te quiero decir...?
-...Tendrías que usar la frase: ¿me explico...? Porque a veces, el problema no está en quien escucha, sino en el que quiere expresar sus ideas –Zoe lo mira lo mal-. Igual, quedate tranquila que te comprendo...
-...Yo podría saltar al vacío por vos... y me moriría si lo hiciera...
-Ya lo sé, pero yo no te dejaría saltar... A parte, el amor, no discrimina entre clase social, ni poder económico, talento, ni educación...
-¡Lo ves, es un desastre! ¡Menos mal que la gente no se enamora toda a la vez, porque si no...!
-Es demasiado bueno, parece irreal...
-No, bueno no... no es sano... El amor humilla...
-Pensá que al menos no tenemos que pagar por amarnos en exceso... No existe el “impuesto a las ganancia de los sentimientos”.
-¡Es lo único que nos falta! –levanta la voz y gesticula al ver una fantástica sonrisa en el rostro de Gerardo.
-Lo nuestro es de antología, reina... –sentencia él-. Si tanto te preocupa amarme, dejá de hacerlo...
-¡Cómo si fuera tan fácil...!
-¡Casémonos!
-Bueno... ¡Ves, también nos hace ser inconscientes...!
-Eso sí, la luna de miel la vamos a tener que dejar para febrero o, a más tardar marzo, porque antes no voy a poder...
-Bueno, me da igual.

“Era como la primera mañana del mundo”.
“justine”

Envueltos, en medio de las sábanas manchadas con el maquillaje de la noche anterior, sueñan que todavía no se hizo de día. Irrefutable, con la prueba de la luz del sol, se lamentan de que todo haya pasado tan rápido... Hasta que descubren que es la mañana de un domingo que nació para ser gozado sin la impaciencia de los tictac.
Miranda ruega que él le responda que no, cuando le pregunte si quiere que prepare el desayuno. Pero no sucede porque es el mismo Lautaro quien se acerca a la cama con los cafés y galletitas, algo humedecidas...
-Siempre te dije que mientras te tuviera a vos, a mí me alcanzaba con un colchón y una almohada... ¡Viste Miranda qué modesto que soy! –y vuelve a acomodarse, sin taparse porque hace calor.
-Por todo este tiempo me abracé a tu reflejo, que no era del todo fiel, pero era algo tuyo –le susurra ella-. Tengo miedo sabés, los errores tienen la cualidad de repetirse... ¡No quiero que nos volvamos a separar! ¡Otra vez no me lo voy a bancar!
-No te preocupes, eso depende de nosotros...
-¿Estás pensando en esa chica, no...?
-No, ya me olvidé de ella, fue un capricho, nada más...
-¡Más te vale!
Empastados y enlazados; pegajosos y empapados, huelen el café que se mezcla con el rancio aroma del vino volcado en la almohada. Todo se hunde a su alrededor, espantando a los fantasmas conocidos. Dichosos de que las horas pasen en tanto ellos permanezcan abrazados entre intervalos de furia, recursos y especialidades.
-¿Te diste cuenta de que ahora, que estamos separados, cogemos mejor? –habla Lautaro, asombrado por su descubrimiento. Ella sólo le sonríe para confirmarle que tiene razón.
Se rodean en sus orillas, entre propuestas y dientes que exploran. Variedades de besos, ganas y todos los escondites; inundados de variados olores.
-¡Vos me debés plata a mí...! –dice como si nada Miranda.
-¡Estás loca! ¿De qué? –sin comprender...
-De las llaves de mi departamento que nunca me devolviste; tuve que gastar en un cerrajero –explica.
-Al pedo, ahora vas a tener que hacer un juego nuevo...
-Eso sí que no, ni lo sueñes... –asegura, dispuesta a hacer todo lo contrario a aquella vez.
Le cuesta no caer presa de los temores de cometer las mismas equivocaciones, evocando los escasos momentos de dicha del pasado...
En medio de exposiciones de carcajadas, recobrando antiguas pasiones; se buscan, se desean, se examinan y vigilan. Descansando tras habitarse, marcando el terreno, haciendo propios los surcos del otro... Aislados por estas horas de ciertas realidades.
Se tocan y restauran los escombros de su primera etapa juntos. Las ruinas de los intentos fallidos. Sepultando los viejos tiempos que nunca fueron buenos, depuran los recuerdos. Coleccionan caricias. Huérfanos de pudores, se saborean mejor que en un sueño...
-¿Me amás? –Lautaro rompe el silencio.
-Sí, si no, no te hubiera perdonado, ¿no te parece?
Mientras tanto, se contagian las alarmas alteradas a lo largo de toda la cuadra. En las veterinarias, cada uno de los perros ladra a la vez.
Retornan al vino ni bien descubren la incipiente oscuridad; son su propio alimento. Brindan por ellos. Todas las antiguas dudas se esfuman cuando apagan un nuevo cigarrillo. Planean cómo pueden hacer para estirar la noche. Vuelven a brindar, esta vez, por lo que vendrá.

“Somos hijos de nuestro paisaje; nos dicta
nuestra conducta e incluso nuestro pensamientos
en la medida en que armonizamos con él”.
“justine”

