Este es el final de Sueños Prestados
cuarta parte:
sueños cercanos
“Los amantes no pueden encontrar nada que
decirse uno al otro que no se haya dicho o
callado una y mil veces. Los besos se inventaron
para traducir en heridas esas nadas”.
“mountolive”
Se queda helado al ver el rostro de su hermano en el pequeño televisorcito que monitorea la entrada del edificio. Sin saber para dónde arrancar, no contesta el portero hasta que al fin Martino desaparece.
-¡Ciro, Ciro! –grita a la vez que tica el timbre del departamento. La vecina de abajo lo dejó pasar.
A esta altura, negarse, es estúpido y abrirle la puerta así, de una... también. La reta a Emiliana, siempre tan displicente para vestirse, mientras que el cachorrito que le regalaron hace un mes, no para de mordisquear la frazada que cuelga del sillón.
Y lo hace entrar. Martino lo encuentra con un jean sin remera y ve, aunque no lo sorprende, aparecer de la pieza a Emiliana con su vaquero y una remera puesta al revés.
-¡Glauco –le habla burlón al perro-, qué calladito te tenías lo de tu dueño con mi hermanita...!
-Sabés que Emiliana no es nuestra hermana...
-...Pero es como si lo fuera... –y se instala en el fouton para disfrutar del show-. ¡Nena, preparate unos mates! –ella obedece-. Bueno, yo venía a darte un notición, pero tengo que reconocer que... ustedes me superaron. Ahórrense los detalles... Pero díganme una cosita: ¿se volvieron locos, no?
-No, pendejo –responde Emiliana, porque Ciro está de pie, con la mandíbula congelada-. Tu hermano y yo nos amamos, y lo que pasa entre nosotros a vos no te interesa –señala aguerrida.
-Es verdad, a mí no, pero a mi viejo y a tu mamá... ¿les importará? No sé, decime vos...
-Vos no vas a contar nada –reacciona el mayor...
-...Vamos a tener que negociarlo... ¡Sacame a este perro baboso de encima!
-Glauco, Glauco –lo llama Ciro y lo obedece.
-¡Qué original... el perro verde! Llamalo así, verde o verdoso...
-...Su nombre es Glauco –contesta, sin saber dónde va a terminar esta conversación.
-¡Qué discutís, si es lo mismo! ¡Este mate está caliente! ¿Lo hiciste a propósito? –Emiliana lo mira y hace levemente que no con la cabeza. Cambia su tono de voz-. Bueno, ya tuvieron tiempo para considerar la situación... ¿Cómo lo arreglamos? ¿Qué prefieren?
-¡Pedí lo que querés! –se arriesga demasiado Ciro.
-Tu auto.
-¡Estás en pedo...! Comprate uno, miserable...
-Está bien, se me fue la mano, lo reconozco, igual que a vos se te fue la mano con nuestra hermanita... A ver... –y hace que piensa-. ¿Qué me darías, Emiliana?
-¡Una patada en el culo!
-No, así no llegamos a ningún lado, así que andá bajando los humos, nenita...
-...Yo no tengo nada, a mí me mantiene mi mamá.
-Buá, me aburrieron. Me voy, y les prometo que voy a pensar lo que les podría pedir y ustedes reflexionen sobre lo que son capaces de ofrecerme. ¡Ah, vos –y la señala-, va a ser mejor que me empieces a tratar bien!
-Martino, no tenemos quince años como para nos amenaces y extorsiones –pretende hacerlo recapacitar...
-¡Mi amor, que no se vaya!
-¿Qué te pasa nena?
-...Que no digas nada...
-¡Prometémelo! –le exige Ciro-. Pedime lo que quieras, pero ella tiene razón –interviene-. ¡Quedate con la boca cerrada!
-OK, adelantame 200 que tengo que llevar a mi novia a cenar... ¡Ah, me olvidaba, yo vine a contarle a mi hermano mayor que salgo con una mujer hermosa, espléndida...! –y Ciro se pone a revisar todos los cajones...
-Te felicito... Escuchame, tengo 120, tomá pero callate, por favor... ¿Y, qué vas a hacer...? –pregunta ante el silencio.
-¡Me conmovieron! Quédense tranquilos... Ustedes saben que soy de pocas palabras...
“El supuesto palacio, que también
habíamos imaginado juntos, soportaba
maravillosamente la nueva realidad”.
“clea”
-Ya está, ya traje las últimas cosas que me faltaban –anuncia jocosa Luisina.
-¿La planta también viene? –pregunta algo inquieto Víctor, al ver tanta cantidad de ropa y cucherías...
-¡Claro, Dorotea, es casi una hija para mí...!
-¡Estás más loca de que pensaba...! ¿Y, qué tal la mansión que alquilé para vos...?
-¡Es perfecta! ¡Deslumbrante!
-...La verdad es que es una pocilga espantosa –reconoce él-, pero no me alcanzó para más... No estoy en condiciones de mantener dos casas... ¡Acá tenés Luisina, tu palacio con una habitación sola...!
-No te olvides de que yo también trabajo, no nací para ser una mantenida...
-Igual, quedate tranquila, mi amor, no te voy a hacer faltar nada...
-Es que no entendés que todo eso no me interesa, que yo te quiero a vos y que el resto de las cosas me importan una mierda... Pero te digo algo Víctor, ahora que vamos a vivir juntos que ni se te ocurra meterme los cuerno porque te mato...
-...Ya sé, ni se cruzaría por la cabeza... Si te tengo a vos no necesito a otra persona...
-¡Más te vale...!
-Trajiste demasiada ropa, no entra en el placard... ¡Ni lugar tenemos en este sucucho!
-No te preocupes, mi amor, si mi ropa es un problema, la regalo... –no duda al retomar su vieja idea de intentar ser feliz-. ¡Vení, probá y decime qué tal está la salsa...!
-Hmm –no puede fingir que está rica, esta mujer lo conoce excesivamente...-. Esta...
-¡Espantoso...! ¡Ni me digas más...! –agarra la olla y tira todo el contenido a la basura...
-Quedate tranquila, mi ex mujer cocinaba bastante bien, y con eso, ya ves que no alcanzó... ¡Ya sé, andá, ponete algo lindo que vamos a almorzar a fuera...! ¡Pero mirá que no todos los días voy a tener plata un restaurante...!
-¡Mañana la cena la pago yo! –exclama Luisina, convencida de va a pasar un tiempito hasta convertirse en una buena chef.
“¡Podríamos confeccionar un atlas con nuestros suspiros!”.
“clea”
Se despierta y lo ve entrar con el desayuno e inevitablemente abre sus ojos a su mundo. Podría bailar con la música que trae, que oculta su voz. Su sonrisa tiene vida propia. Se levantó muy temprano; ella, hoy no tiene que dar clases... Su entrevista de trabajo lo forzó a ponerse un traje espectacular.
-¿Ludmila, no me digas que no estoy como para que nos casemos?
-¡No digas pavadas que vas a romper la magia...! Maximiliano, no estés nervioso eh, vas a ver que te dan el puesto, mi amor...
Una vez que se va, se queda haciendo fiaca por un buen rato, no es común que pueda estar en la cama a la mañana... Piensa en todos los errores que cometieron, en las viejas aspiraciones que fueron dejando de lado, las ambiciones del pasado.
En unas horas se va a hacer los mandados y va a esperarlo con un rico almuerzo. “¡Ojalá que podamos pasar la tarde juntos!”. Se ducha y analiza la distancia de cada abismo que superaron. Se hunde viendo las facturas que adeudan... con las boletas impagas podrían empapelar el departamento; el presupuesto nunca alcanza. Por eso es que siempre postergan el sueño de tener un bebé a la espera de un futuro más próspero.
No es fácil vivir así, Ludmila es demasiado teleteatrera... Hay días que se despierta y descubre que estuvo llorando. Extraña lo que se perdieron de vivir gracias a las prematuras desilusiones. Las esperanzas olvidadas en el camino.
Sembrando promesas, se adoran. No les alcanza el sueldo para ahorrar pensando en el futuro. Nadie habla de ellos, ni siquiera, los más chismosos del barrio.
Abre la puerta y tiene cara de tristón. Lo besa en puntas de pie. Le explica que eran un montón los ingenieros que se presentaron por el anuncio. Cada día una bienvenida novedosa; todas alegres... Igual, Maximiliano cae en su desconsuelo, en un instante se desanima. Ella busca estrategias para levantarle el ánimo, le da aliento y su vida. “¿Qué tenés que no puedo negarte nada?”.
-Gracias Ludmila, todo el mundo necesita que alguien le mienta... Yo te tengo a vos.
-Yo te diría cualquier cosa, mi amor, con tal de que seas feliz...
-Cada vez que me mentís me enamoro un poco más...
En medio de las ruinas, le asegura que todo va a mejorar. Emprolijan las ilusiones. Lo besa de nuevo. Sucumben frente el desaliento, como si vivieran a la intemperie, saben que alguna vez no tuvieron las preocupaciones de hoy. Absorben toda el agua del puente... Extrañan el tiempo en que no les inquietaba la vida; sólo se divertían. Como cuando le gritaban al viento hasta que se les iba la voz.
Siempre se renuevan las angustias. Cada semana trae una dificultad distinta. Se pierden entre deseos incumplibles, las próximas ilusiones, el resto de los anhelos... Aun así siguen juntos, copiándose los sueños. A menudo sus sonrisas se desdibujan... Eternas esperanzas, constantes desengaños. ¡Podrían inundarse con sus lágrimas!
Los ojos de él que nunca se cansan de admirar, la miran lavar los platos... Tal vez sean su propio antídoto. Cada uno satisface los pequeños deseos del otro; de eso viven... Conquistando nuevos amaneceres... Disfrutando de los espejismos realizados, sólo unos pocos...
La ciudad enloquece y ellos se suman a ella. La ciudad se desnuda y ellos le hacen compañía. Se eterniza en su piel. Ludmila corrige que estas tardes traigan tanto sol cerrando las cortinas. Recorren el mundo volando en una alfombra; de cualquier otro modo, sería imposible... ¡Si no fuera que siempre hay un hijo de puta que los baja de un hondazo...! Para el que sabe imaginar, este universo siempre queda pequeño. Siempre hay una orden en sus deseos...
-Hacés magia con tus manos, tus caricias son sanadoras, milagrosas... –le asegura él.
-Es cierto, Maximiliano, a veces el hechizo funciona.
-Sos capaz de cambiarme el humor con una mueca tuya... A la noche, si tenés ganas, podemos ir al bar, seguro que nos encontramos con algún conocido...
¡No tienen arreglo! Son buenos para todo... Él se pierde en sus coordenadas, ella se enamora de su sur. De a poco aprenden a ser dichosos. Practican para llegar a ser felices, mientras tanto, imaginan...
“Hace falta toda clase de gente para hacer un mundo”.
“mountolive”
-...Pasá que está María Alicia... –le dice Ana a Nicolás.
Voraz, ronda a aquella chica que hace un tiempo conoció. Las referencias que tiene de ella, son las mejores: “es la amiga de alguien espectacular como es Ana”.
La fiesta de cumpleaños está llena de gente que no le interesa, salvo ella; y se regocija al verla acercarse hasta donde él está sentado.
-¿Te puedo hacer compañía...?
-Por supuesto.
-La mayoría de los que están acá me aburren, son tan mediocres...
-¿Así? Yo no los conozco...
-Yo te cuento... Ésa que está ahí parada al lado del televisor, es una estúpida que vive comiendo lechuga porque si se pasa un poquito, en seguida se le engorda el culo... Ahí hay un tipo, el de camisa celeste, ¿lo ves?, es tan cornudo que lo sabe toda la ciudad... La mitad de los que están acá no tienen trabajo, y de la otra mitad, la mitad labura dieciocho horas al día por dos mangos... ¡Todos fracasados! El pibe que está con esa chica rubia, que se nota que se tiñó ella sola en la casa, le regaló a Ana una remera de un color horroroso, ¡no podría se más desagradable! –y respira...
-¿De mí, qué comentarías si estuvieras hablando con otra persona...?
-...Lo mismo que te voy a decir ahora: que me encantás... Que me parecés un hombre bárbaro... Que tenés clase y, por todo lo que me contó Ana de vos... Hmm valés la pena.
-Me gusta escuhcarte... ¿Te puedo preguntar algo?
-Desde ya...
-¿Esa clase de pollera, como la que tiene ésa de allá, la del balcón, todavía se sigue usando?
-¡Ay no! ¡Qué espanto! ¡Está totalmente fuera de moda, de todo...! –y los dos ríen al mismo tiempo.
-¿Decime, viste los regalos que hicieron...?
-Sí, casi todos son una berreteada... No vi lo que le regalaste vos...
-Un jean de la marca que a ella le gusta...
-¡Ves, yo te lo dije, tenés clase, eso es otra cosa...! –se halagan mutuamente, como si no tuvieran abuelas.
-¿Qué te parece el novio de Ana?
-...Es de la clase de chicos que a ella le gustan, para mí es demasiado corriente; como verás, prefiero gente que se destaca del resto... ¡Como vos!
-¡Qué coincidencia, creo que somos tal para cual...!
-...Ella sigue enamorada de tu hermano pero...
-Es un pelotudo por dejar pasar a alguien tan maravilloso como Ana, algún día se va a arrepentir...
Mientras tanto, Santiago, por su parte, no está nada cómodo entre personas que desconoce y que lo vigilan, califican e inspeccionan. Y Ana no ayuda para nada... Va de acá para allá haciéndose la simpática, amable como nunca, falsa como siempre es. ¡Nada más embolante que esta fiesta...!
Amontonados por el viento, a esta altura ya sólo quedan la dueña de casa, su íntima amiga María Alicia y Nicolás que no se le despegó en toda la noche.
-¡Vamos que te acompaño hasta tu casa! –le propone, él.
-¿Tenés auto...?
-No, pero... –no lo deja terminar la frase...
-¡Más vale que no me vas a hacer caminar...!
-Por supuesto, hermosa, te iba a decir que llamemos un taxi...
“Suele ocurrir que la gente se raya como un
disco viejo y no puede moverse de un surco”.
“clea”
-Se salvó de milagro –asegura, aunque algo distraído el médico de la guardia-, si usted no hubiera llegado a tiempo, no hubiésemos podido hacer nada.
Como casi todos los anocheceres, Magdalena abandonaba con la autorización expresa del dueño la perfumería en la que atendía. Desde ya, era con él con quien se iba.
-...Ya te lo expliqué, no me voy a separar de mi mujer por nadie y menos por vos... –le aseguró Augusto.
-¿Por qué sos tan cruel conmigo? Yo te amo –le murmuró cuando empiezo a vestirse-, ¿vos no me querés?
-Sí, te quiero... ¡Por supuesto que te quiero! ...para tener el mejor sexo del mundo... ¡Sos una puta demasiado barata para mí! No das para otra cosa...
-¡No lo puedo creer... yo te adoro y vos jugás conmigo! –ya herida-. ¡Me dijiste tantas mentiras!
-¡Te dije lo que querías escuchar...! –replicó insensible.
Llena de angustia contenida, evitó demostrárselo, mientras oía al hombre de su vida decirle cuánto la despreciaba.
Esa noche no le permitió a Augusto que la alcanzase hasta su departamento. La humedad del verano de este diciembre ingrato, enrulaba su pelo, a la vez que la llovizna recién desatada camuflaba su llanto. Furiosa consigo misma por elegir al tipo equivocado, caminó rápida.
Sus lágrimas empezaron a brotar de aquellos ojos verdes sin que ella haya hecho ningún esfuerzo, a penas las notaba...