-Esto se terminó, Ezequiel, no me banco que salgas con cuanta mina se te regala –le dice tajante Luisina.
-Mi amor, nos estamos por casar... ¿qué decís?
-Eso, que no me voy casar con un tipo que me hace cornuda... –expresa-. Además, este último tiempo, yo estaba tan mal por todo que...
-¿Qué? –pregunta violento, casi a los gritos porque la música del bar no lo deja oír.
-...Que me enamoré de otro hombre...
-¿Ahora, me venís con ésta...? ¿Lo conozco? –indaga curioso.
-No –asegura, seca como una planta.
-¿Cómo se llama? –insiste.
-Basta, no es ninguno de tus amigos... Se llama Víctor y no lo conocés, ya te lo dije... –le confirma la despiadada.
Después lo convence de que lo mejor que pueden hacer es separarse, que sería lo más sano... Y él se muere. Es cierto que siempre fue muy putañero, pero hace bastante que está en reposo. La noche radiante de diciembre se ensombrece. Agotados todos los recursos, la deja irse. Regodeándose en su dolor termina la cerveza que ya pagó y se va.
Empieza a hundirse en la soledad al cerrar la puerta de “El Barrio”. Algo lo aleja de su angustia: una mujer es maltratada por la policía frente a sus ojos. Trata de intervenir, al fin y al cabo, es abogado y no puede permitirlo. Un oficial lo aparta y le explica que se trata de una simple detención de una sospechosa de homicidio. Vuelve a empaparme de sus problemas, se sube al auto y se va para caer rendido en su cama, solo.
Las grises mañanas de sol le clavan dagas en el estómago cada día... Por eso es que todos dicen que está más flaco, a pesar de los innumerables intentos para levantarle el ánimo... Lo sabe perfectamente, hoy le toca a su hermano distraerlo... Lo invitó a cenar a su casa.
Saluda a su cuñada, le agradece que lo mimen y le acaricia la panza de cuatro meses. También está una prima suya, que vino del sur a la capital y está pasando unos días en La Plata. Angélica se la presenta, le cuenta que estudia administración de empresas y que se llama Fernanda. Al rato llega su hermano y cenan unas milanesas con papas. Entre el vino y las risas, las suyas son impuestas, hace esfuerzos para no sangrar por sus abandonos.
-¿Cómo te ves como madre? –le pregunta Fernanda a su prima.
-Un desastre... Siempre me costó imaginarme con un hijo y ahora que trato de pensarlo, me veo como una mamá que malcría, sufriendo más de la cuenta, híper-súper-sobre-protectora, incapaz de poner medio límite... ¡Un espanto!
-¿Qué quieren que sea? –atina a paladear para mostrarles que los oye.
-Hmm... nos da igual –le responde Angélica-, sobre todo si es buena persona...
-¿Y los nombres...? –Fernanda sigue con la charla, pero él ya no está acá...
-Todavía no pensamos en eso, pero se me ocurre que va a haber una guerra en puerta –asegura resinado Hernán-. Lo que tenemos que hacer es ponernos de acuerdo... Vos –y le habla a su mujer-, ponés el nombre de varón y yo el de nena...
-¡Ni lo sueñes, mi amor...! Desde ya te digo que los dos nombres los voy a elegir yo... A vos te toca ponerle el apellido...
-¡Ezequiel! –Hernán lo trae al mundo de los vivos-. ¿Vos estás de licencia en el laburo, no?
-Sí, ¿por...?
-...Porque nosotros dos estamos a mil y no tenemos tiempo para mostrarle la ciudad a Fer... –y se da cuenta que le quieren encajar a la pendeja-. ¿Por qué no te encargás vos?
“No”, está a punto de contestar, pero se fija en sus manos suaves, delicadas; sus dedos finos y sus uñas cuidadas... “Después de todo soy un mujeriego, ¿o no?”. Responde que sí, que mañana la pasa a buscar y que ahora se va porque está cansado.
Ni en sueños se va a dormir... Se da una vuelta por el bar, sólo es capaz de emborracharse. Piensa en Luisina, cogiendo con otro, engañándolo... Tal vez eso sea lo que más le jode. Probablemente, ella debe haber tenido sus razones para dejarlo. Sigue tomando...
Sin ganas, pasa a buscar a Fernanda por la casa de Hernán. La llama con bocinazos. Cierra la puerta tras de sí y le vuelven todos los deseos del mundo. Aparenta que es un caballero, se baja y le abre la puerta del auto.
-¡No te preocupes, no te voy a llevar a los barrios malolientes...! –empieza, para romper el hielo; un poco de alcohol ayudaría...-. ¿Cuántos años tenés?
-Veinte... ¿Por donde empezamos, Ezequiel? –la verdad es que se le ocurren algunas cosas, pero no se las dice.
-Vamos a tomar un café...
-Dale... –dice con voz tierna...
-...Lo bueno es que hay días en que no la extraño... –le confiesa ahora que ya tienen más confianza, que llevan dos horas hablando de sus realidades.
-En algún momento, las penas van desaparecer, no te preocupes... –lo consuela-. Pero vos tenés que poner un poco de voluntad para sobreponerte y seguir viviendo... –agrega natural, como si nunca hubiera sido traicionada. Es tan simple que lo deslumbra.
-Mi mayor sueño es olvidarla, sacármela de la cabeza... –escupe resentido...
-Yo, sueño con hacer un crucero, si no fuera que le tengo pánico al mar –y ríe.
-¿Y eso qué tiene que ver con mi sufrimiento?
-Nada... Son dos cosas que dependen de cada uno; yo, superar mi miedo y vos, enamorarte de otra...
“Y ya estoy empezando... Si no es amor, son ganas al menos”.
-Ahora, ¿qué hacemos? –le pregunta decidida...-. ¡Ya me cansé de tomar gaseosa! Mi prima me aseguró que vos ibas a saber a donde llevarme y Hernán dijo que te hiciera caso.
-¿Siempre sos tan obediente?
-Absolutamente... ¿Y vos siempre sos tan respetuoso?
-¿A dónde querés ir? –esquiva el palazo que le tiró.
-Ah, no sé, vos sos el guía de turismo...
-¿...Te gustan los museos? Acá hay uno muy bueno –dice por decir...
-¿Y si mejor no me comprás unas postales de la Plaza Moreno con la Catedral de fondo y nos dedicamos a otra cosa? –le propone impúdica y él se enamora.


“-¿Imaginaste esto alguna vez?
-Los dos debemos de haberlo imaginado.
De lo contrario no hubiese sucedido”.
“clea”

Como tantas otras tardes, Emiliana entra a “El Barrio”. Un mediodía la llevaron sus compañeros de la facultad, desde entonces, regresa siempre que puede.
Después de mucho tiempo vuelve a verlo... se encuentra allí con Ciro, sentado junto a un chica. Hoy es la primera vez que él pisa este boliche.
Les es imposible disimular o hacerse los distraídos. La invita a su mesa, se saludan tibiamente cuando se la presenta a su novia como “la hija de la esposa de mi papá”.
Aunque les cueste, al principio hacen como que nada pasó... Pero de hecho, hace algo más de cinco meses, pasó de todo y desde entonces no volvieron a cruzarse.
Se reconocen fácilmente, sin embargo, distinguen en el otro ciertos cambios. Clara, la acompañante de Ciro, se va para el baño. Sin tiempo para desandar alternativas, él le pregunta, a la confidente de toda su vida pasada, como habitualmente testeaba, “¿qué te parece?”.
-Hmm, la verdad es que no me convence del todo... –responde-. Mucho no me gusta, es linda sí, pero siempre elegís taradas, que se les nota demasiado...
-¡Qué raro que una novia mía te caiga mal...! –se ensombrece-... Se me viene el mundo abajo, Emiliana –y reconoce frente a él los ojos de siempre, la majestad de sus sueños.
Demasiados recuerdos... Aislados durante segundos de la muchedumbre... Huidizos, cada uno suplica por que no haya silencios. Por esto es que Ciro sigue hablando...
-¿No vivís más en el departamento?
-Era muy caro y no me alcanzaba la plata y como no quería pedirle más guita a mi vieja, me mudé con Fedra para compartir gastos...
-Ah... –totalmente desganado, antes de decir algo seriamente-. Yo no te mentí cuando te dije que te amaba –ella, aterrada, esquivando las miradas, preferiría no escuchar-. Aquella noche fue la mejor de mi vida, después, empecé a morirme...
-Si por lo menos no me conocieras tanto... Vos sabés todo de mí... –hace su descargo.
-¡Hacé de cuenta de que soy otro, que somos extraños! Empecemos de nuevo, me presento, mi nombre es Ciro Rigaltto. ¡Mucho gusto! ¿Cómo me dijiste que te llamás? –Emiliana solo esboza una sonrisa.
-¡No te ilusiones mucho! ¡Mirá que yo no duermo con tipos que apenas conozco! –recobrando las ganas.
-¡Vamos de un extremo al otro...! –ahora decidido-. Te voy a decir una cosa, Emiliana, hace mucho que nosotros dejamos de ser amigos y... ¡Aceptalo, vos sos hija única! –la anima, cuando ve acercarse a la que va a ser su ex novia.
Cuando Clara vuelve a sentarse con ellos, empiezan a fingir alegrías, no consiguen engañarse, ambos conocen cada mentira... Ahora que ni el universo, ni ella, ni él son los mismos... Hurgando en el rostro del otro, regresan a la infancia. Emiliana tiene que irse a cursar, no sabe cuál es la manera correcta de despedirse. Ciro se ofrece a pagarle el tostado y el café. Ella se para y sencillamente dice que se va y “chau”. Aún no cruza la puerta y él ya empieza a extrañarla.
Me pareció escuchar, estoy casi segura de que quedaron en encontrarse para volver a tomar algo cualquier día de estos...

“Una mujer no piensa dos veces antes de engañar a su marido”.
“balthazar”

-Yo te voy a acompañar en todo, sin importar la decisión que tomes... –le asegura Ricardo-. Voy a estar acá, para que el mientras tanto no duela demasiado...
-Dejame que te respire... Cuando llegue a mi casa, me voy a sentir ahogada... ¡Sos mi oxígeno, sabés! –dice Celina mientras se viste.
En el camino una idea sencilla ronda su cabeza.... simple, pero complicada de llevar a cabo. Su marido ya no le interesa, si fuera por ella le escupiría en la cara todo el veneno que tiene guardado por años... Pero, ¿cómo decírselo a su hijo? ¿Lo va a entender? ¿Le conviene ir preparándolo despacito? ¿Y, si le pide ayuda a la psicóloga? Sin embargo la determinación es clara: se va a divorciar.
-Tomy, vení que tengo que hablar con vos, mi amor... –lo llama y lo hace sentar frente a ella.
-¿Qué, má?
-...Tengo que preguntarte algo... Hace un tiempito que decidí separarme de tu papá, ¿a vos qué te parece?
-...Que está bien, má. Si es lo mejor para vos, hacelo. ¡Yo quiero que seas feliz!
-¿Vos me ves bien?
-Claro, má, se nota que estás más alegre...
Ella siempre lo supo, su hijo es inteligente. Es un chico sano, no especula... Jamás haría nada para retener unidos a sus padres por conveniencia... ¡Todo el mundo tiene derecho a disfrutar!
Efectivamente fue un trámite rápido y sin mayores dificultades... Luego vendría lo más suculento, gritarle a su esposo, decirle la mierda de tipo que es, contarle cómo cada tarde se revuelca con otro hombre... ¡Esto le va a dar placer...!
Ya no le presta atención al almanaque, le da lo mismo que sea lunes, martes o jueves; total si ella se ve con Ricardo... La cena la prepara de mala gana, charlando, cómplice, con su hijo; haciendo planes, teniendo buenos presagios...
Comen rápido, Víctor, siempre serio y amargado; ella y Tomás ríen cada tanto, juegan y bromean. Después lava los platos y las ollas.
Celina perdió todo miedo de enfrentar a su esposo, no le debe nada, ninguna consideración...
-Quiero hablar con vos un minuto... –anuncia directa.
-¿Precisás plata? –acostumbrado a preguntar.
-De vos ya no necesito nada... –se pone la remera gris de dormir-. Quiero que nos separemos...
-¿Te volviste loca?
-Un poco, algo así podríamos decir... Ya me da asco acostarme cada noche con vos –declara, pero no deja de pensar en las estrategias para rescatar el tiempo perdido, recuperar terreno.
-No pensás en Tomás...
-...Porque pienso en él tomo esta decisión... No quiero que crezca con sus padres fingiendo que son un matrimonio... Ya hablé con él y le expliqué todo; lo entendió mejor que vos...
-¿Y se puede saber por qué? –interroga ingenuo de lo que oye.
-...Porque vos tenés otra y yo me enamoré de un hombre que vale la pena –dispara.
-¿Qué decís?
-Lo que oíste... Tengo un amante, un tipo que me ama, que piensa en mí cuando está conmigo, que me da placer... Así que te voy a pedir que vayas viendo para dónde te vas a largar... Mi próxima noticia la vas a recibir de mi abogado. ¡Ahora, me voy a acostar con Tomás!
Se despierta incómoda, contracturada pero radiante... Su marido ya se fue y ella ni se molestó en prepararle el desayudo. La rutina que va a venir no la agobia, tampoco la entusiasma, pero sabe que cuando salga de dar clases, se va a ir al departamento de Ricky... Ya arregló con la mamá de un compañerito de Tomy para que se lo lleve después de la escuela.
-¡Apareciste! –festeja Ricardo, lleno de euforia, dejando por ahí sus papeles borroneados.
-...Siempre estuve –y se abrazan, se besan-. Ya hablé en casa, sabés... Tomás es más vivo de lo que pensaba, lo aceptó muy bien...
-¿Y tu marido?
-Todavía lo debe estar pensando, me parece que no creyó nada de lo que dije... –y se ríen a la vez. Se desnudan, se acarician, se disfrutan... Se ponen al día.
-Yo te voy a cuidar, abrigar y consentir en todo –le murmura.
-Acá me siento como si tuviera diecinueve años de nuevo; tan segura con vos...
-Conmigo vas a ser feliz ... Te amo, ¿ya te lo dije hoy?
-No me acuerdo...
-¡Te amo, entonces...! En un rato vamos a lo del abogado –y se apuran, por todo lo que se privaron de vivir.


“Mi instinto natural, hubiese sido largarme, sencillamente”.
“clea”

-¿Otra vez, Gabino, con el mismo tema...?
-¿Qué tiene de malo que quiera tener un hijo con la mujer que amo?
-Pasa que yo no quiero, que no me gustan los bebés... Además, no son buenos tiempos...
-Lisandra, esuchame una cosita... es lo más natural, algo tiene que haber en vos que haga que desees tener un hijo... ¡Qué se yo, todas las mujeres tienen instinto maternal!
-Eso es una mentira, mi amor, nada más artificial que el instinto maternal... Eso que vos llamás instinto no es más que una preparación y un mandato social, para nada es una cualidad de la naturaleza... es un conocimiento adquirido...
-¿Qué, me vas a decir que tener un hijo no es natural?
-Tener un bebé sí, pero que todas las mujeres anhelen la maternidad, no. Desde que somos nenas nos enseñan a jugar con muñecas, nos dicen que tenemos que se mamás, parir muchos hijos; pero yo no quiero eso...
-Todas las mujeres se realizan cuando son madres...
-¿Te parece que soy poco mujer? ¡Además, no me siento capaz!
-...Y lo que yo anhele te importa un pito...
-¡Vos, dedicate a tu libro que yo me ocupo de Remo!
-¡Sos una egoísta de mierda! –sentencia Gabino.
-Vos también...
-¡Mirá que me voy a buscar a otra, Lisandra...! Sacás lo peor de mí, sabés...
-No estoy preparada, tratá de entenderme, mi amor...
-¡No me llames mi amor!
-Tengo pánico, a no saber cómo criarlo, ¿cómo lo vamos a educar...? ¿Y si sufre? No, no quiero, cortala, mejor...
-Sé que sos buena mina, porque todo el mundo que te conoce lo dice... Pero conmigo te comportás como una hija de puta...
-¿Por qué, porque no quiero que tengamos un bebé? –pregunta alterada.
-¿Te parece poco? –ya a los gritos.
-...Yo siempre te expliqué mil veces lo que pensaba al respecto, nunca te engañé... ¡Y ahora me salís con ésta! –se martirizan el uno al otro-. ¡No me jodas más! –piensa-. Si tanto querés tener un hijo, tenelo con otra...
-¡Sos capaz de bancártelo!
-Más vale, no puedo privarte a vos de que seas padre si soy yo la que no quiere...
-¡Pero vos sos la mujer que amo, con vos necesito tener un bebé! –algo resignado.
-...A lo mejor en el futuro, éste no es el momento adecuado... Quizás más adelante me den ganas... Ya vamos a ver, mi amor...
-¿Cuándo, cuando tengamos ochenta años?
-¡No ves que también sos egoísta! Ahora el intransigente sos vos... Te estoy pidiendo que me dejes pensarlo bien, que me des un tiempito... ¡Querés todo y ya! ¿Para qué voy a embarazarme si con vos ya tengo un bebé!
-Bueno, conmigo sos buena madre...