Cantando una canción que no se pudo distinguir porque Miguelina distorsionaba las melodías y modificaba todas las letras, entró a su hogar. Luciano decidió quedarse en el comedor a la espera de que ella eligiera alguna remera limpia que llevarse y poder ponerse mañana.
Hay que decir que le llamó la atención no encontrar a su amiga cenando... Más la sorprendió verla en la roja bañadera...
A los gritos, impotente, atinó a sacarla del agua, envolverle con toallas las muñecas desgarradas. Su novio, alertado por el espanto de aquellos alaridos, se acercó al baño. Llamó una ambulancia que, de milagro no se demoró.
-...Si usted no hubiera llegado a tiempo, no hubiésemos podido hacer nada –confirma el médico.
-¿Podemos pasar a verla? –pregunta Genaro que voló hasta la clínica apenas cortó el teléfono.
No se sabe por qué, pero Luciano siente que está de más, por eso decide marcharse y dejar a la gente más cercana. Le susurra un par de cosas agradables al oído que, Miguelina agradece con su sonrisa forzada.
Entran los dos a la pequeña habitación, Magdalena está dormida. Permanecen junto a ella a la espera de que abra los ojos. Durante este lapso, Genaro, desconocedor de la vida privada de su hermana, interroga a su ex novia para encontrar una explicación que en nada justificaría lo que hizo.
Cuando los secretos no tienen sentido de ser, no vale la pena callar y, tal como Genaro se lo pide, Miguelina le relata la historia de amor clandestino de Magdalena con ese hombre casado... En lo que dice, destaca la palabra “amor” porque era lo que verdaderamente su amiga sentía por el marido de la dueña de la perfumería más conocida de la ciudad.
-¿Por qué nunca me contaste lo de este tipo...? –reprocha.
-...Porque a mí no me correspondía hablar, no soy buchona... y la verdad es que nunca pensé que podía llegar a tanto. Además –agrega para fundamentar-, no sabemos que esto tenga algo que ver con lo que hizo...
Estas son las últimas frases que pronuncian en privado al alertar que la convaleciente empieza a despertarse. Lejos de todas las recomendaciones del médico que iban desde no presionarla, no hacerle preguntas hasta evitar recriminarle su comportamiento; hacen todo lo opuesto.
-¿Valió la pena que te lastimaras de esta forma...? –arranca Genaro.
-...Quiero morirme, no me importa nada más... –responde débil.
-Pero los que te queremos, ¿qué? –insiste su hermano.
-No puedo pensar en los demás...
-Ese tipo es un reverendo hijo de puta, no se merece que sufras así... –toma la posta Miguelina, conocedora de las penas que pasó su amiga con ese romance.
-¡Vos no me hables...! ¡Traidora! –recrimina con fuerzas ajenas-. ¡Vos no tenías que llegar! ¡Dijiste que no ibas a venir...! No te voy a perdonar lo que hiciste...
-¡Hacé lo que quieras! –dice, nada condescendiente.
-...Eso era lo que pretendía... ¡Quería matarme!
Sin sentido, dirige toda su ira hacia quien le salvó la vida. Ella lo sabe y desata un ataque de furia que alerta a las enfermeras del sanatorio. Los retiran del cuarto mientras el médico se esfuerza por tranquilizar a la paciente ingresada horas atrás.
-Mañana va a venir a verla un psicólogo de acá, el Licenciado Gaudall... Ahora, vayan a descansar que ella va a dormir toda la noche, tuvimos que sedarla... ustedes la vieron, estaba muy alterada... Es normal, no se preocupen.
-Yo me quedo a cuidarla –asegura Genaro-, andá a tu casa...
-No, andá vos, me quedo yo...
-¡Quedémonos los dos!
-No, está bien... Hoy quedate vos, a las ocho vengo yo y te reemplazo...
Y así se organizan durante los días que dura la internación. Mañana le dan de alta, aunque deba continuar con el tratamiento psicológico.
-Ya hice los trámites, cuando el doctor lo diga, nos vamos... –le anuncia Genaro a Miguelina-. Te voy a invadir el departamento, vamos a pasar mucho tiempo juntos...
-Cuando vayas a visitar a tu hermana, tendrías que venir con tu novia...
-...Quiero ahorrarte un mal momento...
-Ahora es bastante tarde, ¿no te parece? ¡Andá con July que yo voy a estar con Luciano! –declara ella, feliz porque por fin, su amiga ya no la odia-. Me acostumbré a verlos juntos... Lo que no puedo entender, ¿por qué te elegiste una tarada así?
-...Para inteligente te tenía a vos –pronuncia poco sutil.
El taxi los deja en la puerta del pequeño edificio. A Magdalena la mandan directo a la cama con la promesa de que en unos minutos llevan para tomar unos mates riquísimos.
-¿Dónde vas a pasar las fiestas?
-En lo de la familia de mi novio...
-¡Ah! –y no dice nada más pero la besa. Empujándolo, Miguelina se aparta del tipo que más quiso en su vida.
-¡No jodas, mirá que Luciano se muere de ganas de partirte la geta de una vez, así que no provoques...!
-Perdoná...
Los mates, como siempre que los prepara ella, salen demasiado calientes. Confiando en las manos que cuidan a su hermana, Genaro se va, asegurándoles que a la noche se da una vueltita y trae para cenar unas empanadas...
-Traela a Julieta, de verdad, esta todo bien... –le recuerda ya en la puerta de abajo-. Además –un poco molesta-, nunca te importó refregármela en la cara...
-...Cualquier cosa que haga falta, sabés que podés conmigo...
-...Será ahora, que ya no te necesito, porque antes, nunca pude contar con vos...
“¿Acaso no depende todo de nuestra manera
de interpretar el silencio que nos rodea?”.
“justine”
-Venga con mamá... ¡Pobrecito, sos un bruto! –le grita Lisandra.
-Si no le hice nada, es un gato nada más... Lo empujé un poquito... –asegura Gabino.
-...Si estás enojado conmigo, no te la agarres con mi bebé. ¡Michi, michi, vení Remo, vení con mamá!
-¿A dónde vas? –le pregunta al verla abandonar el balcón.
-Le voy a dar lechita... ¡Vení Remo! –que la sigue con obediencia y adoración.
A penas minutos tarda en volver a sentarse junto a él sobre el pequeño escaloncito tibio víctima de este sol implacable.
-...Mirá, ya me estaba olvidando... Estoy pensando sobre...
-Shh... –como un silenciador, claramente la hace callar.
-¿Shh, qué? –molesta.
-...Que desde que llegaste no paraste de hablar... Si no es conmigo, es con el animal ese...
-¡Qué malo que sos! Yo nunca estoy a la tarde, y una vez que puedo estar con vos, me tratás así... –dice Lisandra-. Tengo ganas de contarte sobre mis proyectos y vos ni me querés escuchar...
-Necesito que estemos en silencio, oyendo el ruido de la calle...
-¡Qué poético! ¡Hacés esto por lo que te dije ayer del librito de mierda que nunca escribís! ¿O, no?
-No, yo no soy rencoroso, tengo mala memoria...
-No es cierto –asegura Lisandra que lo conoce demasiado-. ¡Se te nota que estás furioso, vos mentís mal! –dictamina, yendo siempre un poquito más lejos.
Gabino, la escucha y sabe que tiene razón. Siempre que discuten sale perdiendo, así que la abraza saneando tempestades que él mismo desató... Sí, curiosamente fue él quien inició el combate, usando las armas más desleales, maltratando lo más preciado que Lisandra tiene: a Remo.
-Todos los días tengo que oír de tus alumnos, de tus pensamientos que nunca llegás a plasmar en un mísero papel –la pelea, se trata del juego que a ella más le gusta-, pero vos, jamás querés saber sobre cómo me va en el diario. ¡Sos un forro! ¿Tan despreciable te parece mi trabajo?