“Los cafés repletos de ociosos acurrucados en las mesas”.
“clea”

Se enroscan, se envenenan, lo gozan... Se trata de dos amigas que hablan mal de otra que ya no pertenece al selecto círculo...
-...Carla está loca, tendrías que haberla visto a la perra queriendo ahorcarme –dice Ana.
-Pobrecita, es tan vulgar... –agrega María Alicia.
-Me hubiera encantado sacarle el macho... Pero el tipo es tan pollerudo y Carla tan, tan asesina en potencia...
Después, para darle un respiro a sus lenguas resentidas, le piden al mozo que les traigan coca-cola light.
-Oíme, ¿no está Cristian? –pregunta Ana.
-¿Vos lo ves acá? Dejame que lo busque... No, en el bolsillo tampoco lo tengo –responde Leonel que la conoce a ella y a sus escándalos.
-¿Podrías ser menos grosero? –interviene la otra...
-No, Ana, Cristian está de franco –le explica.
-¡Qué maleducado...! –añade María Alicia cuando el tipo se retira-. ¡Tendríamos que ir al negocio donde vende Carla para que se pudra un poco al vernos...!
-Sabés que no es mala idea...
La amigas, las hienas, siguen con sus burlas y críticas, casi todas injustificadas.
-¿Ése no es tu ex cuñado? –pregunta María Alicia, señalando hacia la puerta.
-Sí, es Nicolás –y lo llama a los gritos. Todo el bar, o la mayoría, se dan vuelta para mirar-. ¿Cómo andás, che?
-Bien, ¿y vos? –le presta atención a María Alicia-. Me vas a tener que dar el teléfono de tu amiga... –le dice al oído, bajito-. ¿Al boludo de mi hermano lo viste?
-Ahora está con otra minita –resignada-, no me quiere cerca...
-No te preocupes, Anita, ya va a cambiar de opinión, dejame que hable con él y le de un par de patadas en culo para que se avive...

-...Che, Galo ¿cuándo viene tu mujer? –apenas se oye debajo de la música del bar...
-Ya llega, Santiago... ¡No me jodas que estoy nervioso...! ¡No puedo creer que éste sea su anteúltimo final! ¿Cómo le irá?

-Ana, ¡cómo te mira ese pibe! ¡Está bueno...! –la pone en alerta-. ¡Fijate, tiene guardapolvo! Capaz que es médico... –se burla.
-Ojalá, siempre me gustaron los doctores...
-¡Va a aprobar, si estudió muchísimo! –responde Santiago, distraído, viendo hacia la mesa de enfrente-. ¡Qué calor que hace...! Dicen que este verano va a ser infernal, terrible...
Tanto la conversación como las miradas se evaporan cuando ellos ven a la mujer que hace señas entusiasmadas desde la ventana y van tras ella.

-No me respondiste, ¿vamos a ir al negocio de tu amiga Carla?
-Ni en sueños podría ser dueña de algo esa muerta de hambre... Además te dije que sí, ahora vamos... ¡Va a ser divertido!
-¡Qué yegua que sos!
-Como si vos fueras una carmelita descalza...

-¿...Por qué tenés tantos prejuicios? –conversa una pareja que entró hace un ratito al bar.
-Ah, ahora vas a hablar como un estudiante de antropología...
-Eso es lo que soy.
-Creo que prefiero al vendedor que dice una puteada en cada oración...
-¡También soy eso...! Insulto porque me gusta, de verdad pienso que una puteada es muy ilustrativa... Fijate que no soy tan mal partido...
-¡Qué antiguo, nene! No insistas con lo mismo...

Las amigas, las arpías, piden que les cobren, pagan y salen de “El Barrio” cargando bolsas de ropa y zapatos que compraron durante la mañana. Se dirigen rumbo al negocio que atiende alguien que alguna vez las quiso... Igual, no la van a encontrar, a Carla le dieron unos días en el trabajo para que consiga terminar su tesis para la facultad.




“¡El arte de hacerse enemigos necesarios!”.
“clea”

Dos mujeres entran a un negocio, esto no tendría nada de raro, si no fuera porque no muestran muchas intenciones de comprar ropa. Una, pregunta por “Carla, la vendedora”. Cuando les está explicando que no está, va recordando que, la más alta, le resulta familiar.
-¡Yo a vos te conozco! –le dice-. ¡Sí, sos la del baño! –y Zoe suelta sus sutiles carajadas-. ¿Así que están buscando a Carla? ¿Qué, no te alcanzó con la paliza de aquella vez?
Las ve descolgar de los percheros varias polleras, camisas, de todo. Las conduce hasta el probador mientras oye sus risitas de tarántulas, si acaso esos bichitos se rieran. Hablan como cotorras, criticando a su amiga, a ella. Lucen la ropa, se muestran los modelos, se elogian; ¡tienen ideales tan estrechos...!
La maldad se les nota en las caras, algo avejentadas, exiliadas de sonrisas. Se distrajeron de la vida... La que Zoe no conocía, le pide la misma remera en color amarillo. “¡Qué mal gusto, dios!”. Se la entrega y ahora quiere ver otros modelos...
-Miren que yo no soy tan impulsiva como Carla, pero, créanme, tengo menos paciencia que ella... –les advierte.
La envidia se les cuela en sus ojos claros que ambas lucen con orgullo, sintiéndose superiores. La del baño ya se probó cinco pantalones. Zoe se está cansando.
-¿Cómo te llamás? –le pregunta, la que la otra nombró como María Alicia.
-Zoe.
-¡Qué ordinaria que sos, Zoe! –le dice-. ¡Sos una ignorante, sabías!
-...Si vos supieras la educación que yo tengo... –la desafía.
-¿Qué, conseguiste terminar el secundario?
-¿En qué idioma te gustaría que te conteste? ¡No, mejor en castellano, dudo que entiendas otro!
-A ver... ¿y decime de qué te sirve todo eso en este local de mala muerte? –la otra escucha, parada, con cientos de perchas en la mano.
-¡Mucho! Porque un día voy a tener otro empleo, pero vos te vas a morir cogiendo con viejos para que te den trabajo... Y vos –ahora mira a Ana-, necesitás buscarte a un macho con guita para que te mantenga... -¡Qué alegría le da, a veces, no medir las palabras! Se quedan mirándola-. ¿Quieren probarse algo más?
-Sí –responden.
-Algo huele mal –afirma-... ¿no serán ustedes que se están pudriendo?
-¡Vos estás buscando que haga echar! –le asegura Ana.
-Si lo quisiera, te fajaría para que me despidieran con una causa que valga la pena... –Hmm, qué bien se siente descargarse... Gerardo va a estar orgulloso de casarse conmigo...-. ¿Sabés una cosa? –le sigue hablando- aquella noche, al principio, cuando Carla te agarró del cuello, me diste lástima... Pero ahora te veo la cara de estreñida amargada, estoy segura de que te lo merecías...
Vuelven a revolver cinturones y carteras. No tiene alternativas; las deja o las desfigura, al menos a una de ellas. Llenas de malicia, infectadas de miserias, eligen largos de polleras. “Estas afectadas mentales se pasean por la calle con ropa nueva, linda y cara; igual parecen fantasmas”. Zoe se detiene a un paso del escándalo. Ahogadas en el resentimiento, enfermas de bronca, tan mediocres son que se ensaña y hasta disfruta con estas dos estúpidas. “¡Un día se van a despellejar entre ellas! Tienen firmada su sentencia de infelicidad”. ¡Pobres, no saben lo que es bueno en la vida! ¡Si ni siquiera tienen un alma para empeñar! Cuando por fin se harta de verles las caras, les pregunta: “¿van a comprar algo?”.
-No, me parece que no –responde María Alicia-. Todo esto es demasiado berreta...
-Ideal para ustedes –les gruñe.
Si bien ahora tiene que ordenar todo lo que deshicieron estas yeguas, se siente satisfecha, aliviada, más íntegra. “¡Qué buena influencia que resultaron ser Marcos y Carla!”.

“Con los colores brillantes que la memoria
dispensa a los que han enriquecido nuestras
vidas con lágrimas o risas, sin saber que han dado algo”.
“balthazar”

-¿Anotaste la dirección? ¿Sabés llegar? –le pregunta ella-. Bueno, te espero mañana, entonces.
Sonriente, Cristian corta el teléfono y a continuación le besa las manos a Vera. Ya está todo arreglado, al mediodía se va para Buenos Aires, a charlar con Rosario con la excusa de tomar un café.
Las calles despiden más humedad y un tufillo caluroso, agobiante y bochornoso, peor que el de nuestra ciudad. La gente camina sin mirar por dónde ni a quién pisa. Y ahí es que la ve, distraída en el bar céntrico donde quedaron en encontrarse.
Se saludan, con un beso en la mejilla como hacía demasiado tiempo no lo hacían. Ambos se deben esta conversación, Cristian le adeuda una disculpa y ella... creo que nada.
-...Si no fuera porque dijiste que solamente querías charlar, no hubiera venido –asegura Rosario-. Estoy saliendo con un hombre, sabés –le avisa, para evitar imprevistos.
-No te preocupes, no vine a levantarte...
-¿Estás de novio?
-Digamos...
-Jurame que no volviste con Ana, por favor... –le suplica ella.
-Aunque fuera la única mujer que quedara en el mundo, no querría saber nada con esa mina... –le ratifica Cristian.
-¡Qué bueno! –y desatan otra vez las carcajadas más burlonas.
-Contame cómo está Pablo, hace mucho que no me llama el jodido...
-Es que está como loco con la facultad... Además, está metidísimo con una chica.
-¡Miralo vos...! –se alegra.
-...Sabés, Rosario, yo te llamé porque necesito pedirte disculpas por la forma en que te traté mientras estuvimos juntos... por la manera en que te dejé ir... no fue justo, no te lo merecías.
-Gracias, es bueno de tu parte reconocer que... Pero igual, mirá que me quedo con varios buenos recuerdos.
-Como verás yo acepto todos mi errores, por eso estoy acá, por lo que fuimos, nos lo debíamos.
Ríen con ganas, sin culpas, libres de remordimientos, ya superados los rencores... Se hablan como los amigos que nunca llegaron a ser.
-¿Tus viejos, todo bien?
-Sí, ahí andan... ¿Por qué será que por Nicolás no me preguntás...?
-¿No se te ocurre ningún motivo?
-Hmm, la verdad es que se portó para el culo con vos, y yo se lo permití... Pero sabés qué, no era algo especial en tu contra, es decir, a mi actual novia, la detesta también...
-...Es que te quiere ver casado y con ocho hijos con Anita, tan amorosa ella...
-Y, mirá... no sé... seguro...
-Lo que no entiendo, si para él es tan genial, porqué no se casa él con ella...
-Esa es buena, la próxima vez que me joda con Ana, se lo voy a preguntar...
-¿Cómo te va con la facultad?
-Bien, hace unos días rendí un final más...
-Te felicito. Yo, el año que viene arranco la carrera de nuevo en la UBA.
-¡Eso es muy bueno!
-Ahora... decime algo, ¿cómo conseguiste mi número? –pregunta curiosísima.
-Ah, no te olvides de que tenemos gente en común...
-¿Quién, Pablo...? Él no te lo hubiera dado...
-Es cierto.
-Entonces, ¿cómo hiciste?
-...Vera, mi novia, se lo pidió... Le inventó que te conocía, que te tenía que hablar de algo urgente y no sé qué otras cosas más...
-Pero, ella sabía quién era yo...
-Ajá.
-¡Qué segura de sí misma que es!
-Sí, es genial...

“Y, a veces, a menudo en momentos en que
pensaba realmente en ella,
aparecía en el departamento diciendo:
-Sentí que me llamabas.
O si no:
-De pronto empecé a necesitarte de tal modo...”
“clea”

-Nunca encontré la manera de aferrarme a la felicidad, lograr armonizarme con la vida. No cimenté esperanzas valederas ni me interesa lo que le pase al resto del mundo. Me veo absorbida por lo cotidiano. Lo que me rodea me agobia, me la paso haciendo cosas que a nadie le importan, ni siquiera a mí. Estudio más de la cuenta para no pensar. Es que en esta ciudad devastada por un par de traidores no se puede ver más allá que lo que se mira ahora. Una vida sin respiros, que me abruma, agotadora, sin pausas, que evapora el aire. Una realidad tan dura, de la que no me puedo escapar. Así paso, rápido, sin esperar nada. Además sabés de sobra que no me gusta el fútbol... Y entonces, aparecés vos; en medio de esta fauna existís... Vos, que sí sabés soñar. Que no respirás por costumbre como yo, que te gusta, que sabés aprovechar cada día, toda oportunidad que se te brinda. A cualquier momento le das un sentido. Lográs hacerme olvidar la tristeza, me operás de la realidad, del universo... Tengo que reconocer que soy egoísta, que necesito que existas, que estés, que esta historia permanezca. Igualmente, no deseo hacerte mal ni lastimarte; así que tenés que saber, Ciro, que me va a alcanzar con una palabra, que me digas “chau”, que se acabó, que no me aguantás más, ni a mí ni a mi cabeza. Me bastaría con un gesto... Y yo desaparecería.
-Emiliana, a mí sólo me afecta no tenerte...
-¡Cuánto te amo!
-¿No sé, decime vos, cuánto? –interroga en broma Ciro.
-No era una pregunta tonto, era una exclamación... Y nunca me echás de tu mundo, así que me quedo. Me besás y yo te agradezco que estés a pesar de todo. Y conseguís que por momentos me sienta mejor persona, porque me mentís bien, me das ánimo sin que te lo pida. Porque ya te dije, la realidad me acorrala, me niega los caminos, me ciego con las malas decisiones que tomé, todos los errores... Sos el único lujo que me doy en la vida... Y me rescatás...Y te agradezco que existas, que seas mi estandarte en cada lucha. Tu perfume es mi oxígeno. Siempre termino recurriendo a tu boca. Porque tus manos son el patio de mi recreo... Ante tanta locura y adversidad, sos mi descanso, mi lugar. Mi remanso, tu piel es mi guarida segura. Sos mi recompensa... Mi refugio, la morada que siempre estoy buscando. Dependo de tu mirada para confirmar que estoy en este mundo. En vos me escondo de la pena. Sos mi camino... Mi recreo; todo el tiempo te busco, te espero... Porque de tanto en tanto te veo.

“De noche una prostituta borracha camina
por una calle oscura, sembrando los fragmentos
de una canción como si fueran flores”.
“justine”