-¿Cómo decís eso Lisandra?, siempre te pregunto, me encanta que me hables de tus cosas, es que hoy no tengo ganas de escucharte, quiero que estemos calladitos...
-¡No, no es eso...! ¡A vos te importa un pito mi vida! Sos malo conmigo... –le recrimina.
-No soy ni forro ni malo... Y podrías buscar otros insultos, nena...
-Puteadas, conozco millones, y si te digo que sos forro y malo es porque eso sos...
-Forro, malo; forro, malo... ¡Qué lenguaje rico que tenés vos!
-¿Qué querés? La gente no discute usando sinónimos... Perdón, ¿o vos, sí?
-Venía acá, no me dejes hablando solo... –le ordena aguerrido.
-Estoy buscando los cigarrillos... –le responde desde la pieza-. Al final no sé para qué me rajé del trabajo... Me estás haciendo desperdiciar la tarde libre que me dieron en el diario... ¡Y yo que tenía para detallarte un montón de proyectos, consultarte algunas ideas...! –se lamenta-. ¡Gabino! –lo llama.
-¿Qué?
-Tenés teléfono...
-¿Quién es, Esperanza?
-No, no es tu hermana, es otra vez tu alumnita de la tesis... –indica llena de celos.
...
-¿Qué le pasó ahora a esa pendeja molesta? –lo interroga cuando vuelve a enfrentarse al sol...
-No seas mala, pobre, se está rompiendo el alma...
-Decime la verdad, ¿vos te acostás con esta chica?
-No, nena, ¿qué decís? –le responde con las palabras y haciendo montoncito con los dedos de su mano...-. Y shh, basta, tampoco tengo ganas de darte explicaciones... Shh...
-¿Tantas boludeces digo como para que no quieras que hable?
-Para nada, sos un poco cansadora, nomás...
-¿Mi voz es muy molesta?
-No, es el sonido más hermoso...
-¿Entonces?
-Es que quiero que estemos en silencio... Shh, disfrutá...
Así pasan un rato, sólo suenan los autos que circulan por la calle. Por momentos, se oyen los maullidos de Remo, temeroso al ver a su dueña tan callada y con los ojos cerrados, quieta entre los brazos de ese hombre que lo ataca.
Sueños que pierden forma y sin sentido cruzan sus mentes despiertas, aún. Contrastando realidades. Lejos del universo de al lado. Habitantes de un paraíso olvidado por dios. Llenos de tardes perdidas...
-¡Estoy agotada! –quiebra la paz.
-Shh... –balbucea el descarnado ante el deseo de expresarse de Lisandra.
-Shh, nada...Tenés que quererme mucho, no te olvides de eso, sabés –le recuerda.
-Está bien, pero callate, shh...
-¡No me vuelvas a hacer callar!
Molesta, le niega su cuello. Se aleja de Gabino, se sienta un poco más allá, sólo un poco, el balconcito es demasiado estrecho. Ahora, únicamente habla con Remo mientras lo acaricia.
Contrarrestando su bronca, carga de ternura a su mascota... Viendo pasar una película que proyecta finales anunciados; tal cual, imagina terminarán Gabino y ella.
-¡Vení, dejame que te abrace! Te amo, sabés –él aliviana la furia con palabras sanadoras...
-Yo más.
-No, no creo que se pueda tanto... ¿No te prendés un pucho?
-Al menos, tendría que estar prohibido... –luego le alcanza el cigarrillo. Ya esta junto a él otra vez.
-¡Venía más acá, quiero abrazarte...! –despabila sus manos-. ¡Pero no hables, no quiero que peleemos!
-Gabino, ¿cuándo me vas a pedir que me case con vos?
-...Hmm... –gana tiempo para pensar-... cuando publique mi libro.
-¡Ja, ja, es lo mismo que me digas que nunca...!
-Shh...
Y retorna la calma y sobre todo el silencio, apenas ensuciado por el bochinche del resto del mundo.
-¿Te dormiste, mi vida? –le pregunta Gabino que empuja al gato antes de que ella abra sus ojos.
-...Estaba a punto... ¿Qué le hiciste? –Lisandra vuelve a molestarse tras escuchar el reclamo de Remo.
-Nada.
-¿Qué pasó mi amor, qué te hizo este loco?
-¿Puedo pedirte un favor? –tantea manso y dócil.
-No, todavía estoy enojada con vos... –responde Lisandra, haciéndose la ofendida.
-¿No te preparás unos mates?
-Bueno.
-¡Esmerate, eh! –le grita para que ella lo oiga en la cocina-. ¿Qué era eso que me querías contar? –le dice por fin, cuando aparece con el termo.
-...Ah, pavadas, pero te van a gustar...
“A través de una inocencia recién nacida,
a través de un genuino dolor de la ausencia del deseo”.
“clea”
-¡Eh, Mar, qué sorpresa...! –Lautaro, exclama y reafirma sus palabras con el tono de voz -. ¿Qué hacés por acá? ¿Cuándo volviste de viaje?
-...Una pregunta a la vez... Volví hace unos días... –le responde suave.
-¿Y, qué tal la pasaste, era como lo soñabas...?
-Mejor, todavía, estuvo sensacional, la verdad es que valió la pena que me gastara los ahorros...
Caminan un par de cuadras que tiene en común, él, de vuelta a la casa de Miranda y ella...
-¿A dónde vas?
-Al cine...
-¿Sola? –cuestiona espantado, nada le parecería peor castigo...
-Gracias a vos adopté este hábito, si nunca quería venir conmigo... ahora ya me acostumbré... –y se agacha para hacerle mimos a la perrita que camina guiada por la correa que lleva Lautaro.
-¡Hoy me toca pasearla a mí...! –anuncia sin que ella le pidiera alguna explicación-. ¡Castianira! –se la presenta.
-¡Qué bonita... y chiquitita...!
-Es como muestra hija...
-Te arreglaste con Miranda... –dice nada desilusionada-, me parece muy bien, te felicito, con ella vas a ser feliz... se nota que te ama... ¡Hola! –le habla al animalito-. Cuando tengan un bebé va a ser precioso...
-¿Vos estás saliendo con alguien? –siguen caminando.
-Volví hace unos días apenas, así que no tuve tiempo de conocer a nadie...
-¡Qué lástima!
-¡Qué mentiroso que sos... eso no te molesta! Ay, me inspirás tanta ternura cuando se te nota que decís bolazos... –él hace un gesto resignado como dándole la razón.
-Oíme... ¿pudiste comprarte los discos que querías...?
-Sí, no sabés la cantidad que me traje, igual no es la onda que a vos te gusta... Además, fui a un par de recitales de artistas que me encantan y que jamás vendrían a cantar a la Argentina...
-¡Ah, otra cosita te quería decir a vos...!
-¿Qué pasa?
-Mis libros, ¿seguís pensando en no devolvérmelos...?
-¡Por supuesto, ¿cuándo me viste a mí cambiar de opinión?!
Lautaro vuelve a sonreír por octava vez, le da un vistazo al reloj y se da cuenta de que Miranda debe estar inquieta pensando en que secuestraron a Castianira... Además, la película de Mar debe estar por empezar.
-Tengo que irme, sabés... Supongo que en cualquier momento nos vamos a cruzar por la facultad...
-Claro... –luego, él le acaricia tiernamente la mejilla.
-Nunca me voy a olvidar de las lindas manos que tenés...
“Me sentía inmensamente madura, enriquecida
por la experiencia. Estaba llena de gratitud, y
todavía hoy lo estoy. Si soy generosa en el amor,
es tal ves porque pago una deuda, restituyo
un viejo amor en uno nuevo”.
“clea”
Tuvo razón cuando le dijo que un día se iba a enamorar de alguien de su edad... Al menos, éste, es bastante más joven que Ricardo.
Desde hace un tiempito, “El Barrio”, es el lugar que prefiere para ir a estudiar. De día es bastante tranquilo, no hay quilombo y la gente habla bajito. Anda demasiado abrumada con la facultad, los parciales están a un paso y tiene intenciones de rendir algún que otro final.
-¿Vos sos la hermana de Luciano, no? –le dice antes de preguntarle qué va a tomar.
-Sí, ¿no está?
-No, hoy le toca venir a la noche... –le responde Ramiro que debe haber notado su cara de disgusto.
-Ah –trata de justificar el por qué de sus gestos-, tengo que hablar con él...
-¿Te puedo ayudar en algo? –e inclina la cabeza para leer el título del libro que todavía no se anima a abrir-. ¡Matemática, que belleza!
-...Necesitaba hacerle una consulta de... –duda, ¿para qué seguir dándole explicaciones a este tipo?-... un postulado que no termino de entender...
-¿Y qué tiene que ver Luciano? Mirá que si lo sacás de fórmulas químicas y medicamentos, va muerto...
-Sabe mucho de matemática, ¿o no sabés que para ser bioquímico hay que tenerla re clara? –le dice, ya molesta...
-Pero, nena, para eso estoy yo... que no sé si estarás enterada, pero en marzo me recibo de contador...
-¡Qué oportuno! –sonríe silenciosamente-. Y mi nombre es Bárbara, así que no vuelvas a decirme nena.
-Pensalo, si te explico yo, te sacás un 10... –asegura, al acecho.
Esa tarde no hablaron más, al ver que Luciano no está y cuando se da cuenta de que tampoco lo va a encontrar a la noche en su casa, se marcha del bar furiosa.
Debe haberse enclaustrado en la casa de Miguelina, porque desde el lunes que no ve a su hermano.
Sin embargo, ella tiene que avanzar en sus estudios, por eso decide volver al bar... A decir verdad, regresa por aquellos ojos...
Hasta entonces, no podía sacarse de la cabeza su historia con Ricardo; imposible y fascinante. Lo primero por todo lo que los distanciaba y lo segundo... por eso también.
Secuestrando con sus sentidos el aroma del café de máquina, entra y se instala en la mesa más alejada de la pesada puerta.
-¡Volviste! –casi celebra Ramiro.
-Sí, la verdad es que tomé en cuenta tu ofrecimiento de darme una mano con mis exámenes... ¿Todavía sigue en pié?
-¿Cuántos son, muchos?
-Tengo problemas con dos temas de un parcial y con el final entero de esa materia...
-...Sí, es mucho...
-¿Te arrepentiste? –le pregunta avasallante.
-Para nada.
-Te tomo la palabra, entonces...
-Dejame ver... Yo salgo a las ocho de acá, así que venite y nos vamos a algún otro lugar –modela el futuro.
-Bueno –le asegura dudosa pero contenta.
Y así fue, llega puntual, lo observa desde la barra, donde apoya la bandeja y le dice algo a alguien. Bárbara, por su parte, sale a la vereda cuando ve que su hermano entra al salón.
Caminan por las calles bien trazadas. Acepta ir a su departamento. No puede ser más chico ni desordenado, nada está donde corresponde y, supone, que no lo limpia desde hace tres o cuatro meses...
-¡Sabés qué, me cansaste mandándote la parte...! –le dice en una, realmente harta de escucharlo elogiarse todo el tiempo-. ¡No publiques lo inteligente que crees que sos, probalo!
-¿No lo hago acaso, Bárbara? ¿No te estoy enseñando bien todo lo que no sabés...? ¡Esto ya te lo expliqué tres veces distintas...! ¡Sos un poco dura, vos!
-No digas eso, si te estoy entendiendo, no me gusta la gente soberbia, nada más... No sirve de nada que alguien tenga los mejores pergaminos, que tenga que decir todo lo que estudió, haciendo alarde de lo que se sabe; hay que demostrarlo...
-¡Qué carácter que tenés, nena!
-¿No te pedí yo que no me digas nena?
Esa rutina dura algo así como dos semana... Para su gusto es demasiado respetuoso; quizás tenga algo que ver con su hermano... Por momentos, eso sí, mientras lee, tiene la sensación de esos ojos clavados sobre ella. Después se va olvidando hasta de Luciano.
El último domingo antes de rendir, se le ocurre prender la radio para escuchar el partido...
-¿Qué hacemos? ¡Vos tenés que repasar...!
-¿Qué, no me vas a decir que no te gusta el fútbol?
-Sí, me encanta... ¿De qué cuadro sos? No, esperá, no me digas... ¡a que sos del Lobo como tu hermano!
-¡Acertaste! –le responde eufórica.
.¡Ah, pero entonces a quien no le gusta el fútbol es a vos! –escucha desilusionada. Después le suelta un par de insultos y se va ofendidísima.
El parcial que Ramiro la ayudó a preparar lo aprueba con ocho y en unos minutos la van a llamar, por su apellido, para que el titular o el adjunto de la materia chivo del segundo año de matemática, le tome el final.
Se mató estudiando así que espera que le vaya bien... Seguro que aprueba... si es así, van a festejar juntos, siguiendo los mandatos de la noche.
Algo en común tienen, Ricardo y Ramiro, ambos son amigos de un familiar suyo y los dos la adoran... Claro, a Ramiro puede llevarlo a su casa.
“De algún modo, supongo, tendrá que empezar a vivir otra vez”.
“clea”
-Tengo que estar muy loco y demasiado solo como para venir, en mi noche libre, a mi lugar de trabajo... –le asegura Leonel a Luciano al atravesar la pesada puerta de “El Barrio”.
-...Lo único que te pido es que tengas cuidado con lo que hagas con Magdalena, es una buena mina y la pasó mal –le advierte Luciano-. Si no te gusta no la jodas...
Ésta parece una noche de fiesta, de ésas en las que es imposible quedarse encerrado en las casas. De hecho, son demasiados los que opinan lo mismo, porque el bar está repleto de gente.
Yendo y viniendo, de acá para allá, Luciano se acerca a la vez que se aleja de la mesa en que Miguelina acompaña a su amiga que seria, escucha a Leonel.
La pareja hizo su trabajo, ella la convenció a Magda para que se animara a salir a la calle, que afrontara al mundo, que “te va a hacer bien, va a ser un respiro ante tanta mierda...” y le ganó por cansancio porque la otra terminó aceptando la propuesta de ir a dar una vuelta.
A su vez, Luciano, le prometió a su compañero de trabajo, lo que verdaderamente se llama un pan de dios, que le iba a presentar a una chica que vale oro.
Así que están en el boliche, en la noche más magnífica de lo que va de diciembre. Con los minutos y la cerveza, Magdalena se va relajando... tanto que no se arrepiente de haber dejado la segura habitación.
-¿Quién es ésa que te mira? –pregunta Miguelina al oído de su amiga.
-La conozco, es una profesora de mi facultad...
“¿Qué tal?”, se saludan amablemente, pero Emma desde la otra mesa, no consigue dejar de mirar las muñecas precariamente cubiertas de la joven, por más que se haya esforzado en camuflarlas con la ropa.
Aquí me encuentro, envenenándome con alcohol... Colándome en medio de alegrías ajenas, tomando sueños prestados... Robo recuerdos, secuestro aromas, recolecto historia, colecciono palabras... Sólo me dispersa esa luz azul que pasa al ritmo de un auto que busca.
-¿Y, qué tal? ¿Qué te parece? –le pregunta Miguelina cuando se quedan solas.
-Me gusta, es simpático, pero no sé... No estoy segura... No creo que sea el mejor momento para empezar una nueva historia y meterme en otro quilombo más...
-¡No te confundas, mirá que Leonel es un buen tipo!
-¿Y, qué onda? –ahora, Luciano lo interroga a él cuando se pasa por un rato al otro lado de la barra, para dar una mano y porque no puede con su genio.
-Es preciosa. ¡Por favor, hablale de mí... que ya me caso con ella!