-¿Tiene la libreta, señorita? –y se la entrega-. Quiero felicitarla por su examen, fue brillante.
Después, abandona el edificio de la facultad y camina apurada hasta el habitual departamento céntrico. Pero antes, se detiene en una financiera. Llega cargando carpetas y libros que acomoda sobre la mesa de la cocina. Una voz le avisa que tiene a alguien esperándola. “¿Cómo te fue en el final?”, escucha mientras se mete en el baño para arreglarse un poco. Ella hace el gesto de bien con su pulgar levantado. Se viste, se perfuma y se maquilla. Entra directamente a la habitación donde un cliente lleva más de quince minutos sentado.
-¡Vos otra ves! ¡Qué bueno verte! –exclama Glenda haciendo su teatro, sus simulacros de pasión y deseo, su rutina de fingir.
-Tenía miedo de que no llegaras –le dice el hombre.
-En ese caso, cualquier otra chica te hubiera podido atender... ¿Me das un minuto? –él asiente con la cabeza, entonces ella guarda prolijamente los pocos euros que compró hace un rato dentro del estuche de un lápiz labial vacío.
-¿Cómo me dijiste que era tu nombre?
-Ariel... –responde ya recostado.
-Muy bien Ariel, ¿qué querés?
-Todo. Especialmente olvidarme de mi ex novia, la mujer de mi vida... –dice sin la euforia de otras veces.
-Entonces viniste al lugar indicado...
El ventilador de techo no sirve más que para alejar a las moscas deseosas de humedad. Contra el calor de este diciembre, no alcanza nada. Ella, la dueña de sus placeres; él, una boca que alimentar.
-¡...Sos una degeneradita...!
-¿Qué esperabas? Soy puta no niñera... ¿qué, no te gusta?
-¿Por qué hacés esto?
-Porque es lo que los hombres quieren...
-No, me refiero a esto, lo que hacés acá...
-¿Qué cosa?
-Ser prostituta...
-A ver... decime de qué trabajás vos...
-Soy arquitecto.
-Bueno, yo soy puta. Cojo por plata con tipos culposos como vos.
-¿Por qué culposo?
-...Porque mientras me pagás, intentás darme un sermón para que me aleje de toda esta mierda...
-...Pero si te lo digo es porque se nota a la legua que no pertenecés a este mundo...
-¿Tan mal hice mi trabajo?
-No, no me entendés –y se va poniendo los pantalones.
-Te equivocás, yo vivo una realidad como la de cualquier otra mujer hasta que a la tarde entro acá... ¡Un día no voy a necesitar este empleo!
-¡Quiero volver a verte!
-Vení cuando quieras...
-No, acá no, cuando no trabajes y no te maquilles de esta forma espantosa...
-¿Espantosa?
Sumergida en sus días paralelos, entre la facultad, los finales y el departamento; Glenda pasa el tiempo en esta ciudad. Hace varios años que dejó Mar del Plata. Ya casi no visita a su familia, sólo unos días en enero, para aprovechar la playa...
-¡Este es el bar que te conté, llegamos!
-Ariel, no te pongas tan nervioso... ¡Mirá que ésta fue idea tuya, eh...! –le recuerda.
-¡No seas paranoica, yo estoy bien...!
-No te preocupes que no te voy a hacer quedar mal, me sé adaptar a todas las situaciones... ¡Mirá que no nací puta!
-No es eso... –y mira hacia una esquina.
-¿Esa es la mujer de la estás enamorado?
-¿Cómo te diste cuenta?
-Soy puta, no idiota... Además, cualquiera lo notaría...
-No hace falta que lo repitas todo el tiempo.
-¿Te da vergüenza, te molesta? ¿Preferirías que fuera una estudiante de economía?
-No –y suena poco creíble.
La noche magnífica invita a salir, ahuyentando de las guaridas a los necesitados de alcohol, placer, distracción... Por allá, un grupo de amigos celebra, abstraídos del mundo, sólo pendientes de que haya cerveza en la mesa. En este instante, uno de esos jóvenes sacude en el aire una botella de champán.
Ariel, prácticamente ya no dirige sus ojos más que al rostro tierno de Glenda. “¡No puedo creer que sea la misma de la otra tarde!”, piensa sin decírselo, la besa.
En la mesa donde está su ex novia, también hay un aire de fiesta. La hermana ríe cuando acaricia al mozo que corre de un lado a otro del bar. Emma abraza a su nuevo hombre... ¡Están todos a mano! Los distrae una ruidosa y titilante luz azul que pasa al ritmo de un auto que busca.
Son los últimos en irse del boliche, junto a ellos, casi a la par, se marcha aquella parejita feliz, sumamente alcoholizados. Sólo su ex cuñada se demora a la espera de que su novio termine su trabajo.
Caminan por las calles desiertas que intentan iluminarse con el primer sol tibio de la mañana. Sólo unas pocas cuadras hasta donde vive Glenda. Una cama grande y una mesa multiuso.
-A lo mejor esta noche tenés suerte y no te cobro... –le murmura al oído acostado y a punto de quedarse dormido.
Ariel, por su parte, está demasiado borracho como para prestarle atención a los libros de economía que amueblan el monoambiente.

“¿No será éste un nuevo punto de partida o
acaso un retorno al punto de origen?”.
“clea”