-...De eso se está ocupando Miguelina, ¿no la ves? –y se va a llevar dos botellas de champán que pidió Marcos para seguir festejando como dios manda.
“Todo conspiraba para que el mundo
tuviese la forma de nuestros deseos”.
“clea”
La radio anuncia noticias catastróficas mezcladas con canciones de amor. Hombres con cara de embobados vigilan a sus esposas que, en general, tienen deseos de ir al baño. Revistas nuevas y otras no tanto... fotos de niños, por todos lados. Una secretaria, amable y comprensiva que atiende el teléfono y acompaña a las pacientes hasta el consultorio de la doctora Ramos, ginecóloga.
Con la ternura en la piel, una embarazada habla con otra sobre el desarrollo de su bebé. Parejas que especulan sobre el futuro de sus hijos, cargado de sueños y felicidad.
La puerta se abre para dejar paso a un matrimonio, el de Wanda y Gustavo, que tienen turno a las 16...
-...Últimamente me pongo a pensar en pavadas –le cuenta una mujer a la secretaria que la mira con cara de entender de lo que habla.
-¿Ya sabés qué es? –le pregunta alguien a Angélica, que efectivamente está ahí para averiguar el sexo de su ángel.
-No, ¿y el tuyo...? –sigue la charla.
-Una nena –responde Wanda, orgullosa-. Mi marido quiere que se parezca a mí... –y lo mira cómplice.
-...Y, sí, deseo que sea linda... –explica.
Toda clase de divagues que van desde los temores a la crianza y a los sufrimientos; los deseos y augurios sobre el porvenir... El mundo se modela con sus ilusiones cargadas de buenos presagios.
-...Yo estoy esperando un varoncito –comenta la señora de Rivas.
-¡Hay, qué lindo! –se oye por ahí.
-...Sueño con que sea un nene inteligente... –agrega ella.
Tras revisar a Silvana, la doctora le indica a la joven de detrás del escritorio, que les anuncie a todos que se van a suspender las consultas, postergar para otro día porque tiene que atender un parto que se precipitó...
-Y bueno, ¿qué le vamos a hacer? En algún momento nos puede tocar a nosotras... ¡Esperá! –le pide Wanda- ¿Qué te gustaría que fuera? –curiosea en la mente de Angélica.
-Yo sólo quiero que sea buena persona... Todo lo demás, con el tiempo, viene o desaparece... –asegura al mirar a Hernán, enamorada y convencida de que él piensa lo mismo que ella.
“Mudo testimonio de la validez de los
mundos privados y los deseos secretos”.
“mountolive”
En el paquetísimo y amplio balcón del piso once de la calle 47, se acarician disimuladamente... Donde se criaron y donde demasiadas noches compartieron el mismo cielo... Emiliana le suplica a Ciro que haga algo que convenza a su hermano para que no se le ocurra abrir la boca, tal vez con más guita lo consiga.
Resulta que días atrás, Martino, llegó como tantas otras tardes al departamento de Ciro y los encontró... Ya les conté aquel episodio, ¿lo recuerdan, no?
Con cara de “por favor”, Emiliana entra para ayudar a su mamá a preparar la mesa. Abre la puerta y ve entrar al que podría convertirse en su verdugo acompañado de la mujer que todos morían por conocer.
Victoria saluda respetuosa al dueño de casa, a quien no le interesa la diferencia de edad que hay entre su hijo y su novia. Ella le desea feliz cumpleaños y le entrega la caja que, sin dudas es de un whisky importado.
-Victoria, a mi papá ya lo conocés...
-Pero acá no soy el dueño de la librería, soy Alfonso –destaca él.
-Sí, claro...
-Vení, esta hermosa señora es la esposa de mi viejo, Rina.
-Encantada –se expresa Victoria, segura y formal.
-Y ellos son, Ciro mi hermano mayor y Emiliana, mi casi hermana –y remarca la última palabra para ver cómo las facciones de ella mutan de la sonrisa al pánico.
Luego de las presentaciones del caso y antes de servir la cena, Emiliana se la ingenia para despegar a Martino de su chica y apartarlo. Temerosa de que se le dé por hablar con sus padres del romance que tiene con Ciro, inspecciona en su memoria un hecho oscuro para poder extorsionarlo... No se le ocurre nada, así que elige el camino más difícil.
-Por favor, Martino, te lo ruego, no cuentes nada –él sólo la escucha y disfruta de esos ojos cargados de horror y humillación-. ¡Te callás porque éste no es asunto tuyo, por favor...! –vuelve a cambiar el tono.
-¿Y, por qué tendría que hacerte una gauchada a vos?
-¡Hacésela a tu hermano!
-Mi amor –los interrumpe Victoria-, dicen que ya está todo listo para comer...
Diálogos originales, de temas que van desde la economía del país, pasando por el terrorismo, terminando por autores y editoriales.
Victoria, inteligente y ubicada, sólo habla cuando tiene algo importante o, al menos, interesante para decir. Encaja bien sentada a la mesa de esta familia de académicos...
Rina, la más culta y modesta de todos, prefiere opinar de cine y otras artes. En general, elige no remitirse a su profesión de cardióloga que no tiene lugar en medio de una cena. Alfonso, ya sabemos que tiene una pequeña y prestigiosa librería que heredó de sus padres... Se crió acomodando, en los estantes más altos, los tomos exóticos. Escribió un par de poemas aunque sin éxito en ventas.
Por su parte, la invitada, se maravilla al enterarse que Emiliana, con pocos años, se está por recibir de Licenciada en Filología... Fascinada y desconcertada a la vez, al no poder entender por qué esta chica tiene semejante rostro de espanto.
Ya conté que Martino está en cuarto de antropología y que, eufórico y radiante, no para de hablar... También, sonriente, Ciro, enumeró al pasar los principales inconvenientes que hay en el hospital donde hace la residencia en psiquiatría; el hospital más grande de la ciudad, casi, el más pobre del mundo. Ahora, inexpresivo, contesta mal cuando le preguntan por Clara, la última noviecita que le conocieron...
Ninguno parece lo que es...
-Hija, ponete en campaña de buscar un departamento lindo que yo te lo regalo.
-No hace falta mamá, viviendo en lo de Fedra estoy bien... ¡Ya bastante mantenida soy!
-No importa –insiste Rina-, quiero que tengas algo propio.
-Igual, pronto se va a mudar con el novio... –interviene punzante, Martíno.
-¿Qué novio, pelotudo?
-No discutan, chicos, no ven que tenemos visitas –los serena Alfonso.
-Hija... Pensé que ibas a traer a este chico tan educado... ¿cómo es su nombre? ¿Con él te vas a ir a vivir...?
-Se llama Adrián, má... pero ya no salgo con él... –y no puede ocultar su disgusto, su incomodidad...
-Emiliana, ¿vos no tenés nada para contarle a tu mamá? –interroga Martino para provocarlos una vez más... Y lo consigue porque Ciro casi se atraganta y ella se queda sin aliento.
-¡No! –asegura cuando recupera el habla.
El café lo van a tomar al living... Alfonso se prepara un whisky y Rina acerca unos platos con masas. En este momento, Victoria le da charla a su cuñada que no le presta atención. Entonces, Ciro aparta de la sala a su hermano.
-Escuchame una cosa, nene... Que ni se te ocurra seguir con este jueguito...
-¿Qué hice yo? –y pone cara de criatura inocente.
-¡No digas nada! –imperativo exige, aunque, ante las burlas de Martino, decide adoptar una actitud más conmovedora-. Oíme, Emiliana es la mujer de mi vida, te lo suplico, no les cuentes... Eso nos corresponde a nosotros pero necesitamos un poco más de tiempo... Sos mi hermano, haceme este favor...
-¡Chicos, vengan! –escuchan que los llaman. Ya deben haber preparado el café...
El resto de la noche transcurre en paz, sin indirectas ni amenazas en los ojos que se cruzan huidizos.