-Ya tienen las consignas, están claramente planteadas, igual, cualquier duda me consultan... Estoy segura de que trato con gente adulta, así que, espero que no se copien... Pueden empezar por la parte teórica y después arman el esbozo del proyecto; bueno, el orden da lo mismo, pero distribuyan bien el tiempo porque si no están las dos etapas del examen, instantáneamente se desaprueba... –les indica Miguelina a sus alumnos de guión en la Facultad de Cine.
Mientras los jóvenes que están terminando de cursar el primer año de la carrera resuelven el segundo parcial, nuestra amiga aprovecha para terminar de corregir el último trabajo práctico que les encargó. Aprobar ese guión original más este examen son condiciones obligatorias, planteadas por el titular de la cátedra, para poder presentarse a rendir el final.
En líneas generales, los escritos son buenos, no excelentes ni estupendos; buenos, pasables... Separa unas cuantas de esas hojas y observa que todo marche adecuadamente en el aula.
Los minutos pasan y pocos son los alumnos que no llegan a desarrollar ambas partes de la evaluación.
-¡Para el miércoles van a tener las notas pegadas en la cartelera...! Los que desaprueben, acuérdense de que el lunes que viene es el recuperatorio, prepárense bien; es una lástima que pierdan la materia por no presentarse... –volvió hablar la profesora-. ¡Ramírez! –llama a una de sus estudiantes antes de que se vaya, una vez que entrega su parcial-. Te lo voy a decir con todo respeto... Julieta Ramírez –piensa bien las palabras-, este guión que me entregaste es muy interesante, pero no lo escribiste vos...
-¿Qué dice? –retruca la otra.
-...Que conozco a la persona que lo escribió, sabés... Reconozco claramente su estilo, y además, recuerdo haberlo leído hace algún tiempo en la computadora de Genaro... Así que vamos a hacer lo siguiente, el lunes me vas a traer un trabajo nuevo, hecho por vos, por supuesto, y voy a dejar pasar esto por alto.
Luego, Julieta abandona el aula y, para odio de Miguelina, ve que recorre los pasillos del edificio abrazada al novio. Este es el momento más oportuno para explicar que se trata de Genaro, profesor de dirección de cine, ¡ah, y un detalle que me olvidaba: ex pareja de Miguelina!
Rumiando ira e insultos de variado tenor, nuestra amiga regresa a su casa donde tiene una pila de cosas que hacer, que van desde planchar, despertar a Luciano que se quedó a dormir con ella y empezar a corregir los exámenes.
Magdalena, con quien comparte el departamento, tiene preparada una tarta para almorzar... ¡Ah, también se merecen que les cuente que ella es la hermana menor de Genaro!
Con los ojos todavía pegados de dormir demasiadas horas juntas después de haber trabajado viernes, sábado y domingo en la barra del bar; Luciano agradece los mates y el baño que, espera, lo devuelva a la vida.
Así nomás estira la cama mientras aguarda que se caliente la plancha. Se tienta de meterse en la ducha con su novio, pero pasa de largo. Comen los tres la tarta que les queda chica para su hambre. Lo aplacan con fruta y gaseosa, ¡una mezcla explosiva!
Luciano la besa y se marcha a su casa, la que aún habita con su padre y su hermana para cambiarse ropa y reponer fuerzas para volver al ruedo esta noche.
Magdalena prepara el uniforme que usa para atender en la perfumería más conocida de la ciudad. Reconoce el gesto de que le hayan dado la mañana libre para rendir el final de diseño gráfico que lleva preparando hace casi un mes.
Como verán, la mayoría de los estudiantes están tapados de laburo. Por su parte, Miguelina, que hace cuatro años dejó de ser universitaria para pasar al otro lado del mostrador, se instala en el sillón con el mate y los parciales de sus alumnos. Tiene al alcance de su mano, también, su libreta donde pasa las notas y una hoja en blanco donde tiene pensado escribir las consignas para el recuperatorio de la próxima semana.
Es lo que más detesta de la docencia, corregir... Tener que descifrar pensamientos mal expresado de otros, traducir letras nada claras y encontrarse con faltas de ortografía que la enferman... Como en este examen, plagado de errores técnicos, giros gramaticales incorrectos y palabras mal escritas.
“Dios mío, ¡lo que me faltaba, más problemas! Esta pendeja de mierda me va a seguir trayendo quilombos...”, se dice para sí. Efectivamente, se trata de la prueba de Julieta Ramírez que, respondió incorrectamente tres de las cinco preguntas teóricas y el proyecto... ¡Un espanto!
No regatea ni es generosa con las notas; sólo hace justicia y tal como se los aseguró a sus estudiantes, las encuentran el miércoles a la mañana en la cartelera de segundo año.
De esta manera, los aprobados, mayoría en la comisión, se pueden avocar a preparar el final, mientras que los demás, tendrán que esforzarse para salvar el año.
Ya terminadas sus obligaciones por hoy, Miguelina se va para el “El Barrio” y rapta a Luciano. Se van a comer panchos a la plaza y disfrutar del sol más fuerte del mediodía de este diciembre. Pero el recreo dura poco, él retorna al trabajo y ella se larga a su casa para tirarse debajo del ventilador de techo a dormir una siestita magistral.
El timbre corta su serena y plácida calma, si bien aún no se había dormido, gozaba del silencio de su habitación. Si Magdalena no estuviera en la perfumería, ella abriría la puerta, pero está allá; así que no le queda otra más que levantarse, ponerse el jean que había dejado por ahí y afrontar su destino.
“¡Lo único que me faltaba!”, piensa al ver a Genaro con su flamante noviecita. “¿Qué querrán estos dos?”, especula en silencio.
-¿Qué hacemos...? –pregunta poco amable. Bastante se tiene que bancar verlos en la facultad y cuando él va a ver a Magdalena, pero ahora no tiene motivos para estar en su departamento.
-Vine a hablar con vos... –anuncia él, que entra con Julieta sin esperar autorización-. Quiero saber por qué la desaprobaste...
-¿Qué? ¡Decime que es una cargada...! –implora extrañada.
-¡Miguela, si estás furiosa porque te dejé y ahora salgo con una chica más joven que vos, no te la agarres con ella! ¡No es ético que la aplaces porque es mi pareja!
-¿Qué...? –sigue sin creer lo que oye-. ¡Bueno, basta! Yo no tengo que darte ninguna explicación, ni a vos ni a nadie... Pero te voy a justificar el dos que le puse porque no te voy a permitir que dudes de mí, que pienses que lo hice por venganza... –va hasta su habitación donde tiene apilados los parciales sobre una pequeña mesita-. ¡Acá lo tenés! Sentate, leelo y decime qué nota se merece...
Con tiempo suficiente para prepararse unos mates que no les piensa convidar, relojea la cara del tipo más pelotudo del mundo.
-¿Y...? ¿Cuánto le ponemos a nuestra alumna? –interroga segura e irónica, cuando lo ve que deja las hojas sobre la mesa y se empieza a rascar la cabeza. Genaro no emite palabra, pero su cara lo dice todo-. Me debés una disculpa, ¿o no...? De esta minita, que no sabe si tal palabra se escribe con “s” o con “c”, no espero nada, pero Genarito, vos no te vas de acá sin que te retractes de las estupideces que me dijiste... ¡Ah, tengo algo más para vos, la frutillita del postre...! –y vuelve a ir a su pieza-. Tomá, acá tenés un guión tuyo que tu noviecita entregó como propio... –y se lo alcanza-. ¿Estoy equivocada? –él, le hace el gesto de no con la cabeza-. ¡Hacele un favor y enseñale a que no se sobrevalore ni a que subestime al resto de la gente! ¡Ah, si tanto te preocupa que la apruebe, ayudala a preparar el recuperatorio...! –el agua se hirvió, tal vez termine preparándose un café-. Guardate las disculpas, no las necesito... Ahora se me largan los dos de acá, vayan a estudiar, que para el lunes falta poco...

“Es verdad que una vez hasta llegué a
pensar en casarme con ella. Estaba muy
enamorado. Pero ella me curó a tiempo”.
“mountolive”