Cantan el feliz cumpleaños y devoran la torta... Victoria y Martino se despiden, “te salvé, nena”, le murmura al oído de Emiliana que parece agradecer con la mirada.
-Dale, vamos que te alcanzo a tu casa... –le propone al rato Ciro a la mujer que adora.
-Bueno –responde, tratando de disimular mientras saluda a su mamá y a Alfonso.
Sin agarrar el camino que va al departamento que ella comparte con Fedra, Ciro maneja viéndola callada y aún temerosa...
-Un día vamos que tener que contarles... No tiene nada de malo, así que, para qué ocultarlo...
-No sé, mi vida, no creo que lo tomen bien.
-No los subestimes, ellos nos quieres y desean lo mejor para nosotros; y los dos sabemos que yo soy lo mejor para vos... –le dice insinuante y le hace ojitos.
Esa noche, Emiliana casi no probó bocado en toda la cena, igual, tuvo una fuerte indigestión que Ciro curó no precisamente con medicamentos.
“La suma de todo lo que hemos compartido”.
“justine”
-¡Carlita, por fin te encuentro...! ¿Por qué no te venís para acá?
-No, lindo, prefiero irme a dormir...
-¿Vas a poder?
-No, pero tengo muchos nervios como para estar acompañada...
-¿A qué hora es?
-Mirá que no quiero que vayas...
-Dejate de joder, nena... Decime, igual lo voy a averiguar.
-A la una. Bueno, Marcos, chau.
-Chau, que descanses...
Y él se queda pensando acerca de que Carla se merece más que un beso y una felicitación. Se pone en campaña, alcanza con un par de llamados...
Al mediodía, el implacable sol de diciembre, lo encuentra parado como un granadero escoltando la puerta de la facultad. Analiza que en algún momento le va a tocar a él, así que reprime bastante sus ocurrencias... “¡Carla es muy peligrosa...!”. La ve llegar. ¡Nunca la había visto tan bien vestida! “¡Qué lástima!”, murmura.
-¿Cómo estás?
-Histérica... me quiero volver a mi casa...
-Es un trámite, vas a ver... Exponés algunas boludeces y nada más. Ya estás aprobada. ¡Pero entrá de una vez...!
Las escaleras de toda la vida; la que ahora avanza por su mente como si fuera el efecto de una película, sembrando en ella rastros de emociones contenidas; un vendaval recuerdos como postales.
La vigila desde la ventana. Habla segura, con distinción... “O los está mareando o ya los tiene hipnotizados”, especula Marcos antes de saludar a los amigos y compañeros que llegan a tiempo, armados hasta los dientes. “¡Me va a odiar por esto, lo sé...!”, les asegura a todos, que vuelven a la calle...
Cuando Carla sale del aula, satisfecha, algo conmocionada, bastante descreída; Marcos la besa y la felicita... Después le sugiere, le recomienda que le dé la camperita que parece un poco cara... Lo mira con desconfianza.
La rutina de los que son felices. El modo que tenemos de celebrar el fin de una época inigualable. La costumbre que reina en este sur...
-Tenga cuidado profesor, no sea cosa que la ligue de rebote usted también –avisa Marcos.
-Solamente quiero saludar a la Licenciada –dice Gabino-. Mi mujer se va a poner contenta cuando le cuente que aprobaste por fin...
-¿Por qué no se viene con ella a festejar esta noche? –lo invita el organizador de la fiesta, mientras se escuchan los gritos y ciertos insultos que fluyen de la boca de Carla-. ¿Conoce ese bar?
-Sí, claro, a los dos nos gusta, pero le tengo que preguntar, me puede llegar a matar si tomo una decisión sin consultarle primero... ¡Tengan cuidado, no se vayan a patinar...!
-Muchas gracias por todo lo que hiciste por mí, Gabino –habla, emocionadísima y agitada-. Tu esposa debe odiarme por todas la veces que llamé a tu casa...
-Tanto como eso, no... ¡Pero bueno, valió la pena el esfuerzo, colega! Felicitaciones, otra vez, capaz que los veo esta noche, en ese bar nos sentimos cómodos y a lo mejor, nos damos una vuelta...
Una tijera desafilada que complica el trabajo de cortar esa ropa tan bonita... Un baldazo de agua. Huevos estacionados (podridos), la polenta tan difícil de sacar, harina, un poco de pintura... Gritos y carcajadas. La satisfacción plena, inocultable. El placer de terminar la tarea. Un paseo en el baúl de un auto, previamente acondicionado, por el centro de la ciudad... Todo musicalizado por los bocinados de la caravana y las respuestas de los que pasan, ajenos, que se suman a la fiesta.
Por suerte para Marcos, ella no lo toma tan mal. Al principio puteó hasta que entendió... Solamente se liga un beso y un abrazo empastado que lo ensucia.
La travesía se diluye, Carla se baja frente a su casa. Él va abriendo las cerraduras y las puertas, ascensor incluido. Antes de prepararle la ducha, la llena con más de flashes de fotos.
-¿Qué ropa querés que te busque...? –le pregunta a los gritos.
-Después me ocupo yo... ¡vení a ayudarme a lavarme el pelo!
-Mirá que no se te va a ir toda la mugre ahora...
-¿Qué? –pregunta espantada.
Y es cierto. Por mucho más de una hora bajo el agua, sigue siendo un muestrario de suciedades...
Resignada, con los dedos de viejita, se seca, convenciéndose que lo va a volver a intentar más tarde.
-Sí pero después... –suplica discretamente él.
-Por supuesto. Ahora que me relajé me muero de sueño... ¿Qué, te vas a ir? –pregunta desilusionada...
-Dijiste que querías descansar...
-Sí, pero con vos... –y escucha lo que soñaba que Carla pronunciara.
-¡Esta noche me voy a emborrachar...!
-Me parece muy bien, te lo tenés merecido.
Todavía despiertos imitan sus sueños cercanos y compartidos. A pesar de la exaltación, se duermen medio desnudos unas horas, abrazados, oliendo a mostaza...
-¡Me voy a bañar! –grita y lo despierta.
-Bueno, entonces me voy a mi casa así me preparo también.
Cada uno de los días, aquellos recuerdos que no se diluyen bajo la ducha... Horas gastadas en sacrificios y esfuerzos... Espera que no sigan divirtiéndose a costa suya, elige para ponerse un vestido nuevo, hermoso.
-¡Cristian, felicitame a la chica que se recibió! –indica Marcos que cierra la pesada puerta del bar que tantas veces atravesaron. El mozo la abraza, comparte su emoción.
-Preparanos una mesas que van a venir algunos amigos... Pocos, porque cada vez somos menos...
-Eso es bueno, van quedando los mejores... –opina Cristian.
-Siempre estamos los mismos, los de siempre... –agrega Carla.
Que aún no llegan... De todos modos, nadie va a pensar en los que falten... Con la frente en alto se observan con el gusto de poder sostenerse la mirada en los ojos del otro. Sonrisas desconocidas hasta entonces. Nuevas luchas que vendrán. El repaso del esfuerzo. Un guiño de complicidad, huellas de berrinches pasados. Besos, tal vez de amor.
-¿Y la embarazada? –los interrumpe otro de los mozos.
-Acaba de parir –cuenta ella-. Es una nena, todavía están discutiendo el nombre –se ríen.
Llegan los amigos de la facultad, los conocidos del bar se suman a la celebración. Están todos, menos algunos.
-Somos los mismos, viste. ¡Tanto miedo que tenías de que cambiáramos mucho! ¡Tenés las mismas manías que cuando te conocí! –le murmura al oído, como una excusa para acercarse-. ¡No nos traicionamos, Carlita...! –y no pueden dejar de pensar en los sueños que comparten. Las tristezas que padecieron a lo largo de este tiempo... la tibieza de las satisfacciones-. Somos iguales que antes...