Cuando lo ve cruzar la puerta, por un momento, se arrepiente de haberlo dejado cuatro años atrás. Por su parte, al mirarla, Emanuel se da cuenta de todo lo que la extrañó.
Azul llegó de Rosario hace unas horas para estar presente en el casamiento de su hermano. En este momento, Gerardo, debe estar discutiendo con su novia los últimos detalles para la celebración de pasado mañana.
-¿Cómo andás, tanto tiempo? ¿Qué es de tu vida? –le pregunta Emanuel.
-Bien –sin dar más detalles.
-¿Cómo vas con tus artesanías?
-Bien. ¿Y tus pacientes?
-¡Todos locos! –se hablan esquivando las conversaciones importantes-. ¿Tu hermano?
-Con Zoe –dice, y lo mira con admiración.
-¿Estás saliendo con alguien, Azul?
-No... Tengo entendido que vos sí... –afirma arisca.
-Sí, pero vos seguís siendo la mujer de mi vida.
-¡Mirá vos! Entonces, ¿por qué no me lo demostraste cuando estuvimos juntos?
-...Porque fui un idiota –desbordado de rastros de alegrías pasadas-. ¿Por cuánto tiempo te quedás?
-Después de la fiesta me voy.
-Estás linda, más adulta, sabés...
-Y vos más viejo.
Ambos están seguros de que Gerardo va a quedarse en el departamento de su futura esposa; nadie los interrumpiría... Sólo tienen que animarse a dar el primer paso.
Temeroso de perder, con los cariños retraídos, invadido de sueños por los que vive desvelado, Emanuel empieza a recordar cuánto la ama. Frente a miradas escurridizas, el aire tirante; furtivo, la empieza a besar. Afuera, el anochecer ahuyenta de las plazas a las palomas hambrientas...
-Vos nunca me creíste cuando yo te decía que te amaba...
-...Porque me engañabas con otras...
Afortunados por cada hallazgo, redescubriéndose, brotan los recuerdos. Alentados a disfrutarse. Doblegando voluntades.
-¡Sos híper desconfiada!
-¿Te parece que no tengo motivos?
Evaluándose, se prestan caricias, perpetuándose...
-¿Me querés? –insegura, le pregunta Azul.
-¿No se me nota?
-¡No! Si fuera así, no me dejarías ir...
Pero de hecho, el que se marcha es Emanuel, apurado y asustado porque quedó en encontrarse con su novia.
Angustiado, camina arrastrando sus pies por el empedrado. Cargando su decadente cobardía, confronta su presente con sus deseos. Asaltado por nuevos temores, preocupado por tener que decidir... Una vida mediocre frente a la mujer perfecta que le desnuda sus sentimientos.
Desilusionada, se duerme, a la espera de soñar con que estos dos días pasen rápido y volver, lo antes posible a su realidad segura y cómoda, siempre sin sobresaltos. A su rutina chata.
Apagada, desayuna cuando su hermano llega a su casa. Con solo verla comprende que ya se cruzó con su mejor amigo. No consigue contagiarle su euforia... Zoe no nació para levantarle el ánimo a nadie, así que decide no llamarla para pedirle ayuda. Lo que sí le gustaría es mirar a la cara a ese boludo que, debe estar en el hospital.
No se sabe si Gerardo le habló, lo que sí es cierto es que antes de la cena, Emanuel la pasa a buscar. Seguramente estuvo persiguiendo su rastro con el auto, decidido a reconquistarla, hasta de retenerla... Por eso es que, casualmente, se la cruza en la puerta de una perfumería muy famosa de la ciudad.
Sin saber por dónde comenzar, le pide que suba, le ofrece llevarla, aunque Gerardo viva sólo a dos cuadras. “Lo malo de los milagros, es que siempre les pasan a los demás”, piensa, hasta que se decide a arrancar.
-...Ahí seguro que está tu hermano, vamos a mi departamento... –le propone.
-¿Qué, tenés miedo de que te cage a pedos?
-No, quiero que hablemos tranquilos... Vení conmigo, ¿o te voy a tener que raptar?
-No serías un mal secuestrador... –cambia de tema-. Esta ciudad es terrible... ¡Siempre hay neblina, y si no, llueve o reventamos de humedad!
-Como en Londres...
-¡Igualito!
Lleno de recursos, necesita volver a enamorarla. En su morada, la que muchas noches habitaron; casi intacta, sólo con pequeños detalles de mal gusto que su actual novia agregó, se siente a salvo.
-Ahora que te veo, me doy cuenta de que te amo igual que antes –tenerla ahí, enfrente, después de todo lo que la necesitó, le da aliento-. ¡Quedate acá esta noche! Si te vas, voy a tener que emborracharme y todos los bares ya están cerrados –exagera.
-Está bien –dice como si nada, como si le diera lo mismo-. Me quedo.
-No te vayas después del casamiento... No vuelvas a dejarme. ¡Pedime lo que quieras! Mañana mismo me peleo con Marina... –encantada escucha la propuesta.
Digitando el porvenir, Emanuel le pide que se case con él.
-...Claro, seguí el ejemplo de tu hermano –asegura frente a las risas de ella-. ¡Relajate, nena, que vas a empezar a ser feliz!
Cautivada, oye que él le habla del destino, del matrimonio, de promesas a largo plazo.
-...Nos imagino de viejitos, leyendo juntos, tomando mate –y se alegra al notar que sonríe para él.
-Veo que ya organizaste todo el porvenir...
-No, solamente nuestras vidas... Sería lindo que dejes de ser la señorita Peñalba para convertirte en la señora Gaudall.
-Aunque me casara con vos, no necesito que me llamen señora Gaudall, ¿para qué quiero tu apellido si yo ya tengo uno?
-Sos inconmovible, nena, ¿no te voy a poder convencer...?
-Es que no sé si eso es lo que quiero... Me dan miedo esos compromisos, me cuesta pensar en el futuro y creer que no vas a estar conmigo por obligación... No me gustan los juramentos eternos, los mandatos contractuales... los títulos de propiedad... No te veo cumpliendo tus promesas perpetuas... Detestaría que tengamos ataduras como pretextos para estar o no juntos... Dejemos las cosas así, mejor.
Justificando las alegrías, cada uno responsable de la euforia del otro... Conformándose con ser sencillamente dichosos...
-Estoy dispuesto a hacer todo lo que vos quieras, tenés que pedírmelo, nada más...
Ella, hace arte en su cuerpo; él, come de sus manos.
-¿Cuándo vamos a tener otra oportunidad así?
-Tengo miedo de que te arrepientas...
-Dale, decime que no te vas a ir... ¿Para qué vas a volver a Rosario, a comer gatos?
-¡Qué boludo que sos!
-Por favor, quedate conmigo...
Todos los besos de mundo llegan a su cuello.
-Me muero si me abandonás...
-Ya te dejé una vez y sobreviste...
-Ahora no voy a poder, porque te amo más que antes... Entiendo que no creas nada de lo que te digo... Te amo tanto.
-Sé que es cierto porque se te nota, pero...
-Pero nada, vos no te vas a ir, te lo juro.
Ella sigue insinuando que no piensa quedarse, aunque mienta... Emanuel ya la convenció.
-...Si no querés que nos casemos, listo, igual vení a vivir conmigo... –Azul no le responde, pero es como si lo hiciera.
Aislados, únicos e interminables, como si el resto del mundo no quedara nada, se van quedando dormidos. En este momento, se inaugura una cárcel, se estrena una película desastrosa. Gente pobre agoniza en todos los hospitales públicos... No muy lejos, se colapsan las autopistas y algunos festejan un gol en posición adelantada.

“Un millar de conversaciones entremezclándose,
como las raíces de los árboles que penetran en la
tierra ávida de humedad, sentido oculto de todas
estas vidas disfrazadas de sonrisas brillantes,
de manos que cubren los ojos, de malicia,
de fiebres, de satisfacciones”.
“balthazar”

-¡Feliz cumpleaños, Ana!
-Gracias por venir, Nicolás, vení, pasá que está María Alicia... –y coloca sobre el aparador el regalo que su ex cuñado le llevó.
-¿Cuántos cumplís?
-Veintiséis.
-¿Y tu novio? –le pregunta
-Vení que te lo presento... ¡Mi amor, quiero que conozcas a un amigo...! Nico, él es Santiago...
-No me mostraste lo que te compró el doctor... –le dice bajito María Alicia cuando se acerca al grupo.
-...Ah, me trajo un perfume importado carísimo... ¿Viste quién vino? ¡Nicolás y me preguntó por vos! –se responde a sí misma.
Al rato, su amiga se dirige a los sillones donde está ese tipo comiendo y tomando cerveza bien helada.
-El otro día me presentaron a alguien que te conoce... –le anuncia Santiago cuando la ayuda a acomodar sanguchitos de miga en unos platos.
-¿Así? ¿Y quién? –indaga la cumpleañera.
-Una chica que se llama Carla... –y observa que su rostro muta mil veces...
-Ah, ¿y qué te dijo de mí?
-Nada especial.
Gente que no la quiere, que sólo fue a comer de arriba. Regalos y diálogos que siempre dan cuenta de historias que no les pertenecen.
María Alicia y Nicolás están en su salsa. Ambos fingen ser más de lo que son. Santiago, por su parte, no está nada cómodo entre personas que desconoce y que lo vigilan, inspeccionan y califican. En todo esto, Ana, no ayuda... Va de acá para allá haciéndose la simpática, amable como nunca, falsa como acostumbra a ser. ¡Nada más embolante que esta fiesta!
-¡Ana, Ana, pará un minuto! –y ella lo besa, aparenta ser dulce.
-Ay, pobrecito... te tengo descuidado, no te presté atención en toda la noche...
-No importa... ¿Te puedo hacer una pregunta?
-Sí.
-Tengo una curiosidad... ¿A qué se dedicaba tu ex novio?
-Es mozo de un bar...
-¿Nada más? ¿Sólo eso?
-También estudia medicina...
-Ah, claro, ya me habían dicho que tenías una atracción especial con los doctores... –irónico una vez que le caen todas las fichas juntas...-. Sabés que, me voy Ana, mañana entro temprano al hospital...
Mentira, porque él había pedido que le cambiaran su franco para el sábado 26. Dispuesto a corregir su humor se dispara para “El Barrio”. Sigue con las cervezas, para no mezclar y relojea el rostro de una mujer bastante atractiva...
Ya di muestras de sobras de que me gusta escuchar las conversaciones de los otros. A pesar del volumen de la música, noté perfectamente que Santiago se puso a charlar con ella. Me di cuenta de que le dijo que se llama Romina. Se contaron sobre sus trabajos, consultorios para él y la contabilidad de ella... y oí unas cuantas cosas más.
El alcohol hace mella en todos, incluso en mí, y sobre todo esta madrugada, así que no lo recuerdo exactamente, pero juraría que quedaron en volver a verse para ir a cenar y después algo que ya se les va a ocurrir...

CONTINUA EN LA SIGUIENTE ENTREGA…

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