-No, ahí te equivocás, no somos exactamente los mismos, somos mejores, lindo... ¿O vos no aprendiste nada de tanto estar conmigo?
Aquí me encuentro, rodeada de humo, envenenándome con alcohol, transcribiendo conversaciones intrascendentemente maravillosas... Robando alegrías ajenas, tomando sueños prestados... Colándome en los festejos de extraños. Sólo nos distrae aquella luz azul que pasa al ritmo de un auto que busca desenfrenado, un patrullero triste y despreciado…
Cristian le alcanza a Marcos el champán que le pidió. Una de las botellas rocía el aire empapando las caras, empañando las miradas. Están todos los que se emocionan porque conocen a la chica, y los que no, no se molestan en ocultar las sonrisas de sus caras. La felicidad se contagia...
Con un manojo de esperanzas, ella le ofrece sus manos suaves. Le agradece a su modo...
-Somos nosotros... Siempre vamos a estar.
-Con que estés vos, lindo, me alcanza...
-Bueno, después no te quejes cuando te aburras de verme...
La noche no llega a su fin, aunque el bar cierre y los amigos se vayan retirando. Porque... ¿cómo se hace para dejar de disfrutar?
-Me voy a caer borracha, desmayada en cualquier esquina...
-¡No exageres que ya llegamos! –la abraza fuerte, haciendo que la sostiene-. ¡Somos una desastre nosotros, ya estamos grandecitos para mamarnos así!
-Sí. La verdad es que no tenemos arreglo…
-¿Venís conmigo, no?
-Más vale... ¡Ni sueñes que me vas a dejar así nomás...! No te vas a librar de mí tan fácilmente...
-Y buá... voy a tener que hacer un esfuerzo.
-¿Qué decís, estúpido? ¡Estar conmigo no es ningún castigo...! –y lo besa mejor que siempre para demostrarle que tiene razón-... Ya vas a ver cómo me voy a vengar cuanto te toque a vos... –y siguen caminando, tambaleándose, mezclando caricias con carcajadas y caprichos...
“¿Tendrá para alguien algún interés la
huella que dejamos, o será apenas un
insignificante despliegue de fuegos de artificio?”
“clea”
-¿Qué vas a tomar? –me pregunta como si eso interesara.
-...Café... Cualquier cosa...
-¡Cuánto tiempo! –asegura con esa voz áspera-. La otra vez soñé que te cruzaba por la calle, me dabas vuelta la cara y hacías como que no me conocías...
-Hoy estuve a punto de hacerlo si no te hubieras puesto a gritar en plena esquina... A lo mejor hubiese preferido no conocerte, si es que esas cosas se pueden elegir...
-...Seguís estando a la defensiva como siempre... –vuelca palabras infectadas de petulancia.
-¡Ajá! –pronuncio titubeante, intentando hacer el menor esfuerzo posible... Además, como sabe que lo considero un reverendo hijo de puta (mil veces se lo juré), no se lo vuelvo a decir, ¿para qué gastarme? Agrego-: pero ahora también aprendí a atacar.
Tengo que agradecer a los que me alentaron... A los que tienen la necesidad de perder sus recuerdos en cualquier esquina. A la gente que no perdona. A los que coleccionan palabras. A los que no controlan sus carcajadas... Gracias a los que compartieron conmigo sus sueños, por prestarme sus vidas.
En este tipo de momentos pienso en mis dos soles privados: Latina y América, mucho más bellas que todos los gatitos de mis historias.
A mi papá Simón y al recuerdo fugaz y borroso de los ojos de mi mamá Emilia; gracias a ellos, por lo que soy. A mis hermanas Patricia, Claudia y Gabriela, porque siempre están. A Rodrigo, porque es Boca y porque le tocó de madrina la tía más pobre. A Renzo, por los millones de besos que me sólo me da a mí. A Mario, por los asados... (ya va a llegar el día en que el próximo lo pague yo).
Los libros que me sirvieron para ilustrar estas historias son: Justine, Balthazar, Mountolive y Clea; forman parte del Cuarteto de Alejandría escrito por Lawrence Durrell.
-¿De qué estás trabajando? –sigue con los interrogantes.
-...De buena persona... Creeme, ante tanto hijo de puta que anda suelto por ahí, lleva mucho esfuerzo –le contesto, evasiva.
-¿Estás sola?
-Sí, a mí no me quiere nadie...
-Yo te quise.
-Sí, cuando te convenía...
Demasiado especialmente le agradezco a Eduardo, mi amigo inquebrantable... Por todas las veces que nos defraudaron.
Va para los que lloran con las mismas películas que yo. A los habitantes de esta magnífica ciudad de juguete. A los que me prestaron su felicidad. A los orgullosos. A los que planean magníficas venganzas.
A mi tío Mony que siempre se preocupa por cómo me trata la vida. A mi tío Dany por todos los libros que me prestó. A mis primos, porque existen y los quiero... por dejarme crecer y jugar junto a ellos.
A los muertos que se fueron, que ya no se dejan abrazar... Por las emociones que no se negocian. A las personas que tienen sueños ocasionales... A los que practican para ser felices... Los que se esfuerzan por hacer más respirable nuestro aire. A los que les gusta escuchar radio. A los que viven al día.
Gracias a mis amigos de toda la vida, Guadalupe y Leo. A Graciela, Sole y Flor, porque también son mi familia.
A los que juran mentiras... Aquéllos que caminan por la calle, dichosos, bajo la lluvia. A los que devoran bocas y cigarrillos. A quienes tienen sueños cansados. A los que no saben ahorrar. A los hipocondríacos.
A Matías, por las ideas y la música que tenemos en común. A María, a la distancia, por los mates y las risas que matizaron tanto estudio. A Alejandra por brindarme su amistad en todos esos años de cursadas. A Teresa, al resto de la gente de la facultad y a todos con los que compartí mucho más que fotocopias. A los profesores que me enseñaron algo.
A los ciudadanos que piensan antes de votar. A la gente que regala anhelos. Los que prestan manos...
A quienes acarician y brindan por los sueños. A la gente que le pone nombre a las cosas. A los que no los asusta la verdad ni los silencios. Por los nenes que todavía no saben que los Reyes Magos son los padres (que por favor no lean esto...)
Por los sueños que no se compran. A aquellos que cantan cuando caminan por la calle. A los que mienten, sólo lo necesario. A los que son capaces de sostener la mirada. A la gente que sabe contar historias. A todos los que se muestran felices siendo ridículos. A las personas que lloran con la misma intensidad con la que ríen. Por los que están abandonados de la mano de algún dios. A los que hablan a los gritos. A quienes ven que sus esperanzas se les escurren de las yemas de los dedos.
A los autores de los libros que leí y los que aún no leo. A los padres que mandan a sus hijos a las escuelas públicas. A la gente que hace la música y las películas que me gustan. A los que saben vivir y a los que no les queda otra que subsistir a los ponchazos. A quienes saben insultar con ganas. A las personas que piensan como yo que una palabra tierna tiene mucho más peso político que el mejor redactado de los discursos.
-Me contaron que terminaste tu libro...
-No te preocupes que no hablo de vos.
-¿Ni un poquito?
-Ni media palabra... No te lo merecés...
A los que compartieron conmigo alegrías, anhelos, chusmeríos y tristezas. Esto es para los que me prestaron sus sueños y aceptaron agradecidos los míos. Para los que trabajan más de la cuenta. A los pasillos del Jockey de 48.
A los hombres y mujeres que, a pesar de que todo está tan confuso, aún pueden discriminar entre lo bueno y lo malo. A los que se amargan si su equipo pierde un partido de fútbol. A los que nunca ganaron a la quiniela. A los que no miden sus palabras...
Va para los que nunca van a leer estas páginas. Para la gente que tiene sueños y para los que no también, porque por algo los perdieron en el camino...
la plata, 2004.
viernes, 13 de noviembre de 2009
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